miércoles, 30 de noviembre de 2011

Las etiquetas de la ignorancia

Por Jorge Rachid

“El peronismo es el hecho maldito del país burgués” J.W.Cooke

La incomprensión de los procesos populares latinoamericanos, en especial del peronismo, hace que aquellos pensadores e intelectuales que construyen su pensamiento desde miradas eurocéntricas o sobre los debates económicos sociales del siglo XlX al calor de la Revolución Industrial, tengan poca comprensión e incluso ignorancia en el acontecer de su tiempo. Deviene dicha incomprensión de aquella época en que Carlos Marx caracterizaba al Libertador Simón Bolivar de caudillo salvaje, expresión auténtica de la barbarie. Términos demasiados conocidos desde entonces por los argentinos a través de la historia.
Hoy frente a los procesos políticos que desde el año 2003 se desarrollan en la Argentina, desde el peronismo, primero con Néstor Kirchner y luego con la Presidenta Cristina Fernández, recuperando lo doctrinario y simbólico del peronismo abandonado en el tráfico ideológico de los 90, desde los Derechos Humanos con verdad, memoria y justicia hasta la reparación de los derechos laborales y sociales plenos, con una fuerte impronta de obra pública, ampliación del empleo y empuje a la industrialización, integración del UNASUR, entre otros avances, aquellos sectores que vuelven a creer en el Movimiento Nacional, bienvenido que así sea, comienzan a plantear su visión de traje a su medida, para que los fundamentos epistemológicos que desarrollaron a lo largo de sus vidas, que lejos de adherir a los movimientos populares caracterizaban a estos, en especial al peronismo, como populismo, no se vean afectados. Como si fuese una mala palabra, el populismo era la denominación peyorativa de lo popular, lo sigue siendo. Era casi una minimización en el mejor de los casos, cuando no una denostación, de sus posibilidades como movimiento de dar respuestas a las demandas políticas y sociales a futuro, ya que no entraba en los análisis del materialismo histórico, ni comprendía el análisis científico de la construcción dialéctica. No entraba en su traje filosófico. De ahí que esta nueva situación en nuestro país comenzó a ser denominada por los nuevos habitantes del universo nacional y popular “ pos peronismo”, “populismo científico”, “kirchnerismo puro” u otras denominaciones, como la caracterización ahistórica de “izquierdas y derechas” que inunda los análisis más superficiales.
El ninguneo histórico se asemeja al olvido que durante el desarrollo de la historia oficial se intentó con los pueblos originarios. Casi no existieron, desaparecidos de la historia, como lo son los trabajadores, protagonistas de las páginas heroicas de nuestro país que a la hora de los análisis sobre los procesos de liberación nacional durante las dictaduras o en la construcción de los modelos sociales a futuro, no figuran ni están presentes. Esa concepción que remeda vanguardismos intelectuales montados sobre los acontecimientos de la hora actual del panorama político de nuestro país, no aporta al proceso transformador que vivimos, si no lo hace desde una comprensión plena de las contradicciones lógicas y las necesarias nuevas síntesis que requiere la marcha del movimiento nacional y popular, que integre la totalidad de las fuerzas coaligadas, en un desafío al cual estamos todos convocados.
De ahí que los términos derechas e izquierdas siempre enarbolados, suenen antiguos y descontextualizados en pleno siglo XXl. Cómo caracterizar sino de izquierdas a sectores que hoy aportan a la acumulación política del gobierno, siendo gobernadores, intendentes, dirigentes diversos, desde concepciones en algunos casos neoliberales y en otros, ultramontanos y clericales. De la misma manera es fácil caracterizar de derechas a la Sociedad Rural, pero hacerlo con el Frente de la Izquierda o el Socialismo requiere un ejercicio pleno de abstracción intelectual. Como en 1945 con el Partido Comunista al lado del embajador de EEUU, o los partidos populares junto a los conservadores, que no percibieron los nuevos tiempos y etiquetaron al “aluvión zoológico” que irrumpió en la historia con agravios y caracterizaciones socialmente racistas. Las izquierdas europeas de hoy, socialdemócratas, verdadera ala izquierda del neoliberalismo, es la expresión acabada de la claudicación histórica de un pensamiento rendido al posibilismo del poder. Intentaron una pátina progresista con Antony Guidens con la Tercera Vía, bajo el amparo del premier británico laborista Tony Blair, en un congreso internacional, donde al calor de los bombardeos de la ocupación de Irak y Afganistán, de los cuales participaban, pretendieron diferenciarse del neoliberalismo dominante. Sectores del campo nacional de nuestro país participaron y participan aún hoy de esa movida, incluso sectores del peronismo. Antes, en la dictadura, sectores del peronismo adhirieron a la Fundación Rockefeler, ariete del Departamento de Estado para América Latina, otros en los 90 quisieron llevar al peronismo sucesivamente a la Democracia Cristiana europea centro del pensamiento conservador y luego al entente Reagan- Tatcher cercano al Thea Parhy de hoy. Un verdadero desatino que extraña la palabra filosa del maestro Jauretche o el Mordisquito de Enrique Santos Discépolo, en un caleidoscopio de zonceras difícil de explicar, excepto para quienes creemos que la historia la construyen los pueblos, los nuevos paradigmas también en la conciencia colectiva que se expresa en cada momento, con la mirada y la filosofía de lo nacional y popular.
Las adhesiones de sectores ajenos al peronismo, a la marcha del proceso político vigente, tienen por momentos el tinte de la provisionalidad. Esto es casi como condicionar un proceso político que desde el peronismo ha posibilitado recuperar al Estado como ordenador social y a la política como herramienta de construcción del modelo de justicia social, combatiendo enemigos en el mismo cuerpo del movimiento nacional, favoreciendo la dispersión o procurando la fragmentación, en especial en coyunturas electorales, donde el espacio propio, concepción bien neoliberal, impregna el accionar político. Esa adhesión de provisoria pasa a frágil cuando las “papas queman.” Desconocen el peronismo: primero la Patria, luego el Movimiento y por último los hombres, en realidad los nombres. Quieren un peronismo estéticamente democrático y maduro, mas parecido a Lula que a Chávez, aunque ambos comprendan al peronismo y al país, mejor que aquellos que tiñen de su pintura la realidad, desconociéndola. Escuchaban a Alan Touraine en los 90 y ahora imaginan a Paul Krugman o Stigliz como aliados incondicionales. Siempre en la búsqueda de modelos externos cuando nuestra historia reciente y lejana ofrece múltiples ejemplaridades de defensa de lo nacional.
El gobierno ha sido desde lo simbólico también un recuperador de la estética y el pensamiento peronista, desde la concepción del Bicentenario recuperando historia no oficial hasta los reconocimientos a Perón y Evita, en homenajes, esculturas, representaciones, cuidadosamente evitadas con el neoliberalismo dominante. Los íconos culturales también juegan la historia a futuro como hecho cultural de identidad, por lo cual es necesario salir al ruedo a reafirmar lo doctrinariamente peronista de la etapa, frente al facilismo de los intelectuales que decretan comienzos o finalizaciones de procesos históricos.
Uno aún se pregunta que hubiese sido de la vida de Eva Duarte sin un Perón, o de Ramón Carrillo sin el líder y no deja de preguntarse cómo es posible un movimiento nacional como el peronismo con casi 70 años de vigencia desde 1943, sólo explicable por su fortaleza doctrinaria, concepción del mundo, filosofía de vida e identidad nacional, que interpretó cabalmente desde un liderazgo, la memoria colectiva de un pueblo.
El debate está abierto y bienvenido sea, ya que así se construye la memoria, sin exclusiones ni discursos únicos de los propietarios de la verdad. Estamos en un momento dinámico, único de una Latinoamérica enmarcada en la defensa de los intereses comunes de los pueblos, de crisis global del capitalismo financiero, de defensa del patrimonio nacional, saliendo de una crisis terminal y con muchas demandas pendientes, pero ese debate saludado y necesario, no puede poner en juego los desafíos estratégicos de quien conduce, casi un perogrullo de manual de Conducción Política. Quien conduce y lidera, hoy Cristina, escucha, promueve, zarandea, provoca, pero su obligación no es pelear, es vencer, por lo cual el sistema de alianzas necesaria, los tiempos de concreción política y el apuntalamiento de la acumulación los decide la conducción. El Movimiento Nacional es una herramienta de liberación y sus objetivos trascienden generaciones, crean cultura y forjan identidad. Toda otra pelea supone mediocridad o ignorancia, pero nunca será un aporte a la consolidación del peronismo como eje nacional y popular.

