“La unidad espiritual y moral de
la América Ibérica surge de la gesta de su descubrimiento y de su conquista,
del ideal de libertad acariciado por sus precursores, de la acción de sus
guerreros y del pensamiento de sus estadistas a través de más de una centuria
de vida independiente. Ese ardiente y hondo sentimiento americano lo rubricó en
épicas campañas y en cien campos de batalla, la sangre de sus guerreros, en la
vasta extensión del continente”. (José María Sarobe – pp. 44)
Hace
poco tiempo publicamos en esta misma revista un artículo acerca de “Las problemáticas patagónicas en la visión del General
José María Sarobe, maestro de Perón”, en este artículo volvemos con el abordaje que
realiza el mismo General, pero en esta ocasión sobre su mirada en torno a la
problemática de la Patria Grande.
Jorge
Abelardo Ramos expresó hace varias décadas ya una frase que ha circulado no
casualmente largamente en la historia de la Gran Nación inconclusa, y entre los
que creemos que esa frustración no resulta definitiva sino más bien es donde se
juega “el destino de un Continente” y su pueblo. Afirmaba Ramos que “somos un país porque no pudimos integrar
una Nación y fuimos argentinos porque fracasamos en ser latinoamericanos. Aquí
se encierra nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá”.
Como
bien indica el investigador Carlos Piñeiro Iñíguez, las ideas de Sarobe son
centrales para comprender muchas partes del ideario del peronismo, y también
remarca que el autor de “Ibero-américa” en su estudio “toca todos los grandes temas del nacionalismo latinoamericano (…)
todos estos temas –en especial lo del continentalismo y la unión con Brasil-
serán esenciales para Perón, quien intenta de implementarlos al comienzo de su
gobierno y vuelve a la carga cinco años después, cuando cree que ha
tranquilizado y homogeneizado lo suficiente el frente interno como para
abordarlos con el necesario respaldo”.
En
la presentación de una conferencia de Sarobe en el Museo Social Argentino, la
comisión de juventud del mismo afirma que Sarobe “preconiza para su patria y América una política internacional acorde
con la tradición y en consonancia con el destino solidario del continente. Eleva
el problema, ante todo, al plano moral y aboga por el mantenimiento dentro de
los límites de la heredad americana, de un ambiente de sana confianza, de
relaciones intensas y de estrecha hermandad (…) Iberoamérica es la voz de fe en
el destino de estos pueblos”.
Sarobe
encuentra que la fundamentación de la unidad iberoamericana encuentra su raíz
no tanto en lo material, sino más bien en el plano espiritual, entendiendo que
los lazos se estrechan si pensamos en la tradición histórica y cultural
compartida, la lengua, el mestizaje, las creencias religiosas, etc. Sostiene
así que “aquí, en este continente, se
funden dos naciones imperiales, dos culturas, dos destinos, en una sola raza y
una única moral: la cristiana”.
El
General Sarobe realiza un largo recorrido indagando en las particularidades de
nuestra Patria Grande, y los elementos que nos permiten pensarla en unidad. De
esta forma se remonta al acontecimiento fundamental producido con la expansión
europea sobre América, interesa al General desde ya el avance español, afirma
al respecto que “la historia no consigna
un caso igual de la expansión de un pueblo con influencia más rápida y decisiva
en la vida de la humanidad”. Se produce así la “irrupción de América en la
historia”, y en este sentido considera que “había
surgido de la nada un mundo nuevo, destinado a equilibrar, en la sucesión de
los tiempos, en lo geográfico, en lo político, en lo económico, como en lo
espiritual, al mundo antiguo”. Realiza asimismo una crítica sobre la
denominada “leyenda negra”.
Analiza
el periodo de emancipación de nuestro continente (fija como fecha de inicio del
mismo 1810), poniendo de relevancia que es justamente un proceso de liberación en
toda la extensión de la Patria Grande, no de entidades separadas. Argumenta que
“esa simultaneidad en el pronunciamiento
y en la acción revelan –a despecho de las diferencias geográficas, de las
distancias enormes y de las modalidades regionales-, la existencia de una
sensibilidad política colectiva, fruto del genio de la raza en el inmenso
ámbito de América”. Se trata de todos los pueblos que tienen raíz
hispánica. Existe una confraternidad en nuestros pueblos, se apunta a la
concreción de objetivos comunes.
Se
observa la necesidad de sostener la unidad política en tanto mecanismo para
sostener la independencia de nuestra gran Patria. Esta emancipación de nuestra
región encuentra la posibilidad de conformar “una confederación de Estados de la misma raza, el mismo idioma, igual
religión y semejantes instituciones políticas”.
Destaca
Sarobe que mientras los héroes en otros continentes son conocidos por ser
conquistadores, aquí se da su contra-cara en tanto aparecen en nuestra historia
y conciencia como los libertadores. Éstos forjan a su vez una conciencia de
unidad, pues en la Patria Grande los pueblos “se sienten hijos de una gran familia, no importa que hayan nacido en
el norte, en el centro o en el sur del continente”.
