viernes, 22 de agosto de 2014

Raúl Scalabrini Ortiz en los umbrales de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (F.O.R.J.A.): una relectura en clave nacional de El hombre que está solo y espera

Iciar Recalde


(Artículo sintetizado de un libro en preparación Apuntes para una Crítica Literaria Nacional, publicada esta versión en el volumen Pensamiento Nacional, Misiones, 2014)

“Somos un país colonial, un pueblo en servidumbre, una nación sometida (…). Esta es nuestra desgracia, nuestra vergüenza argentina (…). Los hombres realmente libres y patriotas deberemos luchar a esta altura de nuestra historia por una patria redimida.” Raúl Scalabrini Ortiz, Señales, 10/7/1935 (Galasso 2008: 99)

La de Raúl Scalabrini Ortiz es una figura compleja por varias razones. En principio, como parte de una generación de hombres que tomaron distancia del rol impuesto por las metrópolis para los intelectuales en países semicoloniales como la Argentina, que es el de repetir e importar acríticamente teorías y cosmovisiones extranjeras promotoras de nuestra Dependencia material. En segundo lugar, porque Scalabrini Ortiz oficia como intelectual de transición entre dos Modelos de país: el Liberal abierto a sangre y fuego en el año 1853 y el del Nacionalismo Popular Revolucionario inaugurado tras la Revolución del mes de Junio de 1943, en el año 1945: educado en una cosmovisión oligárquica y colonizada de la Argentina, se compromete con su tiempo histórico y conforma una mirada interesada en el conocimiento del país real y en su Liberación Nacional. Es además, uno de los exponentes más brillantes del Pensamiento Nacional, corriente de ideas que se consolida como puesta en debate de todos aquellos aspectos que impiden la organización soberana de nuestro país y la emancipación de las Organizaciones Libres del Pueblo. En este sentido, las reflexiones que presentamos a continuación, tienen por lo menos un origen y más de un objetivo. Nos interesa, fundamentalmente, discutir el estado de la cuestión más o menos canónico en torno a una de las obras de comienzos de Scalabrini Ortiz, El hombre que está solo y espera editada en Buenos Aires en el año 1931. Creemos que los estudios interesados en este volumen[1] han desestimado toda una serie de rasgos que, aunque de forma incipiente y aún con contradicciones, manifiestan tempranamente rasgos de la sensibilidad estética e ideológica y de las estrategias políticas del autor de Política Británica en el Río de La Plata (1936) y de Aquí se aprende a defender a la Patria (1957). Existe una idea generalizada respecto al análisis del itinerario del autor, que sostiene que el mismo consta de dos períodos escindidos en su producción: el del joven escritor vinculado a los circuitos de mayor legitimidad literaria y cultural de los años ´20 y principios del ´30, y aquel circunscripto a su corte de marras con la zona liberal del campo intelectual a mediados de esta última década, cuando el autor interviene además de en la rebelión Radical de Paso de los Libres en el año 1933 que lo llevará al destierro, en la conformación de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (F.O.R.J.A.) surgida en 1935 como un desprendimiento de la Unión Cívica Radical (UCR) tras la muerte de  Hipólito Yrigoyen, y la claudicación del alvearismo, fundamentalmente el levantamiento de la abstención revolucionaria.[2]

Juventud divino tesoro: breve itinerario biográfico del joven Scalabrini Ortiz
Raúl Ángel Toribio Scalabrini Ortiz nace en la Provincia de Corrientes a fines del Siglo XIX, en 1898. En 1902 su familia se radica en Buenos Aires, pero su origen provinciano será fundamental en la mirada posterior que el escritor vaya configurando acerca de la Ciudad Puerto. Su juventud se desarrolla durante los años ´20, que significaron para nuestro país una etapa de profunda renovación en el campo de las ideas, la estética y la literatura: Scalabrini Ortiz estudió en una Universidad todavía atravesada por los vientos de la Reforma y por la política social de Irigoyen, atmósfera que marcará a fuego sus textos de comienzos.
