viernes, 8 de abril de 2016

Alejandro Marín, un luchador de estirpe federal olvidado


Por Juan Godoy*

            En tiempos de entrega ignominiosa de la Patria a los intereses extranjeros por parte del “nuevo gobierno” oligárquico, nos proponemos rescatar una pequeña historia de vida de un criollo que luchó largos años por la nación, los humildes, contra la oligarquía, las potencias extranjeras, y por la soberanía nacional.
En los países que se encuentran a “medio camino” de su independencia económica, que tienen una cuestión nacional irresuelta, los que luchan por la patria, contra la oligarquía y el imperialismo son olvidados (demonizados, vaciados de contenido, o tergiversado su accionar), y los que la entregan tienen calles y monumentos.
            En este caso, al no tener una presencia que no se pudiera ocultar se optó por echar un manto de olvido sobre nuestro personaje. Se trata de un federal ninguneado por la historiografía oficial, hablamos de Alejandro Marín. Mayormente debemos el rescate del olvido a Ricardo Caballero quien en un libro sobre Yrigoyen y la conspiración de 1905, donde muestra los antecedentes federales del yrigoyenismo, le dedica varias páginas.[1]
            Todavía resuenan en los corazones patriotas las palabras que pronunciara Mansilla al defender la soberanía nacional en la Vuelta de Obligado: “¡Vedlos, camaradas, allí los tenéis! Considerad el tamaño del insulto que vienen haciendo a la soberanía de nuestra Patria, al navegar las aguas de un río que corre por el territorio de nuestra República, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos. ¡Pero se engañan esos miserables, aquí no lo serán! Tremole el pabellón azul y blanco y muramos todos antes que verlo bajar de donde flamea”. (Cit. en Rosa, 1967:45-46) Del bando patriótico luchando contra las potencias coloniales, cruzando las cadenas en el Paraná y cañoneando a los invasores estaba Alejandro Marín. Es su ingreso en la historia grande de las luchas populares.
En 1854 la prepotente Buenos Aires se termina separando del resto de la Confederación con tal de no repartir la Renta de la Aduana. El mitrismo pretendía haciendo eje en Buenos Aires construir  un país de cara al Atlántico, de espaldas a las provincias interiores, y dependiente de Gran Bretaña haciendo eje en Buenos Aires. En 1861 estalla la Batalla de Pavón, del lado de la Confederación lucha Marín en la columna liderada por Ricardo López Jordán sobre el ala izquierda del ejército, y cuando el retiro de Urquiza (teniendo la lucha ganada), del campo de batalla éste se niega a retirarse, quiere seguir combatiendo, entiende que “perder” en Pavón es dejarle el camino libre a Mitre para que haga de nuestro país una semi-colonia británica. En ese momento, junto con él está Vera quien según recuerda el mismo Marín responde a la orden de retiro diciendo “¡el movimiento que se nos ordena es de retirada, cuando no tenemos enemigos al frente! ¿Qué significa esto? ¡Yo no obedezco!”[2]. (Caballero, 1951: 52)
Dos meses más tarde de la Batalla de Pavón, se produce la masacre de Cañada de Gómez. Allí las fuerzas mitristas al mando de Venancio Flores pasan a degüello a 400 federales. Masacre olvidada por la historiografía oficial al igual que la de Villamayor[3] (1856), mientras los principales responsables son recordados con calles y monumentos. José Luis Busaniche califica Cañada de Gómez como “una de las carnicerías más repugnantes que se registran en las páginas de toda la historia argentina”. (Busaniche, 1984: 713) A la división entre los partidarios de Urquiza y López Jordán después de Pavón, Marín se contará entre los últimos[4].
Tres años llevaba Mitre en el Gobierno, ya había diezmado el Noroeste Argentino, derrocado a través de Venancio Flores al Partido Blanco Uruguayo, y ahora iba por la experiencia autónoma e industrialista de los López en el Paraguay[5]. Mitre había dicho “en 24 horas en los cuarteles, en quince días en Corrientes, en tres meses en Asunción”. (Rosa, 1979: 131) No obstante, la resistencia heroica del pueblo paraguayo, sumada a la resistencia del interior argentino[6] harán que Mitre al terminar su presidencia (1868), todavía no pueda terminar la guerra, faltarán dos años más para que el Mariscal López en Cerro Corá “muera con su patria”.
En esa resistencia en el interior del país a la impopular guerra (al menos en esa región)[7], que Alberdi llamó de la “triple infamia”, es que aparece Alejandro Marín nuevamente. Esta vez en la zona del Litoral, luego de “coquetear” con López, finalmente Urquiza se decide por traicionar una vez más la causa de las provincias. Vale recordar las palabras de López Jordán, de quien Marín era compañero, acerca del pedido de Urquiza en relación a combatir en la guerra: “usted nos llama para combatir al Paraguay. Nunca, general, ese pueblo es nuestro amigo. Llámenos para pelear a porteños y brasileños. Estamos prontos. Esos son nuestros enemigos. Oímos todavía los cañones de Paysandú. Estoy seguro del verdadero sentimiento del pueblo entrerriano”. (Galasso, 2010: 65)
Así en Basualdo y Toledo, una noche se produce la desbandada de los ejércitos que se habían juntado para ir hacia el país hermano, anota León Pomer: “tan formidable desobediencia colectiva no tiene precedentes en el país”. (Pomer, 2011: 238) Marín es parte de esta sublevación contra la Guerra del Paraguay que pretende llevar adelante la oligarquía. En Basualdo son aproximadamente 3 mil gauchos que se sublevan lanzando gritos de muerte contra Mitre. Galasso (2010), sostiene que se ha culpado a López Jordán y a Felipe Varela[8] de fomentar la sublevación, pero no se ha podido comprobar. La cuestión es que, como analizó Alberdi: “son guerras civiles en el fondo, bajo la forma de guerras internacionales, como la presente”. (Alberdi, 2001:154)
Marín acompaña a Ricardo López Jordán en sus levantamientos, por eso pagará con destierros en Uruguay y Brasil. Estando en el país Oriental, se acercará al Partido Blanco, y específicamente a la figura del legendario Timoteo Aparicio (1814-1882), que hace sus primeras armas con Oribe, y luego lucha con Berro, contra las arremetidas de Venancio Flores, y es quien encabeza (luego de su exilio forzado en Entre Ríos ante las persecuciones contra los militantes del Partido Blanco), en 1870 la “Revolución de las lanzas”[9]. (Pelfort, 2011) Cuenta Caballero que Marín se conmovía al recordar la ejecución a los 98 años del Indio General Anacleto Medina[10] luego de la derrota de la Batalla de Los Manantiales (1871).
En los últimos años de su vida, al igual que muchos de los restos del federalismo más consecuente, Don Alejandro abraza La Causa yrigoyenista contra El Régimen oprobioso, falaz y descreído. La explicación sencilla que daba para justificar la adhesión a la construcción del que iba a ser el primer gran movimiento nacional del siglo XX era que lo hacía para seguir “la línea de sus ideas”.






