domingo, 15 de abril de 2018

Se perfila el mapa de la nueva guerra


En su tercera fase la guerra en Siria se internacionaliza y expande, abarcando el Golfo Pérsico, mientras las potencias occidentales se reparten Brasil


Cuando la expulsión de los últimos terroristas de Guta Oriental parecía anunciar el fin de la guerra en Siria, un supuesto ataque con gas contra civiles en dicha región sirve de pretexto, para que EE.UU., Gran Bretaña y Francia preparen, con apoyo israelí, un masivo bombardeo del país. En tanto, la inauguración de la base naval británica en Baréin y el puerto chino en Gwadar, Paquistán, amplían enormemente el teatro de operaciones de Medio Oriente. Para asegurarse la retaguardia, las potencias occidentales ya han ocupado en los últimos tres años el Atlántico Sur y están desguazando Brasil, pero su poder no es tan seguro como suponen.

EN SIRIA COMIENZA EL CAPÍTULO 3
El miércoles 11 por la mañana el presidente Donald Trump anunció por Twitter que pronto “caerán sobre Siria nuevos cohetes hermosos e inteligentes”. Ésta fue la primera reacción pública del mandatario a la versión de que el sábado pasado 70 civiles habrían sido hallado muertos con gas clorín en Duma, Guta Oriental, pocos kilómetros al este de Damasco.
Mientras que la Media Luna Roja (el equivalente de la Cruz Roja) y los gobiernos de Siria y Rusia niegan el atentado, sólo los llamados Cascos Blancos (una organización asistencial ligada a la oposición siria) confirmaron el ataque. Sin prueba objetiva alguna, los líderes occidentales –ante todo Emmanuel Macron- se apresuraron a inculpar al gobierno sirio. La exigencia rusa de una investigación independiente fue desoída.
Respondiendo a Trump, Maria Zakharova, vocera del ministerio ruso de Relaciones Exteriores, posteó en Facebook que “los cohetes inteligentes deberían ser disparados contra los terroristas y no contra el gobierno legítimo que ha estado combatiendo al terrorismo en su territorio durante años”. Advirtió también que un bombardeo con cohetes podría destruir la evidencia necesaria, para determinar si en el ataque se usaron armas químicas. Al advertir que cualquier ataque contra Siria sería respondido, Rusia descolocó a los estrategas del Pentágono. Su hesitación hace crecer las dudas sobre la veracidad de sus afirmaciones y la tardanza en responder debilita al gobierno norteamericano.
Hasta la semana pasada el presidente era partidario de que EE.UU. se retire pronto de Siria. Sin embargo, la presión conjunta del secretario de Defensa Jim Mattis, del presidente francés Emmanuel Macron, del Emir de Catar Tamim bin Hamad Al-Thani y de la primera ministra británica Theresa May parece haberlo arrastrado a profundizar y extender la intervención occidental en Medio Oriente.
Si EE.UU. en Siria sólo ataca un objetivo, no hará mella en la conducta de sus enemigos. Si, en cambio, ataca un alto número de blancos (como se prevé), la reacción de sus adversarios puede afectar a las fuerzas norteamericanas, europeas e israelíes en Oriente Medio, el Mediterráneo Oriental y el Golfo Pérsico. Por su parte, el presidente ruso Vladimir Putin, apuesta alto, al confrontar a Trump con el riesgo de una guerra regional en la que no es seguro que Rusia pueda vencer, pero es su única chance para  obligarlo a negociar. Esta batalla definirá el curso de la gran guerra de Medio Oriente y el balance de poder mundial.

NOSTALGIAS DEL EMPIRE
La inauguración el pasado miércoles 4 de una base naval permanente en Baréin (Golfo Pérsico) muestra que la monarquía británica quiere refundar su poder mundial con la ayuda de los capitales de las ex colonias. A cambio les ofrece lo que más sabe hacer: la guerra.
En el acto realizado en Manama estuvieron presentes el príncipe Salman Bin Jamad Al Jalifa y Andrew, Duque de York. La Base de Apoyo Naval (NSF, por su sigla en inglés) puede alojar alrededor de 500 efectivos de la Marina y es la primera instalación militar permanente del Reino Unido al este del Canal de Suez desde 1971. También las fuerzas especiales usarán la base para sus acciones en el Medio Oriente ampliado y Afganistán.
La construcción del puesto fue posible, porque el gobierno bareiní pagó 31 de los 40 millones de libras esterlinas (56 millones de dólares) que costó la obra. Londres decidió construir la base en parte, porque EE.UU. estaba desplazando sus principales operaciones hacia el área del Asia-Pacífico, pero también, porque la crisis de la unidad europea –aún antes del Brexit- aconsejaba a la Corona apoyar su poder en el área atlántica y africana. Con bases navales en Ascensión, Santa Helena, Gough, Tristan da Cunha, Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, el Atlántico Sur está firmemente en manos británicas. En alianza con Holanda, Francia, Israel y Chile tiene, además, el control de Argentina, mientras que los golpes de estado de 2016/18 en Brasil y 2018 en Suráfrica eliminaron la competencia de potencias emergentes. Por otra parte, la fuerte presencia rusa en Siria ha hecho muy inseguro el Mediterráneo Oriental. Asegurar la línea de abastecimiento petrolero desde el Golfo Pérsico e intervenir en el Medio Oriente es, en la visión de la Casa de Windsor, la única alternativa para superar a Alemania y Rusia e imponer a China sus condiciones.