Rescata
diferentes personajes de la historia que tuvieron un profundo sentido en torno
a la unidad continental. Así lo hace con Miranda, a quien considera un
precursor no sólo de la independencia del Norte de Sudamérica sino en torno a
la unión de todos los pueblos del Sur del Continente. A José de San Martín, “el prototipo del más hondo y ardiente
panamericanismo. Piensa, siente y obra como americano”. A Simón Bolívar
quien pone su genio y espada al servicio de la causa que se complementa con la
gesta sanmartiniana. A O’Higgins, a quien define como el más eminente de los
hijos del país trasandino. También rescata el papel de diversos pensadores y
estadistas.
Estos
grandes libertadores también han sembrado una moral, al mismo tiempo que un
ideal de liberación y autonomía de nuestros pueblos. Afirma Sarobe: “¡qué diferencia entre los conquistadores y
los libertadores de pueblos! Ambiciosos los primeros por adquirir dominio,
arrancar lauros por la fuerza de las armas, frenéticos de egolatría y
predominio; cumpliendo los segundos, la noble misión de redimir pueblos,
actuando como campeones de la libertad, la justicia y el derecho”.
En
relación a San Martín y Bolívar, los destaca como parte de un mismo proyecto de
emancipación y unidad continental. Resaltando los vínculos entre ambos
libertadores en base a la documentación que encuentra, llegando al momento
nodal de la mentada entrevista de Guayaquil considerando que “con esa actitud dan ellos, a la posteridad,
una lección imperecedera y fijan un rumbo preciso y cierto de relación de los
Estados Americanos”.
Producido
el proceso de emancipación del primer cuarto siglo XIX, la llama de la
revolución y la integración regional va calmando su fuego. Así “el ideal romántico de San Martín, el credo
ardiente de Bolívar se eclipsa en el espíritu de las generaciones
contemporáneas, deslumbradas y seducidas por los portentosos adelantos técnicos
de esta civilización materialista que ha estragado las buenas y sencillas
costumbres y corrompido la moral de los pueblos”. Se desatan luchas
intestinas, guerras civiles, el proceso de unidad se rompe en varios pedazos.
Se
produce así la balcanización sobre nuestro continente y se derrumba el proyecto
de una Patria Grande y unida. Esa segregación fortalece las fronteras de las
patrias chicas, y una conciencia que olvida el rastro del ideal emancipador de
integración de nuestros pueblos. Sarobe afirma que “Iberoamérica, de espaldas a su tradición y a su destino, se convirtió
en un conglomerado de Estados, de precaria personalidad internacional”. Así,
“la obra de los libertadores y
organizadores de las repúblicas hermanas, ha quedado trunca. Merecerán la gratitud
de la patria y de América, quienes coronen el pensamiento de los próceres y
virtualicen (sic) la unidad de los
Estados americanos y la realización de su grandioso destino universal”.
En
esta misma línea Sarobe argumenta acerca de la emergencia de un orden
dependiente, semi-colonial de nuestros países, afirmando que “la independencia política de un Estado es
un mito, como los hechos lo demuestran, cuando no descansa en la autonomía
económica. Ningún pueblo es libre si no explota sus bienes naturales”.
Sarobe
considera que resulta imperativo que este profundo proceso de desintegración de
nuestra Patria Grande sea revertido, y se avance en la senda de la cooperación
entre nuestros pueblos. Esa unidad es por tradición histórica y cultural, pero
también por necesidad de fortalecimiento, en tanto que “mientras más aparcelada esté América en pequeños y débiles Estados,
más fácil será el predominio político y económico a su costa y en desmedro de
su soberanía, por las tituladas grandes potencias”. Remarca asimismo el
sostenimiento por parte de Brasil de su integridad territorial.
Esta
subordinación a las potencias extranjeras debe ser transformada. Resulta
necesario para ello dejar atrás el primitivismo agroexportador, remarcando que
no importa que ese orden dependiente “satisfaga
al conveniencia de los terratenientes y latifundistas nacionales y haga la
delicia de las potencias industriales del mundo”. Por lo tanto es urgente
también la exploración, control y explotación de nuestros recursos naturales y
su desarrollo industrial.
El
General hace un llamado a la lucha por esa integración poniendo de relevancia
las bases donde se sustenta. Éstas van desde la igualdad jurídica en tanto no
hay naciones fuertes o débiles (aunque sabemos que en la práctica no es así),
el respeto soberano entre los diferentes estados, el arbitraje obligatorio en
relación a conflictos limítrofes que pudieran suscitarse de modo de no llegar a
conflictos armados, la estimulación de las relaciones entre los estados que
comparten fronteras en contraposición a la doctrina emanada del Norte de
América que pretende su tutela y dominio, hasta la política de cooperación
económica en virtud del logro de la unión aduanera, la profundización de las
comunicaciones ya sea terrestres, marítimas o aéreas, la idea del
reconocimiento de una “ciudadanía” común a nuestros países, y la profundización
del estudio y lazos culturales que nos plantean como una región con tradiciones
y una identidad compartida.