La irrupción de las clases medias en la política nacional tuvo su correlato en el campo de la literatura, y significó la primera ruptura seria al histórico monopolio de la letra oligárquica: comienza en este período a democratizarse el acceso a la práctica literaria a través de la ampliación del circuito de escritores provenientes de los sectores medios -y en menor medida de sectores trabajadores- dignificados por las políticas económicas y educativas del régimen, lo que coadyuvará además a que se desarrolle paulatinamente un público lector ampliado. Sin embargo, por su extracción de clase y sus intereses literarios, la juventud de Scalabrini Ortiz transcurrirá además bajo la formación del liberalismo conservador imperante en los circuitos intelectuales nacionales. Comenzará y abandonará la Carrera de Ingeniería y se recibirá finalmente de Agrimensor en el año 1919. Asimismo, se vinculará íntimamente con las denominadas Vanguardias[3] de los años ´20, integrando el grupo fundador de la revista Martín Fierro -junto a Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo y Nicolás Olivari-, donde publicará asiduamente entre los años 1926 y 1927.[4] Entre las múltiples notas de crítica literaria que publica en la Revista, comienza a cifrarse su proyecto creador, especialmente en “Las revoluciones literarias” (Martín Fierro, N° 43, julio de 1927), donde comenta una conferencia realizada por Ernesto Palacio, y en su intervención en el debate colectivo sobre la postulación de Madrid como Meridiano cultural de Hispanoamérica.
Creemos que son varios los factores de juventud los que se conjugan para que Scalabrini Ortiz vaya rompiendo gradualmente los lazos que lo unen con un pensamiento de tipo colonial: su militancia en la primera Agrupación comunista universitaria, Insurrexit, de ideología marxista que le permite descubrir la importancia de los factores económicos y sociales en el desarrollo histórico; su permanente deambular por el país -por razones de trabajo viaja a La Pampa, Entre Ríos y Catamarca, etc.-, lo preservan de encerrarse en una visión limitada del país y le enseñan cómo viven sus compatriotas.  En este sentido, tras su viaje a Europa en el año 1924 como joven escritor del volumen de relatos La manga (1923) que frecuentaba los espacios de sociabilidad literaria más prestigiosos del momento, a contrapelo del lugar común del viaje iniciático de nuestros intelectuales, regresa hondamente decepcionado, pues en la "Francia eterna" del "Humanitarismo y los Derechos del hombre" encuentra un enorme desdén por los latinoamericanos. Dirá: “En Europa se produjo el mágico trueque de escalafones, del que aún me sorprendo. Fue un inusitado cambio de niveles, algo así como un sifón que se colma y de pronto vacía el recipiente que iba llenado. El pasado se reincorporaba en mi espíritu con apuros de reconsideración. Comprendí que nosotros éramos más fértiles y posibles, porque estábamos más cerca de lo elemental.” De regreso de Europa define con claridad su proyecto literario: mientras en este período, Borges inventa las orillas como lugar intermedio entre la ciudad y el campo y a sus personajes criollos, Arlt centra la mirada en los márgenes de Buenos Aires y en los hombres humillados, Scalabrini Ortiz instala sus preocupaciones en el corazón mismo de Buenos Aires, en su centro: Corrientes y Esmeralda, los cafés, la nueva arquitectura urbana y las muchedumbres que la transitan.

El hombre que está solo y espera
El hombre que está solo y espera, conjuntamente con La Manga y con la serie de artículos periodísticos y de crítica literaria editados en el período, son leídos por la crítica conformando esta primer etapa de su producción. Por tanto, nos interesa examinar aquí la configuración y los rasgos de una serie de formulaciones y estrategias ideológicas que surgen en El hombre que está solo y espera, que además de proponer una nueva forma de intervención en la tradición del ensayismo nacional de la década del ´30, permiten vislumbrar intereses que serán retomados y trabajados de manera radical en su itinerario intelectual y estético posterior. Fundamentalmente, nos referimos a la puesta en escena del tópico de la traición intelectual en su defección respecto a la interpretación del ser nacional, a la formulación en torno a la responsabilidad del Imperialismo en la configuración de la Argentina periférica, a la complicidad de las clases dirigentes en la entrega de los resortes económicos y culturales básicos de la Nación, y al montaje de la dicotomía argumental nacional-antinacional, que además de motorizar la organización textual de El hombre que está solo y espera, signa el modo de interpretar la cultura nacional y de interpelar críticamente las imposturas que vertebran la historia argentina de cuño liberal. Esta serie de rasgos han pasado desapercibidos o bien han sido desestimados y/o minimizados, dos formas de la injusticia crítica sesgada por protocolos de lectura interesados más que en analizar la conflictividad de la propia textualidad, en hacerla entrar forzosamente en el horizonte de posibilidades de lo que se describe como primer etapa del autor a la que hicimos referencia previamente: “El hombre… se encuentra mucho más relacionado con las ideas y la sensibilidad que Scalabrini exhibía como escritor de la joven generación que con las actividades más plenamente políticas de los años posteriores que, sin embargo, sólo excepcionalmente dejaron de asumir la forma de intervenciones culturales.” (Cattaruzza y Rodríguez 2007: 12) Creemos que más que responder a la sensibilidad hegemónica configurada por la zona liberal del campo intelectual nacional -por la estructura formal del volumen, como por sus contenidos y por la trayectoria del autor, cuando los críticos discuten su filiación dentro del linaje nacional y popular-,  El hombre que está solo y espera constituye una ruptura radical con la corriente europeizante que signó la configuración de las líneas de interpretación de la cuestión nacional, augurando el reencuentro de los ensayistas con su propia realidad.
