domingo, 19 de septiembre de 2010

Los Deberes de la Inteligencia: Humanismo y Revolución en la obra de Aníbal Ponce por Maximiliano Molocznik


Los Deberes de la Inteligencia: Humanismo y Revolución en la obra de Aníbal Ponce

Por Maximiliano Molocznik


Hace más de setenta años, el 18 de mayo de 1938, moría en un trágico accidente automovilístico en México Aníbal Ponce. Ensayista, psicólogo, filósofo de la educación, sociólogo “avant la lettre”, crítico literario e historiador de la cultura argentina, su muerte, cuando aún no había cumplido cuarenta años, fue una verdadera tragedia para el pensamiento y las letras latinoamericanas. Recorriendo los distintos momentos de su periplo intelectual intentaremos echar luz sobre el tumultuoso período de la historia de las ideas argentinas que transcurre desde fines del siglo XIX, bajo el reinado del positivismo, pasando por los “radicales” años 20 y desembocando en la polarizada ideológicamente década del 30.
Aníbal Ponce fue uno de los más importantes precursores del marxismo en los años treinta. A diferencia de muchos otros pensadores del mismo signo ideológico que abrevaban en un economicismo ortodoxo, él puso su mayor atención sobre la problemática humanista en correspondencia con la tradición del pensamiento filosófico latinoamericano.
Su breve vida está signada, como la de todos los grandes intelectuales, por una enorme complejidad que es conveniente conocer en su totalidad antes de emitir juicios de valor o realizar sobre su trayectoria análisis demonizadores (como hicieron muchos sectores nacionalistas, clericales y de derecha) o hagiográficos (historiografía oficial del Partido Comunista Argentino) que esconden aspectos muy criticables de su producción. Aquí nos proponemos un verdadero rescate crítico.
Su vida intelectual puede dividirse con claridad en tres grandes momentos, a saber:
Una primera etapa cuyo espacio teórico está ocupado por categorías provenientes del liberalismo positivista de la Generación del 80.
Un segundo momento donde se percibe el desplazamiento hacia nociones de corte marxista, así como la adopción de posiciones político-intelectuales socialistas.
Un tercer momento de asunción expresa y sistemática del marxismo hasta el final de su vida en 1938.
Durante el primer momento expresa un amor incondicional por Bs. As. que lo lleva a sentirse casi pasionalmente identificado con el liberalismo cientificista de los hombres del 80. Profesa una admiración sin límites por Sarmiento lo que lo llevará a tener algunas manifestaciones verdaderamente racistas y de desprecio por el elemento indígena del continente. Taine, Renan, Zola y Anatole France conformarán los clivajes más sobresalientes de esta etapa juvenil.
Hacia el final de su vida, en el exilio mexicano, ajustará cuentas con este núcleo teórico incluyéndose a sí mismo en una temática latinoamericana, criticando su propio europeísmo juvenil y recuperando voces y obras rebeldes como la del gran poeta mulato Nicolás Guillén y la del pintor y grabador Leopoldo Méndez.
Tampoco verá con agrado la Reforma Universitaria de 1918 al considerarla un movimiento idealista y pequeño burgués destinado al fracaso, a menos que sus protagonistas evolucionaran y la dejaran de considerar un fin en sí mismo visualizándola sólo como un aspecto más de la revolución social.
Sus trabajos más importantes de esta etapa son: Eduardo Wilde (1916), Avellaneda (1920)- después incorporadas junto a otras semblanzas de hombres del 80 como Mansilla, Cané y otros en La Vejez de Sarmiento (1927), Para un historia de Ingenieros (1926) y Cuaderno de Croquis (1927).
La primera guerra mundial, con sus diez millones de muertos y sus ciudades arrasadas, junto a los fuegos victoriosos de la revolución bolchevique en Rusia, comienzan a horadar su fe en el liberalismo y en la noción de progreso y a acercarlo a las ideas socialistas.
Cumple un papel esencial en esta reformulación crítica la relación-luego entrañable amistad- que lo unirá a José Ingenieros, por aquél entonces fervoroso militante por la unión latinoamericana y defensor de la revolución rusa.
