martes, 5 de abril de 2016

Cartas de Platón

                               

          Alberto Buela (*)

Mucha gente no sabe que Platón (427-347 a.C.) además de sus famosos Diálogos nos dejó cartas. Pero como de éstas no existe criterio externo pues ninguno de sus discípulos o los filósofos de la época las cita, siempre se las tuvo en menos. No obstante a poco de comenzar su lectura vemos que es un material riquísimo para entender sus teorías y los acontecimientos de su tiempo.
Ha sido siempre una tentación de los viejos profesores de filosofía escribir sobre las cartas de Platón, será porque desde la época de Trásilo (siglo I d.C.), autor del canon antiguo del Corpus Platonicum, se las ubicó al final de los diálogos. Así, al comentar las cartas se da por entendido que se leyó todo Platón.
Desde siempre se le atribuyeron dieciocho cartas y también, desde siempre,  se descartaron cinco como falsas. De las trece que quedan la crítica contemporánea descartó de plano como espurias la I (una simple queja a Dionisio), la V (también breve, es la presentación de Eufreo a Prédicas de Macedonia pues él no puede ir) y la IX (más breve aún, dirigida a Arquitas de Tarento, el mismo que lo salva en Siracusa de las manos de Dionisio el joven).

Las diez cartas que quedan se pueden distribuir en tres grupos según sus destinatarios: a) cartas a distintos gobernantes: VI a Hermias de Atarnea; XI a Leodamante y XII a Arquitas de Tarento. b) cartas a Dionisio: II, III y XIII y c)  cartas a Dión y sus amigos: IV, VII, VIII y X.

La carta VI está dirigida a Hermias, tirano de Atarnea frente a la isla de Lesbos, para solicitarle que se relacione con sus discípulos Erasto y Corisco, quienes viven en la ciudad vecina de Escepsis, para beneficio mutuo.

Cuenta que sus discípulos poseen la hermosa ciencia de las ideas pero que necesitan la protección de un hombre con poder como Hermias para no descuidar la verdadera sabiduría. Ellos lo llevarán también a Hermias a filosofar correctamente y a transformase en hombres bienaventurados=eudaimwn  

Remarca claramente la relación entre poder y sabiduría. Así, todo aquel que ha hecho filosofía ha tratado en algún momento de influir sobre alguien con poder. En el curso de la historia de la filosofía Platón buscó ejercerla sobre los dos Dionisios, Aristóteles sobre Alejandro, San Agustín sobre Bonifacio I, Santo Tomás sobre Alejandro IV, Descartes sobre la reina Cristina de Suecia, Leibniz sobre la Casa de Brunswick, Hegel  sobre Guillermo II, Gentile sobre Mussolini, Heidegger sobre Hitler. En nuestro medio, salvando las distancias, Alberdi sobre Rosas, de Anquín y Disandro sobre Perón, Pucciarelli sobre Frondizi, García Venturini sobre Videla y Feinmann sobre Kirchner. Menem no tuvo necesidad porque, según sus propias palabras, ya había leído a Sócrates.
Es que cuando se llega a saber filosofía de manera completa o, lo que es lo mismo, cuando se logra obtener una visión completa del ser, el hombre, el mundo y sus problemas, forzosamente, eso lleva a querer realizarlo. Y para ello el filósofo tiene solo dos posibilidades, o acercarse a aquel que tiene el poder o transformase él mismo en poder. Siempre está latente la idea de Platón del “filósofo rey”.
La carta XI está dirigida a Leodamante de Tasos, matemático y discípulo de Platón, es una respuesta a un pedido de un código de leyes para fundar una nueva colonia. Y allí afirma: “si alguien cree que imponiendo leyes podría organizar un Estado sin que haya una persona con autoridad se equivoca. Esto solo puede conseguirse si hay hombres dignos de ese poder o alguien para formarlos, pero como entre vosotros no hay nadie lo que podéis hacer es implorar a los dioses. Es necesario reflexionar sobre lo que estoy diciendo y no obrar a la ligera. Buena suerte”.

Platón resuelve en pocas líneas la relación entre legalidad y legitimidad que tantos regímenes políticos de los siglos XIX, XX y XXI han planteado. Un ejemplo argentino fue cuando los liberales exigieron a Rosas una constitución, a lo que respondió: “primero consolidemos una nación y después nos damos el librito (la constitución) sobre la base de lo que lleguemos a ser”. Es decir que existe una legitimidad de ejercicio que prima sobre la legitimidad de derecho, lo cual no invalida que “las leyes sean la obra de arte de la política” (Aristóteles, Protréptico).
La carta XII es la más breve de todas, casi una esquela, y está dirigida a su gran amigo y discípulo, el matemático Arquitas de Tarento, allí comenta que recibió con agrado unos escritos y que los suyos todavía no están completos. Una de las razones por las cuales se sospecha que esta esquela es dudosa es que Patón siempre llamó a Arquitas, Arquites.

