domingo, 10 de abril de 2016

La crisis de la educación pública


Aritz Recalde, abril de 2016

Hace ya algunas décadas que la educación pública argentina está en una profunda crisis. Hay varias cuestiones que evidencian la dificultad por la cual está atravesando la enseñanza estatal. El sistema educativo arrastra problemas de infraestructura y dificultades salariales de sus docentes y administrativos que derivan en huelgas e interrupciones frecuentes de las clases. La educación estatal tiene deficiencias serias de planificación y de gestión y carece de un objetivo nacional y social en sus contenidos y finalidades.
La crisis se origina en el hecho de que los grupos dirigentes, abandonaron la educación pública como parte constitutiva de los valores fundantes de la sociedad. A diferencia de las concepciones ideológicas liberales del siglo XIX, son pocos los políticos, empresarios o dirigentes que creen realmente en la importancia de la educación estatal inclusiva e igualitaria.
Un sector de la sociedad argentina no abandonó la defensa del sistema y es habitual por ello, escuchar a dirigentes partidarios que se muestran “preocupados” por la educación estatal. Una de las manifestaciones del deterioro de legitimidad social del sistema educativo público, es que buena parte de la clase dirigente en todas sus expresiones y banderías, no mandan a sus hijos a la escuela del Estado, sino que van a la privada. Para los políticos la educación pública es un valor a reivindicar  frente a las cámaras de televisión, pero pocas veces se manifiesta como una realidad en su grupo familiar.
La educación primaria y secundaria argentina está fuertemente estratificada socialmente y reproduce la desigualdad económica y la diferenciación de estatus de origen de los alumnos. En las últimas décadas la educación estatal primaria y secundaria se está tornando como:
- un ámbito para jóvenes pobres. La escuela pública lejos de ser un espacio de encuentro y/o de ascenso social, alimenta la desigualdad existente en el país y profundiza la brecha cultural: “dime la escuela que puedes pagar y te diré quién eres”. 
- un espacio de relaciones conflictivas e inestables entre autoridades, docentes, alumnos y sus familias, caracterizado por los problemas de convivencia (incluso violentos), las deficiencias de gestión, la falta de autoridad en el aula y la carencia de fines trascendentes. 
- un ámbito de acumulación de poder partidario, que puede funcionar sin una finalidad más importante que usufructuar los cargos.

La clase media está abandonando la escuela pública, en sintonía con los grupos de altos ingresos. A diferencia de otras épocas, para pertenecer a la clase media ya no se trata particularmente de manejar un bagaje cultural tradicional[1], sino que hay que adquirir un nuevo conjunto de bienes y de servicios diferenciadores. Al tradicional barrio coqueto, la casa chalet o el auto cero quilómetro, hoy para alcanzar el estatus de clase media tenes que enviar a tus hijos a la escuela privada, vivir preferentemente en un complejo cerrado, pagar la televisión y contratar seguridad privada.

La educación estatal en la historia reciente
En la ideología del liberalismo del siglo XIX que profesaron figuras como Domingo Faustino Sarmiento o Nicolás Avellaneda, la educación estatal era un factor de orden y de progreso social. A diferencia del neoliberalismo actual que es escéptico, nihilista y cínico, los liberales estuvieron convencidos de que la educación pública organizaba la convivencia social y que conllevaba la asimilación de las ideas del orden establecido. El Estado tenía la obligación de impartir masivamente los valores dominantes y de enseñar las capacidades científicas y técnicas necesarias para la producción. La educación se organizó sobre una concepción clasista y étnica y los sectores populares iban a recibir una educación básica (primaria) y las clases dominantes tenían acceso a la educación media y universitaria. Ideológicamente, se organizó una institución que impartió una matriz cultural extranjerizante y oligárquica. Sin ocultar su ideología, la generación liberal argentina del siglo XIX apostó a la educación pública e invirtió recursos humanos y económicos para garantizarlo. Buena parte de la infraestructura educativa existente y su cuerpo normativo originario (ley 1420 y ley universitaria de 1885) se lo debemos a estos grupos dirigentes.
El nacionalismo popular argentino (1946-1955) postuló tres  finalidades para la educación del país. La primera, fue la función social de igualación de clases y es por eso que permitió el ingreso de los trabajadores a todos los niveles educativos incluyendo la universidad. La segunda tarea, fue otorgarle centralidad en la búsqueda de la independencia económica y la soberanía tecnológica argentina. La tercera cuestión primordial de la educación, fue la promoción de contenidos nacionalistas y antiimperialistas. La revolución justicialista construyó una inmensa obra de infraestructura y fundó instituciones y leyes que van desde la creación del Ministerio de Educación de la Nación a la promoción de la escuela técnica y la Universidad Obrera.  
El pensamiento “progresista” difundido en los años ochenta y noventa del siglo XX, destacó que la educación cumplió una tarea “ideológica burguesa”. Resaltaron que los grupos dominantes justificaron culturalmente su sistema económico y político y es a partir de acá, que consideraron que la tarea de la educación emancipadora era la de transmitir la “ideología revolucionaria”. Se trató en muchos casos y como se postula normalmente, de “bajar línea”. Algunas corrientes pensamiento suponían que un sector minoritario de la población debía manejar la ciencia del movimiento histórico (marxismo), a la espera de las condiciones objetivas de la lucha de clases. Por fuera de la escuela pública, los dirigentes progresistas y sus hijos que son alumnos del sistema privado que no conoce los paros docentes, ni problemas de infraestructura, ni el hambre de los jóvenes humildes, publicaron encendidas críticas contra el Estado burgués.  

El liberalismo organizó la estructura material y legal educativa argentina. El nacionalismo popular refundó la infraestructura escolar, contribuyó a soberanía tecnológica y le otorgó a la educación una finalidad nacionalista y antiimperialista. El progresismo educativo hizo libros de crítica y cobró los trabajos de asesoramiento para el Estado en los años noventa.

Durante la última década se estuvo muy lejos de resolver la profunda crisis del sistema y pese a que el gobierno nacional aumentó la inversión en salarios, en infraestructura, en tecnología (distribuyó computadoras) o impulsó una incompleta renovación de algunos contenidos y leyes, que muchas veces se detuvo frente a la realidad provincial que administra la educación primaria y media.
La posible resolución de la severa crisis moral, económica e institucional de la educación pública primaria y secundaria, va a requerir una concertación nacional amplia, debatida y de acción radical y de largo plazo. Los intentos de organizar la educación  con recetas del Banco Mundial o de universidades extranjeras, está condenado de antemano al rotundo fracaso. El principio de solución va a salir de los argentinos y dicho debate deberá incluir, al menos, a los sindicatos educativos, a las organizaciones libres del pueblo culturales, religiosas, deportivas y productivas y a todo el amplio arco de los dirigentes partidarios. Sin una sólida y fecunda educación pública, la nación y su pueblo están en peligro.




[1] A mediados del siglo XX, para pertenecer a la clase media tenías que conocer de literatura, de geografía o de historia “universal” (en realidad, europea) y la escuela pública formaba parte fundamental en la organización de estos saberes. “Pertenecer” implicaba consumos culturales como el cine, el teatro, la moda u otras instituciones prestigiosas de la cultura oficial. Para los grupos de clase media alta, el viaje a Europa (Paris o Londres) era una coronación del acceso a la cultura ilustrada universal y una manifestación de estatus.  

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