martes, 9 de noviembre de 2010


América, no puedo escribir tu nombre sin morirme (1955)
por Manuel Scorza



América,
no puedo escribir tu nombre sin morirme.
Aunque aprendí de niño,
no me salen derechos los renglones;
a cada sílaba tropiezo con cadáveres,
detrás de cada letra encuentro un hombre ardiendo,
y no puedo ni cerrar la a
porque alguien grita como si se quedara dentro.

Vengo del Odio,
vengo del salto mortal de los balazos;
está mi corazón sudando pumas:
sólo oigo el zumbido de la pena.

Yo atravesé negras gargantas,
crucé calles de pobreza,
América, te conozco,
yo mismo tendí la cama
donde expiró mi vida vacía.

Yo tenía dieciocho años
yo vivía
en un pueblo pequeño,
oyendo el diálogo de musgo de las tardes,
pero pasó mi patria cojeando,
los ahogados empezaron a pedir más agua,
salían de mi boca escarabajos.
Sordo, oscuro, batracio, desterrado,
¡era yo quien humeaba en las cocinas!

¡Amargas tierras,
patrias de ceniza,
no me entra el corazón en traje de paloma!
¡Cuando veo la cara de este pueblo
hasta la vida me queda grande!
¡Pobre América!
En vano los poetas
deshojan ruiseñores.
No verán tu rostro mientras no se atrevan
a llamarte por tu nombre, ¡América mendiga,
América de los encarcelados,
América de los perseguidos,
América de los parientes pobres!
¡Nadie te verá si no deshacen
este nudo que tengo en la garganta!

