lunes, 13 de febrero de 2012

Malvinas: una amputación no asumida

Por Jorge Rachid

Si alguien pregunta en la calle a cualquier argentino que haría esa persona en caso de ser el país invadido por un ejército extranjero y la Nación colonizada, seguro que la mayoría expresaría su rechazo y una alta proporción estaría dispuesto a luchar por la Patria, para expulsar al invasor. Debemos preguntarnos entonces por qué si el país sufre desde hace casi 180 años una ocupación colonial en manos del Reino Unido de Gran Bretaña, mientras nuestra respuesta cotidiana al planteo tiene, en el mejor de los casos, algún grado de tibieza, de racionalidad especulativa, de medir relaciones internacionales, de observar el flujo de capitales, mirar el resto de los países, buscar equilibrios antes que expresar con toda la fuerza y firmeza el rechazo visceral al colonialismo, la prepotencia, el uso de la violencia que han aplicado sobre nosotros como pueblo soberano, en un delito internacional como es la ocupación armada, que se prolonga en el tiempo, es decir sigue desarrollándose en cada instante, con una fuerza militar operativa ofensiva , para ser aún mas preciso, sería un delito actual pasible de ser juzgado hoy, ante la llamada Corte Internacional de La Haya.
Sin dudas esa ocupación territorial, producto de la necesidad del Imperio en ese momento, 1833 de controlar el Atlántico Sur, encadenado como bien lo explica el profesor Fernando Del Corro, con las posesiones de Gibraltar, la isla Asención, mas tarde la Ciudad del Cabo, la isla Santa Helena y parte de las islas caribeñas, en un diseño imperial que se sumó, desde lo militar, a la ocupación y saqueo financiero y cultural de América Latina, produciendo desde la llamada Balcanización o sea la fragmentación de los pueblos y los espacios geográficos en múltiples países, gracias a una inteligente diplomacia, cargada de dinero para corromper gobernantes, endeudar a los pueblos, producir guerras fraticidas como la de la Triple Infamia sobre Paraguay, dominando desde la política hasta la moneda, en estos territorios latinoamericanos, durante casi un siglo. Pero esa historia ha sido al menos acotada en los términos mas feroces del colonialismo de los siglos XlX y XX, sin embargo el tema Malvinas sigue ahí congelado, como si el tiempo se hubiese detenido y la conciencia nacional arrumbado frente a la humillación nacional que significa la presencia colonial en nuestras tierras. O será acaso que nuestra memoria histórica ha sido colonizada por un relato anglófilo, determinante sin dudas de una concepción eurocentrista de la mirada internacional, apuntalada en las currículas escolares de estudios en generaciones de argentinos. Es la historia contada por los que escribieron las humillaciones de nuestra soberanía tanto económica como militar, como victorias nacionales.
Desde los créditos de la Barhing Brodhers en la gestión Rivadavia. El mismo que le dio la espalda a la gesta libertadora del Gral. San Martín, desconociendo a su ejército, sin embargo relatado en la historia oficial, como el primer presidente y modelo de estadista. Quienes no dudaron en subirse a los barcos de la armada franco-inglesa en Obligado para garantizar el libre comercio a los piratas de los mares, eran argentinos que no dudaron en aliarse con Inglaterra para su lucha intestina contra Rosas, cuando las Malvinas ya habían sido ocupadas. Los mismos que convocaron al ejército brasileño para la batalla de Caseros, preludio sin dudas de la telaraña fina tejida por el Reino Unido para librar luego, con ejércitos casi mercenarios de sus intereses, la Guerra de la Triple Infamia contra el pueblo hermano del Paraguay. Mientras nuestros “próceres” hacían los deberes imperiales, las Malvinas seguían ocupadas. Así no nos debe sorprender que los ingleses hayan encontrado en las clases dirigentes argentinas de entonces, sus mejores armas para consolidar su presencia pirata en nuestras islas. Los mismos que escribieron esa historia sesgada que ocultó a nuestros patriotas desde Artigas a Felipe Varela, desde el gobernador Vernet al Gaucho Rivero, como después intentaron ocultar y victimizar a nuestros héroes de Malvinas como forma de enterrar su gesta gloriosa a la hora de entregar su vida por la Patria. La desmalvinización, el ocultamiento, la tergiversación de la reinvindicación nacional como política, por la circunstancia histórica de una dictadura genocida, como si lo uno anulase lo importante que demostró ese hecho hace 30 años, que la conciencia colectiva del pueblo guarda en lo mas profundo, que es la necesaria recuperación de nuestras hermanas perdidas, como forma de recuperar integridad territorial, como hoy estamos construyendo la unidad latinoamericana como forma de reparación al siglo XlX, de fragmentación y colonización geográfica y económica impuesta por el Imperio Inglés. Ese Imperio que hoy intenta pasar desapercibido, como gendarme de la potencia dominante hegemónica como es EEUU, sigue teniendo una presencia mundial con trece colonias en la actualidad y la construcción del Commonnwheald, cuyo término significa “riqueza común”, comunidad de naciones asociadas al reino inglés, que suman al día de hoy 57 naciones mas 13 colonias. Con esa base desconocida por la mayoría de los pueblos además su presencia en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas con derecho a veto, le ha permitido desconocer desde siempre las resoluciones del pleno de naciones, votadas masivamente en la Asamblea de la ONU, de negociar con nuestro país el tema de la soberanía de las islas Malvinas. Es el mismo reino que habla de paz y democracia en el mundo y sigue ejerciendo por la fuerza una ocupación a miles de millas de su territorio, con una fuerza desplegada de tipo ofensivo, no defensivo como aduce, con capacidad de despliegue sobre el resto del territorio nacional argentino, con capacidad nuclear disuasoria, que garantiza la continuidad de su presencia depredatorias en los mares territoriales argentinos.
Hay quienes creen que los reclamos actuales que el Gobierno Nacional realiza son simplemente tácticos, pese a que han convocado a la mas importante demostración de de solidaridad latinoamericana desde el conflicto de 1982, al impedir los países del Mercosur la utilización de puertos nacionales a los buques con bandera pirata malvinense, en una reivindicación común del espacio territorial americano frente a las agresiones imperiales. Agresión que es vivida hoy como una forma de depredación de los recursos naturales del mar austral, desde el petróleo herramienta estratégica hoy hasta los recursos ictícolas de la pesca selectiva que degrada la fauna eliminando millones de peces, léase proteínas para el mundo, en cada campaña de buques factoría que operan con impunidad y patente de corso inglés. Podemos pensar entonces, como nos alertaba el Gral. Perón en su mensaje del primero de mayo de 1974 titulado Modelo Argentino Para un Proyecto Nacional, que la batalla del futuro a librar por los pueblos libres, era la defensa de los recursos naturales en especial lo no renovables y en particular el agua dulce, ya caracterizado como el eje del próximo siglo para la humanidad y nos decía ese viejo sabio que los imperios vendrían por ello, con la dominación y con la fuerza de ser necesario. Ese es el fundamento inglés de su presencia en Malvinas, base de operaciones de su despliegue futuro con los mismos colmillos de antaño, como en 1833, en especial en éste año de discusión del Tratado Antártico a nivel internacional, donde pretende exhibir derechos.
Por otro lado quienes creen en la inutilidad del reclamo, desconocen que el Reino Unido ha debido negociar otros enclaves coloniales frente a situaciones geopolíticas desfavorables como el Estrecho de Gibraltar con España, otra potencia colonial con Ceuta y Melilla en África, hasta Hong Kong con China cediendo décadas de dominación, como antes tuvo que hacerlo, no sin antes crear condiciones favorables a sus intereses con los territorios coloniales del medio oriente y Asia. O sea que la búsqueda permanente de aliados estratégicos, los reclamos en todos los foros internacionales que se presenten y los atajos necesarios para “obligar” a los ingleses a negociar debe ser apoyada por el conjunto del pueblo argentino, independientemente de su adscripción política, cercana o lejana al gobierno, evitando el carancheo perverso realizado con los combatientes de la guerra del 82.
La excusa inglesa de los kelpers como pueblo soberano no resiste el menor análisis ya que la ocupación con población trasplantada no genera soberanía popular de autodeterminación, menos aún que planteen como una agresión aquellas medidas destinadas a doblegar la actitud soberbia de su negativa a negociar. Esas medidas desde prohibir los vuelos hasta cerrar los puertos son solo algunas de las medidas que pueden ser tomadas en una escalada destinada a recuperar las islas, que necesariamente afectarán los intereses ingleses en nuestro país y en Latinoamérica como así también la vida diaria de los pobladores de Malvinas hasta hoy privilegiados por la situación colonial, con el mayor ingreso per cápita del mundo, por los subsidios y recursos aportados desde la metrópoli y las regalías originadas en la explotación depredatorias de nuestros mares. Esos habitantes no son un pueblo, son parte de las fuerzas de ocupación sin uniforme, cumpliendo un rol colonial y sin derechos soberanos. Los argentinos tenemos nuestra cuota de responsabilidad en la continuidad de la colonización malvinense al no haber incorporado como una demanda continua, permanente en nuestro conciente colectivo como pueblo la necesidad de reparar la amputación sufrida antaño. Hemos tenido relatores aliados a la colonización, historiadores que aún hoy siguen planteando subliminarmente su dejo de desazón por haber combatido en las invasiones inglesas como pueblo, de haber librado las gestas de Obligado, el Quebracho y otras batallas memorables, de haber mantenido la neutralidad en ambos conflictos mundiales intercapitalistas, en defensa de intereses imperiales de cualquier signo y por supuesto de haber ocupado en el 82, que sin dudas atrasó cualquier negociación pero constituyó una gesta nacional, identitaria con la cuota de sacrificio y heroísmo que nos llena de orgullo como pueblo, mas allá de las especulaciones de quienes la decidieron para ocultar sus crímenes en el marco de la dictadura militar. Esa gesta permitió corroborar que la conciencia nacional tiene incorporada a Malvinas como un hecho colonial a reparar mas temprano que tarde, debe volver a ser parte de la integridad territorial de nuestro país.
El Movimiento de Unidad Popular, integrante de la Corriente de Liberación e Integración Nacional invita al FORO PARA PROFUNDIZAR EL PROYECTO NACIONAL en el que se abordará el significado histórico de la Constitución Nacional de 1949 y la necesidad de una nueva Constitución que institucionalice las transformaciones en marcha.