*Lic. en sociología (UBA)
Bibliografía

-          Alberdi, Juan Bautista. (2001). La Guerra del Paraguay. Buenos Aires: intercontinental editora.
-          Busaniche, José Luis. (1984). Historia Argentina. Buenos Aires: Solar.
-          Caballero, Ricardo. (1951). Yrigoyen. La conspiración civil y militar del 4 de febrero de 1905. Buenos Aires: Raigal.
-          Galasso, Norberto. (2010). Felipe Varela y la lucha por la unión Latinoamericana.  Buenos Aires: Colihue.
-          Galasso, Norberto. (2011). Historia de la Argentina, desde los pueblos originarios hasta el tiempo de los Kirchner. Buenos Aires: Colihue.
-          Godoy, Juan. (2013). La revolución de los colorados. Una historia de Montoneros. Disponible en sociologiayliberacion.blogspot.com.ar
-          Jara, Juan Carlos. (2008). Ricardo Caballero (1876-1963). En Galasso, Norberto (comp.). Los Malditos. Hombres y mujeres excluidos de la historia oficial de los argentinos. Tomo III. Buenos Aires: Ediciones Madres de Plaza de Mayo.
-          Pelfort, Jorge. (2011). Timoteo Aparicio. Disponible en http://jorgepelfort.blogspot.com.ar/
-          Pomer, León. (1971). El soldado criollo. Buenos Aires: CEAL.
-          Pomer, León. (2011). La Guerra del Paraguay. Estado, política y negocios. Buenos Aires: Colihue.
-          Rosa, José María. (1967). Estudios revisionistas. Buenos Aires: Sudestada.
-          Rosa, José María. (1979). Historia Argentina. La oligarquía (1862-1878). Tomo VII. Buenos Aires: Oriente.




[1] Caballero escuchó de boca de Alejandro Marín los relatos de su historia. También conoció personalmente a su hijo: Federico, a través del mismo conoce a Yrigoyen. Para un abordaje de la figura de Caballero véase: Jara, Juan Carlos. (2008). Ricardo Caballero (1876-1963). En Galasso, Norberto (comp.). Los Malditos. Hombres y mujeres excluidos de la historia oficial de los argentinos. Tomo III. Buenos Aires: Ediciones Madres de Plaza de Mayo.
[2] Cuenta también Caballero que unos días más tarde Espíndola quien también estaba en el ala izquierda del ejército de Urquiza es invitado por el hijo de Don Justo, Waldino a tomar algo a lo que le responde “andá a la p… traidor como tu padre”. Cuando en 1870 lo matan a Urquiza, el Palacio San José era custodiado por Vera, quien se dice facilitó el ingreso de la partida que termina con la vida de entrerriano.
[3] En Villamayor las fuerzas mitristas apresan y asesinan a 115 federales. Gelly y Obes sostiene al respecto que “esto es la segunda edición de Villamayor, aumentada y corregida”. (cit. en Galasso, 2011: 360 )
[4] Cuenta asimismo Caballero que la familia de parte de la esposa de Marín, Dolores Jiménez, también eran jordanistas, su cuñado: Guillermo Jiménez era muy allegado al caudillo.
[5] Paraguay venía de casi 60 años de desarrollo autónomo, desde el gobierno de José Gaspar Rodríguez de Francia como bien lo muestra Richard Alan White (2014), y con los gobiernos de los López. Así había llegado a ser el país más desarrollado del Cono Sur, tenía entre otros avances el primer telégrafo, la primera línea de ferrocarril, una industria metalúrgica próspera, la educación primaria obligatoria desde 1828, hornos de fundición, la mayor parte del suelo en manos del estado, etc. todo sin contraer empréstitos. Véase: White, Richard Alan. La primera Revolución Popular en América. Paraguay 1810-1840. Buenos Aires: Punto de Encuentro. Asimismo: Pomer, León. (2011). La Guerra del Paraguay. Estado, política y negocios. Buenos Aires: Colihue.
[6] Una de las más serias resistencias es la Revolución de los Colorados. Tratamos el tema en: Godoy, Juan. (2013). La revolución de los colorados. Una historia de Montoneros. Disponible en sociologiayliberacion.blogspot.com.ar
[7] Para ver la repulsa del pueblo a la guerra, véase el estudio de Pomer (2011), ya referido, sobre todo las páginas 237-239.
[8] Recordemos que Felipe Varela es el principal personaje que se posiciona en contra de la guerra.
[9] Cuando cruza el Río Uruguay se dice que fue con “cinco viejos fusiles de fulminante, algunas lanzas fabricadas con tijeras de esquilar, algunas pistolas, facones y boleadoras, un clarín y un anteojo de larga vista”. (Cit. en Pelfort, 2011)
[10] Acerca de Anacleto Medina León Pomer rescata unos versos de Lugones en Romances del Río Seco que dicen: “Quien así pudo sacar, campo afuera a la Delfina, fue el coronel de dragones, don Anacleto Medina, natural de las Misiones, raza pura de indio fuerte”. Completa Pomer “el episodio alude a la muerte de Pancho Ramírez, el caudillo entrerriano, y a la salvación de su compañera por obra del bravo indio”. (Pomer, 1971: 90)

martes, 5 de abril de 2016

Cartas de Platón

                               

          Alberto Buela (*)

Mucha gente no sabe que Platón (427-347 a.C.) además de sus famosos Diálogos nos dejó cartas. Pero como de éstas no existe criterio externo pues ninguno de sus discípulos o los filósofos de la época las cita, siempre se las tuvo en menos. No obstante a poco de comenzar su lectura vemos que es un material riquísimo para entender sus teorías y los acontecimientos de su tiempo.
Ha sido siempre una tentación de los viejos profesores de filosofía escribir sobre las cartas de Platón, será porque desde la época de Trásilo (siglo I d.C.), autor del canon antiguo del Corpus Platonicum, se las ubicó al final de los diálogos. Así, al comentar las cartas se da por entendido que se leyó todo Platón.
Desde siempre se le atribuyeron dieciocho cartas y también, desde siempre,  se descartaron cinco como falsas. De las trece que quedan la crítica contemporánea descartó de plano como espurias la I (una simple queja a Dionisio), la V (también breve, es la presentación de Eufreo a Prédicas de Macedonia pues él no puede ir) y la IX (más breve aún, dirigida a Arquitas de Tarento, el mismo que lo salva en Siracusa de las manos de Dionisio el joven).