Ernesto Guevara como patriota latinoamericano y teórico de la Revolución



Ernesto Guevara como patriota latinoamericano y teórico de la Revolución

Por: Maximiliano Molocznik


La obra intelectual y revolucionaria de Ernesto Guevara (1928-1967) si bien no se circunscribe a su estancia en Cuba, indudablemente está unida orgánicamente a la Revolución Cubana y a su raigambre internacionalista de la cual él ha sido su paradigma.
Norberto Galasso lo ha definido como un verdadero patriota latinoamericano y ha destrozado la fábula de su supuesto antiperonismo con una claridad meridiana “Resulta interesante, entonces, reflexionar desde cuando el Che se considera “patriota latinoamericano”, en que época se convierte al socialismo y cómo ensambla ambas cuestiones. Años atrás corrió la versión de que el Che había militado en el Partido Comunista de la Argentina. Es decir, se habría definido “marxista”, por así decir (Marx nos perdone por suponer que el partido de Victorio Codovilla difundía marxismo) y por consiguiente, resultaba declaradamente antiperonista, lo cual entroncaba con su salida de Argentina mientras gobernaba Perón (segundo viaje, 1953). Sin embargo, a medida que diversos biógrafos ahondaron en su vida se comprobó que esta tesis era falsa. El 14 de Julio de 1960, el Che declara: “Puedo decir con toda conciencia que jamás he estado vinculado al Partido Comunista, ni con los movimientos comunistas”. También resulta falsa la versión del antiperonismo del Che, como asimismo su abandono de la Argentina por razones políticas. No existe ninguna declaración, ni recuerdo, ni adhesión donde conste una definición de este tipo. Ahora, uno de sus biógrafos, Paco Ignacio Taibo II, reproduce la siguiente declaración del Che: “No tuve ninguna preocupación social en mi adolescencia y no tuve ninguna participación en las luchas políticas y estudiantiles de la Argentina”. Ni siquiera votó en las elecciones del 24 de Febrero de 1946 por faltarle unos meses de edad para alcanzar el derecho al sufragio”.
En toda su vida y su obra, Guevara se orientó a un intento permanente de acercarse con humildad y sin petulancia a los pueblos oprimidos de su América y del mundo. Veamos como lo explica él mismo: “Yo fui muchacho intelectualillo cuando estudiaba, aspirante a intelectualón cuando, ya médico, elegí una especialidad. Pero sólo aprendí a hablar en la Sierra. Allí adquirí un lenguaje elemental y directo, que no cubre nada, ni oculta nada, que no sirve para disfrazar sino para entenderse”. En otra oportunidad sostiene: “Debemos, entonces, empezar a borrar nuestros viejos conceptos y empezar a acercarnos cada vez más y cada vez más críticamente al pueblo. A mí me gusta mucho conversar con los obreros y los campesinos y voy los domingos a tal lado para ver tal cosa…Todo el mundo lo ha hecho. Pero lo ha hecho practicando la caridad y lo que nosotros tenemos que practicar hoy es la solidaridad. No debemos acercarnos al pueblo a decir: “Aquí estamos, venimos a darte la caridad de nuestra presencia, a enseñarte nuestra ciencia, a demostrarte tus errores, tu incultura, tu falta de conocimientos elementales, debemos ir con afán investigativo y con espíritu humilde, a aprender en la gran fuente de sabiduría que es el pueblo”.
Sería imposible -no es el objetivo de este artículo- reseñar la vida del Che, que cuenta por otra parte con excelentes biógrafos que han hecho brillantes trabajos de reconstrucción histórica.
Aquí nos conformaremos sólo con mencionar un aspecto que ha pasado curiosamente desapercibido para muchos de ellos: El Che además de ser un heroico revolucionario fue también un eximio teórico.
El Che atisbó y criticó el escolasticismo que ha frenado el desarrollo de la teoría marxista y las insuficiencias, en la construcción del socialismo, de aquellos que subestimaran la formación ético-ideológica. Hoy, después del derrumbe del llamado "socialismo real", encuentran su verificación desgraciadamente algo tarde aquellas insuficiencias.
Por eso, Armando Hart dice que al Che debe considerárselo como uno de los mayores precursores de la necesidad de cambios revolucionarios en el socialismo. Él vio desde el principio de la década del sesenta los problemas del socialismo como nadie los vio entonces.
Él se enfrentaba tanto a la hiperbolización de los estímulos materiales en la construcción de la sociedad socialista como a la burocratización. Un burócrata -define el Che- es “quien cierra la puerta de su oficina para que no entren los obreros y para que no se le escape el aire acondicionado”. Estaba, entonces, en defensa del marxismo, dado su convencimiento de las nefastas consecuencias que traerían ambas desviaciones.
La labor intelectual del Che se desplegó en muchos planos, desde las cuestiones referidas a la ética, la cultura, la gestación de un hombre nuevo , los problemas de la construcción del socialismo y el comunismo , la dictadura del proletariado , el papel del estado e innumerables cuestiones de carácter filosófico como la enajenación, la concepción materialista de la historia, etc.
En esta breve semblanza de su pensamiento teórico pondremos especial énfasis en su pensamiento económico, un aspecto muy rico de su producción y no tan estudiado. Este pensamiento fue borrado de la academia cubana a partir de 1970 al insertarse el país de lleno en la CAME (sovietización).
El Che distinguía claramente entre los partidarios del cálculo económico de origen soviético y sus propias ideas plasmadas en el Sistema Presupuestario de Financiamiento.
Este sistema fue el modo en que se organizó y funcionó la economía estatal cubana en el sector industrial en una fase temprana de la Revolución socialista Este sería uno de los pilares de su concepción del socialismo económico.
Es importante mencionar los cargos económicos detentados por el Che en su estancia en Cuba y desde dónde intentó aplicar sus ideas: 1. fue nombrado el 7 de Octubre de 1959, Jefe del Departamento de Industrialización del Instituto Nacional para la Reforma Agraria. 2. El 26 de Noviembre de 1959 fue designado Presidente del Banco Nacional de Cuba. 3. El 23 de febrero de 1961 fue designado Ministro de Industrias.
Tanto desde estos cargos públicos como desde la producción teórica, el Che defendió la idea de que la racionalidad del modelo económico debería estar dada por la racionalidad social del modelo en general.
Por ende, su modelo rompe con la falsa dicotomía determinista-voluntarista en la que se encontraba empantanada la discusión, en los primeros momentos de la revolución, sobre la transición al socialismo.
Al caracterizar al marxismo como un movimiento y considerar la idiosincrasia como una condición subjetiva de la economía, El Che arremete contra el cálculo económico al considerar que este imita al fetichismo del capitalismo, impide prácticas desalienantes y no refuerza la nueva moral.
Con una increíble lucidez plantea -en los años 60, no después de la caída del muro de Berlín- los contrasentidos de una economía soviética que, desde una fachada socialista, estaba retornando al capitalismo. En un prólogo de un libro (inédito) de Economía Política que Guevara escribía antes de morir decía “Se sabe desde viejo que es el ser social el que determina la conciencia y se conoce el papel de la superestructura; ahora asistimos a un fenómeno interesante, que no pretendemos haber descubierto pero sobre cuya importancia tratamos de profundizar: la interrelación de la estructura y la superestructura. Nuestra tesis es que los cambios producidos a raíz de la Nueva Política Económica (NEP) han calado tan hondo en la vida de la U.R.S.S que han marcado con su signo toda esta etapa. Y sus resultados son desalentadores: la superestructura capitalista fue influenciando cada vez en forma más marcada las relaciones de producción y los conflictos provocados por la hibridación que significó la NEP se están resolviendo hoy a favor de la superestructura: se está regresando al capitalismo”.
Sus críticas a la NEP de Lenin (si bien las justifica por el contexto histórico) apuntaban a mostrar cómo el incentivo material se había impuesto en el conjunto de las relaciones sociales. Eso es lo que él no quería que le sucediera a la economía cubana.
Otro rasgo de originalidad le permite distinguir el uso que se le pueden dar a las adquisiciones técnico-económicas del capitalismo para controlar y organizar la producción, del uso ideológico de las categorías de la economía política capitalista. Defiende con firmeza la idea de una planificación centralizada y sostiene la idea medular de que la economía cubana debiera desprenderse de la Ley de Valor para avanzar en la transición hacia el socialismo.
Otro tópico importante es su apuesta, en la economía de transición, por el trabajo como un deber social y por el trabajo voluntario como factor ideológico para el desarrollo económico y moral. Considera también que todo administrador debe ser, a la vez, un cuadro revolucionario.
Su vida, pensamiento y acción constituyen una de las más importantes expresiones de orgánica unidad dialéctica y de adecuada ponderación marxista en la utilización del arma de la crítica y la crítica de las armas.
Dueño de ejemplos morales que muy pocos pueden copiar, austero frente a todas las prebendas que podría haber utilizado estando en el poder, analítico y asceta, El Che se yergue, indudablemente como un paradigma del hombre total, del hombre nuevo por el que tanto luchó.
Dijo en una carta a José Medero Mestre, publicada en Marcha, Marzo de 1965 “Anteponer la ineficiencia capitalista con la eficiencia socialista en el manejo de la fábrica, es confundir deseo con realidad. Es en la distribución donde el socialismo alcanza ventajas indudables y en la planificación centralizada donde ha podido eliminar las desventajas de orden tecnológico y organizativo con el capitalismo. Tras la ruptura de la sociedad anterior se ha pretendido establecer la sociedad nueva como un híbrido: al hombre lobo de la sociedad de lobos, se lo reemplaza con otro género, que no tiene su impulso desesperado de robar a los semejantes, ya que la explotación del hombre por el hombre ha desaparecido (…) El individualismo como tal, de una persona sola en un medio, debe desaparecer en Cuba en un proceso paralelo al desarrollo de las formas económicas nuevas, va a ir naciendo el hombre nuevo, cuya imagen no está aún acabada, no podría estarlo”.
Cómo a tantos otros revolucionarios las clases dominantes han llevado a cabo con él un siniestro plan que consistió primero en desaparecerlo físicamente y segundo, tratar de “incorporarlo” a través del marketing de las industrias culturales del sistema, para presentárselo a los jóvenes de hoy como un “romántico”, un “idealista” o simplemente una foto en una remera.
Esta mitificación permite una versión “light” del Che al que se lo muestra siempre derrotado y al que se puede admirar, pero no seguir. Dependerá del estudio y del compromiso político que se rompa este estereotipo y que la figura de Guevara cobre el lugar que se merece como faro, teórico y práctico, de los revolucionarios latinoamericanos del siglo XXI.

Fuentes
Galasso, Norberto: El Che: Revolución Latinoamericana y Socialismo, Bs.As Ediciones del Pensamiento Nacional, 1997
Guevara, Ernesto: El socialismo y el hombre en Cuba. Obras. Casa de Las Américas. La Habana. 1970.
Guevara, Ernesto: Ideario político y filosófico del Che. Editora Política. La Habana. 1991.
Hart, Armando: Sobre el Che Guevara. En Casa de Las Américas. No.165. La Habana. Marzo-Abril de 1988.
Tablada, Carlos: El pensamiento económico de Ernesto Che Guevara., Bs.As, Nuestra América, 2005.
Martínez Heredia, Fernando: Che, el socialismo y el comunismo. Casa de Las Américas. La Habana. 1989.
Vuskovic, Pedro y Elgueta, Berlamino: Che Guevara en el presente de América Latina. Casa de las Américas. La Habana.1987
O Donnell, Pacho: Che: La vida por un mundo mejor, Bs.As, De bolsillo, 2005.