PANELISTAS:

FEDERICO MARTELLI (Director de Comunicación del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Referente del Movimiento de Unidad Popular - KOLINA)

ARITZ RECALDE (Licenciado en Sociología en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata)

FACUNDO CHÁVEZ (Asociación de Taxistas de La Plata)


MARTES 14 DE FEBRERO. 18:30 HS.
CENTRO DE ESTUDIOS NÉSTOR KIRCHNER
CALLE 7 N° 183 entre 35 y 36 - La Plata

martes, 31 de enero de 2012

Pensó y dijo lo que pensó. Actualidad de Mordisquito: El rostro oculto de Enrique Santos Discépolo

por Juan Godoy


"Gracias al voto femenino y a Mordisquito, ganamos las elecciones" (Juan Domingo Perón, 1951)


Introducción

Arturo Jauretche apunta en mayo del ’67, que luego de leer un libro del joven Norberto Galasso sobre Enrique Santos Discépolo, había prestado atención a que Galasso sostiene que se ha escamoteado, ocultado una faceta de la producción de Discépolo, aquella alegre, que apoya al peronismo y se ha resaltado la más amarga, escéptica, de los años ‘30’s (no por ello menos importante). En esos días comenta Jauretche, que fue a ver una intervención en el teatro de parte de Julián Centeya, y dio cuenta que éste ocultaba al Discépolo de “mordisquito”. Jauretche cuenta con sorpresa y decepción, cómo un poeta de ese submundo social cae en las mismas trapisondas de la superestructura dominante, así le dice a Centeya: “¿Pero vos Centeya?, ¿vos también te complicás? No me digas que sos gorila… Por favor. No me digas que estás entongado con los que hacen la historia a medias (…) ¿vos también has entrado, Julián Centeya, y te has puesto del lado de la yuta de la SADE, de La Nación que odia al Discépolo de mordisquito?” (Jauretche, 2007; 75-76) Lo que denuncia Jauretche, de lo que es víctima Centeya, es la superestructura cultural que se revela fundamental en los países en condición semicolonial para, a través de la colonización pedagógica, asegurar la dominación. (Ramos, 1961)
En las próximas líneas procuraremos poner de relevancia al Discépolo oculto por la mayoría de sus biógrafos, y la mayoría de los abordajes acerca de su figura, ¡no sea cuestión que Don Arturo piense que nosotros también andamos con la yuta del aparato de azonzamiento! Así nos centraremos en la figura de “mordisquito”, procuraremos demostrar, con varias citas (que quizás puedan abundar, pero nuestra intención también es hacer hablar nuevamente a “mordisquito”) el por qué de la rabia y odio contra esa arista del autor de “Yira, yira”, al mismo tiempo que demostrar la actualidad (en relación al proceso político-económico-cultural abierto en mayo de 2003) de las ideas vertidas por éste. Vea usted, haga la prueba, cuando lea las líneas de mordisquito, piense que se las esta diciendo hoy, no a principios de los 50’s, y verá que da lo mismo, los personajes, los rostros cambian, pero defienden los mismos intereses.
Discépolo nace en 1901, en el momento en que imperaba lo que Yrigoyen denominara como “el Régimen”, donde el imperialismo comienza a penetrar profundamente con sus garras la realidad nacional. Con tan solo 9 años, en la Argentina del Centenario que tiraba manteca al techo en sus viajes por Europa, y dilapidaba la Renta Agraria Diferencial en palacetes y demás lujos, mientras que los paisanos pasaban grandes penurias, iba a quedar huérfano (su padre ya había fallecido 4 años antes). Al tiempo se iría a vivir, luego de un pasaje por la casa de sus tíos, con Armando, su hermano. Prolífico y polifacético Enrique se iba a dedicar en su vida a escribir obras de teatro, a actuar en cine, a escribir tangos, etc. Iba a inmortalizar el espíritu de la denominada por José Luis Torres como década infame con tangos como “Cambalache”, “Yira, yira”, “Qué vachaché”, “¿Qué sapa señor?”, etc. Pero, como dijimos, aquí pondremos nuestra atención en el Discépolo de mordisquito. Por lo cual diremos que el autor de “Cambalache”, había conocido a Juan Domingo Perón en Chile, y a partir de ese momento va a ir construyendo una relación amistosa con el líder de los trabajadores, al mismo tiempo que con Evita. La relación con ambos es tan estrecha que varias veces pasará con ellos Año Nuevo y Navidad. Enrique se sumaría al proceso en marcha, pues “le basta observar esa alegría de los trabajadores que inundan la ciudad, para tomar partido junto a ellos. La jubilosa confianza de esa multitud que parece querer beberse de un solo golpe todo aquello que la vida le negó años y años, es suficiente para que Discépolo abandone la vereda indecisa y se sume con entusiasmo a la caravana en marcha.” (Galasso, 1995; 149)

El rostro oculto. Actualidad de “mordisquito”

