martes, 4 de abril de 2017

Carta de Juan Perón al delegado Bernardo Alberte



Madrid, jueves 23 de marzo de 1967

Señor Mayor Don Bernardo Alberte
Buenos Aires

Mi querido amigo:
Aprovecho el viaje y la visita del compañero emisario de esta carta para hacerle llegar, junto con mi saludo más afectuoso, mis noticias. Ya sé que ha comenzado Usted a hacerse cargo de la Secretaría General, como también sé que allí no encontrará sólo rosas. Los que tienen intereses personales y de grupo seguirán empeñados en sus menesteres y Usted tendrá que neutralizarlos, sin pelearlos, porque su tarea, como la mía, es un poco de Padre Eterno. Es bendiciendo “urbis et orbe” y midiendo a todos con la misma vara es que se consigue llevarlos a todos hacia los objetivos como es la misión del que conduce el conjunto.
Lo que más se necesita en ese cargo es, sin duda, paciencia y tolerancia: muchas veces llegará uno a quien le daría un puntapié y no tendrá más remedio que darle un abrazo. Cuántas veces deberá resolver un pleito en el que la razón está clara de uno de los lados y tendrá que callar, sin embanderarse ni siquiera del lado de la razón, porque su cometido no es el de juez sino de conductor y, por eso, teniendo que llevar a todos, buenos y malos, no tiene más remedio que hacer la “vista gorda”. En el cargo suyo, la sabiduría está precisamente en saber congeniar para dominar a todos y para manejarlos de la manera que más convenga a las necesidades de conjunto.
La conducción política tiene sus exigencias, y la principal consiste en no hacerlo nunca discrecionalmente, sino sometido fríamente a la necesidad superior que se sirve y a la técnica que indica las formas de ejecución apropiadas. El peor error del que conduce políticamente es tomar partido en las fracciones en que se suelen dividir los dirigentes, porque al hacerlo se pierde el derecho de manejar a las demás, que siempre existen. Desgraciadamente, en la conducción no es la simpatía, ni la amistad y ni siquiera la justicia, la que preside las decisiones, sino la conveniencia. Es duro acostumbrarse a ello pero es preciso comprender que estamos para conducir a todos, buenos y malos, sabios e ignorantes, ricos y pobres, porque si sólo quisiéramos conducir a los buenos, llegaríamos con muy poquitos y, con muy poquitos, no se hace mucho en política.
La conducción táctica en la política no escapa a los principios que nosotros bien conocemos, sólo que aquí hay que contar con los hombres con sus virtudes y sus deformaciones, a los cuales no les podemos aplicar el Código de Justicia Militar y sus Penas, ni el Reglamento de Falta de Disciplina y sus penas. Por eso, deberemos tener recursos y procedimientos que los substituyan sin hacerlo notar. La conducción política impone también el mando pero sin que se note: es preciso saber obrar como Providencia, como hace Dios, sin que se lo vea. Si Dios bajara todos los días a la Tierra para dirimir los pleitos que se provocan entre los hombres, ya le habríamos perdido el respeto y no habría faltado tampoco un tonto que quisiera reemplazarlo a Dios, porque el hombre es así.
La diferencia entre la conducción política y la militar es determinante: nosotros mandamos, mandar es obligar; conducir en política es persuadir, y al hombre siempre es mejor persuadirle que obligarle. La acción militar es directa, la política es casi siempre indirecta, lo que obliga a “contar hasta diez” antes de proceder.
El impulso jamás puede estar entonces por sobre el raciocino, ni la pasión sobre la reflexión, ni la lengua se ha adelantar jamás al pensamiento. Los impulsos en política son engañosos y generalmente fatales. Una resolución política conviene tomarla más bien cinco minutos después que uno antes. Los apresurados suelen tener sorpresas desagradables.
En la acción política hay que tener buenos nervios y saber esperar, pues en todo acontecimiento de este carácter, la mayor parte depende del tiempo, nosotros podemos ayudar al tiempo y hasta acelerarlo pero, en ese caso, será muy prudentemente pensado todo. Hay siempre un proceso de maduración contra el que poco es lo que se puede hacer en la política. Hace veinte años, nosotros anunciábamos cosas que entonces a muchos les sonaban como inconcebibles y que hoy no tienen más remedio que confesar que eran verdades irrebatibles. Nosotros, que hemos sido precursores y, en consecuencia, hemos pagado el duro precio, somos los que en mejores condiciones estamos para apreciar el valor de una situación, pero también para concebir una ejecución apropiada a las circunstancias.
El manejo del Peronismo no es tan difícil como muchos han creído, si se tiene la prudencia y la sabiduría necesarias para adaptarse a sus características: no siendo un partido político sino un Movimiento Nacional, todo sectarismo debe estar excluido y, por sus características orgánico-funcionales, su manejo obedece a un sinnúmero de cuestiones que distan mucho del mando vertical. En él, el que conduce no puede hacer el cien por ciento de lo que desea y debe conformarse con hacer cuanto mucho el cincuenta por ciento, dejando el otro cincuenta por ciento para que lo hagan los demás.
Es claro que ha de tenerse la habilidad de elegir un cincuenta por ciento en el que estén las cosas fundamentales. Si se procede bien, sólo así es posible llegar a concretar una conducción sin esfuerzos divergentes y en la que el conductor sea elemento de cohesión y no disociación.
En los momentos que estamos viviendo, comprendo muy bien la necesidad de la disciplina y la obediencia, pero es preciso meditarlo mucho antes de pretender imponerlas, porque ello ha de ser la consecuencia de la adaptabilidad progresiva y no producto de una imposición insólita, dado que el remedio puede resultar peor que la enfermedad si todo se desvía en otras direcciones por disconformidad. El que conduce adquiere primero prestigio, que mucho depende de las formas de ejecución; luego obediencia, que suele ser consecuencia de conformidad; y, finalmente, infalibilidad, que no es otra cosa que confianza. Sin estos atributos, que han de ganarse en la conducción misma, no se va lejos en este “arte sencillo y todo de ejecución”, según la feliz expresión napoleónica.
La conducción política es blanda y tolerante, porque todo es posible y todos pueden tener razón en este campo. La fuerza de la conducción no está en las maneras sino en los actos y sus consecuencias. Por lo pronto, es preciso andar bien con todos los compañeros y, de ser posible, lo mejor que se pueda aun con los enemigos, pero sin estrechar la esgrima. Todo puede hacerse si se sabe elegir la forma de realizarlo y, para esto, el tiempo suele ser un aliado muy valioso. Cuando no se puede, es preciso esperar, por lo menos lo prudente antes de forzar las buenas maneras. El que sabe maniobrar con el tiempo no suele estar sujeto a intemperancias negativas. Nuestros dirigentes están acostumbrados a una conducción suave, como suele decirse con guante de seda pero con mano de hierro, no se les puede cambiar la forma sin que se produzcan algunos “barquinazos”: hay que evitarlos.
Yo sé que hay muchos tránsfugas y aun traidores que viven merodeando en el “campo de nadie” y que se alimentan de la carroña política, pero esos también tienen su utilidad: aceleran la putrefacción y suelen servir para crear las autodefensas. Yo siempre he pensado que si el hombre no tuviera esas autodefensas orgánicas habría desaparecido de la Tierra hace miles de años, y también creo que así como en el organismo fisiológico, esas defensas se producen por los anticuerpos generados por los propios gérmenes patógenos, en los organismos institucionales sucede lo mismo, es decir que los traidores generan sus propios anticuerpos que constituyen las autodefensas de la institución. Por eso nunca maldigo a los traidores, si son capaces de prestar semejante utilidad al movimiento.
En fin, amigo Alberte: “Y les doy estos consejos, que me ha costado adquirirlos; porque deseo dirigirlos, pero no alcanza mi ciencia hasta darles la prudencia que precisan pa’ seguirlos”. “Estas cosas y otras muchas medité en mis soledades; sepan que no hay falsedades ni error en estos consejos: es de la boca del viejo de ande salen las verdades”.


Saludos a su gente y a los compañeros. Un gran abrazo. JDP

Retrato del régimen dominante

A propósito de una imagen, una lectura
Por Julio Cardoso / Observatorio Malvinas – Centro Ugarte UNLa – UNLa.