Las diez cartas que quedan se pueden distribuir en tres grupos según sus destinatarios: a) cartas a distintos gobernantes: VI a Hermias de Atarnea; XI a Leodamante y XII a Arquitas de Tarento. b) cartas a Dionisio: II, III y XIII y c)  cartas a Dión y sus amigos: IV, VII, VIII y X.

La carta VI está dirigida a Hermias, tirano de Atarnea frente a la isla de Lesbos, para solicitarle que se relacione con sus discípulos Erasto y Corisco, quienes viven en la ciudad vecina de Escepsis, para beneficio mutuo.

Cuenta que sus discípulos poseen la hermosa ciencia de las ideas pero que necesitan la protección de un hombre con poder como Hermias para no descuidar la verdadera sabiduría. Ellos lo llevarán también a Hermias a filosofar correctamente y a transformase en hombres bienaventurados=eudaimwn  

Remarca claramente la relación entre poder y sabiduría. Así, todo aquel que ha hecho filosofía ha tratado en algún momento de influir sobre alguien con poder. En el curso de la historia de la filosofía Platón buscó ejercerla sobre los dos Dionisios, Aristóteles sobre Alejandro, San Agustín sobre Bonifacio I, Santo Tomás sobre Alejandro IV, Descartes sobre la reina Cristina de Suecia, Leibniz sobre la Casa de Brunswick, Hegel  sobre Guillermo II, Gentile sobre Mussolini, Heidegger sobre Hitler. En nuestro medio, salvando las distancias, Alberdi sobre Rosas, de Anquín y Disandro sobre Perón, Pucciarelli sobre Frondizi, García Venturini sobre Videla y Feinmann sobre Kirchner. Menem no tuvo necesidad porque, según sus propias palabras, ya había leído a Sócrates.
Es que cuando se llega a saber filosofía de manera completa o, lo que es lo mismo, cuando se logra obtener una visión completa del ser, el hombre, el mundo y sus problemas, forzosamente, eso lleva a querer realizarlo. Y para ello el filósofo tiene solo dos posibilidades, o acercarse a aquel que tiene el poder o transformase él mismo en poder. Siempre está latente la idea de Platón del “filósofo rey”.
La carta XI está dirigida a Leodamante de Tasos, matemático y discípulo de Platón, es una respuesta a un pedido de un código de leyes para fundar una nueva colonia. Y allí afirma: “si alguien cree que imponiendo leyes podría organizar un Estado sin que haya una persona con autoridad se equivoca. Esto solo puede conseguirse si hay hombres dignos de ese poder o alguien para formarlos, pero como entre vosotros no hay nadie lo que podéis hacer es implorar a los dioses. Es necesario reflexionar sobre lo que estoy diciendo y no obrar a la ligera. Buena suerte”.

Platón resuelve en pocas líneas la relación entre legalidad y legitimidad que tantos regímenes políticos de los siglos XIX, XX y XXI han planteado. Un ejemplo argentino fue cuando los liberales exigieron a Rosas una constitución, a lo que respondió: “primero consolidemos una nación y después nos damos el librito (la constitución) sobre la base de lo que lleguemos a ser”. Es decir que existe una legitimidad de ejercicio que prima sobre la legitimidad de derecho, lo cual no invalida que “las leyes sean la obra de arte de la política” (Aristóteles, Protréptico).
La carta XII es la más breve de todas, casi una esquela, y está dirigida a su gran amigo y discípulo, el matemático Arquitas de Tarento, allí comenta que recibió con agrado unos escritos y que los suyos todavía no están completos. Una de las razones por las cuales se sospecha que esta esquela es dudosa es que Patón siempre llamó a Arquitas, Arquites.

Como las siete cartas restantes, que integran el segundo y tercer grupo, están vinculadas a personajes –Dionisio el joven y su tío Dión- y asuntos de Siracusa, veamos telegráficamente cómo fueron los hechos con relación a Platón.
Platón realiza tres viajes a Sicilia, el primero en el 388/87 cuando tiene cuarenta años y el que ostenta el poder es Dionisio, el viejo. Allí conoce a Dión su cuñado, un joven de veinte años que se transforma en su discípulo. Regresa a Atenas y funda la Academia institución que dura 916 años hasta que en el 529 d.C. Justiniano ordena su clausura. Veinte años después, a la muerte de Dionisio, realiza el segundo viaje con la esperanza de llevar a cabo su ideal de Estado dirigido por el filósofo rey o el rey filósofo. A pocos meses de su llegada, Dión, quien había convencido a Platón de viajar es desterrado y entonces decide regresar a Atenas.
Más allá de sus discrepancias con Platón, Dionisio el joven tenía veleidades de filósofo y se rodeó de sofistas y científicos. Y no abandonó sus intenciones de cautivar a Platón al que invitó en forma reiterada, hasta que en el 361, con sesenta y seis años realiza su tercer viaje a Siracusa.
Este viaje fue un fracaso total pues no logró la repatriación de Dión, ni logró convencer a Dionisio a hacer filosofía en serio y terminó virtualmente prisionero, teniendo Arquitas de Tarento que enviar una flota para liberarlo y así poder regresar a Atenas.
Pasando ahora al segundo grupo de cartas, aquéllas dirigidas a Dionisio, tenemos la carta II que está ubicada entre el segundo y tercer viaje y en donde, de entrada le reprocha que no le tenga confianza y que lo obligue a guardar silencio sobre su relación tanto a él como a sus discípulos, a lo que responde: “cuando la sabiduría y el poder grande tienden a estar unidos por naturaleza, y constantemente se persiguen, se buscan y se reúnen”. Y pone ejemplos que le han antecedido: la relación entre Anaxágoras y Pericles; la de Tiresias y Creonte; la de Poliído y Minos; la de Néstor y Odiseo con Agamenón; la Solón con Creso.
Le habla luego de la actitud recíproca que deben tener: “Toma la iniciativa de honrarme a mi que con ello honrarás a la filosofía y te proporcionará ante muchos fama… En cambio yo si te rindo honores sin que vos me correspondas, daré la impresión de que admiro y persigo tu riqueza…Para decirlo en pocas palabras, tu deferencia es un honor para ambos; la mía, en cambio, es una ignominia para los dos”.
Este es para mi uno de esos consejos que todo filósofo, maestro o profesor de filosofía debe guardar y tener presente cada vez que se nos acerca un ricacho u hombre con poder.
Pasa luego a hablar sobre el rey del universo y aquí la carta da un salto que Platón anuncia diciéndole que “tengo que explicártelo por medio de enigmas para que si mi carta sufre algún accidente por tierra o por mar, el que la lea no pueda entenderla”. Los comentaristas contemporáneos nos hablan de galimatías difícil de comprender, motivo por el cual muchos dudan que sea de Platón. Lo paradójico es que los primeros filósofos cristianos creyeron ver en esta parte de la carta II una precognición, un cierto presentimiento de la Trinidad. La secularización contemporánea ha logrado que nuestros eruditos disputen sobre acentos graves y agudos, espíritus ásperos o suaves, desinencias o raíces, mientras el sentido profundo del texto se escapa como agua entre los dedos.
Platón afirma que: “En torno al rey del mundo gravitan todas las cosas, y todas existen por él, y él es la causa de toda belleza; lo segundo está en torno de las cosas segundas  y lo tercero en torno a lo tercero. El alma humana aspira a averiguar la calidad de estas cosas, mirando a las que son afines a ella misma, ninguna de las cuales la satisface”