La complejidad del itinerario de Scalabrini Ortiz expresa en su mismo devenir las contradicciones y virajes propios del intelectual y del escritor inserto en la periferia y además, los años ´30 abren la posibilidad histórica –consecuencia de lo acontecido en el país tras la gestión nacionalista de Yrigoyen y el retorno al país factoría tras el Golpe de Estado de 1930- de que los hombres de letras puedan discutir su propia formación e invertir la herencia liberal de problematizar textos extranjeros por la de textualizar los problemas del país. En este sentido, El hombre que está solo y espera es un libro a medio camino entre la sensibilidad y experiencia de un escritor de la joven generación y las actividades políticas posteriores.
En términos genéricos, el volumen es una síntesis entre el ensayo[5] y la literatura, escrito a pedido del editor Samuel Gleizer[6], quien le propone la confección de una novela sobre el hombre porteño.[7] Se publica en 1931 con un éxito de venta con pocos precedentes en la historia del ensayismo en la Argentina: entre diciembre de 1931 y junio del año siguiente agota sus primeras cuatro ediciones. Vale recordar que Scalabrini Ortiz gozaba en este período del prestigio que le había proporcionado, entre otras instancias de consagración[8], el Segundo Premio Municipal de Literatura. No obstante, el éxito del volumen se explica por cuestiones vinculadas estrictamente con su propia textualidad. En primer lugar, El hombre que está solo y espera, venía a proponer en un momento histórico de profundo pesimismo, una respuesta fuertemente optimista respecto a la cuestión nacional. En este sentido, la eficacia interpretativa de su perspectiva argumental inauguró una táctica de intervención, un modo de interpelación al lector y un nivel de lengua que diseñó un estilo propio de altísima eficacia persuasiva. Asimismo, la originalidad de su interpretación sobre la identidad nacional, era enunciada originalmente desde una mirada argentina y no como era usual desde la perspectiva extranjera.[9] Como gran intérprete del ser nacional Scalabrini Ortiz definió zonas de la sociedad y la historia donde radicaría una verdad nacional enfrentada a la impostura, a lo falso, importado, simulado: el espíritu de la tierra. Tal impacto tuvo el volumen, que fue considerado la Biblia porteña, el libro que los porteños -y por extensión, los argentinos- estaban esperando para “verse” y definirse a sí mismos, en un momento de inestabilidad política, social, económica y cultural.
Uno de los tópicos más recurrentes del libro es el de la traición del intelectual respecto a las necesidades del pueblo argentino. Sostendrá Scalabrini: “El intelectual no escolta el espíritu de su tierra, no lo ayuda a fijar su propia visión del mundo, a pesquisar los términos en que podría traducirse.” (2001: 84) De esta manera, denuncia la apostasía intelectual y el modo de operar de los hombres de su generación aliados a intereses foráneos y de espaldas a las necesidades del país real: “Columbraron la felicidad barata en el incremento numérico de la población, en la multiplicación de las vías férreas, en la popularización de la cultura, en el acrecentamiento de los ganados y de los sembradíos. En pocos años trastornaron la dinámica del país. Se aliaron al capital extranjero y juntos fundaron pueblos, tendieron ferrocarriles, construyeron puertos, dragaron canales y diques, importaron máquinas, repartieron tierra y la colonizaron. En esas procuraciones se atarearon, y desatendieron el espíritu del país.” (2001:55) Indagará, asimismo, en las causas de la renuncia del intelectual: en primer lugar, el escepticismo respecto a las posibilidades del país, la ausencia de una creencia propia: “Es que en la conciencia del intelectual argentino hay una incriminación que le desasosiega. Son hombres inseguros de sí, porque han extirpado todos los sentimientos que en ellos podían alimentar una creencia. Han sido infieles a los miramientos y emociones nucleares de su infancia, de su adolescencia y de su juventud y quieren sentirse a sí mismos, constantemente, paladear en todo momento el premio de su apostasía.” (2001: 83) Y en segundo lugar, y estrechamente vinculada con la anterior, existe otra causa más profunda y propia de la formación de los intelectuales en la periferia: el colonialismo cultural. En un país