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domingo, 27 de junio de 2010


Conferencia en la Escuela Municipal del Escritor. Caseros, Partido de 3 de Febrero. 26 de junio de 2010.


Homenaje a Leopoldo Marechal
por: Graciela Maturo

De todo laberinto se sale por arriba
L.M.

Un 26 de junio de 1970, cuatro décadas atrás, cerraba sus ojos en Buenos Aires, donde nació, uno de los grandes de la literatura argentina e hispanoamericana: Leopoldo Marechal. Personalidad fuerte y discutida, como lo han sido Lugones, Castellani y el propio Borges, por el año 40 era considerado en España el mayor escritor de la Argentina, y había obtenido en su patria las más altas distinciones que se daban en el campo de las letras, los premios Nacional y Municipal. Había publicado ya Los aguiluchos, Días como flechas, Odas para el hombre y la mujer, Laberinto de amor, Poemas australes, Descenso y ascenso del alma por la Belleza, Sonetos a Sophia y El centauro. Suficiente para entrar en el Parnaso literario por la puerta grande.
Poco después, su militancia política lo alejó de sus pares; su novela Adán Buenosayres, señera en la renovación del género en nuestra lengua, fue silenciada y ocultada. En el 55 su autor fue obligado al ostracismo, durante diez años, en su propia casa. Reivindicado por las nuevas generaciones, conoció un reconocimiento en los cinco años finales de su vida, signados por una intensa labor. La muerte le llegó el 26 de junio de 1970.
El joven Leopoldo, nacido en el Abasto en el 1900, y establecido a partir de 1910 en Villa Crespo - con su modesta familia descendiente de franceses y vascos españoles - siguió la carrera de maestro y ocupó un lugar en una biblioteca barrial. Allí leyó apasionadamente a los clásicos, y descubrió a su primer maestro: Homero, en versiones españolas (que tuve la fortuna de hojear, en la Biblioteca Alberdi, siguiendo sus pasos). Más tarde, Leopoldo leería esas obras en francés, la lengua de su padre.
A partir de 1922 la vida del joven maestro de escuela y bibliotecario de barrio tendría un cambio importante. Entró en la vida literaria por su encuentro con jóvenes escritores de otros grupos y ambientes: Jorge Luis Borges, Brandán Caraffa, Ilka Krupkin, Francisco Luis Bernárdez, Oliverio Girondo, Xul Solar, Carlos Mastronardi. Los alegres camaradas que fundaron Proa y Prisma, fueron invitados por Evar Méndez a la célebre revista Martín Fierro.
La primera presidencia de Yrigoyen y la de Alvear, que le siguió, dieron marco a la emergencia de una “vanguardia criolla”, que defendía el ultraísmo de Cansinos Assens y el creacionismo de Huidobro. Los jóvenes integrantes del grupo de “Florida” emprendían el viaje a Villa Crespo en busca de las prensas generosas de Glusberg, y del “color local” de los barrios orilleros. También había contactos con el grupo de “Boedo”, integrado por jóvenes socialistas como Raúl González Tuñón, Roberto Arlt, Elías Castelnuovo.
Lugones, que había practicado audazmente el verso libre y las demasías metafóricas en sus primeros libros, era en los años 20 la figura emblemática a ser destruida por la generación del 22. Eran los tiempos en que Borges escribió El tamaño de mi esperanza, libro que más tarde no reconocería en sus Obras. Recordando esos años diría Mastronardi: Fuimos los últimos hombres felices.
Al final de esa década, que vio surgir los tres primeros poemarios de Marechal, - Los aguiluchos, Días como Flechas y Odas para el hombre y la mujer - él y Borges se hermanaban en un Comité de Escritores que daba su apoyo a la segunda presidencia de Yrigoyen. Nadie podría haber sospechado entonces los inminentes cambios de la historia, ni las divergentes trayectorias de muchos de aquellos escritores.
Vinieron los viajes a Europa, la maduración filosófica de Marechal, formado en múltiples lecturas de autodidacta, su profesión de fe que convirtió el cristianismo naturalista de la juventud en un catolicismo profundo, aunque siempre tocado por la herencia órfica. El año 30, de grandes transformaciones para su país, lo pasó Leopoldo en Europa. Mientras con sus compañeros frecuentaba los cafés parisinos, donde alternaban con los surrealistas y divisaban al propio Joyce, - como lo ha recordado Paco Luis Bernárdez - Marechal, navegaba ya contra la corriente: leía a Gonzalo de Berceo, y había descubierto - a través de Menéndez y Pelayo - a San Isidoro de Sevilla, su introductor en la filosofía griega y la Patrística.
