jueves, 4 de agosto de 2011

Literatura nacional y popular: El despertar de Aurelio

por Daniel Eduardo Galasso   

Aurelio leyó la carta sin mucho entusiasmo. Era más de lo mismo: Ramón insistía con eso de que viajara a Buenos Aires, que dejara la estancia y esos domingos de silencio y soledad mirando la pampa. Que en el frigorífico del Dock Sud necesitaban obreros y que la paga, sin ser de otro mundo, no podía compararse con lo que ganaba en la estancia. Que podía hacerle un lugar en la piecita que alquilaba en Barracas.

Estimado Aurelio:
Espero que a la llegada de la presente te encuentres bien. Ase ya un año que estoy en Buenos Aires y de a poco me voy acostumbrando a vivir en esta ciudad. En el frigorifico el trabajo es cansador por eso llego rendido a la cama sin ganas de otra cosa de comer algo y dormir.
En la puerta del frigorifico todas las mañanas se juntan montones de tipos pidiendo trabajo y muchas veces la policía los hecha a los palasos porque el jefe de personal (un gringo de nombre difícil) dice que ya no hay cupo hasta el otro dia…

Aurelio sentía que viajar a la ciudad, la gran e inimaginable ciudad apenas vislumbrada en alguna foto de algún diario que veía en el almacén del pueblo, implicaría dejarlo todo y entonces un temor incierto lo abrumaba, obligándolo a echar mano de la caña para no pensar, para no girar en el vacío y perderse en un cósmico rumbo.
Su rumbo, más terrenal e interesado, lo había marcado el patrón, vestido de poncho y boina roja aquél día en la plaza, antes de las elecciones, cuando gritó que se habían terminado los caprichos y los delirios de ese viejo decrépito que lo único que hacía era dárselas de enigmático; que ahora era tiempo de una Argentina grande; que las vacas y el trigo sustentarían esa grandeza. Que había que saber votar de una vez por todas.

(…) Un companiero me dijo que algún día esos turros del frigorifico y de la policía tendrian que respetar al obrero y que para eso tenemos que organisarnos. Que por mas que ellos tengan todo a su favor nosotros tenemos la fuerza que ellos nunca tendran. Me dio unos libros para leer, pero me cuesta mucho entenderlos. Hablan de cosas como medios de produción proletariado que se yó, terminan por aburrirme y me duermo sin poder pasar de la primera oja…

Sin embargo, Aurelio también recordaba aquellos tiempos en que se acercaba al comité de enfrente de la plaza los domingos. Le llamaba la atención la mirada de ese hombre cuyo retrato colgaba de la pared. No era justamente la mirada de un viejo decrépito como lo había pintado el patrón en su discurso. Eran un par de ojos negros que vigilaban todo lo que estaba a su alrededor y daba la impresión de su propia presencia cuando alguien hablaba de él, de Don Hipólito. Que nada se escapaba a su dominio.
Don Hipólito nunca me pidió la libreta para votar, pensaba Aurelio. Iba solito y la llevaba en el bolsillo de las bombachas como un tesoro. Ahora el patrón me la pide y si no se la doy me amenaza con el despido. Después me la devuelve y me dice que ya cumplí, que ya voté.

(…) Hoy elejimos el cuerpo de delegados del frigorifico. La eleción fue entre todos los obreros de cada turno y me elijieron delegado de la secion despostada, que es donde se cuartea al animal y se le sacan las tripas. Ser delegado no me da ninguna ventaja, al contrario me juego el cuero para peliar por todas las cosas que pedimos…

¡Delegaos en la estancia! Si aquí el patrón es la justicia y el gobierno, el pan y la miseria. La changa o la olla vacía. ¡Andá a decirle a Ramón que venga acá a hablar de delegaos! Aurelio leía la carta y mascullaba estas cosas entre mate y mate en el tinglado del fondo. Afuera, el capataz llamaba por lista a los peones para que fueran a cobrar, mientras Don Arnaldo, el dueño del almacén del poblado y cuñado del patrón, se relamía porque las deudas de los peones que habían comprado al fiado su yerba, su tabaco y sus fideos se incrementaría con el famoso “Persicola”.
El “Persicola”, que tantas veces asombró a Aurelio al verlo incluido en la lista de lo que debía en el almacén y que había consumido, no era más que un artilugio del que se valía Don Arnaldo para aumentar las cuentas de los peones. O sea que además del tabaco, la yerba, los fideos y algún par de alpargatas, siempre aparecía en la lista este artículo denominado “Persicola” (traducido como “por si cuela” o “por si logro incluirlo” disimulado entre los demás artículos), que nadie se atrevía a discutir y mucho menos a no pagar.

(…) El frigorifico no es la soledá que tenía cuando estaba en la estancia y no estoy hablando de cuestion de polleras. Es un mundo en el que hablamos bajito mientras trabajamos para saber cuando nos reunimos o que vamos a acer. En la estancia todos gritabamos como chanchos sin saber ni preguntarnos porque carajo no eramos ni hombres. En la foto que te mando podes verme junto a los companieros del sindicato antes de una reunión. Soy el tercero de arriba, el que tiene una gorra negra…

Aurelio miró la foto y le costó entender la sonrisa de Ramón. Si decía que se estaba jugando el cuero, con la policía y los gringos cada mañana en el frigorífico… ¿de qué se reía? ¿O acaso era el reflejo de una satisfacción que los peones de la estancia ignoraban? ¿Pero hasta dónde esto era así? ¿Acaso más de una discusión por una zoncera no había terminado a facón limpio con tal se salvar el orgullo?

