sábado, 29 de septiembre de 2018

Homero Manzi


Iciar Recalde, septiembre 2018

Discépolo decía que Manzi era el poeta de las cosas que se fueron y tenía razón: así como Manzi arroja una mirada nostálgica al pasado por desesperación ante un presente doloroso, Discépolo lanza una mirada desesperada sobre el presente por desesperación de un pasado en el que la ilusión era posible (“Vamos, que todo duele, viejo Discepolín...”).

La mirada poética de Manzi pocas veces estuvo tendida hacia el presente, de alguna manera éste prefirió reservarlo para su militancia (radical, forjista, peronista) y su tarea intelectual (sus conferencias y artículos periodísticos). Sobre esta “escisión”, sin embargo, se advierte siempre una misma voluntad de expresar lo nacional y popular. Su poética se construye sobre el contraste entre el pasado que se rescata y el presente insoportable del poeta, del hombre que había querido hacerse un lugar en la república de las letras y que luego advirtió que ésta no existía, que era una mera excusa de intelectuales sin Patria ni bandera. Del hombre que entonces se decidió renunciar a ser un hombre de letras y hacer letras para los hombres. Aún pesa una enorme deuda con uno de los artistas más sensibles y acabados que dio el país, quien llevó formas estéticas consideradas “menores” por la cultura liberal (cientos de tangos, milongas, valses, canciones nativas…) a los niveles de más alta calidad estética y valor expresivo que conoce la literatura argentina: “Alguna vez, alguien que sea dueño de fuerzas geniales, tendrá que realizar el ensayo de la influencia de lo popular en el destino de nuestra América, para, recién entonces, poder tener nosotros la noción admirativa de lo que somos. Esta pobre América que tenía su cultura y que estaba realizando tal vez en dorado fracaso, su propia historia (...) Nuestra pobre América que comenzó a correr en una pista desconocida, detrás de metas ajenas y cargando quince siglos de desventajas. (…) Nuestra pobre América a la que parecía no corresponderle otro destino que el de la imitación irredenta. (…) Para qué nuestra música? ¿Para qué nuestros Dioses? ¿Para qué nuestras telas? ¿Para qué nuestra ciencia? ¿Para qué nuestro vino? Todo lo que cruzaba el mar era mejor y, cuando no teníamos salvación, apareció lo popular para salvarnos. Instituto del pueblo. Creación de pueblo. Tenacidad de pueblo. (…) Mientras tanto, lo antipopular, es decir lo culto, es decir lo perfecto rechazando todo lo propio y aceptando todo lo ajeno, trababa esa esperanza de ser, que es el destino triunfador de América. Por eso yo, ante ese drama de ser hombre del mundo, de ser hombre de América, de ser hombre argentino, me he impuesto la tarea de amar todo lo que nace del pueblo, todo lo que llega al pueblo, todo lo que escucha el pueblo.” (1948)


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