jueves, 4 de agosto de 2011

Literatura nacional y popular: El despertar de Aurelio

por Daniel Eduardo Galasso   

Aurelio leyó la carta sin mucho entusiasmo. Era más de lo mismo: Ramón insistía con eso de que viajara a Buenos Aires, que dejara la estancia y esos domingos de silencio y soledad mirando la pampa. Que en el frigorífico del Dock Sud necesitaban obreros y que la paga, sin ser de otro mundo, no podía compararse con lo que ganaba en la estancia. Que podía hacerle un lugar en la piecita que alquilaba en Barracas.

Estimado Aurelio:
Espero que a la llegada de la presente te encuentres bien. Ase ya un año que estoy en Buenos Aires y de a poco me voy acostumbrando a vivir en esta ciudad. En el frigorifico el trabajo es cansador por eso llego rendido a la cama sin ganas de otra cosa de comer algo y dormir.
En la puerta del frigorifico todas las mañanas se juntan montones de tipos pidiendo trabajo y muchas veces la policía los hecha a los palasos porque el jefe de personal (un gringo de nombre difícil) dice que ya no hay cupo hasta el otro dia…

Aurelio sentía que viajar a la ciudad, la gran e inimaginable ciudad apenas vislumbrada en alguna foto de algún diario que veía en el almacén del pueblo, implicaría dejarlo todo y entonces un temor incierto lo abrumaba, obligándolo a echar mano de la caña para no pensar, para no girar en el vacío y perderse en un cósmico rumbo.
Su rumbo, más terrenal e interesado, lo había marcado el patrón, vestido de poncho y boina roja aquél día en la plaza, antes de las elecciones, cuando gritó que se habían terminado los caprichos y los delirios de ese viejo decrépito que lo único que hacía era dárselas de enigmático; que ahora era tiempo de una Argentina grande; que las vacas y el trigo sustentarían esa grandeza. Que había que saber votar de una vez por todas.

(…) Un companiero me dijo que algún día esos turros del frigorifico y de la policía tendrian que respetar al obrero y que para eso tenemos que organisarnos. Que por mas que ellos tengan todo a su favor nosotros tenemos la fuerza que ellos nunca tendran. Me dio unos libros para leer, pero me cuesta mucho entenderlos. Hablan de cosas como medios de produción proletariado que se yó, terminan por aburrirme y me duermo sin poder pasar de la primera oja…

Sin embargo, Aurelio también recordaba aquellos tiempos en que se acercaba al comité de enfrente de la plaza los domingos. Le llamaba la atención la mirada de ese hombre cuyo retrato colgaba de la pared. No era justamente la mirada de un viejo decrépito como lo había pintado el patrón en su discurso. Eran un par de ojos negros que vigilaban todo lo que estaba a su alrededor y daba la impresión de su propia presencia cuando alguien hablaba de él, de Don Hipólito. Que nada se escapaba a su dominio.
Don Hipólito nunca me pidió la libreta para votar, pensaba Aurelio. Iba solito y la llevaba en el bolsillo de las bombachas como un tesoro. Ahora el patrón me la pide y si no se la doy me amenaza con el despido. Después me la devuelve y me dice que ya cumplí, que ya voté.

(…) Hoy elejimos el cuerpo de delegados del frigorifico. La eleción fue entre todos los obreros de cada turno y me elijieron delegado de la secion despostada, que es donde se cuartea al animal y se le sacan las tripas. Ser delegado no me da ninguna ventaja, al contrario me juego el cuero para peliar por todas las cosas que pedimos…

¡Delegaos en la estancia! Si aquí el patrón es la justicia y el gobierno, el pan y la miseria. La changa o la olla vacía. ¡Andá a decirle a Ramón que venga acá a hablar de delegaos! Aurelio leía la carta y mascullaba estas cosas entre mate y mate en el tinglado del fondo. Afuera, el capataz llamaba por lista a los peones para que fueran a cobrar, mientras Don Arnaldo, el dueño del almacén del poblado y cuñado del patrón, se relamía porque las deudas de los peones que habían comprado al fiado su yerba, su tabaco y sus fideos se incrementaría con el famoso “Persicola”.
El “Persicola”, que tantas veces asombró a Aurelio al verlo incluido en la lista de lo que debía en el almacén y que había consumido, no era más que un artilugio del que se valía Don Arnaldo para aumentar las cuentas de los peones. O sea que además del tabaco, la yerba, los fideos y algún par de alpargatas, siempre aparecía en la lista este artículo denominado “Persicola” (traducido como “por si cuela” o “por si logro incluirlo” disimulado entre los demás artículos), que nadie se atrevía a discutir y mucho menos a no pagar.

(…) El frigorifico no es la soledá que tenía cuando estaba en la estancia y no estoy hablando de cuestion de polleras. Es un mundo en el que hablamos bajito mientras trabajamos para saber cuando nos reunimos o que vamos a acer. En la estancia todos gritabamos como chanchos sin saber ni preguntarnos porque carajo no eramos ni hombres. En la foto que te mando podes verme junto a los companieros del sindicato antes de una reunión. Soy el tercero de arriba, el que tiene una gorra negra…

Aurelio miró la foto y le costó entender la sonrisa de Ramón. Si decía que se estaba jugando el cuero, con la policía y los gringos cada mañana en el frigorífico… ¿de qué se reía? ¿O acaso era el reflejo de una satisfacción que los peones de la estancia ignoraban? ¿Pero hasta dónde esto era así? ¿Acaso más de una discusión por una zoncera no había terminado a facón limpio con tal se salvar el orgullo?