Estos tres principios eran para los neoplatónicos el Bien, la Inteligencia y el Alma que se relacionaban con la razón divina y los objetos racionales, la Inteligencia (nouV) como la diánoia, con su aplicación y el Alma con la percepción y el mundo de los objetos sensibles.
No andaban tan errados los viejos filósofos cristianos cuando relacionaban al Bien con el Padre, la Inteligencia con el Hijo y el Alma con el Espíritu Santo. Y además todo esto bajo la figura de la esfera y su circularidad como movimiento perfecto, que fue tomado luego para explicar la pericwrhsiV=perichóresis o circumincesión = dar giros alrededor o recirculación  divina; esto es, la relación entre la Tres Personas.
Y termina aconsejándolo que de estos temas es mejor no escribir sino aprender de memoria así no se vulgarizan, pues para el vulgo son enseñanzas ridículas. “Adiós, y hazme caso; tan pronto como hayas leído y releído esta carta, quémala”.
La carta III, escrita luego de su último y mayor fracaso con Dionisio el joven, quien anulo todo su proyecto de transformar una tiranía en un reino, muestra a un Platón sumamente indignado recordándole sus últimas conversaciones.
“Cometes conmigo una injusticia afirmando lo contrario de lo que realmente ocurrió…fui yo el que aconsejó (restablecer las ciudades griegas en Sicilia) y tú el que no quiso tomar tales medidas”.
Finalmente la carta XIII es rara, pues muestra a Platón más bien como un hombre de negocios que como un pedagogo ocupado en la formación de sus semejantes. Carece de valor filosófico y la único rescatable es su definición de hombre como “animal no malvado, pero voluble”.

Llegamos ahora al tercer y más valioso grupo de cartas, aquel dedicado a Dión y sus amigos.
La carta IV es breve y está escrita en el 357 a.C, luego que Dión tomara el poder en Siracusa. Le ofrece su apoyo y le aconseja que como miembro de la Academia debe distinguirse de los demás como los hombres de los niños. “Es preciso que seamos visiblemente tal como pretendemos ser”. Es que Platón sostuvo siempre que su mayor riqueza era identificarse él mismo con su filosofía. El tema de la identificación entre el pensar y el obrar que termina generando una identidad propia de quien la realice, llega hasta nuestros días en la máxima: si no obras como piensas terminarás pensando como obras.
Desliza al final un consejo práctico: “No olvides que agradando a la gente se consiguen cosas, mientras que la arrogancia es compañera de la soledad”.
La carta VII es la más extensa e importante de todas. La única que la crítica especializada da unánimemente por verdadera.
Fue dirigida a los amigos de Dión en el 353 a. C. luego de su asesinato. A la fecha de su escritura Platón tenía setenta y cinco años por lo que se considera su testamento filosófico.
Si nos tomamos el trabajo de leer esta carta de un tirón, esto es, sin intervalos,  la idea general que nos deja es el intento de Platón de justificar sus distintas elecciones a lo largo de su extensa vida política, que comienza como asesor de uno de sus tíos bajo el régimen de los Treinta Tiranos a la edad de veinte años y termina con esta carta a los setenta y cinco.
La primera idea que encontramos es la reiterada del filósofo rey o del rey filósofo: “No cesarán los males del género humano hasta que ocupen el poder los filósofos puros y auténticos o bien los que ejercen el poder en las ciudades lleguen a ser filósofos verdaderos”.
La segunda es la ley de la sucesión de los regímenes políticos por corrupción, así, a la monarquía sucede la tiranía, a la aristocrática la oligarquía y a la república la democracia. “Tales ciudades (como Siracusa) nunca dejarán de cambiar de régimen entre tiranías, oligarquías y democracias”.
Esta ley es un escándalo para una cabeza moderna pues hoy la democracia se alza, no como la corrupción de un régimen político sino, como el santa santorum de los regímenes políticos. Muchos traductores actuales de Platón invierten los términos para hacer aparecer a la democracia como una forma correcta de gobierno y no como una forma defectuosa o espuria.
La tercera idea es que solo hay que brindar consejo político a aquel que lo solicita y está dispuesto a seguirlo.
La cuarta es el rechazo a la violencia política, tanto a la guerra civil como al golpe de Estado: “No debe emplear la violencia contra su patria para cambiar el régimen político cuando no se pueda conseguir mejorarlo sino a costa de destierros y de muerte”.
La quinta idea es la de federalización de ciudades-Estado para el gobierno de un gran territorio y no la centralización en una sola: “En cambio Dionisio había concentrado toda Sicilia en una sola ciudad”.
La sexta idea es que es preferible ser víctima de injusticias que cometerlas, porque va a haber un juicio de nuestras almas: “Hay que creer siempre en las antiguas y sagradas tradiciones que nos revelan que el alma es inmortal, y que estará sometida a jueces y sufrirá terribles castigos cuando se separe del cuerpo. Por eso debemos considerar como un mal menor el padecer injusticias que el cometerlas”.
La existencia de esta tradición primordial ha dado lugar, contemporáneamente, a una corriente de pensamiento filosófico denominada “tradicionalismo” donde se inscriben pensadores tan disímiles como René Guenón, Julius Evoca, Frithjof Schuon, Frithjof Capra, Ananda Coomaraswamy, Titus Burckhardt, quienes han estudiado al detalle distintos aspectos de la misma.
La séptima idea es una larga digresión sobre su teoría del conocimiento cuyos cuatro factores son: el nombre, la definición, la imagen y el conocimiento mismo, al que hay que agregar en quinto lugar el objeto en sí, cognoscible y real”. Todo ello para mostrar que Dionisio no comprendió nada de su filosofía aunque creía comprender todo, tan es así, que hasta escribió un libro.
Termina la carta con una imagen de Dión: “Un hombre justo, sensato y prudente, al tratar con hombres injustos, no puede dejarse engañar sobre la manera de ser de tales personas”.
La carta VIII  fue escrita pocos meses después que la anterior y en ella Platón intenta mediar entre los partidarios del asesinado Dión entre los que está Hiparino, sobrino de éste porque era hijo de Dionisio I y los partidarios de Dionisio II, a la postre su hermano.
Aconseja que hay que dejar de lado el cínico principio de “hacer el máximo de daño a los enemigos y el máximo bien a los amigos” para ir en busca de la concordia interior. “Recomendaría que hay que evitar la tiranía y transformar su poder en reino si fuera posible... la ley tiene que llegar a ser reina entre los hombres y no los hombres tiranos de las leyes”…”Hay que evitar la vida de relajación que viven los sicilianos en la que gobernaban a sus gobernados” Uno de los males de la democracia es que los gobernantes estuvieran dirigidos por los gobernados. Hoy pasa eso con los mass media que terminan, por condicionamiento mediático, gobernando a los que deben gobernar. Así les fijan la agenda cotidiana y les elaboran el discurso políticamente correcto.
Llegamos finalmente a la carta X, la última de todas. Es una breve esquela de sesenta palabras. Está dirigida a un tal Aristodoro, amigo íntimo de Dión, a quien felicita por su firmeza, lealtad y sinceridad, “que es lo que yo afirmo, que constituyen la verdadera filosofía”.

