lunes, 14 de marzo de 2016

ACERCA DE LA CUESTIÓN NACIONAL

Norberto Alayón
Profesor Titular – Facultad de Ciencias Sociales (UBA)
Buenos Aires, marzo 7 de 2016.


Manuel Ugarte fue un escritor y político argentino, nacido en Buenos Aires en 1875 y fallecido en 1951. Relevante precursor de las luchas antiimperialistas en América Latina, escribió en 1908 un texto titulado “25 de Mayo de 1810”, consignando una muy sugerente información: “Hay en los Estados Unidos una costumbre por la cual en la escuela, en mitad de la clase o interrumpiendo el recreo cuando el niño menos lo espera, el maestro le hace poner bruscamente de pie para prestar una vez más el juramento de servir a su tierra en todos los momentos de su vida”.

Impresionante costumbre que, respondiendo a una clara intencionalidad desde la escolaridad básica, apuntó a la construcción y consolidación de la identidad nacional de los norteamericanos ya a partir de la infancia, lo cual permite identificar el marcado nacionalismo siempre presente en el imperial país del norte.

En nuestros países latinoamericanos distintos sectores políticos (conservadores, socialistas, liberales de izquierda, ultraizquierdistas), desde diversas perspectivas y caracterizaciones, suelen abominar o desconfiar de ciertas expresiones y prácticas políticas “nacionalistas”, “patrióticas”, “populistas”, por considerarlas como atrasadas, no civilizadas, pre modernas, o bien directamente asociadas a las concepciones nazis y fascistas.

Estos sectores (con sus diferencias) no cuestionan o son indulgentes cuando las acciones nacionalistas se verifican en EE.UU. o en Europa, es decir en los países “desarrollados”, pero son consecuentemente “no nacionalistas” cuando se trata de nuestros países semicoloniales. El aspecto crucial es que básicamente no pueden comprender la clave diferencia que existe entre el “nacionalismo” en los países opresores y el “nacionalismo” en los países oprimidos.

El ruso Vladimir Ilich Uliánov, más conocido como Lenin, en 1920 expresaba durante el Segundo Congreso de la Internacional Comunista: “En primer lugar, ¿cuál es la idea más importante y fundamental de nuestras tesis?: la distinción entre pueblos oprimidos y pueblos opresores”. Agregando que “La dominación extranjera impide el libre desenvolvimiento de las fuerzas económicas. Es por esta razón que su destrucción es el primer paso de la revolución en las colonias y es por esto que la ayuda aportada a la destrucción de la dominación extranjera en las colonias no es, en realidad, una ayuda aportada al movimiento nacionalista de la burguesía nativa, sino la apertura del camino para el propio proletariado oprimido”.

Otro ruso, Lev Davídovich Bronstein (León Trotsky), mandado a asesinar por José Stalin en México en 1940, afirmó que “Lenin ha escrito centenares de páginas para demostrar la necesidad capital de distinguir las naciones imperialistas de las colonias y semicolonias, que constituyen la mayor parte de la humanidad. Hablar de “derrotismo revolucionario” en general, sin distinguir entre países opresores y oprimidos es hacer del bolcheviquismo una caricatura grotesca y miserable y poner esta caricatura al servicio del imperialismo”.

Y completaba Trotsky: “El imperialismo sólo puede existir porque hay naciones atrasadas en nuestro planeta, países coloniales y semicoloniales. La lucha de estos pueblos oprimidos por la unidad y la independencia nacional tiene un doble carácter progresivo, pues, por un lado, prepara condiciones favorables de desarrollo para su propio uso, y por otro, asesta rudos golpes al imperialismo”.

En definitiva, el nacionalismo de los países imperialistas es reaccionario. Por el contrario, en los países semicoloniales el nacionalismo es progresivo, en tanto tiende a combatir al imperialismo y liberarse de los lazos de dependencia. El nacionalismo reaccionario de países imperiales como EE.UU. engendra abominables personajes como el multimillonario Donald Trump, actual pre- candidato republicano a la presidencia, quien desparrama impunemente las posiciones más trogloditas.

Pero el nacionalismo en los países sojuzgados e inconclusos de América Latina se encarnó, en la búsqueda de una verdadera independencia y soberanía, en movimientos nacionales y populares como el yrigoyenismo y el peronismo en Argentina, la revolución mexicana de 1910, el varguismo en Brasil, el APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) en Perú, el MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario) en Bolivia, el independentismo en Puerto Rico, José Martí y Julio Mella en Cuba, Augusto Sandino en Nicaragua, entre tantos otros. Y en la última década en los procesos populares de Argentina, Brasil, Venezuela, Bolivia, Ecuador, que lideraron la confrontación con EE.UU.