Discépolo, hasta el momento del advenimiento del peronismo, no había participado activamente en el campo político propiamente dicho. Pero, como parte de la campaña electoral para las elecciones presidenciales del 11 de noviembre de 1951, el peronismo había ideado una serie de intervenciones radiales, bajo el nombre de “Pienso y digo lo que pienso”, que salían todos los días a las 20.35 hs. En éstas, participaban personajes de la cultura como Tita Merello, Lola Membrives, Luis Sandrini, Pierina Dealessi, Juan José Míguez, entre otros. El programa no tenía gran repercusión, pasaba audición tras audición con personajes que leían su libreto. Así, Raúl Alejandro Apold decide convocar a Discépolo para una de esas intervenciones radiales, a lo que éste último acepta, y luego de ver los libretos, arregla con los productores para reformarlos, y así comienza su participación en el ciclo. Así, como decíamos, nuestro autor “se lanza de lleno a la liza política en 1951 jugando todo su prestigio e incluso su vida misma, al adherir con militante fervor a la causa de la Revolución Nacional. Es el “mordisquito” que no le perdonarán nunca (…) el que percibe la tremenda angustia popular de los años treinta y la recrea en sus tangos es el mismo que, impactado por la alegría de las multitudes después del año 45, se suma al combate a través de sus charlas de 1951 exultante de entusiasmo ante una política de liberación económica y justicia social.” (Discépolo, 1981; 9) Durante el peronismo no realizará tangos tristes, dolidos, etc., basta con escuchar la melodía de los primeros compases de “El Choclo” para dar cuenta del cambio de actitud de nuestro autor en relación al cambio en la realidad social que está viviendo la Argentina, de la cual Discépolo es parte, “hay una relación muy estrecha entre lo que Discépolo compone y la situación que vive el país”.(Galasso, 2004, 12) No es de extrañar que el protagonista de la película “El Hincha” se juegue por sus ideas, por lo que cree mejor para las mayorías populares, desde las cuales va a desarrollar toda su tarea, pues él sostiene que “negar que he deseado ser querido, sería una impostura. Lo he soñado, lo he padecido y lo sufro con agrado. Siempre he deseado que me quisieran, aunque esta aspiración no conduzca jamás a buenos resultados comerciales, ni traiga aparejada jamás una libreta de cheques”. (Discépolo, 1981, 14) De esta forma, el 11 de julio se iba a escuchar por radio la primera participación de Discépolo en el ciclo radial. Nuestro autor, va a rescatar en sus charlas los hechos concretos del peronismo, los va a comparar con la situación del pasado argentino. Va a “bucear” en el sentido común (como el mejor de los sentidos) que, como establece Jauretche (Jauretche, 2005), tenemos bajo nuestra formación cultural, y nos desvincula de la realidad, es un ejercicio de descolonización pedagógica, de búsqueda de zonceras diseminadas en la realidad nacional. Ya desde esta primera charla iba a realizar severas críticas a los gobiernos que le habían negado sistemáticamente al pueblo mejores condiciones de vida, a compararlo con el gobierno popular en marcha, y a criticar a los agoreros de siempre, así: “nos tuvieron acostumbrados, durante tanto tiempo, a prometernos la chancha, los veinte, el rango, el organito y la pata de goma sin darnos siquiera la mitad de los veinte que, lógicamente, ya no creíamos más nada (…) lo que ellos nos prometieron ayer sin dárnoslo, se cumple hoy: llega un gobierno que toma las promesas en serio y las realiza. Pero mientras se construye, vos seguís amenazando con:”el año que viene me la vas a decir”. ¿Y qué te tengo que decir?. ¿Qué el año que viene vas a estar mejor?”.(Discépolo, 2009; 22) Y en otro dirá: “¿Por qué hablás si no sabés? ¿De dónde sacaste esa noticia que echás a rodar desaprensivamente, sin pensar en lo irresponsable que sos y en el daño que podés hacer? Estamos viviendo el tecnicolor de los días gloriosos y vos me lo querés cambiar por el rollo en negativo del pesimismo, el chisme, la suspicacia y la depresión (…) usás los rumores (…) ¡la que se va a armar!” (Discépolo, 2009; 29)
En el próximo diálogo va a poner en consideración a los sectores egoístas de la nación, que siempre andan buscándole la “quinta pata al gato”, buscando nimiedades para la crítica fácil, superficial, comparando estas actitudes con la importancia del proceso en marcha, las nacionalizaciones realizadas, de esta manera sostiene que “resulta que antes no te importaba nada y ahora te importa todo. Sobre todo lo chiquito (…) y te encontraste con que te hacían el regalo de una patria nueva, y entonces, en vez de dar las gracias por el sobretodo de vicuña, dijiste que había una pelusa en la manga y que vos no lo querías derecho sino cruzado. ¡Pero con el sobretodo te quedaste! (…) Y protestás. ¿Y por qué protestás? ¡Ah, no hay té de Ceilán! Eso es tremendo. Mirá qué problema. Leche hay, leche sobra; tus hijos, que alguna vez miraban la nata por turno, ahora pueden irse a la escuela con la vaca puesta. ¡Pero no hay té de Ceilán! Y, según vos, no se puede vivir sin té de Ceilán. Te pasaste la vida tomando mate cocido, pero ahora me planteas un problema de Estado porque no hay té de Ceilán. Claro, ahora la flota es tuya, ahora los teléfonos son tuyos, ahora los ferrocarriles son tuyos, ahora el gas es tuyo, pero…,¡no hay té de Ceilán!”. (Discépolo, 2009; 23)
En otro va a poner en consideración la dignificación del trabajador en el peronismo, por lo que critica a los que sostienen que: “ahora uno ahora uno llama a un electricista y, para colocar un enchufe miserable, te cobra quince pesos. ¡Yo no sé adónde vamos a parar!» A ningún lado. ¿Por qué? Si ahí está tu error. Es que ese enchufe miserable, como era miserable la situación de ese electricista, ya no lo son. No hay nada miserable ya. Todo ha adquirido dignidad (…) hay algo que no se puede negar: la evidencia.” (Discépolo, 2009; 25-27)
Resaltará asimismo la relación con la situación de la Argentina de antes del peronismo y la de durante: “Yo no te pido que inventes una escuela filosófica o que leas a Einstein y te vayas a dormir con el teorema puesto. Yo te pido que abandones tu posición de terco y pienses… pienses en lo que estaba pasando y en lo que pasa ahora. Tenías una patria como una rosa, pero esa rosa no perfumaba tu vida sino que se estaba deshojando en el ojal de los otros. Ahora la solapa de tus enemigos está vacía y la rosa es tuya, ¡pero vos seguís como enquistado en una terquedad sin belleza y sin sentido! Aquello que antes te robaban y te negaban ahora es tuyo, ¡todo!” (Discépolo, 2009; 33)
En la novena audición radial Discépolo va a inventar un personaje: “mordisquito”, el prototipo del opositor. Acerca del nombre que elige para su interlocutor en los diálogos radiales, puede relacionarse con lo que años atrás, en 1947, diría “los hombres se dividen en dos grandes grupos: los que muerden y los que se dejan morder” (Discépolo, 1981; 16), y él nos dice que “más de una vez hubiera querido ser malo, de estafado perpetuo pasar a estafador, de hombre mordido a hombre que muerde. Pero nunca pude hacerlo”. (Discépolo, 1981; 15). También se puede hallar ligado a la idea del “prototipo del opositor recalcitrante que nada ve, ni nada quiere aceptar y que muerde incesantemente al gobierno con su rumor chiquito, con su calumnia barata, con su crítica enana”(Galasso, 1995, 165). Ahora en los diálogos le va a hablar a él, en esta ocasión acerca de la idea del “acomodo” que siempre se echa a rodar en relación a los gobiernos nacionales y populares: “Para vos todos los que comprenden que el país transita un destino de bienestar y de justicia están acomodados. ¿Y sabés una cosa? ¡Sí! Tenés razón (…)Desde los pibes, para quienes se viene construyendo una escuela por día, para quienes se han organizado campeonatos deportivos (…)también están acomodados los muchachos, aquellos que antes vendían diarios, que tienen ahora cientos de escuelas de enseñanza técnico profesional y enseñanza universitaria gratuita. Y también se acomodaron los obreros, los laburantes de nuestra sufrida carga y la clase baja de tu irreflexiva soberbia, que aumentaron al triple sus jornales y lograron la dignificación del trabajo. (…)Se acomodó la salud y el bienestar general (…) pero a mí, a mí no me vas a contar que no entraste en el beneficio de esta generala servida.” (Discépolo, 2009; 37-38) También Discépolo llama la atención acerca de una cuestión que siempre aparece en los procesos económicos de crecimiento, a saber, la inflación, aquí Discepolín es didáctico con su interlocutor: “Te oigo decir, por ejemplo: “¡Eh, ya no se puede comprar nada. Todo aumenta. Todo sube! ¡No sé a dónde iremos a parar!” Y tu frase tiene la apariencia de una sentencia (…) Pero hacéme un favor, ¿querés? Agarrá un lápiz y un papel. Te quiero hablar con cifras para no hacerla larga. Tenés razón. Sí, el costo de la vida aumentó un 113% con relación a 1946. Pero, ¿sabés en cuánto aumentaron los salarios obreros? En un 172,8%. Y bueno, hacé la cuenta.” (Discépolo, 2009; 45) También comenta en relación a los porteños y su “porteño-centrismo”, a la vez que pone de relevancia las quejas de los sectores medios y acomodados a que otros sectores sociales accedan a mejores condiciones de vida, “ocupen” sus espacios: “La geografía de tus sentimientos terminaba en la avenida General Paz (…) ¿sabés lo que decís ahora?: “¡Ah, en Buenos Aires ya no se puede comer! Vas a cualquier restaurante y no hay mesa. Están repletos. Tenés que esperar turno. ¡Hasta para comer hay que hacer cola!” (Discépolo, 2009; 47)
No va a dejar de resaltar el papel de la dignificación de la mujer en el nuevo proceso, en relación a la desigualdad salarial con los hombres que iba emparejándose: “Muchos que subieron hasta la fortuna utilizando como peldaños el lomo de mil muchachas explotadas. (…) Dignificando a la mujer, de rebote mejoramos la dignidad de los hombres, porque no me digas que el respeto hacia la mujer querida —que es tu madre, tu novia o tu esposa— no es respeto que se te ofrece a vos también. ¿Verdad que sí?” (Discépolo, 2009; 54)
Resalta la nacionalización de sectores estratégicos de la economía, fundamental para la independencia económica, la soberanía política y la justicia social, así:“El fruto irá primero a tu mesa y luego entrará en los ferrocarriles —¡tuyos!— y se detendrá en el hermoso puerto de los barcos —¡tuyos!” (Discépolo, 2009; 60)
Volverá a cargar contra los agoreros, los que siempre buscan el lado malo, tienen una mirada superficial: “Dejáme que te cuente, Mordisquito, porque esto le pasó a Pepe —un amigo— y Pepe se parece mucho a vos. Fuimos él y yo al circo y empezó el número de un equilibrista. ¡Descomunal el equilibrista! Se subía a una escalera parada de punta y al llegar allá arriba ponía un banquito, sobre el banquito un tarro de yerba, después del tarro un asiento de bicicleta, ¡también haciendo equilibrio el asiento! Y allí se sentaba él, y mientras la escalera daba vueltas sobre sí misma este bárbaro hacía juegos malabares con tres botellas en las manos, con los dos pies tocaba el arpa, ¡y, claro, todos aplaudíamos como locos! ¡Figuráte! ¡Un número estupendo! Pero Pepe movió la cabeza como la movés vos, desdeñando, ¿y sabés qué dijo?: “Sí, bueno, ¡pero el arpa no la toca bien!” (Discépolo, 2009; 87)
Discépolo hablaría al pueblo durante treinta y siete noches, luego, pedido de la audiencia retomaría las audiciones por tres noches más, ya cerca de las elecciones dirá acerca de los candidatos de la lista opositora al peronismo: “Sos el pasado que quiere volver por amor propio, sólo por amor propio (…)¿Y sabés por qué? Porque tu idea y yo sabemos que no debés volver. Y vos también, en el fondo de tu alma, aunque lo escondas, sabés también que no debés volver. Por decoro. Por recuerdo. Por historia. Sos la imagen del retroceso, de la injusticia, del hambre, del entreguismo. El pueblo lo sabe, porque lo padeció, que venís de viejos partidos que nunca hicieron nada en beneficio del pueblo que es la patria (…)¡Vos gobernaste! ¡No una vez, sino varias veces… y mal! (…) No creas que no te oí; bien claro que lo dijiste en una proclamación: «Y podemos asegurar a los obreros que si llegamos al poder las conquistas obtenidas no se perderán». ¿Obtenidas por quién? Por este gobierno. ¿Y si las obtuvo este gobierno, por qué te van a votar a vos? Has perdido hasta la sensación del ridículo.” (Discépolo, 2009; 95-96)
Pero estos diálogos, donde, como vimos, Discepolín lanza las verdades a través de la radio a recorrer los hogares de la patria, la anti-patria no se la iba a dejar llevar de arriba. A él, una persona (según nos cuentan sus biógrafos y personas allegadas) sumamente sensible, de gran bondad, comienzan a hostigarlo, a generar un ambiente de gran hostilidad. Entre algunas de las cuestiones podemos citar como ejemplos que personas (muchas conocidas) se cruzan de vereda al verlo venir, se levantan de las mesas de los bares donde ingresa, lo abuchean, le envían cartas con sus discos rotos, con excremento, lo insultan por teléfono a toda hora, hasta cuando le van a realizar un banquete en su honor compran todas las entradas de modo que no vaya nadie. Discépolo ya está enfermo, la situación agrava su estado. Pero, afortunadamente el autor de “Yira, yira”, que dirá, acerca de su relación con el pueblo, que “en el largo y penoso diálogo de mi vida no he tenido más interlocutor que el Pueblo. Siempre estuve solo con él. Afortunadamente con él”. (Discépolo, 1981; 14) No se equivocaba estando del lado del pueblo. Ese mismo pueblo que lo escuchaba noche a noche, ese mismo pueblo que iba a desviarse de los festejos luego del triunfo electoral hacia la casa de Discepolín para reconocerle el papel jugado a favor del movimiento nacional. Él piensa en irse del país, Perón lo convence para que pase la navidad con ellos una vez más, acepta, pero el pequeño cuerpo lamentablemente no resiste más e iba a morir en su casa, junto a su mujer, Tania, el 23 de diciembre de 1951. Una pérdida gigante para el movimiento nacional que en pocos años iba a enfrentar sus horas más difíciles, ¡qué bien hubiese venido Discepolín para penetrar el aparato cultural de dominación! No obstante, la gran tarea realizada por él que consideramos aquí de suma actualidad, no debe permitir confundirnos hoy, porque después de escuchar los discursos a mordisquito no nos queda otra que decirle a éste nuevamente, ¡a mí, no me la vas a contar, mordisquito!

(Trabajo publicado en Reseñas y Debates, Año 7, Nº 71, Febrero de 2012)

Bibliografía

Discépolo, Enrique Santos. (1981). Escritos inéditos (comentarios Norberto Galasso). Buenos Aires: Ediciones del Pensamiento Nacional.

Discépolo, Enrique Santos. (2009). ¿A mí me la vas a contar? Discursos a Mordisquito. Buenos Aires: Terramar.

Entrevista a Norberto Galasso. Discépolo. (Por Walter Iampietro y Alejandro Pagés). En La Memoria de Nuestro Pueblo. El futuro tiene historia. Año 1, Nº 11, diciembre de 2004.

Galasso, Norberto. (1995). Discépolo y su época. Buenos Aires: Corregidor.

Jauretche, Arturo. (2005). Manual de zonceras argentinas. Buenos Aires: Corregidor.

Jauretche, Arturo. (2007). Polémicas. Tomo I. Buenos Aires: Peña Lillo.

Ramos, Jorge Abelardo. (1961). Crisis y resurrección de la literatura Argentina. Buenos Aires: Coyoacán.