HOMENAJE A HAROLDO CONTI




ENCUENTRO HOMENAJE A HAROLDO CONTI
Del 19 al 24 de octubre
Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario

PANEL: “Haroldo Conti y su generación en el canon literario argentino”


Por ICIAR RECALDE


“(…) Si es cierto que los intelectuales son una capa intermedia, fluctuante, entre las clases que realmente gravitan, eso no evita que se esté con una u otra clase. La del intelectual es una ´situación última´, debe elegir y superar la duda. Y es preferible elegir siempre la realidad de nuestra gente, de nuestros problemas. Un intelectual que no comprende a su pueblo es una contradicción andante y el que comprendiéndolo no actúa tendrá un lugar en la antología del llanto, no en la historia viva de su tierra.” “Mensaje a los trabajadores y el Pueblo Argentino del 1º de mayo de 1968” de la CGTA, redactado por Rodolfo Walsh



Toda escritura de la historia sociocultural y política argentina, supone una determinada política de la memoria que apunta no sólo a examinar un pasado condenable o reivindicable, sino también, a dar cuenta de las repercusiones y la vigencia de aquel pasado en el presente como plataforma para la construcción de un modelo de futuro deseable. En el contexto actual de refundación de la identidad nacional y latinoamericana, el pueblo argentino se levanta paulatinamente y comienza a dar los primeros pasos en la búsqueda de su emancipación. Los debates en torno a nuestro pasado reciente continúan vigentes y reclaman su puesta al día, ya no desde la óptica que impuso durante años la lógica neoliberal sino, a través de la construcción de agendas de discusión propias. Recordar en la actualidad a Haroldo Conti, entonces, forma parte de una política de la escritura que viene dándose a través del rescate de figuras centrales de su generación, silenciadas por el aparato de la colonización pedagógica y sus intelectuales más o menos enajenados, que continúan glosando infortunadamente sus obras cuando no las relegan lisa y llanamente a ser letra muerta. A contrapelo de lo que las academias y los circuitos de discusión intelectual han sostenido y muchas veces continúan sosteniendo, creemos que el pensamiento y la escritura de Conti y sus disquisiciones en torno a cuál debía ser el rol del escritor y del intelectual en países subsidiarios como la Argentina, mantiene toda su vigencia en tanto las causas que lo promovieron siguen operando aún con más fuerza que la existente en su período de producción: dependencia económica, exclusión social, sometimiento cultural.
Las décadas del ´60 y del ´70 en Argentina fueron el período de mayor eclosión política de la historia de nuestro país, y se constituyeron como escenarios de los más importantes debates ideológicos y culturales de la historia nacional, en los que la cuestión del rol del intelectual fue preeminente y la política como dadora de sentido de las prácticas intelectuales, comenzó a ponerse en el centro de la discusión. Obviamente, es necesario aclarar, que la cuestión de la política como dadora de sentido de las prácticas intelectuales nunca perdió su valor, en tanto la autonomía del intelectual constituye un mito reaccionario que tiñe el verdadero estado de la cuestión: no existen intelectuales autónomos de algún proyecto político o de determinada ideología, sino que existe en la actualidad, la autonomía de la política en términos de cambio social para las mayorías. A lo sumo, el intelectual puede ser autónomo en términos de no organicidad a determinado partido o movimiento político pero siempre está, de manera consciente o indeliberadamente, vinculado con algún proyecto en la medida en que opera en instituciones, diarios, editoriales y/ o medios de comunicación. El tinte del debate que comienza a darse, dictadura de por medio, tras la apertura democrática en la década del ´80, que tiñe radicalmente los debates durante los ´90, instauró la idea de la autonomía intelectual con una envergadura que aún en la actualidad posibilita que, por ejemplo, en las universidades públicas, usinas de producción del saber social al servicio de la comunidad, los intelectuales formadores de los futuros profesionales lo hagan bajo el prisma neoliberal y/ o progresista con agendas de espaldas al país real. Asimismo, instaló la idea de que figuras tales como Haroldo Conti, escritor, intelectual y militante político, habían sido canibalizadas por la política, fruto de una historia violenta que había enarbolado las banderas del culto a la muerte y el antiintelectualismo. Culto a la muerte se denominó en retórica liberal, a la lucha de un pueblo contra un modelo de sociedad genocida planificado por los sectores dominantes nacionales en conformidad con los organismos multilaterales de crédito que sortearon el patrimonio nacional a costa de la sangre derramada de toda una generación militante. Antiintelectualismo, se utilizó para designar al período de mayor esplendor cultural de nuestro país, donde se desarrollaron por primera vez, teorías nacionales al calor de las experiencias y de las luchas sociales y donde la intervención en la realidad pasó a ocupar el centro de la escena y de las prácticas intelectuales, a través de la militancia en periódicos y agencias de prensa, la creación de editoriales, revistas de cultura, teatros populares, planes de alfabetización, bibliotecas públicas, etc. Los cambios operados por los intelectuales en este período fueron cambios analogables a los experimentados por los obreros, los villeros, los médicos o los abogados, a secas, en la subjetividad de vastas zonas de una generación al calor de las nuevas estéticas, el sindicalismo combativo, la experiencia cubana, la nueva izquierda, el Movimiento de los Sacerdotes del Tercermundo, la ética revolucionaria y por sobre todas las cosas, creemos, experimentando lo que habían sido las políticas sociales, culturales y de redistribución de la riqueza inauguradas durante las dos primeras gestiones de gobierno peronista y suprimidas violentamente en el año 1955. En este sentido, el proceso de concientización de los escritores -oriundos de la clase media formada históricamente en una educación de tipo liberal- los lleva al descubrimiento de la literatura nacional hacia 1960, como asimismo, a indagar las condiciones reales del país y a vincularse, más o menos orgánicamente, a los movimientos de liberación nacional. Así como suele describirse con justeza para explicar las contradicciones propias del intelectual argentino, el viraje operado en figuras como la Rodolfo Walsh, desde su militancia en la Alianza Libertadora Nacionalista a su condición de combatiente de Montoneros, y paralelamente, de una formación literaria elitista a la proyección de un tipo de literatura que destruyó su tradicional divorcio con el periodismo, puede examinarse el itinerario contiano a través de dos, entre otros posibles, recorridos bien representativos en términos simbólicos del viraje operado en su conciencia de escritor y en su práctica como intelectual.
En primer lugar, en el recorrido que va de la publicación de un adelanto de su primera novela aun inédita, Sudeste, en la liberal Sur en el año 1962, a la edición de su última novela, Mascaró, el cazador americano, en simultáneo por Casa de las Américas en la Habana y por Crisis en Buenos Aires en el año 1975. Esto es, dos contextos de edición, selección y consagración diametralmente opuestos que en términos simbólicos e ideológicos, hablan por sí mismos.
En segundo lugar, respecto a su rol como periodista y analista de la cultura, en el recorrido que nos lleva de su práctica más bien conservadora en términos artísticos pero además ideológicos, como crítico cinematográfico en las páginas del Boletín del Instituto Amigos del Libro Argentino a mediados de la década de 1950, hasta su participación como intelectual revolucionario en la revista Crisis en los primeros `70.
Vale aclarar que por una cuestión de extensión, interesará atender en las páginas que siguen menos a las derivaciones de estos recorridos o a sus tensiones constitutivas conocidas en general por todos nosotros, al menos en relación a la asunción de Conti como escritor comprometido, que a sus puntos de partida, ilustrativos del modo de ver y experimentar la literatura, la cultura y el modelo social de gran parte de la generación de escritores que ingresa a la literatura y a la vida política del país en los ’60. Retomamos esta cuestión a continuación.