Es un espacio asimétrico. Pero se ven simetrías. No parece un acto público. Tampoco un acto político. No hay banderas ni signos que identifiquen a las partes. Podrían estar en una escribanía. Cumplen diligencias. Es un acto burocrático. Sin embargo, algún poder están ejerciendo.

La foto podría ilustrar la página 224 del Capítulo III de Economía y Sociedad, de Max Weber: “La administración burocrática es la forma más racional de ejercer una dominación”, dice el autor. La frase se vería muy bien como epígrafe de la foto. Describe un tipo de autoridad que es designado por Weber con el nombre de “dominio legal”, y lo caracteriza como “la forma organizacional que mejor favorece la expansión de la economía capitalista”. 
La imagen fue registrada en Londres, el 20 de diciembre de 2016, cuando funcionarios británicos firmaron con sus pares del actual gobierno argentino el primer acuerdo formal de esta gestión en torno al conflicto Malvinas. La escena es consecuencia directa del encuentro bilateral realizado en ocasión del Foro de Inversiones y Negocios conocido como “minidavos”, el 13 de septiembre en Buenos Aires.  
Los personajes de la imagen cumplen con la descripción de lo que Weber denomina “la baja burocracia”. Vemos funcionarios designados por autoridad superior, no elegidos por el voto popular, firmando “con obediencia” dos originales de un documento a intercambiar. La obediencia, según Weber, es lo que define la acción burocrática.
El hecho de que los cuatro funcionarios de la imagen participen sin ninguna distinción especial de esta “continuidad obediente de la organización administrativa” tiene altísima significación política: los cuatro parecen ser funcionarios de la misma corporación burocrática.   
El 18 de mayo, una de las partes dijo a Página 12: "La diplomacia debe ser un camino para que los factores económicos se maximicen. Hay que explorar el diálogo y la asociación. Nuestras relaciones son buenas en un 80 por ciento y malas en un 20 por ciento. Vamos a concentrarnos en ese 80 por ciento y no dejar que el otro 20 por ciento distraiga la atención de temas bilaterales más significativos, como el comercio y la inversión".
Clarín registró la declaración de la otra parte el 13 de septiembre: “Tenemos que avanzar. No quiero mirar atrás y analizar el pasado, sino mirar el futuro y sus posibilidades. Mi principal mensaje es poner foco en lo que acordamos y no mirar lo que desacordamos. Debemos respetar las diferencias, no dejar que este problema nos cierre las opciones. Debemos maximizar las áreas donde tenemos intereses en común, como lo hicimos por casi un siglo”.
Las dos declaraciones identifican la disputa de soberanía como un “desacuerdo” que “distrae” de lo importante. Se acepta que ambas partes tengan opiniones “diferentes” sobre el tema. Entonces eligen “respetar” esa diferencia, ignorándola. Después de todo, se trataría de un 20%...     
Podría ser un buen “acertijo” para descubrir si conocemos o no la diferencia entre una retórica colonial y otra imperial: el desafío es distinguir cuál de estas dos declaraciones corresponde a qué gobierno. Inténtenlo. Como se decía antes, “la solución al pie” (1).
Uno de los voceros se piensa a sí mismo como parte del sistema global. Desea ser su continuidad local. El otro se limita a señalar el camino que conduce a su dominio. Hay dos declaraciones, pero hay un solo autor. Una de las declaraciones es nada más que el reflejo de la otra.
Estamos en un espacio asimétrico, y sin embargo hay simetrías. La composición de la imagen repite los patrones de la política real.
Las manos de los firmantes se mueven a un tiempo y en la misma dirección. Sus rostros se duplican en la mesa del anfitrión. A izquierda y derecha hay otros dos pares de manos que se toman entre sí. No son idénticas. El par de la izquierda es más laxo que el de la derecha, que se muestra firme. Sus rostros completan estas diferencias. El de la izquierda se inclina con blanda satisfacción. Parece conforme con un deber cumplido. Su desaliño y postura física podrían evocar a un niño que ha sido llamado a dirección para recibir una comunicación dirigida a sus padres. El de la derecha, en cambio, está firmemente parado sobre sus pies. En equilibrio. Atento. Parece un especialista. Se diría que supervisa el cumplimiento de un propósito. Podría ser el que redactó el acuerdo.
Conozcamos a estos dos personajes:
El funcionario de la izquierda es el flamante embajador argentino en Londres. Renato Carlos Sersale di Cerisano. Se lo puede escuchar en un audio que publica Clarín el 28 de enero de este año. Es delicioso. Una cronista lo interpela cuando sale de la audiencia donde presentó sus credenciales a la reina Isabel II. Ella se interesa por saber si la monarca lo recibió rodeada de sus perros corgi. Él contesta risueño: “No, no estaban… Yo había llevado un poco de comida por las dudas, pero no estaban…”.  En la continuidad del aparato burocrático global, el embajador argentino eligió situarse ante la reina de Inglaterra como el que le da de comer a sus perros. No es una interpretación. Es lo que estaba dispuesto a hacer. Renato Carlos Sersale di Cerisano es argentino y diplomático argentino de carrera. Entre 2001 y 2003 fue director general de Derechos Humanos de Cancillería. De 2003 a 2005, fue responsable del seguimiento de los compromisos en el área de desarme, no proliferación nuclear, seguridad hemisférica y defensa, además de presidente del Régimen para el Control de Tecnologías Misilísticas. Entre 1989 y 1995 fue el delegado argentino de Cancillería en temas económicos y cooperación para el desarrollo, el medio ambiente y cuestiones humanitarias. Fue representante permanente ante la FAO. Fue cónsul en Hong Kong y en Roma. Fue embajador en Sudáfrica y otros países africanos. Figuró entre los candidatos a vice de Malcorra. Hay quienes lo definen como un “peronista clásico”, sin puntualizar cuál período del peronismo sería el de su clasicismo. Habla español, inglés, francés e italiano.
El funcionario de la derecha es Mark Kent, el flamante embajador británico en la Argentina. Asumió en abril de 2016. Antes estuvo en la Dirección de Cercano Oriente y África del Norte. Entre 1998 y 2000 fue portavoz del Foreign Office en asuntos del Medio Oriente y Kosovo. Sirvió en las embajadas de Brasil, México, Tailandia y Vietnam. Entre 2005 y 2007 fue el responsable británico dentro del Comando de Operaciones Aliadas (ACO) del Consejo Supremo de las Fuerzas Aliadas de Europa (SHAPE), una unidad de alta responsabilidad de la OTAN “encargada de planificar y conducir operaciones militares combinadas para el cumplimiento de los objetivos políticos de la Alianza”. Así está tipificada su misión en el sitio web de la OTAN. El funcionario que está parado a la derecha de la imagen ocupó la silla del Reino Unido en esa unidad. Habla inglés, español, portugués, francés, holandés, vietnamita y tailandés.
El contenido de las dos copias del acuerdo que se está firmando sobre la mesa es continuidad del “dominio legal” establecido por la declaración conjunta de octubre de 1989 y por los Tratados de Madrid de 1990 y 1999 firmados por la dupla Menem-Cavallo. No solo es su continuidad sino que es también su restauración, ya que en el marco de este acuerdo se está hablando también de reponer dos ítems sobre pesca y petróleo que habían sido dados de baja por el gobierno de Néstor Kirchner.
Prestemos ahora un poco de atención los personajes que están sentados. Al canoso se lo ve centrado, suelto. La línea de su brazo derecho se prolonga naturalmente hacia su mano, dando lugar a lo que parece una escritura sin esfuerzo. Tiene un aire a Piñera, el ex presidente de Chile, pero no es. El firmante de la derecha, en cambio, se muestra incómodo, tenso. Está sentado fuera de su centro. Esta impostura parece provocarle una escritura trabajosa. O quizá sea al revés: su impostura es fruto de la falta de fluidez de su escritura. Si no tuviera esa nariz aguda y prominente, se podría ver en él un eco a Oliver Hardy (El Gordo).