dependiente piensan los libros extranjeros o escritos por intelectuales colonizados, no el país: “El conocimiento es una verbalidad, y los hombres que podían metrificar su voz se irritaban la garganta amaestrando oraciones extranjeras o evaporaban sus propósitos en un silencio lleno de mañanas que perezosamente se trocaban en ayeres.” (2001: 35) Y además: “En su obstinación mecánica y geométrica se olvidaron del hombre. Fueron los más europeos de los criollos. Algunos hay así todavía, y conspicuos.” (2001: 55) La plataforma ideológica que vertebra el modo en que los intelectuales piensan y experimentan el país, centrada en la dicotomía civilización barbarie trocará en Scalabrini Ortiz en la dupla nacional-antinacional a través de la explicación y del montaje de un tipo de narración ficcionalizada que motoriza la estructura del texto. La historia cultural y política argentina no será entonces, la de la lucha entre civilizados y bárbaros como dicta la razón liberal, sino la pugna constante entre lo nacional y lo extranjero, o mejor, entre el intento de auto-determinarnos como país soberano y los impedimentos impuestos por los intereses extranjeros sobre el suelo argentino. Scalabrini Ortiz será taxativo: “Más una dañosa tentación acecha a esta juventud, un riesgo la sitia: es la de norteamericanizarse.” (2001: 54) En esta línea y en el mismo período en que se publica El hombre que está solo y espera, Scalabrini Ortiz sostendrá: “La palabra cultura debería ser borrada del léxico con que se califican los actos colectivos. Aquí se abusa de ella. Hasta el último pazguato pachorriento se da el lujo de interpretar un suceso policial como una manifestación de la incultura de nuestro pueblo o de denostar con esa misma palabreja cualquier noble arranque de entusiasmo (…). Hasta los más mesurados y circunspectos componentes de las cámaras inglesas, se trenzaron a trompadas hace varios días… Quinientas personas murieron y dos mil cuatrocientas resultaron heridas en los Estados Unidos durante la celebración del aniversario de su independencia… Nadie vio en estos hechos un signo de incultura porque la incultura no es sinónimo de indiferencia, de apatía, de ñoñez, de cobardía… Pero si esos hechos hubieran ocurrido aquí, los vilipendiadores del pueblo ya se habrían desatado con toda clase de vituperios y una vez más censurarían acerbamente su incultura…” (Noticias Gráficas, 8/7/1931, Galasso 2008: 92)
En este sentido, aún cuando limita su visión -al igual que gran parte de su generación- a Buenos Aires cometiendo algunos yerros de leso porteñismo (Galasso 2008), el volumen propugna la constitución de una cultura con rasgos propios decidida a deshacerse de las herencias europeas que más que contribuir a conformarla, la obstaculizan: “Nuestro país debe emprender la reconquista de lo elemental, purgarse de sabidurías” (2001: 75), terminar con “Los lugares comunes de la moral europea y lo contratado en sociedades vetustas” (2001: 70) y desarrollar “Esa semilla de una cultura que entre los escombros del pasado, puja por ser presente” (2001: 70), “Tierra de la elementalidad donde saldrá un nuevo hombre y una gran cultura” (2001: 24), y más: “Estas no son horas de perfeccionar cosmogonías ajenas sino de crear las propias. Horas de grandes yerros y de grandes aciertos en que hay que jugarse entero a cada momento. Son horas de biblias y no de orfebrerías” (2001: 86), donde los intelectuales tienen la responsabilidad de: “Inventar nuevos patrones de medición, despojar al criterio de los engañosos convencionalismos europeos.” (2001: 23)
Es necesario aclarar, para dar cuenta de la dimensión de lo expuesto, que la crítica al europeísmo –o mejor: al colonialismo cultural en sentido más amplio aún porque incluye el rol de las industrias culturales norteamericanas en su injerencia en la Argentina- es prácticamente inédita en la zona del campo intelectual del período que transita Scalabrini Ortiz, más cuando su objeto es la valoración de lo nacional y la desmitificación de los mitos de la cultura liberal puestos en el espejo de lo que se desea ser: “Todos los sistemas europeos procuran hacer del hombre un instrumento de relojería” (2011: 151); “Los norteamericanos, bajo la dirección de Ford, van a erigir una fábrica gigante para hacer hombres estándar” (200: 133); “De tanto rodar el europeo es ya un pedrusco