Iciar Recalde, septiembre
2018
Discépolo decía que Manzi
era el poeta de las cosas que se fueron y tenía razón: así como Manzi arroja
una mirada nostálgica al pasado por desesperación ante un presente doloroso,
Discépolo lanza una mirada desesperada sobre el presente por desesperación de
un pasado en el que la ilusión era posible (“Vamos, que todo duele, viejo
Discepolín...”).
La mirada poética de Manzi
pocas veces estuvo tendida hacia el presente, de alguna manera éste prefirió
reservarlo para su militancia (radical, forjista,
peronista) y su tarea intelectual (sus conferencias y artículos periodísticos).
Sobre esta “escisión”, sin embargo, se advierte siempre una misma voluntad de
expresar lo nacional y popular. Su
poética se construye sobre el contraste entre el pasado que se rescata y el
presente insoportable del poeta, del hombre que había querido hacerse un
lugar en la república de las letras y que luego advirtió que ésta no existía,
que era una mera excusa de intelectuales sin Patria ni bandera. Del hombre que
entonces se decidió renunciar a ser un hombre de letras y hacer letras para los
hombres. Aún pesa una enorme deuda con uno de los artistas más sensibles y acabados
que dio el país, quien llevó formas estéticas consideradas “menores” por la
cultura liberal (cientos de tangos, milongas, valses, canciones nativas…) a los
niveles de más alta calidad estética y valor expresivo que conoce la literatura
argentina: “Alguna vez, alguien que sea dueño de fuerzas geniales, tendrá que
realizar el ensayo de la influencia de lo popular en el destino de nuestra
América, para, recién entonces, poder tener nosotros la noción admirativa de lo
que somos. Esta pobre América que tenía su cultura y que estaba realizando tal
vez en dorado fracaso, su propia historia (...) Nuestra pobre América que
comenzó a correr en una pista desconocida, detrás de metas ajenas y cargando
quince siglos de desventajas. (…) Nuestra pobre América a la que parecía no
corresponderle otro destino que el de la imitación irredenta. (…) Para qué
nuestra música? ¿Para qué nuestros Dioses? ¿Para qué nuestras telas? ¿Para qué
nuestra ciencia? ¿Para qué nuestro vino? Todo lo que cruzaba el mar era mejor
y, cuando no teníamos salvación, apareció lo popular para salvarnos. Instituto
del pueblo. Creación de pueblo. Tenacidad de pueblo. (…) Mientras tanto, lo
antipopular, es decir lo culto, es decir lo perfecto rechazando todo lo propio
y aceptando todo lo ajeno, trababa esa esperanza de ser, que es el destino
triunfador de América. Por eso yo, ante ese drama de ser hombre del mundo, de
ser hombre de América, de ser hombre argentino, me he impuesto la tarea de amar
todo lo que nace del pueblo, todo lo que llega al pueblo, todo lo que escucha
el pueblo.” (1948)