A pesar de todas estas diferencias, los dos personajes son diestros. Firman. Y en concreto, firman tres decisiones -ellos lo han dicho públicamente- orientadas a “remover los obstáculos que limitan el crecimiento económico y el desarrollo sustentable de las Islas Malvinas”. Estas decisiones son:
  1. Autorizar un servicio aéreo adicional a las Malvinas, desde Brasil o Chile.
  2. Compartir datos de seguimiento de los cardúmenes de peces en el Atlántico Sur, en especial los del calamar Illex.
  3. Iniciar, a través de la Cruz Roja, “la identificación de los soldados argentinos” enterrados en el Cementerio Argentino de Darwin, en Malvinas.
A primera vista ninguno de los puntos reviste gran importancia. Sin embargo, el acto burocrático que se ve en la foto es el paso inaugural de un proceso de “remociones”, destinado a desmontar e impedir a la Argentina la consolidación de un espacio de gobernabilidad propio sobre los territorios ocupados. Controles de pesca; presión jurídica sobre las empresas que participen de la explotación petrolera en la zona; condicionamiento a la logística de esas operaciones, negando el abastecimiento en el continente a los buques que tuvieran ese destino; homenajear la memoria de los caídos argentinos, levantando un monumento dedicado a todos ellos en el Cementerio de Darwin, considerar ese sitio como intangible y convertirlo en lugar de peregrinación y símbolo de resistencia a la ocupación; invitar a los países de América Latina a que hagan suyas estas políticas... Con sus más y sus menos, todas estas acciones materiales y simbólicas se encaminaban a forjar, poco a poco, un “dominio legal” de dimensión suramericana en el Atlántico Sur. Una plataforma que fuera compensando el desequilibrio de poder que existe entre el Reino Unido y la Argentina, con el fin de lograr mejores condiciones de negociación en el futuro.
El acuerdo que acaba de firmarse se dirige a la “remoción” de esta estrategia y a la aceptación del “dominio legal” británico. 
En este sentido, los puntos 1 y 2 son claros en cuanto a lo que se “remueve”: derogan restricciones que tendían a aumentar el costo de la ocupación británica (no permitir un mayor número de vuelos, no compartir información de pesca). Para comprender lo que se intenta “remover” con el punto 3 tal vez haga falta alguna data adicional.
El texto del acuerdo presenta este punto como “una acción humanitaria”. Si lo es en un sentido, podría no serlo en otro.
La llamada “identificación de los soldados argentinos” enterrados en Darwin es una iniciativa propuesta por el Reino Unido a la Argentina hace ya muchos años. Durante el gobierno de Néstor Kirchner y el primero de Cristina Kirchner avanzó zigzagueante. Fue en su segundo gobierno cuando se lo anunció con firmeza y oficialmente se lo puso en marcha. Ahora el gobierno de Macri lo ha retomado sin cambios. Es su continuidad.
La historia es esta: el Cementerio Argentino de Darwin y sus 123 tumbas sin nombre nació cuando los británicos, en 1982, violaron la intangibilidad de las tumbas de guerra argentinas –una protección establecida por los Convenios de Ginebra para los sepultados en los campos de batalla- y trasladaron sus restos desde el lugar donde los habían enterrado sus compañeros a donde se encuentran ahora, perdiendo en esa operación la identificación de casi la mitad de ellos (si no se cuentan las pérdidas que ya había ocasionado la violencia misma de la guerra).
Llamarlos NN es inexacto. Se sabe con total certeza la identidad de todos los muertos en la guerra, la mitad de los cuales cayó en el suelo de las Islas. Tampoco es correcto decir que hay soldados “no identificados”. Son las tumbas las que no están identificadas, no los soldados. El problema se reduce a la posición de los restos dentro del cementerio. Es un problema de localización, no un problema de identidad. Y su origen está, como se dijo, en la operación de exhumación y traslado ilegal que realizó la Comisión de Tumbas de Guerra del Commonwealth (CWGC) del Foreign Office, un organismo creado en 1917, que actualmente se ocupa de los casi 2.500 cementerios y 23.000 sitios de enterramiento que el Reino Unido mantiene en 153 países para dar visibilidad, honrar y guardar la memoria de su más de 1.700.000 muertos en combate.
¿Por qué un organismo con más de medio siglo de experiencia y que ha hecho una doctrina del entierro de sus muertos en el campo de batalla se embarcaría por iniciativa propia en esta operación de traslado masivo de restos, asumiendo riesgos en términos de pérdida de información, clasificación y registro? ¿Cuál era la necesidad?
Antes de la creación del cementerio de Darwin, los caídos argentinos en combate estaban enterrados por todas partes. En los alrededores y dentro de Puerto Argentino, en otras localidades, junto a los caminos, en los cerros del interior de las Islas, en las alturas que defendían las playas... Tenían una visibilidad cotidiana que los británicos y en particular los isleños prefirieron “remover”. Si en esto hay una intensión humanitaria, solo puede estar dirigida a ellos mismos: colocaron todos los cuerpos en un descampado, a casi 90 km de la capital, sobre una depresión del terreno que lo hace prácticamente invisible desde todas direcciones. Aun así, los reiterados vandalismos que el cementerio sufre cada tanto son confirmaciones de que ni siquiera esta mudanza les resulta suficiente.  
Y es que este puñado de tumbas adquirió, ya desde el fin de la guerra, un valor ejemplar que con el tiempo se ha ido acrecentando. En especial desde que las familias consiguieron levantar ahí un monumento en homenaje a los 649 caídos. El lugar se convirtió en un centro simbólico. Es destino de todos los visitantes que viajan desde el continente. Fue declarado Lugar Histórico Nacional por el Parlamento Argentino. Es un punto de atracción para los itinerarios turísticos. Su imagen circula por todas partes y está directamente asociada al reclamo de soberanía argentino. Se ha convertido en un problema. Para los británicos, claro.
Las tareas de “identificación de los soldados argentinos” que se acuerdan en el punto 3 son parte de un proyecto impuesto desde arriba que avanza por un muy poco claro interés de los Estados. Se dice que tiene objetivos humanitarios, pero nadie recuerda en los 35 años de posguerra un solo documento en el cual los familiares de los caídos lo hayan demandado. Solo han aparecido algunas declaraciones aisladas –hay quienes dicen que inducidas- luego de que la iniciativa se puso en marcha.
La razón de todo esto podría encontrarse, tal vez, en la manera que los familiares debieron procesar su duelo. Cuando después de casi 10 años de reclamarlo, en 1991, unos 400 de ellos fueron autorizados por primera vez a visitar el Cementerio de Darwin para dejar una ofrenda y conocer el lugar donde descansaban sus hijos. Al llegar, se encontraron con la sorpresa de que muchísimas tumbas no tenían nombre. Advertirles hubiera sido un acto humanitario. Ninguno de los dos Estados ni la Cruz Roja se ocuparon de eso. El grupo vivió un momento de crisis tremendo. Solos en la inmensidad del paisaje, una de las mamás que caminaba sin rumbo entre las tumbas dijo en voz alta lo que a todas se les agolpaba en sus gargantas: “¡Qué hacemos ahora! La tumba de mi hijo no tiene nombre, no sé dónde dejar mis flores!”. Casi 10 años de lucha por concretar el viaje parecía en vano. Se le acercó entonces la hermana de un caído que atinó a decir: “Elijamos una tumba. Cada una elegimos una cruz. Cualquiera. Todos son nuestros hijos”. La intervención tuvo la virtud de reorientar los sentimientos de todos. Allí podría estar la explicación de por qué nunca ha prosperado entre la mayoría de ellos la acción que impulsa ahora el punto 3 del acuerdo. Luego de 35 años de duelo, el dolor y la memoria personal se han ido cerrando alrededor del grupo. Todo el cementerio es sentido como una sola tumba. De ahí que su intangibilidad se haya convertido en un valor. La maquinaria estatal que ha puesto en marcha el proyecto de reapertura de las tumbas desconoce esto. Un acto humanitario debería poder lidiar con esta realidad. El proyecto tendría que poder contenerla. Es su obligación.       