CABA, 6 de octubre de 2011

viernes, 11 de noviembre de 2011

Raúl Scalabrini Ortiz en los umbrales de F.O.R.J.A.: una relectura en clave nacional de El hombre que está solo y espera

por Iciar Recalde*

La de Scalabrini Ortiz es una figura compleja por varias razones. En principio, como parte de una generación de hombres que tomaron distancia del rol impuesto por las metrópolis para los intelectuales en los países semicoloniales como la Argentina, que es el de repetir e importar teorías y cosmovisiones extranjeras promotoras de nuestra dependencia material. En segundo lugar, porque Scalabrini oficia como intelectual de transición entre dos modelos de país: el liberal abierto a sangre y fuego en 1853 y el del nacionalismo popular revolucionario inaugurado tras el año 1945: educado en una cosmovisión oligárquica y colonizada de la Argentina, se compromete con su tiempo histórico y conforma una mirada interesada en el conocimiento del país real y en su liberación nacional. Es además, uno de los exponentes más brillantes del pensamiento nacional, corriente de ideas que se consolida como puesta en debate de todos aquellos aspectos que impiden la organización soberana de nuestro país y la emancipación de las organizaciones libres del pueblo. En este sentido, las reflexiones que presentamos a continuación, tienen por lo menos un origen y más de un objetivo. Nos interesa, fundamentalmente, discutir el estado de la cuestión más o menos canónico en torno a una de las obras de comienzos de Scalabrini, El hombre que está solo y espera editada en Buenos Aires en el año 1931. Creemos que los estudios interesados en este volumen han desestimado toda una serie de rasgos que, aunque de forma incipiente y aún con contradicciones, manifiestan tempranamente rasgos de la sensibilidad estética e ideológica y de las estrategias políticas del autor de Política Británica en el Río de La Plata (1936). Existe una idea generalizada respecto al análisis del itinerario de Scalabrini Ortiz, que sostiene que el mismo consta de dos períodos escindidos en su producción: el del joven escritor vinculado a los circuitos de mayor legitimidad literaria y cultural de los años veinte y principios del treinta, y aquel circunscripto a su corte de marras con la zona liberal del campo intelectual a mediados de esta última década, cuando el autor interviene además de en la rebelión radical de Paso de los Libres en el año 1933 que lo llevará al destierro, en la conformación de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA) en 1935. El hombre que está solo y espera, conjuntamente con el volumen de relatos La Manga (1923) y con la serie de textos periodísticos y de crítica literaria editados en el período (fundamentalmente, sus colaboraciones en Martín Fierro, La Nación, y El Hogar) son leídos conformando esta primer etapa de su producción. Por tanto, nos interesa examinar aquí la configuración y los rasgos de una serie de formulaciones y estrategias ideológicas que surgen en El hombre que está solo y espera, que además de proponer una nueva forma de intervención en la tradición del ensayismo nacional de la década del treinta, permiten vislumbrar intereses que serán retomados y trabajados de manera radical en su itinerario intelectual y estético posterior. Fundamentalmente, nos referimos a la puesta en escena del tópico de la traición intelectual en su defección respecto a la interpretación del ser nacional, a la formulación en torno a la responsabilidad del imperialismo en la configuración de la Argentina periférica, a la complicidad de las clases dirigentes en la entrega de los resortes económicos y culturales básicos de la nación, y al montaje de la dicotomía argumental nacional-antinacional, que además de motorizar la organización textual de El hombre que está solo y espera, signa el modo de interpretar la cultura nacional y de interpelar críticamente las imposturas que vertebran la historia argentina. Esta serie de rasgos han pasado desapercibidos o bien han sido desestimados y/o minimizados, dos formas de la injusticia crítica sesgada, creemos, por protocolos de lectura interesados más que en analizar la conflictividad de la textualidad, en hacerla entrar en el horizonte de posibilidades de lo que se describe como primer etapa del autor a la que nos referimos más arriba. Esto es, más que responder a la sensibilidad hegemónica configurada por la zona liberal del campo intelectual nacional, tal como sostienen Cattaruzza y Rodríguez en el prefacio a la reedición del volumen editado en el año 2005 por la estructura formal del volumen, como por sus contenidos y por la trayectoria del autor, cuando discuten su filiación dentro del linaje nacional y popular abierta por José María Rosa en la reedición del año 1964, El hombre que está solo y espera constituye una ruptura radical con la corriente europeizante que signó la configuración de las líneas de interpretación de la cuestión nacional construidas, fundamentalmente, a través de las imágenes de Argentina elaboradas por los viajeros europeos, augurando el reencuentro de los ensayistas con su propia realidad. Creemos que la complejidad del itinerario de Scalabrini Ortiz expresa en su mismo devenir las contradicciones típicas del intelectual y del escritor inserto en el Tercermundo y además, los años treinta abren la posibilidad histórica –consecuencia de lo acontecido en el país tras la gestión nacionalista de Yrigoyen y el retorno al país factoría tras el golpe de Estado de 1930- de que los hombres de letras puedan discutir su propia formación e invertir la herencia liberal de problematizar textos extranjeros por la de textualizar los problemas del país.