sin aristas, un canto rodado del tiempo y de las corrientes culturales. (…) En cambio, el porteño es original e indeductible.” (2001: 33);  “Nosotros somos una asociación espiritualista. La más bella desde la decadencia de Atenas.” (2001: 132) Más allá de los deslices que se leen a través de ciertas exageraciones y de argumentos anti-históricos como el anterior, propios de la formación y del proceso de clarificación ideológica que está experimentando Scalabrini Ortiz en el período, la mirada positiva sobre lo propio y sus posibilidades es, reiteramos, insólita en los años ´30: “Toda la magia de la vida consiste en CREER (…) en atreverse a erigir en creencias los sentimientos arraigados en cada uno, por mucho que contraríen la rutina de las creencias extintas.” (2001: 7) En el año 1932, poco después de haber publicado El hombre que está solo y espera, sostendrá: “Ahora más que nunca me afirmo en la idea de que somos la esperanza del mundo. En la agonía de esa portentosa civilización europea –cuya final decadencia están realizando los norteamericanos- los argentinos y el grupo de pueblos que nos responden irrumpimos en la historia con un alma nueva. He ahí el hecho fundamental expresado sintéticamente. Dos poderosas fuerzas adversas puramente materialistas –Rusia y Estados Unidos- terminarán con toda la civilización actual. Sólo quedará la esperanza nuestra. Este pueblo de soñadores, de constructores de ideales, que dará al mundo una nueva filosofía, un nuevo arte, una nueva religión. Ese es el sentido de mi fervorosa exaltación nacionalista. No podemos, no tenemos el derecho de malograr esa esperanza puesta en nosotros.” (Revista Rivadavia, febrero de 1932, Galasso 2008)
Más, cuando se advierte que la subordinación cultural es consecuencia de otra, la económica, que ha generado un sutilísimo aparato ideológico creador y reproductor de una inteligencia colonial, donde la falsificación histórica es uno de los ejes del desarraigo cultural. Dirá Scalabrini Ortiz: “El capitalismo extranjero está en el poder. Quiera Dios que al pueblo no le cueste mucha sangre y desorganización desalojarlo.” (2001: 95) Su nacionalismo se va consolidando, al punto que rechaza sus connotaciones reaccionarias y revaloriza el rol de las masas en la historia: “Solamente la muchedumbre innúmera se parece al espíritu de la tierra” (2001: 51), dando cuenta de que si todo nacionalismo es reaccionario como dicta el pensamiento liberal, las masas carecen de alternativa frente al liberalismo oligárquico, idea que retomará desde las tribunas de F.O.R.J.A. cuando coadyuve a los forjistas a virar del antiimperialismo abstracto al antiimperialismo concreto: “Hay que cultivar un nacionalismo no de superficie y de vistosas apariencias, un nacionalismo no de feria sino un argentinismo de profundidades, de realidades esenciales. Y para eso necesitamos desprendernos en absoluto de toda imitación y dependencia europea, ya en lo espiritual como en lo intelectual. Ser nosotros mismos, con los vicios y las virtudes inherentes a nuestra estirpe.” (Revista Rivadavia, febrero de 1932, Galasso 2008)
La eficacia argumental del texto responde, de hecho, a esta capacidad de emitir certezas sobre lo nacional, paradójicamente, basadas en la mirada de tipo impresionista que guía los razonamientos. El arquetipo de lo nacional propuesto en el texto será el hombre de Corrientes y Esmeralda como expresión del colectivo social surgido por el proceso inmigratorio que le permitirá dar a Scalabrini Ortiz, una interpretación optimista e integradora de lo social y que se construirá a través de la observación directa de las características que considera propias y diferenciales del argentino: un complejo dispositivo que incluye el tango, el vínculo entre los sexos, el fútbol, prácticas culturales como las del café, etc. Para Scalabrini Ortiz: “Es hombre de imposiciones y no de planes, es un hombre fiado en la certeza del instinto, en sus intuiciones, en sus presentimientos.” (2001: 24) El arquetipo que permite narrar, además, el relato del desengaño, la soledad y la expectativa de los hombres de la Década Infame que observan atónitos las consecuencias sociales de la Argentina agraria y semicolonial atada por sus clases dirigentes a los intereses del imperialismo británico y norteamericano, pero que pugnan por legitimar el sentido de la nacionalidad: “Dignifiquemos la palabra patria. Dejémosla que en el reposo se empape nuevamente del espíritu de la tierra. El que la enuncie para disimulo de sus intereses personales, el que la pronuncia como tapujo de sus conveniencias de gremio, de querellas económicas o en simples discordias entre el capital y el trabajo debe ser condenado a cien tundas en las nalgas.” (2011: 139)
