Alberto Buela (*)
El primer autor
del que tenemos noticias acerca de una crítica a la democracia es un ignoto
aristócrata ateniense conocido como el Pseudo
Jenofonte, quien allá por el año 424 a.C. escribió un breve texto conocido
como Aqhnaiwn politeiaV = República de los atenienses.
En este opúsculo,
de no más de veinte páginas, el autor va a desarrollar una serie de argumentos
que luego se repetirán a lo largo de la historia por dos mil quinientos años.
Pero, al mismo tiempo, aducirá, por primera vez en la historia, razones
sociológicas para explicarla. Cuánto aprovecharían, y nos harían aprovechar,
los sociólogos contemporáneos su lectura
Y así comienza
en la primera línea afirmando que con la
democracia los plebeyos sustituyen a los mejores (aristócratas) y en todo el
orbe, la parte mejor se opone a la democracia porque entre ellos existe un
mínimo de indisciplina y maldad y un máximo de rectitud para las virtudes,
mientras que en el pueblo reinan grandísima ignorancia, desorden y vileza, pues
les inducen al vicio, la pobreza y la falta de instrucción, que se dan por la
falta de dinero.
Es por ello,
concluye su razonamiento, que los
aristócratas ejercen en democracia, preferentemente, la carrera militar
costeando su propio armamento como en el caso de los hoplitas (soldados de
infantería), “En cambio, cuantas
magistraturas proporcionan remuneración y provecho para el propio peculio, esas
son las que procura ejercer el pueblo”(I, 3, in fine).
Si bien, a una
mentalidad democrática como la nuestra de hoy día este razonamiento le resulta
reprobable, no podemos dejar de destacar que la pseudo democracia que reina en todo el mundo es más un sistema de adquisición
rápida de riqueza por parte de los actores políticos, que un sistema de
gobierno para los intereses del pueblo.
El nuevo orden
político, o sea, la democracia ateniense
que nace con Pericles ofrece los cargos públicos a todos los ciudadanos, pero
los aristócratas y nobles participan en aquellos donde se necesitan las
antiguas virtudes que dan el parentesco, la educación y la riqueza. En tanto
que los pobres- artesanos, comerciantes y obreros- se reservan los cargos
remunerados. Pericles pagaba su poder político a la mayoría, con el presupuesto
del Estado.
Así, los pobres
siendo dueños del poder lo conservan en sus manos para su propio bien, de ahí
que la democracia derive, necesariamente, en demagogia, según la tesis de
Platón. El déspota es la figura con que concluye el ciclo de la decadencia
democrática.
Con gran
objetividad el Pseudo Jenofonte observa que la democracia no puede actuar más
que como actúa, pues la prepotencia del
número y la igualdad democrática tienen por consecuencia necesaria la
impotencia de los buenos=agaJoi y el dominio de los malvados=kakoi. Es que los
malos pasan inadvertidos en una ciudad democrática. En definitiva, la
democracia no puede mejorarse. Y si obra como obra, según lo descripto, es
porque esa es su naturaleza.
Este poder de
los demócratas, a los que no les interesa la mayor o menor justicia del sistema
sino la defensa de sus propios y mezquinos intereses y al no contar con una
alianza de los aristócratas, el autor, ve imposible sacarlos de poder. Su
consejo es: no conspirar contra el demos
pues no sirve de nada, pero tampoco trabajar con el demos, pues eso solo es
útil a la canalla.[1]
Esta desengañada
opinión de Pseudo Jenofonte se apoya en su constatación empírica de carácter
sociológico: que el poder de la antigua Atenas que se apoyaba en la riqueza
territorial, en el ejército de tierra y en el concepto de eunomia=buena ley. Con
los años el poder se desplazó del campo a la ciudad y de esta al puerto, pues
Atenas se ha convertido en una potencia naval Hoy es un imperio talasocrático donde los pobres
son los que tripulan, fabrican y conducen las naves. Dejó de ser un país
agrícola para transformarse en una polis de comerciantes y marinos.
El dominio del mar ha introducido
modalidades de bienestar por contacto con otros países; al oír otras lenguas se
adoptaron distintos términos de unos o de otros; respeto de los sacrificios y
festividades quedó el festejo a las ciudades y no en manos privadas como antes.
En definitiva, el dueño del mar se reserva para sí transportar a unos, unas
cosas y a otros, otras, reservándose para sí el uso de todas y cada una. “de un país la madera; del otro el hierro;
del otro el cobre; del otro el lino; del otro la cera. Además, no permitirán
que lo lleven a quienes son nuestros
competidores, y si no, no podrán circular por los mares” (II, 11).
Atenas al ser
una potencia talasocrática tiene abiertos todos los mercados y ninguna isla o
ciudad puede colocar sus productos sin su autorización. Las otras ciudades le
venden todo lo que ella necesita para la construcción de sus barcos a condición
que no lo hagan con un posible competidor, sino se verán sometidos a bloqueo. Nihil novo sub sole=nada nuevo bajo el sol.
(*) arkegueta,
aprendiz constante
[1] Esto mismo lo observó el
gran filólogo y poderoso crítico Wilanowitz-Malendorff en un libro
extraordinario e incomparable, Aristóteles
y Atenas, a fines del siglo XIX.