(…) A los piones no es que les falte coraje para peliar por cosas justas, hace falta que alguien les muestre la posibilidá de vivir mejor que les diga que la estancia no es el mundo y que el patron no es el dueño de la jente…

Ramón tiene razón, musitó Aurelio con la mirada perdida en un fardo de alfalfa. Somos maulas. La estancia no será el frigorífico pero a veces pienso que una vaca vale más que cualquiera de nosotros; que por lo menos a ellas cuando se enferman las vé un dotor y comida no les falta. En eso estaba cuando entró el patrón y le preguntó qué estaba haciendo. Le arrebató la carta de las manos y a medida que leía el párrafo azarosamente elegido sus cejas se iban arqueando, mientras que a la sombra de esa socarrona sonrisa del patrón Aurelio sintió el desamparo más grande de su vida y por primera vez pudo entrever su mañana.

(…) Hay que peliarsela hermano. No hay que aser caso de los discursos del patron ni de los dotores, como canta Magaldi en la radio. Ya sabemos que todo es pa ellos y nada pa nosotros. Aunque un compañero me habló de un dotor que está en el Senado y que quiere que los gringos no se la lleven de arriba asi que tenemos que apoyarlo y en eso estamos…

Aurelio juntó sus pocas cosas y tomó el primer tren para Buenos Aires al día siguiente. La estación Constitución fue su primer mundo a descifrar, y entonces volvió a sentir ese temor incierto, ese girar en el vacío que le provocaba la posibilidad de huir de la estancia que planteaban las cartas de su amigo. Lo único que quería era llegar a Barracas; a la casa en la cual vivía Ramón; a la piecita en donde tirar su pobre avío para que él le contara pacientemente los secretos que escondía la ciudad. Quería de un trago apercibirse de todo lo que le resultase útil para su nueva vida, comenzando por el trabajo en el frigorífico.
Golpeó las manos en el vestíbulo y miró desconfiado ese patio de baldosas gastadas y macetas descoloridas. La soledad de una pileta gris llevó su visión al abrevadero de la estancia en cualquier tarde de domingo. La voz de una mujer mayor le preguntó a quién buscaba y de un golpe comprendió que no era domingo y que no estaba en la estancia. Le dijo que buscaba a Ramón; a Ramón Quinteros, que trabaja en el frigorífico. La mujer quiso saber quién lo buscaba y de dónde venía. Aurelio; Aurelio Olmos; trabajamos juntos en una estancia de Pigüé y él siempre me escribía… En ese momento se enteró de que hacía ya una semana que nadie de los que vivían allí sabían nada de él y que incluso la encargada de la casa estaba preocupada por el cobro del alquiler de la pieza. La ausencia de Ramón deshiló despiadadamente su único vínculo con el mundo y entonces la imagen de la tarde de domingo y el abrevadero lejano que le devolvía la pileta gris y ancha retornó más real que nunca.
Después de casi dos horas de preguntar y mirarse las alpargatas negras como pidiéndoles perdón por lo andado, Aurelio llegó hasta el Dock Sud. En el portón de entrada del Anglo se agolpaban quienes pedían trabajo, procurando que los incluyeran en el cupo de la lista diaria. Como me había dicho Ramón en sus cartas, pensó Aurelio. Llevaba encima la foto que Ramón le había mandado. Esa en la que estaba con una gorra negra al lado de ese bigotudo, que siempre le causaba gracia cuando la miraba y que Ramón le explicaba que era el delegado de su turno. Quadri…Quadri me dijo que se llamaba… Anduvo entre los obreros de aquí para allá, soportando empujones y los palazos de la policía, siempre con la foto en la mano procurando que alguno le dijera que lo conocía a Ramón. Que sabía dónde se encontraba. Se le acercó un hombre flaco, esmirriado, de gabán gris y ojos penetrantes. Me llamo José Gómez y soy compañero de Ramón Quinteros en el turno mañana. Venga; vayamos hasta el boliche de la otra cuadra y le cuento…El hombre había sido mensú en el Alto Paraná durante muchos años. Era correntino y pudo escaparse del infierno de los yerbales para venir a la ciudad y engancharse en el frigorífico. Le contó que el lunes de la semana pasada, en medio de una reunión, la policía entró en el modesto local del sindicato y se los llevó a todos. A Quadri, a Ramón, a Galarza, a Garmendia, a Jiménez…Gómez hablaba y cada tanto golpeaba sus puños sobre la tosca mesa, como queriendo que cada golpe repercutiera como un sismo sobre la sede misma de la temida Sección Especial de la policía, cruelmente famosa por torturar a obreros que luchaban por sus derechos. Aurelio se despidió y caminó con la foto en la mano. Pensó en Ramón, en cómo la estaría pasando. En que un peón recién llegado es menos que nada a la hora de dar una mano en un caso como ese. Policía, palazos, patrón, gringos, igual que en todos lados. Al menos en el frigorífico, a las vacas las matan pa que sirvan pa comida. En la estancia es al revés: enflaquecen al peón pa engordar las vacas…Escuchó tras de sí la voz de Gómez y se detuvo. Si usté quiere, compañero, véame mañana más temprano y le sigo contando y por ai hasta una changuita en el Anglo podemos conseguir.

Actas del Primer Congreso Nacional de Filosofía, Mendoza, Argentina, marzo-abril 1949


Les presentamos una selección de los facsímiles publicados por www.filosofía.org sobre el Primer Congreso Nacional de Filosofía en Argentina (Mendoza, 1949)


