Iciar Recalde, septiembre 2018
Continúan puertas dentro de la
Argentina los ataques prolongados contra Francisco, tendientes a seguir
esmerilando al líder de la Iglesia Católica en el mundo entero, testigo de
Jesucristo y ferviente representante en la tierra de su legado: estar con los pobres,
con los que sufren, alzando su voz contra el hambre y el tráfico de la vida
humana, en defensa de la Tierra como casa de todos. A esos les cabe el mensaje
de Marcos: “En aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus
discípulos. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La
multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: ¿De dónde le viene esto? y
¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus
manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José,
Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros? Y se
escandalizaban a causa de él. Jesús les dijo: TODOS HONRAN A UN PROFETA, MENOS
LOS DE SU TIERRA, SUS PARIENTES Y LOS DE SU CASA.” (Marcos, 6)
A nosotros nos cabe la tarea
colectiva de integrar a la doctrina legada por Perón, los aportes de Laudatio,
Si y de Evangelii Gaudium y de continuar bregando porque el mensaje de
Francisco sea sustancia de la política del porvenir. Sin lugar a dudas, Francisco
es hoy, la más hermosa flor nacida del esfuerzo de seguir, de aquel entrañable
y desesperado ruego discepoliano: “¡Aullando entre relámpagos,/ perdido en la
tormenta/ de mi noche interminable,/ ¡Dios! busco tu nombre.../ No quiero que
tu rayo/ me enceguezca entre el horror,/ porque preciso luz/ para seguir.../
¿Lo que aprendí de tu mano/ no sirve para vivir?/ Yo siento que mi fe se
tambalea,/ que la gente mala, vive/ ¡Dios! mejor que yo.../ Si la vida es el
infierno/ y el honrao vive entre lágrimas,/ ¿cuál es el bien.../ del que lucha
en nombre tuyo,/ limpio, puro?... ¿para qué?.../ Si hoy la infamia da el
sendero/ y el amor mata en tu nombre,/ ¡Dios!, lo que has besao.../ El seguirte
es dar ventaja/ y el amarte sucumbir al mal./ No quiero abandonarte, yo,/
demuestra una vez sola/ que el traidor no vive impune,/ ¡Dios! para besarte.../
ENSÉÑAME UNA FLOR/ QUE HAYA NACIDO/ DEL ESFUERZO DE SEGUIRTE,/ ¡Dios! Para no
odiar:/ al mundo que me desprecia,/ porque no aprendo a robar.../ Y entonces de
rodillas,/ hecho sangre en los guijarros/ moriré con vos, ¡feliz, Señor!”