Primer itinerario: de Sur a Casa de las Américas
Es un dato interesante que suele consignarse muy al pasar en las lecturas de la primera novela de Conti, el concerniente a sus vinculaciones con la revista Sur y consecuentemente a la visibilidad –aunque fragmentaria: de un nombre, de un nuevo escritor- que la novela obtuvo antes de su primera edición en una de las revistas más prestigiosas de la intelectualidad liberal porteña. En el número 279, correspondiente a los meses de noviembre-diciembre del año 1962 –paralelamente a la fecha de pie de imprenta de la novela-, Sur publica en sus páginas un adelanto de Sudeste con autorización de la editorial Fabril. Para este período, la publicación organizaba el material en tres secciones independientes: “Sumario”, “Crónicas y notas” y “Teatro.” “Sumario”, reunía artículos sobre literatura, textos literarios y notas sobre teoría social, teoría literaria y filosofía. Aquí aparece el fragmento de la novela de Conti, junto a textos de Sartre, Llinás y Calvetti. Asimismo, en los tres números posteriores, en la sección “Últimos libros recibidos”, se consigna la edición de Sudeste en el mercado editorial porteño y en el número siguiente, se publica una de las primeras reseñas interesadas en la obra: “Haroldo Conti: Sudeste” de Oscar Hermes Villordo, escritor, periodista y biógrafo de algunas figuras centrales de la franja liberal del campo literario argentino. Ahora bien, antes de referirnos al lugar de Conti en Sur, es necesario indagar aunque más no sea brevemente, por qué este dato de comienzos ha pasado en general desapercibido para la crítica interesada en Conti. En este sentido, el interés en torno a su figura y a su literatura ha dado relevancia a los aspectos biográficos que tendieron a configurar la imagen monolítica del escritor desaparecido, víctima del genocidio estatal, estrechamente vinculada con la ética del compromiso, que se tornó predominante en la crítica de las décadas del ´80 y de principios de los ´90. En general, los escritos que conforman esta copiosa línea de trabajo, forzaron la entrada de los textos contianos en moldes preconcebidos y fijados de antemano por las vicisitudes de la violencia política nacional, opacando la complejidad de un proyecto creador rico en matices y de una práctica intelectual no exenta de contradicciones y conflictos. Creemos que el acontecimiento de la desaparición forma parte del denominado archivo Conti como totalidad razonada de documentos y textos interesados por el autor o rubricados con su firma, ya se trate de su vida privada o pública, de sus compañeros o de sus herederos, de los intercambios personales o literarios, de las correspondencias, deliberaciones o decisiones político-institucionales, etc., pero considerado globalmente en relación a su proyecto creador, tal como se logró a través de algunos trabajos que, sobre todo a mediados de la década de 1990, dieron relevancia a los aspectos literarios de Conti, momento en que su figura pero también su literatura, cobraron una importancia mucho mayor que en el período previo (recordemos que durante esta década Emecé editó su Obra Completa). Sin embargo, el interés por la “figura” del escritor continuó excediendo en gran medida los protocolos críticos. Al respecto, en la Historia de la literatura argentina dirigida por Noé Jitrik, el acotado espacio dedicado a Conti –dentro, además, de un trabajo sobre regionalismo - estuvo a cargo de Néstor Restivo, periodista cuyos trabajos se circunscriben sobre todo a la centralidad de la biografía del autor y no a su obra literaria , cuando podría haber sido encomendado a figuras especializadas en Conti como Romano, Goloboff o Premat. Esto es, para el crítico literario, la figura de Conti como escritor desaparecido es aún un problema a resolver, cuando más que iluminar su obra suele oscurecerla, dando lugar a ciertas lecturas selectivas que, o bien olvidan la literatura o bien parecen indicar que ya no existe más para decir sobre la misma y que, por el contrario, lo único que puede seguir construyéndose es el relato sobre su vida, confiscando su pasado, recuperando anécdotas, reduciendo su obra al glosario de nombres y fechas que conforman su producción. De este modo, la singularidad propia de cualquier relato se convierte en partícipe de una memoria colectiva que, por medio de relatos más o menos pasionales, más o menos amigables, se lee como un modo sincero de reconocer lo hecho sin hablar del producto literario. El homenaje y la conmemoración son formas de la memoria, siempre y cuando no conlleven en su puesta en escena otro olvido. En definitiva: un olvido del conjunto por medio del recuerdo fragmentado de una literatura escrita sobre la memoria que se escurre a través del paso del tiempo y que silencia las contradicciones típicas de un escritor inserto en la periferia. Hecha esta salvedad y retomando el hilo de la argumentación previa, nos preguntamos: ¿a través de qué protocolos críticos Sur lee a Conti y de qué manera lo proyecta en el mapa de la literatura argentina y por qué? En principio, los fragmentos que se publican de Sudeste representan uno de los momentos más “dinámicos” de la novela, donde aparecen nuevos personajes y se suceden sin parar acciones de lo más variadas (se trata del encuentro del Boga con el Cabecita y el perro). Sospechamos que esta elección tiene que ver con la disputa más o menos sorda que recorre las páginas de la revista desde los años `30 en torno, precisamente, de la novela de acciones, intriga o trama versus la novela psicológica (Borges y Bioy Casares versus Mallea, digamos). Por su parte, caracterizada por la ausencia de fundamentación que sostiene sus argumentos, la reseña de Villordo se debate entre unos pocos elogios mitigados por reiterados desencantos. En función de lo expresado por el crítico, Sudeste debería haber sido un relato, una nouvelle y no una novela en sentido estricto. Ésta incluiría “dramas” que Conti ha tenido en cuenta muy avanzada la narración, de los que no recibimos fundamentación precisa. Simultáneamente, se señalan desajustes en relación al estilo. Algo similar sucederá en cuanto al narrador. A pesar de la inseguridad del que narra, Sudeste, en principio, alienta la lectura, sobre todo en relación a su “estilo preciso”. Sin embargo, se cae estrepitosamente en un nuevo desencanto: Villordo está pensando Sudeste en sentido más bien dicotómico, esto es: hay un paisaje de fondo para personajes que se demoran en devenir en actantes y la acción aplazada en la novela se explica por las limitaciones que Conti ha tenido para calcular la extensión. Los juicios del crítico, no vienen acompañados de explicaciones, más de las que pueden inferirse en relación a su propia concepción de la novela como proporción justa entre anécdota y paisaje, entre narración y carga poética, no lograda por Conti en las páginas de Sudeste. La apuesta fuerte de la reseña tiene que ver con excluir a Conti de ciertas estéticas que la propia revista rechaza. Por un lado, un tipo de literatura existencialista de la que juzgaría, proviene el autor de Sudeste, pero de la que paulatinamente se ha apartado, y por otro, la novela sociológica, tras el argumento de que es “sólo tema de moda”. El denominado aprendiz de novelista, será ubicado por Sur entre los últimos escritores de auténtico valor aparecidos en el período. El vaciamiento que esta lectura realiza respecto a la materialidad de lo social inscripta en Sudeste, como asimismo, los juicios condenatorios que se enumeran, ponen en escena una concepción de lo literario extremadamente selectiva desde donde Sur lee a Conti. Sin embargo, la revista se encarga de darlo a conocer en el campo literario nacional en un período, recordemos, de pérdida de su hegemonía que conlleva el trazado de ciertas estrategias de apertura e inclusión que auspician la presencia de nuevos intelectuales y escritores. Este texto crítico de comienzos, será el primero y el único dedicado a Conti, cuyos libros siquiera aparecerán en los años subsiguientes en la sección dedicada a consignar las copiosas novedades editoriales del mercado del libro porteño. El posterior y terminante silencio de Sur respecto a Conti tendrá su razón de ser, ya lo adelantamos, en la polarización ideológica que acontece en el período comprendido entre los años `60 y `70 en el campo literario e intelectual nacional, como asimismo, en lo referente al reposicionamiento del escritor en torno a la literatura pero además, a la política del compromiso y a su asunción como intelectual revolucionario, ya en los años ´70 para la etapa en que edita su última novela Casa de las Américas. El pasaje material de contextos de producción, legitimación y edición extremadamente contrapuestos en términos ideológicos y además estéticos, ilustra de manera acabada el itinerario contiano y funciona como parteaguas en la historia de la cultura argentina en su conjunto: sus libros viajan desde el circuito porteño intelectual colonizado hacia el mayor espacio dador de legitimidad cultural del período para la zona del campo literario a la que pertenece Conti: la Cuba liberada, foco irradiador de una literatura latinoamericana y de un tipo de crítica descolonizadora hacia el resto del continente y los países del Tercermundo. En los años 1971 y 1974, Conti viajará a la isla como jurado del Concurso de Casa de las Américas y posteriormente, en el año 1975, será premiado por Mascaró. Tres años antes, vale recordar y a riesgo de ser extremadamente selectivos en el recorrido propuesto, había rechazado una invitación para participar en la beca de la Fundación Guggenheim, sosteniendo que, cito:
Con el respeto que ustedes merecen por el sólo hecho de haber obrado con lo que se supone es un gesto de buena voluntad, deseo dejar en claro que mis convicciones ideológicas me impiden postularme para un beneficio que, con o sin intención expresa, resulta cuanto más no sea por fatalidad del sistema, una de las formas más sutiles de penetración cultural del imperialismo norteamericano en América latina.