martes, 26 de julio de 2011

Sociologías de Nuestra América: UBA 11/8/2011

Dios en junio

por Daniel Eduardo Galasso*

Nunca vi tan inquieta a la señora como esta mañana. Va; viene; camina todo el departamento; se asoma permanentemente al balcón que da a Callao y mira al cielo; habla por teléfono y se tapa la boca para que yo no escuche lo que dice. ¿Tendrá algún problema con el coronel? ¿Habrán discutido anoche después de que yo me hubiera dormido? Me llamó la atención que me dijera que hoy no fuese a hacer las compras y que no saliera por nada del mundo, a menos que se tratase de una cuestión de salud de mi madre o de mi padre. ¿Qué me quiso decir? ¿Acaso se olvidó de que ellos viven en Catamarca, en el pueblito de siempre, en la misma casita blanca donde una tarde calurosa de Diciembre el mismísimo coronel y ella hablaron con mi padre para traerme a Buenos Aires porque ése era su próximo destino? ¿Y que mi padre y yo nos creímos lo que dijeron? Después de todo, mejor. Con este día gris y frío no dan ganas de moverse a ningún lado. Lo que me llama la atención es que desde temprano la señora encendió la radio y está pendiente de las informaciones. ¿A qué viene este interés en el noticiero como nunca lo había tenido? La última vez que la ví así fue hace tres años atrás, más precisamente el 26 de Julio, en otro día gris como éste y que marqué en un almanaque que todavía guardo en mi cartera. Ese atardecer me había cruzado con Pablo en la telefónica cuando iba a llamarlo desde allí, como siempre, para que la señora no se enterase de que yo salía con él. Pablo tenía la mirada triste y creo que yo también. Nos estamos por quedar solos, me dijo, y me abrazó como nunca lo había hecho antes. Trabajaba en una curtiembre, en Valentín Alsina, y algunas tardes rondaba por los lugares en los cuales sabía que me podría encontrar para caminar unas cuadras juntos, mientras me ayudaba a cargar los paquetes de ropa limpia que la señora me mandaba a buscar a la lavandería.
Cuando esa noche volví al departamento, el coronel ya estaba allí; había llegado más temprano que lo de costumbre y la señora estaba hecha un cascabel. Hablaba y hablaba sin parar de la justicia divina, de que todo al fin y al cabo se paga en este mundo, de no se qué cosas de la Nación, de que por fin algo se iba a terminar. Me había encargado que preparase una cena especial porque en un rato llegaría el matrimonio Iturbe Zavalía que regresaba de unas cortas vacaciones en Europa. Cerca de las ocho y media, mientras acomodaba los platos, escuché la noticia, porque todo fue silencio; un silencio interesado y perverso. Ni bien se interrumpió la cadena nacional, el coronel apagó la radio, mientras la señora y sus invitados propusieron un brindis. Dios es justo decían mientras brindaban, y yo me acordaba que esas mismas palabras se las había escuchado al padre Damián allá en mi pueblo. Me preguntaba si en ese momento, justo en ese momento, Dios no había dejado de serlo. Y sin poder evitarlo, imaginé una lágrima pesada y caliente como la mía correr por la cara de Pablo, tal vez preguntándose lo mismo.Van a ser las once de la mañana y siento en al ambiente que la de hoy no es una mañana más, de esas que comienzo tendiendo las camas y termino inevitablemente en la cocina. Es raro que la señora ni siquiera me haya hablado del almuerzo, así que mejor me encierro en la cocina, preparo un mate y hojeo tranquila la última Radiolandia. Hoy; tiene que ser hoy, es lo único que alcancé a escucharle entre el murmullo de la pava en la hornalla y un trueno que sonó muy cerca. Pasaron apenas unos minutos y otro estruendo hizo estremecer los vidrios de la ventana, seguido de un zumbido igual al de un avión que se aleja. Y yo lo vi alejarse cuando me asomé al balcón, dejando una estela negra y pesada, sin entender qué estaba pasando. Después fue el infierno y entonces sí creí en lo que Pablo me había dicho aquella tarde. No pude evitar ni el llanto ni el miedo. Cerré el ventanal y busqué a la señora en el living. La señora reía como enloquecida y verla de ese modo me dio más temor. No tengas miedo, no queda otra cosa que matarlo, matarlo… ¿Matar a quién? Es la patria, la patria levantada… ¿o es que no entendés?
¿La patria levantada? Pensé en la casita blanca de mi pueblo, en mi padre, en mi madre, en Pablo. Al fin y al cabo, ellos eran mi patria y me la estaban matando desde el cielo; desde ese lugar en donde habitaba la eterna bondad, como decía el padre Damián. Al atardecer, la señora me pidió que le sirviera un té mientras se escuchaban todavía algunas sirenas en la calle. El coronel no hablaba y escuchaba música, como ausente. A eso de las diez, tocaron el timbre. Servile un café a Monseñor ¡rápido! Y Monseñor lloraba; se agarraba la cabeza y lloraba ¡El templo, el templo…! ¡Salvajes! ¡Impíos! Mientras preparaba el café en la soledad de la cocina, volví a mirar la hoja del almanaque que guardaba en la cartera. Y recé. Le pedí a ese Dios del padre Damián, de Catamarca y de Valentín Alsina. por la casita blanca, por Pablo y por mí.
*Dios en junio fue publicado en una antología (Dunken) y en la revista cultural "La tela de araña" (UTN).

martes, 19 de julio de 2011

Lisardo Zía: La única aspiración de América es América misma

por Alberto Buela (*)

