sábado, 21 de junio de 2014

El peso de ciertas traiciones en el destino de la Argentina

por Néstor Miguel Gorojovsky

En tres artículos publicados en sucesivas ediciones dominicales de Tiempo Argentino, el periodista profesional Hernán Brienza convocó a “traicionar” a Arturo Jauretche, a Raúl Scalabrini Ortiz y (con obvia intención irónica hacia algunos de sus críticos) también al recién asumido funcionario del flamante Ministerio de Cultura Ricardo Forster.

En el hasta hoy último artículo de la serie, Brienza plantea que al menos algunos de quienes lo han criticado por los dos textos anteriores (a quienes no menciona) son “botonazos” del “pensamiento nacional”, aparentes vestales que pretenden impedir la actualización del mismo y su adaptación a los nuevos tiempos que vive la Argentina. No sabemos cuándo se inician los “nuevos tiempos” para el periodista, aunque sí sabemos que considera necesario “actualizar” ese “pensamiento nacional”, envejecido a su modo de ver y sin respuestas ante los interrogantes de nuestra época. El “pensamiento nacional” no es más que el modo autocentrado y dinámico de tomar lo universal. Lo universal es dinámico a su vez. Ningún productor de “pensamiento nacional”, y menos que nadie aquellos que sentaron sus bases, olvida eso. El aviso de Brienza es como llovido sobre mojado para quienes producen “pensamiento nacional” en la Argentina. “Producirlo” es, justamente, “actualizarlo”. Pero Brienza no sólo recomienda actualizarlo. Recomienda “traicionarlo” para “actualizarlo”. Eso es distinto. Tanto valdría, por ejemplo, recomendar a los estadounidenses “traicionar” a Martin Luther King para “actualizar” la lucha por los derechos civiles. Como periodista profesional, Brienza no puede ignorar el peso de los matices, y en particular los matices que se afirman en la letra de un titular. Es cierto que el periodista profesional enfrenta la necesidad de “enganchar” al lector, y un título “provocativo” es una de las vías para lograrlo. Pero aún en ese caso, que sería el mejor, Brienza se ha equivocado y la Caja de Pandora que se abrió con su propuesta sólo podía ser inesperada para alguien que, en el fondo, se ha puesto a escribir sin conciencia plena del sentido que necesariamente tomarían sus palabras. Porque en la Argentina, la palabra traición tiene connotaciones que no pueden dejarse de tener en cuenta. Y justamente ésa es una de las principales líneas conductoras del “pensamiento nacional”. Hay países cuyos dramas brotan de derrotas: Irak, por ejemplo. Otros, como el nuestro, sin haber sido invadidos militarmente fueron traicionados con similares consecuencias. A no ser que alguien suponga que, dado que vivimos bajo un régimen democrático, ya no existen traidores al destino nacional de los argentinos, el señalamiento de la traición sigue siendo una obligación del pensador nacional y convocar a éste a “traicionar” no puede sino despertar reacciones de extrema indignación. Baste pensar en Carlos Menem, el que “si decía lo que iba a hacer no recogía un voto”. O en Roberto Alemann, que desde el Ministerio de Economía de un país en guerra con el Reino Unido y la OTAN, se negaba a usar la retorsión económica contra el ocupante de territorio nacional.

