jueves, 9 de septiembre de 2010


No se olviden de Juan José (Hernández Arregui): la vigencia de su pensamiento
en el Bicentenario de la Patria


por Iciar Recalde para el volumen Bicentenario preparado por la Universidad de Misiones
8/9/2010


“(…) ¿Qué es el imperialismo sino el nacionalismo de las potencias poderosas? Hay dos nacionalismos. Uno, el del Estado fuerte que se anexiona al débil. Otro, el nacionalismo de los pueblos débiles contra la prepotencia de los fuertes. Es una hipocresía radical, aunque se tiña de amor universal y apele a los féretros de Nuremberg, la identificación del fascismo con los nacionalismos de los países dependientes.”

"Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes (...)”, comenzaba apuntando el tan citado “Manifiesto del Partido Comunista" de Marx y Engels en 1848. A poco de transcurridos los cien años, el fantasma que recorría Europa, en el continente latinoamericano comenzaba a cobrar su forma distintiva: se trataba del espectro del nacionalismo. Y tendríamos también nosotros a todas las fuerzas de la vieja Latinoamérica, de la vieja Argentina, unidas en santa cruzada para acosar al fantasma: la oligarquía ligada al imperialismo, la gran prensa, la universidad y los manuales de historia mitromarxista, los comunistas y socialistas argentinos, la Sociedad Rural, la revista Sur y la inteligencia más o menos colonizada, gustosa repetidora de las modas teóricas de las naciones centrales y de la defensa a capa y espada del país colonial expoliador de las mayorías sociales. Juan José Hernández Arregui, Jorge Abelardo Ramos, John William Cooke, Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, José María Rosa, Fermín Chávez, son algunos de los hombres que dieron voz y personificación al fantasma latinoamericano. En la actualidad, convertidos en espectros para la historiografía cipaya vinculada a los debates ideológicos y culturales generados por las usinas de producción y reproducción del saber del país dependiente, recorren los intersticios del rescate de la memoria histórica en función de su vigencia insoslayable. Provenientes algunos del marxismo nacional no stalinista, otros del radicalismo forjista y de sectores del nacionalismo popular, todos, estuvieron asociados por un inmenso amor al país y por la conciencia de que partían de una realidad cultural subordinada y de una actividad intelectual necesariamente condicionada por ella. El golpe de toque: 1955 y la trágica caída del gobierno popular pergeñada por la Revolución Fusiladora. Este suceso marcará su producción, obligados por las circunstancias históricas y por el deber de posicionarse como argentinos junto al pueblo peronista perseguido por haberse atrevido bajo la conducción de Perón, a romper los lazos de la dependencia, a quebrantar las injusticias sociales y a democratizar la vida cultural del país. Esta labor de crítica descolonizadora, con matices, partió de la asunción de que el peronismo representaba un momento particular de la conciencia histórica antiimperialista de los argentinos y de que el nacionalismo en las semicolonias latinoamericanas era el eslabón primero de cualquier intento serio de revertir esta situación. Fue Hernández Arregui quien vislumbró el problema con mayor lucidez: el nacionalismo debía ser concebido en los países dependientes con un contenido distinto al europeo. Éste nacionalismo “ofensivo” había surgido durante el siglo XIX estrechamente vinculado con el desarrollo y la expansión del sistema capitalista a nivel mundial, proceso que condenaba al continente latinoamericano a la miseria y al saqueo indiscriminado de sus recursos naturales. Como resultado de la división internacional del trabajo, la Argentina en tanto exclusiva productora de materias primas sería subsidiaria de sus amos externos: el imperialismo británico en principio, el imperialismo norteamericano y sus socios locales después. Entonces, el nacionalismo adquiría aquí otro matiz, de carácter intrínsecamente defensivo que se plasmaría por primera vez en un proyecto concreto durante las gestiones de gobierno peronista. Perón sería para Hernández Arregui el símbolo de una etapa precisa de la conciencia histórica de los argentinos signada por la voluntad de construir una nación soberana. Desde una óptica marxista adecuada a las necesidades del país auténtico -no del país virtual cimentado por teorías importadas-, la voluntad popular de la clase obrera conduciría la actividad de aquellos intelectuales dispuestos a