Pero no. Es un hecho comprobable que esta iniciativa  ha seguido su curso por un impulso ajeno a las familias, que está plagado de vicios de procedimiento y manipulación informativa, y que su diseño fue cobrando forma en ámbitos reservados, donde no se permitió nunca la participación amplia de los afectados directos.
Conciliar este modo de proceder con un “acto humanitario” es sumamente difícil. Aun así, también es un hecho que ningún familiar se opone a que todas las tumbas tengan el nombre de los restos que hay en ellas. ¿Entonces?
Sucede que el acuerdo que están firmando en la foto propone una remoción masiva de restos con altísima incertidumbre sobre la posibilidad técnica de cumplir el objetivo que se dice perseguir. Levantar la intangibilidad propuesta por los familiares es una decisión muy delicada. Y embarcarse en esa remoción masiva sin poder garantizar los resultados pone todo el operativo bajo un cono de sombra. ¿Para qué seguir adelante? Muchos familiares –incluso muchos que no tienen identificada la tumba de sus hijos en Darwin- viven esta iniciativa como una amenaza a la continuidad de ese espacio que consideran sagrado. Los asiste en la sospecha no solo la falta de transparencia del proceso. También los numerosos antecedentes de iniciativas británicas que desde 1983 han buscado erradicar el Cementerio Argentino.
El punto 3 del acuerdo podría desembocar, entonces, en la “remoción” de un símbolo de soberanía argentina que, al parecer, es considerado por británicos e isleños una fuente de “obstáculos que limita el crecimiento de las Falkland”.
Ahí están, pues, los dos firmantes de la foto, concediéndole tres deseos a los británicos y ninguno a la Argentina.
El personaje que está sentado a la izquierda es Sir Alan Duncan, hijo de un oficial de la Real Fuerza Aérea (RAF). Después de trabajar para la Shell le otorgaron una beca en Harvard. Entre 1984 y 1989 vivió en Singapur y viajó por el mundo como encargado de ventas de una petrolera independiente. En 1992 se consagró parlamentario del Partido Conservador por los distritos de Rutland y Melton. Lo reeligieron en cuatro oportunidades. Fue ministro para el Desarrollo Internacional del Foreign Office y nombrado caballero de la Orden de San Miguel y San Jorge en 2014, distinción que solo se otorga a quienes han rendido importantes servicios a la corona. Desde 2016 es el segundo del canciller británico, con competencia en “Europa, América, Asia Central, la OTAN, las regiones polares” y por supuesto, Islas Malvinas. Sir Alan Duncan es el primer político conservador del Parlamento Británico que públicamente se ha reconocido gay.
A su derecha está el flamante viceministro Pedro Villagra Delgado, número dos de la Cancillería argentina. Es miembro del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI), donde coordina grupos de análisis en temas vinculados con América del Norte y seguridad internacional. Entre 1992 y 1996 (tiempos de la firma de los Tratados de Madrid) fue Cónsul General en Londres. Entre 1999 y 2001 fue jefe de gabinete del canciller de De la Rua, Aldalberto Rodríguez Giavarini. En 2005 lo nombraron embajador en Australia. Es director ejecutivo de la Fundación Diálogo Argentino-Americana, una asociación de lobistas dedicada, según puede leerse en su rudimentaria página web, “a la detección de oportunidades de inversión y comercio entre la Argentina y los Estados Unidos”. Creada en 2004, en su acto inaugural hablaron, entre otros: su presidente, Luis Ruvira, empresario argentino, miembro honorario de la Corte Federal de los Estados Unidos y presidente del Club Americano de Buenos Aires; Oscar Camilión, canciller de la dictadura entre 1976 y 1981; y Vicente Massot -tío del diputado del PRO Nicolás Massot-, acusado en 2014 de delitos de lesa humanidad. Habla inglés, francés y portugués.
Cuatro palabras clave se repiten en los currículums de los cuatro funcionarios fotografiados: “Seguridad hemisférica”, “cooperación para el desarrollo”, “petróleo” y “OTAN”.
Hay otros dos funcionarios que no están en la foto pero que son parte de la escena. Ambos participaron activamente de las reuniones previas a la firma del acuerdo. Seguramente esperan tras la puerta que se ve a la derecha.
Ellos son Mike Summers y Phyl Rendell, miembros del órgano de gobierno legislativo de los isleños. Ambos representan a la parte no reconocida por Naciones Unidas en el conflicto por Malvinas, que es reintroducida en la negociación por presión británica y consentimiento argentino.
Mike estudió en Londres. Fue funcionario de empresas internacionales de ingeniería y construcción. Dirigió la Corporación para el Desarrollo, un área del gobierno que se dan los británicos de las Islas. En 1989 negoció con LAN la conexión aérea entre el continente y las Islas. Es descendiente por lado materno y paterno de gauchos rioplatenses que entre 1820 y 1850 construyeron los corrales de Puerto Mitre, un establecimiento de la Gran Malvinas cercano a la entrada norte del estrecho de San Carlos.
Phyl es hija de un agricultor de Pradera del Ganso, en el itsmo de la Isla Soledad. Se casó en los ´70 con un miembro del destacamento de infantería de la Royal Marine apostado en las Islas. En los ´90 fue la representante de los isleños para los temas de explotación petrolera que se negociaron en Buenos Aires y en Londres, durante la elaboración del Tratado de Madrid II.  
En las historias de los dos isleños también se repiten palabras clave semejantes a las que caracterizan a los que posan en la foto: “explotación petrolera”, “desarrollo”, “Royal Marine”, “empresa internacional”.
Los cuatro personajes y los dos que esperan fuera de cuadro cumplen funciones específicas dentro de ese aparato burocrático que Max Weber definió como una forma de “organización fundada en la continuidad racional de una dominación legal”. Los funcionarios no son sus dueños. Son “la clase dominante en el poder” pero no son la clase misma. Apenas son sus avatares.
¿Se puede distinguir en esta foto la fuente real de autoridad que orienta las conductas de los protagonistas de la escena? “Sí, se puede”. La autoridad que infunde convicción, propósito y anhelos a todos los están en esta escena podría estar evocada en ese cuadro que ha estado ahí colgado todo el tiempo, incluso desde antes de que los funcionarios y el fotógrafo llegaran.
Muestra un paisaje de la campiña inglesa del siglo XVIII que rememora la época victoriana, aquel glorioso tiempo de la expansión del Imperio y de su arrolladora revolución industrial. Al fondo, una noble mansión, tal vez amurallada. En primer plano, un típico jardín inglés, donde sus privilegiados habitantes se pasean en un mundo que dice ser bueno, pujante y seguro. Fuera de eso, solo habría naturaleza a dominar y barbarie por civilizar.
Desde el fondo de la habitación, el cuadro recuerda a todos los presentes el origen del dominio. Sus míticos blasones. Convertido hoy en un régimen de financistas transnacionalizados, de tecnócratas obsesionados por la acumulación sin límite, vigilantes de su seguridad personal y corporativa, cultores del desapego y del vacío en la cultura, ese cuadro señorial todavía funciona como una ventana que les hace sentir a todos los 400 años de existencia material y simbólica que respaldan su voraz modo de ser, de hacer y de pensar.
Dos de los funcionarios de la foto han nacido en esa cultura. Los otros dos se han convertido a ella. Ahí están juntos, “sin amor ni entusiasmo”, cumpliendo “con discreción y uniformidad” las órdenes que les han dictado, tal como describe Weber los modales del burócrata ideal.
Resulta natural, entonces, que aquellos que han adquirido membresía para jugar en la continuidad de esos jardines no los inquiete saber que “es impensable que Gran Bretaña tenga la discusión sobre la soberanía entre las prioridades de su agenda con Argentina” (2). Al contrario, para ellos tiene sentido común, porque comparten objetivos con el régimen de dominación. Son su continuidad local. Por eso no los incomoda aceptar que aquello que es impensable para Gran Bretaña lo sea también para la Argentina. “Hablan castellano, pero piensan en inglés”. Ya lo había dicho Scalabrini Ortiz, el primero de los nuestros que cartografió sus procedimientos y descubrió sus palabras clave.