El segundo momento de su itinerario intelectual-como no podía ser de otra manera- tiene a París como centro neurálgico de su pensamiento. La ciudad dorada en la que Ponce-a diferencia de otros viajeros que disfrutan del solaz- recorre universidades, laboratorios científicos y realiza cursos de capacitación docente.
Es la etapa en la que define con claridad sus ideas sobre los deberes de la inteligencia. Está convencido que si bien la ética sigue siendo la base de la acción individual todo individuo que aspire a realizarse debe pensar y pensarse en función de un cambio social. El deber de la inteligencia es, entonces, ser revolucionaria.
Los trabajos más importantes de este segundo momento son: Examen de Conciencia (1928), La Gramática de los sentimientos (1929), Los deberes de la inteligencia (1930), Problemas de Psicología Infantil (1931) y Sarmiento, constructor de la nueva Argentina (1932).
La tercera es la etapa de Moscú. Allí lo encontramos ya desplegado como un verdadero intelectual antifascista, haciendo del marxismo una expresa opción política y del internacionalismo una realidad. Esto último lo vemos reflejado en sus múltiples publicaciones, conferencias y actos de apoyo a la causa republicana en España.
Su viaje por la U R S S y su descripción eufórica de la vida “del hombre futuro” nos muestran su entusiasmo por la experiencia soviética.
Mucho se ha escrito ya sobre lo desproporcionado de sus elogios a la Rusia de Stalin. ¿Es correcta esta crítica o representa un anacronismo?.
Si bien es cierto que la revolución estaba burocratizada desde la muerte de Lenin, en 1924, y que Stalin venía “depurando” a la vieja guardia bolchevique desde ese momento, es sólo a partir de 1937 -cuando comienzan los “juicios de Moscú” contra Trotsky, las feroces purgas asesinas de millones y los condenados al gulag- que el estado soviético termina de degenerarse transformándose en ese “socialismo realmente existente” que veríamos morir de inanición e implosionar en 1991. ¿Podía visualizar todo este proceso que se cernía sobre el estado obrero un joven profesor argentino en 1935 en una visita que no duró ni dos meses?.
Los trabajos más importantes de la última etapa de su vida son: El Viento en el Mundo (1933), Educación y lucha de clases (1936) y De Erasmo a Romain Rolland- Humanismo burgués y Humanismo proletario (1938).
La obra de Aníbal Ponce se caracteriza por reflejar el don que poseía para transmitir ideas. Su palabra escrita es bella y elocuente y es uno de los productos más elaborados de la línea de pensamiento materialista que arranca en la Argentina en el siglo XIX y que, en el caso de Ponce, como dijimos, tendrá su referente ineludible en su maestro José Ingenieros.
A pesar de haberlo admirado profundamente y de haberlo acompañado en sus proyectos antiimperialistas, en sus últimos años, al igual que lo que le había sucedido con Sarmiento, Ponce se distancia dialécticamente de Ingenieros y, sobre todo, de su teoría de que la suerte de América dependería de la acción de minorías ilustradas.
Aunque su punto fuerte fue la psicología, incursionó en el terreno de la ética, la estética, la sociología, la filosofía de la historia y de la educación. Además de sus libros colaboró, en actitud de intelectual militante, como ensayista y crítico en diversas publicaciones (Nosotros, El Hogar, Cursos y Conferencias, Revista de Filosofía, Renovación).
Fundó el Colegio Libre de Estudios Superiores (1930), presidió el Congreso antiguerrero de Montevideo (1933), fue el primer presidente de la AIAPE (Asociación de intelectuales, artistas, periodistas y escritores) y dirigió la Revista Dialéctica (1936). Esta larga militancia en el campo cultural lo transformó en un enemigo de los fraudulentos gobiernos de la Década Infame y lo obligó a exiliarse en México donde vivió hasta su muerte.
Llegó allí en Enero de 1937 procedente de Bs. As. Recordemos que había sido expulsado de sus cátedras en el Instituto Superior de Profesorado e imposibilitado de publicar debido al clima de censura imperante durante el gobierno del Gral. Agustín. P. Justo, quien consideraba a Ponce un “subversivo” peligroso. Para lograr esta cesantía la trama reaccionaria educativo-política -con una colaboración no menor de la Iglesia- funcionó como una aceitada máquina.