lunes, 30 de enero de 2012

Fermín Chávez: un entrerriano para toda América

por Francisco Pestanha

Sostuvimos, en oportunidad de inaugurar la décima edición de nuestro Taller para el Pensamiento Nacional, que Fermín Chávez integra esa pléyade de intelectuales argentinos que desarrollaron una modalidad del pensar auténticamente nativista definida por el mismísimo entrerriano como “una epistemología de la periferia”. Quienes tuvimos el privilegio de conocerlo y de trabajar sobre sus escritos y su obra, no dudamos en asegurar que los aportes epistemológicos e historiográficos de Fermín trascienden las fronteras de su venerada Argentina extendiéndose hacia un continente que, con voluntad resistente y con plena convicción de futuro, va erigiendo paulatinamente categorías propias para el abordaje de los fenómenos humanos que aquí acontecen.
Benito Enrique Chávez (Fermín) nació un 13 de julio de 1924 en “El Pueblito”, un caserío cercano a la ciudad de Nogoyá. Asentado con ese nombre en la alcaldía, en otro documento que da cuenta de su natalicio figura “Benito Anacleto”, por cuanto a mediados de 1945, tuvo que realizar un trámite para la rectificación definitiva de la partida. Hijo de Gregoria Urbana Jiménez oriunda de Paysandú, y de Eleuterio Chávez, transcurrirá sus primeros años en un medio rural que nunca olvidará y que probablemente contribuirá a desarrollar su extraordinaria sencillez. De cuño yrigoyenista por vía paterna, y de tradición lópezjordanista por herencia de su abuela Martiniana, su primer formación en materia histórica estará teñida por las contradicciones existentes entre el relato histórico oficial proveniente de la “unanimidad  nacional” impuesta por la generación del 80 y los relatos familiares de raigambre orillera y campesina. Gracias al impulso de Fray Reginaldo Saldaña, el joven Fermín podrá cursar sus estudios en Córdoba y posteriormente perfeccionarse en filosofía en Buenos Aires y en teología en Cuzco. Regresará del Perú en 1946 para inmediata y definitivamente inmiscuirse en el clima político epocal. Sus lecturas de Santo Tomas de Aquino, Jacques Maritain, Garrigou de Lagrange, pero además, la de sus compatriotas Ramón Doll, José Luis Torres, Ernesto Palacio, Raúl Scalabrini Ortiz, Saúl Taborda, Nimio de Anquín, Leopoldo Lugones, Leopoldo Marechal y Enrique P. Osés, entrelazadas con las de Federico García Lorca, Pablo Neruda y Miguel Hernández irán configurando su pensar, y le permitirán ante todo, comprender cabalmente el sentido histórico de un peronismo que a su regreso, ya había accedido al poder. La concepción filosófica de Fermín Chávez está íntimamente vinculada a un historicismo cuyo supuesto esencial radica en que, “para estudiar cualquier ser colectivo sea que se considere o no a éste como un organismo, es indispensable conocer todos los elementos que la forman y sus modos de funcionar, con resultados varios en su vida anterior y su vida presente.” [1] El maestro entrerriano enseñará que “ninguna disciplina en particular proporciona un sujeto a la epistemología, ya que el sujeto no es el mismo en ontología, en lógica, en psicología, en ética y en estética. No hay tampoco, un ego epistemológico especifico.” [2]
En un ensayo de mi autoría que titulé “Las Manos de Fermín” sostuve en ese sentido que el “rescate integral e integrado de episodios y protagonistas obliterados por la historiografía oficial para Fermín, debía contribuir a superar ese verdadero desprecio por nuestro pasado, descrédito que según él emergió durante el siglo de las luces (Aufklärung), un período histórico donde se sobrestimó la capacidad una “razón humana” (que para muchos filósofos era “siempre idéntica a sí misma, igual en todos los hombres y en todos los tiempos” —y donde lo racional— debía “sustituir a lo real en tanto éste (lo real) era juzgado como producto absurdo de la historia” Cabe señalar que para los historicistas como Chávez la redención del “ser histórico” no perseguía fines meramente académicos —sino muy por el contrario— objetivos político culturales vitales en cuanto “lo pasado” es constitutivo de “lo presente” y determinante de “lo futuro.” [3] En relación a las afirmaciones precedentes cabe señalar que para quienes compartimos los presupuestos que nutren el Pensamiento Nacional, a mediados del siglo XIX, se consolidó en el poder de una elite que se propuso “civilizar” por la fuerza a los bárbaros propios. Civilizar significó lisa y llanamente desnacionalizar mediante la importación acrítica de ideas, conceptos, valores y productos culturales. No cabe duda alguna que la maniquea dicotomía Civilización o Barbarie selló una fuerte impronta fundacional en la formación del Estado argentino con posterioridad a Caseros, dicotomía por su parte que por antinatural -ya que los civilizados no eran tan civilizados ni los bárbaros, tan bárbaros- determinó la formación de una superestructura opresiva y en tanto alienante ya que implicaba trastornar supuestos culturales. Contra esa alineación emergieron, entre otros fenómenos, una corriente de pensamiento que se desarrolló vigorosamente durante el siglo pasado, pero que encuentra arraigo en los siglos anteriores, y en la que se inscribió el pensamiento de Fermín Chávez. Para Fermín, la importación a libro cerrado de la doctrina iluminista no sólo generó en el país un “un prejuicio moral y cultural” respecto a nuestras raíces indo–hispánicas, sino que además, a partir de tal influencia, empezó a germinarse dicha dicotomía donde lo bárbaro resultó paradójicamente lo propio y lo civilizado, lo ajeno. La idea de barbarie empezará a cobrar para nuestro maestro un sentido peyorativo hacia adentro trastornando los supuestos culturales “hasta el punto de hacerle creer a los nativos que nuestra civilización consistía en la silla inglesa y en la levita”. El iluminismo en nuestra región presupuso así una concepción naturalista y universalista de la sociedad “bajo la cual habría de sucumbir el ethos de nuestro pueblo y nuestra propia (…) germinación espiritual.” Según Chávez, este fenómeno de índole sociológico, al consolidarse en el tiempo mediante su instalación en los distintos estamentos del sistema educativo, fue transformándose en una deformación de índole ontológica, ya que ciertos preceptos y perjuicios se fueron expandiendo por vastos sectores de la sociedad. Por eso Fermín insistía que las crisis argentinas son primero “ontológicas, después éticas, políticas, epistemológicas, y recién por último, económicas“. En síntesis: una de sus principales líneas de investigación de nuestro maestro se orientó hacia el análisis de los mecanismos de coloniaje cultural y sus consecuencias, entre ellas, la disociación entre las elites “ilustradas” y el pueblo.
Para Fermín la resistencia contra esa opresión alienante emergió desde llano, desde el pueblo orillero, desde el subsuelo de la patria, desde las clases oprimidas y se expresó a través de la cultura popular. En ese orden de ideas Chávez comprendió, como pocos, que el Peronismo germinará en medio de una profunda revolución artística, ética y estética acontecida no solamente en nuestra patria sino también en Iberoamérica, y que en la Argentina tal convulsión fue la protagonizada por la llamada “Generación Décima”, progenie que reaccionó aguda y espiritualmente contra el coloniaje y se propuso la búsqueda de un sentido y destino colectivo. Se afirma en tal sentido, que “la revolución estética y el nacionalismo cultural se expresarán a través de una innumerable cantidad de artistas y autores, en todos los campos del quehacer estético-cultural” [4] La importancia de lo cultural en la construcción de lo autoconciencia nacional, serán vitales en su obra.
En momentos como los actuales donde muchos autores han orientado su lápiz hacia el análisis integral del peronismo –para quien les escribe– éstos serán fragmentarios e inconclusos si no se aborda íntegramente el corpus que constituye la producción de Fermín Chávez, reiterando en ese sentido que el entrerriano fue el más grande pensador que albergó el peronismo durante el siglo pasado y principios del que transcurre. Otro de los aportes vitales de nuestro maestro fue la valoración crítica de los aportes conceptuales de las distintas vertientes del nacionalismo argentino a la conformación de la doctrina nacional popular y humanista que nutrió al peronismo. El abordaje que Fermín realiza de la producción teórica del nacionalismo y su evolución hacia el “nacionalismo popular de cuño humanista” son imprescindibles no solamente para comprender al primer peronismo sino a aquella etapa de la historia argentina. Para finalizar, cabe reseñar que sus legados historiográficos fueron descollantes. No solamente los conocidos respecto al Chacho Peñaloza y a López Jordán, sino además los publicados respecto a José Hernández, Juan Manuel de Rosas y a distintos personajes obliterados de nuestra historia y de nuestra cultura. Su libro Vida y Muerte de López Jordán, constituye un antes y después en la historiografía entrerriana, y las consecuencias de este texto aún resultan admirables. Mientras ciertos “mandarines del saber” intentan imponernos “nuevos contenidos civilizatorios”, es buen tiempo para reencontrase con la obra de un paisano que nos enseñó sobre todas las cosas que, para plantarse firmemente en el suelo, hay que afinar primero la mente.


Notas
[1] Wenceslao Escalante: citado por Fermín Chávez: “La conciencia nacional; Historia de su eclipse y recuperación”. Editorial Pueblo Entero. Año. 1996.
[2] Fermín Chávez: “La conciencia nacional… Ibídem
[3] Francisco Pestanha: “Las manos de Fermín”. En www.nomeolvidesorg.com.ar
[4] Juan W. Wally: Generación de 1940: Grandeza y Frustración. Edit. Dunken. 2009


domingo, 29 de enero de 2012

Los novios asépticos de la revolución. Crítica de Arturo Jauretche a la izquierda cipaya

por Juan Godoy

“¡Estos novios que quieren casarse

con la revolución, y le piden certificado prenupcial!”

[Jauretche, Arturo. (2010). Prosa de hacha y tiza. Buenos Aires: Corregidor, página 85]