(1)   Solución acertijo: Página 12 del 18 de mayo: Canciller argentina Susana Malcorra. Clarín del 13 de septiembre: Vicecanciller británico Sir Alan Duncan.  Aquí podríamos proponer un segundo juego. Duncan, refieriéndose a la recomendación de acordar,  finaliza su testimonio diciendo: (acordar) “como lo hicimos durante casi un siglo”. El acertijo es: ¿en qué momento de los últimos cien años  estaba pensando Duncan cuando dijo “casi”?
Declaración realizada por la canciller argentina el 21 de septiembre de 2016 a Radio Continental.

lunes, 3 de abril de 2017

La Universidad en el pensamiento de Juan José Hernández Arregui*


Por Juan Godoy**

“el fin de la universidad es formar intelectuales que hablen en español y piensen en inglés”. (Juan José Hernández Arregui)
“sólo la abolición revolucionaria del colonialismo devolverá a la Universidad no su autonomía sino su misión nacional”.
(Juan José Hernández Arregui)

             La universidad en nuestro país ha sido, y en gran medida sigue siendo, esquiva al estudio del pensamiento nacional y latinoamericano[1]. La relación de la misma con el pensamiento nacional es mayormente de silenciamiento, y en menor medida de crítica. Cabe resaltar que hoy algunas de las universidades nacidas en los últimos años se muestran más permeables al ingreso de ese canon de pensadores. Alejándonos de esta lógica, fuertemente penetrada por la autodenigración de lo propio, pretendemos aquí abordar las ideas de un pensador nacional, Juan José Hernández Arregui[2], justamente en torno a la universidad.
Nuestro autor aborda críticamente a la academia en nuestro país. Considera a la misma como parte fundamental de los mecanismos de colonización pedagógica tanto hacia dentro, como fundamentalmente hacia fuera. Tres funciones al menos se destacan en la enseñanza superior: la resolución de los problemas de la clase alta y media-alta en tanto funciona como mecanismo de legitimación de las elites dirigentes. Al mismo tiempo actúa como “correa de transmisión” de los valores de la oligarquía al resto de la sociedad. Por último, y ligado a las dos anteriores, refuerza los lazos de la dependencia.
La oligarquía, luego de Caseros y Pavón ha logrado insuflar a la cultura con sus valores, y a través de los órganos culturales diseminarlos por toda la sociedad. Así “la historia de nuestra universidad es por eso, la historia de nuestra oligarquía”. (Hernández Arregui, 2004b: 73) Estos medios que utiliza la oligarquía son difusos e indirectos, Arregui los presenta como una suerte de poder tentacular que atraviesa todas las instituciones.
El pensamiento nacional aparece como negado por las “elites intelectuales” universitarias. Esta intelligentizia es valorada no tanto por sus obras sino por su postura anti-nacional. Estos sectores no siempre tienen conciencia de la función que cumplen en la estructura del país dependiente.  Esta intelectualidad colonial “construirá una Argentina espectral, pues él mismo es el fetiche deshumanizado de la colonización pedagógica que lo desposee”. (Hernández Arregui, 1973: 162) La colonización mental lo lleva a no comprender el país, y construir ese otro país alejado de la realidad.
Hernández Arregui piensa que la intelligentzia se mira en el espejo europeo, que solo puede dar una imagen deformada de lo que somos. Así, las universidades si bien escriben en español (y a veces ni siquiera), piensan en inglés, francés o alemán principalmente, y niegan la existencia de Iberoamérica. Decíamos que esta intelligentzia funciona como parte de la difusión de las ideas de la oligarquía, en ese sentido, establece que “las capas intelectuales de la clase media, por su posición dependiente del aparato cultural, son  el  coro  griego  de  la  alienación  cultural  de  las clases  altas  colonizadas. Estos grupos tienen por misión crear la ideología que la oligarquía difunde como creación espiritual libre”. (Hernández Arregui, 1973: 155)
Esta educación, al fin y al cabo impartida por la oligarquía aparece en el pensamiento de Hernández Arregui obturando el espíritu crítico, y al mismo tiempo el desarrollo y conocimiento de la cultura nacional que actúa como “barrera” al avance del imperialismo, y como punto de partida para la reconstrucción y liberación nacional[3]. La oligarquía amasó una conciencia falsa de lo que somos, y en esa tarea la universidad cumple un rol fundamental.  
Hay estrechos lazos entre la oligarquía y la formación la intelligentzia. La oligarquía no aparece directamente ocupando los cargos en la universidad, sino “mediante profesores que dependen de ella por sus actividades profesionales –abogados de empresas extranjeras, médicos- o como colaboradores de sus salas de conferencias distribuidoras de una fama dirigida”. (Hernández Arregui, 2004b: 53) Esta intelligentzia toca todos los temas menos el central que es la cuestión nacional. En este sentido por ejemplo, se nos enseña a los argentinos que somos incapaces de fundar industria nacional.
De esta forma, la universidad ha formado por generaciones la conciencia de millares de argentinos en la incapacidad de nuestros pueblos, casi como una “tara natural” que imposibilita el desarrollo por nosotros mismos, lo que hace necesario adoptar modelos y formas extranjeras. En contraposición a esta noción, Arregui entiende que la universidad tiene que estar al servicio de la liberación nacional que viene atada a la industrialización del país, pero resalta que “no es la ciencia la que crea la industria, sino la industria la que promueve el adelanto científico”. (Hernández Arregui, 2004b: 76) La industria puede desarrollarse en base a estados nacionales fuertes.
El autor de “Nacionalismo y Liberación” trata críticamente también en varias ocasiones a la Reforma del 18 y la cuestión de la “autonomía universitaria”. En torno a la primera, considera que se perdió en sus mejores reivindicaciones, básicamente la necesidad de estrechar lazos entre la universidad y las necesidades nacionales, asimismo la reincorporación de nuestro país a la Patria Grande, y al estudio de la realidad de nuestro continente. Destaca así que la Reforma del 18 fue posible gracias al triunfo e impulso de Hipólito Yrigoyen, y que no logró romper con el europeísmo, “intuyó el hecho americano pero no tuvo conciencia del hecho nacional”. (Hernández Arregui, 1973b: 149) Finalmente, terminó no creyendo en lo nacional, y tampoco entendió a las masas populares.
En relación a la segunda, parte de la necesidad de contextualizar dicha noción, en el marco que somos un país dependiente. La autonomía así aparece como un “mito”. Es el liberalismo colonial el que afirma la noción de la “autonomía”, “tal autonomía no existe. La universidad es un órgano del Estado (…) La universidad es un instrumento del poder político vigente. El profesor universitario, por más que crea ampararse en el derecho formal de la “libertad de cátedra” y en el fuero de la libertad de pensamiento, no puede ir más allá de los límites asignados a la función institucionalizada por el Estado a través de la Universidad, que es el sistema mental mismo, aparentemente autónomo del orden social, al que el profesor le debe el privilegio de enseñar”. (Hernández Arregui, 2004: 144)
Pensar en la universidad independiente del Estado es una ficción. La relación entre ambos no se puede escindir. En este sentido, un país semi-colonial como la Argentina nunca podrá tener una universidad nacional, mientras no rompa con la dependencia, “un país colonizado tendrá una universidad anti-nacional”. (Hernández Arregui, 1973: 164) Romper la dependencia, avanzar en la segunda independencia, es lo primordial.
Hernández Arregui tipifica los valores que de la universidad que son aceptados y asimilados por los estudiantes. Entre los mismos hace referencia a la creencia en que el título universitario habilita el éxito individual, la idea de una suerte de “meritocracia” donde el éxito se explica por la capacidad personal. Es una postura individualista. En este marco aparece una pregunta fundamental en torno a la función de la universidad. Hernández Arregui piensa en una función colectiva, ajena a las “apetencias individuales” En la concepción del autor, el título se encuentra ligado a los intereses de la clase dominante, solo el acercamiento a la clase trabajadora puede hacer efectiva su aspiración personal en tanto está vinculada a la industrialización, asimismo la formación que imparte la universidad lo aleja de la lucha por la emancipación nacional, “el universitario está esclavizado, no emancipado como cree, por la idolatría hacia instituciones caducas”. (Hernández Arregui, 2004b: 79)
Por eso, el pensador para ser nacional debe romper con la idea del éxito individual, contribuir a la ruptura de la dependencia, al desarrollo nacional y el mejoramiento de la vida de los compatriotas. Así, el “escritor nacional es aquel que se enfrenta con su propia circunstancia, pensando el país y no en sí mismo (…) Todo libro nacional, en el sentido expuesto, es necesariamente polémico”. (Hernández Arregui, 2004: 19-20) Dejar de lado los intereses individuales, y poner en primer término los de la Patria.
El escritor nacional debe ser interpretación y vehículo de transmisión de la cultura nacional, que no es creada individualmente, sino que se hace en forma colectiva, y es movimiento continuo. Romper con el “elitismo” presente en la academia, integrarse a las luchas nacionales, es por ello que “esa “intelligentzia” tanto de derecha como de “izquierda”, se irrita ante los escritores genuinamente nacionales que son, en tanto hombres amasados a su pueblo, la mala conciencia que le recuerda, como una voz interior, su deserción de las luchas del pueblo; Mas que el escritor nacional en sí mismo, lo que le resulta inadmisible, es que las masas argentinas representan no solo la alpargata sino la Cultura Nacional. El liberalismo colonial les endilgo que eran ellos, mandarines una ficticia “elite” intelectual, los depositarios de esa cultura. Pero la cultura es colectiva, creación anónima del pueblo. No de los intelectuales”. (Hernández Arregui, 2004: 20) No fijar entonces caminos ajenos a la capacidad creativa de las masas populares. El conocimiento debe partir de la realidad y no desde un esquema abstracto. El mismo debe partir desde el seno del pueblo.
Para finalizar con este recorrido, resaltamos que nuestro autor piensa en la necesidad de despojarse de la enseñanza colonizada, por eso sentencia que “ya no tenemos padres. No queremos que nos enseñen nada, porque esa enseñanza fue siempre, en todos los casos una enseñanza contra nosotros mismos”. (Hernández Arregui, 2004: 170) Es una posición contra la enseñanza anti-nacional, que fue y es una enseñanza contra nosotros mismos. Avanza así en el planteo de la necesidad imperiosa de romper con el eurocentrismo y el enciclopedismo, para pensar en nacional pues “sólo lo que se piensa con fe nacional es pensamiento universitario verdadero. En un país colonial piensan los libros. No el país. Y los libros son extranjeros o escritos por argentinos colonizados”. (Hernández Arregui, 2004: 145)