Si existe una disciplina olvidada en Suramérica en este último medio siglo pero que sigue produciendo en silencio, esa es la poesía y de entre los poetas son cientos los desconocidos. Acá hoy vamos a recordar a uno que ha sido, en su tiempo, muy conocido y que luego fue amurado al rincón de los olvidados. Se trata de Lisardo Zía (1900-1975), nacido en Rosario-Santa Fe y fallecido en Buenos Aires. Fue el mayor de siete hermanos, hijo de padres españoles don Lisardo y de Ramona García. Fue  un poeta con todas las letras cuyos poemas anduvieron y andan de aquí para allá sin ningún orden ni temático ni cronológico. La plenitud y fama como poeta la tuvo en el tiempo que se editó el diario El Pampero que dirigió Enrique P. Osés de mediados de los años treinta hasta 1946. Fue un periódico que llegó a editar 100.000 ejemplares por tirada y donde siempre aparecía un poema o una humorada de Lisardo Zía. Cuando en 1938 un grupo de amigos lo insita a publicar su primer libro de versos donde pudiera recoger los esparcidos por todos lados y en cuanto publicación reclamara sus poemas. Cuenta su biógrafo que “Hace un cuarto de siglo estuvo a punto de publicarlo, pero se arrepintió en cuanto llegó a sus oídos que existía, en la república literaria, el propósito de otorgarle un premio.” La publicación de su único poemario la realizó en 1962 el también periodista Luis Soler Cañas. Seis años más tarde publicó un pequeño trabajo de cincuenta y cuatro páginas titulado De Carolis: Introducción a la exégesis de sus sofosonetos, Ed. Colombo, Buenos Aires, del que se editaron sólo 530 ejemplares. Fue escrito en homenaje a Victorino de Carolis, poeta y pintor también santafesino, y lleva un dibujo original coloreado a mano por César López Claro.
Zía trabajó en la edición de varias revistas: Gaceta de Buenos Aires junto con Pedro y editó en muchas: La Fronda, Sur, Nosotros, Megáfono, Martín Fierro, El Hogar, Criterio, Poesía, La Protesta, La Hora, etc. Su poesía se inscribe en la línea romántica de Juan Ramón Jiménez y de Antonio Machado pero su poesía satírico política es de un claro y límpido nacionalismo popular revolucionario en la misma línea de Enrique Pedro Osés, una especie de Ledesma Ramos en estas tierras del sur. Luego, pasando el tiempo, creó junto con Luis Cané, también rosarino, la sección diaria de “Clarín porteño” en el diario homónimo. Los últimos años de Zía se hunden en una oquedad muy similar al de otros de sus colegas y amigos como Ramón Doll (1896-1970) o José Luis Torres (1901-1965). Es como un sino de los pensadores nacionalistas populares revolucionarios el llamado a silencio de sus últimos años. Es que en todos ellos, parece ser, que la Patria, que es el deber primero del pensar nacional, se transforma al final de sus días en un pensamiento sobre las postrimerías. De alguna manera, ellos vienen a aplicar en sus vidas aquel consejo de Platón de “la filosofía como preparación para la muerte”. Que Dios nos pille confesados, nos dice Castellani, otro poeta nacional. Como anécdota traigamos a colación el soneto más angosto de lengua castellana que nos recuerda Lisardo Zía. No conocemos otro unisílabo con sentido poético completo como este:

RESFRÍO

La
tos
nos
da
a
los
dos
ya.

Paz,
ve,
haz
te
con
ron.

Mostrando un puro dominio de las formas poéticas pero sin mengua de su específico contenido poético queremos copiar su Soneto Ambidextro, rimado tanto a la izquierda como a la derecha. Cuando salió publicado en el diario Clarín se dijo que era la primera vez en idioma castellano que se intentaba un doble juego de rimas extremas en cada verso.

Para jugar con una rima rara,
Sueño de ocioso artífice pequeño,
Compara mi compás el canto y cara:
Empeño fútil y arduo desempeño.
Alquitara de química preclara,
Ensueño de humo, perfumado leño,
Vara votiva, nardo sobre el ara,
Sedeño filtro, néctar y beleño,
Amapola sensible que tremola,
Estrella que luz música destella,
Ola en vigilia en la rivera sola:
Doncella, lira al viento, tras la huella,
Viola marfílea de la caracola,
Bella que esconde el canto de la estrella.

Habiendo tantas tesis al ñudo que realizan nuestros cientos de estudiantes de literatura, bien podría alguno de ellos ocuparse de recoger la inmensa cantidad de materiales poéticos y en prosa de un autor tan significativo para el campo nacional y popular. Es un trabajo que está pendiente y sobre el que no hay nada. El motivo de este artículo breve es despertar ese interés.
(*) alberto.buela @gmail. com


jueves, 14 de julio de 2011

Manuel Ortiz Pereyra: una luz entre tanta oscuridad



Por Daniel Eduardo Galasso

-I-

"Hermano y compatriota: ¿Quiere Usted saber que es la República Argentina? Tome un mapa plano del mundo, extiéndalo sobre una mesa y dóblelo por la mitad de abajo para arriba, de modo que el Ecuador quede como lomo de la dobladura. Observará enseguida que nuestra Argentina superpuesta sobre la América del Norte cubre un espacio que abarca desde la mitad de México hasta casi la mitad sud del Canadá. ¿Quiere saber más?: Mida la distancia que separa a la Argentina de la línea del Ecuador y de la línea del Polo. Encontrará que está equidistante de ambos climas extremos. ¿Quiere saber algo más?: Corte el mapa mundi por la dobladura y superponga la hoja que contiene el mapa de la Argentina sobre los mapas de Europa, de Asia, de África y de Oceanía teniendo cuidado de seguir la línea del Ecuador. No encontrará ningún otro país mejor colocado sobre la superficie del planeta. Eso le dice a Usted que debe inclinarse y rezar su oración más sentida loando a Dios por el beneficio que le ha hecho al ponerlo para vivir en la más privilegiada zona del mundo de su creación. Ahora lleve las manos a su bolsillo y cuente sus moneditas, ¡Qué contraste! Ahí está su vida en plena República Argentina en el siglo de la más esplendorosa civilización. No tiene Usted en definitiva más que un bello suelo, para ser enterrado. Nuestras grandes riquezas están en manos de media docena de firmas y los habitantes de la Argentina vivimos en permanente crisis económica".