II- Segundo itinerario: del guionista con armas de escritor artepurista al escritor revolucionario


A la luz de las notas sobre cine incluidas en el Boletín del Instituto Amigos del Libro Argentino que comentaremos a continuación, podemos señalar que la vinculación de Conti con el medio literario y cultural porteño se dio en principio en torno al cine y no a la literatura en sentido estricto. Esta es la única publicación periódica en la que, hasta el momento de nuestra investigación, parece haber participado antes de la década de 1970: en 1973, lo hará en Crisis, punto de inflexión para nosotros en su derrotero ideológico. Pero además, aparecerá como colaborador permanente en El escarabajo de oro, publicación ciertamente relevante para el período en la medida en que recorrió prácticamente toda una etapa de historia argentina, si creemos que poco después de 1975, con el advenimiento del golpe de Estado de 1976, se clausura -más allá de los desajustes estrictamente cronológicos que supone el criterio marcado por las “décadas”- un período definido por marcadas constantes más allá de su complejidad y variantes internas. Sin embargo, en los 38 ejemplares publicados entre los años 1961 y 1974, la firma de Conti brilla por su ausencia en las páginas de la revista de Abelardo Castillo.
Ahora bien, el Boletín del Instituto Amigos del Libro Argentino , de carácter bimestral, comenzó a editarse en Buenos Aires en los meses de junio-julio del año 1953. Tuvo una interrupción en el período que va de noviembre de 1953 a noviembre de 1954 y para los meses de julio-agosto del año 1956, con la edición de su número 15, comenzó a llamarse Bibliograma. Dirigido por Aristóbulo Echegaray, reunió en sus páginas firmas de lo más heterogéneas -algunas prestigiosas, otras más bien residuales, las menos emergentes- a cargo de las distintas secciones o que colaboraron en sus páginas. Conti comenzó a participar en el Boletín, a partir de la publicación del Nº 10, correspondiente al mes de septiembre-octubre de 1955, como encargado de la sección “Cinematografía”, que emergió como espacio distintivo a partir de este número y permaneció hasta el Nº 13 de marzo-abril de 1956. Vale recordar que en los años 1952 y 1953, había obtenido becas del Club Gente de Cine por medio de las cuales había realizado sus primeras experiencias como ayudante de dirección. Sucintamente, la imagen que de Conti se construye a través de estas notas es la del especialista interesado en mostrar el estado funesto del cine nacional. Especialista y además, crítico y juez que denuncia la mercantilización operada por los productores a través de una fuerte reivindicación de la figura del artista, o dicho en otros términos, de su rol como guionista. Lo que Conti defiende es un cine puramente artístico, ni político, ni partidista o popular. Más bien, defiende la competencia técnica y la capacidad del artista, que a diferencia del mercachifle productor, conoce el medio de expresión cinematográfico, que no debería ponerse en manos de guionistas de radio o saineteros, tal como refiere, acontece en el cine del período. El conservadurismo que se lee a través de la vía de la crítica mordaz sobre el cine como industria cultural desde una óptica fuertemente artepurista, funciona como predio para autolegitimar –so pretexto de su condición de guionista- una figura de escritor a la vez profesional y artista. Su lógica es que el profesionalismo es necesario pero insuficiente si el que escribe guiones no es, además, un artista puro, esto es, desprendido de valores extra artísticos. En esta línea, Conti arma esquemáticamente un mapa del cine argentino, señalando culpables y planteando alternativas simplistas, si pensamos que el producto cinematográfico así como pone en escena varios actores, conjuga múltiples elementos que no se reducen a la producción de guiones. Además, en relación al contexto de producción en que se escriben y publican estas notas, Conti establece que la autodenominada Revolución Libertadora se presenta como la única esperanza para el futuro del cine nacional. En la nota titulada “Instituto de Cinematografía” escuetamente, relata las vicisitudes que durante el régimen peronista acontecen en torno al proyecto de creación de un Instituto de Cinematografía. Tras el golpe de Estado de 1955, en el contexto político de facto, curiosamente, Conti encontrará auspicioso el desarrollo del mencionado proyecto. Y hablamos de “curiosidad”, en la medida en que auspicia reformas para el cine nacional en una etapa en que el proteccionismo del cine argentino cae junto con el gobierno de Perón. A partir de ete momento, prolifera la cinematografía extranjera. De hecho, el fenómeno de los cineclubs, que se incrementan en este período como respuesta a la situación del cine nacional tras la “Libertadora”, como espacios que posibilitan el encuentro con el otro cine que no llega o no puede llegar a la sala comercial, constituyéndose además como espacios de debate y formación , es examinado por Conti no como estrategia de resistencia del cine nacional, frente a la apertura del mercado cinematográfico a las corporaciones multinacionales extranjeras, sino como lugar de inficionados por Eisenstein o de Sica y desprovistos, ante todo, de popularidad. La mirada de Conti sobre la situación del cine nacional aparece limitada, en casos como el comentado, por un tipo de posicionamiento ideológico que espera de un régimen restrictivo de las libertades individuales que echó por tierra con un gobierno constitucional y que opera con fuertes dosis de violencia, además de reducir la cultura en sentido amplio, al privatismo de elites y circuitos económicamente acomodados, el florecimiento del cine argentino. Prosperidad que devendrá en la disolución de la Academia de Cine por orden del gobierno militar poco después de publicadas estas notas en el año 1956, coincidiendo con la persecución de diferentes expresiones de cine político y promoviendo el vaciamiento del cine nacional, medidas que Conti no percibe siquiera como horizonte de posibilidad. En la nota titulada “Nido de ratas” , será bien explícito respecto a su posicionamiento político refiriendo a través de sus disquisiciones sobre técnicas cinematográficas, al gobierno de facto como “Provisional” y a la democracia peronista en términos de “dictadura.” Posicionamiento éste, bien sintomático del modo de percibir la realidad de la juventud ilustrada de clase media en el período, ciega frente al inaudito margen de libertad colectiva y de dignificación social alcanzado por los sectores obreros durante diez años de gobierno popular. Juventud, y Conti no será la excepción, que caerá prontamente en el desengaño al vislumbrar que los libertadores estaban al servicio de intereses extranjeros. Estas notas sobre cine anticipan y muestran tempranamente, además, los rasgos de la sensibilidad, de la estética, de la visión del arte y de las preferencias artísticas del escritor Conti, de un gusto que luego marcará su modo de narrar y que ira virando gradualmente a través de nuevas publicaciones y nuevos intereses estéticos e ideológicos. La sección dedicada al cine se esfumará en el número siguiente y junto con ella, el nombre de Haroldo Conti en las páginas del Boletín. Aproximadamente diez años después, retornará señalando no ya al joven versado en cine sino al narrador prominente de Sudeste. La posición de Conti descripta anteriormente dista de la que entrada la década de 1970, observamos en las páginas de Crisis, abogando por experiencias de arte popular tales como el Libre Teatro Libre, los circos vagabundos y la postulación de un concepto de arte como trabajo de creación colectiva. Asimismo, dista de la imagen monolítica de escritor artepurista y de la postulación explícita de un tipo de literatura radicalmente independiente de postulados ajenos a su práctica misma, reformulada, aunque morosamente, a través de la verificación de la centralidad que revestían ciertos proyectos creadores no apegados del todo a la noción de autonomía, presentes en el campo literario nacional y latinoamericano. En palabras de Conti:



(…) Descubro en mí mismo las contradicciones del escritor argentino. (…) Por supuesto quisiera ser un escritor comprometido en su totalidad. Que mi obra fuese un firme puño, un claro fusil. Pero decididamente no lo es. Es que mi obra me toma relativamente en cuenta, se hace un poco a mi pesar, se me escapa de las manos, casi diría que se escribe sola y llegado el caso lo único que siento como una verdadera obligación es hacer las cosas cada vez mejor, que mi obra, nuestra obra, como dice Galeano, tenga más belleza que la de los otros, los enemigos.



En este sentido, es central en el itinerario contiano el proceso de corrosión progresiva de las morales del escritor comprometido en torno a la producción de una escisión de su rol social: responsabilidad pública como intelectual y demanda de cierta autonomía en tanto escritor de ficciones:



Como intelectual (y prefiero este término al de escritor, pues alude con mayor precisión a la conciencia y gobierno del acto) me siento obligado (no sólo inclinado) a asumir responsabilidades, a señalar este o aquel camino. De todas maneras es lo que la gente espera de nosotros. Nuestro coraje o nuestra debilidad es el coraje o la debilidad de un pueblo.



Y además:



Ser revolucionario es una forma de vida, no una manera de escribir. No sé si un escritor por el hecho de que se lo proponga puede ser además un escritor revolucionario, es decir, puede, producir una literatura revolucionaria. (…) No sé qué sentido tiene que yo me proponga escribir una novela revolucionaria si ante todo no soy un revolucionario. Y aun cuando lo sea bien puede suceder que la novela, en definitiva, resulte otra cosa. (…) Es probable y lo siento así que a medida que me politice se politice mi obra, como afirma Benedetti, lo cual no quiere decir que necesariamente sea mejor en términos literarios. (…) En nuestro caso y dentro de nuestros modestos alcances, quiero decir dentro de las limitaciones del acto literario al cual, me parece, le concedemos una capacidad excesiva, se me ocurre como más razonable y más concreto proponernos una literatura estilística e imaginativamente argentina.



Muchas gracias.


