sábado, 29 de octubre de 2011

El pensamiento latinoamericano y la integración regional

por Lucila Melendi

“La cuestión se centra en la capacidad de generar un pensamiento original, y la originalidad de todo pensar no deriva de los grandes centros de producción intelectual, sino de nuestra relación con la realidad” Arturo Roig (2008: 79)

“Por eso insistimos en invertir la herencia escolástica universitaria de problematizar los textos y orientarnos a textualizar los problemas”Ana Jaramillo (2005)

En América Latina conviven variados esquemas de integración regional que datan de distintas épocas y se plantean múltiples objetivos. Dentro de esta trama de armados institucionales diversos, podríamos señalar al MERCOSUR, la ALBA y la UNASUR como aquellos procesos que más desconcierto generan entre los académicos. A diferencia de otros acuerdos y tratados, no resulta fácil encuadrarlos según un patrón de comportamiento preestablecido que podamos encontrar en los libros de Relaciones Internacionales o de Integración Regional. Por este motivo, frecuentemente son tildados de procesos ‘particulares’, ‘peculiares’ o ‘especiales’.
Insistiremos en que los procesos políticos latinoamericanos no son ‘peculiares’ respecto a los de ninguna otra región del mundo. América Latina, al igual que todas ellas, tiene una historia y características que le son propias, y son estas diferencias originarias las que anulan, en términos de su potencial explicativo, buena parte de los enfoques generados en otras latitudes. Lo obvio no es menos importante por serlo, sino más bien todo lo contrario. Desde esta perspectiva, podemos constatar que en nuestros países (a diferencia de otros, consolidados en términos de su desarrollo social y cultural autónomo), las ideas no siempre muestran coherencia con la realidad que se supone conceptualizan, y de este desacierto inicial se desprenden todo tipo de errores .
Nos encontramos en un escenario en que desandar los caminos del pensamiento latinoamericano aparece como una opción de primer orden para quienes pretendan aportar a la comprensión de los procesos en que estamos inmersos. Para emprender este camino necesitaremos guiarnos buscando hilar, antes que cualquier otra cosa, las cuestiones que han sido problematizadas, habida cuenta de que otro tipo de guía suele ser engañosa: las disciplinas son construcciones sociales y políticas que realizan un recorte señalando los límites de lo que es posible pensar, pero en tanto no existe algo así como un Km 0 del pensamiento, no podemos permitir que se invaliden las reflexiones producidas previamente acerca de su mismo ‘objeto de estudio’. Por otra parte, se hace necesario terminar con la mala costumbre de ver teoría sólo allí donde ésta viene escrita de determinada forma. El potencial teórico de una idea debe ser valorado en estricta relación a la pregunta a la que pretende responder, y de ninguna manera al rótulo editorial que lo designa, o no, como más o menos ‘teórico’ o ‘filosófico’ .
En 1992, Alcira Argumedo publicaba “Los silencios y las voces en América Latina”, dando cuenta de la existencia de lo que ella llamó una matriz autónoma de pensamiento nacional y popular latinoamericano . Como toda matriz de pensamiento, su raíz sería una especial concepción acerca de lo social, que en el caso de las masas populares latinoamericanas parte de una visión esencial y profundamente igualitaria acerca de la naturaleza del hombre. Los ejes estructurantes de esta matriz serían la soberanía y la justicia; lo nacional y lo social, problemáticas nunca resueltas en América Latina, que seguirían resurgiendo episódicamente, hasta encontrar solución definitiva:
“Por encima de sus dimensiones y de las formas adquiridas en las diversas etapas históricas y en cada región, los movimientos populares del continente proponen la resolución del doble problema de la autonomía –como forma colectiva de la libertad, que otorga el contexto real a la libertad individual- y de la igualdad social. De este modo, la cuestión de la soberanía y la justicia contiene la problemática más sustantiva de la historia latinoamericana, hija de una situación traumática y atípica en su conformación como sociedad” (Argumedo, 1992: 196).
Desde esta perspectiva, lo que hoy llamamos ‘integración regional’ es objeto de reflexión del pensamiento latinoamericano desde el nacimiento mismo de América como tal, en tanto la cuestión de la autonomía (uno de los dos ejes centrales de nuestro filosofar), vino siempre de la mano de lo que podríamos llamar la cuestión continental. En el intento de aportar a la tarea de sistematizar algunas ideas de nuestro acervo teórico latinoamericano para hacerlas dialogar con las teorías y enfoques predominantes en nuestros ámbitos de estudio, vamos a repasar tres momentos de las ideas de unidad, y buscaremos dejar planteado un posible diálogo entre esas ideas y el MERCOSUR, la UNASUR y la ALBA.