Meses después de publicado El hombre que está solo y espera, Scalabrini Ortiz sostendrá respecto al mismo:“Yo realzaba en mi libro las virtudes de la muchedumbre criolla y demostraba que su valoración no debía emprenderse de acuerdo a las reglas y cánones europeos; daba una base realista a la tesis esencial de la argentinidad, al negar la continuidad de la sangre quebrada entre nosotros por el imperio metafísico de la tierra y sentaba la tesis de que nuestra política no es más que la lucha entre el espíritu de la tierra, amplio, generoso, henchido de aspiraciones aún inconcretadas y el capital extranjero que intenta constantemente someterla y sojuzgarla.” (Galasso 2008) Más, su edición acontece poco después del Golpe de Estado, momento en que Scalabrini Ortiz se aparta radicalmente de la maquinaria oligárquica de constitución de prestigios en el camino de asunción de su rol como intelectual nacional: “En 1930, yo había alcanzado el más alto título que un escritor puede lograr con su pluma: el de redactor de La Nación, cargo que renuncié para descender voluntariamente a la plebeya arena en que nos debatimos los defensores de los intereses generales del pueblo. Tenía entonces treinta y dos años.” (Carta a un lector publicada en Qué en 1957, Galasso 2008: 64) Se decide a romper su auspiciosa carrera literaria y comienza a investigar los mecanismos de dominación semicolonial sobre el país. El tránsito de las letras a la política, lo llevará al exilio en Italia y Alemania donde comenzará a dar a luz Política británica en el Río de la Plata. En las primeras hojas de este libro había escrito: “El imperialismo económico encontró aquí campo franco. Bajo su perniciosa influencia estamos en un marasmo que puede ser letal. Todo lo que nos rodea es falso o irreal. Es falsa la historia que nos enseñaron. Falsas las creencias económicas con que nos imbuyeron. Falsa las perspectivas mundiales que nos presentan y las disyuntivas políticas que nos ofrecen. Irreales las libertades que los textos aseguran. Este libro no es más que un ejemplo de estas falsías.” A su regreso a la Argentina en 1934, se sumará a F.O.R.J.A. Las editoriales comenzarán a desestimarlo y lo silenciarán los Medios gráficos: “El silencio es un arma tan eficaz como la ley, cuando se maneja con habilidad. El silencio es mortífero para las ideas. El silencio abate toda pretensión de autonomía, coarta la inventiva, impide el análisis, sofoca la crítica, detiene el mutuo intercambio de pensamientos, en que un pensamiento colectivo puede llegar a concretarse.” Su compromiso con la Causa Nacional y con la Revolución Justicialista en los años ´40 merecen un tratamiento aparte. También su fuerte activismo político e intelectual posterior a la vuelta al poder de la oligarquía tras el año 1955. En esos días aciagos para el país, en una esquina y al encuentro con su amigo Leopoldo Marechal, dirá: “Hay que empezar a hacer todo de nuevo. Todo otra vez...” Era el hombre que había vislumbrado la soledad de los argentinos que en los años ´30 esperaban el encuentro con una causa colectiva y con un conductor que se produciría con el Peronismo. El hombre que seguiría batallando sin cuartel hasta sus últimos días junto a un Pueblo que ya no estaría solo ni a la espera, sino en la lucha constante y mancomunada por la Liberación Nacional. Camino que seguimos transitando en la actualidad, guiados por Scalabrini Ortiz y por tantos patriotas que dieron su vida por la defensa del patrimonio nacional.

Bibliografía citada
Cattaruzza, Alejandro y Rodríguez, Fernando (2007). “Una vez más, El hombre que está solo y espera”. En El hombre que está solo y espera. Una biblia porteña. Buenos Aires: Biblos. 9-32. Galasso, Norberto (2008). Vida de Scalabrini Ortiz. Buenos Aires: Colihue
Galasso, Norberto. (2008). Vida de Scalabrini Ortiz. Buenos Aires: Colihue
Hernández Arregui, Juan José. (2003). La formación de la conciencia nacional. Buenos Aires: Peña Lillo y Continente.