En el presente abordaremos la crítica que realiza Arturo Jauretche a lo que podemos denominar como una posición política de izquierda anti-nacional, la cual consideramos que es una categoría amplia, que pretende orientar para pensar la realidad política nacional, en ésta estarían inmersos tanto el tradicional Partido Socialista creado por Juan Bautista Justo, como el Partido Comunista, creado tiempo después de la Revolución Rusa, pasando por las divisiones, ramificaciones de esta izquierda (consideramos que en el discurrir del artículo quedará más clara la categoría). Aquí Jauretche excluye a la corriente de Izquierda Nacional (considerada por él como un ala del movimiento nacional), a la cual considera acertada en sus planteos, al tiempo que evade los “vicios” de la izquierda anti-nacional. Al respecto, un miembro de dicha corriente, Spilimbergo, sostiene que “Jauretche demostró desde los años ’50 una generosa simpatía hacia la corriente ideológica de la Izquierda Nacional, a la que en cierto modo dio su espaldarazo en declaraciones verbales, y sobre todo escritas” (Spilimbergo, 1985; 68) Así, el autor de Los profetas del odio y la yapa, realiza su crítica desde una concepción de pensar en nacional, entendiendo por ello, el pensar desde nuestra propia realidad, desde nuestras categorías, quitándonos las zonceras adquiridas por la colonización pedagógica, pensar desde nuestras problemáticas, desde el centro del planisferio, y no desde abajo y un rincón. Así, Carla Wainsztok argumenta al respecto que la originalidad de Jauretche (como la de otros: Martí, S. Rodríguez, etc.) implica “un cambio epistemológico que recupere las voces de aquellos que están al margen de la ciencia.” (Wainsztok, 2006) Este pensar en nacional aparece como fundamental en los países, como la Argentina, bajo una dominación semi-colonial, donde existe una cuestión nacional a resolver, así “pensar en nacional es, pues, en una semi-colonia como la Argentina, pensar revolucionariamente, cuestionando el orden impuesto por el imperialismo.” (Galasso, 2008; 10) La óptica desde donde se piensa es la de los sectores populares, procurando no crear caminos ajenos a la capacidad creativa de las masas. Aquí Norberto Galasso hace una llamada de atención pues cuando hablamos de un mentalidad nacional lo hacemos “en tanto anti-imperialista y ligada a nuestra realidad, pero no “nacionalista”, expresión de medievalismo y xenofobia; y “universal” en tanto progreso y avance de la humanidad en su conjunto, pero no “universalista” en el sentido de mentalidad colonial que asume servilmente las irradiaciones de los grandes centros imperiales” (Galasso, 2008; 23) (la diferenciación del nacionalismo en los países opresores y oprimidos ha sido tratada profundamente por Hernández Arregui sobre todo en ¿Qué es el ser nacional?, y en Nacionalismo y liberación). Asimismo resaltamos que el pensar en clave nacional no significa negar aportes surgidos en otras tierras, pero sí “tamizarlos” con nuestra propia realidad, abordarlos desde nuestra perspectiva, pues lo que hace que una idea sea nacional, o anti-nacional, exótica, es su correspondencia con la realidad nacional, no su origen. (Cooke, 2011) De esta forma, consideramos acertada la caracterización de Jauretche que realiza Horacio Pereyra “era, más bien, un empecinado difusor del ideario del nacionalismo popular y anti-imperialista, que actuaba coyunturalmente en apoyo de aquellos movimientos que, aún en su impureza doctrinaria o ideológica, más se aproximaran a sus principios políticos” (Pereyra, 1989; 50), complementada y precisada por César Díaz, que argumenta que el autor de Prosa de hacha y tiza se definía “como “nacional”, para sustraerse de las connotaciones que consideran a menudo al nacionalismo como “piantavotos”, reaccionario y ligado al catolicismo de derecha.” (Díaz, 2009; 26) Así, el pensar en nacional, implica la complementación, el pensar juntas la cuestión nacional y la cuestión social. John William Cooke sostiene que “en primer plano aparecen, indisolublemente unidas, la cuestión nacional y la cuestión social. Una no puede resolverse sin la otra”. (Cooke, 2011; 177) Esto último que resaltamos es una de las bases desde las cuales Jauretche se apoyará para realizar su crítica a las concepciones de izquierda anti-nacional, pues estos sectores políticos realizan su análisis de la realidad nacional a partir del posicionamiento en alguna de las vertientes en que se divide el mundo, reproducen los enfrentamientos a escala global en el propio terreno, así, según el escritor de Lincoln, se impide que lo social se identifique con lo nacional, se crean problemas marginales que dividen, y de esta forma no hay posibilidad de arribar a soluciones sociales por el único camino posible “la unidad vertical de los argentinos para las soluciones nacionales, que son soberanía, independencia económica y justicia social.” (Jauretche, 2010; 33). Son problemas abstractos que no permiten la unificación concreta.
En el esquema jauretcheano “la izquierda y la derecha no son generalmente sino distintos modos de eludir la “cuestión nacional”, en beneficio de intereses exteriores.” (Jauretche, 2008; 69). Nuestro autor está enfatizando aquí que el camino para emprender la liberación nacional en un país semi-colonial como la Argentina es la creación de un frente nacional que unfique a todos los sectores “nacionales” para enfrentar a la oligarquía y al imperialismo, la unificación de éstos bajo una línea nacional, que es la conciencia histórica de los argentinos. Estos sectores de izquierda abstracta actúan como oposición siendo el ala izquierda de la oligarquía, “tiene por misión distraer la opinión del pueblo, sacarla de sus verdaderos objetivos, actúa, generalmente, bien en el episodio, en la anécdota, en lo que no tiene trascendencia” (Jauretche, 2010; 61), de ahí que tengan lugar (muchas veces privilegiado) en la superestructura cultural de colonización pedagógica, de ahí que aparezcan en la prensa escrita, la televisión, la radio, etc., pues desvían la atención del pueblo de los problemas importantes para la realización nacional, de esta forma “al libro importado oponen otro libro importado, y los conflictos sociales y la teoría económica reposan para la “intelligentzia”, sobre presupuestos culturales igualmente ajenos al país sus hombres de la multitud.” (Jauretche, 2004b; 217)
Una de las claves en la crítica del autor del Manual de zonceras argentinas, sobre todo pensando en Juan B. Justo (pero vale para varios otros también), es la división que realiza éste entre la política criolla y la política científica, lo cual conforma la zoncera número 12 de aquel libro. Así en esta división, Juan B. Justo establece que “todo lo que venía de afuera era científico y lo que nacía adentro anti-científico, es decir, criollo.” (Jauretche, 2004; 88). Así, los trabajadores que consideraba en “condiciones científicas” eran tan sólo unos pocos inmigrantes, y las inmensas masas criollas eran anti-científicas, “el sindicalismo de importación fue incapaz de comprender los problemas del proletariado nacional y se redujo a sectores obreros calificados, o al proletariado extranjero que transfería su problema al país.” (Jauretche, 2008; 50). También, al partir de este esquema dicotómico, Juan B. Justo dirigía la política del Partido Socialista en contra de la protección aduanera y de la intervención estatal para el desarrollo industrial, pues seguía la idea que el socialismo en los países centrales había desarrollado, estableciendo que la división internacional del trabajo redundaba en beneficio a los trabajadores. De esta forma, abortó todo entendimiento con el sujeto que podía ser revolucionario en nuestras tierras, a la vez que se opuso a toda posibilidad de desarrollo industrial, que era el que podía generar una clase trabajadora, un proletariado industrial, “no pudo hacer socialismo con los trabajadores existentes porque eran anti-científicos y se opuso a la creación de una industria que pudiera generar trabajadores científicos.” (Jauretche, 2004; 89). Coincidía así la “izquierda”, con la “derecha liberal” (y las potencias imperiales) en los supuestos beneficios del libre comercio. Pues, “los ideólogos de la derecha liberal y de la izquierda están enfrentados, pero enfrentados fuera del país; en el país mismo, como ideólogos están de acuerdo en un punto común: el país es el sujeto básico de su tarea civilizadora.” (Jauretche, 2004b; 219) Esta zoncera, que establece una división entre política criolla y política científica, encuentra su fundamento en la madre de todas las zonceras, a saber: Civilización y barbarie, es una nueva forma de establecer la preeminencia de lo ajeno, exótico en detrimento de lo propio, conformando así una intelligentzia que piensa desde esquemas extraños, dado que “la mentalidad colonial enseña a pensar el mundo desde afuera, y no desde adentro.” (Jauretche, 1983; 112) Aritz Recalde establece certeramente la relación entre la producción del pensamiento nacional, pensamiento anti-nacional, colonial y la dependencia en los países oprimidos, argumentando que “en las naciones del Tercer Mundo el Pensamiento Nacional discute el fenómeno de la Dependencia, que es una condición económica, social, política y cultural estructural de nuestros países que impide la consumación de la nacionalidad y obstaculiza cualquier tipo de desarrollo independiente y sustentable en nuestros Estados. Por el contrario, el pensamiento y la producción intelectual cuya función es planificar, implementar y justificar el programa de la dependencia, es denominado como Pensamiento antinacional, colonial o neocolonial.” (Recalde, s.f)Existe, de esta forma, una estrecha relación entre este tipo de pensamientos de “izquierda” y una idea de ciencia. Pues se basan, para el análisis de la realidad en esquemas teóricos exóticos, y cuando la realidad no se encuentra en éstos, procuran adaptar la realidad a sus esquemas, en lugar de hacer lo contrario, “en lugar de intentar la construcción del socialismo criollo, reclama primero que el país deje de ser criollo para que sea socialista” (Jauretche, 2008; 55), así nuestro autor sostiene que tanto en el ’16, como en el ’45, cuando las masas irrumpían fuertemente en la política nacional, los hombres de izquierda, cientificistas decían “ganan, pero no es científico” (Jauretche, prosa, 80). Él les pedirá “¡humildad, humildad, y menos cientificismo y mejor conocimiento de la realidad!” (Jauretche, 2010; 85)
Hernández Arregui establece con respecto a la relación de la interpretación del pasado y del posicionamiento político en el presente que “hay una relación directa entre la interpretación de la historia nacional y la acción práctica de un partido político. Es ya notable que la historia de la Argentina sustentada por el comunismo sea sin variantes la misma que ha puesto en circulación la oligarquía liberal.” (Hernández Arregui, 2004; 98) Jauretche va a sostener la existencia de una corriente de interpretación de la historia que es el mitro-marxismo, personajes que desde una postura de izquierda realizan una interpretación histórica con rasgos similares a la desarrollada por Bartolomé Mitre, “las llamadas izquierdas tuvieron en materia histórica la misma incomprensión de los fenómenos locales que tuvieron para lo social, económico y cultural (…) han sido solidarias sostenedoras de la historia falsificada (…) por su formación intelectual han sido tan anti-nacional, como la oligarquía por sus intereses” (Jauretche, 2008; 50-51). Al respecto de dicha corriente historiográfica liberal de izquierda o mitro-marxista, Norberto Galasso argumenta que “la historia oficial ha generado, hace unos años, una variante conformada por historiadores vinculados a los partidos socialista y comunista. Sometidos ideológicamente al liberalismo conservador (…) estos historiadores se limitaron a celebrar a los mismos próceres y maldecir a los mismos réprobos que eran celebrados y maldecidos por la historia oficial. El tono distintivo de su izquierdismo sólo estuvo dado, en algunos, en el empleo de la fraseología marxista, aunque vaciada, por supuesto, de todo contenido.” (Galasso, 1999; 29) Para finalizar, sostenemos que estos aportes de Jauretche, a la cuestión de las izquierdas en la Argentina, nos permiten tener una visión que orienta la interpretación de la misma. Asimismo, resaltamos que la crítica es a un marxismo que podemos denominar ortodoxo, ligado a los dictados de los países centrales, pero no una crítica a toda interpretación desde el marxismo, damos cuenta de ello al observar la simpatía sobre la corriente de izquierda nacional, y su interpretación histórica (más allá de algunas diferencias) que profesa Jauretche. Su biógrafo, Norberto Galasso, argumenta al respecto que cuando el escritor de Lincoln revisa la cuestión de las izquierdas “lo hace desde una perspectiva revolucionaria, sin pizca de maccarthysmo y reprochándole a ésta, no sus reclamos de transformación social, sino precisamente el papel reaccionario que ha jugado en la política concreta, como ala izquierda de la oligarquía.” (Galasso, 2005; 217) Desde nuestra visión, el pensamiento del escritor de El Medio pelo en la sociedad Argentina, en toda su extensión es profundamente político, en el sentido de pensar (o ayudar a hacerlo) la realidad actual, nuestra. En el pensar en nacional que nos propone no hay un nacionalismo reaccionario que hace a un lado toda idea ajena al discurrir nacional, sino que juzga a las mismas según su adecuación y pertinencia en relación a la problemática nacional. Evade así, los caminos esquivos a los problemas nacionales (en vinculación a los sociales), ya sean que escapen por el lado izquierdo, o por el derecho. Esta última idea nos lleva a preguntarnos: ¿acerca de qué tipo de nación estamos hablando?, ¿quiénes son los sujetos que la componen, la dirigen, etc.? Aquí la noción se encuentra estrechamente vinculada al pueblo. Nación aparece como pueblo en una construcción que no permite la existencia de uno sin el otro, “lo nacional está presente cuando está presente el pueblo y a la recíproca, sólo está presente el pueblo cuando está presente lo nacional.” (Jauretche, 2008; 49). Por último, ahora sí, resaltamos la relación que pone de relevancia nuestro autor, entre la historia y la política, el cómo la interpretación del pasado nacional se liga con el accionar político, y damos cuenta en relación a este aspecto que las izquierdas anti-nacionales argentinas han sido parte de la misma interpretación histórica que la oligarquía, de ahí (al menos en parte) su accionar político.