lunes, 8 de noviembre de 2010

El legado de Néstor Kirchner por Laclau

El legado de Néstor Kirchner
por Ernesto Laclau

A medida que los días vayan pasando, el país comprenderá crecientemente las verdaderas dimensiones de la tragedia que representa para los argentinos la súbita desaparición de Néstor Kirchner. Con él hemos perdido al estadista de mayor envergadura que nuestro país haya producido en los últimos cincuenta años. A él estará siempre ligada la transformación profunda del Estado que la Argentina experimentara a partir de 2003.
Hay que situarse mentalmente en el umbral de aquel año para advertir todo lo que ha cambiado. El 2003 no está tan lejano en el tiempo y, sin embargo, lo que lo precediera parece pertenecer claramente a otra época. El país venía de una serie de experiencias traumáticas: la dictadura militar, con la que, en razón de una serie de leyes y amnistías, la ruptura había sido tan sólo parcial; el neoliberalismo menemista que, a través de sus privatizaciones y desregulaciones, había puesto a la Argentina al borde de la bancarrota; el fracaso estrepitoso del gobierno de la Alianza, que condujo a los estallidos de 2001. Había un cinismo y un desencanto generalizados respecto de la política, que encontraría su expresión en el notorio lema “que se vayan todos”.
Ya las movilizaciones sociales subsiguientes a la crisis –las fábricas recuperadas, la extensión del movimiento piquetero y otros fenómenos concomitantes– estaban preanunciando que el ciclo del neoliberalismo estaba llegando a su conclusión. Pero lo que muy pocos esperaban era que esas movilizaciones fueran a encontrar eco y simpatía al nivel del Estado nacional. Fue contra todas las expectativas que ocurrió el 2003. Al principio, el nuevo tipo de discurso fue recibido con un considerable grado de escepticismo. Se trataba, en la apreciación de muchos, de mera retórica, tras la cual habrían de ocultarse las habituales componendas de trastienda. Pero pronto hubo que rendirse a la evidencia: el nuevo gobierno estaba comprometido con un programa total de reestructuración de la sociedad argentina a sus distintos niveles. Programa que no podía dejar de suscitar la adhesión popular, a la vez que herir intereses creados que se habían consolidado a lo largo de decenios. En poco tiempo pudimos verificar el apoyo brindado por el Gobierno a las organizaciones populares; la decisión de operar, a través de los juicios a los represores, el desmantelamiento de la ESMA y otras medidas similares, la ruptura más radical con el pasado dictatorial que haya tenido lugar en el continente latinoamericano; la reorientación nacional de la economía, en el proceso que va desde la ruptura de facto con el FMI hasta el reforzamiento del Mercosur y el rechazo del plan del ALCA de Bush en la reunión de Mar del Plata de 2005; la democratización de la Corte Suprema y de la cúpula militar, etc. Como es sabido, toda esta corriente profunda de cambio fue continuada y radicalizada a través de una serie de medidas legislativas durante el gobierno de la presidenta Cristina Fernández, que ha representado uno de los esfuerzos más ambiciosos y sistemáticos en nuestro continente por reestructurar al Estado y redefinir sus relaciones con la sociedad civil. Todo esto se ha hecho en el marco de una integración cada vez mayor de la Argentina al espectro de los nuevos gobiernos progresistas de América latina. El país está menos solo que nunca en el pasado.
No voy a entrar a discutir la minucia de este programa legislativo. En los últimos días otros –Mario Wainfeld y Horacio Verbitsky entre ellos– lo han hecho en artículos excelentes. Pero sí quisiera referirme a un aspecto clave, que revela la naturaleza del legado de Néstor Kirchner, a la vez que su estilo particular de liderazgo. Me refiero a las resistencias que toda tentativa de cambio profundo suscita y al coro de infundios con el que las fuerzas reaccionarias pretenden combatirla. Hace unos días, los plumíferos de La Nación caracterizaban al kirchnerismo como “populismo autoritario”. La fórmula misma ya es, desde luego, problemática y ambigua, pero cuando se la usa para caracterizar la situación argentina es doblemente absurda. Un populismo autoritario sólo podría ser uno en el que las masas fueran enteramente pasivas y sometidas a un liderazgo que tomara las decisiones sin compartir el proceso deliberativo con nadie. Esto puede llegar a ocurrir en ciertas sociedades –pensemos, por ejemplo, en el Zimbabwe de Mugabe–, pero cuando esto ocurre, la deriva autoritaria es cada vez menos populista, ya que las masas son sustituidas por pequeños grupos de matones reclutados y organizados desde el poder. En tales condiciones lo que prima es el autoritarismo, en tanto que el populismo se limita a una cáscara vacía, a una interpelación meramente retórica, sin participación activa alguna de las masas.
Ahora bien, cualquiera que conozca mínimamente lo que está pasando en la Argentina, sabe muy bien que en ella se da la situación exactamente opuesta. Todas las medidas legislativas han sido tomadas sobre la base de la movilización autónoma de uno u otro sector de la sociedad. ¿Cómo explicar entonces esta insistencia en los peligros autoritarios del kirchnerismo? La respuesta es obvia. Se trata de crear una cortina de humo, por la que la supuesta “defensa de las instituciones” frente al “avance autoritario” no es sino un burdo intento por defender un statu quo en el que las corporaciones medran, frente al intento de democratizar a estas instituciones desde dentro. ¿Recuerdan ustedes la reunión reciente del Sr. Magnetto con líderes de la oposición para planificar algo no claramente especificado pero que, en todo caso, implicaba a claras luces organizar la confrontación con el Gobierno? ¿Y recuerdan ustedes esa otra reunión, mucho más siniestra, en la que se obligó a Lidia Papaleo a resignar el control de Papel Prensa bajo amenazas de muerte? La misma historia acerca de la sórdida acción del poder corporativo frente a la voluntad popular se repite en todas las instituciones. El gran dilema a ser dirimido en los próximos años, comenzando por las elecciones de 2011, es quién va a prevalecer: la Argentina corporativa del pasado o la Argentina popular que comenzó a emerger con las movilizaciones de 2001, que se consolidó en 2003 y que desde entonces ha ido ganando batalla tras batalla.
Es en el umbral de esta confrontación que el nombre de Néstor Kirchner permanecerá siempre como un signo liminar y señero. Ya no será una bandera para las luchas, pero se ha transformado en algo más importante: en un símbolo para las conciencias. Quiero recordar tres aspectos de su obra y de su mensaje. El primero es que fue uno de los demócratas más radicales que la Argentina haya producido en años recientes. Nunca intentó imponer una voluntad burocrática, sino que siempre buscó en las movilizaciones espontáneas de los grupos de base los aliados naturales a través de los cuales pensar, repensar y matizar su proyecto. El segundo es que nunca hizo una interpelación fácil a masas inestructuradas, sino que comprendió que, en las complejas sociedades contemporáneas, cualquier proyecto de cambio tiene que pasar por la transformación interna de las instituciones. No sé si Néstor habrá leído a Gramsci, pero en todo caso su acción política muestra algo que es profundamente gramsciano: la comprensión de que, en las sociedades contemporáneas, no hay populismo fácil; que, sin la mediación institucional, no hay proyecto político coherente. En tal sentido él mostró, a través de su acción política, algo que siempre pensé: que entre institucionalismo y populismo siempre hay una compleja negociación, los resultados de la cual presentarán matices distintos en diferentes sociedades.
Hay, finalmente, una tercera dimensión que es decisiva para entender el legado de Kirchner: su firmeza de acero, su compromiso total con las causas que abrazaba. Era un hombre de lucha, no de transacciones. Esto es lo que indignaba a sus detractores y lo que denominaban su tendencia “a doblar la apuesta”. Creo que se trataba de algo más importante que eso. El tenía perfecta conciencia de la naturaleza de las fuerzas con las que se enfrentaba, y sabía que sólo una voluntad inquebrantable sería capaz de confrontarlas.
¿Qué nos queda por hacer ahora, hacia adelante, después de Néstor? La respuesta es clara: proseguir su obra y completar su tarea. El nos ha legado objetivos que son más vastos que su vida y que la nuestra y que incluyen a todo nuestro continente. América latina ocupará su puesto en esta marcha general de los pueblos que habrá de conducir, desde la barbarie neoliberal, al establecimiento de formas justas, libres y racionales entre los hombres. Ya hemos oído estos últimos días las voces melifluas y viscosas de aquellos que, restregándose las manos de satisfacción, dicen que ahora Cristina está sola y tendrá que contemporizar con la oposición. Los que eso piensan van a encontrarse con una sorpresa. En primer término, parecen no conocer el temple de nuestra Presidenta, cuya determinación militante se ha mostrado en todas las pruebas –muchas duras– que debió pasar durante su gobierno. En todas las circunstancias mostró una claridad de propósitos y una determinación en su ejecución que la coloca en situación de total paridad con su predecesor.
En segundo lugar, Cristina no está sola. Ha perdido, es verdad, al compañero de su vida y la acompañamos todos en su dolor. Pero la acompaña también todo un pueblo, el cual se ha manifestado en los últimos días en una de las expresiones de pesar colectivo más inmensas –quizá la más inmensa– de la historia argentina. Debemos hacerle a Néstor, en las palabras de Antonio Machado, “un duelo de labores y esperanzas”. Cada fábrica, cada escuela, cada hogar, deben erigirse como la expresión de la voluntad colectiva de que la llama que se encendió en 2003 no se extinga jamás. Que todos los argentinos nos identifiquemos con aquellas palabras que José Gervasio de Artigas pronunciara en su lecho de muerte: “Amanece, ensíllenme el caballo”.