Sarlo, Beatriz (1988). “La imaginación histórica.” En Una modernidad periférica: Buenos Aires, 1920 y 1930. Buenos Aires: Nueva Visión. 206-246.
Saítta, Sylvia (2007). “Una biblia porteña: El hombre que está solo y espera de Raúl Scalabrini Ortiz”. En El hombre que está solo y espera. Una biblia porteña. Buenos Aires: Biblos. 143-158.
Scalabrini Ortiz, Raúl (2001). El hombre que está solo y espera. Buenos Aires: Plus Ultra
Scalabrini Ortiz, Raúl (2007). El hombre que está solo y espera. Una biblia porteña. Buenos Aires: Biblos.

(Nota bibliográfica: Iciar Recalde es Licenciada en Letras (UNLP). Realiza su Doctorado en Letras en  la UNLP con beca de CONICET. Es Profesora de Literatura Argentina del Siglo XX, de Sociología de la Cultura Latinoamericana en la Universidad Nacional de La Plata y del Seminario de Posgrado de Pensamiento Nacional en la Universidad Nacional de Misiones. Forma parte del Centro de Estudios Juan José Hernández Arregui. Es coautora de Universidad y Liberación Nacional. Un estudio de la Universidad de Buenos Aires durante las tres gestiones peronistas 1946-1952; 1952-1955; 1973-1975; y autora de Intelectuales y país en la antesala neoliberal: Morir con Rodolfo Walsh para resurgir desandando caminos y de varios artículos sobre literatura, crítica literaria, estudios culturales y Pensamiento Nacional en diversas revistas especializadas y de divulgación)




[1] Nos referimos a los trabajos específicos de crítica literaria que acompañan la única edición anotada del volumen: Scalabrini Ortiz, Raúl, El hombre que está solo y espera. Una biblia porteña, Biblos, 2007. Se trata del Prefacio, “Una vez más, El hombre que está solo y espera”, a cargo de Alejandro Cattaruzza y Fernando Rodríguez y del Posfacio, “Una biblia porteña: El hombre que está solo y espera de Raúl Scalabrini Ortiz”, por Sylvia Saítta. Desde protocolos de lectura similares, incluimos además el trabajo de Beatriz Sarlo, “La imaginación histórica”, en Una modernidad periférica: Buenos Aires, 1920 y 1930, Buenos Aires, Nueva Visión, 1988.
[2] Juan José Hernández Arregui establece que la iniciativa originaria fue de Arturo Jauretche, quien convocó a varias figuras intelectuales y políticas del período -Manuel Ortiz Pereira, Gabriel del Mazo, Homero Manzione, Gutiérrez Diez, Juan B. Fleitas, David de Ansó, Félix Ramírez García, Luis Dellepiane, entre otros- con el objetivo de crear una Agrupación para enfrentar el funcionamiento del sistema político del período caracterizado por el fraude electoral, la extranjerización de la economía nacional y las extremas desigualdades sociales promovidas durante la denominada por José Luis Torres como Década Infame. Denunciará FORJA el accionar del Imperialismo británico y la situación semicolonial en la que se encontraba la Argentina derivada de éste. El nombre, ideado por Arturo Jauretche, tuvo su origen en una frase de Yrigoyen que establecía que: “Todo taller de forja parece un mundo que se derrumba.” Raúl Scalabrini Ortiz, a pesar de ser uno de los principales orientadores de F.O.R.J.A., no se afiliará por sus diferencias con la UCR hasta el año 1940, momento en que se levante la condición de ser partidario radical para ser miembro de la Agrupación. Hacia febrero de 1943, se distanciará de la actividad política de F.O.R.J.A., para dedicarse exclusivamente a la investigación y a su labor de escritor. (Hernández Arregui 2003: 225) 
[3]Con las “vanguardias” de los años ´20 sucede lo mismo que con las diversas modas estético/teóricas importadas al país desde las metrópolis: dan cuenta de la situación de dependencia de nuestros escritores a lo largo de la historia literaria nacional. Echeverría importa el Romanticismo, Borges el Ultraísmo español, Castelnuovo el Realismo Socialista ruso, Cortázar el Surrealismo francés… Curiosamente, acá florecen estas copias estéticas cuando perecen totalmente es sus países de origen y cuando se agotan los modelos sociales y/o las cuestiones políticas que las originaron. En su contexto de surgimiento europeo, las vanguardias acompañaron movimientos políticos de cambio en las estructuras sociales de cada uno de sus países. Trasplantadas a la Argentina, perdieron totalmente el cariz material real y se debatieron en el terreno del esteticismo puro o el debate ideológico más o menos colonizado. La polémica entre Boedo y Florida fue la respuesta literaria de los crecientes antagonismos sociales que dividían la Buenos Aires posterior al Centenario, sin embargo, ambos grupos fueron subsidiarios del pensamiento de la metrópoli y se debatieron en la supuesta partición de los planos estético/político. Florida reunió a los escritores voceros de la oligarquía y Boedo representó una de las expresiones de la literatura de izquierda en Argentina, tan extranjerizante como Florida, pero que sirvió como precedente de posiciones nacionalistas y populares que recién veremos operar en el país tras el reposicionamiento que genera el Golpe de Estado del año 1955 en el campo de la cultura nacional.