Bibliografía citada
-Cooke, John William. (2011). Obras Completas, tomo V. Buenos Aires: Colihue
-Díaz, César L. (2009). Combatiendo la “ignorancia aprendida”. La prédica jauretcheana en la Revista Qué 1955-1958. Buenos Aires: Edulp.
-Galasso, Norberto. (1999). De la historia oficial al revisionismo Rosista. Corrientes historiográficas en la Argentina. Cuadernos para la Otra historia Nº 1. Buenos Aires: Centro Cultural Enrique Santos Discépolo.
-Galasso, Norberto. (2005). Jauretche y su época. La revolución inconclusa, 1955-1974. Tomo II. Buenos Aires: Corregidor.
-Hernández Arregui, Juan José. (2004). La formación de la conciencia nacional. Buenos Aires: Peña Lillo (Continente).
-Jauretche, Arturo. (1983). Filo, contrafilo y punta. Buenos Aires: Peña Lillo.
-Jauretche, Arturo. (2004). Manual de Zonceras Argentinas. Buenos Aires: Corregidor.
-Jauretche, Arturo. (2004b). Los Profetas del Odio y la Yapa los profetas. Buenos Aires: Corregidor.
-Jauretche, Arturo. (2008). Política nacional y revisionismo histórico. Buenos Aires: Corregidor.
-Jauretche, Arturo. (2010). Prosa de hecha y tiza. Buenos Aires: Corregidor.
-Pereyra, Horacio J. (1989). Arturo Jauretche y el bloque de poder. Buenos Aires: Centro editor de América Latina.
-Recalde, Aritz. (s.f.). ¿Qué es el pensamiento nacional? Cuadernos de trabajo del Centro de Estudios Hernández Arregui, Nº1.
-Spilimbergo, Jorge Enea. Desmontando por izquierda. En Parcero Daniel (Comp.). (1985). Cabalgando con Jauretche (pp. 67-72). Buenos Aires, Roberto Vega.
-Wainsztok, Carla. (2006). Descolonización Pedagógica. En Cuadernos para la Emancipación Nº 29, Buenos Aires, Agosto del 2006.







lunes, 5 de diciembre de 2011

Progresismo, populismo y movimiento nacional

por Germán Ibáñez*

En el debate político argentino actual, aparecen con frecuencia las cuestiones del progresismo, del populismo, y de lo nacional-popular o del movimiento nacional. Por cierto, no siempre se trata de abordajes críticos, y a veces se manifiesta un deliberado afán de confundir aún más los tantos. Es el caso de las alusiones al “populismo” por parte de los operadores de los monopolios de la comunicación y de los intelectuales conservadores o de derecha. Y con frecuencia, con el término “progresismo” (en apariencia más simpático) no se corre mejor suerte. El movimiento nacional o lo nacional-popular es reivindicado mayormente por el kirchnerismo, el peronismo y la izquierda nacional, o incluso por sectores que se identifican como progresistas (vinculados mayormente al kirchnerismo). Y por otra parte existe un progresismo no kirchnerista, o incluso antikirchnerista, que abjura de lo nacional-popular. En las breves reflexiones que siguen, no pretendemos un examen exhaustivo de estas cuestiones, pero sí un aporte que pueda servir al enriquecimiento del debate.

Un progresismo disociado de la centroizquierda
En alguna oportunidad encaramos la cuestión del progresismo (artículo “Las raíces del progresismo”, Señales populares, octubre 2010) indagando en los equívocos que encierra esta denominación para la política argentina. Muchas veces el progresismo es asociado a la centroizquierda, vinculación no caprichosa en otras latitudes y momentos históricos (por ejemplo, la etapa del Estado de Bienestar y la socialdemocracia europea de la segunda posguerra) pero más azarosa en la Argentina , y que en todo caso necesita ser problematizada. Con la expresión centroizquierda se alude los proyectos políticos reformistas de una izquierda en apariencia no radical. Es decir, aquellos proyectos que históricamente han buscado objetivos de democratización de los Estados y regímenes políticos y de una más justa distribución de las riquezas, sin necesariamente plantearse la cuestión del poder o una refundación del Estado, ni alterar dramáticamente las relaciones sociales fundamentales (de clase). De todas maneras, al impulsar esos cambios inevitablemente las centroizquierdas chocan en mayor o menor medida con los poderes económicos predominantes y con lógicas estatales patrimonialistas o instrumentadas por el mismo poder económico. Aquí aparece la dimensión concreta de la radicalidad o profundidad de esas centroizquierdas, pues el desafío concreto de la democratización, la expansión de derechos sociales y la redistribución progresiva de la riqueza, se verifica no “en el aire” sino en la modificación real de correlaciones de fuerzas sociopolíticas, en la voluntad política de una dirigencia, siempre en el marco de condiciones estructurales nacionales y globales relativamente ajenas a la voluntad de los actores en pugna.
En la medida en que un programa “progresista” se identifique concretamente con reformas progresivas en dirección a una mayor democratización y justicia, puede hablarse de asociación entre centroizquierda, reformismo y progresismo. El problema se suscita cuando se disocia centroizquierda de progresismo; es el caso del viraje de las socialdemocracias occidentales hacia el neoliberalismo en las décadas de 1980-90 y del desmantelamiento del Estado de Bienestar. Es también el caso de la crisis y reconversión conservadora de corrientes antiimperialistas, movimientos de liberación nacional y partidos izquierdistas de toda aquella vasta geografía conocida antaño como “Tercer Mundo”, o países dependientes (la periferia del capitalismo) en los mismos años.
Ahora bien, en nuestro país este proceso ha tenido sus rasgos peculiares. Aquello que conocemos como “progresismo” tiene su lejana raíz en la ideología de la civilización y el progreso. La civilización se concebía como el proceso de “europeización” de América, con el menor compromiso posible con las realidades sociales, políticas y étnicas preexistentes. En su formulación extrema: de aculturación y justificación del etnocidio. La figura de Bernardino Rivadavia será construida por la historiografía de Mitre como “precursor” de este proyecto histórico; pero la clave de bóveda la aportará Sarmiento con el dilema “civilización o barbarie”. Este proyecto socio-histórico se traducía concretamente como el despliegue de una transformación capitalista dependiente, que quería tener sus motores en la inversión e inmigración europeas, en la expansión de la frontera agropecuaria y en la incorporación acrítica de la experiencia cultural de las metrópolis. Su cristalización en la construcción del Estado argentino (c. 1862-1880) se dio de la mano de prolongados ciclos de luchas civiles armadas. Una vez que esa construcción estatal comienza a sedimentar, el poder de irradiación de la ideología de la civilización y el progreso, ahora con el auxilio del positivismo, crece de manera sustancial. La conformación del sistema educativo, de la propia presencia del Estado a través de una serie de organismos, y de una superestructura cultural sofisticada (el proyecto de la generación del ’80) permite la primera construcción hegemónica sólida de lo que ya se constituye como bloque de clases dominante a nivel nacional. Es decir, la así llamada “oligarquía” se convierte en bloque dirigente de una sociedad que atraviesa un proceso de expansión capitalista dependiente y de modernización cultural muy a tono con esa dependencia de las grandes metrópolis industriales.
La hegemonía del bloque oligárquico es tal porque “penetra” también en aquellos sectores sociales y fracciones políticas contestatarios frente al status quo de la República liberal. Tanto el radicalismo como el socialismo serán tributarios en muchos aspectos de la cosmovisión dominante. Sin embargo, el primero, en su vertiente yrigoyenista, cuestionará desde un idealismo ético a esa ideología del progreso desentendida de la cuestión democrática, y se pensará como un movimiento de reivindicación nacional, en cuyo seno comenzará a madurar hacia los años 1920 una corriente de nacionalismo popular (la obra de Manuel Ortiz Pereyra, quien será uno de los fundadores de FORJA en la década siguiente). En tanto no se asumiera la crítica profunda de la cosmovisión oligárquica, el “progresismo” tendía a cristalizar como un desdoblamiento por izquierda de esa construcción hegemónica, más que como una postura que apuntara a un horizonte contrahegemónico. Las conquistas y avances del radicalismo estuvieron estrechamente relacionadas al desafío lanzado al republicanismo liberal desde una concepción con su eje central en la soberanía popular (como se la entendía en aquella época). En tanto que sus límites y contradicciones se anudan en gran medida al tributo que el radicalismo rendía a la ideología de la civilización y el progreso en otras cuestiones fundamentales; por ejemplo el mito del crecimiento agropecuario indefinido.
En todo aquello que el yrigoyenismo se alejó de la cosmovisión oligárquica no fue reputado precisamente de “progresista” sino estigmatizado como plebeyo, demagógico, caudillista (personalista) y expresión de las “chusmas”. Es decir: democrático en las condiciones históricas de un régimen liberal republicano patrimonialista, instrumentado hasta entonces excluyentemente por una minoría de notables. Las “desprolijidades” del yrigoyenismo herían la sensibilidad no solo de la derecha liberal oligárquica, sino también del “progresismo” de aquellos años, que coincidió con los conservadores en el ataque a la política y la figura del Yrigoyen (casi una encarnación del “antiprogreso” como caudillo redivivo). El progresismo argentino nace así disociado de los movimientos nacionales, y esta fractura se reproducirá ampliada con la emergencia del peronismo. En cuanto desafió el fenómeno histórico del neocolonialismo, planteando la democratización del régimen político, la autodeterminación nacional y la justicia social, el peronismo como movimiento nacional jugó el rol objetivo de una centroizquierda en la Argentina de los años 1940-50, sin ser calificado de “progresista” sino todo lo contrario [1]. Nacido en gran medida de la nueva realidad social que suscitaba la expansión de la actividad industrial a partir de la crisis de 1929-30, el nuevo movimiento político se asociaba estrechamente a la movilización de los asalariados y adquiría en su política y en su discursividad rasgos claramente obreristas. La incapacidad del progresismo liberal y socialista para entroncar con esas masas plebeyas del movimiento nacional marcó una vez más su fractura con el rol posible de una centroizquierda, y lo empujó insensiblemente a la convergencia con la derecha liberal conservadora e incluso con el golpismo militar.