Rupturas con la tradición liberal
Uno de los tópicos más recurrentes del volumen es el de la traición del intelectual respecto a las necesidades del pueblo argentino: “El intelectual –sostendrá Scalabrini- no escolta el espíritu de su tierra, no lo ayuda a fijar su propia visión del mundo, a pesquisar los términos en que podría traducirse” (81). De esta manera, denuncia la apostasía intelectual y el modo de operar de los hombres de su generación que han convertido a la literatura en ejercicio lingüístico vacuo olvidando que: “La literatura es desgarramiento vital que se anecdotiza, constancia de una aventura del espíritu nutrido de realidad” (84). A renglón seguido indagará en sus presunciones de clase: “En no más de cien libros técnicos –los escritores- pagan su menosprecio al iletrado, que quizá es sabio en lecturas y en doctorados de vida” (85). La plataforma ideológica que vertebra el modo en que los intelectuales piensan y experimentan el país centrada en la dicotomía civilización barbarie trocará en Scalabrini en la dupla nacional-antinacional a través de la explicación y del montaje de un tipo de narración ficcionalizada que motoriza la estructura del texto y que retomará en  intervenciones periodísticas: “La palabra cultura debería ser borrada del léxico con que se califican los actos colectivos. Aquí se abusa de ella. Hasta el último pazguato pachorriento se da el lujo de interpretar un suceso policial como una manifestación de la incultura de nuestro pueblo o de denostar con esa misma palabreja cualquier noble arranque de entusiasmo (…). Hasta los más mesurados y circunspectos componentes de las cámaras inglesas, se trenzaron a trompadas hace varios días… Quinientas personas murieron y dos mil cuatrocientas resultaron heridas en los Estados Unidos durante la celebración del aniversario de su independencia… Nadie vio en estos hechos un signo de incultura porque la incultura no es sinónimo de indiferencia, de apatía, de ñoñez, de cobardía… Pero si esos hechos hubieran ocurrido aquí, los vilipendiadores del pueblo ya se habrían desatado con toda clase de vituperios y una vez más censurarían acerbamente su incultura…” (R.S.O., Noticias Gráficas, 8/7/1931)
La historia cultural y política argentina no será entonces, la de la lucha entre civilizados y bárbaros como dicta la razón liberal, sino la pugna constante entre lo nacional y lo extranjero, o mejor, entre el intento de autodeterminarnos como país soberano y los impedimentos impuestos por los intereses extranjeros sobre el suelo argentino. En este sentido, aún cuando limita su visión -al igual que otros escritores- a Buenos Aires cometiendo algunos yerros de leso porteñismo (Galasso), el volumen propugna la constitución de una cultura con rasgos propios decidida a deshacerse de las herencias europeas que más que contribuir a conformarla, la obstaculizan: “Nuestro país debe emprender la reconquista de lo elemental, purgarse de sabidurías” (151) terminar con “los lugares comunes de la moral europea y lo contratado en sociedades vetustas” (70) y desarrollar “esa semilla de una cultura que entre los escombros del pasado, puja por ser presente” (70), “Tierra de la elementalidad donde saldrá un nuevo hombre y una gran cultura”, y más: “Estas no son horas de perfeccionar cosmogonías ajenas sino de crear las propias. Horas de grandes yerros y de grandes aciertos en que hay que jugarse entero a cada momento. Son horas de biblias y no de orfebrerías” (86). La crítica al europeísmo es prácticamente inédita en la zona del campo intelectual del período que transita Scalabrini, más cuando su objeto es la valoración de lo nacional y la desmitificación de los mitos de la cultura liberal puestos en el espejo de lo que se desea ser:
“¿El espíritu de Francia! ¡Todo cuento! ¿Sabe cuál es el espíritu de Francia? ¡La Prostitución! A mí no me engañan. ¿Qué pensaba usted cuando lo invitan conocer París? No haga trampas y piense. Bueno, ese es el espíritu de Francia.”

“Todos los sistemas europeos procuran hacer del hombre un instrumento de relojería” (151) “De tanto rodar el europeo es ya un pedrusco sin aristas, un canto rodado del tiempo y de las corrientes culturales (…). En cambio, el porteño es original e indeductible.” (33)

“El arquetipo norteamericano es un ser rudimentario y despreciable. Es un troglodita que nada en aeroplano” (137) “Los norteamericanos, bajo la dirección de Ford, van a erigir una fábrica gigante para hacer hombres standards” (133)

En cambio, “Nosotros somos una asociación espiritualista. La más bella desde la decadencia de Atenas” (132).