[4]Año en que se clausura la Revista tras los conflictos políticos abiertos entre sus integrantes por la constitución del Comité yrigoyenista de Intelectuales jóvenes. El apoyo abierto al viejo Caudillo rompe el frente interno de Martín Fierro. Forman parte del Comité Borges, Marechal, González Tuñón y Girondo, entre otros. Curiosamente, Scalabrini Ortiz brilla por su ausencia. Recordemos que el Director de la Revista, Evar Méndez, era asesor de Alvear. Vale aclarar además que, visto a la luz del devenir nacional, los escritores vinculados en términos de clase a la oligarquía, fueron más consecuentes con el país  que la izquierda de cuño liberal que no se esforzó por entender los rasgos de nuestra política y del Movimiento Nacional y operó en función del Golpe de Estado que dio por tierra con el Radicalismo en 1930.

[5] El Ensayo es un género que reflorece en épocas de crisis. Sin ir más lejos, resta repasar la producción ensayística en nuestro país tras los Golpes de Estado de 1930 y de 1955. Por mencionar únicamente dos casos: El hombre que está solo y espera es éxito de venta en 1931, pero también best-seller en 1964. Los profetas del odio (1957) y El medio pelo en la sociedad argentina (1966) de Arturo Jauretche cobran inusitado interés en sus contextos de producción.
[6] Gleizer había editado La Manga. Scalabrini Ortiz recuerda, en un reportaje radial emitido en 1931, que el ofrecimiento del editor respondió a motivos principalmente económicos tras haber sido despedido de Noticias Gráficas. En el colofón del volumen ya editado, Scalabrini Ortiz reconocerá la deuda: “Este libro, que compendia los sentimientos que yo he soñado y proferido durante muchos años en las redacciones, cafés y calles de Buenos Aires, fue vivido durante los treinta y tres años del autor y escrito en un mes, setiembre de 1931, a instancias amistosas de don Manuel Gleizer.”
[7] En el reportaje citado previamente, Scalabrini recuerda haber expresado respecto al carácter literario requerido por el editor: “No, don Manuel. Noto que algo me falta aún para que la novela esté madura en mi conciencia. Voy a esperar unos meses más. Pero si usted quiere, le escribo un estudio sobre la vida porteña que ya tengo anotado y preparado y no hay más que redactar. Es un trabajo que va a gustar y en el que por primera vez se intentará dar un esqueleto a esta invertebrada vida de Buenos Aires.” Un capítulo que conformará El hombre que está solo y espera, había sido publicado previamente como relato en el volumen Cuentistas argentinos de hoy (1921-1928) de la Editorial Claridad en 1928. Sin embargo, el interés ficcional del autor irá cediendo lugar al ensayismo.
[8]Además ya era conocido por La Manga y por los lectores del periodismo masivo y comercial de la década del ´20. Su firma y sus opiniones vertidas en encuestas, reportajes y comentarios bibliográficos aparecen asiduamente en muchas de las publicaciones del período. Publica algunos cuentos en El Hogar, colabora en Carátula, La Argentina, El Diario de Paraná, La República, La Gazeta del Sur, Pulso, Claridad, El Mundo, La Vida literaria, etc.  En 1928 ingresa a La Nación con una columna que se titula “A través de la ciudad” que, a partir de 1929 pasa a titularse “Entrevistas reales e imaginarias.” Desde 1929, y por solicitud de León Bouché, director de El Hogar, reemplaza a Nicolás Coronado en la página de crítica teatral.

[9] Si hasta este momento eran los viajeros extranjeros quienes proveían las líneas de interpretación de lo nacional, el mérito de Scalabrini Ortiz radicaba en proveer una definición del ser nacional desde el interior mismo de la argentinidad. Ver al respecto “La gota de agua.”

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