lunes, 19 de septiembre de 2016

Presentación de la FORJA del nacionalismo popular


Raíces filosóficas del peronismo


Pensamiento Nacional y Academia

Por Juan Godoy*

“Escritor nacional es aquel que se enfrenta con su  propia circunstancia, pensando en el país y no en sí mismo”. (Hernández Arregui, 2004: 19)

“un día se oyó en las calles de Buenos Aires el grito de “Libros no, alpargatas sí”. Muchos se escandalizaron. Primero que nadir, los que habían escrito libros que valían menos que una alpargata. Pero la mayoría comprendió: con ese grito se estaba repudiando a una clase intelectual que vivía de espaldas al país y a su hombre”. (Cooke, 2010: 71)

            Más de cien años pasaron que José Martí reclamara: “la universidad europea debe ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas hasta acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras Repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras Repúblicas” (Martí, 2005: 12), por citar un caso emblemático de los tantos que han reclamado que la universidad se ligue a las necesidades nacionales, y a la tradición de pensamiento latinoamericana. Esas ideas, dejando de lado algunos momentos y proyectos particulares, no han logrado penetrar las instituciones educativas. El eurocentrismo, enciclopedismo y el estar de espaldas a las necesidades de la patria es lo que ha predominado.
            En este marco, la corriente de pensamiento nacional ha sido francamente ninguneada o negada en los ámbitos académicos. Hoy día después de una década de varios proyectos nacionales-populares en nuestro continente, la situación dista de ser diferente sobre todo en las universidades tradicionales[1]. Asistimos reiteradamente a personajes, algunos lamentablemente desde el “campo nacional”, que resisten a adoptar una matriz de pensamiento nacional, sostienen que es “poco serio”, que ya está “pasado de moda”, que esas categorías no se aplican más, y que es necesario estar acorde al siglo XXI. Argumedo afirma al respecto que “hay un sentido común difundido en las ciencias sociales, según el cual determinadas corrientes teóricas son las corrientes teóricas; fuera de ellas sólo se dan opacidades, manifestaciones confusas, malas copias de los originales. Las vertientes de corte nacional y popular en América Latina tradicionalmente han caído dentro de  esta última categoría”. (Argumedo, 2002: 10)
Llamativo resulta que los que enuncian este discurso suelen adoptar marcos teóricos del siglo XVIII y XIX, y realizados en realidades muy lejanas a las nuestras. Evidentemente, hay que decirlo: civilización y barbarie cala profundo, aún hoy en los pasillos de nuestras universidades, porque al fin y al cabo no deja de ser un pensamiento pre-juicioso que considera que lo ajeno (Europeo o Norteamericano claro), es mejor por el mero hecho de serlo que lo nacional, que es “malo” también por el mero hecho de serlo. Así, la importación acrítica de ideas aparece de sobremanera, por eso Ricardo Rojas advierte: “a causa del vacío enciclopedismo y la simiesca manía de imitación, que nos llevara a estériles estudios universales, en detrimento de una fecunda educación nacional”. (Rojas, 1971: 137)
Desde este esquema teórico, sólo puede surgir un pensamiento a contrapelo de la patria y sus necesidades. Los académicos siguen pensando más que en nacional a partir de cualquier esquema lejano. El “fantasma de Sarmiento” recorre las aulas de nuestras universidades.
Podría uno citar numerosos ejemplos de pensadores nacionales que han esbozado ideas similares a algunos pares europeos o norteamericanos muchos años antes, pero que la academia las adopta a partir de estos pensadores lejanos. Al parecer ¡un pensamiento “vale más” si está escrito en francés, inglés, ruso o alemán que en nuestra lengua! Es que, como lo sostiene Jauretche “la mentalidad colonial enseña a pensar el mundo desde afuera, y no desde adentro. El hombre de nuestra cultura no ve los fenómenos directamente sino que intenta interpretarlos a través de su reflexión en un espejo ajeno, a diferencia del hombre común, que guiado por su propio sentido práctico, ve el hecho y trata de interpretarlo sin otros elementos que los de su propia realidad”. (Jauretche, 2004; 112)
Basta recorrer las currículas de nuestras universidades y observar la enorme y casi excluyente presencia de pensadores europeos y norteamericanos, y la prácticamente ausencia total de escritores o pensadores latinoamericanos. Pareciera que los únicos que se pusieron a pensar la realidad son aquellos. Si uno hace el ejercicio de recorrer las currículas de los países con una cuestión nacional resuelta el resultado es, lógicamente,  diametralmente opuesto.
Universidades “europeas o norteamericanas” en suelo nacional, otra forma de penetración cultural de las potencias imperialistas. Esta penetración del pensamiento colonial en nuestras casas de Altos Estudios revela también la poca presencia no solo de egresados, sino de una dirigencia que “piense en nacional”. Es necesario resaltar que de la universidad ha salido mayormente la clase dirigente de nuestro país. Es más, muchos de los casos de dirigentes que piensan en esos términos nacionales han formado su conciencia fuera de estos ámbitos.
Esa relación estrecha entre academia y clase dirigente también es manifestación de la “soberbia intelectual” de los sectores medios (propios y ajenos, conscientemente o no), muchos de los cuales por su matriz de pensamiento piensan que solo los “blancos”, “formados académicamente”, “lindos”, que hablan pronunciando las letras “S”, son los que pueden dirigir los destinos del país. De ahí que Hernández Arregui con su pluma incisiva afirme que “esta “intelligentzia”, tanto de derecha como de “izquierda” se irrita ante los escritores genuinamente nacionales que son, en tanto hombres amasados a su pueblo, la mala conciencia que le recuerda, como una voz interior, su deserción de las luchas del pueblo. Más que el escritor nacional, lo que le resulta inadmisible lo que le resulta inadmisible, es que las masas argentinas representan no solo la alpargata sino la Cultura Nacional. El liberalismo colonial les endilgo que eran ellos, mandarines una ficticia “elite” intelectual, los depositarios de esa cultura. Pero la cultura es colectiva, creación anónima del pueblo. No de los intelectuales”. (Hernández Arregui, 2004: 20)
Cabe llamar la atención a una crítica que se hace al pensamiento nacional en tanto cerrazón frente a lo extranjero, lo que ya se ha repetido muchas veces, que las ideas no son nacionales por una cuestión geográfica, sino que se relaciona en tanto correspondencia de las mismas con las necesidades nacionales. Lo que se critica es la importación acrítica de las ideas solo por el hecho de haber germinado en algún rincón del planeta que se considera “civilizado” en detrimento de lo propio. Se incorporan las ideas como absolutas, no en lo que puedan ayudar al desarrollo de la cultura nacional, sino despreciando la misma, e intentando de reemplazarla.