 *El presente artículo es parte del Proyecto de Investigación Amilcar Herrera “Aportes teóricos del Pensamiento Nacional a los debates acerca de la universidad, los medios de comunicación y la integración regional". Universidad Nacional de Lanús (UNLa). Dir. Aritz Recalde. Integrantes: Julián Dércoli, Dionela Guidi, Iciar Recalde, Manuel Valenti.
** Lic. en Sociología (UBA). Prof. Sociología (UBA). Mg. Metodología de la investigación (UNLa). Docente universitario (UNLa, UNAJ, IUNMA).

Bibliografía

Galasso, Norberto. (1986). J.J. Hernández Arregui: del peronismo al socialismo. Buenos Aires: Ediciones del Pensamiento Nacional.

Godoy, Juan. Pensamiento nacional y Academia. Septiembre de 2016. Disponible en sociologiayliberacion.blogspot

Godoy, Juan. Hernández Arregui y la revalorización de la cultura nacional en los procesos de liberación nacional. Agosto de 2013. Disponible en sociologiayliberacion.blogspot

Hernández Arregui, Juan José. (1962). Prólogo a Carpani, Ricardo. (2011). La política en el arte. Buenos Aires: Peña Lillo (Continente)

Hernández Arregui, Juan José. (1973). ¿Qué es el ser nacional?. Buenos Aires: Plus Ultra

Hernández Arregui, Juan José. (1973c). Imperialismo y cultura. Buenos Aires: Plus Ultra

Hernández Arregui, Juan José. (2004b). La formación de la conciencia nacional. Buenos Aires: Peña Lillo (Continente)

Hernández Arregui, Juan José. (2004). Nacionalismo y liberación. Buenos Aires: Peña Lillo (Continente).

Hernández Arregui, Juan José. (1973b). Peronismo y liberación. Buenos Aires: Plus Ultra

Piñeiro Iñíguez, Carlos. (2007). Hernández Arregui. Intelectual peronista. Pensar el nacionalismo popular desde el marxismo. Buenos Aires: Siglo XXI (editora Iberoamericana).




[1] Hemos tratado más profundamente la relación del pensamiento nacional con la universidad en Godoy, Juan. Pensamiento nacional y Academia. Septiembre de 2016. Disponible en sociologiayliberacion.blogspot
[2] Juan José Hernández Arregui (1912-1974). Comienza su actividad política en Córdoba, en el radicalismo sabattinista. Con el advenimiento del peronismo se suma a este “nuevo” movimiento nacional. Participa de la Resistencia Peronista, y en la década del 60 funda el grupo CONDOR. Doctor en filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba, bajo la dirección de Rodolfo Mondolfo. Dicta clases, entre otras, en la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad de Buenos Aires. (Galasso. 1986. Piñeiro Iñíguez, 2007)
[3] Tratamos esta cuestión más profundamente en Godoy, Juan. Hernández Arregui y la revalorización de la cultura nacional en los procesos de liberación nacional. Agosto de 2013. Disponible en sociologiayliberacion.blogspot

domingo, 2 de abril de 2017

LA ELIMINACIÓN DE RETENCIONES IMPLICÓ LA TRANSFERENCIA DE 70 MIL MILLONES DE PESOS EN 2016

Diario Página 12

El complejo agrario, mineras e industrias exportadoras dejaron de pagar unos 5000 millones de dólares el año pasado por la quita de retenciones. Esa transferencia no significó aumento de inversiones, de empleo ni de ventas al exterior.

La pérdida de recursos fiscales por la eliminación de retenciones representó un punto del PIB en 2016.


Por Federico Kucher
La quita de retenciones del 2016 implicó una pérdida de recursos fiscales de 70.000 millones de pesos (equivalente a 5000 millones de dólares). Ese dinero fue transferido a diferentes actores del complejo agrario, minero e industrial. La cifra, que representa 1 punto del PIB, dejó de computarse como recaudación del sector público y potenció el desequilibrio del déficit fiscal el año pasado. El incremento de las exportaciones, pese a los argumentos del Gobierno acerca de que la devolución de ese arancel a las exportaciones iba a estimular las ventas al exterior de productos de la industria, la minería y el campo, fue 15.000 millones de pesos en 2016 (1000 millones de dólares). El complejo exportador aportó menos de un dólar por cada cinco que recibió del Estado.

El Centro de Economía Política (CEPA) elaboró un estudio en el que se estimó la pérdida de recursos que generó para el sector público la decisión de quitar retenciones, una de las promesas de campaña que el macrismo cumplió sin titubear, a diferencia de lo que ocurrió con el Impuesto a las Ganancias y el millón de créditos hipotecarios. En el informe se detalla que el sector agropecuario pagó el año pasado 67.180 millones de pesos en retenciones, un monto concentrado en el rubro de la soja. Si no se hubieran anunciado cambios, el complejo debería haber pagado 115.195 millones de pesos, por lo que hubo una caída de ingresos de 48.015 millones.

La rama manufacturera, en particular, los fabricantes de aceite de soja, abonaron por retenciones unos 4305 millones de pesos el año pasado, cuando con el esquema anterior hubieran pagado cerca de 16.083 millones, es decir una pérdida de recursos de 11.777 millones de pesos para el Estado.

Las empresas mineras, en tanto, pagaron sólo 24 millones de pesos en derechos de exportación en 2016, cifra que podría haber ascendido a 9841 millones sin cambios. La decisión de quitar el ciento por ciento de las retenciones a las mineras provocó una pérdida de recaudación de 9817 millones de pesos. La cifra es desproporcionada porque la exportación de minerales el año pasado aumentó sólo por el equivalente a 360 millones de pesos. El Estado premió así a las empresas mineras con 27 dólares por cada dólar que generaron de exportación.

Al sumar los resultados del sector agropecuario, industria y minería, el CEPA estimó que las firmas dedicadas al negocio de la exportación deberían haber pagado 141.118 millones de pesos en retenciones el año pasado, pero gracias al anuncio del macrismo de modificar las retenciones el monto descendió a 71.509 millones, lo cual implicó un retroceso de la recaudación de 69.609 millones de pesos. El 69 por ciento de los recursos que dejó de percibir el sector público se lo quedó el campo, mientras que el 17 por ciento fue para la industria y el 14 por ciento para la minería.

