Eduardo J. Vior, septiembre 1918
En el documento de principios
publicado el pasado lunes 24 la República
Popular reiteró su peculiar adhesión al multilateralismo, su oferta de
acuerdo y su voluntad de alcanzar entendimientos mutuamente ventajosos. Por el
contrario, en su discurso ante la Asamblea General de la ONU, el pasado martes
25, Donald Trump acusó a China de
prácticas comerciales “abusivas”. El conflicto comercial entre ambos
gigantes se agudiza y es difícil que sea resuelto antes de la planeada reunión
cumbre entre ambos presidentes el próximo 30 de noviembre en Buenos Aires.
“Muchas naciones de esta sala
estarán de acuerdo en que el sistema comercial mundial necesita un cambio con
urgencia”, ha insistido Trump el martes en Nueva York, criticando en particular
las políticas comerciales de China. Así, aunque el líder estadounidense ha
asegurado que tiene “mucho respeto y cariño” a su “amigo” el presidente de
China, Xi Jinping, ha afirmado que el desequilibrio comercial entre sus países
“no es aceptable”.
Un día antes, el 24 de
septiembre, China publicó un Libro
Blanco (documento de principio sobre política internacional) sobre sus
relaciones económicas y comerciales con EE.UU. en el que defiende su posición
en el conflicto comercial que confronta a ambos países y propone soluciones
mutuamente ventajosas.
El documento, de 36 mil
caracteres chinos, incluye seis partes: la
cooperación económica y comercial beneficiosa para ambos países, los datos
duros de dichas relaciones, las prácticas protecionistas de Washington, su
hegemonismo comercial, los perjuicios que tal conducta acarrea a la economía
global y, finalmente, la posición de Beijing.
Según el Libro Blanco, China es el mayor país en desarrollo del mundo y
EE.UU. el mayor país desarrollado. Por consiguiente, sigue, “las relaciones
comerciales y económicas entre ambos son determinantes para el desarrollo de la
economía mundial.” Como los dos países están en diferentes estadios de
desarrollo –continúa el documento-, es natural que tengan algunas disputas.
“Sin embargo, sostiene, la clave reside en aumentar la confianza recíproca,
promover la cooperación y saber encarar las diferencias.” Para ello, se afirma,
en los últimos 40 años ambos estados hicieron enormes esfuerzos, para impulsar sus
relaciones y superar los obstáculos.
Sin embargo, al proclamar la
consigna de “America first!”, el gobierno norteamericano que asumió en enero de
2017 ha abandonado las normas fundamentales que deben orientar las relaciones
internacionales, dice la publicación.
“Además, acusa, la parte norteamericana pregona el unilateralismo, el
proteccionismo y la hegemonía, haciendo acusaciones falsas contra países y
regiones, particularmente contra China, a la que intenta imponer sus
intereses mediante una presión extrema.”
El Libro Blanco enfatiza que
China responde desde la perspectiva de los intereses comunes de ambas partes,
así como pensando en el necesario orden del comercio mundial, observando el
principio de resolver las disputas a través del diálogo y respondiendo a las
preocupaciones de los Estados Unidos con paciencia y buena fe.
No obstante, finaliza el
documento, “como resultado de los actos
unilaterales y las provocaciones estadounidenses, la fricción entre los dos
lados se agravó, causando daños serios a las relaciones entre ambos países
y representando una amenaza grave para el comercio mundial.”
Al desencadenar la guerra
comercial, Donald Trump aplicó su conocida táctica de amedrentar a su
adversario, para obligarlo a negociar bajo sus condiciones. Sin embargo, más
allá de que la República Popular no se deja asustar fácilmente, el gobierno
norteamericano no ha contado con el efecto adverso que sus bravuconadas pueden
tener sobre la clase media china.
El surgimiento en los últimos 40 años de una clase media, hoy estimada en
unos 400 millones de personas, es uno de los mayores logros de la política de
reformas del Partido Comunista Chino (PCCh). El sostenimiento y la
ampliación de esta capa social, incorporándole nuevas camadas provenientes de
las clases trabajadoras, es uno de sus objetivos estratégicos centrales.
Debido, entre otros factores,
a las sanciones comerciales norteamericanas, las acciones de las empresas chinas han perdido desde enero pasado el
24% de su valor y el yuan se ha devaluado en 10% desde las primeras medidas de
Trump en abril pasado. También se está extendiendo el miedo a que
eventuales movimientos bruscos de capitales desinflen la burbuja inmobiliaria
en las grandes metrópolis y afecten incluso a ciudades menores.
Durante la primera presidencia
de Xi Jinping (2012-17) su lucha contra
la corrupción, su política medioambiental y la reforma de las fuerzas armadas
le habían ganado muchas simpatías, pero en años recientes el ralentamiento
del crecimiento económico, denuncias de corrupción, la degradación ambiental y
escándalos por la falta de controles de medicamentos y alimentos habían
provocado un creciente descontento de la clase media. Asimismo, la decisión del 19º Congreso del PCCh, en
octubre pasado, de permitir la reelección ilimitada del presidente le había
alienado la simpatía de estos sectores.
Por el contrario, las recientes sanciones norteamericanas han
despertado en la población el miedo a la intromisión extranjera, una
sensación dolorosamente vivaz en un pueblo que recuerda con horror el
colonialismo extranjero entre 1842 y 1949. También, la reciente aprobación en
el Congreso norteamericano de una ley que vuelve a normalizar las visitas
oficiales entre EE.UU. y Taiwán, avivó el miedo generalizado a una agresión
extranjera.
Para contrarrestar las
sanciones económicas, el gobierno ha tomado medidas vigorosas para activar el
consumo interno, ha dispuesto nuevos
mecanismos de crédito a las pymes e incrementado las importaciones. También
está intensificando la cooperación con Rusia, Canadá, Japón y la Unión Europea,
entre otros.
Muchos chinos están vivamente
convencidos de que la desaparición de la
Unión Soviética en 1991 y la parálisis de la economía japonesa entre 1990 y
2010 se debieron a la intromisión estadounidense. Que teman maniobras
similares contra China es absolutamente comprensible. La incapacidad
norteamericana para avizorar la reacción nacionalista que sus medidas pueden
provocar da al gobierno chino la carta de triunfo.
El próximo 30 de noviembre Xi Jinping y Donald Trump
se reunirán en Buenos Aires, 24 días después de las elecciones de medio término
en Estados Unidos. No es de esperar que antes del comicio tome ninguna
decisión trascendente en política económica y después el plazo será muy breve,
para llegar a un acuerdo duradero. Hay demasiadas variables en juego que no
permiten prever cómo se repartirán después las áreas de influencia entre las
dos capitales. Más vale ser prudente y no apresurarse.