CARTA DE FONTOVA A CLARÌN


Después de analizar las razones por las que este proyecto ha llegado a su fin debo confesarles que me convencieron: NO VOY A VOTAR A LOS KIRCHNER. LOS MEDIOS ME CONVENCIERON….LES VOY HACER CASO . Por supuesto que ya mismo le voy a decir NO a todo lo que hicieron y quiero que me acompañes con ...tu firma al pie de la proclama:




1. NO a la nacionalización de las AFJP: Quiero que ya mismo se las devuelvan los bancos extranjeros y que la caja la manejen ellos.

2. NO a la recuperación de los salarios de Jubilados: Quiero que deroguen ya mismo el aumento dos veces al año que votó el Congreso y volver al valor histórico de $130 actualizados.

3. NO a la jubilación universal: Que los que no hicieron aportes, no se jubilen como era antes y que devuelvan la plata todos los que se jubilaron injustamente. Son solo 1.800.000 viejos.

4. NO a las retenciones a la soja: Que las ganancias se las queden las 2.000 familias que exportan soja y no quiero que se las reparta entre el resto de los argentinos.

5. NO a la recuperación de los pequeños agricultores: Que el Banco Nación les ejecute los campos o se los vendan a los grandes agricultores o inversores extranjeros.

6. NO a la vuelta al crédito: Quiero volver al 2003, nada de compra de autos cero kilómetro, ni cocinas, ni calefones, ni computadoras pagadas en inútiles cuotas. No quiero que laburen los trabajadores de esas empresas, que los despidan si no venden.

7. NO a la generación de empleo: Los 4 millones de argentinos que consiguieron trabajo, ¡que los devuelvan!

8. NO al dólar alto: Que favorece a los exportadores solamente. Quiero volver al uno a uno, aunque haya muchos desocupados, vamos a volver a viajar por el mundo.

9. NO a la Unión Latinoamericana: Quiero volver a las relaciones carnales con EEUU, nada de relacionarse con países atrasados de América. Bloqueo a Venezuela, Ecuador, Bolivia, Brasil, Paraguay, Nicaragua y recontra bloqueo e inundación a Cuba y todos los cubanitos.

10. NO a la nacionalización de Aerolíneas: Quiero que vuelvan a manos de la madre patria que cuando tuvieron hambre le enviamos trigo y cuando estuvimos mal nos ayudaron con empresas como Repsol y Telefónica. Aunque perdamos algunas rutas aéreas a manos de otros países y vendamos los aviones, podemos viajar con LAN Chile.

11. NO a las 700 escuelas: ¿Quién se cree Kirchner? ¿Sarmiento? ¡Demolición ya!

12. NO a la limpieza de la Corte Suprema: Quiero volver a la corte anterior. Quiero volver a la justicia anterior. ¡Antes no había justicia obsecuente del Poder Ejecutivo!

13. NO a la política de Derechos Humanos: No hay que juzgar a nadie, no hace falta. Devuelvan la ESMA a los fines anteriores. Repriman los reclamos ¡hace 7 años que no muere nadie en una manifestación!

14. NO a la estatización del Correo: Que se lo devuelvan a Macri, y le perdonamos la deuda de más de 700 millones que debía de canon.

15. NO a los planes sociales: Los que tienen hambre que pidan en la calle y coman en ollas populares en las plazas, si saquean… ¡a la cárcel y mano dura!

16. NO a la recuperación de la Fábrica de Aviones de Córdoba: Podemos comprar aviones brasileños, no necesitamos frabricarlos acá.

17. NO a la derogación de la Ley de Radiodifusión de la Dictadura: Quiero que los medios sigan en pocas manos privadas y quiero seguir pagando para ver el fútbol. ¡Aguanten Clarín, Hadad, Vila y Manzano!

18. NO al aumento del presupuesto educativo: Vamos a volver al 1,2% del PBI de 2003, y rechazo el aumento al 6% actual que es excesivo.

19. No a la recuperación del CONICET: Si tenemos tantos científicos por el mundo ¿para que los queremos acá? ¡Que se vayan!

20. NO a este gobierno: Quiero que vuelva a gobernar cualquiera. Los de la Alianza (Lilita, Stolbizer, Pato Bullrrich, Morales) o los de Menem (Macri, Solá, De Narváez), me da lo mismo. ¡GRACIAS, CLARIN! ¡ME CONVENCISTE!

Homenaje a Nèstor: gracias Pingüino!



Homenaje a Nèstor: gracias Pingüino!


sábado, 6 de noviembre de 2010

Jornadas en la Asociación de Abogados de Buenos Aires


La Asociación de Abogados de Buenos Aires invita a la Jornada

"LA GREMIAL DE ABOGADOS, A 40 AÑOS DE SU CREACIÓN"

La abogacía como práctica social y compromiso político: un debate abierto sobre aquella legendaria entidad





Disertan:
Aritz Recalde
Mauricio Chama
Mario Landaburu
Patricia Valdez





Miércoles 10 de noviembre - 18.00 hs.
Salón de Actos de la Asociación de Abogados URUGUAY 485, PISO 3°

La gobernación de Eduardo Duhalde 1991- 1999 El proyecto político que transformó la provincia de Buenos Aires

  Prólogo       Eduardo Duhalde, febrero de 2026 Cuando llegó a mis manos el borrador de este libro, que habla sobre la gestión de gobiern...