            Muchas veces se achaca a las ideas nacionales la falta de rigurosidad metodológica, lo cual a veces consideramos es una de sus virtudes, no encerrarse en una “rigurosidad metodológica” que quita creatividad. Ya Wright Mills había discutido con este tipo de pensamiento estableciendo que era necesaria una ciencia social artesanal y sostiene la necesidad de no perder la imaginación sociológica, afirmando que “el concepto de la ciencia social que yo sustento no ha predominado últimamente. Mi concepto se opone a la ciencia social como conjunto de técnicas burocráticas que impiden la investigación social con sus pretensiones metodológicas, que congestionan el trabajo con conceptos oscurantistas o que lo trivializan interesándose en pequeños problemas sin relación con los problemas públicamente importantes”. (Mills, 1964: 39)   
El seguimiento de las herramientas metodológicas a rajatabla da lugar al fetichismo del método, “el individuo poseedor del método aprende la realidad social a través de la combinación de variables en el modelo formal, superando el momento de la operación científica, se “compromete”, se vuelve a meter en una realidad que por un momento consideró exterior (…) si la realidad no se adecúa al modelo la realidad no existe (…)“el conocimiento formal es empirismo acrítico, el fetichismo de los hechos inmutables, la creencia de una legalidad exterior a la producción humana de la naturaleza y la sociedad” (Carri, 1968: 52-53). El método pasa a dominar al investigador, lo constriñe, no lo deja crear, y lo que es peor el esquema abstracto no se “ajusta” a la realidad, sino que muchas veces es un pensamiento descontextualizado y/o apunta a “ajustar” la realidad en lugar de la idea.
            Al mismo tiempo, nos preguntamos por los criterios de validez, “las ciencias humanas tienen criterios para medir la relevancia. (…) La exposición pedagógica de esas teorías tiende a acompañarse de un distanciamiento entre los desarrollos conceptuales y los momentos históricos en los cuales se formularos; y también ocultar los deslices de autores consagrados que a veces dicen lo que no se debe. Sin desconocer tales criterios, creemos posible incluir otras variables para evaluar esa relevancia. Si millones de hombres y mujeres durante generaciones las sintieron como propias, ordenaron sus vidas alrededor de ellas y demasiadas veces encontraron la muerte al defenderlas, esas ideas son altamente relevantes para nosotros, sin importar el nivel de sistematización y rigurosidad expositiva que hayan alcanzado”. (Argumedo, 2002: 10)
De esta forma, a partir del estudio de nuestras particularidades como Continente y como país, establecer también otros criterios de validez de un pensamiento, pues sino se corre el riesgo (que es lo que sucede), de negar una corriente de pensamiento que ha calado profundo en el pueblo argentino y en las luchas por la emancipación a lo largo de estos años. Negar cualquier categoría de pensamiento que no siga el “canon” consagrado es cientificismo puro, y altivez frente a las tradiciones de pensamiento popular. Es miopía de la intelligentizia. Asimismo, estudiar a los autores desligados de su ideario político es una descontextualización muy severa que solo puede llevar a abordajes erróneos y superficiales. Así como también el desconocimiento profundo en las ciencias sociales del pasado de nuestra patria, de la historia de lucha del pueblo argentino lleva al “mismo puerto”. Además destacamos que las ideas deben ser “medidas” en su contexto, en tanto posibilidad de aplicación a la realidad.
            La pila de artículos académicos, o papers (como gusta decir a los academicistas), que crecen día a día, y que vale decir muy pocos leen, va de la mano con el incremento del desconocimiento de nuestra realidad, pues siguiendo marcos teóricos ajenos acríticamente solamente pueden hacer emerger análisis desconectados de nuestras necesidades. Aritz Recalde describe bien al academicismo, en tanto “la actividad intelectual pierde su sentido más allá de mejorar el salario de quien obtiene un título y de engordar el burocrático CV de los directores de tesis. La ciencia se burocratiza y se organiza como una carrera de mero rejunte de certificados (…) El saber sin un objetivo político predeterminado es abstracción académica y narcicismo pequeño burgués (y exhorta) las nuevas generaciones de universitarios y de hombres de cultura deben elegir entre escribir para su país y su pueblo o, meramente, para sí mismos o su cuenta bancaria”. (Recalde, 2016: 10)  A esos pensadores Oscar Varsavsky califica como cientificistas, en tanto adaptados al mercado científico y despreocupados por el significado social y político de su actividad. Los mismos  constituyen “un factor importante en el proceso de desnacionalización (…) refuerza nuestra dependencia cultural y económica, y nos hace satélites de ciertos polos mundiales de desarrollo”. (Varsavsky, 1969: 39)
            Asimismo, recorriendo los artículos y publicaciones académicas, más allá de lo subjetivo, difícil es encontrar obras que superen en profundidad e implicancia en la realidad concreta que las de Jauretche, Hernández Arregui, Jorge Abelardo Ramos, Fermín Chávez, José María Rosa, Scalabrini Ortíz, Norberto Galasso, Carlos Montenegro, Manuel Ugarte, Rufino Blanco Fombona, por nombrar algunos casos al azar. Esa corriente además es, según indica Francisco Pestanha, la más prolífica del siglo XX produciendo más de 20 mil libros. (Pestanha, 2015)
También es difícil encontrar a sujetos que hayan ordenado u ordenen sus vidas en tanto un conjunto de ideas emanadas desde la Academia, o bien hayan dado o den la misma por ese ideario como sucede con el nacional. Recordamos una carta en este sentido del emblemático Cacho Envar El Kadri a Hernández Arregui: “estimado compañero, usted tiene el mérito de ser uno de los pocos intelectuales que ha sido capaz de sembrar ideas por las cuales valga la pena morir o vivir peleando por su aplicación”. (Carta de Envar el Kadri a Hernández Arregui. 15-1-1970. Rep. en Piñeiro Iñíguez, 2007: 233)
Consideramos aquí que el pensamiento nacional nos nutre de un conjunto de herramientas que nos sirven para pensar el presente. El pensamiento nacional discute principalmente la cuestión nacional, se posiciona contra la dependencia la principal problemática de una nación semi-colonial que no ha logrado constituirse plenamente como tal. Así, muchas de las ideas y problemáticas que trata esta tradición de pensamiento son útiles para orientar y pensar nuestro presente. Pues, como enseña Norberto Galasso “pensar en nacional es, pues, en una semi-colonia como la Argentina, pensar revolucionariamente, cuestionando el orden impuesto por el Imperialismo, que no sólo es injusto y humillante sino que además, impide toda posibilidad de progreso histórico, es decir, cierra el paso a una auténtica Democracia participativa, al ascenso cultural y a las profundas transformaciones.”. (Galasso, 2008: 10)
De esta forma, consideramos que la crítica a la dependencia, el rompimiento de la colonización pedagógica aparece como fundamental para los pueblos que tienen una emancipación incompleta como el nuestro. De ahí la negación del mismo por parte del aparato cultural. Así, el pensamiento nacional aparece como instrumento poderoso para contribuir en el avance por la segunda y definitiva independencia.