Pero hay ejemplos más siniestros...
El 7 de junio de 1821, por la noche, una partida absolutista se infiltra en Salta, guiada por el rico comerciante Mariano Benítez. Benítez es un cordobés, integrado por feliz matrimonio a la “gente decente” de esa ciudad en la que recién a mediados del siglo XX pudieron acceder los indios a la plaza céntrica. (Esa “gente decente” aborrece al General Martín Miguel de Güemes por los mismos motivos que la burguesía anglocriolla representada por Bernardino Rivadavia odia a José Gervasio de Artigas y a José de San Martín: les imponían a ellos, que podían dar algo más que sangre, contribuciones monetarias y en bienes para el esfuerzo de la guerra en marcha. Era poca cosa: la sangre la ponían los criollos pobres y el gauchaje, como bien había dicho Güemes.) La partida guiada por el comerciante se embosca, ataca al General Martín Miguel de Güemes, y lo hiere de muerte. No es una víctima cualquiera: con él queda malherido nada menos que el plan sanmartiniano para terminar con el absolutismo en América del Sur. Efectivamente, Güemes, el gran táctico de la “guerra gaucha”, preparaba el brazo oriental de la pinza que San Martín, que marcharía por mar, esperaba utilizar para superar los fracasos de las anteriores expediciones libertadoras. En ese magno diseño, Güemes, junto a los focos de resistencia y guerrilla altoperuana, avivaría la llamarada revolucionaria del altiplano, quebraría la espalda del poder absolutista y avanzaría hacia Arequipa, donde los realistas se habían hecho fuertes tras el desastre de Huaqui. San Martín, entretanto, caería sobre Lima desde el mar. Un cóndor de anchas alas, engrosadas por los avances de Güemes en la Puna y en la Sierra, se cerniría sobre la orgullosa ciudadela del privilegio y los marqueses. Se cerraría la pinza y la libertad americana se establecería definitivamente con la liquidación del poder absolutista en el Perú. Un traidor, un tal Benítez, impidió la realización de ese plan. San Martín llegó a Lima debilitado, y el Alto Perú quedó en manos de otros traidores, que supieron cambiar de casaca y ofrendarle a Bolívar la Constitución vacía de una Bolivia asentada sobre el fortalecimiento de la opresión de los indígenas, que quedaron en peor situación que bajo el dominio ibérico. No fue la primera ni la última de las traiciones que quebraron, una y otra vez, las piernas de un pueblo que desde hace doscientos años intenta ponerse de pie y pensarse con su cabeza. Ambos actos, la liberación nacional y la constitución de un pensamiento nacional, son dos caras de la misma moneda. No es gratuito, ni siquiera cuando se redacta un título con intención de atrapar miradas sorprendidas, usar el término “traición” en la Argentina. Y mucho menos cuando se lo emplea para abrir un debate sobre el “pensamiento nacional” y su actualidad contemporánea.

Otrp ejemplo, cuarenta años después
También la de Justo José de Urquiza en 1861 es traición, y mayúscula (a sí mismo, incluso, como bien lo percibió Ricardo Piglia y lo recreó literariamente en "Las actas del juicio”, esa obra maestra del cuento corto). Tras una serie de asesinatos y provocaciones perpetrados por agentes locales del entonces segregado gobierno de Buenos Aires (que no quería poner las rentas de Aduana en función de desarrollo nacional), se dirime ese año la cuestión de la unidad nacional planteada al día siguiente de la caída de Juan Manuel de Rosas, en 1853. Urquiza, es en ese momento el jefe del partido federal. Inexplicablemente, tanto para propios como para extraños, se retira al tranco y sin pelear en la batalla de Pavón, que como mínimo y según todos los testimonios (incluso la actitud de Bartolomé Mitre, que comandaba las fuerzas porteñas) no estaba definida hasta ese instante. Urquiza le deja el campo libre y una inesperada victoria a Mitre, cruza el Paraná con su caballería, y permite así fundar la república oligárquica de los socios porteños del imperialismo inglés, sobre los huesos de miles de argentinos, paraguayos, uruguayos y brasileños. Esa segunda traición, con la primera, tienen consecuencias gigantescas. Y ambas fueron señaladas por los fundadores del “pensamiento nacional”.

Algunas consecuencias de las dos traiciones
Hemos elegido estas dos traiciones, de una ristra casi interminable, porque nos parecen fundacionales. El país semicolonial, integrado informalmente al Imperio Británico (primero) y al actual orbe hegemonizado por la Tríada de Estados Unidos, Europa Occidental y Japón (después), nace con ellas. Sin ellas, por citar algunos ejemplos en cierto desorden, no se hubieran producido:

* el genocidio mitrista de Argentina y Paraguay (infinitamente más grave, en términos relativos y absolutos, y en sus consecuencias, que el del tan denostado provinciano Julio A. Roca),