Interpretación politológica

Vimos como Platón confiesa haberse iniciado en política, alrededor de los veinte años, como asesor de uno de sus parientes que integraba el régimen de los Treinta Tiranos. Un régimen oligárquico que reemplazó a la democracia ateniense luego de la Guerra del Peloponeso tras la rendición de Atenas. De los Treinta el tío de Platón, Crítias, era considerado el oligarca más extremista. Su gobierno duró menos de un año en el 404 a.C. pero produjo la matanza del 5% de la población y la confiscación de los bienes de los ciudadanos demócratas.
Platón tras esta experiencia, rondando ahora los veintitrés años, se incorpora de lleno a trabajar con Sócrates hasta los veintiocho (399 a.C.), fecha en que es condenado a muerte; pero lo es por los demócratas que suceden a los tiranos. Es decir que Platón, al colaborar con los tiranos y su maestro ser muerto por los demócratas queda en una situación muy delicada en Atenas. De hecho se le cerraron todas las puertas para hacer política.   
Al no poder hacer política ateniense se dedica a la política de otras ciudades-Estado de la hélade: Siracusa, Tarento, Atarnea, varias en Macedonia, etc. Ciertamente que la principal en su intento de realización fue Siracusa, como lo muestran estas cartas. Siendo además, su principal fracaso.
¿Qué lección nos deja esta experiencia?: la de zapatero a tus zapatos. Esto es, los filósofos o aquellos que intentamos hacer filosofía tenemos que dedicarnos ello, sin más. Pues en nuestras incursiones en política somos usados y hacemos el papel de papanatas ante los políticos que nos piden consejos y terminan haciendo otra cosa.
Esto no quiere decir que dejemos de hacer política, vocación connatural al hombre de bien, pero sepamos de antemano que seremos utilizados como lo fue Platón por los Dionisios.


Post scriptum:

Para entender a Platón uno puede leer todos los estudiosos y eruditos desde mediados del siglo XIX hasta el presente, empezado por el léxico de Friedrich. Ast (1838),  y siguiendo por Lewis Campbell (1867),  Lutoslawski (1897), Wilamowitz, Cornford, Zeller, Arnim, Gomperz, Dummler, Raeder, Ritter, Leisegang, Praechter, Shorey, Taylor, Crombie, Ross, Schuhl, Friis Karsten, Christ, Guthrie, A.Taylor, H.Cherniss,Crombie, Robin, Stenzel, Wilpert , Krämer, Gaiser, Findlay, Finley, Szlezák, Kutschera, Reale, Pasquali, Howald, Geffcken, Gulley, Aalders, Bluck, Caske, G.Muller, L. de Blois, Tovar, Colli, Souilhé, Shorey, Lovejoy, Eggers Lan, Brisson, Rossetti, García Gual, LLedó Iñigo o el Word Index to Plato de Brandwood,
Pero nada reemplaza la lectura detenida del texto platónico. Manuales hubo y los habrá excelentes, pero solo deben tomarse como guía de una lectura personal y meditada. Platón no es un filósofo para exponer sino para meditar.


(*) arkegueta, aprendiz constante

lunes, 4 de abril de 2016

"Decir que Malvinas fue una guerra absurda es un eslogan"

Entrevista a Rosana Guber, investigadora del CONICET

Lucía Alvarez 13 de Abril de 2014 

La antropóloga trabaja en su tercer libro sobre el conflicto, una etnografía con pilotos de la Fuerza Aérea. Cuestiona la actitud progresista de no prestarle atención a la guerra y sostiene que los soldados no fueron actores pasivos, mera "carne de cañón".
      
Las reflexiones de Rosana Guber suelen incomodar. No por provocación o por cinismo. La molestia es producto, en general, de su apuesta por el método etnográfico. Por atreverse a preguntar a aquellos que no "merecen" ser consultados y encontrar en sus respuestas rupturas con el sentido común. Hace más de diez años, la antropóloga decidió meterse con uno de los temas más espinosos de la historia argentina, la cuestión Malvinas, un símbolo en el que se condensan contradictorios aspectos del ser nacional.
Después de ¿Por qué Malvinas? y De chicos a veteranos, libros donde explica la construcción de esa causa nacional y las paradojas que suscitó la guerra en algunos de sus protagonistas, Guber inició un trabajo etnográfico con pilotos de la Fuerza Aérea que participaron del enfrentamiento bélico, con el objetivo de discutir las interpretaciones que homologan el poder militar con el poder político, y que conciben lo sucedido en Malvinas como una extensión de la guerra antisubversiva. En La Experiencia, Guber cuestiona además la idea de que fue un suceso absurdo y la imagen del conscripto como "pura víctima". "La cuestión es qué le hacemos decir a Malvinas y qué nos puede decir", alerta en diálogo con Tiempo Argentino.

–¿Por qué estudiar la guerra?
–Por varias razones. Primero, porque la guerra es una actividad humana muy enigmática. En la historia de la antropología, la guerra recibió muchas explicaciones. La vincularon al control de poblaciones, la entendieron como una forma de producción económica, como expresión de las tensiones de una sociedad o como una exacerbación de la masculinidad. Lo cierto es que todos los pueblos hicieron la guerra, como víctimas, como victimarios o las dos cosas. La guerra es un proceso político organizado por los Estados, que involucra a toda la población, todos los recursos del aparato estatal y del sistema civil. Muchas veces se piensa que es una actitud progresista no prestarle atención a la guerra, pero es un error.