Emancipación americana. Unidad para la defensa.
Bolívar, San Martín, Artigas

Hacia 1815 Hispanoamérica estaba decididamente embarccada en la lucha por su independencia. En este marco, y paralelamente a la dirección política y militar de las tropas americanistas que dirigió, Bolívar dejó una vasta serie de escritos dando cuenta de sus reflexiones y las disyuntivas en que se debatían. Cabe aclarar que para Bolívar América era un sólo y gran país, el Nuevo Mundo, que se extendía desde México hacia el sur del hemisferio, e incluía a las islas del Caribe.
Las “Cartas de Jamaica”, escritas en 1815, dan testimonio de algunas de sus reflexiones. Allí señala que el Imperio Español históricamente ha impedido el comercio y la comunicación entre las distintas provincias, para mantenerlas separadas y controladas, pero considera que en su conjunto son un gran mercado ultramarino que España ya no está en condiciones de abastecer, y que por lo tanto puede resultar atractivo para obtener el auspicio de alguna otra potencia en la empresa de su emancipación.
A nivel político, dejará ver que el futuro de América le genera una gran incertidubre. A su entender, la independencia se realiza, pero sin que los americanos tengan la experiencia necesaria como para poder gobernarse por sí mismos y, aventura que el Nuevo Mundo se dividirá para poder gobernarse mejor,
“Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Aunque aspiro a la perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme que el Nuevo Mundo sea por el momento regido por una gran república; como es imposible, no me atrevo a desearlo” (Bolívar, 1990: 76).
Prefiere las repúblicas a las monarquías, por considerar que sólo de esta forma se convivirá en paz, sin intenciones expansionistas, y rechaza el federalismo por demasiado perfecto, sosteniendo la imperiosa necesidad de buscar formas de organización que sean las mejores asequibles,
“No convengo en el sistema federal entre los populares y representativos, por ser demasiado perfecto y exigir virtudes y talentos políticos muy superiores a los nuestros (…) Busquemos un medio entre extremos opuestos, que nos conducirían a los mismos escollos, a la infelicidad y al deshonor” (Bolívar, 1990: 78).
Al mismo tiempo, cree que es la unión lo único que hace falta para que el Nuevo Mundo pueda concretar la obra de su regeneración (Bolívar, 1990; 83), pero esta empresa se ve impedida permanentemente por guerras civiles, que no son producidas por diferencias raciales o de castas, sino por motivos políticos.
Paralelamente, en el Cono Sur del continente, San Martín encabezaba el Ejército de Los Andes, con una clara lectura geopolítica del conflicto, que lo hacía pensar en clave sudamericana. San Martín nos legó este recorte entre la América del Sur y el resto de Hispanoamérica, y una claridad absoluta en términos de distinguir lo principal de lo secundario: así lo demuestra su énfasis rotundo en lograr la Libertad antes que nada, y su negativa absoluta a participar en cualquier tipo de enfrentamiento entre americanos. La soberanía ante todo: la consolidación de la libertad de América era la condición necesaria para poder discutir después cualquier otra cosa, y esto sólo se conseguiría en unidad,  “unámonos para batir a los maturrangos que nos amenazan y después nos queda tiempo para concluir de cualquier modo nuestros disgustos en los términos que hallemos por convenientes sin que haya un tercero en discordia que nos esclavice” (San Martín, 1819) .
Un año después, antes de partir a Perú decidiendo no hacer caso al gobierno de Buenos Aires que le reclamaba ponerse a la cabeza de la guerra civil, se dirigía al pueblo en los siguientes términos,  “el general San Martín jamás derramará la sangre de sus compatriotas y sólo desenvainará la espada contra los enemigos de la independencia de Sudamérica” (San Martín, 1820).
Artigas es el mayor exponente del federalismo y la democracia americana. Defensor a ultranza de la soberanía de los orientales en términos de únicos artífices de sus propios destinos, concebía esta autonomía plena en el marco de las Provincias Unidas del Río de la Plata. La forma confederada se les aparecía a los orientales, aquí en el sur, como el mejor modo de articular sus propios intereses con el del todo mayor, la patria americana. Sufrían en carne propia la necesidad de una defensa común de la libertad y al mismo tiempo tenían clara su condición de pueblo autónomo, con lo cual el federalismo aparecía como la forma natural de gobierno.
En 1813, los diputados de la Provincia Oriental recibieron claras instrucciones de cara a la Asamblea Constituyente de Buenos Aires. Los artículos 10 y 14 son especialmente ilustrativos del proyecto artiguista, y mantienen asombrosa vigencia, “Art. 10: Que esta provincia (la Provincia Oriental) por la presente entra separadamente en una firme liga de amistad con cada una de las otras, para su defensa común, seguridad de su libertad, y para su mutua y general felicidad, obligándose a asistir a cada una de las otras contra toda violencia o ataques hechos sobre ellas, o sobre alguna de ellas, por motivo de religión, soberanía, tráfico, o algún otro pretexto, cualquiera que sea (…) Art. 14: Que ninguna tasa o derecho se imponga sobre artículos exportados de una provincia a otra; ni que ninguna preferencia se dé por cualquier regulación de comercio o renta a los puertos de una provincia por sobre los de otra; ni los barcos destinados de esta provincia a otra serán obligados a entrar, a anclar, o pagar derechos en otra(Bruschera, 1971; 97).
En 1815 sancionarían un reglamento provisorio para fomentar la ‘campaña’ repartiendo las tierras de modo regulado, bajo el criterio de que “los más infelices serán los más agraciados” (Bruschera, 1971; 152). Una medida de colonización del conjunto de las tierras en función de aumentar la productividad, garantizar el sustento de las familias orientales, y sobre todo garantizar la soberanía. Los americanos tendrían prioridad.

