Juan Godoy para Revista MOVIMIENTO
“Para decidir nuestra actitud no debemos
levantar los ojos hacia el Norte, sino consultar nuestras propias posibilidades
y conveniencias” (Manuel Ugarte).
“El
mantenimiento de la neutralidad rigurosa y leal es, precisamente, la afirmación
primaria de la libertad, porque establecerá el hecho de que una voluntad propia
determina la conducta internacional de la República, y porque importará
mantener la posibilidad de la contracción de las naciones americanas
homogéneas, cuya reunión, exenta de la presencia de imperios dominantes,
constituirá la fuerza que ampare a cada una, y nos ayude a cumplir los fines
propios de esta Nación, que anunció al mundo una nueva forma de sociedad
humana, sin opresores ni oprimidos y sin exclusivismos de sangre ni de raza”
(Declaración FORJA).
“Nosotros no
discutimos hegemonías ni supremacías. Queremos trabajar en paz para nosotros
mismos y para nuestra posteridad. No ambicionamos sino lo justo: nuestra
independencia y nuestra soberanía. Por ellas lucharemos si es preciso. Por otras
causas, no” (Juan Perón).
El primer
exponente que tomamos es el gran latinoamericano Manuel Ugarte que, casi en soledad, sostiene una consecuente postura
neutral a lo largo de la Primera Guerra Mundial. Recordamos que en este
conflicto el gobierno yrigoyenista también sostiene en forma altiva dicho
posicionamiento. La prensa en su inmensa mayoría se define por uno u otro
bando, con excepciones como el diario radical La Época, o bien el caso de La
Unión, y el otro que nos interesa aquí particularmente: La Patria, dirigido
justamente por Manuel Ugarte. Se puede trazar un paralelismo entre esta
patriada del autor de Mi campaña hispanoamericana y la creación del periódico
Reconquista por parte de Raúl Scalabrini Ortiz en la Segunda Guerra Mundial,
que saca 41 números sosteniendo en alto la bandera de la neutralidad, afirmando
que “no hemos tomado partido en el asunto europeo, porque queremos tenerlo
únicamente en cosas del país”.
La Patria sale desde el 24 de noviembre de
1915 hasta el 15 de febrero de 1916. Son 70 números, en los cuales el
neutralismo es una de las cuestiones principales, aunque también se escribe de
otros temas. Las páginas del periódico terminan expresando la denuncia
sobre las potencias imperialistas y una suerte de programática en torno a la
resolución de la dependencia de nuestro país en base a la ruptura de la
estructura semi-colonial –es en estos artículos donde Ugarte, que mayormente se
ocupaba del imperialismo norteamericano, hace una profunda crítica al accionar
del imperialismo británico en nuestro país–, la unificación de la Patria Grande
y el avance en la industrialización. Acerca de este programa expresado en el
ideario de Ugarte en las páginas de dicho periódico, Norberto Galasso argumenta
que constituye en esos años “el programa más avanzado de esa Argentina
agraria”.
La cuestión es
abordada por Ugarte en ligazón a la cuestión por la soberanía nacional, fijando
que ese es el camino correcto para nuestra Nación, pues nuestro país “se
mantiene neutral y no quiere saber nada en los remolinos que provoca el conflicto
europeo; la Argentina ansía el buen acuerdo y la fraternidad con todos los
pueblos del mundo, pero la Argentina no tolera que la disminuyan o la depriman
porque tiene una tradición ininterrumpida de altivez”. Incluso el apresamiento,
en el marco de la guerra, por parte de Gran Bretaña del vapor argentino
Presidente Mitre no lleva a La Patria a romper la defensa de la neutralidad,
sosteniendo al respecto que “es intolerable que los pueblos que están en lucha
en Europa transporten la guerra a nuestro país, interrumpan nuestras
comunicaciones, molesten a nuestros nacionales, fiscalicen nuestra vida y
lleguen hasta atribuirse el derecho de arriar nuestra bandera”.