–Y en el caso argentino, ¿qué devela un análisis de este tipo?
–En la Argentina no había involucramiento en guerras desde la Triple Alianza. Está asumido que los militares lo único que sabían hacer era reprimir gente indefensa y que cuando llegaron a enfrentarse, corrieron todos despavoridos. Y eso no es verdad. Eso no quiere decir que hicieron bien las cosas. Habría que analizar en términos de armas, saberes, fuerzas, medios. Incluso las Fuerzas Armadas no son la misma cosa: tienen historias diversas, medios, conocimientos y destrezas distintos. Y hay especialidades. En la Fuerza Aérea no es lo mismo alguien que está en transporte que alguien que está en salvamento y exploración, o quien pilotea un avión de caza. Es distinto quien va equipado con misiles de quien lleva bombas convencionales. Cumplen distintas funciones. Además, el rol de las Fuerzas Armadas en la vida nacional no empezó en 1976, ni fue simplemente represivo. También sirvió para otras cosas y fue vital para el desarrollo y la integración del país.
–¿Pero rescatar su saber militar en ese período no implica un riesgo?
–¿De que sea leído como un modo de contrarrestar la crítica? ¿Por qué no puedo convivir con la complejidad, aceptar que hubo una fuerza que hizo las cosas bien, que se desempeñó muy por encima de lo previsible según su experiencia y sus recursos bélicos? ¿Por qué no puedo entender que el ser humano es capaz de las dos cosas y de muchas más en el medio? No me preocupa si lo que yo investigo es simplificado como laudatorio o promilitar. Eso ya corre por cuenta de los lectores. Yo estoy tratando de entender qué significó la guerra para los argentinos en muchos aspectos y trato de centrarme en quienes la protagonizaron. Por esa idea del riesgo, casi no se hace investigación sobre el mundo militar en América Latina. Si uno compara los estudios sobre Derechos Humanos y los estudios sobre desempeño militar en el escenario bélico internacional, es una proporción de uno a 100. La gente no quiere meterse en un tema espinoso, tiene miedo a apasionarse y a querer entender desde otro punto de vista. Pero si uno acepta que el ser humano y las sociedades son complejos, uno puede atreverse a entender quiénes somos, y de qué fuimos y somos capaces. El militar es un ser humano, es bueno recordarlo. Tiene aciertos, errores, y se maneja con una lógica con la que me puedo comunicar.

–Entonces, se lo pregunto al revés, ¿para qué hacerlo?
–Porque son una herramienta del Estado, porque involucran recursos, porque sirvieron al desarrollo argentino y porque la guerra fue protagonizada por gente, y en esa época por jóvenes de 19 y 20 años de población masculina. Porque el sistema del Servicio Militar Obligatorio funcionaba desde 1901 y fue un importante instrumento para la socialización de jóvenes que habitaban en lugares aislados o que, sin estar aislados, creían que todo el país era como las grandes ciudades. Era una forma de que muchos jóvenes conocieran al Estado y se conocieran entre sí. Y ahí estoy pensando en los jóvenes universitarios de clase media, de las grandes ciudades. Otra cosa, además, es desconocer cómo piensa el militar. ¿Por qué hacerlo? Porque hay distintas mentalidades militares. Y, finalmente, porque hubo un militar que tuvo una enorme injerencia en la vida argentina. Si no entiendo a los militares, no entiendo a Perón ni al peronismo.
–¿Por qué sostiene que no hubo una extensión de la guerra antisubversiva al escenario bélico?
–Esa idea de extensión del terrorismo de Estado se sostiene en la figura emblemática del soldado conscripto arrastrado al campo de batalla sin entrenamiento ni equipamientos necesarios y como objeto de apremios. Pero, otra vez, una guerra es un fenómeno complejo, con situaciones de caos que genera permanentemente el enemigo. Toda la cuestión logística, del hambre, del frío, son privaciones inherentes a una guerra. ¿Esas fallas fueron hechas adrede contra el soldado en tanto civil? Cuando se habla de los campos clandestinos se habla de una persecución político-ideológica. Cuando te vas a la guerra, no está claro ese pasaje. Hubo abusos de autoridad, pero hubo superiores que se sometieron a las mismas condiciones que sus soldados. La imagen del militar que lo único que sabe hacer es reprimir a gente inocente y por eso va a Malvinas y hace lo mismo con los civiles bajo bandera, es una caricatura. No te la podés pasar torturando a un soldado porque, entre otras cosas, se te viene el enemigo. Esa lógica es de una simpleza que no resiste el análisis histórico.

–¿Pero los soldados no fueron víctimas, "carne de cañón"?
–No fueron puramente pasivos. Las organizaciones de ex soldados, incluso las más antimilitaristas, ubican la memoria del soldado en una posición activa y hasta de resistencia, contra los apremios y contra los enemigos. Estamos hablando de jóvenes de 20 años que no hicieron un prolongado adiestramiento militar, que tenían un año de conscripción en tiempo de paz, y algunos con mero trabajo de oficina, pero que servían a la patria y fueron a la guerra. ¿Son puro objeto de sus superiores? Los escritos testimoniales de los ex soldados están lejos de ser unívocos o lineales. Y no me refiero a las películas sino a sus propios escritos. La jerarquía militar es dura, y en la guerra es más dura. Y hubo castigos desmedidos, pero también soldados que aman a sus ex jefes y se encuentran, aunque tengan diferencias políticas. Yo creo que no indagar qué fue Malvinas para los soldados y los suboficiales y oficiales es desterrar al sinsentido una parte muy relevante de la historia argentina. La que hizo posible 1982 y lo que pasa después. Decir que fue una guerra absurda es un eslogan, pero no una verdad histórica ni un hecho de justicia.

–¿Qué es lo que ellos tienen para decir sobre la guerra?
–Muchos pilotos, por ejemplo, y para pasar a los netos profesionales, explican: "Fui a hacer mi trabajo. Para eso me formaron y para eso el pueblo argentino pago mi carrera." Y ahí hay un dilema. Porque decir que fue un trabajo implica restarle toda su dimensión heroica, es la rutinización de la profesión militar en tiempos de paz y de guerra. Pero una persona que fue a hacer la guerra por ahí perdió una pierna, una facultad o la vida. En el caso de los pilotos, algunos se empeñaron en ir aun cuando no les correspondía. Uno de ellos cayó en combate y algunos vicecomodoros fueron en misiones de ataque pese a la reticencia de sus subalternos.