Como las siete cartas restantes, que integran el segundo y tercer grupo, están vinculadas a personajes –Dionisio el joven y su tío Dión- y asuntos de Siracusa, veamos telegráficamente cómo fueron los hechos con relación a Platón.
Platón realiza tres viajes a Sicilia, el primero en el 388/87 cuando tiene cuarenta años y el que ostenta el poder es Dionisio, el viejo. Allí conoce a Dión su cuñado, un joven de veinte años que se transforma en su discípulo. Regresa a Atenas y funda la Academia institución que dura 916 años hasta que en el 529 d.C. Justiniano ordena su clausura. Veinte años después, a la muerte de Dionisio, realiza el segundo viaje con la esperanza de llevar a cabo su ideal de Estado dirigido por el filósofo rey o el rey filósofo. A pocos meses de su llegada, Dión, quien había convencido a Platón de viajar es desterrado y entonces decide regresar a Atenas.
Más allá de sus discrepancias con Platón, Dionisio el joven tenía veleidades de filósofo y se rodeó de sofistas y científicos. Y no abandonó sus intenciones de cautivar a Platón al que invitó en forma reiterada, hasta que en el 361, con sesenta y seis años realiza su tercer viaje a Siracusa.
Este viaje fue un fracaso total pues no logró la repatriación de Dión, ni logró convencer a Dionisio a hacer filosofía en serio y terminó virtualmente prisionero, teniendo Arquitas de Tarento que enviar una flota para liberarlo y así poder regresar a Atenas.
Pasando ahora al segundo grupo de cartas, aquéllas dirigidas a Dionisio, tenemos la carta II que está ubicada entre el segundo y tercer viaje y en donde, de entrada le reprocha que no le tenga confianza y que lo obligue a guardar silencio sobre su relación tanto a él como a sus discípulos, a lo que responde: “cuando la sabiduría y el poder grande tienden a estar unidos por naturaleza, y constantemente se persiguen, se buscan y se reúnen”. Y pone ejemplos que le han antecedido: la relación entre Anaxágoras y Pericles; la de Tiresias y Creonte; la de Poliído y Minos; la de Néstor y Odiseo con Agamenón; la Solón con Creso.
Le habla luego de la actitud recíproca que deben tener: “Toma la iniciativa de honrarme a mi que con ello honrarás a la filosofía y te proporcionará ante muchos fama… En cambio yo si te rindo honores sin que vos me correspondas, daré la impresión de que admiro y persigo tu riqueza…Para decirlo en pocas palabras, tu deferencia es un honor para ambos; la mía, en cambio, es una ignominia para los dos”.
Este es para mi uno de esos consejos que todo filósofo, maestro o profesor de filosofía debe guardar y tener presente cada vez que se nos acerca un ricacho u hombre con poder.
Pasa luego a hablar sobre el rey del universo y aquí la carta da un salto que Platón anuncia diciéndole que “tengo que explicártelo por medio de enigmas para que si mi carta sufre algún accidente por tierra o por mar, el que la lea no pueda entenderla”. Los comentaristas contemporáneos nos hablan de galimatías difícil de comprender, motivo por el cual muchos dudan que sea de Platón. Lo paradójico es que los primeros filósofos cristianos creyeron ver en esta parte de la carta II una precognición, un cierto presentimiento de la Trinidad. La secularización contemporánea ha logrado que nuestros eruditos disputen sobre acentos graves y agudos, espíritus ásperos o suaves, desinencias o raíces, mientras el sentido profundo del texto se escapa como agua entre los dedos.
Platón afirma que: “En torno al rey del mundo gravitan todas las cosas, y todas existen por él, y él es la causa de toda belleza; lo segundo está en torno de las cosas segundas  y lo tercero en torno a lo tercero. El alma humana aspira a averiguar la calidad de estas cosas, mirando a las que son afines a ella misma, ninguna de las cuales la satisface”