Generación del ‘900. La idea latinoamericana de América.
Martí.

Recién a comienzos del siglo XX el Nuevo Mundo de Bolívar pasaría a ser América Latina. Lo que hoy identificamos de esta manera es un colectivo político definido y re-definido permanentemente, en función de una “otra” América que juzgamos necesario y fundamental distinguir de la “nuestra” .
Por inspiración de Rodó se realiza en 1908 en Montevideo el I Congreso Estudiantil Latinoamericano. En 1910 Ugarte publica “El porvenir de la América Española”, para Methol Ferré, fue la primera vez que alguien se encargó de dar una visión de conjunto de América Latina. En 1909 apareció “La evolución política y social de Hispanoamérica”, de Blanco Fombona. En 1912 Rodó escribió “Bolívar, el unificador del sur” y se publicó “Las democracias latinas de América”, de García Calderón. Un año después, “La creación de un continente”.
Después de que nos astilláramos en más de veinte repúblicas, y éstas forjaran sus mitos fundantes ‘nacionales’, aparecería en 1900 la primera generación que empieza a repensar la unidad continental. Advirtieron la emergencia del poder de los Estados Unidos, que se hizo evidente en la guerra de Cuba de 1898 y percibieron el peligro. La Patria Grande apareció entonces como la única posibilidad de futuro y, como parte de este mismo proceso de re-descubrimiento (y como nueva cara de las preguntas por nuestra identidad), aparecería también la problematización de lo que, al menos desde Jauretche, definimos como colonización pedagógica. La Reforma Universitaria de 1918 sería el primer logro del latinoamericanismo, y pocos años después, Haya de la Torre, teorizaría para superar las polis oligárquicas, y alcanzar la industrialización, con una visión acabada del imperialismo.
Voy a detenerme en Martí, porque si bien él no es parte de la conocida como ‘Generación del ‘900’, su condición de cubano y su exilio neoyorquino lo pusieron en condiciones de adelantarse, y conceptualizar algunas cuestiones que quedaron inmortalizadas en su pluma.
Martí acuñó la expresión Nuestra América, en claro contrapunto con los Estados Unidos de Norteamérica . Él percibe y conceptualiza muy bien dos cuestiones que mantienen su vigencia hasta nuestros días: el imperialismo, y la colonización padagógica , ambas en el marco de la lucha por la autonomía de la que nos hablaba Argumedo. Por un lado, convoca vigorosamente a los pueblos americanos a conocerse y unirse en su propia defensa, “Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes han de pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos (…) han de encajar, de modo que sean una, las dos manos” (Martí, 1980; 9) “¡Los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes” (Martí, 1980; 11)
Y por otro, percibe con claridad los desastres que la falta de confianza y creatividad de los americanos en sí mismos generan en términos políticos, “La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas (…) el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones del país mismo, a aquel estado apetecible, donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas” (Martí, 1980; 11) “(…) entró a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas importadas que han venido retardando, por su falta de realidad local, el gobierno lógico” (Martí, 1980; 13). Estas observaciones acerca de los desastres de copiar podrían aplicarse a muchas situaciones de la América contemporánea, entre las cuales podemos nombrar los andamiajes institucionales de varios esquemas de integración que tienen poco que ver con la realidad de nuestros países.

El ABC de la política latinoamericana.
Perón.