* la semicolonia próspera organizada en torno a la exportación agropecuaria de la plataforma pampeana,

* el librecambismo despiadado y la desocupación estructural de un país deformado,

* las crisis sistemáticas de la balanza de pagos,

* la anémica industrialización del país (insistentemente calificada de “artificial”, y mucho más si es apoyada por el Estado o asumida directamente por él, como hizo al menos en el petróleo Hipólito Yrigoyen y en forma masiva el General Juan Perón),

* la condición semiservil o servil de miles de trabajadores rurales,

* las sirvientitas santiagueñas “para todo servicio” en casas de la clase media de las grandes ciudades puerto del Litoral,

* el arrinconamiento infame de los restos vivientes de nuestros criollos y nuestros primeros pobladores,

* el país de espaldas a América Latina,

* la educación eurocéntrica,

* la dictadura de los grandes medios de comunicación (La Nación fue el primero),

* el sistema de partidos políticos proimperialistas que cubrió todas nuestras opciones (por izquierda, con ideal sarmientino, y por derecha, con ideal mitrista crudo) cada vez que -como pasó con el yrigoyenismo y el peronismo- las opciones populares estaban proscriptas

*la práctica misma de la proscripción de las mayorías.

Nació también con esas dos traiciones, en fin, el criminal período abierto con el bombardeo de Buenos Aires el 16 de junio de 1955, llegó al paroxismo de sangre en la segunda mitad de la década de 1970 y se cerró con las docenas de muertos de diciembre de 2001, los asesinatos de Kosteki y Santillán, y la desaparición de Julio López. Y, ya que todo esto gira en torno a los temas del “pensamiento nacional”, nació también con ellas esa hegemonía cultural de las élites extrovertidas que lleva a que nuestros artistas tengan que esforzarse por ser fieles al pueblo del que brotan. Solo gracias a las consecuencias intelectuales de ambas traiciones es que un artista que se expresa desde las tripas mismas de la sensibilidad popular, en vez de ser lo habitual, es “inclasificable” o “fuera de serie”. Un nombre: Leonardo Favio.

“Ni ebrio ni dormido”
Con semejantes antecedentes, difícil resulta escapar a la conclusión de que ningún periodista profesional puede en la Argentina convocar a “traicionar” a los grandes fundadores del pensamiento nacional, como Arturo Jauretche o Raúl Scalabrini Ortiz, sin abrir una Caja de Pandora. Ningún periodista profesional estadounidense propondría “traicionar” a Martin Luther King para “actualizar” la lucha por los derechos civiles. Así como no se puede “traicionar” a King sin traicionar a los negros estadounidenses, no se puede traicionar en la Argentina al “pensamiento nacional” sin traicionar a la nación. Y esto no es hipérbole. Los que descuellan en el difícil camino de, como decía Jauretche, “ver desde aquí lo universal” (porque así es como definía “lo nacional”) nunca fueron escritores profesionales. No escribían para ganarse la vida. Se ganaban la vida para escribir. No podría verse en su trayectoria una serie de acrobacias inusitadas provocadas por la necesidad de llenar la olla. Sí podrían verse muchas ollas vacías. Pero también se vería una absoluta ausencia de “traiciones”. Salvo, quizás, la necesaria traición en todo hijo de un mundo que descubre su insidia y decide dedicar su vida a combatirlo. La “traición” al seno materno de la vida nueva que nace y crece. Cuando los motivos que dieron origen a esa traición primigenia, la condición dependiente y semicolonial de la Argentina, hayan cesado, podría ser que proponer una “traición” al “pensamiento nacional” deje de provocar tormentas. Ahora, la tormenta está en las cosas: la Argentina no terminó de completar su liberación nacional, y ninguna “actualización” del pensamiento nacional que se proponga eliminar de su seno esta consideración y todas sus consecuencias dejará de ser una “traición” en el peor de los sentidos. No creemos que Brienza haya pensado en estas cosas en sus mal planteados títulos. Sería bueno que lo haga. Los “Salieris” de Arturo Jauretche se lo recomendamos calurosamente.



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