Bibliografía
 Argumedo, Alcira. (2002). Los silencios y las voces en América Latina. Notas sobre el pensamiento nacional y popular. Buenos Aires: Ediciones del Pensamiento Nacional.
Carri, Roberto. (1968). El formalismo en las ciencias sociales (1ra. Parte). Antropología - Tercer Mundo. 1, (1-6). Reedición Facsimilar de la Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
 Cooke, John William. (2010). Duhalde, Eduardo Luis (Comp.). Obras Completas. Artículos periodísticos, reportajes, cartas y documentos (1947-1959). Tomo IV. Buenos Aires: Colihue.
 Entrevista a Francisco Pestanha. Luces sobre el Pensamiento Nacional. Octubre 2015. Disponible en http://comunasargentinas.com.ar
 Galasso, Norberto. (2008). ¿Cómo pensar la realidad nacional?. Crítica al pensamietno colonizado. Buenos Aires: Colihue.
 Hernández Arregui, Juan José. (2004). Nacionalismo y liberación. Buenos Aires: Peña Lillo (Continente).
 Jauretche, Arturo. (2004). Los Profetas del Odio y la Yapa los profetas. Buenos Aires: Corregidor.
Martí, José. (2005). Nuestra América y otros escritos. Buenos Aires: El andariego.
Mills, Wright. (1964). La imaginación sociológica. México: Fondo de Cultura Económica.
 Piñeiro Iñiguez, Carlos. (2007). Hernández Arregui Intelectual Peronista. Pensar el nacionalismo popular desde el marxismo. Siglo XXI: Buenos Aires.
 Recalde, Aritz. (2016). Intelectuales, peronismo y universidad. Buenos Aires: Punto de Encuentro.
 Varsavsky, Oscar. (1969). Ciencia, política y cientificismo. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina.


[1] Las “nuevas” universidades han sido más permeables al ingreso de estas ideas a partir de ciertos impulsos de algunos actores o institucionales. No obstante, no deja de tener un lugar minoritario. 

miércoles, 14 de septiembre de 2016

¿PERONISMO RENOVADOR? ¿PERONISMO TRAIDOR?

            “Quien le da pan a perro ajeno, pierde el pan y pierde al perro”.
Proverbio castellano citado por Juan Perón en 1972

            Con cierto arraigo en la realidad, el omnipresente y todopoderoso proselitismo de los medios de comunicación concentrados está empeñado en instalar una axiomática “renovación” como necesaria evolución progresista del peronismo institucionalizado, superador del “desmadre” kirchnerista. Producido en los despachos exclusivos de la calle Esmeralda con excelente propagación mediática, se está confeccionando un nuevo sentido común (claro, opuesto al buen sentido, porque si fuera “bueno” no requeriría la manufactura de los comunicadores dominantes).

            ¿Qué  significa este invento en boga que declara rescatar la identidad de la “renovación peronista” de los años 80?

            Antonio Cafiero fue muy celebrado en estos últimos días. Y es congruente, porque la renovación massista, mal llamada “peronismo renovador”, aspira heredar las virtudes de aquellos acontecimientos, a los que define implícitamente como su antecedente histórico. Pero a la que justicieramente se llamó ”Renovación Peronista”, así con mayúsculas, teniendo en cuenta su jerarquía en la tabla de valores de la leyenda pública, ya la vivimos, es pasado… y pisado.

            Lo que entonces fue tragedia hoy es comedia.

            Un intento generoso de definición de aquella experiencia nos llevaría a considerar la necesidad que tenía el peronismo (como hoy) de superar una derrota electoral (¡la primera en su historia!). De tal modo, significó incorporar a su acervo ciertos novedosos tópicos republicanos establecidos por el ganador, el alfonsinismo, con el objeto de articularlos con el legado nacional y popular propio del movimiento fundado por Juan Perón.  

            Desde otro ángulo, menos coyuntural, la “renovación peronista” de los años 80 trataba de intervenir en la histórica tensión entre el "país liberal" y "la patria peronista", con el objeto de reinsertar electoralmente al Partido Justicialista en la realidad argentina post dictadura.

            Desde el antiperonismo rabioso se ha afirmado que la “renovación peronista” fue el esfuerzo más serio de fundar un peronismo democrático, respetuoso del estatus quo y los buenos modales. ¡Lástima que después apareció un tal Néstor Carlos Kirchner, que demolió la empeñosa tarea de hacer del peronismo un socio más del régimen político que sostiene al neoliberalismo depredador! Estaba llegando a la política “la generación diezmada”.

            Hay incluso quienes creen que el peronismo es cosa del pasado, que está caduco. Y dentro de nuestras propias fuerzas están los que afirman que sin Perón no hay peronismo. Tal vez sea cierto. Pero cualquier construcción que aspire a representar los intereses de los pueblos, volverá a pensar en los mismos términos históricos: las tres banderas, Soberanía, Independencia y Justicia Social. Más la unidad continental de la Patria Grande.

            Hoy el peronismo trata de rehabilitarse de los errores y fracasos que lo llevaron a sufrir una derrota electoral. ¿El meneado “peronismo renovador” del presente será legítimo sucesor de aquella “renovación peronista” que lideraron Cafiero, Menem y Grosso en los 80 para competir con el radicalismo?

            Si lo intentara, sería por un camino nuevo, diferente, porque el alfonsinismo no era idéntico (ni cerca) a lo que hoy expresa el macrismo.

            Para acudir al humor: la derrota del 2015 no se parece a aquella de 1983. A la luz del actual momento político y económico tenemos la tentación de decir: “Volvé Alfonsín, perdonanos”.

            Tal vez sea necesario apelar a la memoria. Recapitulemos.

            El peronismo tenía un cuerpo principal: el Movimiento. Y, a veces, cuando era oportuno, desplegaba una estructura legal: el Partido Justicialista.

            El Movimiento tenía su columna vertebral: el movimiento obrero organizado. Una institución permanente, líder del todo social. Al principio, en las elecciones de febrero de 1946, los dirigentes obreros poblaron con abundancia las papeletas Laboristas. Luego, desde las raíces, desarrolló “la resistencia” y, es razonable y justo, se adaptó al escenario de conflicto cuando hizo falta, con algunas deslealtades y muchas bravuras.

            Entre el Movimiento y el Partido existió siempre una relación de tensión y a veces de conflicto abierto. Aunque  parte  de un mismo “dispositivo”, diría Perón, eran dos sujetos autónomos en el protagonismo de la gran revolución peronista.

