viernes, 26 de mayo de 2017

Instrucciones para inescrupulosos

Por Ernesto Villanueva *

La expresión “calumniad, calumniad, que algo quedará”, erróneamente atribuida a Goebbels y citada profusamente casi hasta el cansancio, está fuertemente enraizada en la tradición cultural de Occidente. Su primera aparición se estampa las Obras morales, de Plutarco, quien le atribuye al hijo del rey de Macedonia la siguiente sentencia: “Ordenaba a sus secuaces que sembraran confiadamente la calumnia, que mordieran con ella, diciéndoles que cuando la gente hubiera curado su llaga, siempre quedaría la cicatriz”. La idea reaparece en el siglo XVII casi con valor de refrán en De la dignidad y el desarrollo de la ciencia, de Roger Bacon, cuando al referirse a la calumnia asevera que: “Como suele decirse de la calumnia: calumnien con audacia, siempre algo queda”. Transcurrido un siglo, en las Epístolas de Rousseau reaparece la idea aún con mayor mordacidad: “Por más grosera que sea una mentira, señores, no teman, no dejen de calumniar. Aún después de que el acusado la haya desmentido, ya se habrá hecho la llaga, y aunque sanase, siempre quedará la cicatriz”. La historia del devenir de la frase continuó su curso hasta el día de hoy. No obstante, como mi especialidad no es la filología sino la gestión universitaria, me remitiré a señalar la alarmante terquedad con la que determinados personajes de la partidocracia de mi país, sin ruborizarse y de modo sistemático, la han transformado en instrumento de campaña política.
Y escribo “alarmante” por el hecho de que, asimilada a la banalización del apelativo “corrupción”, noción cuyo alcance forma parte de la lucha por el poder económico y social, lanzado a diestra y siniestra sobre nombres propios, instituciones y fuerzas políticas a las que se sanciona con la ignominia y el descrédito gratuito, resulta ser la substancia misma que sostiene el armazón de una lógica denuncialista que utiliza al Poder Judicial para lograr cobertura mediática gratuita. Con fines absolutamente partidistas, se hacen denuncias, se echa mano de funcionarios judiciales, muchas veces ellos mismos denunciados por aquellos difamadores seriales, y, entonces, un poder público estatal financiado por el esfuerzo mancomunado de la comunidad termina siendo obligado a trabajar gratuitamente en pro de candidatos que se llenan la boca de palabras como república o democracia cuando en realidad no buscan otra cosa que unos cuantos votos ingenuos.

Estos políticos inescrupulosos buscan un Poder Judicial partidizado como atajo privilegiado para escalar en encuestas y mediciones electorales sin tener que tocar de buenas a primeras las puertas del capital transnacional, los monopolios mediáticos o, lisa y llanamente, el crimen organizado que subvenciona locales partidarios, mensajes de campaña, aparición en medios de comunicación y todo el andamiaje de la construcción de la imagen de los bufones del neoliberalismo. Un descomunal negocio para quienes se costean “gratuitamente” sus operaciones políticas, una gran estafa para el pueblo de a pie al que el Poder Judicial le cuesta caro y le da poco.

Si Rousseau reviviera en este rincón del mundo, escribiría su pasaje en tono más cínico frente a tremenda inmoralidad que envilece los asuntos políticos mientras las desigualdades sociales crecen, se reanuda la destrucción del patrimonio público y la subordinación nacional a los poderes financieros mundiales.


* Rector de la Universidad Nacional Arturo Jauretche.

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