–Como fuera, el dilema inescindible de todo esto es la relación del conflicto y sus protagonistas con la dictadura. ¿Qué dicen de eso?
–La estructura militar está basada en la orden; si estás adentro, respondés. Si no, te vas. Si, además, vos ingresaste al sistema militar, lo hacés porque te interesa la estructura y la guerra, además de tener un trabajo seguro, casa y comida. No estamos hablando de una Argentina con el 30% de la población desempleada. Quienes eran militares en 1982 hubieran tenido otras opciones en el mercado laboral. Por otro lado, Malvinas, en 1982, no era una causa militar, sino una causa de todos los sectores políticos e ideológicos dentro y fuera del país. Desde 1833, escriben sobre Malvinas José Hernández, Paul Groussac, Alfredo Palacios, Atahualpa Yupanqui, José Pedroni. La marcha de Malvinas es de 1943. En 1966 está el Operativo Cóndor. Era una causa nacional y popular que el régimen aprovechó, trató de instrumentar y se fue con ella. Porque la causa lo condujo, la gente que no podía estar en la calle. El entusiasmo malvinero era también el de la concordia; después de tantos años de conflicto, la posibilidad de estar del mismo lado. Una causa que hablaba de la dignidad de la nación, una causa anticolonialista. Perú y Venezuela apoyaron activamente durante el conflicto, a pesar de que ninguno de los dos está sobre el Atlántico Sur. Los mineros bolivianos se alistaron como voluntarios. Hay mucho más que la cuestión doctrinaria nacionalista.

–¿De dónde viene ese carácter nacional y popular?
–La gente ubica esa referencia en la escuela, pero yo revisé la revista del magisterio hasta poco después del peronismo, y desde 1970 hay un solo artículo sobre las Islas Malvinas. Hoy tampoco se sabe qué decir sobre Malvinas, ni desde lo histórico ni desde lo geográfico. ¿Cómo circuló entonces la cuestión? Yo creo que en la soberanía sobre Malvinas se jugaba algo de la soberanía nuestra, interior, política y social, algo que era sustentado por distintas ideologías políticas. Hay una anécdota de unos conscriptos en el ara San Antonio que, cuando escuchan al contraalmirante Busser decir que recuperarían Malvinas, dicen: "¡Pero si las Malvinas son argentinas!" Entonces, buscan en el mapa y no las encuentran, porque buscan en la costa de Brasil. Sin embargo, sabían que eran argentinas.

–¿La causa cambia su contenido después de la guerra?
–La causa Malvinas no va a volver a ser lo que fue. A la causa le pasó lo mismo que a la gente que fue a la guerra: fue tomada y tocada por lo militar. Los grupos de ex combatientes, hasta los más antimilitares, tienen un soldado con un fusil en su emblema, no la paloma de la paz. Malvinas tiene una impronta militar ineludible porque así fue nuestra historia. Uno podría preguntarse si la historia se equivoca, pero la historia es la nuestra y es lo que es. Personalmente, no estoy de acuerdo con quienes desmerecen la importancia de Malvinas en la actualidad. Porque son un espacio colonial británico con un elemento desestabilizador, una base militar. Decir que la cuestión Malvinas depende de la decisión de los isleños oculta esta imposición militar y hasta la blanquea. ¿Es la decisión de los isleños sostener la base? No puedo expurgarla de lo militar, ni de lo colonial. «


La frontera entre lo militar y lo civil

Si la investigación de Rosana Guber ya es delicada por el tema, la complica aún más el hecho de que ella sea mujer, "civil", académica, no familiarizada con la vida y la lógica militar salvo en las ideas, generalmente negativas, que los argentinos guardan de las Fuerzas Armadas como factores de poder en la historia del país. En ese sentido, su trabajo se fue transformando en una traducción entre dos mundos que se conocen poco, y se quieren menos, un desafío que ella misma explicita en su libro La Experiencia, dirigido a los pilotos militares y a los antropólogos y científicos sociales con quienes comparte las herramientas analíticas, pero no algunas de sus visiones.
"Pensé que esas notas me podrían ayudar a comunicar a cada cual por qué puede serles útil su lectura y, sobre todo, la disposición a comprenderlo como una forma distinta de comprender Malvinas y acaso nuestro país. Pensé que esas notas podrían ser el punto de partida para que este volumen condense una perspectiva sumamente difícil en la Argentina: la mirada recíproca de dos mundos que se han vivido como ajenos y enfrentados y que, sin embargo, siguen siendo partes ineludibles de nuestro devenir nacional", reflexiona Guber, quien además llama a relativizar la frontera entre lo civil y lo militar. 


¿Kamikazes o pilotos de caza?

Fueron los tripulantes de las fragatas de la Royal Task Force quienes primero se refirieron a los pilotos argentinos como kamikazes. Al recordar las misiones de ataque especial japonesas contra la flota aliada al finalizar la Segunda Guerra Mundial (1944-1945), los británicos demostraban su perplejidad ante las atrevidas incursiones de los aviones de caza argentinos. ¿Cómo explicar, si no, la entrega de estos oficiales que, desde el punto de vista británico, sólo podían atacar pagando con la muerte?
La comparación es, sin embargo, engañosa.
Los aviones argentinos no eran bombas; sus cabinas no iban cargadas de explosivos para estrellarse, con avión y piloto, contra las fragatas, como sí ocurrió en Japón. Los argentinos debían lanzar sus bombas casi rozando los buques o, en sus palabras, "ponerlas con la mano" para inmediatamente hacer "el escape".
Los tokkotai (verdadero nombre de los protagonistas de las misiones de "ataque especial") tenían entre 17 y 23 años de edad y eran, en un 95%, miembros rasos de las fuerzas armadas japonesas y hombres reclutados por la fuerza con una elevada proporción de estudiantes universitarios, todos ellos entrenados apresuradamente. Los pilotos argentinos eran en su totalidad oficiales profesionales habilitados en sus sistemas de armas; tenían entre 24 y 40 años y, cuanto menos, seis años de vida aeronáutica continua y permanente.
Los jóvenes japoneses, pese a las historias desfiguradas que luego contó Occidente desde el film Tora! Tora! Tora!, no fueron a las misiones creyendo que morirían por el Emperador sino porque habían sido forzados para ello.