Como viejo ejemplo del nacionalismo reaccionario que se verifica en países imperialistas como EE.UU., que conduce a guerras permanentes y a la opresión de otros pueblos, Manuel Ugarte da cuenta de una frase de un senador Preston, de 1838, afirmando que “La bandera estrellada flotará sobre toda la América Latina, hasta la Tierra del Fuego, único límite que reconoce la ambición de nuestra raza”. Con frecuencia, algunos estadounidenses son bien claros y directos, sin “pelos en la lengua”, expresando el sentir de las mayorías en ese país. Ya hablaba este imperial senador, hace casi 200 años atrás, de “ambición”, lo cual se relaciona con la permanente tradición de EE.UU. como país guerrero y dominador, y sobre “nuestra raza” (siempre se consideraron superiores y con “derechos” absolutos sobre todo el orbe).

Sesenta y ocho años después, otro imperialista -William Howard Taft, Secretario de Guerra del presidente Theodore Roosevelt y luego presidente él mismo- en un discurso el 21 de febrero de 1906 manifestó: “Las fronteras de los Estados Unidos terminan virtualmente en Tierra del Fuego”.

Los amos actuales del mundo y los respectivos habitantes de los imperios deberían recordar al peruano Dionisio Inca Yupanqui, aquel diputado americano que en las Cortes de Cádiz, España (en diciembre de 1810), indignado por la dominación colonial, desbrozó un imperecedero aforismo: “Un pueblo que oprime a otro no merece ser libre”.

A esta altura, conviene precisar qué son las semicolonias. Son países formalmente independientes, con Constituciones nacionales, con banderas e himnos propios, con territorios definidos (aunque en ocasiones parcialmente arrebatados y usurpados, como es el caso de las Islas Malvinas por parte del imperialismo inglés), pero que padecen, estos países, de una gran dependencia estructural de los centros hegemónicos de poder mundial, que limitan y condicionan ostensiblemente su autonomía y capacidades de decisión propias. Se trata, entonces, de Estados aparentemente soberanos, políticamente independientes, pero que -a partir de la dominación económica que sufren- se ven compelidos a transformarse en una suerte de satélites presionados y arrinconados por los imperios de turno. Por eso las concepciones y las luchas nacionales y antiimperialistas adquieren, aún hoy, un enorme sentido progresista de gran significación.

El debilitamiento y hasta la pérdida de la soberanía política entraña un severo riesgo para el presente y el futuro de nuestros países todavía semicoloniales. Veamos, si no, el caso de los “fondos buitre” y del juez norteamericano Thomas Griesa. Este juez municipal extranjero pretende imponer condiciones, además muy lesivas, a una nación formalmente “soberana” como la Argentina. Pero el meollo de la cuestión, ni siquiera radica en Griesa: él es un mero instrumento que acepta y lleva a la práctica altaneramente las decisiones que se adoptan en ámbitos superiores. Si detrás de Griesa no estuvieran los verdaderos poderes económico-políticos de EE.UU. y hasta el propio gobierno de Barack Obama, este anciano juez estaría dedicado a atender los temas locales de su jurisdicción o a su salud personal y no se ocuparía en agredir intransigentemente a la Argentina. Los EE.UU., como imperio, no se olvidan del “No al ALCA”, decidido valientemente en 2005 en Mar del Plata bajo el liderazgo de Chavez, Kirchner y Lula. Los imperios tienen buena memoria; lo principal será que nosotros no perdamos o enajenemos la nuestra y estemos dispuestos a defender, como corresponde, el interés nacional.

Imaginemos si fuera a la inversa. Si un juez argentino, de algún distrito municipal del país, pretendiera imponerle condiciones al gobierno de los EE.UU.  Si este hipotético juez argentino actuara, como lo hace Griesa con nosotros, inmediatamente morirían muchos norteamericanos … pero de risa. Nos tomarían por locos o “bárbaros atrasados”, no insertos en la moderna comunidad internacional.

El tema de la independencia y de la soberanía nacional es obviamente muy importante y no debe considerarse como secundario, intrascendente o perimido, ya que depara consecuencias vitales, en uno u otro sentido, para el país. La imperial imposición que pretende Griesa para que nuestro Congreso Nacional derogue la Ley de Pago Soberano y la Ley Cerrojo debe ser frontalmente rechazada por quienes estén dispuestos a defender el interés y la dignidad nacional. En ese sentido, cabría considerar seriamente la alternativa de denunciar como “traición a la Patria” la conducta antinacional de aquellos legisladores que voten a favor de las exigencias extranjeras, en perjuicio de la Nación argentina.

Esta invocación a defender el interés nacional de la Argentina, esta invocación “nacionalista”, esta invocación “patriótica”, ¿tiene algo que ver con las propuestas nacionalistas (ésas sí fascistas) que se verifican en los países opresores, en los países imperiales? Reafirmamos, pues, que defender “lo nacional” en los países oprimidos es profundamente progresista. Por el contrario, defender “lo nacional” en los países imperiales, que oprimen y sojuzgan a otros pueblos, es marcadamente reaccionario.