Estos tres principios eran para los neoplatónicos el Bien, la Inteligencia y el Alma que se relacionaban con la razón divina y los objetos racionales, la Inteligencia (nouV) como la diánoia, con su aplicación y el Alma con la percepción y el mundo de los objetos sensibles.
No andaban tan errados los viejos filósofos cristianos cuando relacionaban al Bien con el Padre, la Inteligencia con el Hijo y el Alma con el Espíritu Santo. Y además todo esto bajo la figura de la esfera y su circularidad como movimiento perfecto, que fue tomado luego para explicar la pericwrhsiV=perichóresis o circumincesión = dar giros alrededor o recirculación  divina; esto es, la relación entre la Tres Personas.
Y termina aconsejándolo que de estos temas es mejor no escribir sino aprender de memoria así no se vulgarizan, pues para el vulgo son enseñanzas ridículas. “Adiós, y hazme caso; tan pronto como hayas leído y releído esta carta, quémala”.
La carta III, escrita luego de su último y mayor fracaso con Dionisio el joven, quien anulo todo su proyecto de transformar una tiranía en un reino, muestra a un Platón sumamente indignado recordándole sus últimas conversaciones.
Cometes conmigo una injusticia afirmando lo contrario de lo que realmente ocurrió…fui yo el que aconsejó (restablecer las ciudades griegas en Sicilia) y tú el que no quiso tomar tales medidas”.
Finalmente la carta XIII es rara, pues muestra a Platón más bien como un hombre de negocios que como un pedagogo ocupado en la formación de sus semejantes. Carece de valor filosófico y la único rescatable es su definición de hombre como “animal no malvado, pero voluble”.

Llegamos ahora al tercer y más valioso grupo de cartas, aquel dedicado a Dión y sus amigos.
La carta IV es breve y está escrita en el 357 a.C, luego que Dión tomara el poder en Siracusa. Le ofrece su apoyo y le aconseja que como miembro de la Academia debe distinguirse de los demás como los hombres de los niños. “Es preciso que seamos visiblemente tal como pretendemos ser”. Es que Platón sostuvo siempre que su mayor riqueza era identificarse él mismo con su filosofía. El tema de la identificación entre el pensar y el obrar que termina generando una identidad propia de quien la realice, llega hasta nuestros días en la máxima: si no obras como piensas terminarás pensando como obras.
Desliza al final un consejo práctico: “No olvides que agradando a la gente se consiguen cosas, mientras que la arrogancia es compañera de la soledad”.
La carta VII es la más extensa e importante de todas. La única que la crítica especializada da unánimemente por verdadera.
Fue dirigida a los amigos de Dión en el 353 a. C. luego de su asesinato. A la fecha de su escritura Platón tenía setenta y cinco años por lo que se considera su testamento filosófico.
Si nos tomamos el trabajo de leer esta carta de un tirón, esto es, sin intervalos,  la idea general que nos deja es el intento de Platón de justificar sus distintas elecciones a lo largo de su extensa vida política, que comienza como asesor de uno de sus tíos bajo el régimen de los Treinta Tiranos a la edad de veinte años y termina con esta carta a los setenta y cinco.
La primera idea que encontramos es la reiterada del filósofo rey o del rey filósofo: “No cesarán los males del género humano hasta que ocupen el poder los filósofos puros y auténticos o bien los que ejercen el poder en las ciudades lleguen a ser filósofos verdaderos”.
La segunda es la ley de la sucesión de los regímenes políticos por corrupción, así, a la monarquía sucede la tiranía, a la aristocrática la oligarquía y a la república la democracia. “Tales ciudades (como Siracusa) nunca dejarán de cambiar de régimen entre tiranías, oligarquías y democracias”.
Esta ley es un escándalo para una cabeza moderna pues hoy la democracia se alza, no como la corrupción de un régimen político sino, como el santa santorum de los regímenes políticos. Muchos traductores actuales de Platón invierten los términos para hacer aparecer a la democracia como una forma correcta de gobierno y no como una forma defectuosa o espuria.
La tercera idea es que solo hay que brindar consejo político a aquel que lo solicita y está dispuesto a seguirlo.
La cuarta es el rechazo a la violencia política, tanto a la guerra civil como al golpe de Estado: “No debe emplear la violencia contra su patria para cambiar el régimen político cuando no se pueda conseguir mejorarlo sino a costa de destierros y de muerte”.
La quinta idea es la de federalización de ciudades-Estado para el gobierno de un gran territorio y no la centralización en una sola: “En cambio Dionisio había concentrado toda Sicilia en una sola ciudad”.
La sexta idea es que es preferible ser víctima de injusticias que cometerlas, porque va a haber un juicio de nuestras almas: “Hay que creer siempre en las antiguas y sagradas tradiciones que nos revelan que el alma es inmortal, y que estará sometida a jueces y sufrirá terribles castigos cuando se separe del cuerpo. Por eso debemos considerar como un mal menor el padecer injusticias que el cometerlas”.
La existencia de esta tradición primordial ha dado lugar, contemporáneamente, a una corriente de pensamiento filosófico denominada “tradicionalismo” donde se inscriben pensadores tan disímiles como René Guenón, Julius Evoca, Frithjof Schuon, Frithjof Capra, Ananda Coomaraswamy, Titus Burckhardt, quienes han estudiado al detalle distintos aspectos de la misma.
La séptima idea es una larga digresión sobre su teoría del conocimiento cuyos cuatro factores son: el nombre, la definición, la imagen y el conocimiento mismo, al que hay que agregar en quinto lugar el objeto en sí, cognoscible y real”. Todo ello para mostrar que Dionisio no comprendió nada de su filosofía aunque creía comprender todo, tan es así, que hasta escribió un libro.
Termina la carta con una imagen de Dión: “Un hombre justo, sensato y prudente, al tratar con hombres injustos, no puede dejarse engañar sobre la manera de ser de tales personas”.
La carta VIII  fue escrita pocos meses después que la anterior y en ella Platón intenta mediar entre los partidarios del asesinado Dión entre los que está Hiparino, sobrino de éste porque era hijo de Dionisio I y los partidarios de Dionisio II, a la postre su hermano.
Aconseja que hay que dejar de lado el cínico principio de “hacer el máximo de daño a los enemigos y el máximo bien a los amigos” para ir en busca de la concordia interior. “Recomendaría que hay que evitar la tiranía y transformar su poder en reino si fuera posible... la ley tiene que llegar a ser reina entre los hombres y no los hombres tiranos de las leyes”…”Hay que evitar la vida de relajación que viven los sicilianos en la que gobernaban a sus gobernados” Uno de los males de la democracia es que los gobernantes estuvieran dirigidos por los gobernados. Hoy pasa eso con los mass media que terminan, por condicionamiento mediático, gobernando a los que deben gobernar. Así les fijan la agenda cotidiana y les elaboran el discurso políticamente correcto.
Llegamos finalmente a la carta X, la última de todas. Es una breve esquela de sesenta palabras. Está dirigida a un tal Aristodoro, amigo íntimo de Dión, a quien felicita por su firmeza, lealtad y sinceridad, “que es lo que yo afirmo, que constituyen la verdadera filosofía”.