Ugarte liga la
cuestión de la neutralidad a una posición nacional soberana. Al fin y al cabo,
continúa desde las páginas de La Patria la lucha que lo mantuvo en pie toda su
vida: ver a la América Latina unida, libre de toda injerencia de los
imperialismos. De esta forma plantea el mantenimiento de relaciones cada vez
más amistosas y estrechas con los países latinoamericanos, en el sentido de una
alianza defensiva y ofensiva de cooperación mutua en el avance del desarrollo
de los países hermanos, y en la defensa del avance del imperialismo. Asimismo,
al mismo tiempo, afirma la independencia de las potencias imperiales que puedan
atentar contra la soberanía nacional de cualquiera de los países del continente
latinoamericano.
Quien fuera uno
de los embajadores del primer gobierno
de Perón, también toma consecuentemente la misma postura durante la Segunda
Guerra Mundial. En el marco de la primera contienda había aseverado: “cuando
estalló la guerra, fui hispanoamericano ante todo, (…) no me dejé desviar por
un drama dentro del cual nuestro continente sólo podía hacer el papel de
subordinado o de víctima, y lejos de creer, como muchos, que con la victoria de
uno de los dos bandos se acabaría la injusticia en el mundo, me enclaustré en
la neutralidad, renunciando a fáciles popularidades, para pensar sólo en
nuestra situación después del conflicto”. Este pensamiento que sostiene
Ugarte marca su derrotero y la profundización de su ideario. Miguel Barrios
comenta que “en el fragor de la defensa de su posición neutralista emergerá una
dimensión que no había sido explorada o agotada en su concepción continentalista:
su nacionalismo industrial, es decir, integra su neutralismo dentro de un
modelo latinoamericano de desarrollo industrial”.
El segundo caso
que tomamos aquí en relación a los fundamentos de la política neutralista es el
de la Fuerza de Orientación Radical de
la Joven Argentina (FORJA). Agrupación político-cultural que recordamos tuvo su
accionar desde junio de 1935 hasta la emergencia del peronismo en 1945, cuando
se desintegra. En este caso entonces nos referimos a la postura adoptada
durante la Segunda Guerra Mundial por los forjistas, que son un caso
emblemático en torno a la construcción de una posición nacional y a la adopción
de un criterio nacional para el abordaje de la realidad. Una mirada que pone en
primer lugar nuestros intereses. Recordamos que FORJA, como su sigla lo indica,
provenía del yrigoyenismo y fue adoptando un nacionalismo popular que lo llevó
a ser un importante influjo sobre el ideario peronista. El forjismo mantiene
una postura neutral, consecuente con la visión de ese yrigoyenismo que había
levantado la bandera del neutralismo, como ya mencionamos, y también se había
propuesto un Congreso de neutrales y negado a integrar la Liga de Naciones, en
tanto se pretendía dejar fuera a los vencidos –existe un libro de Alen Lascano
al respecto: Yrigoyen, Sandino y el panamericanismo. Manifiestan: “la
neutralidad es la única política auténticamente argentina y por eso solo FORJA
puede sostenerla”.
La neutralidad
aparece como una manifestación –la única posible– soberana. Se apunta a no embanderarse
fuera para lograr hacerlo adentro, en virtud de nuestros intereses y en función
de no dividirnos en el enfrentamiento de nuestros enemigos para la solución de
las problemáticas nacionales. En ese sentido, más allá de los intereses
individuales de los militantes forjistas por uno u otro bando, la adopción por
uno u otro bando estaba vedada como agrupación. Al igual que en el caso de
Ugarte, lo ligan a los intereses latinoamericanos: “esa empresa común de todas
las naciones de América oprimida, como lo fue en la hora heroica de su
surgimiento, que se realizará por la acción conjunta de los pueblos para el
cumplimiento de su destino libertador”. Jauretche, fiel a su estilo, se
pregunta: “¿qué puede interesarle a ellos, de uno y otro bando, la miseria de
los santiagueños o riojanos, si su alma es extraña a nuestro drama y están
absorbidos por el odio que desatan las brutalidades de los campos españoles?