Hay dos documentos que revelan acabadamente la perspectiva del entonces Presidente argentino acerca de la dinámica del poder mundial y los desafíos que debería enfrentar nuestro continente en las décadas siguientes. En 1951, en un artículo publicado bajo el seudónimo de Descartes, Perón sostenía que en la historia de la humanidad se constata la tendencia a avanzar hacia agrupamientos cada vez mayores, por lo cual estaríamos transitando el pasaje de los Estados-Nación a los Estados-Continente, y todos aquellos que no lograran constituirse en parte de un estado continental, pasarían al coro de la historia. Por otro lado, por la creciente población/producción del mundo, las batallas del futuro serían por los alimentos y las materias primas, elementos que poseemos en abundancia y que nos será necesario defender. A partir de este diagnóstico, retoma la perspectiva geopolítica sanmartiniana y lee el desafío en clave Sudamericana. Es aquí donde Perón hace un aporte teórico sustantivo, al proponer la alianza argentino-brasilera-chilena como el camino a seguir, “La unidad comienza por la unión y ésta por la unificación de un núcleo básico de aglutinación. Desde esa base podría construirse hacia el Norte la Confederación Sudamericana, unificando en esa unión a todos los pueblos de raíz latina. Sabemos que estas ideas no harán felices a los imperialistas que dividen para reinar. Pero para nosotros los peligros serán tan graves desde el instante en que la Tercera Guerra Mundial termine, que no hacerlo será un verdadero suicidio. Unidos seremos inconquistables, separados indefendibles” (Perón, 1951).
Es precisamente este señalamiento el que constituye, para Methol Ferré, la originalidad fundamental de Perón: la de plantear la unidad argentino-brasilera como condición de la dinámica unificadora de América del Sur, “Es indudable que, realizada esta unión, caerán a su órbita los demás países sudamericanos, que no serán favorecidos ni por la formación de un nuevo agrupamiento y probablemente no lo podrán realizar en manera alguna, separados o juntos, sino en pequeñas unidades” (Perón, 1953). Es en este sentido, que lo considera el primer creador de una política latinoamericana: “antes hubo idealidades latinoamericanas, nostalgias, recuperaciones históricas culturales, pero no políticas. Políticas reales que discernieron lo principal de lo secundario, que señalaran cual era el camino efectivo de una unidad de América Latina, no la hubo hasta los planteos de Perón a la altura de los años ‘51” (Methol Ferré, 1996).
En 1953, al exponer las bases del Pacto ABC, reiteraría que esa unión era necesaria para garantizar la defensa continental: “Es esa circunstancia la que ha inducido a nuestro gobierno a encarar de frente la posibilidad de una unión real y efectiva de nuestros países, para encarar una vida en común y para planear, también, una defensa futura en común (…) Pienso yo que el año 2000 nos va a sorprender o unidos o dominados; pienso también que es de gente inteligente no esperar que el año 2000 llegue a nosotros, sino hacer un