El pensamiento de Ortiz Pereyra concibe a la soberanía nacional como un todo integralmente articulado que abarca al territorio, la política, la economía y la cultura. No concibe que un proyecto de país sostenido desde concepciones coloniales, producto de una erudición europea a la que caracteriza como enfermedad americana y muy especialmente argentina. Al respecto, expresaba en La tercera emancipación (1926): “Cuando Cristóbal Colón descubrió la América, según Parra y otros autores, los aborígenes no tenían libros. Después, los europeos que vinieron a poblar estas tierras, tampoco los tuvieron, porque parece averiguado que no les eran necesarios. Pasaron algunos siglos, desde 1492, hasta que los indígenas, mulatos, mestizos y criollos sintiesen la necesidad y tuvieran la oportunidad de leer libros. Cuando esto ocurrió, tampoco había libros en América y los americanos estudiosos tuvieron que encargarlos a Europa. (…) Durante estos largos años, algunos europeos publicaron estudios, especialmente históricos, sobre asuntos de América. Y todos miraron, según Perogrullo, las cuestiones criollas con sus ojos extranjeros. Y ocurrió que, cuando los americanos se vieron en la necesidad de publicar libros, se encontraron con la correlativa obligación de apoyar sus tesis en citas de los únicos autores de entonces, todos extranjeros.” Irónicamente, concluye diciendo: “Es curioso, no obstante, observar que los franceses, los ingleses, los rusos, los alemanes, etc. cuando tratan sus asuntos, no consultan nuestros precedentes, ni siquiera los de sus vecinos. ¡Qué gringos más raros!…” Así, esta sentencia expresada con simple agudeza, marca a fuego mediante la reducción al absurdo casi una constante en nuestra historia, cuyas muestras más visibles en el continente y más precisamente en la Argentina incluyen desde la intervención armada destinada al cobro compulsivo de deudas hasta el conflicto armado sostenido en 1982 con Inglaterra por las Islas Malvinas. Pero todo pensamiento colonial necesita de intérpretes, de técnicos y literatos, que divulguen teorías y doctrinas beneficiosas únicamente para aquéllos factores de poder que las impusieron. Fue la tarea que se impuso la “intelligentzia” argentina durante la Década Infame, que fuera derrotada en 1945 con el advenimiento del peronismo para retornar a partir de 1955 y mostrar su máxima expresión en la década de los ’90, ahora con un sesgo definido como “pragmatismo”.
Decía Manuel Ortiz Pereyra en El S.O.S. de mi pueblo (1935): “Para ocultar sus siniestras manipulaciones, destinadas a empobrecer técnicamente al pueblo, los monopolizadores extranjeros de los pingües negocios existentes en la Argentina, se sirven de técnicos alquilones que hablan o escriben sobre teorías o doctrinas de utilidad para sus alquiladores. Ellos son los sostenedores de comprar a quien nos compra, cumplir con dignidad nuestros compromisos en el exterior, de ahorrar sobre el hambre y la sed del pueblo, crear el consorcio ferroviario, hacer la coordinación de transportes, respetar los derechos y los intereses creados, congelar y descongelar, dictar las leyes de defensa social y otras leyes sociales protectoras del trabajo… de los patrones.” Asimismo, no concibe una literatura que no sea militante, que no se encuentre al servicio del esclarecimiento de la problemática nacional y más precisamente a los mecanismos de dominación por parte de los centros internacionales de poder. Al respecto, también en la obra citada precedentemente, manifiesta: “El literato argentino, representativo de la intelectualidad argentina, escribe versos, novelas, cuentos y narraciones de entretenimientos. Se inspira un poco más y hace poesías, de las buenas, de esas que hacen parar los pelos de punta. Sigue inspirándose y remonta su vuelo lírico cantando a las estrellas, a la mujer amada, a la patria, a la bandera azul y blanca… Entonces, entra en operaciones el descuidista y nos sustrae el trigo, el lino, el maíz, la carne, con una suavidad tan delicada como la del lancero auténtico, de la plataforma del ómnibus.” Introduciendo aún más la daga en lo profundo de la cuestión, Ortiz Pereyra señala al sistema educativo imperante en 1926 disociado de la realidad de entonces, permitiéndose de ese modo el accionar de los técnicos y literatos propagadores de intereses ajenos los unos y de una especie de arte vacío los otros: “La Escuela enseña, indudablemente, mucho. Tanto que cualquier caballero de 40 años, podría representar un buen papel de hombre erudito en sociedad, si retuviera en su memoria la mitad de lo que estudió a través de los 5 o 6 grados de su escuela elemental. Pero, ¿se leen los periódicos del día en las clases de lectura? Los periódicos son, sin embargo, incomparables libros, como que son el libro mismo de la vida. Y es así como tropezamos a cada paso con jóvenes aplicados e inteligentes que saben disertar con elegancia sobre las guerras Púnicas, por ejemplo, pero pierden la línea cuando se trata de asuntos de actualidad y de interés inmediato. La vida va, indudablemente, por un camino y la escuela, por otro.” El fruto de ese sistema lo resume sin ambages: “Los ingleses saben lo que dicen cuando igualan, mediante un anagrama, la palabra argentino con la palabra ignorante.” No obstante, de este dolor de Ortiz Pereyra, surgirá un faro que aún ilumina el pensamiento nacional: FORJA.