Porque para muchos argentinos vale más la vida de cualquier marinero del mundo
que la del propio hermano”. En otra manifestación, los forjistas vuelven a
interpelar con otra pregunta-reflexión: “¿los argentinos somos zonzos? Gandhi
está con la libertad y la democracia, pero quiere que empiece por la India.
Empecemos aquí con los frigoríficos, los ferrocarriles, el comercio de
cereales, el servicio de luz y demás fuentes de nuestras riquezas nacionales,
que son las prendas de nuestra libertad. Ni las plutocracias, ni el
nazifascismo pelean por nosotros. Esta tarea es nuestra”. No hay
pronunciamientos en relación a la guerra por uno u otro bando, las
intervenciones son todas en la lógica y el esquema de la neutralidad.
El neutralismo
de los forjistas aparece por un lado como la única postura genuinamente
nacional, y por otro, como un pilar en el despertar de la conciencia nacional,
que como vimos está ligada a los pueblos de Nuestra América. Se trata de no
dejarse arrastrar, romper con el seguidismo de los conflictos extraños, ajenos
a nuestro interés como pueblo oprimido. Por eso insisten en que FORJA “lo
exhorta a usted a postergar sus preocupaciones personales y a dedicar
íntegramente sus pensamientos y voliciones a la formación de una conciencia
auténticamente argentina que pueda resistir a la presión de las diplomacias y
de las empresas extranjeras”.
El último caso que tomamos en este
recorrido es el de Juan Perón. En la referida posición neutral de la Argentina
en el conflicto mundial, el mismo se encuentra entre los que sostienen una
postura neutral –más allá del momento final al que también hicimos referencia.
Perón mismo afirmó que en relación a la política internacional “se había
seguido la política de neutralidad, completamente explicable, en este caso,
porque nuestra política neutralista tenía una tradición de cincuenta años”.
Este posicionamiento resulta estructural en el pensamiento del líder argentino,
lo que se corrobora en sus diferentes intervenciones a lo largo de su vida,
como en su accionar político.
Vale mencionar
que, como indica Carlos Escudé, “hacia
principios del año 1944, el derrocamiento del gobierno argentino era la
política oficial del gobierno de los Estados Unidos. La necesidad de lograrlo
era aceptada por los departamentos de Tesoro, Guerra y Estado”. Por su parte,
Juan Archibaldo Lanús afirma que, no obstante las presiones de fuerte
hostigamiento económico del gobierno norteamericano, el gobierno “mantuvo
inalterable una posición independiente en la formación de su política externa,
no negoció principios políticos por ventajas económicas ni renunció a sostener
una posición crítica frente a las pretensiones continentales que al parecer
inspiraban la política regional de los Estados Unidos”. Recordemos por el lado
norteamericano el accionar de Braden, y por el británico el de Sir David Kelly,
caracterizado como “el poder detrás del trono” –Jorge A. Ramos editó bajo el
mismo título la parte de sus memorias correspondiente a su accionar en nuestro
país entre 1942-1946– con fuerte influencia en el sector anglófilo de la
sociedad argentina, ya sea mediante intrigas, “colectas”, “fundaciones”, o bien
facilitando artículos para el diario La Nación o La Prensa. Se trata de esa
“política invisible” que refiere Scalabrini Ortiz. El peronismo bien puede
caracterizarse como nuestra revolución nacional contra esa dominación
semicolonial británica –acompañado de la obstaculización de la penetración de
otros imperios.
En relación al
posicionamiento internacional mencionado por Perón, más tarde hace referencia a
que “cuando se dice ‘la lucha de Oriente contra Occidente’, ‘el choque de dos
ideologías’, ‘el conflicto de la democracia y el totalitarismo’, y aun ‘la
guerra de dos imperialismos’, se busca involucrar a todos los países en los
bandos, para evitar que, al final, ésta sea una guerra como todas, en que dos
naciones dirimen entre sí y por la fuerza el choque de dos intereses”.