poquito de esfuerzo para llegar un poco antes al año 2000, y llegar en un poco mejores condiciones que aquella que nos podrá deparar el destino mientras nosotros seamos yunque que aguantamos los golpes y no seamos alguna vez martillo; que también demos algún golpe por nuestra cuenta” (Perón, 1953). Y agrega, en esta misma ocasión, apreciaciones sobre el papel de los gobiernos y de los pueblos en el proceso de unión, que transitando el siglo XXI asumen una vigencia inusitada. En su opinión, la unión debierara buscarse, “(…) influyendo no a los gobiernos, que aquí se cambian como se cambian las camisas, sino influyendo a los pueblos, que son los permanentes, porque los hombres pasan y los gobiernos se suceden, pero los pueblos quedan” (Perón, 1953).
En los años ’50 y ’60, con la creación de la CEPAL, se empezaría a pensar la integración regional, propiamente dicha, de América Latina y se haría, por primera vez, pensándola en términos de ‘medio’ para alcanzar el desarrollo. Europa transitaba el camino de su integración y de alguna forma esto habilitaba a los académicos a pensar en la ‘integración regional’ como un fenómeno en sí mismo, a ser estudiado e incluso imitado. Aparece entonces la integración como un medio apropiado para lograr el desarrollo industrial autónomo de nuestra región, y desde esta usina de pensamiento se impulsan procesos de integración económica, bajo el signo de un ‘regionalismo autonómico’ (Vázquez, 2011). En los años ’90, la CEPAL cambia su enfoque, y sigue impulsando la integración regional pero ahora en términos de ‘regionalismo abierto’, acoplándose al Consenso de Washigton y propugnando la liberalización comercial como medio para atraer capitales a América Latina.
En este marco, en 1991 se crea el MERCOSUR, con una clara impronta comercialista neoliberal, pero también como herramienta para fortalecer las debilitadas democracias, y tras una grave crisis a principios de los años 2000, redirecciona su accionar, incursionando en importantes áreas que no estaban contempladas en el proyecto original (Identidad MERCOSUR, 2010; 48). Es el caso, por ejemplo, del MERCOSUR social que nace en 2006 con la I Cumbre Social del Mercosur, en Córdoba. Paralelamente, tras dar por tierra con la propuesta norteamericana del ALCA, los mandatarios sudamericanos redefinen los objetivos de su agrupamiento, que pasa a llamarse UNASUR. Al día de hoy, habiendo sido protagonista en la resolución de graves conflictos intrarregionales, la UNASUR conformó un Consejo de Defensa Sudamericano y avanza firmemente hacia la creación de un Banco del Sur, que pueda cumplir funciones de financiamiento. Por otro lado, la ALBA agrupa a una serie no menor de países lainoamericanos fortaleciendo mecanismos de cooperación que permitan subsanar en conjunto grandes déficits en áreas como salud y educación, que afectan la efectiva igualdad de sus ciudadanos, y lleva adelante la experiencia de intercambio comercial con sucres, lo que les permite moderar su dependencia de las divisas intenacionales.

Reflexiones
MERCOSUR. UNASUR. ALBA.