            A partir  de 1955, proscripto el Partido Peronista, el Movimiento, una construcción genuinamente popular, diríamos espontánea, de base, natural, sencilla, de disciplina laxa y límites imprecisos, creadora de hechos e ideas ideológicamente intransigentes pero políticamente flexibles, fue la herramienta política del pueblo a lo largo de muchos años de prohibición y acoso. “Yo nunca hice política, siempre fui peronista”, sintetizó Soriano. Su resultado: el famoso “empate hegemónico”. Ni el peronismo conquistaba el gobierno desde las luchas sociales ni el sistema político demoliberal conseguía gobernar el país desde su fraudulenta legalidad.

            De contextura políticamente plural y socialmente amplia, desplegó a lo largo de 18 años sus formas y métodos de lucha elaborados en la experiencia de acierto y error en defensa de los intereses de todos los trabajadores y representó y normalmente lideró, con distintas identificaciones, toda acción popular reivindicativa de derechos conculcados o a conquistar.

            El Movimiento era la caldera que proveía de energía al cuerpo social argentino; pero no sólo eso: era, además, la fragua de la militancia; el lugar donde se procesaba la selección de la dirigencia que devenía política en cada demanda social o protesta, en cada coyuntura insurreccional o electoral.

            Así, el Movimiento, inmenso fogón de las utopías, iluminado por los antiguos combates por la emancipación, enarboló los programas que alimentaron el discurso y la práctica de la militancia contemporánea (La Falda y Huerta Grande, de la CGT de los Argentinos, los 26 puntos para la Unificación Nacional de Ubaldini).

            Las ideas y las propuestas concretas del Movimiento y el aliento de la movilización de las bases, apremiaban a las dirigencias políticas y sindicales y les dictaban cuál era su papel frente al poder. Desde “el timbreo”, las UB territoriales, las organizaciones libres del pueblo, los centros de estudiantes, las comisiones internas de fábrica y todo nucleamiento de actividad política popular, los dirigentes intermedios del Movimiento, a los que se conocía como “cuadros”, eran quienes hacían llegar a las conducciones superiores los reclamos y las propuestas populares. Lugar común: correa de transmisión entre la dirección y las bases.

            La Triple A, parapolicial estatal nacida de una conspiración antipopular y antinacional en los últimos tiempos del gobierno peronista que asumió el 25 de mayo de 1973, y los grupos de tareas desplegados desde los cuarteles de las Fuerzas Armadas a partir del 24 de marzo de 1976, tuvieron una coincidencia lógica y fatal: dedicarse científica y metódicamente a descabezar al Movimiento, es decir, a eliminar su vanguardia orgánica, arraigada en las masas, decidida hasta el heroísmo, intelectualmente esclarecida, ideológicamente convencida y políticamente determinada. Gráficamente: pasar el cedazo, descremar la organización de los sectores populares, hacer manteca con sus líderes y tirarlos al río.

            ¡Y lo lograron! Su estrategia criminal tuvo éxito.

            El Movimiento, un cuerpo descuartizado por el genocidio, sufrió la amputación de su principal órgano funcional: se quedó sin corazón (Megafón lo reconstruyó simbólicamente pero, atención, nunca halló los testículos). Los 30 mil desaparecidos habían sido los autorizados para hacer correr la sangre de la lucha popular por las venas de la sociedad.

            ¿Qué quedó entonces del orgulloso e imbatible peronismo?

            Los meses posteriores a la debacle electoral dieron lugar a un proceso turbulento en el interior del movimiento en el que se acusaba por los resultados electorales a los líderes identificados con la vieja guardia “movimientista”, el entonces jefe de las "62 organizaciones" Lorenzo Miguel y el representante del Partido Justicialista bonaerense Herminio Iglesias (denominados "los mariscales de la derrota").


            Para superar el descalabro que el triunfo de Alfonsín ocasionó a un peronismo desvastado, las dirigencias partidarias, lejos de promover un retorno de la militancia de base y de sus organizaciones históricas, desmovilizaron política, social y civilmente a la nueva juventud justicialista. Nada fue más claro que la desautorización partidaria a la militancia que salió a defender la democracia frente a la agresión carapintada. A la claudicación radical -“La casa está en orden”- la dirigencia peronista respondió: “No hagan ola”.

            Vinieron a terminar de liquidar al Movimiento, indefenso después del genocidio procesista, como obstáculo para “institucionalizar” definitivamente al Partido Justicialista en el sistema político demoliberal argentino. Esto es, convertirlo en uno más de los irrepresentativos modelos partidarios vacíos de programa que demandan votos vía marketing para cada instancia electoral.

            Sin embargo, no eran para nada contradictorios los mandatos de reivindicar la doctrina y a Perón con la revalorización de la democracia. Todo lo contrario. Pero en su momento Cafiero lo advirtió: "Algo muy grave sucedió entre nosotros; se tiró por la borda el Movimiento y se lo reemplazó por la burocracia partidaria... cargos electivos de los más encumbrados se adjudicaron con fraude y violencia; el triunfalismo infantil, el oportunismo feroz, la declinación moral y la soberbia sectaria: he allí el sustituto de aquello de que primero la Patria y el Movimiento”.

            Se constituyó así una corporación de profesionales de la política, que acceden a  los  puestos de representación pública no por arte y decisión de las bases sino como producto de las roscas en “las internas” y del sistema de relaciones de los lobbies económicos que se ofrecen constantemente a apoyar y financiar campañas a cambio de privilegios y concesiones. Partidos cautivos de las encuestas que hacen empresas que son mentores políticos: los hechiceros de los nuevos tiempos, que dicen quién va a ganar y apuntan a quién votar. Partidos prisioneros del mensaje masivo de los medios de comunicación corporativos. Partidos cobardes.

            ¿Lo recuerdan? La “Renovación Peronista” terminó su travesía asfaltando el camino para el arribo de Carlos Menem y el más crudo neoliberalismo al poder. ¿No está claro acaso que, si logra una plataforma “peronista” Sergio Tomás Massa será el nuevo Carlos Saúl Menem?
           
            Ese es el espécimen que se amontona en Esmeralda y el programa de la actual “renovación peronista”, idéntico al conjunto de los que usufructúan el caduco sistema político argentino para su propia prosperidad o la de sus mandantes, cuando multitudes que pueblan las plazas de todo el país rechazan las medidas económicas del gobierno. ¿Seremos tan necios de tropezar dos veces con la misma piedra?

            ¿Serán peronistas estos muchachos? Parece que apenas les da para continuar trillando el camino que nos llevó a la derrota en 2015: anteponer los intereses de los hombres a los de la Patria y el Movimiento.