Más allá de los tropiezos dados a través de ciertas exageraciones y de argumentos antihistóricos como el anterior, propios de la imaginería de su formación intelectual e inescindibles del proceso de clarificación ideológica que está experimentando Scalabrini Ortiz, la mirada positiva sobre lo propio y sus posibilidades es insólita en los años treinta: “Toda la magia de la vida consiste en CREER (…) en atreverse a erigir en creencias los sentimientos arraigados en cada uno, por mucho que contraríen la rutina de las creencias extintas” (7). Más, cuando se advierte que la subordinación cultural es hija de otra, la económica, que ha generado un sutilísimo aparato ideológico creador y reproductor de una inteligencia colonial, donde la falsificación histórica es uno de los ejes del desarraigo cultural. Dirá Scalabrini: “El capitalismo extranjero está en el poder. Quiera Dios que al pueblo no le cueste mucha sangre y desorganización desalojarlo” (95). Su nacionalismo se va consolidando, al punto que rechaza sus connotaciones reaccionarias y revaloriza el rol de las masas en la historia: “Solamente la muchedumbre innúmera se parece al espíritu de la tierra.” Dando cuenta de que si todo nacionalismo es reaccionario como quiere el pensamiento liberal, las masas carecen de alternativa frente al liberalismo oligárquico, idea que retomará desde la tribuna de FORJA cuando lleve a los forjistas del antiimperialismo abstracto al antiimperialismo concreto: “Hay que cultivar un nacionalismo no de superficie y de vistosas apariencias, un nacionalismo no de feria sino un argentinismo de profundidades, de realidades esenciales. Y para eso necesitamos desprendernos en absoluto de toda imitación y dependencia europea, ya en lo espiritual como en lo intelectual. Ser nosotros mismos, con los vicios y las virtudes inherentes a nuestra estirpe” (Revista Rivadavia, febrero de 1932).
La eficacia argumental del texto responde, de hecho, a esta capacidad de emitir certezas sobre lo nacional, paradójicamente, basadas en una mirada de tipo impresionista y en la intuición que guía cada uno de los razonamientos. El arquetipo de lo nacional propuesto en el texto será el hombre de Corrientes y Esmeralda como expresión del colectivo social surgido por el proceso inmigratorio que permite una interpretación optimista e integradora de lo social y que se construye a través de la observación directa de las características que considera propias y diferenciales: un complejo dispositivo que incluye el tango, la relación entre los sexos, el fútbol, prácticas culturales como las del café, etc. Para Scalabrini: “Es hombre de imposiciones y no de planes, es un hombre fiado en la certeza del instinto, en sus intuiciones, en sus presentimientos.” El arquetipo que permite narrar, además, el relato del desengaño, la soledad y la expectativa de los hombres de la década infame que observan atónitos las consecuencias sociales de la Argentina agraria y semicolonial atada por sus clases dirigentes a los intereses del imperialismo británico y norteamericano. Meses después de publicado el volumen sostendrá:
“Yo realzaba en mi libro las virtudes de la muchedumbre criolla y demostraba que su valoración no debía emprenderse de acuerdo a las reglas y cánones europeos; daba una base realista a la tesis esencial de la argentinidad, al negar la continuidad de la sangre quebrada entre nosotros por el imperio metafísico de la tierra y sentaba la tesis de que nuestra política no es más que la lucha entre el espíritu de la tierra, amplio, generoso, henchido de aspiraciones aún inconcretadas y el capital extranjero que intenta constantemente someterla y sojuzgarla.” (sf) Porque:
“Somos un país colonial, un pueblo en servidumbre, una nación sometida (…). Esta es nuestra desgracia, nuestra vergüenza argentina (…). Los hombres realmente libres y patriotas deberemos luchar a esta altura de nuestra historia por una patria redimida” (Señales, 10-7-1935). Más, en el período en que se edita El hombre que está solo y espera, meses después del golpe de Estado, Scalabrini estaba distanciándose de la maquinaria oligárquica de constitución de prestigios en el camino de asunción de su rol como intelectual nacional: “En 1930 yo había alcanzado el más alto título que un escritor puede lograr con su pluma: el de redactor de La Nación, cargo que renuncié para descender voluntariamente a la plebeya arena en que nos debatíamos los defensores de los intereses generales del pueblo. Tenía entonces treinta y dos años.” (Carta de R.S.O. a un lector, Qué, 1957)