PERSPECTIVAS INTERNACIONALES DEL GOLPE DE ESTADO EN BRASIL
La exitosa batalla defensiva que Lula da Silva libró el pasado fin de semana opacó el desguace del Estado brasileño que las potencias occidentales están realizando desde 2016.
Muchos analistas ven el enorme paquete de privatizaciones que el gobierno golpista de Michel Temer intenta imponer desde el pasado agosto como la continuidad de las reformas neoliberales de Fernando Henrique Cardoso (1995-2002). Sin embargo, sus alcances son menores, por un lado, y sus efectos mayores, por el otro.
En agosto de 2017 el ministro de Hacienda, Henrique Meirelles, presentó un plan de 57 privatizaciones que incluía Petrobras, Eletrobras, Embraer, otras empresas públicas, la Casa de la Moneda y la Caixa Econômica Federal. Sin embargo, hasta el momento sólo pudo entregar a empresas extranjeras cuatro grandes represas hidroeléctricas y grandes áreas del presal, los yacimientos submarinos frente a la costa de São Paulo y Rio de Janeiro.
Después de que Meirelles renunciara la semana pasada para hacer campaña presidencial en la línea del presidente, su sucesor, Eduardo Guardia, destacó la prioridad de la privatización de Eletrobras, la gigantesca transportadora estatal de energía, y el presidente designó este domingo 8 a Wellington Moreira Franco, hasta entonces secretario de la Presidencia, como ministro de Minas y Energía. Con un valor de mercado cercano a los 9500 millones de dólares y una participación estatal del 80%, Eletrobras afronta fuertes deudas, dificultades operativas y una capacidad insuficiente para invertir. Además fue involucrada en escándalos de corrupción que bajaron aún más su valor de mercado. Sin embargo, su carácter estatal es la garantía de abastecimiento de energía accesible para grandes regiones del país. Por eso la batalla en torno a su eventual privatización es un combate mayor.
Otra lucha épica se libra en torno a la posible fusión de Embraer con la norteamericana Boeing. Tercera fabricante de aviones del mundo, la empresa (en la que el Estado aún tiene una acción de oro) es un bocado codiciado por europeos y norteamericanos. Aunque hasta hace poco promovía la operación, ante la fuerte oposición sindical su presidente, Paulo Cesar de Souza, aseguró el martes 10 que la posible fusión no es “una asociación vital” y no descartó la posibilidad de “considerar otras cosas interesantes”.
Los frenos y obstáculos puestos al programa de privatizaciones no compensan, empero, la enorme pérdida de soberanía que Brasil sufrió al entregar en octubre pasado grandes áreas del presal. Seis de los ocho bloques licitados fueron entregados a precio vil a empresas europeas, norteamericanas y chinas. Entre las 16 habilitadas estuvieron algunos de los gigantes del petróleo mundial. Por ejemplo, el campo de Norte de Carcará, en la cuenca de Santos, fue entregado a ExxonMobil (Estados Unidos), Statoil (noruega) y Petrogal (portuguesa). El campo Sur de Gato do Mato, también en la cuenca de Santos, en tanto, quedó en manos de la angloholandesa Shell y de la francesa Total. Sólo em Sapinhoá Petrobras retuvo el 45% de participación, complementada con 30% de Shell y 25% de Repsol Sinopec (España-China).
La destrucción de Petrobras anula sus históricas operaciones en Nigeria y Angola y deja el control de los hidrocarburos del Atlántico Sur en manos europeas y norteamericanas. Además, debilita enormemente la capacidad de negociación internacional de Brasil y su capacidad de liderazgo regional.
La reanudación de la guerra del Medio Oriente ampliado está motivada por la desesperación de las fuerzas atlantistas ante el predominio ruso en la región, pero la simultánea inauguración de la base naval británica en Baréin y del puerto chino en Gwadar, Paquistán, amplía sustancialmente el teatro de operaciones. El desguace del Estado brasileño y el reciente golpe de estado en Suráfrica dan a los británicos la sensación de controlar el Atlántico Sur sin rivales, pero el enorme desarrollo reciente de las flotas rusa y china y la extensión de las líneas de abastecimiento en torno a África indican que la marina insular no debería estar tan tranquila. Estamos más cerca del Golfo Pérsico de lo que se piensa.

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