            Esmeralda desperdicia la oportunidad histórica de recuperar el justicialismo para el pueblo y el coraje de ser el sepulturero de la mayor corrupción estructural: la de la oligarquía argentina y las corporaciones extranjeras en el gobierno nacional.
            En cambio, propone “gobernabilidad”, siendo que si le va bien a Macri es porque al pueblo argentino le va mal. Es un conflicto antagónico, como son antagónicas las disputas por la renta nacional: si no se beneficia el pueblo es porque las corporaciones se la están llevando; cuando no se gobierna explícitamente para el pobre se favorece implícitamente al rico.

            No muchachos, compañeros peronistas del grupo de la calle Esmeralda: con Macri no hay negocio sino capitulación.

            Planteamos la solidaridad frente a la ética capitalista de Macri, donde toda conquista colectiva conspira contra las ambiciones personales, última ratio de su conciencia individualista depredadora llevada al poder.

            Es el marco ético inmoral del liberalismo: sálvese quien pueda, ya que el fin justifica los medios.

            Es la ideología liberal (que en las potencias no se practica, pero se la inculca a las colonias): si a mi me va bien (ejemplo: Rockefeller empezó vendiendo  diarios) al país le va bien. Lo sabemos, es falso. Pero tenemos que terminar de convencernos de lo contrario: si a toda la sociedad le va bien, a mi me va bien. Como lo expresaron las 62 Organizaciones: “Si todos los argentinos estamos bien, los trabajadores estaremos mejor”. Según Perón: “Ningún ciudadano se realiza en una Nación que no se realiza”.

            El egoísmo individualista mata la ilusión de un futuro mejor para todos: en el todos estamos cada uno de nosotros como ciudadanos, como  personas, como individuos con necesidades, deseos y esperanzas. No hay héroe individual; el héroe es colectivo, sentenció Oesterheld.

            Toda connivencia con Cambiemos, tal lo que alienta Sergio Massa, es un absurdo o una rematada traición: sólo habrá coincidencia en el marco de una regresión argentina a los años de Menem, Cavallo y De la Rúa, o a los de la “colonia próspera”.

            No habrá conformidad, por parte de un peronismo que nunca claudicó en su esencia ética cristiana, con la ética protestante, "espíritu" del capitalismo.

            Nuestras  diferencias con Macri no son cuestión de modales, sólo políticas, metodológicas, técnicas, operacionales: son fundamentales, ideológicas, éticas, y hasta morales. Nos ofende no únicamente como peronistas y populares sino como individuos, como ciudadanos, como seres humanos iguales en el todo y en el respeto al otro. Y hasta tenemos diferencias históricas: provenimos  de ramas enemigas. Fuimos  sanmartinianos y fueron rivadavianos; fuimos federales y fueron unitarios; defendimos la soberanía y fueron probritánicos; fuimos anarquistas, socialistas, comunistas y radicales y ellos fueron conservadores, fraudulentos, fusiladores y golpistas. 200 años y nada nos une; todo nos separa.

            ¿Qué queda entonces de aquel Movimiento? Todo: es la Patria.
            La victoria sólo es posible si lo convocamos, lo resignificamos y lo organizamos, como hicieron Perón, Cámpora y Kirchner.

            Hay no más de dos opciones: poner palos en la rueda, dificultar por todos los medios posibles el éxito de las políticas antinacionales y antipopulares de Macri, o acompañarlas tratando de sacar mezquinas ventajas y… me cago en todo lo demás.

            ¿Son peronistas estos “renovadores” de hoy? Que den respuesta verdadera al fundamento peronista: “Dividimos al país en dos categorías: una, la de los hombres que trabajan, y la otra, la que vive de los hombres que trabajan. Ante esta situación nos hemos colocado abiertamente del lado de los que trabajan”.


            ¿De qué lado están?