La rentabilidad extraordinaria que obtuvieron los grupos exportadores no sólo no se tradujo en mayor producción y exportaciones sino que tampoco implicó un avance del empleo. Los datos del Ministerio de Trabajo registraron que los puestos en el sector industrial pasaron de 1.252.108 a 1.204.285 individuos entre diciembre de 2015 y el mismo mes de 2016, lo cual implica una reducción de 47.823 trabajadores formales. En la minería se pasó de 85.735 a 80.325 empleos, una baja de 5410 y en el campo se pasó de 316.546 a 322.081 personas, con suba de 5535 trabajadores, lo que no llega a compensar la caída de las otras dos actividades.


La eliminación de las retenciones tampoco tuvo un impacto significativo en materia de inversiones y los recursos embolsados por el complejo exportador fueron a alimentar en parte la fuga de capitales del mercado interno el año pasado, la cual alcanzó niveles record de la última década. La modificación de los derechos de exportación implicó una mayor regresividad de la recaudación, al incrementarse el peso del IVA.

¿Perdón ingleses por sus soldados muertos en Malvinas?

Aritz Recalde,

REVISTA ZOOM, abril 2017

Los días 2 de abril conmemoramos la recuperación –temporaria- de las islas Malvinas, Geogias y Sandwich del Sur. La sociedad argentina está dividida en la apreciación del suceso y hay opiniones disímiles acerca de las causas que la originaron, del desenvolvimiento de los combates y del tipo de acciones implementadas en la posguerra.
Los gobiernos inglés y argentino tenían objetivos políticos que excedían las Malvinas. Leopoldo Galtieri buscó legitimar y perpetuar la dictadura criminal iniciada en el año 1976 como respuesta al nacionalismo revolucionario surgido luego del 17 de octubre de 1945. Margaret Thatcher intentó conseguir apoyo para profundizar el programa conservador, contrario a los intereses de los trabajadores. Ambos actores buscaron acrecentar el poder de las elites en base al deterioro social de los pueblos.
La dictadura argentina, los EUA e Inglaterra contribuyeron a implantar en la región el sistema económico neoliberal. El gobierno de Videla se integró al Plan Cóndor norteamericano ejecutando acciones terroristas y de capacitación militar en países de Centroamérica. En diversas ocasiones Inglaterra participó en guerras o apoyó dictaduras en distintos continentes con el objetivo de apropiarse de recursos naturales y económicos. La guerra de Libia de año 2011 fue una de sus últimas expresiones belicistas y el país agredido está en ruinas por la acción criminal conjunta del Reino Unido, Francia y los EUA.
En el año 1982 los británicos sostuvieron que Galtieri fue el causante principal del conflicto y que la Primer Ministro aplicó un correctivo político justo que garantizó los derechos a la libre determinación de los kelpers. No es nueva esta justificación colonialista y Europa históricamente realizó propaganda política con el asesinato de extranjeros. Desde la época de Grecia en adelante bautizaron a los “otros pueblos saqueados” como barbaros y luego como infieles. Hoy manifiestan que los gobiernos populares o nacionalistas de Sudamérica son terroristas o populistas. Uno de los más sinceros intérpretes del colonialismo británico fue Herbert Spencer, quien sostuvo con entusiasmo que el “soterramiento de los débiles por los fuertes obedece a los decretos de una benevolencia inmensa y previsora”. La ideología de Spencer y de otros intelectuales británicos sirvió para destruir Estado de Bienestar en los años ochenta y también justificó el colonialismo ingles en el siglo XIX en la China, la India, Egipto o en la Argentina a la cual agredieron militarmente en 1806-8, 1833 y 1845.
Algunos argentinos también consideran que el causante del enfrentamiento y de la muerte de soldados en combate fue meramente Galtieri, que envió “chicos a la guerra”. No es casualidad por eso, que piensan que la decisión de muchos argentinos de defender con las armas las Malvinas fue un absurdo o meramente el resultado de un hábil artilugio de medios de comunicación. Habría sido un engaño la masiva manifestación de apoyo a la recuperación de las islas o el acompañamiento de civiles a la asunción del gobernador Benjamín Menéndez en el archipiélago. Esta última delegación que viajó a Malvinas se compuso de sindicalistas (Saúl Ubaldini), de dirigentes del Justicialismo (Deolindo Bittel), de la UCR (Carlos Contin), de la Izquierda Nacional (Abelardo Ramos) o del médico René Favaloro.
En nuestra óptica, la movilización de apoyo a la recuperación expresó un sentimiento de soberanía y de hostilidad al ocupante extranjero que es legítimo, necesario y propio de todas las Naciones del planeta. La defensa del territorio es un valor fundante de la Nación, sin el cual la población está condenada a desaparecer frente la ocupación de otra Potencia extranjera o de una empresa multinacional. Es en este sentido que al referirse a Malvinas José Hernández destacó que “si la indiferencia del pueblo agravado consolida la conquista de la fuerza, ¿quién le defenderá mañana contra una nueva tentativa de despojo, o de usurpación?”. Sin esta vocación de dominio territorial y de voluntad de defensa, no existirían los países iberoamericanos independientes y tampoco varios otros del planeta que serían anexados por Inglaterra, Alemania, Francia o los Estados Unidos.
El negativo registro histórico argentino acerca de la guerra de Malvinas, no es habitual en otros países de la región. Por ejemplo, la opinión pública de los bolivianos tras la derrota y las decenas de miles de muertos de la Guerra del Pacifico (1979-83) y del Chaco (1932-35), no los llevó a negar u ocultar la voluntad de lucha y de patriotismo de sus soldados. Los ciudadanos que fueron a combatir contra Chile o Paraguay son considerados héroes y no meramente “chicos víctimas de malos militares”. La conducción política y castrense de ambas conflagraciones –de manera similar a lo ocurrido en 1982-, fue considerada deficiente por su pueblo y sus titulares fueron acusados de ser los responsables de la derrota. Atendiendo esa cuestión, los bolivianos repudiaron a los jefes castrenses y no acusaron a los soldados y civiles de ser “inconscientes” o “estúpidos que se dejan llevar por tiranos”. El pueblo reivindica la vocación de defensa nacional, incluso al punto de poner en juego la vida para mantener la integridad territorial. Luego de la derrota de la Guerra del Chaco, los grupos nacionalistas del ejército comandados por Germán Busch y David Toro impulsaron una revolución que expropió las empresas petroleras que estaban empujando a la guerra e implementaron reformas sociales a favor de sus habitantes.
Thatcher se alió al imperio norteamericano, consolidó el apoyo de la ONU y en la Comunidad Europea y sobornó al dictador Pinochet para sumar al país trasandino en un acto de piratería a 12.000 kilómetros de Londres. Los sectores medios de la Argentina prácticamente no cuestionan la decisión de Thatcher del año 1982, caracterizada por impedir cualquier mediación que evite el enfrentamiento. La recuperación argentina de las islas se hizo sin matar ingleses (los argentinos si tuvieron bajas) con la decisión consciente y pública de obligar a negociar al colonialista. Thatcher por el contrario, evitó las mediaciones y utilizó a Malvinas y a los muertos de su país y del nuestro como un acto de publicidad política interna. A partir de acá, es que mandó a asesinar argentinos y cometió el Crimen de Guerra del hundimiento del Crucero General Belgrano fuera del teatro de operaciones (323 caídos sobre 649 del total). De manera similar a las agresiones de los años 1808 o 1845, los ingleses actuaron con el lema que el mejor argentino es el “argentino muerto”.
En no pocos casos, la guerra desató en los sectores medios locales un sentimiento contradictorio. Argentina agredía al país que admiraban y al cual querían emular siguiendo los mandatos de Alberdi, Sarmiento, Mitre o Julio argentino Roca. Todavía se escucha en las mesas de los domingos, el mito de que si “triunfaban las invasiones inglesas de 1808 ahora seríamos una potencia como los norteamericanos”. Alberdi manifestó que “civilizar es poblar” y Sarmiento convocó al exterminio militar de las razas que consideró débiles para remplazarlas por las anglosajonas. Una solución de salida honrosa al “humillante desacato nacional” contra el país que supusieron la “madre patria” y el ejemplo de “civilización”, consistió en subestimar y deslegitimar la tarea de los civiles y soldados argentinos. Los caídos bajo las balas inglesas dejaron de ser víctimas del Imperio Británico, para convertirse en los idiotas útiles de Galtieri o en los bobos “chicos de la guerra”.
Pese a los problemas estratégicos de planificación y de desenvolvimiento de la conflagración que quedaron referenciados en el Informe Rattenbach, la actitud de la mayoría de nuestras tropas fue de heroísmo y de coraje. Martín Balza que participó de las acciones bélicas en las islas, las caracterizó como parte de una “gesta e incompetencia”. Luego del triunfo militar, los ingleses armaron un guión cultural de posguerra que buscó negar la lucha argentina y que presentó a nuestras tropas como “chicos” y no como soldados. A partir de acá, es frecuente escuchar que los ingleses fueron solidarios y alimentaban a nuestros “pibes” a diferencia de los argentinos crueles, dictadores y egoístas. El ocupante colonialista que cometió crímenes de guerra, se presenta como como una víctima que venía a liberar a los “chicos de su infame dictadura”.
Poco se dice del reclutamiento voluntario de civiles en la Argentina e Iberoamérica, de la férrea resistencia militar al invasor durante semanas y de la heroicidad de muchos actos de guerra. Los argentinos se comportaron como soldados y la acción militar del país se vio reflejada en los considerables daños materiales y bajas humanas del enemigo. La lucha contra la OTAN de 1982 fue dispar en recursos y pese a eso sin el apoyo norteamericano, chileno y europeo el triunfo británico no estaba garantizado fácilmente. Como sostuvo José de San Martín, “los interventores habrán visto por este “hechantillón” que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca”.
Nadie quiere negar el dolor o el sufrimiento de muchos ex combatientes que denunciaron maltratos y serios problemas logísticos. Sin desconocer estos aspectos, sería justo también relatar en la prensa, en el teatro o en el cine los actos heroicos, ejemplares y los valores de las tropas argentinas que dieron la vida por el país.
Si la historia de la Independencia y de la formación del Estado Nacional se contara describiendo meramente el dolor y los errores propios del combate, no habría símbolos patrios, ni himnos, ni monumentos, ni recordatorios a batallas, sino meramente relatos de padecimientos civiles y de soldados que sufren y que mueren. De aplicarse esta perspectiva, tampoco existirían el cine Hollywood que propagandiza las acciones militares norteamericanas y desaparecerían los relatos fundadores de todos los Estados del planeta.
Juzguemos con la misma vara
En otras circunstancias históricas la clase media argentina no aplicó la misma severidad para juzgar los hechos políticos - militares y los abusos de poder. En los años sesenta el Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), fusiló a miembros de su propia organización -cuestión repudiable en nuestro punto de vista-. Pese a ello, a partir de acá no se puede decir que toda las agrupaciones de izquierda guevarista fueron criminales y que solamente se dedicaron a matar a sus correligionarios.
La teoría de los “chicos de la guerra” hace hincapié en la ineptitud de la conducción militar y en la absurdidad de la ocupación frente a la evidente diferencia tecnológica de los adversarios. Extrañamente, no son pocos los que niegan la guerra de Malvinas por la incapacidad de los jefes y en paralelo elogian el coraje, los valores o ideales de Santucho (ERP) o del Che Guevara cuyas direcciones políticas guerrilleras fracasaron rotundamente y culminaron con la muerte de miles de jóvenes. ¿La ideología marxista justifica el fallecimiento de activistas y la defensa del territorio es un absurdo?.
Los mismos que dicen que es inadmisible que un argentino fuera a Malvinas, participan de partidos políticos que reivindican los escuadrones de voluntarios de la Guerra Civil Española o los de la Segunda Guerra Mundial. ¿Los anarquistas, socialistas, comunistas o radicales creen “racional” morir en la defensa territorial de Europa y cuando se refieren a Malvinas lo consideran ilógico?. Con la finalidad de movilizar a los jóvenes a participar en guerras en otros continentes, estas agrupaciones políticas realizaron movilizaciones, publicaciones y colectas de recursos.
Malvinas desató un sentimiento pacifista que si bien puede ser legítimo, no suele ser aplicado a la hora de analizar otras circunstancias de la historia nacional. Algunos sectores afirman que el deseo de combatir a Inglaterra fue alocado, mientras consideran honroso y reivindicable la acción de la guerrilla contra el Ejército Argentino durante los años setenta o la intervención de éste último en la represión interior. Derecha e izquierda coinciden en legitimar la muerte de jóvenes en conflictos internos y se escandalizan por combatir al Imperio Británico.
No son pocas las personas que creen negativa la guerra por el hecho de que hubo 649 caídos, cuando en paralelo reconocen como libertadores a Bartolomé Mitre que metió al país en la Guerra del Paraguay o a Justo José de Urquiza que fusiló cientos de adversarios luego de la Batalla de Caseros. Estos mismos pacifistas admiran a Domingo Faustino Sarmiento, quien comandó personalmente el exterminio de decenas adversarios políticos en las guerras civiles. Los sucesos en el país y el Paraguay causaron decenas de miles de compatriotas argentinos muertos, en su mayoría civiles y milicias que fueron perseguidos, torturados y asesinados.
Grupos de activistas socialistas y radicales siguen reivindicando el golpe castrense del año 1955 y el apoyo personal de Miguel Ángel Zabala Ortiz al bombardeo y el ametrallamiento de civiles que dejó más víctimas indefensas en la calle que los ataques ingleses en suelo malvinense.