El problema del populismo
La caracterización como “populista” de experiencias políticas como el peronismo (y ahora el kirchnerismo) tuvo y tiene en ocasiones pretensiones sociológicas e historiográficas, pero también muestra en muchas otras ocasiones una clara intencionalidad denigratoria y estigmatizante. Conviene entonces encarar esta cuestión, aunque sea de forma suscinta. En su origen, la categoría populismo fue puesta en juego desde una matriz estructural-funcionalista, desde la teoría de la modernización, e incluso desde alguna lectura del marxismo. Se la relacionó mayormente con procesos sociopolíticos latinoamericanos fechados a partir de la década de 1930. Un ejemplo es aquella interpretación del populismo que lo ve como expresión de cambios en la estrategia de acumulación del capital pos-crisis de 1929 y de la emergencia del proceso de industrialización por sustitución de importaciones. Como señala Nicolás Casullo [2], esas interpretaciones eran, en mayor o menor medida (y sin excluir derivas hacia posturas conservadoras) parte de una genealogía crítica del populismo, señalando limitaciones y contradicciones o reclamando mayor radicalidad. Pero con el triunfo del paradigma neoliberal y la crisis de las izquierdas (moderadas y radicales), la utilización del término “populismo” gravitó decisivamente hacia la derecha conservadora, asumiendo el progresismo y la “izquierda” esa utilización. Especialmente desde los medios monopólicos de comunicación, se vulgariza el término populismo asociándolo excluyentemente a la demagogia, el autoritarismo y el “estatismo” irresponsable (cuestiones que de todas formas no estaban ausentes en muchas de las críticas académicas al populismo, como la de Gino Germani). En las operaciones mediáticas más vulgares, se elimina directamente cualquier referencia a la orientación general de la política de un liderazgo o gobierno determinado, de su horizonte ideológico y de sus bases sociales de sustentación, mezclando en deliberado desorden figuras como las de Carlos Menem y Hugo Chávez. La construcción de sentido de estas interpretaciones tiende a establecer que el populismo es una cuestión de estilo (que por algún ignoto motivo resulta privativa de los latinoamericanos), en tanto se desdibuja completamente la crisis política del neoliberalismo y la emergencia de procesos políticos pos-neoliberales, de los cuales es expresión una figura como la del mandatario venezolano Hugo Chávez. Sin embargo, así como registramos estos usos superficiales o maliciosos de la noción de populismo, en la tradición del pensamiento crítico contemporáneo se verifican interpretaciones divergentes, que pueden enlazarse con esa genealogía de la que hablaba Casullo, aunque tengan sus peculiaridades y propuestas novedosas. Es el caso de Ernesto Laclau, cuya obra impacta directamente, horadándolos, sobre los consensos conservadores acerca del populismo. En una conferencia reciente, publicada con el título Populismo, democracia y comunicación [3], Laclau resume algunos de sus puntos de vista. En primer término, registra en Latinoamérica la disociación de la tradición liberal-republicana movilizada por las elites organizadoras del Estado en el siglo XIX, de la tradición nacional-popular que en el siglo XX encarnaron las masas y sus emergentes políticos en la pugna por democratizar esos regímenes republicanos. Los regímenes liberal-republicanos exhibieron enormes carencias a la hora de integrar y dar respuesta a las demandas de los sectores populares. En cuanto una serie de demandas insatisfechas por los canales institucionales reconocidos comienzan a enlazarse entre sí, estableciendo una cierta solidaridad, se forma una cadena de equivalencias. Es el momento “pre-populista”, cuando lo popular comienza a erigirse frente a lo institucional. La cristalización populista es ya el momento de la articulación política, cuando esas demandas giran alrededor de un punto de aglutinación representativo, y cuando un cierto discurso de poder establece también la relación entre las demandas a nivel de base. Si la generalización de las demandas y el establecimiento de la cadena de equivalencias puede graficarse a través de un eje horizontal, la articulación que inscribe políticamente esas demandas en canales eficaces es de tipo vertical. El tránsito entre la explosión de la protesta horizontal en el año 2001 en la Argentina , y la emergencia del liderazgo kirchnerista a partir de 2003, que apoyó desde canales verticales institucionales las demandas populares es para Laclau una clara expresión de la articulación populista. De tal manera, en la propuesta de Laclau, el populismo se desprende de toda connotación peyorativa, y por el contrario, se verificaría en las más recientes experiencias un principio de sutura entre lo institucional-republicano y lo nacional-popular. Ahora bien, estas interpretaciones que emancipan al concepto populismo de la carga negativa y peyorativa que acarreó tradicionalmente, no inhiben la necesidad de seguir problematizando la cuestión, e incluso de enfocarla desde otros marcos conceptuales. Especialmente nos interesa la caracterización de movimiento nacional.