Actividad Brasil y América Latina


A diez años: Néstor Kirchner y el dolor por Julio López


Por Alfredo Silletta 


Dentro de pocos días se cumplirán diez años de la desaparición de Julio López. En aquellos primeros días me tocó acompañar a la familia de “Tito”, como lo llamaban. El siguiente texto* es parte de un libro de este periodista, donde recuerdo el dolor de la familia y el rol del presidente Néstor Kirchner en aquellos días.
“El lunes 16 de septiembre de 2006 comenzaban los alegatos contra el represor Miguel Etchecolatz en  el tribunal Federal Oral nro. 1 de La Plata. El martes, los jueces lo condenaron a la pena de prisión perpetua por delitos de lesa humanidad cometidos en el marco de un genocidio.  Los presentes, familiares e integrantes de organismos de derechos humanos,  le gritaron “asesino”  y algunos presentes le arrojaron pintura roja.
Ese lunes, Julio López, un albañil de 77 años, uno de los principales testigos contra el represor no estuvo presente.  La familia creyó que había tenido un accidente y lo buscó en los hospitales.  Los organismos de derechos humanos se preocuparon por la ausencia y también comenzaron a buscarlo en centros de salud y comisarías. Una ex detenida-desaparecida y amiga de Julio, Nilda Eloy,  dijo “espero que no lo hayan secuestrado”.
Los principales diarios no le dieron importancia y sólo Página 12, a través de la periodista Adriana Meyer, comentó la búsqueda y la preocupación.  A los pocos días hubo una marcha de los organismos de derechos humanos de La Plata.  El gobierno provincial y la policía bonaerense  se concentraron en que “lo de López es un problema de salud o familiar”. Una vez más la víctima era investigada.
El presidente Néstor Kirchner, que se encontraba de gira en los Estados Unidos, como era su costumbre, leía resúmenes de noticias dos o tres veces al día. Preocupado por la desaparición de López lo llamó al gobernador  Felipe Solá. El gobernador intentó explicarle que no era un tema político. “¿Vos, sos boludo?, a López lo chuparon, poné todo el apoyo de la provincia, hablá con la familia, poné una recompensa ya”, le dijo un irritado Kirchner.
Horas después, Cristina Fernández llamó al ministro de seguridad de la provincia, León Arslanian, para interiorizarse del caso. A las pocas horas, el gobierno provincial ofreció una recompensa de 200 mil pesos para que alguien informara sobre Julio López.
Solá decidió, finalmente, dirigirse a la humilde casa de López. Allí se sentó a charlar con su mujer y sus hijos y compartió unos mates.
Horas después, el gobernador  anunció el pase a disponibilidad de todos los efectivos de la policía de la provincia que “de alguna manera estuvieron vinculados a los centros clandestinos de detención y hoy siguen en la fuerza”. Una semana después, mostró una foto de Julio López y afirmó que “es el primer desaparecido desde los años del terrorismo de Estado”.
De regreso al país, el presidente recibió a la familia López y le ofreció toda la ayuda, desde la SIDE hasta la policía Federal. Posteriormente, en un acto en la Casa Rosada, dijo que  “el pasado no está derrotado ni vencido”  y reconoció que la desaparición del albañil López implicaba un mensaje atemorizador hacia toda la sociedad: “Cada vez que tienen una oportunidad aprovechan para demostrar que están presentes. Estemos atentos, argentinos, no podemos dejar que se vuelva a repetir ese pasado. Los argentinos estamos angustiados. No es un tema menor, se busca amedrentar la búsqueda de la verdad”.
El destino lleva muchas veces a los periodistas a estar en lugares que nunca pensamos estar. Las circunstancias me llevaron a estar muy cerca de la familia de Julio López, colaborar con ellos desde el primer día, vivir el dolor, la bronca de no saber dónde estaba “Tito” y cumplir de nexo ante los colegas que querían informar sobre la desaparición de López. Recuerdo que me tocó poner en palabras las broncas, los ruegos, las dudas de la familia, en tres cartas abiertas que se publicaron en los primeros meses tras la desaparición.La familia, acercándose al tercer mes de la desaparición de Julio, decidió escribirle una carta pública al presidente. Luego de redactarla, nos pareció adecuado enviarle primero una copia a su despacho antes de entregarla a la prensa. A través de un periodista amigo, el vocero del Jefe de Gabinete Alberto Fernández, le enviamos una copia a Kirchner. La misiva decía: “Dentro de pocas horas se cumplirán tres meses de la desaparición de Tito.Estamos desesperados, angustiados, con bronca, no sabemos quién se llevó a Tito, nuestro padre, el marido y compañero de mi madre. Dirigimos esta carta abierta a nuestro presidente porque confiamos en él, recordamos sus palabras y su compromiso personal en la búsqueda de Tito. Hoy, a tres meses de no saber nada, le pedimos que no baje los brazos, que no se olvide de Tito, recuérdelo en cada tribuna…”. Más adelante, la carta recordaba: “Hace treinta años, dos niños y una madre sufrimos por la desaparición de Tito. Hoy se repite la historia, y nuevamente no sabemos dónde está, pero ahora estamos en democracia, creemos en ella, creemos en la Justicia como creyó Tito cuando con sus 77 años a cuestas fue a contar la ‘verdad’ para que la historia negra no se repita; sólo fue a pedir ‘justicia’ y hoy no está”. Y terminaba:  “Estamos desesperados. Somos una familia sencilla. No estamos acostumbrados a relacionarlos con la prensa. Cargamos con un dolor profundo y es sin lugar a dudas el peor momento de nuestras vidas. Tito es una persona sencilla, que trabajó toda su vida, que construyó con sus manos la casa que habita desde hace 45 años y que sufrió, por creer en un país mejor, los horrores de la noche oscura de la Argentina. Y hoy pareciera que la historia se repite, por lo cual decidimos recordar las palabras que más utilizó en sus escritos: “justicia” y “los argentinos tienen que saber”.Néstor Kirchner la leyó una y otra vez. El silencio parecía escucharse entre las paredes de su despacho. Sus ojos se humedecieron y sólo atinó un par de veces a mirar una estampita de Don Bosco, el llamado “Santo de la Patagonia”, que lo acompañaba en su escritorio desde el primer día de la asunción como primer mandatario. Un par de horas después, en el Salón Blanco de la Casa Rosada, donde se entregaba el premio Azucena Villafor, el presidente habló en público de Julio López: “Recibí una carta profunda, seria, cariñosa, fuerte en calidad moral, de la familia López, en la que mostraban su desesperación por la desaparición de nuestro amigo, que tuvo la valentía de ir a declarar al juicio del genocida Etchetcolatz y como resultado hoy no lo tenemos entre nosotros (…) Tenemos la obligación de hacer todo para que aparezca López, tiene que aparecer nuestro amigo, tenemos que buscar todas las instancias para que esto se pueda dar y no tenemos que descansar en ningún momento. No vamos a bajar los brazos y nunca vamos a decir que hemos fracasado, porque si en 30 años o más, ya que lamentablemente algunos problemas de este tipo empezaron antes de la propia dictadura, no bajamos los brazos y estamos buscando la verdad, no tenga ninguna duda la familia López y todos los argentinos que vamos a trabajar a fondo para saber qué es lo que está sucediendo. Tiene que aparecer López. Vamos a luchar contra esa impunidad que, como ustedes ven, aún sigue existiendo en la oscuridad, porque evidentemente hay procesos de complicidad, porque hay fuerzas que siguen actuando corporativamente de alguna manera a espaldas nuestras, y tenemos que dejar estas cosas en claro para que los argentinos nunca más estemos amenazados por este tipo de actitudes. Que cada uno pueda decir lo que tenga que decir, en el lugar que corresponda, con absoluta tranquilidad, donde consolidemos una democracia plural, amplia, con consenso, donde el miedo desaparezca definitivamente. Es nuestro compromiso a fondo, no nos van a hacer bajar los brazos. Si las Abuelas y las Madres nunca bajaron los brazos, nosotros, con la fortaleza moral y espiritual que nos dan, no tengan ninguna duda que junto a ustedes y junto a todos los argentinos tenemos que esclarecer este tema, cueste lo que nos cueste, lleve el tiempo que nos lleve. No nos vamos a cansar nunca de la búsqueda de la verdad”.Siempre fue una herida abierta en la gestión de Kirchner. Días antes de dejar el cargo se reunió nuevamente en la Casa Rosada con la familia. Pidió perdón en nombre del Estado argentino y les prometió que nunca bajaría los brazos hasta encontrar la verdad.




* La Patria Sublevada. De Perón a Kirchner (1945-2010), Ediciones Lea, Buenos Aires, 2011.

lunes, 12 de septiembre de 2016

A propósito de la “renovación”