armonizar su labor con los proyectos de liberación nacional, con lo cual, la aceptación de las decisiones de las masas populares en Argentina llevaría inscripto un único nombre imborrable: peronismo. La producción primera de Hernández Arregui impulsó vigorosamente la desmitificación del sentido falseador de las prácticas de una izquierda internacionalista y el intento de dar una vuelta de página respecto a las interpretaciones que se le daba, de izquierda a derecha, a la tradición nacionalista hasta ese entonces. Dos legados fundamentales fueron rescatados en consiguiente para la elaboración de su ideario teórico. Por un lado, el nacionalismo de los años ´30, ligado al catolicismo hispanista de sesgo antiliberal, que representaba -más allá de sus limitaciones de clase que devendrían en la ausencia de participación popular en sus proyectos-, el intento más acabado de pensar el país que había llevado adelante la intelectualidad argentina, en la medida en que había logrado impugnar el modelo liberal y a su clase beneficiaria, la oligarquía. La vuelta a esta tradición debía ser completada en función de los intereses coyunturales, esto es, otorgando a las masas un lugar fundamental en el ideario nacional. Otro de los legados rescatado por Hernández Arregui, sería la prédica del grupo FORJA, un avance substancial respecto a la conciencia de la dependencia como fenómeno estructural de los países periféricos expresado en todas sus dimensiones: económica, política, social, tecnológica, científica, etc. La combinación de ambas tradiciones con el marxismo, conjuntamente con el rescate de la tradición genuinamente argentina silenciada por los aparatos de la colonización pedagógica y expresada en la resistencia popular acontecida durante siglos en nuestro país contra el interés extranjero, dieron lugar a uno de los arsenales teóricos más serios para analizar críticamente la cultura de nuestro país y del continente. Los componentes del nacionalismo hispanoamericano -el desarrollo de un sistema económico en un espacio geográfico determinado, la conciencia de ese desarrollo representada jurídicamente en la forma de un Estado nación, la asunción de una lengua compartida como unidad de comunicación que otorgara sentido a la cultura y el cúmulo de creencias y memorias comunes- se correspondieron con un modo específico de experimentar la existencia de la comunidad: la América Hispana o Iberoamérica desmembrada por los intereses británicos. Hernández Arregui entendió perfectamente que las garras del Imperio en nuestro país habían estructurado una factoría agroexportadora y que la piedra de toque de la liberación nacional estaba dada por la necesidad de industrializar el país. Sin industria, la Argentina no tendría independencia económica, base de la soberanía nacional y de la justicia social y sin soberanía nacional, no existiría autonomía cultural. En ese orden y sin titubeos. En este sentido, Hernández Arregui echaba luz sobre la conciencia extraviada de la inteligencia argentina, forjada a través de una pedagogía colonialista y de historias falseadas que ahondaban la legitimización del sistema expoliador: la situación semicolonial de nuestro país sólo era posible si la conciencia nacional se imaginaba previamente participante de los valores del imperio, de sus objetivos y de su historia. Y la gramática dictada en pretérito trueca necesariamente en presente: en el año del Bicentenario cuando las banderas nacionales vuelven a surgir por entre los escombros de la patria devastada, su pensamiento continúa siendo un legado imprescindible en la lucha por la liberación nacional del pueblo argentino. Este sucinto panorama no intenta más que contribuir a dar batalla contra el resentimiento de los intelectuales enajenados, que continúa glosando infortunadamente su obra cuando no la relega lisa y llanamente a ser letra muerta. Operación sistemática ahondada con la mal intencionada ceguera ideológica que suele ser la marca distintiva de una cultura colonizada. La existencia determina la conciencia y no al revés; entonces, la forma en que el sujeto actúa condiciona su forma de pensar, de ver el mundo. Hernández Arregui lo vislumbró con claridad cuando señaló que el dilema para Argentina y América Latina era fatal: o hacía su revolución o el imperialismo remacharía los anillos opresores a fin de retardar la liberación mundial de los pueblos oprimidos. Legado que continúa señalando un camino.




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