-II-

“A la patria se la llevan/con yanquis y con ingleses;/al pueblo mal le parece/ pero se hacen los que no oyen:/¡Desde que falta Yrigoyen/la han sacao de sus trece!” Así plasmaba Arturo Jauretche en un fragmento de su poema El Paso de los Libres, escrito en la cárcel en 1933, las dos cuestiones que desvelarán a los yrigoyenistas: el desvío principista e ideológico en que cayera la UCR a partir del golpe de 1930 y la abulia de las masas populares respecto del acontecer político y económico en la república agropecuaria. No obstante ello, las fallidas intentonas revolucionarias radicales encabezadas por los tenientes coroneles Gregorio Pomar en Enero de 1932 y Roberto Bosch en Diciembre de 1933, ésta última con epicentro en las ciudades de Paso de los Libres y Santo Tomé en la Provincia de Corrientes -que diera lugar al mencionado poema de Jauretche- mostraba que aún existían sectores del radicalismo dispuestos a retomar el cauce nacional y popular que le diera origen. El “Manifiesto de los radicales fuertes” de 1934, firmado entre otros por Ortiz Pereyra, Luis Dellepiane, Homero Manzione (Manzi) y Gabriel del Mazo, reafirmaba la abstención electoral como método hasta asunción del poder en prosecución de los fines que consideraba como “esencia de la UCR”, a saber: 1) “Promover la reconquista de la soberanía económica de la nación argentina y de todas las naciones latinoamericanas mediante la anulación inmediata de todos los tratados, contratos, leyes o sentencias por las cuales se han dado o reconocido concesiones a empresas mercantiles.”; 2) “Promover la reconquista de la soberanía política de la nación argentina y de todas las naciones latinoamericanas por la anulación absoluta de todas las facultades dadas o reconocidas a toda institución educacional que no se inspire en los principios de la revolución americana.”: 3) “Abolir todos los privilegios.”; 4) “Establecer las nuevas instituciones, basadas en la colaboración continental y en la seguridad económica y cultural de todos y cada uno de los habitantes.”; 5) Restituir al ejército la integridad de la misión que le asignara San Martín, de defender la soberanía nacional y cumplir los mandatos legítimos conducentes a asegurar la libertad y voluntad del pueblo.” Los principios apuntaban a desarmar la “factoría elegante”, concepto a través del cual Ortiz Pereyra definiera a la Argentina en 1928, en un marco de referencia continental y con una clara unidad de acción sobre tres ejes básicos: el cuestionamiento de las concesiones otorgadas a empresas extranjeras que permitían la explotación de los servicios públicos esenciales y el dominio de los resortes financieros, una educación americanista y la reconquista de la soberanía política de los pueblos de las naciones latinoamericanas. Ortiz Pereyra y su grupo afín sabían bien de qué cosa hablaban. Algunos políticos y periodistas ingleses o funcionarios locales de las empresas británicas también. Decía Guillermo Leguizamón, director de los ferrocarriles ingleses en la Argentina, en 1933: “La Argentina es una de las joyas más preciadas de la corona de su graciosa majestad”. En el mismo año, declaraba el parlamentario inglés Sir Herbert Samuel en la Cámara de los Comunes: “Siendo de hecho la Argentina una colonia de Gran Bretaña, le conviene incorporarse al Imperio”. También William Burton en “The Spectator” y en febrero de 1933, escribía: “En materia económica la Argentina hace tiempo que es prácticamente una colonia británica”. Escribe Ortiz Pereyra en El S.O.S. de mi Pueblo (1935): “Un litro de vino de San Juan o Mendoza cuesta, al bodeguero, cuando está listo para cargarlo y venderlo, esta sumita: 0,10 (diez centavos). El Ferrocarril Pacífico, por transportarlo a los centros de consumo, cobra seis centavos por litro, o sea: el 60 % de lo que cuesta producirlo. Queda asociado a los vitivinicultores llevándose el 60 % y dejándoles el 40 %. El Pacífico es, pues, dueño de las Provincias de Mendoza y de San Juan, en mejores condiciones y en mayor proporción que los dueños de campos, viñedos y bodegas. Estos tienen que sufrir todo género de contingencias climatéricas y de plagas. El Pacífico, en cambio, sólo tiene que cobrar, de contado y hasta por adelantado, su correspondiente flete leonino”. Prosigue diciendo: “El gobierno argentino conoce la existencia de esa sociedad, a la fuerza, entre las Provincias de Cuyo y el Pacífico. Conoce, además, que los Ferrocarriles del Estado pueden ganar fletes de millones y millones con sólo hacer llegar sus vías hasta Mendoza, desde Pie de Palo, donde la construcción está empantanada desde hace muchísimos años. ¿Por qué no se termina ese ramal entre Pie de Palo y Mendoza? ¿Ignora el gobierno que toda la producción vitivinícola de Cuyo se transportaría por su ferrocarril, con un 40 % de rebaja sobre las tarifas del Pacífico y redondeando grandes ganancias? ¿Ignora el gobierno que en el Ministerio de Obras Públicas existe una montaña de solicitudes de comerciantes propietarios y productores cuyanos reclamando esa obra y demostrando, con estadísticas, las conveniencias del Estado?” De igual modo y en la obra citada, Ortiz Pereyra pondrá su mira sobre los trusts de la electricidad: “Mientras los costos de producción de energía eléctrica van reduciéndose, día a día, como consecuencia del progreso de la técnica y la remuneración, cada vez menor, del trabajo nacional y mientras el consumo de electricidad aumenta, invadiendo todas las actividades de la vida, los trusts extranjeros de electricidad mantienen, en la Argentina, las tarifas más elevadas del mundo. Se ha llegado a comprobar que el costo del kw. no pasa, hoy, de un centavo y medio. No obstante, la C.H.A.D.E. y la Italo cobran: $ 0,25 por luz a familias, $ 0,45 a los negocios y $ 0,36 por calefacción y fuerza motriz. Se explica, por consiguiente, las millonadas que estas compañías giran, anualmente, a sus accionistas europeos en desmedro de la circulación fiduciaria nacional”. El 29 de Junio de 1935, Manuel Ortiz Pereyra, en conjunto con otros radicales de pensamiento afín respecto de los desafíos del momento -ser una nación o continuar siendo una colonia- , fundan la FUERZA DE ORIENTACION RADICAL PARA LA JOVEN ARGENTINA (F.O.R.J.A.), abogando por el radicalismo a la soberanía popular, por la soberanía popular a la soberanía nacional y por la soberanía nacional a la emancipación del pueblo argentino, encendiendo un faro que aún alumbra los rumbos del pensamiento nacional a la hora de determinar los caminos ciertos que deberán transitarse. Manuel Ortiz Pereyra fallece en Buenos Aires el 23 de Mayo de 1941. Expresará Fermín Chávez en el proemio de “La recuperación de la conciencia nacional” (1982): “Digamos, en suma, que este coprovinciano de Raúl Scalabrini Ortiz, deberá, un día, cuando la nación se libere de sus actuales estacas, dar su nombre a alguna Universidad argentina”.

Homero Manzi: militante de la Causa Nacional

Por Daniel Eduardo Galasso

                                         
 -I-

“Nos dicen que hay una cosa intocable entre los distintos eslabones de la economía: el gran capital, especialmente cuando se trata de accionistas extranjeros, y por eso es necesario crear la mentalidad opuesta, la mentalidad nacional, que frente a ese argumento diga sencillamente esto: ¡que se vayan a la puta que los parió esos accionistas!”