Por Julio Fernández Baraibar
Alma, a quien todo un dios prissión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
medulas, que han gloriosamente ardido;
su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Francisco de Quevedo
Como ocurriera a partir de 1983, cuando el peronismo perdió por primera vez una elección presidencial, la derrota electoral del año pasado ha generado en las filas de los perdedores la invocación a una palabra que tiene un poder casi cabalístico en la política: la renovación.
La palabra despierta significaciones múltiples y polisémicas en los distintos niveles de la dirigencia peronista que van desde la incorporación en primer plano de rostros más jóvenes y menos traqueteados en los medios de comunicación, apelando a lo que Perón llamara “el trasvasamiento generacional”, hasta el replanteo de concepciones estratégicas que, por su supuesta rigidez frente al liberalismo económico y los sectores concentrados del poder económico, habrían sido causales del revés en los comicios.
Esto se hizo evidente en el acto de homenaje al triunfo electoral del doctor Antonio Cafiero como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, en 1987. La idea de aquella Renovación, que tuvo en Cafiero su expresión más nítida, surgió como antecedente al cual apelar en la actual coyuntura.
En otra parte he publicado mi opinión sobre la personalidad de Antonio Cafiero [1], de donde extraigo la siguiente cita:
El ‘reformismo’ justicialista que Cafiero expresó y por el que recibió fuertes críticas de sectores autodenominados ortodoxos, nunca tuvo, ni en las palabras, ni en los hechos, el carácter de cínica aceptación del status quo vigente y de resignación a la hegemonía imperialista que adquirió la política de gobierno de quien lo derrotase en las internas de 1988. Y cualquier intento ucrónico de suponer su eventual gobierno no es más que un ejercicio de la imaginación.
Su papel, en defensa del gobierno constitucional, durante los sucesos del levantamiento carapintada, siendo presidente del Partido Justicialista, enfrentado políticamente con el gobierno de Ricardo Alfonsín, muestran la diferencia que siempre existió entre el peronismo y los partidos liberales, de izquierda o derecha. No vaciló en concurrir a la Casa Rosada y manifestar con su presencia la solidaridad peronista con un gobierno constitucional amenazado. No fue, en esa oportunidad, un dirigente “de la democracia”, como si fuera una excepción a una regla. Fue un peronista experimentado en sufrir la cárcel y la persecución en cada momento en que la voluntad popular fue pisoteada por el despotismo oligárquico”.
Dicho esto, creo necesario traer a la memoria la suma de elementos que jugaban en aquellas jornadas, hoy tan lejanas. Para ubicarnos de alguna manera en el significado del tiempo transcurrido es necesario puntualizar que los años que hoy nos separan de aquellas jornadas (30 años) son más o menos los mismos que separaban a quienes votamos la fórmula Cámpora-Solano Lima o Perón-Perón  en 1973 de la jornada del 17 de octubre de 1945. El país, América Latina y el mundo de la década del 80 eran  distintos al de 2016. Y el gobierno con el cual tenía que enfrentarse el peronismo en aquellos años, pese a la presencia del radicalismo en el actual gobierno, era también de naturaleza muy distinta. Y ello obliga a pasar revista a las diversas fuerzas en juego en los años ‘80.
La Renovación Cafierista
El Partido Justicialista resultante de la derrota de 1983 había perdido la amplia representatividad social y política que caracterizara al peronismo. Una dirigencia cerrada sobre sí misma, heredada en gran parte de los oscuros años de la dictadura cívico militar, no había comprendido, a  mi entender, el profundo hastío de los amplios sectores populares -clase obrera, empleados, desocupados, pequeños y medianos empresarios- que el despotismo le había producido. Aún cuando en su seno pugnaban fuerzas y tradiciones leales al mandato histórico, tanto en el movimiento obrero como en las estructuras políticas, Herminio Iglesias había logrado convertir su nombre y su estilo en síntesis de los peores excesos burocráticos y autoritarios, lo que era sentido por los sectores populares como una manifestación de tendencias no democráticas.
La “democracia” y el discurso formalmente democratizador habían ganado a amplísimas mayorías populares, en un operativo mediático que centraba toda la crítica al Proceso en sus brutales crímenes contra los Derechos Humanos, incluyendo arteramente en ello la gesta de Malvinas, e ignoraba la política económica liberal de saqueo, endeudamiento, desnacionalización y empobrecimiento conducida por Alfredo Martínez de Hoz y los hermanos Roberto  y Juan Aleman. A ello debe sumarse el permanente intento del presidente Raúl Alfonsín de destruir el movimiento obrero y sus organizaciones sindicales, que tuvieron en la llamada Ley Mucci su expresión más corrosiva. El espíritu de la época -es decir, los grandes medios, el imperialismo y las universidades- ofrecía como panacea a las llagas de la dictadura oligárquica el bálsamo de una suerte de socialdemocracia -con base en la clase media urbana y agraria, a diferencia de su original europeo- que pusiese fin al militarismo, al sindicalismo peronista y, llegado el caso, al régimen presidencialista, supuestas taras de nuestro desarrollo político. El régimen español post franquista, con su pacto de la Moncloa y sus héroes Adolfo Suárez y Felipe González, se presentaba como el mecanismo capaz de terminar no sólo con los resabios de la dictadura, sino con esa excrecencia fascistoide periférica, llamada peronismo, que impedía la vigencia de una sana democracia y de la Constitución Nacional de 1853. El ministro de Relaciones Exteriores de Alfonsín, el hasta ese momento ignoto licenciado Dante Caputo, sostenía ante los socios de la UIA:
El peronismo (provocó una) enorme confusión… sobre el sistema económico argentino. El estilo político que impuso el peronismo, su estilo demagógico, su estilo autoritario, creó un límite muy claro al desarrollo económico de este país”.
EE.UU. había decidido reemplazar los gobiernos militares, con los que había impuesto su talón de hierro sobre la región, por una democracia condicionada -”democracia colonial” fue la caracterización que le dio la Izquierda Nacional-, sin censura cinematográfica, con divorcio -reivindicaciones obviamente legítimas-, pero sin soberanía nacional ni independencia económica. En 1985, el pueblo del Brasil elige por primera vez a un presidente, desde 1961, Tancredo Neves, a quien su repentino fallecimiento le impidiría asumir. Unos años antes, en 1980, el Perú ya había salido del régimen militar, mientras que, recién en 1989, el Paraguay lograría derrocar al dictador Alfredo Stroessner.
En ese marco local e internacional, en esa atmósfera política, se planteó la Renovación Peronista.
La misma consistió en generar una estructura política peronista al margen de la dirección enquistada en el Partido Justicialista. Cafiero convocó a reorganizar el peronismo con figuras de todo el país a las que el PJ había congelado en sus aspiraciones. Se trataba en general de hombres y mujeres dirigentes surgidos durante los últimos años de la dictadura cívico militar, muchos de ellos de una o dos generaciones posteriores y que asumían el juego democrático como el único posible en las nuevas condiciones del país y del estado de conciencia de las grandes mayorías. La convocatoria no dejaba de tener sus riesgos, puesto que existía una cantidad de dirigentes, en general más jóvenes que el propio Cafiero, que planteaban una revisión general de los elementos doctrinarios del peronismo, asumiendo una posición en la que los pujos democratistas diluían el contenido transformador de sus tres banderas históricas. Para muchos de estos nuevos dirigentes, ahora llamados “renovadores”, el papel que el peronismo histórico había asignado al movimiento obrero sindical era severamente cuestionado, así como el papel asignado a las FF.AA. durante el decenio peronista y la función decisiva del Estado en la actividad económica. Estas opiniones no eran, necesario es decirlo, las de Antonio Cafiero, un hombre que estuvo en la Plaza el 17 de Octubre de 1945, y cuya formación y convicciones en materia económica eran las de un peronista “histórico”, ni las de miles de dirigentes y militantes territoriales, sobre todo de la Provincia de Buenos Aires, que encontraron en esta convocatoria la posibilidad de recuperar el voto peronista. Pero la invectiva de “socialdemócrata” sobrevoló permanentemente a la Renovación debido, sobre todo, a dirigentes que acompañaban a Cafiero. Carlos Grosso, Jose Manuel de la Sota, Eduardo Vaca, Julio Bárbaro, Eduardo Amadeo,  entre otros, expresaban una crítica a la “ortodoxia” peronista y una declarativa modernidad -muy influída por los textos de Alvin Toffler, un gurú yanqui de la época- que los acercaba peligrosamente a la visión alfonsinista. El caso de Carlos Menem fue casi singular, ya que, si bien formó parte de la Renovación y logró derrotar a la UCR en su provincia, en las elecciones a diputados de 1985, siempre expresó un matiz diferenciado del de los dirigentes bonaerenses o porteños, influído, quizás, por el caudillo catamarqueño don Vicente Saadi.
Aquella Renovación, de la que estuve muy cerca ya que colaboré en la campaña a diputado del FREJUDEPA de Antonio Cafiero en la provincia de Buenos Aires, produjo un debate político muy rico, con muchos matices, e involucró a figuras del peronismo de larga experiencia política, junto a representantes de nuevas generaciones a las que el Proceso había impedido salir a la luz pública.  Antonio Cafiero tenía, en 1985, 63 años, y muchos de quienes lo acompañaban andaban por los 50.
Y mientras el proyecto renovador del justicialismo adquiría fuerza y volumen para enfrentar al alfonsinismo, del cual se delimitó claramente, la CGT, conducida por Saúl Ubaldini, se hacía cargo de la dura lucha por el trabajo, el salario, el nivel de vida de la clase obrera y las reinvindicaciones de los sectores excluídos. Las movilizaciones callejeras convocadas por Ubaldini fueron el núcleo de la resistencia social a los distintos experimentos alfonsinistas en materia económica.