Perspectivas actuales
La dependencia cultural del siglo XIX fue la garantía para que los británicos manejen por décadas los ferrocarriles, puertos o bancos.
Los ingleses triunfaron militarmente en el año 1982 y se propusieron borrar el sentimiento nacionalista local. Por mandato neocolonial, Argentina tiene que abandonar su voluntad de defensa del territorio que caracteriza a todos los nacionalismos en el mundo. La decadencia de la conciencia nacional permitió que Carlos Menem firme los tratados de Madrid (1990), otorgando deshonrosas concesiones económicas al colonialista. Para reparar en parte este daño se sancionó en el año 2011 la ley 26.659 “condiciones para la exploración y explotación de hidrocarburos en la Plataforma Continental Argentina”.
Recientemente, Mauricio Macri se reunió con sus pares británicos David Cameron y Theresa May para promover “negocios” de pesca o de hidrocarburos. Por el contrario, CAMBIEMOS no entabló diálogos con el Partido Laborista de Irlanda que acompaña nuestra causa soberana en el Reino Unido. Poco tiempo después del encuentro de mandatarios, el Reino Unido realizó ejercicios militares en las islas en un acto de provocación.
En el Ministerio de Energía Macri designó a un representante de la empresa anglo – holandesa Shell, favoreciendo que hagan grandes negocios los representantes directos de la Nación colonialista que asesinó nuestros soldados y que deshonra la patria con la ocupación ilegal de las islas.
Los ex combatientes no recibieron el mismo trato que los ingleses y el Presidente derogó parcialmente el Régimen Previsional Especial de los ex soldados de Malvinas, con el objetivo de evitar que se les pague al menos “dos jubilaciones mínimas”.
La aristocracia del dinero de CAMBIEMOS entiende que los negocios empresarios están por delante de la soberanía y del reconocimiento a los soldados que combatieron en defensa de la patria.

Reivindicamos el hecho de que la Argentina es una tierra de paz y que somos un país pacífico.
Los kelpers son ocupantes ilegales representantes de una potencia colonial y no un pueblo con derechos a la autodeterminación. 
La recuperación de Malvinas es una causa nacional y latinoamericana. Éste último aspecto quedó manifestado en los apoyos otorgados por el MERCOSUR, la UNASUR, el ALBA y la CELAC. La Argentina obtuvo importantes acompañamientos internacionales como los manifestados en las cumbres de los Países No Alineados, por China (Hu Jintao en 2010 y Xi Jinping en 2014) o los conseguidos en la OEA (2010).  


Recordemos y honremos a nuestros soldados que elevaron la bandera de la soberanía frente a un Imperio que sigue plagando el mundo de guerras y de inequidades. 

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