* Síntesis de la Ponencia presentada en IV Congreso Internacional CELEHIS de Literatura española, latinoamericana y argentina, Mar del Plata, 7, 8 y 9 de noviembre de 2011



Simón Bolívar, de mantuano a Libertador de la Patria Grande

por Juan Godoy

“En primer plano aparecen, indisolublemente
unidas, la cuestión nacional y la cuestión
social. Una no puede resolverse sin la otra” Cooke, John William

“Artigas más San Martín: eso es Bolívar” Rodó, José Enrique


Bartolomé Mitre nos ha entregado una imagen de Bolívar, sobre todo en su Historia de San Martín y la emancipación sudamericana, en contraposición a la de San Martín. Mientras el primero sería ambicioso, desconfiado, desequilibrado, lujurioso, autoritario, dictatorial, libertador de Colombia (como patria chica), etc.; el segundo sería desinteresado, generoso, respetuoso, héroe de la Argentina, etc. (cabe resaltar que las características que encuentra en uno no lo hace en el otro y viceversa, son dos figuras contrapuestas). Así Mitre relata el primer encuentro de las dos figuras: “la impresión que a primera vista produjo Bolívar en San Martín, fue de repulsión, al observar su mirar gacho, su actitud desconfiada y su orgullo mal reprimido (…) Bolívar, más lleno de sí mismo, miró a San Martín de abajo a arriba (…) vio simplemente en él un hombre sin doblez, un buen Capitán que debía sus victorias más a su fortuna que a su genio” (Mitre, 1943; T vi, 71).
La idea del denominado “Padre de la Historia”, ya analizada la revolución de mayo como separatista, anti-hispánica (pro-británica), porteña, como “revolución argentina americanizada”, y la vuelta de San Martín a la Patria como fruto del recuerdo y amor de sus años de infancia, es mostrar a un San Martín que no desea la unificación del continente, sino que las “naciones” liberadas conformen nuevos estados, mientras que sería la ambición de Bolívar, sus ideas anexionistas, las que pretenden hacer del nuevo continente una gran nación. Esta lectura del pasado de Mitre se relaciona en que él, como jefe de la oligarquía local, plantea un proyecto porteño, conservador, libre importador, anti-latinoamericano, pro-británico, etc. La revisión de la historia para justificar las políticas que pretende aplicar en el presente.
Aquí procuraremos dar cuenta de la evolución de Simón Bolívar de mantuano a Libertador de la Patria Grande, para lo cual consideraremos la relación entre la lucha por la independencia nacional y la incorporación de la cuestión social. De esta forma dar cuenta que la lucha por la cuestión nacional debe implicar necesariamente la lucha por la cuestión social, y viceversa, si se pretende un proyecto emancipador. A la vez que rebatir la figura creada por Mitre y colocar a Bolívar (y por ende a San Martín) en su verdadera dimensión, como Libertador de Nuestra América.
Resaltamos por un lado a uno de los más obstinados continuadores del mitrismo que es Pacífico Otero quien sostiene que “con Guayaquil y son Guayaquil, Bolívar y San Martín estaban destinados a chocar, y esto no por culpa del héroe del Sur, sino por la ambición y por los planes de hegemonía continental que perseguía el Libertador del norte (…) San Martín, por el contrario, menospreciaba aquella (la gloria) y si tenía un ídolo era el desinterés” (Pacífico Otero, 2007, 300). Al tiempo que rescatamos a una de las plumas que más fuertes críticas lanzó contra el mitrismo en relación a su interpretación de Bolívar que es, a saber, la de Rufino Blanco Fombona, quien rescata el pensamiento latinoamericano de Bolívar, y lo concibe no como héroe de Venezuela, de Colombia o de las patrias chicas, sino de Latinoamérica, de la patria grande, así sostiene que “su ideal fue hacer del nuevo mundo una o dos naciones potentísimas, o de unirlas a todas por lazos de solidaridad tan estrechos que viniesen a construir una Federación, o si se quiere, un Imperio formidable” (Blanco Fombona, 1981; 244-245). Así consideramos que Simón Bolívar, nacido en el año 1783, hijo de una familia de la clase alta de la sociedad colonial, cuyos padres fallecen pocos años después dejándolo huérfano a temprana edad, va a ser formado por varias personas, pero esencialmente por dos maestros, a saber Andrés Bello y Simón Rodríguez (Carrera Damas, 2007). A este último, en su viaje a Europa para realizar sus estudios, le iba, en 1805, a realizar un juramento en una colina romana, el Monte Sacro, que prometía que él, Simón Bolívar, iba a liberar al Nuevo Mundo. Cabe resaltar que en Europa también iba a entablar relación con Francisco de Miranda, quien fuera uno de los pensadores precursores del pensamiento de Unidad Latinoamericana. Había propuesto una Confederación, llamada Colombia, desde Tierra del Fuego hasta el Mississippi, coronada por un emperador hereditario Inca. Pero ¿quién es Bolívar en esos años? Bolívar es un joven mantuano (término que es derivado de los finos mantos que usaban las mujeres de la aristocracia criolla), parte de los sectores aristocráticos de la sociedad colonial que propugnaba la independencia nacional. Así consideramos que la debilidad de Bolívar en un comienzo, viene dada por una idea de República Abstracta, donde no estuvieran integrados los sectores populares de la nación (Ramos, 1968), es decir, en ese momento no tiene en cuenta la cuestión social. Entre los años 1810 y aproximadamente 1817 la lucha se desarrolla en forma de guerra civil, similar a la zona de las Provincias Unidas del Río de la Plata, donde la Revolución de Mayo no es anti-hispánica, separatista sino