Es allí, en México, cuando Ponce impactado por la experiencia cardenista ajusta cuentas con el racismo de factura sarmientina de su primera matriz de pensamiento y descubre un nuevo sujeto social: las masas indígenas.
Descubre también que tanto la reforma agraria como la nacionalización del petróleo no la había hecho un gobierno socialista sino un gobierno nacionalista… conducido por un militar, el Gral. Lázaro Cárdenas.
Mientras la mayoría de la izquierda tilda a Cárdenas de “fascista” o de “populista” Ponce, cuestionando la ortodoxia, comienza a reflexionar sobre la actitud que debe tener un socialista cuando hay un gobierno burgués que ofrece cierta resistencia al imperialismo.
Esto demuestra sus verdaderas dotes de intelectual marxista: no renegar de la dimensión autocrítica, aunque ello implique una pugna muy fuerte entre la inteligencia creadora y la herencia del pasado.
Por suerte para él, triunfó la primera. Estos “descubrimientos teóricos” serán saltos epistemológicos muy fuertes dado que le permitirán, entre otras cosas, extender el radio de alcance del humanismo socialista a los pueblos originarios de América. Estas sugerentes líneas de análisis, expresadas en sus últimos artículos en El Nacional, se ven abruptamente interrumpidas por su muerte.
Las batallas de Ponce por el marxismo no se circunscribieron tampoco a las cuestiones estrictamente sociales o políticas, sino que intentó argumentar la validez del método dialéctico materialista en la esfera de la naturaleza.
Recordó que Marx y Engels, por razones de batalla política, reconocieron que les habían dedicado poca atención a cuestiones de la biología, la filosofía y el arte.
La influencia de Ponce hace eclosión en los 60, cuando la ortodoxia stalinista comenzaba a mostrar sus grietas y, sobre todo, con el triunfo y la consolidación de la Revolución Cubana.
En ese momento su obra volvió a difundirse en ediciones realmente masivas y en un contexto de “recepción” cuyo registro ya era inasimilable al viejo stalinismo. Se volvieron a publicar sus principales libros: Educación y Lucha de Clases y Humanismo burgués-humanismo proletario.
Es muy interesante destacar también la evidente influencia del humanismo ponceano en el Che Guevara quien defenderá hasta el final de sus días la necesidad imperiosa que tenía la revolución de crear un “hombre nuevo” ya que, de no lograrse un cambio en este sentido, se correría el riesgo de caer ante las “armas melladas del capitalismo”.
Resulta imprescindible rescatarlo hoy-críticamente-, a setenta años de su muerte, porque sigue siendo un ejemplo de coherencia entre las palabras y los hechos.
Él predicó que la inteligencia tiene deberes y cumplió con los que le tocaron en su hora. Creemos que se ganó con creces un lugar en la antología de los verdaderos intelectuales revolucionarios pues todo lo que dijo y todo lo que escribió lo defendió siempre sin dobleces y pagó sus precios por ello.
Su muerte, cuando iba cumplir cuarenta años de edad, constituyó una catástrofe para el pensamiento y las letras americanas. Mucho había realizado ya, aunque eso sólo constituía una parte de lo muchísimo que aquél joven estudioso y valiente podría haber realizado en sus años de madurez si un estúpido accidente automovilístico no hubiese acabado con su vida.
Donde otros encontraron el halago, la sonrisa y el ascenso, él encontró la incomprensión, la hostilidad, la calumnia y el exilio.
Como hombre culto se sintió obligado -y lo hizo- a dar a los otros las ideas recogidas en sus momentos de soledad de estudioso y las elaboradas por su inteligencia consciente.
Por eso, recogemos para nosotros como bandera su última frase: “cuando a la cultura se la disfruta como un privilegio, la cultura envilece tanto como el oro”.


Fuentes:
Guadarrama, Pablo: Martí dentro del concepto latinoamericano de humanismo. Revolución y cultura. Nro. 3. mayo-junio. 1995. Época. IV. Año 34. La Habana. Pág. 10-17.
Terán, Oscar: Aníbal Ponce: ¿El Marxismo sin Nación?, Ediciones Pasado y Presente, México, 1983.
Yunque, Álvaro: Aníbal Ponce, Editorial Futuro, BsAs, 1958.
Salceda, Juan Antonio: Aníbal Ponce, Editorial Lautaro, BsAs, 1957.

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