Seguramente las expresiones transcriptas no formarán parte de antología alguna rerferida a este santiagueño de Añatuya que se llamó Homero Nicolás Manzione Prestera, más conocido como Homero Manzi. El costado más difundido a nivel popular dirá que aún vive entre nosotros cuando alguien silba la melodía de “Malena”, de “Ninguna” o de “Sur”. Y si bien es cierto que sus creaciones residen en el bagaje colectivo que contribuyera a consolidar una identidad porteña a través de su poética, no resulta menos certero afirmar que el mundo creativo de Manzi descansa sobre una sensibilidad traída desde el origen de sus días, a partir de la cual las letras de tango han sido el canal expresivo más conocido por la sociedad. Los hombres sensibles suelen no descuidar las reflexiones que su ser y estar les motiva, y el ser y estar de Manzi fueron el país que habitaba y su destino. Dispuesto a dar batalla en ese terreno, funda a los diecisiete años un Ateneo de la Unión Cívica Radical (1924), por ese entonces partido gobernante bajo la gestión del Dr. Marcelo T. de Alvear que sucediera a Hipólito Yrigoyen en el ejercicio de la Primera Magistratura. Las crónicas más difundidas dirán que para ese entonces, Homero se compenetraba cada vez más con los paisajes de Boedo y Pompeya, cercanos a su casa de Danel y Av. Garay y que ya había compuesto su primer obra, el vals “Por qué no me besas” musicalizado por Francisco Caso. No obstante, a la par del descubrimiento de las vivencias urbanas de los barrios con “la luna chapaleando sobre el fango”, el sentimiento yrigoyenista y la conciencia política corrían paralelas en el intelecto y el sentir de ese joven que cursaba estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires y dictaba las cátedras de Castellano e Historia en los Colegios Domingo Faustino Sarmiento y Mariano Moreno. El yrigoyenismo de Manzi no fue una simple simpatía política. Fue un compromiso militante que irá desarrollando progresivamente en su vida. A tal punto, que Arturo Jauretche, el creador una sociología nacional y el desmitificador de las “zonceras argentinas”, expresará que “mucho de mi yrigoyenismo se lo debo a Homero Manzi, que tenía 20 años por esos días. Él me dio una de las explicaciones más orgánicas y tal vez más poéticas del caudillo y de lo que significó.” El golpe de estado del 6 de Septiembre de 1930 que diera por tierra con el gobierno de Yrigoyen e inaugurara el lamentable ciclo de intervenciones militares sobre gobiernos constitucionales, lo encuentra ideológicamente erguido para saber qué vereda debe ocupar ante tal circunstancia histórica. Así, participa de la resistencia yrigoyenista contra la dictadura del General Uriburu y contra el gobierno ilegal del General Agustín P. Justo. Su militancia por la causa nacional y popular lo lleva a conspirar, a fabricar explosivos caseros y a dar con sus huesos en la Penitenciaría Nacional de la Avenida Las Heras, lugar que años después también albergará al General Juan José Valle por intentar oponerse a otra dictadura militar. Su casa de Garay y Danel se convertirá en un espacio clandestino no sólo de oposición a la dictadura gobernante, sino de debate acerca del rol que el yrigoyenismo debía adoptar ante la desviación ideológico-política que el alvearismo había impuesto al radicalismo. Mientras tanto, la recomposición del movimiento nacional y el retorno a la legalidad institucional pasa por las armas: las fallidas intentonas radicales encabezadas por los tenientes coroneles Gregorio Pomar en Enero de 1932 y Roberto Bosch en Diciembre de 1933 así lo aseveran. De ambas, resulta de mayor importancia ésta última, de la cual no participa Manzi, mientras que sí lo hace su amigo Arturo Jauretche. La revuelta radical del 29 de Diciembre de 1933 se centra en las ciudades de Paso de los Libres y Santo Tomé en la Provincia de Corrientes y culmina con la derrota de las fuerzas populares. Jauretche termina preso en una cárcel correntina, sitio desde el cual escribe su poema gauchesco “Paso de los Libres”, destinado a exaltar la gesta reivindicativa. El posterior exilio de Jauretche en el Uruguay y la estadía de Jorge Luis Borges al mismo tiempo en el país vecino, confluyeron en una de las tantas paradojas de la historia argentina: será Borges quien, a pedido del autor del “Paso de los Libres”, prologue la primera edición aparecida en 1934 y juzgue como “excelente” la obra de Jauretche. El devenir histórico argentino y la aparición del peronismo en el escenario político nacional, hará que los rumbos coincidentes de ambos compartiendo su adhesión al yrigoyenismo se bifurquen definitivamente. Homero sabe muy bien qué destino les aguarda a los hombres con convicciones profundas como las suyas. Sin embargo, nunca bajará los brazos. Por el contrario, volcará toda su inteligencia y su accionar a desentrañar los mecanismos de dominación extranjera que inmovilizan la Nación. Expulsado de la Facultad de Derecho, marginado en el seno del radicalismo oficial por su rebeldía y exonerado de sus cátedras de Castellano e Historia, su convencimiento interior no lo hacen claudicar. De manera lúcida, elegirá “no ser un hombre de letras y sí hacer letras para los hombres”, arrancándole al sistema la posibilidad de decidir sobre su propia vida, ganándole una batalla.

-II-

“Nuestra pobre América, a la que parecía no corresponderle otro destino que el de la imitación. Todo estaba bien hecho, todo estaba insuperablemente terminado. ¿Para qué nuestra música? ¿Para qué nuestros dioses? ¿Para qué nuestras telas? ¿Para qué nuestra ciencia? ¿Para qué nuestro vino? Todo lo que cruzaba el mar, era mejor, y cuando no teníamos salvación apareció lo popular para salvarnos, creación de pueblo, tenacidad de pueblo. (…) Por eso yo, ante ese drama de ser hombre del mundo, de ser hombre de América, de ser hombre argentino, me he impuesto a la tarea de amar todo lo que nace del pueblo, de amar todo lo que llega al pueblo, de amar todo lo que escucha el pueblo.”