que aparece como la prolongación de la insurrección popular en Europa de 1808, insurrección democrática contra el absolutismo, con el advenimiento de la Restauración en Europa se tornará independentista. (Galasso, 2005). En el norte de Sud –América tenemos: por un lado, a los mantuanos que representan a las clases criollas privilegiadas; y por el otro, a las masas populares, los llaneros, los esclavos y la “plebe” de color que luchaba bajo las órdenes de jefes españoles, los cuales les habían prometido “libertad de clase”, y entre los cuáles se destacaba Boves como líder de los llaneros, éstos luchaban contra los opresores blancos, y les eran entregadas las tierras que les arrebataban a los blancos, en la lucha obtenían una forma de abolición de su condición de esclavos, así “en el ejército llanero de Boves, compuesto de 7500 hombres, solo podían contarse 60 a 80 soldados blancos, y unos 40 ó 45 oficiales entre españoles y criollos. Por el contrario, en las fuerzas de Bolívar, la mayoría aplastante estaba compuesta por criollos blancos” (Ramos, 1968; 153) Consideramos también aquí que para los sectores populares, los llaneros, esclavos, etc. era más cercano el opresor de la aristocracia local que el conquistador español. A la vez que los mantuanos tampoco llevaban adelante sus reivindicaciones. Ignacio Politzer sostiene que “los criollos en la dirección del proceso revolucionario no hacían concesiones hacia estos sectores (los sectores más bajos)” (Politzer, 2009; 94)
Brevemente reseñamos los hechos de estos años de los que venimos hablando (1810 hasta aproximadamente 1817). Aquí Bolívar es parte, luego de algunas conspiraciones fallidas (en una de las cuales iba a ser apresado), el 5 de julio de 1811, conjuntamente con Miranda de la declaración de la Primera República, la cual iba a fracasar (Miranda será apresado). Bolívar se va hacia Cartagena de Indias y escribe el Manifiesto de Cartagena “yo soy de sentir que mientras no centralicemos nuestros gobiernos americanos, los enemigos obtendrán las más completas ventajas” (Bolívar, (1812) 2009, 57). Éste puede considerarse el primer documento político de Bolívar (Carrera Damas, 2007) Luego el joven mantuano va a realizar la denominada “Campaña Admirable”, en la cual llegará hasta Caracas y proclamará la Segunda República a principios de 1813, pero no logrará derrotar definitivamente al ejército colonial. Así los sectores que apoyaban la sociedad colonial reaccionarán y harán fracasar el nuevo intento bolivariano. Bolívar se retirará hacia el Oriente, a Nueva Granada y luego se exiliará en Jamaica, desde donde escribirá su célebre Carta de Jamaica (que es la contestación a un ciudadano británico) “yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riqueza que por su libertad y gloria” (Bolívar, (1815), 2009; 130). De esta forma la lucha por la independencia nacional, por librarse del yugo extranjero, estaba destinada a fracasar a menos que Bolívar u otro de los jefes independentistas cambiara de perspectiva, de estrategia, y diera cuenta de la necesidad de la incorporación de la cuestión social a la lucha, por tanto de la incorporación de los sectores populares, de los llaneros, llevando adelante sus reivindicaciones y haciéndolas a éstas parte sustancial del programa de la lucha revolucionaria. Luego de su permanencia en Jamaica, continuará su exilio en Haití. Este es un momento fundamental en la vida de Simón Bolívar y en el de la Revolución Latinoamericana. Haití era el primer territorio independiente de Nuestra América desde 1804, largos años habían pasado ya de la primera sublevación de esclavos (en el año 1522), los esclavos del hijo de Cristóbal Colón, Diego, fueron los primeros y la osadía les costaría cara, pues derrotados fueron colgados en los senderos de los ingenios como forma de disciplinamiento a los demás (Galeano, 2005). También algunos años habían pasado de, según Boleslao Lewin, la mayor convulsión (aunque fueron tan solo seis meses desde el “Grito de Tinta” hasta la condena de José Gabriel Condorcanqui -Tupac Amarú II-) que debió afrontar el reino de España en América (Lewin, 1957). Estas rebeliones como tantas otras que se suscitaron a lo largo y ancho del continente fueron por motivos sociales o fiscales, recién los movimientos de fines del XVIII y principios del XIX van a comenzar a forjar una conciencia nacional (Ezcurra, 2006).
Así Haití (nombre tomado del Arawak, los conquistadores la habían bautizado La Española, luego Saint Domingue) será uno de estos últimos, se había convertido no solo en la primera nación independiente, sino también en la única revolución de esclavos triunfante en la historia a nivel mundial, (Martínez Peria, 2009) el levantamiento había comenzado en 1791 encabezado por Toussaint Louverture, continuada por Dessalines y Petión, quienes declararán en 1804 la independencia, dando nacimiento a la primera República Negra, y al primer estado independiente, Dessalines dirá: “he vengado a América” (Martínez Peria Lazos, 2010; 55) Haití ayudará a diferentes causas americanas, como a la expedición de Miranda en 1806 (negado anteriormente por Estados Unidos), o la que nos atañe aquí, la de Simón Bolívar. Éste había entablado en su exilio en Haití relación con Alexandre Petión, “tengo la esperanza, Señor Presidente, de que nuestra afinidad de sentimientos en defensa de los derechos de nuestra patria común me granjeará por parte de V. E. los afectos de su inagotable benevolencia” (Carta de Bolívar a Petión del 19 de Diciembre de 1815, citado