29 de septiembre de 2018
El plan económico del FMI tiene como exclusiva
finalidad evitar el default antes de las elecciones de 2019 para darle
alguna oportunidad al oficialismo de sostenerse en el poder. Mauricio Macri
apuesta su futuro a esa estrategia cueste lo que cueste, pidan lo que le pidan.
Cirugía mayor sin anestesia, como decía Carlos Menem. Si hay que cortar la
tarifa social del gas mientras siguen los tarifazos y aumenta la pobreza se la
corta. Si hay que despedir empleados públicos se despiden. Si hay que bajar la
obra pública a niveles mínimos aunque ello multiplique los despidos en la
construcción se la baja. Si hay que soportar una recesión demoledora de
empresas, trabajadores, consumidores, inversiones se la soporta. Si hay que
alcanzar el déficit cero hasta eliminando pensiones por invalidez se alcanza.
Si hay que congelar la base monetaria aunque se disparen las tasas de interés
se la congela. Si hay que devaluar se devalúa. Si hay que someterse a un shock
inflacionario por la escalada del dólar se somete. Al presidente no le importa si Christine Lagarde se apropia de la
bandera argentina para dar los anuncios desde Nueva York. No le importa si
tiene que pedir que los argentinos se enamoren de la titular del FMI. Desde el
día que advirtió que la corrida cambiaria lo ponía contra las cuerdas se lanzó
sin represión a los brazos del Fondo Monetario, de Donald Trump, de Angela
Merkel, de cualquiera que pudiera rescatarlo de una situación que evaluó como
terminal y que no podía resolver con su mejor equipo en 50 años. Solo agravó
las cosas, y será todavía peor.
Para entender
por qué el plan del FMI otra vez no va a funcionar alcanza con releer el
párrafo anterior. Someter a las mayorías a graves pesares con la promesa de un
futuro brumoso es un fracaso en sí mismo y socialmente insostenible. Como una
olla a presión, el experimento terminará volando con cualquier detonante. En 2001 fue el corralito. La ruptura del
contrato social conducirá a la ingobernabilidad y al default que se quiere
evitar. Lo advirtieron esta semana voceros insospechados de heterodoxia,
como la agencia de riesgo Moody’s y los consultores Miguel Ángel Broda y Miguel
Bein. Pero conviene empezar con un rápido repaso de los últimos meses para
recuperar una mirada panorámica de cómo se llegó a esta situación. El primer acuerdo con el FMI debía ser un
cortafuego a la desconfianza en los mercados y restablecer el crédito externo y
la bicicleta financiera, las dos piernas con las que caminó el gobierno de
Cambiemos desde el 10 de diciembre de 2015 hasta que Wall Street y el JP Morgan se las mutilaron entre enero y abril. No
funcionó. Se fue Federico Sturzenegger,
el dólar llegó a 28 pesos, la tasa de interés avanzó al 40 por ciento, el
riesgo país pasó de 350 a 700 puntos. La desesperación creció. Se llegó al
punto de mojarle la oreja a la propia base electoral del oficialismo aceptando
la vuelta de las retenciones al campo, por más que el esquema haya sido ideado
contemplando su propia licuación por la suba del dólar. Un asesor directo de
Trump aseguró que el gobierno de Estados Unidos trabaja con el argentino en la
vuelta de la convertibilidad. Hubo una tibia y tardía desmentida. El
dólar llegó a 40 pesos, la tasa de interés al 60 por ciento, se aceptó pagar
una tasa del 7 por ciento en dólares para renovar Letes a seis meses. El
Gobierno empezó a ver qué había al final del famoso túnel de Gabriela Michetti.
Ni brotes verdes ni segundo semestre. El default a la vuelta de la esquina.
Nicolás Dujovne bajó la expectativa de una economía pujante a evitar una
megacrisis como la de 2001. Se involucró
a las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad interior. Se nombró al más
macrista de los ministros de la Corte al frente del tribunal. Se degradó a
medio gabinete, incluidos los ministerios de Salud, Trabajo y Ciencia y Tecnología.
Las reservas del Banco Central cayeron en 15.000 millones de dólares, todo
lo que había prestado el Fondo Monetario el 22 de junio, en apenas tres meses.
Y entonces Macri habló un minuto y medio por youtube para anunciar que había
acordado con el organismo de crédito el adelantamiento de los desembolsos de
2020 y 2021 a 2018 y 2019. Era mentira. La negociación recién entonces iba a
comenzar. Wall Street tardó media hora en confirmarlo y desató una nueva
corrida, que esta vez empezó a impactar en el sistema bancario con el retiro de
depósitos en dólares de las entidades financieras. Se empezó a negociar la segunda versión del acuerdo con el Fondo
Monetario. Lo que exigió el FMI es tan extremo que no convenció ni al
presidente del Banco Central. Luis Caputo lo interpretó como un suicidio y
no esperó ni siquiera al anuncio oficial: renunció el día que Macri bailaba por
ayuda en Estados Unidos, en medio de un paro general. No quiso quedar pegado.
Asumió en su lugar el viceministro de Hacienda de una fuerza política que se
cortaba las venas por la independencia del Banco Central. El equipo económico
de Dujovne y Guido Sandleris anunció medidas tan descabelladas que Ricardo
López Murphy quedó como un poroto en la historia económica nacional con su
ajuste de 2001 que lo eyectó del Ministerio de Economía en apenas quince días.
A través de
los hechos se advierte que otra vez el objetivo del renovado convenio con el
FMI no es dar forma a un programa de crecimiento económico que garantice el
bienestar general y el repago de la deuda. Solo
busca convencer a inversores financieros que tienen una oportunidad para volver
a obtener rentas extraordinarias de un país que está dispuesto a todo, al menos
desde su Gobierno, para garantizar que la inversión sea segura, al menos por
unos meses. Es decir, el plan es volver al punto de partida: ganar tiempo
mediante la bicicleta financiera y, en el mejor de los casos para los objetivos
del oficialismo, con la emisión de deuda. ¿Cuánto puede durar? ¿El final puede
ser otro que el default? No. La única esperanza de Macri es que no le toque a
él, caiga quien caiga. La oposición hace cálculos desde la tribuna.
Las
inconsistencias de los anuncios de Sandleris de congelamiento de la base
monetaria hasta mediados de 2019 con una acumulación de inflación hasta
entonces de no menos de 35 puntos, con bandas cambiarias sugeridas e indexadas,
con las manos atadas para defender la moneda, con amortiguadores sociales
desvencijados, brotan por todos lados. Las marcan economistas de distintas corrientes,
de derecha a izquierda. El descontrol del tipo de cambio que ayer lo llevó a 42
pesos pero que en un mes nadie puede arriesgar a cuánto estará es un factor
potente de inestabilidad que impide recobrar una mínima confianza. ¿Cuál es el rumbo? ¿Cómo se garantiza que
puede funcionar? No hay explicaciones coherentes que permitan estabilizar la
nave. Si hasta Forbes comparó el plan del FMI y Macri con un viaje en el
Titanic. No hay un camino de salida. Solo se dibuja en el horizonte un recorrido amargo hacia el default.
Extraído de MOTOR ECONÓMICO