La
lectura del pasado resulta central no solo para comprender los hechos del
mismo, al mismo tiempo que el presente, sino también para apuntalar la
construcción de la identidad. En este sentido, piensa Sarobe que no hay una
historia argentina, boliviana, paraguaya, chilena, peruana, etc., sino que
todos somos parte de una misma historia y tradición común. Resulta difícil de
comprender la historia de las “patrias chicas”, sin la vinculación con una
óptica nuestroamericana.
En
términos más concretos para el avance de la unidad de nuestro continente, el
General considera que el eje donde debe asentarse la misma es en la integración
de Argentina con Brasil. A la cual debe sumarse también la amistad
argentino-chilena, tradición que viene de los tiempos de la emancipación,
sellada por el abrazo entre O’Higgins y San Martín.
Critica
la política de lo que denomina como “imperialismo
económico de los Estados más ricos”, los cuales tienen un “cortejo imperial de dominios, colonias y
mandatos”. Realiza una crítica asimismo al nacionalismo que procura
expandirse más allá de sus fronteras nacionales sojuzgando a otros pueblos. En
este esquema los países de nuestro continente que permanecen desunidos son “sometidos al predominio de los intereses
foráneos, sobrellevan por igual, impotentes, los perjuicios y dificultades
derivadas de los conflictos provocados por las grandes potencias”. Aboga
así por un neutralismo en los conflictos entre las potencias. También por estas
cuestiones es que debe plantearse una política de integración y cooperación
entre nuestros países.
La
unidad debe asentarse también tanto en el desarrollo industrial, en la
producción de bienes y manufacturas, en una política de integración comercial,
como en las ideas, en este sentido manifiesta que “la cooperación económica fortalece e integra la solidaridad espiritual
y política”. Considera en esta misma línea que “es inadmisible que el atraso de la industria en ciertos aspectos sea
tan grande, que obligue a recurrir al exterior para satisfacer elementales
exigencias de la actividad cotidiana, como ser para alambrar los campos,
embolsar los frutos del país, etc. Es inaceptable también que un pedazo de
cuerda, un balde, un pico, una pala y hasta un clavo llegue a ser artículo
suntuario por falta de producción nacional”. Piensa en la unión aduanera
progresiva entre nuestros países, comenzando por los países vecinos como el
caso argentino-chileno, y avanzar hacia los demás. Con Paraguay también resulta
central establecer una fusión aduanera, en tanto “completa la unidad geográfica y económica del Plata”.
De
esta forma, nuestro militar piensa en la integración latinoamericana
conjuntamente con el desarrollo de nuestra industria, y la ruptura de la
subordinación a las potencias. Sostiene más específicamente al respecto que “·es preciso industrializar la América
Ibérica, si se aspira a sacar a estos países de su estado colonial, salvándolos
de la dependencia material a que se hallan condenados en su condición actual”. Hay
que diagramar una planificación económica en base a las necesidades nacionales,
extendiendo y vinculándola a los demás países.
Es
necesario también el desarrollo económico de las diferentes materias primas en
virtud de satisfacer las necesidades de la industria del continente. Piensa
incluso en convenios de trueque de los excedentes de producción como puede ser
el trigo argentino, el cobre chileno o el caucho de Brasil. El caso de Bolivia
ofrece una complementación con la argentina a través de las riquezas naturales
de ambos, hay que revitalizar el camino del Alto Perú. Con las demás naciones
también se puede avanzar en la integración. Así, por ejemplo con Perú, Ecuador,
Colombia y Venezuela se puede establecer intercambios prósperos mejorando los
costos de transporte, al mismo tiempo que flexibilizando las trabas aduaneras.
Una situación similar se plantea para los países del Caribe y Centroamérica. Existen
factores, como se puede observar, que sirven como puntales donde asentar la
integración.
Propone
asimismo la profundización del desarrollo de la flota mercante del Estado
(creada hacía poco tiempo, en 1941 bajo el gobierno de Castillo), para que “sea una conquista definitiva en nuestro
comercio exterior y un instrumento al servicio de la política de cooperación
entre Estados americanos”. Este desarrollo económico es el que puede
garantizar la autonomía económica (y también industrial), y profundizar la
posibilidad de tener una defensa nacional óptima.
También
piensa el General en el papel que debe cumplir la educación, a través de la
cual se debe sostener una visión que forme a las “nuevas generaciones” no solo
en “el culto de los valores espirituales
de la nacionalidad propia, sino en la devoción de los grandes héroes de
América, para mantener incólume y vivo el sentimiento de la solidaridad
continental”. Propone en este sentido también la creación de una
universidad de la Patria Grande, para este acercamiento entre nuestras naciones
y para fortalecer las bases de una comunidad continental. También aparece la
necesidad del estudio de las problemáticas del continente y la difusión
cultural ya sea a través de libros, cine, turismo, etc.
Como
se puede observar en estas líneas el General José María Sarobe considera que la
unidad de la Patria Grande encuentra diversos fundamentos desde los históricos,
vinculados a las tradiciones culturales, espirituales, hasta los materiales,
relacionados al desarrollo económico, a la capacidad de defensa, etc. Por eso
afirma que “unirse es la misión
perentoria y trascendente de América. Nunca, como ahora, fue tan imperativo ese
deber”.
