lunes, 9 de octubre de 2017

Che Guevara, 50 años después.


Leonardo Cajal, octubre 2017

Hoy se cumplen 50 años de la muerte de Ernesto “Che” Guevara, en La Higuera, Bolivia, un aniversario más pero distinto porque en esta segunda década del siglo XXI su imagen pareciera cobrar mayor dimensión, mayor protagonismo, replicándose por doquier, en remeras, tatuajes, banderas que flamean en manifestaciones, tribunas de futbol, recitales de rock, universidades y plazas de barrios.
Pero ¿Qué es lo que vuelve tan actual al Che? ¿Qué verdad revelada e indiscutible gira en derredor a su nombre y su figura? ¿Qué lo transforma en un ícono inquebrantable, en ese presente continuo de los momentos decisivos de lo revolucionario, enfrentando tiranías, oligarquías y siempre al frente de cualquier manifestación antiimperialista? No creo que exista una única respuesta, pero estoy seguro que supera a la figura de Guevara. Por supuesto que él fue todo eso, pero sobre todo después de su muerte fue mucho más, dando origen a un proceso de significación potenciada por elementos exógenos a su figura que no teme confundirse con cualquier otro relato mítico.
Fue a partir de su muerte que Guevara traspasó los límites por él mismo alcanzados y renació de múltiples y disimiles maneras, en distintos escenarios que van desde una calle en una protesta en Bélgica, hasta el rostro de un billete, pasando por el paquete revolucionario “all inclusive” de una agencia de turismo.
Es cierto que hubo aspectos particulares que potenciaron la trayectoria del “Che”, que no se caracterizó por grandes logros en el campo de batalla, muy por el contario; pero que hicieron de sus cuestiones personales las conquistas más difíciles de alcanzar. Su lucha contra el asma, su compromiso con los enfermos, su relación con Fidel, la Revolución Cubana, el Congo de Patrice Lumumba y su muerte en Bolivia, cobraron sentido en un contexto político mundial donde los viejos imperialismos parecieron entrar en crisis, donde el mayo francés corría a un viejo de Gaulle y daba lugar a la “imaginación al poder”. Es así que un Guevara icónico, con un aspecto más próximo a Cristo que al de un guerrero libertario, entró en el inconsciente colectivo de un mundo convulsionado y en crisis. Salvando las distancias es innegable cierta semejanza en la liturgia final de Guevara con Cristo, su aspecto, su delgadez, la traición como elemento desencadenante en ambos y la soledad del cuerpo exhibido por el imperio como trofeo.
Así el Che, una vez muerto, se transformó en el icono de la Revolución para los hijos de una clase media universitaria que habían negado a los procesos nacionales de liberación. Y acá entramos en una contradicción que llevó al mismo Guevara a la muerte, la incomprensión de los procesos locales de liberación. Porque más allá que Hispanoamérica comparte una misma realidad semicolonial y en algunos casos comparte misma dependencia, los tiempos de la revolución son distintos. Y es así como al tratar de transportar la experiencia cubana al África o a Bolivia incurrió un grave error, no porque no fuera necesaria la ayuda externa, sino porque no se respetaron las formas en que esas revoluciones debieron continuarse, no hay que olvidar que al igual que el fuego las revoluciones populares nacen y crecen desde el interior mismo, donde las brasas comienzan a arder. Ya Nasser y Perón lo habían prevenido. El primero adelantándole el fracaso de tamaña empresa conducida por un blanco en el corazón del África negra y el segundo anunciándole que no debía viajar a Bolivia sin antes conocer el aymara.
Desde ya que considero un error atribuir el fracaso militar del Che a su espíritu de lucha romántica, a su altruismo libertario o a cualquier otro tipo de pulsión revolucionaria, creo que simplemente Guevara hizo una equivocada lectura del escenario sociopolítico de los destinos elegidos, sea el Congo o Bolivia, en donde en este último no reparó en que el MNR 15 años antes había iniciado un proceso revolucionario boliviano. Lo mismo para la Argentina, la revolución jamás vendrá de la mano de un movimiento marxista, leninista, no por desmerecer las ideas, sino porque el proceso revolucionario de liberación nacional lo encarnó Juan Domingo Perón en 1945. Y a los hechos me remito; mientras Perón estaba exiliado e imposibilitado de entrar al país y su nombre como todo aquello que hiciese referencia a su figura fue prohibido por el decreto ley 4161, Ernesto “Che” Guevara se entrevistaba con el entonces presidente argentino Arturo Frondizi en la Quinta de Olivos, y un par de años antes, recién triunfada la Revolución Cubana, Fidel Castro hacia lo mismo alojado en el Alvear Palace Hotel, mientras era recibido como héroe por las vecinas del coqueto barrio de Recoleta. Esto no le quita méritos ni a Fidel ni al Che Guevara, ilustres y valiosos personajes de la Patria Grande y mucho menos a la Revolución cubana, sino que tanto uno como el otro jamás representaron la chispa que encendiera la revolución en Argentina, pueden ser tomados elementos enriquecedores al proceso de liberación nacional pero no como elementos superadores e iniciadores de la Revolución.


Hoy en día, se aprecia una corriente de fuerte sustento universitario heredera de aquellos hijos de la clase media que entraron a la revolución desde los márgenes de las páginas de los libros. Esta corriente, desde mi punto de vista, nada tiene que ver con Guevara, porque conjuga la teorización abstracta de los hechos pasados con la negación misma del suelo que pisan, y más allá de autoconsiderarse vanguardia revolucionaria son el nuevo componente retardatario, el mascarón de proa mejor ingenierizado del imperio masificado a través del mercado y los medios de comunicación.

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