¿Es aquella renovación lo que necesita hoy el peronismo?
Hoy la situación del peronismo, del país y del mundo es muy diferente a entonces.
El frente nacional -y el peronismo, por ende- ha perdido una elección después de 12 años de exitosos gobiernos que lograron sacar al país del marasmo y la desintegración que vivía en el 2001, que desplegaron -con todas las limitaciones que se quiera, pero de manera harto evidente- las banderas históricas de Soberanía Política, Independencia Económica, Justicia Social e Integración Continental, que reconstruyeron el tejido social argentino y elevaron el nivel de vida del conjunto de la sociedad, sobre todo de los sectores más humildes y de las provincias más castigadas por el neoliberalismo.
Los errores que, sin duda, se cometieron desde el poder no fueron muy distintos a los que cometió el peronismo en los años previos a su derrocamiento en 1955, con la diferencia de que no hubo el enfrentamiento con la Iglesia que, en aquellos años, debilitó al movimiento nacional. Por el contrario, Cristina Fernández de Kirchner supo ver con mirada estratégica la extraordinaria significación de la elección del Papa Francisco y suavizó todas las rispideces que la política local hubiera generado, acertada o erróneamente, con el entonces Cardenal Bergoglio.
Durante todos esos años, convivieron en el peronismo y en el Frente para la Victoria distintos puntos de vista, en algunos casos muy disímiles, que, sin embargo, concurrían al sostenimiento de un gobierno definidamente peronista, en sus valores y programa.
Se sabe que el peronismo nació desde el poder político del Estado y se reconstruye y ordena desde ese mismo poder político. Y se sabe también que encierra en su historia y doctrina políticas los instrumentos conceptuales y operativos que lo condenan a ser una alternativa “asistémica” a los partidos tradicionales. Es el único movimiento político con arraigo en las grandes masas que tiene una concepción del país enfrentada al sistema agroexportador, financiero y de sometimiento internacional que expresan el PRO, la UCR y sus socios menores, es decir la Unión Democrática que ha logrado ganar una elección presidencial.
La presente invocación a la Renovación de la década del 80 tiene, en mi humilde opinión, más de márketing que de contenido político concreto. Refleja, por lo menos en las apelaciones públicas que a ella se han hecho, una lucha por posicionarse ante las próximas elecciones parlamentarias y una pugna en la que la edad de los dirigentes adquiere más importancia que sus puntos de vista sobre el país, su economía y su política.
Como sostiene Renato Meari, en un artículo aparecido días atrás en Página 12: “Antonio jamás imaginó escenarios de descarte, etapas en las que tal o cual dirigente, o referente político, no podía concurrir o integrar un colectivo de renovación política. Era un hombre que, por el contrario, precisaba de los disensos incluso dentro de su propio gobierno provincial, porque los imaginaba como espacios para escuchar nuevos aportes, impresiones y reflexiones que conformaran un escenario de diferencias donde instalar un pensamiento para la transformación” [2].
Los diversos agrupamientos que la prensa regiminosa amplía distorsiona no terminan de expresar, porque sus contenidos políticos no son claros y explícitos, la necesidad del pueblo argentino de reencontrarse con el instrumento político que le “pare la mano” a la desvergonzada y fracasada política económica que los torpes CEOs le dictan al más torpe presidente Macri. Faltan precisiones políticas, del tipo a las que enunció la Declaración de Formosa, para dar un ejemplo, faltan definiciones claras, que no tienen porque ser rupturistas o provocativas, frente a la política oficial en curso y sobran resquemores, silencios y enconos hacia los dos últimos presidentes peronistas.
La cita al clásico soneto de Quevedo, al iniciar estas líneas que ya se han extendido demasiado, pretenden reflejar el espíritu con el que, creo, debemos lanzarnos a los nuevos combates cuya formación ya estamos viendo.
Esas venas que tanto fuego han dado y esas médulas que con gloria han ardido forman parte esencial e inescindible de estas cenizas que hoy estamos atizando para reavivar el fogón. El peronismo, asumiendo lo mejor de su historia, la fuerza de su doctrina y este reciente pasado le encontrará nuevamente sentido a ese polvo enamorado capaz de reconquistar el fervor y los intereses de las grandes mayorías argentinas.
Buenos Aires, 8 de septiembre de 2016.






[1]     http://fernandezbaraibar.blogspot.com.ar/2014/10/desde-el-el-17-de-octubre-al-siglo-xxi.html
[2]     Renovar en la Unidad, http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-308680-2016-09-06.html