en Martínez Peria, 2010; 63). Bolívar le prometerá a Alexandre Petión, a cambio del apoyo (militar y económico), que ni bien tocara suelo venezolano iba a liberar a los esclavos. Así el Presidente haitiano cumple con el apoyo, y el Libertador con la liberación de los esclavos y la prohibición del trabajo obligatorio. De esta forma comienza una nueva etapa de la gesta libertaria de Bolívar, donde incorpora a la lucha por la independencia nacional, la cuestión social. Así de 1817 a 1824 se abre el periodo de los triunfos de Bolívar por la independencia del Nuestra América. Se establece una alianza entre los terratenientes y los llaneros levantados en armas. Bolívar comprende en Haití la importancia de la liberación de esclavos, y de poner al frente de la lucha a mestizos como Páez, Padilla o Piar (Ramos, 1968) Así Haití, revela una importancia fundamental en la gesta bolivariana y en la independencia de nuestros pueblos.
Con esta nueva concepción bolivariana, los llaneros poco a poco se van pasando al bando independentista. Marcaremos brevemente el camino que llevará hasta Ayacucho. Así luego de la Batalla de Boyacá, llama al Congreso de la Angostura (1819), en el Discurso de la Angostura proclamará: “¡representantes del pueblo! Vosotros estáis llamados para consagrar o suprimir cuanto os parezca digno de ser conservado, reformado o desechado en nuestro pacto social (…) el sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”” (Bolívar, (1819), 2009; 184-186). Rebautizará a Nueva Granada como Colombia. La Gran Colombia comprendía los territorios de lo que hoy es Colombia, Venezuela, Panamá y Ecuador (piensa que la Capital de ésta debe llamarse Las Casas en homenaje a Bartolomé de Las Casas). Luego de fundar la Gran Colombia proyectará confederar a todos los estados nacientes, pero la idea se dilatará hasta el Congreso de Panamá en 1826.
En 1821 consolida la república con la victoria en la batalla de Carabobo, luego Bombona, y Pichincha en 1822 al mando de Sucre. Ese mismo año se produce la conocida Entrevista de Guayaquil sobre la que se ha tejido un misterio, y sobre el cual Arturo Jauretche argumenta que “el único misterio es éste que se haya hecho un misterio de un hecho evidente, enturbiando la cuestión con una pequeña e interminable polémica (…) cuyo propósito último es ahondar las diferencias entre americanos” (Jauretche, 2005; 45). Norberto Galasso dará cuenta que los libertadores hicieron lo que convenía y a la vez podían en base a las fuerzas sociales que sustentaban a ambos, así la posición de San Martín era la peor pues, entre otras cuestiones, lo había traicionado Cochrane que lo deja casi sin escuadra, desde Buenos Aires los rivadavianos le niegan todo apoyo, etc. (Galasso, 2005). Consideramos que los dos personajes estuvieron a la altura de las circunstancias que la historia demandaba, y dejaron de lado mezquindades personales en pos de la liberación de la Patria Grande. Finalmente gana la batalla de Junín, y la campaña llega al último reducto realista, se libra la batalla de Ayacucho en 1824, la cual es liderada por El Mariscal Sucre, y se pone fin al dominio español en suelo americano.
Habían pasado ya 14 años de la proclamación de la Primera República, el cambio en Bolívar de aquel momento, luego de su paso por Haití, es evidente. Tuvo que negarse como mantuano, para poder así dar lugar a los sectores populares, unificar la cuestión nacional con cuestión social. Éste cambio que ponemos de relevancia se observa en la liberación de esclavos, en la prohibición del trabajo obligatorio, suprime la mita, el derecho de Curas y Corregidores para el trabajo gratuito de los indios en el servicio doméstico, entregó una porción de tierra a cada indio (Ramos, 1968), en la relación con los pueblos originarios para los cuales protege ríos, conserva las aguas, aprovecha racionalmente la riqueza forestal, como también en la nacionalización del suelo, de las minas, en la protección a la manufactura local, en el establecimiento de un sistema de cultivo de interés social orientado a un mercado interno y a exportar los excedentes, en un sistema de gobierno propio, original con la división en cinco poderes (ejecutivo, legislativo, judicial, electoral y moral), en la presidencia vitalicia para evitar el divisionismo (que se daría sobre el fin de sus días y luego de su muerte). (Politzer, 2009) Fue ese el cambio necesario, y esas las medidas implementadas a partir del entendimiento de la situación social y política del momento, para poder dar por finalizado el dominio español en Nuestra América. Luego, establecerá el Congreso de Panamá en 1826 (al que la oligarquía rivadaviana y porteña no envía representantes), como uno de los últimos intentos de unificar la Patria Grande por la que tanto había luchado, así sostiene que “este congreso parece destinado a formar la liga más vasta, o más extraordinaria o más fuerte que ha aparecido hasta el día sobre la tierra (…) el Nuevo Mundo se constituirá en naciones independientes, ligadas todas por una ley común que fijase sus relaciones externar y les ofreciese el poder conservador en un congreso general permanente” (Bolívar, (1826), 2009; 329). Consideramos de esta forma que la versión que nos dieron Mitre, Pacífico Otero, y demás historiadores de la denominada “historia oficial” se hacen a un lado, y dan paso a la espada de Bolívar que ha vuelto en estos últimos años a caminar por América Latina. La Patria Grande vuelve a estar de pie, está en nosotros completar el sueño bolivariano.