Muchos han querido ver en Perón a un
militar pro-nazi, fascista, o bien pro-británico, entre otros rótulos
premoldeados en que se lo ha querido encasillar, sin dar cuenta que resulta
–fruto de su profunda y diversa formación que lograr rearticular virtuosamente,
sin rechazar las ideas ajenas, pero no incorporándolas como absolutas, y con
los pies y la cabeza en función de la realidad nacional– un elemento original y
creativo, lo que va a sintetizar tanto en la doctrina que crea como en diversas
categorías –parte de la misma– como la tercera posición, o bien la Comunidad
Organizada, por ejemplo. Quizás en el análisis de los “pensadores
coloniales” la búsqueda del espejo ajeno se deba a no concebir que una idea
pueda emerger al margen de los centros que detentan el poder mundial. Mientras
la sociedad se divide mayormente en sectores aliadófilos o germanófilos, el
periodo que se abre con la revolución juniana bien puede caracterizarse en
parte como las diversas batallas –triunfantes– que el entonces coronel Perón
debe dar, tanto contra los sectores pronazis, como contra los sectores
aliadófilos. Él levanta una posición nacional –con la flexibilidad necesaria–
en defensa de los intereses de la Patria.
A esta defensa Perón la piensa tempranamente
a través del establecimiento de la unión sudamericana, partiendo de la alianza,
como núcleo básico de aglutinación, entre Argentina, Brasil y Chile (ABC).
“El signo de la Cruz del Sur puede ser la insignia de triunfo de los penates de
la América del hemisferio Austral. Ni Argentina ni Brasil ni Chile aisladas
pueden soñar con la unidad económica indispensable para enfrentar un destino de
grandeza. Unidos forman, sin embargo, la más formidable unidad a caballo sobre
los dos océanos de la civilización moderna. (…) Unidos seremos inconquistables;
separados, indefendibles”. Claro también que este posicionamiento no significa
no tener una política de defensa nacional, como lo expresa en forma rotunda
Perón en la inauguración de la cátedra de Defensa Nacional en la Universidad
Nacional de La Plata, en junio del 44, y la conformación de una doctrina de
guerra de “carácter defensivo”.
Se puede
establecer un vínculo entre este posicionamiento internacional de “no
intervención” y la emergencia de la noción de tercera posición, aunque, claro,
ésta rebasa por mucho a aquélla, ya que está pensada en un sentido integral
–queremos significar que no se reduce a la política internacional. El mismo
Perón se ocupó de aclarar este punto, en tanto la Tercera Posición no implica
una posición neutral frente a los problemas. Es más bien la solución o
alternativa propuesta por el peronismo que encuentra sus primeros esbozos en
una “tercera concepción” que Perón menciona en el famoso discurso en la bolsa
de agosto del 44 –incluso poco después a través del doctor Arce se plantea la
“no intervención” en la cuestión española– y luego se va conformando en forma
profunda y clara hacia 1947. Se trata de una concepción filosófico-política.
Desde ya no
significa que esté en el medio del individualismo y el colectivismo, en una
posición neutral o estática, sino más bien es dinámica, y la denomina tercera
por venir luego de la segunda. Decíamos que esta noción en parte deriva y
rebasa el posicionamiento en materia internacional, pues, como bien sostiene
Fermín Chávez, “la idea de que el hombre está sobre los sistemas constituye el
núcleo antropológico y filosófico de la Tercera Posición. Se trata del hombre
integral, rescatado de las filosofías naturalistas, sociobiologistas,
economicistas y materialistas dialécticas que reconocen como raíz el
pensamiento de la ilustración, por el cual la persona humana quedó parcialmente
vaciada, por exclusión de componentes sustanciales: las creencias, la fe, las
potencias no racionales, el sentido de lo sagrado. El justicialismo reconoce su
centro de irradiación en un hombre recuperado en la totalidad de su ser. Y se
proyecta de lo interno a lo externo como Tercera Posición humanista y
cristiana”.