(…) A los piones no es que les falte coraje para peliar por cosas justas, hace falta que alguien les muestre la posibilidá de vivir mejor que les diga que la estancia no es el mundo y que el patron no es el dueño de la jente…

Ramón tiene razón, musitó Aurelio con la mirada perdida en un fardo de alfalfa. Somos maulas. La estancia no será el frigorífico pero a veces pienso que una vaca vale más que cualquiera de nosotros; que por lo menos a ellas cuando se enferman las vé un dotor y comida no les falta. En eso estaba cuando entró el patrón y le preguntó qué estaba haciendo. Le arrebató la carta de las manos y a medida que leía el párrafo azarosamente elegido sus cejas se iban arqueando, mientras que a la sombra de esa socarrona sonrisa del patrón Aurelio sintió el desamparo más grande de su vida y por primera vez pudo entrever su mañana.

(…) Hay que peliarsela hermano. No hay que aser caso de los discursos del patron ni de los dotores, como canta Magaldi en la radio. Ya sabemos que todo es pa ellos y nada pa nosotros. Aunque un compañero me habló de un dotor que está en el Senado y que quiere que los gringos no se la lleven de arriba asi que tenemos que apoyarlo y en eso estamos…

Aurelio juntó sus pocas cosas y tomó el primer tren para Buenos Aires al día siguiente. La estación Constitución fue su primer mundo a descifrar, y entonces volvió a sentir ese temor incierto, ese girar en el vacío que le provocaba la posibilidad de huir de la estancia que planteaban las cartas de su amigo. Lo único que quería era llegar a Barracas; a la casa en la cual vivía Ramón; a la piecita en donde tirar su pobre avío para que él le contara pacientemente los secretos que escondía la ciudad. Quería de un trago apercibirse de todo lo que le resultase útil para su nueva vida, comenzando por el trabajo en el frigorífico.
Golpeó las manos en el vestíbulo y miró desconfiado ese patio de baldosas gastadas y macetas descoloridas. La soledad de una pileta gris llevó su visión al abrevadero de la estancia en cualquier tarde de domingo. La voz de una mujer mayor le preguntó a quién buscaba y de un golpe comprendió que no era domingo y que no estaba en la estancia. Le dijo que buscaba a Ramón; a Ramón Quinteros, que trabaja en el frigorífico. La mujer quiso saber quién lo buscaba y de dónde venía. Aurelio; Aurelio Olmos; trabajamos juntos en una estancia de Pigüé y él siempre me escribía… En ese momento se enteró de que hacía ya una semana que nadie de los que vivían allí sabían nada de él y que incluso la encargada de la casa estaba preocupada por el cobro del alquiler de la pieza. La ausencia de Ramón deshiló despiadadamente su único vínculo con el mundo y entonces la imagen de la tarde de domingo y el abrevadero lejano que le devolvía la pileta gris y ancha retornó más real que nunca.
Después de casi dos horas de preguntar y mirarse las alpargatas negras como pidiéndoles perdón por lo andado, Aurelio llegó hasta el Dock Sud. En el portón de entrada del Anglo se agolpaban quienes pedían trabajo, procurando que los incluyeran en el cupo de la lista diaria. Como me había dicho Ramón en sus cartas, pensó Aurelio. Llevaba encima la foto que Ramón le había mandado. Esa en la que estaba con una gorra negra al lado de ese bigotudo, que siempre le causaba gracia cuando la miraba y que Ramón le explicaba que era el delegado de su turno. Quadri…Quadri me dijo que se llamaba… Anduvo entre los obreros de aquí para allá, soportando empujones y los palazos de la policía, siempre con la foto en la mano procurando que alguno le dijera que lo conocía a Ramón. Que sabía dónde se encontraba. Se le acercó un hombre flaco, esmirriado, de gabán gris y ojos penetrantes. Me llamo José Gómez y soy compañero de Ramón Quinteros en el turno mañana. Venga; vayamos hasta el boliche de la otra cuadra y le cuento…El hombre había sido mensú en el Alto Paraná durante muchos años. Era correntino y pudo escaparse del infierno de los yerbales para venir a la ciudad y engancharse en el frigorífico. Le contó que el lunes de la semana pasada, en medio de una reunión, la policía entró en el modesto local del sindicato y se los llevó a todos. A Quadri, a Ramón, a Galarza, a Garmendia, a Jiménez…Gómez hablaba y cada tanto golpeaba sus puños sobre la tosca mesa, como queriendo que cada golpe repercutiera como un sismo sobre la sede misma de la temida Sección Especial de la policía, cruelmente famosa por torturar a obreros que luchaban por sus derechos. Aurelio se despidió y caminó con la foto en la mano. Pensó en Ramón, en cómo la estaría pasando. En que un peón recién llegado es menos que nada a la hora de dar una mano en un caso como ese. Policía, palazos, patrón, gringos, igual que en todos lados. Al menos en el frigorífico, a las vacas las matan pa que sirvan pa comida. En la estancia es al revés: enflaquecen al peón pa engordar las vacas…Escuchó tras de sí la voz de Gómez y se detuvo. Si usté quiere, compañero, véame mañana más temprano y le sigo contando y por ai hasta una changuita en el Anglo podemos conseguir.

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