(Trabajo publicado originalmente en la Revista Falta Envido. Año 1, Nº 2. Septiembre de 2011)

Bibliografía citada
Mitre, Bartolomé. (1943). Historia de San Martín y de la emancipación Sudamericana. Buenos aires: Rosso.
Galasso, Norberto. (2000). Seamos Libres y lo demás no importa nada. Vida de San Martín. Buenos Aires: Colihue
Galasso, Norberto. (2005). La revolución de Mayo. El pueblo quiere saber de qué se trató. Buenos Aires: Ediciones del Pensamiento Nacional.
Pacífico Otero, José. (2007). La entrevista de Guayaquil y la crítica. En Viñas, David y García Cedro, Gabriela (comp.). (2007). Bolívar. Antología Polémica. Buenos Aires: Crónica General de América Latina
Blanco Fombona, Rufino. (1981). Ensayos históricos. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
Carrera Damas, Germán. (2007). Reseña biográfica de Simón Bolívar. En Viñas, David y García Cedro, Gabriela (comp.). (2007). Bolívar. Antología Polémica. Buenos Aires: Crónica General de América Latina
Politzer, Ignacio. (2009). La relación negada: Bolívar y la Argentina. En AA.VV. (2009). La Patria es América. Buenos Aires: Ediciones Madres de la Plaza de Mayo
Galeano, Eduardo. (2005). Las venas abiertas de América Latina. Buenos Aires: Catálogos.
Bolívar, Simón. (2009). Doctrina del libertador. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
Ezcurra, Daniel. (2006). Nuestroamericano. La dimensión regional en la identidad política de la revolución. En AA.VV. (2006). ¡Libertad, muera el tirano! El camino a la independencia en América. Buenos Aires: Ediciones Madres de la Plaza de Mayo
Martínez Peria, Juan Francisco. (2009). Haití, la revolución maldita. En AA.VV. (2009). La Patria es América. Buenos Aires: Ediciones Madres de la Plaza de Mayo
Martínez Peria, Juan Francisco. (2010). Lazos revolucionarios. En Ibáñez, Germán (Comp.). (2010). Son tiempos de revolución. De la emancipación al bicentenario. Buenos Aires: Ediciones Madres de la Plaza de Mayo
Jauretche, Arturo. (2005). Manual de zonceras Argentinas. Buenos Aires: Corregidor.
Lewin, Boleslao. (1957). La rebelión de Tupac Amarú y los orígenes de la emancipación americana. Buenos Aires: Hachette.
Ramos, Jorge Abelardo. (1968). Historia de la Nación Latinoamericana. Buenos Aires: Peña Lillo.

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