Luego de su año europeo, dedicado al vivir poético con amigos artistas, pero también a jornadas de estudio en que leyó a Plotino, Dionisio y la tradición a la que pertenecen, Marechal volvió dispuesto al acto de reconciliación que hace el centro de su novela Adán Buenosayres. Parejamente prosperaban, en sorprendente unidad, su bouquin autobiográfico, como él lo llamó, su poesía y su reflexión estética. Produjo una objetivación poética de su proceso espiritual en el dantesco Laberinto de amor, y un canto a los hombres de la tierra en sus Cinco Poemas australes.
Al terminar esa década, - en la cual se celebraba el Cuarto Centenario de la Primera Fundación de Buenos Aires por Pedro de Mendoza - dio a conocer su primera versión de Descenso y ascenso del alma por la Belleza, y poco después los Sonetos a Sophia y el poema El centauro, que le valió, además del premio, las admirativas palabras de su amigo Roberto Arlt: Sos lo más grande que tenemos en lengua castellana…
Pero había en Marechal la pasta de un militante, y así lo muestra su temprana simpatía por el anarquismo, su acercamiento al irigoyenismo en los años 20, su incorporación a las filas del nacionalismo católico en los 30, y a las del peronismo después, a riesgo de separarse - como de hecho ocurrió - de sus pares y amigos. La participación en el mundo, la acción política, contribuyeron sin duda a su elección del drama y la novela como géneros dilectos de su madurez.
A fines de la década del 40 dio fin a su abultada novela Adán Buenosayres que encierra, en su compleja estructuración, una autobiografía, un tratado del alma y una sátira de su propio medio social y literario. Poco después produjo Marechal su primer drama Antígona Vélez, versión cristiana y criolla del drama sofocleo. Acababa de traducir de su segunda lengua, el francés, la tragedia Electra, en versión lamentablemente inhallable.
En 1950, declarado “ Año Sanmartiniano”, produjo su Canto de San Martín, texto épico no exento de toques humorísticos que es parte de la Cantata Sanmartiniana creada conjuntamente con el maestro belga Julio Perceval, y estrenada en Mendoza , en memorable función, con la asistencia del presidente Perón y su esposa Eva Duarte. Eran tiempos de intensas coincidencias de la política, la filosofía y la creación literaria, como lo prueba el texto leído por Perón en el cierre del Primer Congreso de Filosofía, celebrado también en Mendoza en 1949. Nadie duda del compromiso de Marechal con el peronismo del cual fue funcionario y uno de sus mentores doctrinales, tocándole recibir relegamientos e injusticias - como suele ocurrir - dentro del régimen, antes de ser exonerado por pertenecer al mismo. Pero sería totalmente injusto considerar a Marechal solamente desde la óptica de la política.
En los años de su ostracismo creó dos nuevas e importantes novelas: El banquete de Severo Arcángelo (1965) y Megafón o la guerra (1970), y también nuevos dramas: La batalla de José Luna, sainete teológico, y Don Juan - obra que dimos a conocer en ediciones Castañeda. Fueron tiempos de nuevas creaciones poéticas como La patriótica, La Poética y La Alegropeya, cantos integrados luego en la unidad del Heptamerón (1966), y el Poema de Robot, breve acto simbólico que expuso la misión del poeta en los tiempos oscuros de la decadencia occidental. Acompañó a este crecimiento en el poema, la novela y el drama una notable secuencia de trabajo intelectual recogido en prólogos y ensayos, el libro Cuaderno de navegación (1966) que reúne importantes páginas sobre estética y política, y la segunda y definitiva edición de Descenso y ascenso del alma por la belleza (1965). En distintas revistas publicó Marechal sus últimos poemas, entre ellos Poema de la Física y Poema de Psiquis, que nos permitimos reunir en 1978 en ediciones Castañeda, con el título de Poemas de la creación, inspirado en el texto. Una decena de obras dramáticas, terminadas o no, quedaron inéditas y se hallan hoy en manos del académico Pedro Luis Barcia, uno de sus mejores exégetas.