Hay cierta creencia instalada en el ‘sentido común’ de los estudiosos de la integración regional, de que ésta comienza por liberalizar el comercio de bienes y se va profundizando, fijando un arancel externo común, unificando aduanas, permitiendo la libre circulación del capital y ‘la fuerza de trabajo’, y derramándose al ámbito político a través de la creación de entidades supranacionales, un parlamento común y hasta un Banco Central común que emita una misma moneda. Se supone que es el camino que deben seguir los procesos de integración regional, aunque lo cierto sea que esto no sucedió así en ningún caso. Las principales críticas hacia los esquemas vigentes son que no han cumplido con sus objetivos originarios de liberalización, y que no avanzan hacia la constitución de entidades supranacionales.
Lo cierto es que los procesos de integración regional son procesos políticos en permanente disputa, y deben ser estudiados en cuanto tales. El estudio de los procesos reales, y la reorientación de los esquemas de integración regional en Sudamérica durante la última década, nos permiten pensar en la autonomía y la inclusión social como los grandes ejes articuladores de los objetivos actuales. La soberanía y la justicia, (como decía Argumedo, en pleno auge del neoliberalismo a nivel mundial), siguen siendo los grandes problemas a resolver por parte de un continente que tiene la mayor reserva de recursos naturales del mundo y, asimismo, los mayores índices de desigualdad. Entonces, las propuestas de Unidad latinoamericana, hoy como ayer, tienen un primer objetivo defensivo: como lo vieron San Martín, Artigas, Martí y Perón, la defensa es continental o no es. La soberanía está en primer orden, pero aquí los problemas de soberanía no tienen que ver con disputarle territorio al vecino, sino con evitar el saqueo de nuestros recursos naturales y el condicionamiento a nuestra capacidad de decisión política, impuesto fundamentalmente por los organismos financieros internacionales. Si el objetivo principal de los intentos de unidad es lograr la efectiva soberanía, ciertamente ningún gobierno estará pronto a ceder parte de ella para la conformación de un organismo supranacional, esto no puede ser visto como un signo de debilidad. En la misma dirección podemos leer el inquebrantable respeto que los mandatarios sudamericanos vienen mostrando hacia sus pares, al no entrometerse en los asuntos internos: esta actitud retoma también el legado de San Martín, Artigas y Perón. Después de 200 años, probablemente siga siendo la de Confereración la forma política que más se ajusta a nuestra realidad.
Por otra parte, en el MERCOSUR, se avanza sustancialmente en términos de cooperación e integración en áreas que no fueron las originalmente planteadas, pero que están ligadas al núcleo sensible del drama latinoamericano. La estructura creada para liberalizar el comercio fue aprovechada para dar curso a lineas de acción conjunta, como los acuerdos en torno a educación, la cooperación técnica de ministerios, de movimientos sociales, organizaciones sindicales, etc. y todo pareciera indicar que los objetivos económicos se redefinen en función de alcanzar una mayor integración productiva, antes que de forzar una violenta liberalización comercial. El MERCOSUR es un entramado complejo de normas y prácticas que se van redefiniendo permanentemente en función de la política, pero en tanto producto de la alianza argentino-brasilera, sigue siendo la piedra angular de la Confederación Sudamericana, como decía Perón, o de la UNASUR, como llegamos a ver nosotros.
El MERCOSUR, la UNASUR y la ALBA realmente existentes recogen el legado de la mejor tradición nacional y popular latinoamericana, agregando a los objetivos de Defensa y Desarrollo, el del mantenimiento y consolidación de la Democracia, y el de combate a la Desigualdad, como nuevos desafíos a los que se debe responder desde la UNIDAD.
Pensando en los desafíos a los que deberemos hacer frente, vienen al caso las palabras de Perón acerca de la necesidad de realizar la integración desde los pueblos. Si bien se ha avanzado en términos de interacción entre organizaciones de la sociedad civil, es bueno recordar la importancia de fortalecer la participación y poner en marcha los Parlamentos comunes, no porque sea una obligación que nos imponga la teoría, sino porque como decía ese gran filósofo, los gobiernos pasan y los pueblos, quedan.

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