El año 1935 lo encuentra participando de la fundación de FORJA (“Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina”) conjuntamente con Arturo Jauretche, Luis Dellepiane, Gabriel Del Mazo y Raúl Scalabrini Ortiz, agrupación que recogerá el pensamiento yrigoyenista y será un faro de luz del pensamiento nacional entre las tinieblas político-económicas de la década del ’30. Bajo el lema “Somos una Argentina colonial, queremos ser una Argentina libre”, FORJA luchará sin descanso contra el sometimiento del gobierno a los intereses del imperio británico. Su sede será el sótano de la calle Lavalle al 1700, desde donde se alzará la voz denunciante que muy pocos querrán escuchar. Serán apenas puñados de oyentes quienes se acerquen a las alocuciones de Arturo Jauretche en plena calle Florida, trepado sobre un banquito y tratando de despertar la razón y la rebeldía anestesiadas por el aparato cultural de la dominación. La conciencia nacional sucumbía ante la crisis del movimiento popular y la entrega de resortes claves de la economía al extranjero, fruto del Pacto Roca-Runciman firmado con Inglaterra en 1933. FORJA denunciaba el Estatuto Legal del Coloniaje al que la Nación se hallaba sometida. A la par de sus tangos, Manzi dejó también su huella musical en FORJA. Coautor de la Marcha de la agrupación, sentó en sus estrofas su vocación revolucionaria al escribir “Forjista si estás de guardia y te preguntan dirás/dirás que velas las armas que mañana empuñarás”, dejando entrever el grado de compromiso con su escala de valores y la defensa de las cuatro P que esgrimían los miembros de FORJA: “Patria, Pan y Poder al Pueblo”.
“Se nos fue al mundo de la noche” diría, en 1934, Arturo Jauretche respecto al rumbo tomado por Manzi, quien a partir de allí dejaba de ser definitivamente Homero Nicolás Manzioni Prestera para insertarse en el universo de la poesía, allí donde la censura impuesta no llegaba. A diferencia del gran Enrique Santos Discépolo, quien recorrerá el camino de la creación hacia la política, Homero emprenderá el camino inverso, sin que pueda encontrarse en su obra, más que destellos de su forjismo e yrigoyenismo inclaudicable. No obstante, en “Milonga del 900”, musicalizada por Sebastián Piana, deja taxativamente sentada su raíz radical, al escribir: “Soy del partido de todos/y con todos me la entiendo/pero váyanlo sabiendo:/soy hombre de Leandro Alem”. Al respecto, cuenta su hijo Acho que su padre le aconsejaba no mezclar, y agrega: “El fue un maestro en eso. No mezclaba el tango con el cine, ni el cine con la política, ni la política con el periodismo. Y eso es mucho más importante de lo que puede parecer”. La aparición del peronismo en el escenario político argentino, significó en Homero Manzi la identificación de sus postulados con el pensamiento de FORJA, del mismo modo que en Arturo Jauretche. Diría en 1947: “Perón es el reconductor de la obra inconclusa de Irigoyen. Mientras siga siendo así, nosotros continuaremos creyéndole; seremos solidarios con la causa de su revolución, que es esencialmente nuestra propia causa”. Agregaba además: “Nosotros no somos ni oficialistas ni opositores: somos revolucionarios”. Así como fuera expulsado de la Facultad de Derecho y de sus cátedras de Castellano e Historia por su militancia radical, la toma de partido por el peronismo implica su expulsión de las filas de la Unión Cívica Radical. Otra vez, la decisión de ser consecuente con su pensamiento le cuesta una nueva segregación. Defender su yrigoyenismo a ultranza ante un gobierno ilegal y enrolarse en un nuevo movimiento popular fueron en Manzi dos partes de un todo inseparable: la incondicional adhesión a la causa del pueblo. Encontrándose enfermo a causa de la cruel dolencia que le arrebataría la vida, Homero es visitado por Hugo del Carril, quien le preguntará si se encuentra en condiciones de escribir dos milongas para cantárselas a Perón y Evita en un acto oficial. No obstante su estado de salud, Manzi concluyó las dos obras solicitadas.
La correspondiente a Evita comenzaba con estas estrofas: “No se acostumbra actualmente/este estilo de canción/se fue con la tradición/del payador elocuente/pero siento de repente/que en esta noble ocasión/debo hacer una excepción/para cantar gentilmente/mis décimas oferentes/que dedico a Eva Perón”.
En lo que hace a la composición dedicada al General Perón, la misma expresaba: “Va a perdonar su excelencia/que un payador del camino/le alce su verso genuino/ante tanta concurrencia./Quisiera en esta emergencia/tener el don de Gabino/para elogiar con más tino/la histórica presencia/que realizó su excelencia/en este suelo argentino”.
El 3 de mayo de 1951, con sólo 43 años y en su plenitud creativa y artística, murió de cáncer el gran Homero. Sus restos se inhumaron a las 16 horas del día siguiente. El presidente de la nación general Juan Perón y su esposa Evita enviaron sendas coronas de flores. En representación del primer magistrado asistieron al acto del sepelio el edecán comandante Eduardo Allio y el ministro de Industria y Comercio José Constantino Barro. A manera de final, me permito hacer mías las palabras pronunciadas por su amigo, Cátulo Castillo, despidiendo sus restos: “Su herencia es esto tierno que tenemos de nuevo florecido, porque también miramos hacia atrás, -Homero Manzi-, y te encontraremos de nuevo en la vidriera, mirando cómo llueve en un otoño. Adiós, Homero Manzi, amigo nuestro.”

Fuentes
Conferencia pronunciada por Osvaldo Vergara Bertiche el 16 de Noviembre de 2004 en el “Centro Cultural Bernardino Rivadavia”, en el marco de las actividades programadas con motivo del “III Congreso de la Lengua” celebrado en Rosario.

“Paredón y después. Entevista con Acho, hijo de Homero Manzi” por Diego Skliar en Revista “CABAL” Mayo/Junio 2007.





























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