Interpretación politológica

Vimos como Platón confiesa haberse iniciado en política, alrededor de los veinte años, como asesor de uno de sus parientes que integraba el régimen de los Treinta Tiranos. Un régimen oligárquico que reemplazó a la democracia ateniense luego de la Guerra del Peloponeso tras la rendición de Atenas. De los Treinta el tío de Platón, Crítias, era considerado el oligarca más extremista. Su gobierno duró menos de un año en el 404 a.C. pero produjo la matanza del 5% de la población y la confiscación de los bienes de los ciudadanos demócratas.
Platón tras esta experiencia, rondando ahora los veintitrés años, se incorpora de lleno a trabajar con Sócrates hasta los veintiocho (399 a.C.), fecha en que es condenado a muerte; pero lo es por los demócratas que suceden a los tiranos. Es decir que Platón, al colaborar con los tiranos y su maestro ser muerto por los demócratas queda en una situación muy delicada en Atenas. De hecho se le cerraron todas las puertas para hacer política.   
Al no poder hacer política ateniense se dedica a la política de otras ciudades-Estado de la hélade: Siracusa, Tarento, Atarnea, varias en Macedonia, etc. Ciertamente que la principal en su intento de realización fue Siracusa, como lo muestran estas cartas. Siendo además, su principal fracaso.
¿Qué lección nos deja esta experiencia?: la de zapatero a tus zapatos. Esto es, los filósofos o aquellos que intentamos hacer filosofía tenemos que dedicarnos ello, sin más. Pues en nuestras incursiones en política somos usados y hacemos el papel de papanatas ante los políticos que nos piden consejos y terminan haciendo otra cosa.
Esto no quiere decir que dejemos de hacer política, vocación connatural al hombre de bien, pero sepamos de antemano que seremos utilizados como lo fue Platón por los Dionisios.


Post scriptum:

Para entender a Platón uno puede leer todos los estudiosos y eruditos desde mediados del siglo XIX hasta el presente, empezado por el léxico de Friedrich. Ast (1838),  y siguiendo por Lewis Campbell (1867),  Lutoslawski (1897), Wilamowitz, Cornford, Zeller, Arnim, Gomperz, Dummler, Raeder, Ritter, Leisegang, Praechter, Shorey, Taylor, Crombie, Ross, Schuhl, Friis Karsten, Christ, Guthrie, A.Taylor, H.Cherniss,Crombie, Robin, Stenzel, Wilpert , Krämer, Gaiser, Findlay, Finley, Szlezák, Kutschera, Reale, Pasquali, Howald, Geffcken, Gulley, Aalders, Bluck, Caske, G.Muller, L. de Blois, Tovar, Colli, Souilhé, Shorey, Lovejoy, Eggers Lan, Brisson, Rossetti, García Gual, LLedó Iñigo o el Word Index to Plato de Brandwood,
Pero nada reemplaza la lectura detenida del texto platónico. Manuales hubo y los habrá excelentes, pero solo deben tomarse como guía de una lectura personal y meditada. Platón no es un filósofo para exponer sino para meditar.


(*) arkegueta, aprendiz constante

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