Volvamos a Manuel Ugarte para diferenciar y clarificar las distintas concepciones acerca de “lo nacional”, del “patriotismo”. El gran defensor de la Patria Grande latinoamericana escribió: “Yo también soy enemigo del patriotismo brutal y egoísta que arrastra a las multitudes a la frontera para sojuzgar otros pueblos y extender dominaciones injustas a la sombra de una bandera ensangrentada; yo también soy enemigo del patriotismo orgulloso que consiste en considerarnos superiores a los otros grupos, en admirar los propios vicios y en desdeñar lo que viene del extranjero; yo también soy enemigo del patriotismo ancestral, del de las supervivencias bárbaras, del que equivale al instinto de tribu o de rebaño. Pero hay otro patriotismo superior, más conforme con los ideales modernos y con la conciencia contemporánea. Este patriotismo es el que nos hace defender contra las intervenciones extranjeras, la autonomía de la ciudad, de la provincia, del Estado, la libre disposición de nosotros mismos, el derecho de vivir y gobernarnos como mejor nos parezca. En este punto todos los socialistas deben estar de acuerdo para simpatizar con el Transvaal cuando se encabrita bajo la arremetida de Inglaterra, para aprobar a los árabes cuando se debaten para rechazar la invasión de Francia, para admirar a Polonia cuando después del reparto tiende a reunir sus fragmentos en un grito admirable de dignidad y para defender a América Latina si el imperialismo anglosajón se desencadena mañana sobre ella. Todos los socialistas tienen que estar de acuerdo, porque si alguno admitiera en el orden internacional el sacrificio del pequeño al grande, justificaría en el orden social la sumisión del proletario al capitalista, la opresión de los poderosos sobre los que no pueden defenderse”.

En la Argentina, la clásica consigna del peronismo “Patria sí, colonia no” (más allá de que escandalice a los “bien pensantes” de derecha y de izquierda) encarna y sintetiza el dilema de la hegemonía externa sobre nuestro país. ¿O alguien preferiría invertir la consigna y exclamar “Patria no, colonia sí?

O bien sobre la actual consigna de “Patria o buitres”. ¿Preferimos a los buitres o a la patria? Dejemos a Mauricio Macri y a Alfonso Prat-Gay su adhesión objetivamente reaccionaria (por decir lo menos) a los buitres y apoyemos firmemente la opción “nacionalista” y “populista” de la patria. ¿Se nos podrá denostar, por esta opción, con el mote pretendidamente descalificador de “patrioterismo”? Si así aconteciera, de parte de algún energúmeno supuestamente “ilustrado”, nos remitiríamos con mucho orgullo al preclaro antiimperialista Ugarte que convocaba, hace ya tanto tiempo, “a mantener en el alma esa maravillosa emoción colectiva que se llama el patriotismo”. ¿Qué otra cosa podrá ser un verdadero socialista, si no, al mismo tiempo, un patriota?

Es menester aclarar, que estas opiniones “nacionalistas” precedentes nada tienen que ver con el nacionalismo católico del estilo del dictador militar Juan Carlos Onganía o del nacionalismo oligárquico que portan algunos representantes de la tradicional Sociedad Rural Argentina. Tampoco tienen que ver con el chauvinismo, la xenofobia, el racismo, que se vierten a menudo en los estadios de fútbol en esos deleznables cánticos del estilo “son todos bolivianos, paraguayos, que sólo sirven para botonear…” Ni con las invocaciones al “ser nacional”, esgrimidas por la dictadura cívico-militar-eclesiástica de 1976, que a la par de levantar el insano slogan de “los argentinos somos derechos y humanos”, en su fundamentalismo genocida juraba que “la bandera nacional jamás sería reemplazada por ningún trapo rojo”. Por supuesto, tampoco tienen que ver con la concepción que tienen del nacionalismo los distintos grupos de neonazis, que se han reactivado, con mucha virulencia, a partir del triunfo de Mauricio Macri en las últimas elecciones presidenciales. Existe, por cierto, un falso nacionalismo, “de derecha”, enraizado en la sociedad, que debe ser combatido tenazmente.

Ante la terrible y devastadora restauración conservadora, marcadamente antinacional, que impulsa el actual gobierno del PRO-Cambiemos, hoy -más que nunca- cabrá defender activamente el interés nacional, plasmado en la preservación de la independencia y la soberanía, sin temor alguno de que se nos tilde de “nacionalistas”.  Sobre los argentinos que hoy gobiernan, ¿será un exabrupto desmedido o una terminología pasada de moda, hablar de irrecuperables cipayos?

Quienes continuamos aspirando y bregando por la construcción de una sociedad donde rija plenamente la justicia social, no propiciamos la claudicación -en modo alguno- de la meta socialista final, pero enfatizamos que no se podrá arribar a la misma sin ensamblar correcta y estratégicamente la liberación social con la liberación nacional.

Programa de 12 puntos para la Unidad Nacional

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