martes, 16 de octubre de 2018

HACIA UNA REVALORIZACIÓN DE LO MILITAR EN LA POLÍTICA SUDAMERICANA


Miguel Ángel Barrios y Carlos Pissolito
09.10.2018

Para empezar: Digamos que la forma en que las distintas culturas a lo largo de la historia se han preparado para la guerra. Ha producido profundas transformaciones políticas en sus sociedades. Se puede afirmar con absoluto rigor histórico, sólo por citar un ejemplo, que la democracia que practicaban las ciudades-estado griegas le debe más a la organización de sus falanges que a los discursos pronunciados en sus respectivas ágoras.
No en vano el origen etimológico más primigenio de la voz exercitus, es “asamblea”. De hecho, no había distinción alguna entre su significado y la palabra “pueblo”. Para ser un ciudadano, hecho y derecho, primero, había que ser soldado, por el simple y vital hecho, de poder ser considerado como un ciudadano respetable.
Mutatis mutandis, las cosas evolucionaron mucho hasta nuestros días. Para hacer corta una historia larga. Sinteticemos, diciendo que la profesión militar se fue, valga la redundancia, profesionalizando. De hecho, fue sólo fue a fines de la Edad Media y principios del Renacimiento en que este proceso de hizo posible. Cuando el absolutismo de los reyes del siglo XVII y XVIII le puso fin a este sistema descentralizado de los señores feudales para algo tan delicado como la administración de la violencia. La que reclamaron, como era lógico, para su uso exclusivo.
Con el tiempo fueron surgiendo las academias militares, las jerarquías y el código de honor que regulaban su conducta. Todo casi como los conocemos hoy. Pero habría que esperar la llegada del siglo XIX y esa famosa Revolución llamada francesa, con la leva en masa. Para que el sistema se popularizara y llegara a su máxima expresión.
Finalmente, después de las dos guerras mundiales, esta forma de reclutar y combatir cayó en desuso. Especialmente, en los países más desarrollados de Occidente. Cansados de ver partir a sus hijos en guerra lejanas. Estas sociedades opulentas optaron por el denominado “soldado profesional”. El que ya no se reclutaría entre las clases enteras de conscriptos. Sino entre aquellos deseosos de hacerlo. Mayormente, desempleados. Y a quienes no les daba el caletre o el presupuesto para costearse alguna forma de estudio formal. También, se unieron a estos ejércitos de necesidad, los descastados: residentes extranjeros indocumentados y los amantes de la aventura barata, que es toda fuerza armada.


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