jueves, 27 de septiembre de 2018

Francisco y Perón


Iciar Recalde, septiembre 2018 

Continúan puertas dentro de la Argentina los ataques prolongados contra Francisco, tendientes a seguir esmerilando al líder de la Iglesia Católica en el mundo entero, testigo de Jesucristo y ferviente representante en la tierra de su legado: estar con los pobres, con los que sufren, alzando su voz contra el hambre y el tráfico de la vida humana, en defensa de la Tierra como casa de todos. A esos les cabe el mensaje de Marcos: “En aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: ¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros? Y se escandalizaban a causa de él. Jesús les dijo: TODOS HONRAN A UN PROFETA, MENOS LOS DE SU TIERRA, SUS PARIENTES Y LOS DE SU CASA.” (Marcos, 6)

A nosotros nos cabe la tarea colectiva de integrar a la doctrina legada por Perón, los aportes de Laudatio, Si y de Evangelii Gaudium y de continuar bregando porque el mensaje de Francisco sea sustancia de la política del porvenir. Sin lugar a dudas, Francisco es hoy, la más hermosa flor nacida del esfuerzo de seguir, de aquel entrañable y desesperado ruego discepoliano: “¡Aullando entre relámpagos,/ perdido en la tormenta/ de mi noche interminable,/ ¡Dios! busco tu nombre.../ No quiero que tu rayo/ me enceguezca entre el horror,/ porque preciso luz/ para seguir.../ ¿Lo que aprendí de tu mano/ no sirve para vivir?/ Yo siento que mi fe se tambalea,/ que la gente mala, vive/ ¡Dios! mejor que yo.../ Si la vida es el infierno/ y el honrao vive entre lágrimas,/ ¿cuál es el bien.../ del que lucha en nombre tuyo,/ limpio, puro?... ¿para qué?.../ Si hoy la infamia da el sendero/ y el amor mata en tu nombre,/ ¡Dios!, lo que has besao.../ El seguirte es dar ventaja/ y el amarte sucumbir al mal./ No quiero abandonarte, yo,/ demuestra una vez sola/ que el traidor no vive impune,/ ¡Dios! para besarte.../ ENSÉÑAME UNA FLOR/ QUE HAYA NACIDO/ DEL ESFUERZO DE SEGUIRTE,/ ¡Dios! Para no odiar:/ al mundo que me desprecia,/ porque no aprendo a robar.../ Y entonces de rodillas,/ hecho sangre en los guijarros/ moriré con vos, ¡feliz, Señor!”

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