Los oficiales argentinos no fueron a las misiones fanatizados por la gloria eterna y el reconocimiento público. Aceptando que la muerte era posible como parte de su trabajo, fueron a cumplir las órdenes porque así lo habían aprendido cuando decidieron ser profesionales militares; fueron también porque sus compatriotas –militares y civiles bajo bandera– enfrentaban al mismo enemigo en las islas; fueron incluso porque estaban convencidos, como el resto de los argentinos, que las Islas Malvinas eran argentinas; y sobre todo, fueron porque, concluida la guerra, iban a volver a casa.

domingo, 3 de abril de 2016

El objetivismo en las ciencias sociales en el pensamiento de Oscar Varsavsky

Por Juan Esteban Godoy *

La posibilidad o no de un objetivismo en las ciencias sociales ha recorrido la historia de las mismas. La idea de un pensamiento desprovisto de pasiones parece haber ganado primacía, al menos en los últimos años. Recorreremos las ideas de un personaje, en principio ajeno al ámbito de los cientistas sociales, que en la década del ’60 pensó la relación entre política y ciencia, a saber: Oscar Varsavsky[1].
            La imagen de una ciencia objetiva es la de una ciencia que avanza en forma unilineal, que tiene una misión, sus propios valores. La ciencia desprovista de política. Quién tuviera la osadía de romper este esquema, ya no estaría haciendo ciencia, sino política (o al menos una ciencia de una categoría menor, impregnada de subjetividad, de valores). Los términos aparecen como opuestos.
            Varsavsky va a deshilvanar esta visión de la ciencia. Nuestro autor va a sostener que en el ámbito científico, al igual que en otros sectores de la sociedad se hace patente la dependencia cultural en relación a los países centrales. De esta forma, los problemas científicos de los países dependientes, van a estar dirigidos por aquellos. La ilusión de la ciencia que avanza, teniendo como motor fundamental a la libertad, se desintegra, pues el científico “elige de los temas allí en boga y cree que eso es libertad de investigación, como algunos creen que elegir entre media docena de diarios es libertad de prensa” [i]. Así los problemas que son considerados científicamente relevantes, se hallan influidos por el medio social en donde surgen, y por ejemplo: si es en un país dependiente culturalmente, en un sistema capitalista, imperialista son cuestiones que tendrán fuertes implicancias en la problematización.
            Pero no son solo los problemas considerados importantes por el ámbito científico los que se hallan moldeados, dirigidos, sino también los instrumentos que se crean para abordar los problemas, así “la ciencia actual no crea toda clase de instrumentos, sino solo los que el sistema le estimula a crear” [ii]. La ciencia no es libre, depende del sistema social en el cuál se desarrolle, y de la dirección que se le imprima. Así ésta no es siempre igual, no tiene una única dirección y forma.
            El sistema presiona para que la ciencia se dirija en tal o cuál dirección. Aquí se hacen presentes los mecanismos que otorgan prestigio, dinero, becas, ascensos, premios, etc. Se produce una cuantificación y jerarquización del conocimiento (en los últimos años cada vez más agravada), llevando a preponderar la cantidad por encima de la calidad, pudiendo categorizar a los cientistas y sus producciones (aquí los papers adquieren suma relevancia). Concepción profundamente penetrada por lógicas coloniales, como que ¡tenga más prestigio una nota escrita para una revista extranjera que para una nacional! Coloniaje cultural si los hay. A la vez que “es sabido que el cumplimiento de requisitos fijos requiere una habilidad poco relacionada con la inteligencia y la sabiduría. Estas no molestan, al contrario, pero no son indispensables, pues se trata de ciertos actos o rituales específicos” [iii]. ¿Qué problemas, qué herramientas se van a privilegiar en un sistema capitalista, en su etapa imperial?, seguramente que éstos no serán complementarios con la vida de los pueblos, sino que contribuirán a su sometimiento y explotación.
            Es al científico sometido a estas “reglas de juego”, al que Varsavsky va a llamar cientificista[2], el cual “se ha adaptado a este mercado científico, que renuncia a preocuparse por el significado social de su actividad, desvinculándola de los problemas políticos, y se entrega de lleno a su “carrera”, aceptando para ella las normas y valores de los grandes centros internacionales (…)”.[iv] Esta forma de hacer ciencia contribuye a la desnacionalización, a la colonización, pues refuerza nuestra dependencia cultural y económica de los países centrales, nuestro país al someterse a los dictados de éstos aparece como su apéndice, su complemento. Se lesiona su soberanía.
            De esta forma quién pretenda la liberación nacional, el cambio del sistema social imperante por uno más justo y equitativo, deberá imaginar y construir otra forma de hacer ciencia, no obstante el objetivo principal será siempre el cambio de sistema. El científico deberá “inscribirse en el movimiento pro autonomía cultural, que es la etapa más decisiva y difícil de la lucha contra el colonialismo (…) no es mucha la autonomía científica que podemos conseguir sin cambiar el sistema social o sin que ese sea nuestro objetivo” [v] [3].
            El modelo a seguir sería el del científico rebelde o revolucionario, el cual tienen como misión “estudiar con toda seriedad y usando todas las armas de la ciencia, los problemas del cambio de sistema social, en todas sus etapas y en todos sus aspectos teóricos y prácticos. Esto es, hacer ciencia politizada”.[vi]
            Así observamos como ciencia y política no son términos excluyentes, sino que se implican mutuamente, no hay uno sin el otro. No es que en el modelo cientificista no este presente la política, que su forma de hacer ciencia no sea política, sino que éste se presenta bajo el “ropaje” de la objetividad pero es tan político como el científico rebelde o revolucionario. La diferencia, radica en que uno revela la situación y el otro se “oculta” bajo la apariencia de lo científico, lo objetivo.
            Por último, consideramos que la ciencia nacional debe estar en estrecha relación con el desarrollo del país, con la descolonización y liberación del mismo. La universidad pública debe generar recursos humanos no para que se desenvuelvan en empresas transnacionales, incrementando la dependencia y la explotación del pueblo (¿cuál es el sentido de esa universidad?). Más bien las universidades públicas, deben generar profesionales, que caminen y construyan junto con el pueblo el trayecto hacia la liberación nacional.
           
(*) Sociólogo, universidad de Buenos Aires (UBA)
Correo electrónico: Juanesteabangodoy@hotmail.com


[1] Nuestras reflexiones se basarán en el libro publicado por dicho autor llamado Ciencia, política y cientificismo.
[2]Varsavsky también va a hablar de científicos: fósiles, totalitarios, reformistas y rebeldes o revolucionarios. Nosotros aquí no ahondaremos en sus diferencias.
[3]La autonomía cultural de ninguna manera significa el rechazo indiscriminado de todo lo que provenga de otros países.



[i] Varsavsky, Oscar. (1969). Ciencia, política y cientificismo. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, página 15.
[ii] Ibídem, 16.
[iii] Ibídem, 29.
[iv] Ibídem, 39.
[v] Ibídem, 43.
[vi] Ibídem, 11.

La gobernación de Eduardo Duhalde 1991- 1999 El proyecto político que transformó la provincia de Buenos Aires

  Prólogo       Eduardo Duhalde, febrero de 2026 Cuando llegó a mis manos el borrador de este libro, que habla sobre la gestión de gobiern...