El movimiento nacional y la tradición nacional-popular
Cuando nos referimos al movimiento nacional, estamos hablando no de una particular forma de movilización y organización política (por ejemplo aquello que en la tradición del peronismo distingue a la estructura partidaria de la dimensión “movimientista”) ni tampoco lo circunscribimos a los procesos sociopolíticos que han sido calificados de populistas. Caracterizamos como movimiento nacional a aquellos procesos políticos que impulsan un mayor margen de autodeterminación de las sociedades en las cuales se verifican, y que para hacerlo, movilizan a un conjunto variable de sectores y clases sociales con distintas consignas y demandas sectoriales y democráticas. Es decir, la cuestión de la autodeterminación nacional es el eje fundamental, pero resulta imposible que ésta se manifieste eficazmente sino está vinculada, de una u otra manera, al ascenso sociopolítico de los sectores populares. En términos más clásicos, históricamente se ha presentado en Latinoamérica una compleja relación (que es menester analizar en concreto en cada coyuntura) entre la cuestión nacional y la cuestión social. Ahora bien, esta caracterización sumaria también es susceptible de mayor problematización, y sobre todo historización. Seguimos al peruano Alberto Flores Galindo cuando afirma que en la revolución andina de 1780, liderada por Túpac Amaru II, están presentes ciertos rasgos de movimiento nacional: “Túpac Amaru II pensaba conformar un nuevo ‘cuerpo político’, en el que convivieran armónicamente criollos, mestizos, negros e indios rompiendo con la distinción de castas y generando solidaridades internas entre todos aquellos que no fueran españoles. El programa tenía evidentes rasgos de lo que podríamos llamar un movimiento nacional” [4]. El “cuerpo político” no es sino la conformación de una comunidad política (nación) asentada en la modernización interna y la descolonización, lo que cuestionaba radicalmente el orden tradicional, estamental y absolutista del imperio español. El colonialismo español no implicaba solamente la sujeción de los territorios americanos a la Corona ibérica, ni el drenaje de riquezas hacia la metrópoli, sino también la conformación de sociedades donde la explotación de clase y la opresión política se conjugaban con un orden estamental, de distinciones cristalizadas en torno a la “pureza de sangre”. El desafío tupamarista de concretar en el Perú una unidad política de nuevo tipo, con el Inca a la cabeza, se conjugaba con la búsqueda de cambios radicales en la estructura económica colonial, como la supresión de la mita y la eliminación de las grandes haciendas. Y trazaba un amplio arco de alianzas que involucraban no solo a los campesinos indios, sino a sus dirigencias (curacas), a los esclavos, a los criollos y mestizos e incluso se apelaba a la Iglesia. Es decir, estamos frente a un programa político indudablemente moderno (aunque también expresión de imaginarios sociales y de una cultura popular de raíz prehispánica, lo que lo convierte en una de las más formidables operaciones transculturadoras hispanoamericanas) que se proponía construir una nación, rompiendo el vínculo con la Corona y estableciendo nuevas relaciones sociales.
La frustración del proceso revolucionario andino tendió a nublar su importancia, pues resultaba de la máxima peligrosidad para los intereses coloniales y señoriales hispanoamericanos. Pero también quedó escindido en cierta medida del movimiento independentista que varias décadas después tendrá en las elites criollas a su principal beneficiario. Elites que congelaron la descolonización hispanoamericana allí donde se amenazaba el compromiso histórico entre los intereses señoriales y las fracciones comerciales proto-burguesas que ya estaban vinculadas con los nuevos centros capitalistas como Inglaterra. Tal proceso se concretó en abierta lucha no solo contra los movimientos populares como el artiguismo, sino con las propias fracciones radicales del bloque revolucionario encarnadas en las figuras de los libertadores José de San Martín y Simón Bolívar, cuyas más audaces proyecciones políticas fueron mediatizadas por los liberales conservadores. Las guerras de independencia fueron primero y ante todo guerras civiles. El detonante fue la revolución política democrática que agitó primero a la metrópoli ibérica en 1808 y luego eclosionó en el movimiento de las Juntas populares en Hispanoamérica a partir sobre todo de 1810. El proceso revolucionario hispanoamericano no fue inicialmente independentista, sino autonomista y democrático, en tanto reclamaba el autogobierno de las “ciudades” americanas sustentándose la demanda en el principio de la soberanía de los pueblos. Sin embargo, constituyó el puntapié del ciclo nacional en la medida en que el reclamo autonomista-democrático y la propia realidad de la guerra civil contra los absolutistas (que se identificaban no solo con la dominación tradicional de la Monarquía sino también con los privilegios incondicionados de la metrópoli sobre las tierras americanas) inició la deriva hacia la guerra independentista abriendo paso a diversos proyectos para constituir en estas tierras nuevas comunidades políticas, es decir: naciones. En el choque entre esos distintos proyectos de puso de relieve la divergencia de visiones acerca de hasta donde llegaban los fundamentos democráticos de los regímenes políticos que emergían de la crisis del imperio español, y también las modalidades y el horizonte general de la transformación capitalista hispanoamericana. ¿Se orientaría a consolidar los vínculos asimétricos de las elites comerciales con los centros industrialistas del Norte o implicaría una modernización interna que liberase a los productores directos y protegiese el trabajo local? La fuerza motriz del segundo camino solo podía asegurarla la movilización de las masas populares: el fin de la tributación, la abolición de la esclavitud y los trabajos forzados, el reparto agrario. Es decir, una modernización interna conjugada con avances en la descolonización social. En tanto los intereses societarios de las burguesías comerciales y las clases señoriales que podían articularse a las necesidades de los centros industriales como Gran Bretaña exigían el congelamiento de la revolución, allí donde amenazase los privilegios y la disciplina social que eran también requisito indispensable para la expansión de un capitalismo dependiente [5]. Se jugaron entonces tensiones históricamente determinadas entre la cuestión nacional y la cuestión social en lo que constituyó un movimiento nacional hispanoamericano, en tanto no solo se puso en juego la formación de la nación, sino también la confederación de las nuevas comunidades políticas en un horizonte de Patria Grande. El proyecto bolivariano del Congreso Anfictiónico fue la más grandiosa proyección de tal horizonte, y su frustración el mejor índice de las dificultades para concretarlo en aquellas coordenadas históricas, así como de la fuerza (bases internas y externas) de los proyectos societarios que apuntalaban el camino del capitalismo dependiente. Importa entonces, a los fines de estas reflexiones, consignar que los movimientos nacionales son con mucho anteriores en América Latina a la emergencia de los denominados “populismos” del siglo XX. Y además, que la genealogía del movimiento nacional y de la tradición nacional-popular es compleja y diversa, pues no podríamos escindir al proceso revolucionario andino de esa genealogía nacional-popular. Con lo cual deberemos admitir que uno de los más complejos proyectos de constitución de una comunidad política moderna aparece en íntima conexión con la herencia de las revueltas campesinas e indígenas, antecediendo en décadas a las guerras de independencia. La desintegración del régimen colonial en América Latina abrirá paso a la revolución y a la constitución de comunidades políticas independientes; pero al disociarse la transformación capitalista de la descolonización, las nuevas repúblicas cargaran con gravosas consecuencias: la constitución de regímenes políticos patrimonialistas y autoritarios (Estados oligárquicos); la asimetría en las relaciones económicas, políticas y culturales con los centros capitalistas metropolitanos (neocolonialismo); la marginalidad político-cultural así como la pervivencia de formas de explotación del trabajo no libre de los descendientes de pueblos originarios (colonialismo interno). Los movimientos nacionales se reconstituirán como respuesta de los pueblos a las tareas inconclusas legadas por la etapa de la emancipación (se hablará en algunos países de la necesidad de una segunda independencia), así como frente a los nuevos desafíos históricos. Las tradiciones nacional-populares (utilizamos el plural) se recrearán construyendo genealogías, rescatando memorias e historias soterradas, y actualizando el ideario liberador. Será en el área del Caribe, con el movimiento independentista cubano y el pensamiento y la praxis de José Martí, donde se producirá la eclosión del ciclo de movimientos nacionales contemporáneos, en el cruce histórico de los resabios de la vieja dominación colonial española y el ascendente imperialismo estadounidense [6]. El período histórico comprendido entre los últimos años del siglo XIX y las primeras décadas del XX marcará el tránsito hacia el paradigma de la liberación nacional, que surge como respuesta tendencialmente antiimperialista a las nuevas condiciones de la dependencia y puja por democratizar los Estados, instrumentando nuevas ideologías democráticas. Las manifestaciones externas de los nuevos movimientos nacionales serán muy diversas, así como su grado de radicalidad. Desde el independentismo cubano con el profundo antiimperialismo martiano hasta la agrarismo insurgente de la Revolución mexicana de 1910, pasando por los reformismos urbanos de Argentina y Uruguay (yrigoyenismo y batllismo respectivamente). La tradición nacional-popular abrevará en el rescate indigenista (que no es, todavía, el indianismo contemporáneo), en el liberalismo democrático, en el antiimperialismo, en el socialismo reformista y en el marxismo, combinando a veces varias de estas vertientes como en la obra formidable del peruano José Carlos Mariátegui.
En nuestro país, la tradición nacional-popular está indisociablemente vinculada a la emergencia de los movimientos nacionales del siglo XX. Ya aludimos a la figura de Manuel Ortiz Pereyra y al forjismo. Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz serán las figuras paradigmáticas, que elaborarán a su vez una perspectiva crítica del despliegue de los movimientos nacionales, a caballo de la crisis del radicalismo y de la emergencia del peronismo primero, y luego en la explicación de la caída de Juan Perón en 1955. Pero también en nuestro país las genealogías de la tradición nacional-popular son diversas. Así debemos consignar la vertiente de un socialismo latinoamericanista que supo encarnar Manuel Ugarte, con su prédica pos de la unidad latinoamericana. Y por cierto, las corrientes provenientes de un marxismo que se deslindaba polémicamente de las izquierdas tradicionales e iba al encuentro de lo nacional-popular en clave antiimperialista. Rodolfo Puiggrós desde una matriz comunista y Jorge Abelardo Ramos desde el trotskismo fueron figuras paradigmáticas, entre varios otros, de un marxismo nacional. Con ellos, la búsqueda ideológica de una correlación entre cuestión nacional y cuestión social se hará más densa y sofisticada, aunque sin duda su planteo político perentorio vendrá de la mano de una izquierda peronista hacia los años 1960-70, auténtico desdoblamiento interno del movimiento nacional de ese momento. John William Cooke y Juan José Hernández Arregui encarnarán la vertiente intelectual de un peronismo de izquierda que fue, de todas formas, sumamente heterogéneo: corrientes sindicales combativas, militancia territorial, agrupaciones estudiantiles, organizaciones guerrilleras. Es en esos años cuando se establece el relato historicista de lo nacional-popular, y el libro La formación de la conciencia nacional de Hernández Arregui es una de las obras emblemáticas en las cuales se traza una genealogía de lo nacional-popular. Podemos decir que, contemporáneamente al desarrollo de los planteos sociológicos acerca del populismo, se despliegan las claves interpretativas de la propia tradición nacional-popular. De diversa manera, ambas visiones serán víctimas de la imposición del neoliberalismo y el pensamiento único. La demonización del Estado y de los movimientos populares, responsabilizados por el diagnóstico conservador de ser los causantes de los desmadres autoritario-populistas y de configurar un “obstáculo” al crecimiento económico será obra de la dictadura militar de 1976, que se prolongará en el período de la restauración democrática, en la medida en que el neoliberalismo continuará siendo la ideología dominante. La hegemonía liberal “correrá a la derecha” los planteos acerca del populismo, como señalaba el artículo citado de Casullo. Y también socavará durante largo tiempo las bases de la tradición nacional-popular, en la medida en que el proceso de trasnacionalización del capital conocido como “globalización” pondrá en entredicho las posibilidades de la autodeterminación nacional de los países. Si tanto el populismo como el movimiento nacional del siglo XX nacían en el marco del proceso de industrialización por sustitución de importaciones, parecía lógica su desaparición con el agotamiento del modelo industrialista y la hegemonía del capital financiero trasnacional. Parecía quedar entonces la lectura conservadora del populismo por un lado, y la nostalgia nacional-popular por el otro. Fue más cierto lo primero que lo segundo, sin desmedro de trabajos renovadores como el de Ernesto Laclau. Lo nacional-popular pudo pervivir asociado a la crítica del neoliberalismo, a las prácticas resistentes de los trabajadores y diversos colectivos sociales en los años 1980-90, y en la reelaboración de sus propias genealogías que debían integrar ahora el balance de las derrotas de los movimientos de liberación nacional así como de las nuevas perspectivas emancipatorias que asomaban trabajosamente.
La crisis política del neoliberalismo y el ascenso de gobiernos de izquierda y de centroizquierda en varios países latinoamericanos con el nuevo siglo, abrió paso a un nuevo ciclo de movimientos nacionales que incluye por cierto a nuestra Argentina. No es concebible este nuevo ciclo sin lo acumulado por los movimientos de resistencia social y política al neoliberalismo de los años precedentes. Los resultados contradictorios del modelo en retirada (extraordinaria concentración del poder económico-político en la cúspide de la pirámide social, así como extendidísima fragmentación de los sectores populares, lo que erosionó las bases del “consenso” neoliberal al detonarse la crisis económica) abrieron la grieta por la cual se lanzaron al ruedo las nuevas fuerzas político-sociales. En el caso argentino el kirchnerismo asumió renovándola la tradición nacional-popular del peronismo a través de la centralidad de los conceptos de nación, pueblo y Estado, a los cuales se sumaba democracia y memoria. El desafío de la autodeterminación nacional, compartido a escala regional (con los matices y las diferencias del caso) es comprendido en clave de integración económica regional y de unión entre los Estados sudamericanos. También en la necesidad de una progresiva emancipación de los organismos financieros internacionales y del grado y modalidades agresivas de influencia de los EEUU en la región. Desde el antiimperialismo bolivariano de la Venezuela de Chávez a la más discreta diplomacia del Brasil, las diferencias no son pocas, pero establecen un horizonte de convergencias. En nuestro país, ese camino estuvo jalonado por la cancelación de la deuda con el FMI y con el “enterramiento” del ALCA. Ahora bien, la potencialidad política del kirchnerismo como movimiento nacional se expandió en la medida en que las nuevas modalidades de la lucha por la autodeterminación nacional fueron enlazadas sólidamente (y hasta teatralmente para sus detractores) a la inclusión social, la democratización, y la memoria. Sin esas fuerzas motrices, que le dan el “gran impulso”, no lograría la fuerza política suficiente. La convocatoria kirchnerista a la memoria, la reparación y la justicia asumió una lucha de décadas (para perplejidad de algunos “progresistas” que tal hubiesen deseado que los Derechos Humanos permanecieran en la marginalidad) y enlazó el dinamismo de un esfuerzo llevado adelante por una parte de la “sociedad civil” a la solidez de una política de Estado. En este punto tal vez puede corroborarse con provecho el esquema interpretativo del artículo que citamos de Laclau, en torno a la articulación populista de la demanda social horizontal con la voluntad política vertical. Sin duda otra cuestión similar en cuanto entronque de lo horizontal elaborado por colectivos sociales y lo vertical asegurado por una voluntad política y una determinada gestión gubernamental es la democratización de la comunicación audiovisual. De las elaboraciones de la Coalición por una Radiodifusión Democrática a la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audivisual hubo un intenso camino [7] que alcanzó niveles de democracia participativa cuando se discutió el entonces Anteproyecto de Ley en decenas de foros participativos realizados en las Universidades. Estas cuestiones difícilmente pudieran aparecer sin que se removiesen también las aguas de la tradición nacional-popular. Sin que las genealogías se renovasen y (¿por qué no) compitiesen y entrasen en polémica. A esa búsqueda de la historia popular, de las gestas emancipatorias y de liberación, de las vertientes ideológicas olvidadas o “malditas”, de las nuevas lecturas (no exentas de sus ambigüedades, y las hubo también en el pasado), como se manifestó en las jornadas del Bicentenario de la Revolución de Mayo, la derecha conservadora y los monopolios de la comunicación responden con la versión simplista y maliciosa de un “relato kirchnerista”, nuevo catecismo de los males argentinos. Esta es una de las operaciones que tienden a demonizar el actual proceso político argentino como “populismo”. Y en ese marco, no solo se esbozan posiciones explícitamente neoliberales o conservadoras, sino también aquellas de un progresismo escindido de lo nacional-popular y del rol objetivo de una centroizquierda. Vuelven aquí a encontrarse (y desencontrarse) esas cuestiones del progresismo, el populismo y el movimiento nacional que motivaran estas reflexiones. ¿Podrán leerse estos nuevos tiempos, este cambio de época, desde las claves de una teoría del populismo liberada de los prejuicios liberales y de la carga peyorativa y negativa? Sería apresurado negarlo, y en todo caso exigiría un abordaje crítico más extenso y sobre obras más fundamentales, como el libro La razón populista de Laclau, que el que en este artículo someramente esbozamos [8]. Pero nos inclinamos por las claves interpretativas que encierra el concepto de movimiento nacional y la riqueza histórica de la tradición nacional-popular.


Notas
[1] John William Cooke dirá que en aquellas circunstancias históricas faltaba una “izquierda nacional”, y el peronismo ocupó ese lugar sin definirse como tal.

[2] Nicolás Casullo: “Populismo, el regreso del fantasma”, en Peronismo. Militancia y crítica (1973-2008); Buenos Aires; Colihue; 2008; p. 276

[3] Ernesto Laclau: “Populismo, democracia y comunicación”, en Nuestra Cultura, publicación de la Secretaría de Cultura de la Nación ; julio /agosto de 2011, año 3, nro. 12; pp. 4-5

[4] Alberto Flores Galindo: “La revolución tupamarista”, en Buscando un Inca. Identidad y Utopía en los Andes; Lima; Editorial Horizonte; 1994; p. 398

[5] Florestan Fernandez: “Reflexiones sobre las revoluciones interrumpidas”, en Dominación y desigualdad: el dilema social latinoamericano; Buenos Aires; CLACSO /Prometeo Libros; 2008; p. 126

[6] Ver Ricaurte Soler: Idea y cuestión nacional latinoamericanas; México; Siglo XXI editores; 1987; pp. 233-265

[7] Ver Néstor Busso y Diego Jaimes (comp.): La cocina de la ley. El proceso de incidencia en la elaboración de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual en la Argentina; Buenos Aires; FARCO; 2011

[8] De todas formas, hay no pocos avances en tal dirección; véase por ejemplo la reseña crítica de Guillermo Almeyra: “Un concepto ‘cajón de sastre’. A propósito de La razón populista de Ernesto Laclau”, en Crítica y Emancipación. Revista latinoamericana de ciencias sociales; Año I, N° 2, primer semestre 2009

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