miércoles, 25 de abril de 2018

ES HORA DE CONSTRUIR UN PJ QUE APORTE A LA RECONSTRUCCIÓN NACIONAL


Por Víctor E. Lapegna

Durante los casi 30 años que transcurrieron entre 1945 y 1974 en los que Juan Domingo Perón ejerció su conducción, el Movimiento Nacional Peronista estuvo vivo y vigente en la vida argentina y en los más de 40 años transcurridos desde el fallecimiento del General hasta hoy recorrió un camino que, con alzas y bajas, condujo a su paulatina pérdida de vitalidad y vigencia.
No me parece casual que ese tránsito a la decadencia del Movimiento Nacional Peronista sea equivalente y coetáneo al seguido por la Argentina en ese mismo período, en el que sufrió la paulatina pero constante degradación de su pueblo a la condición inferior de masa, el deterioro y en algunos casos la destrucción de la comunidad organizada comenzando por su célula básica que es la familia y el deterioro de la voluntad de ser una Nación con un destino común en lo universal que se expresa, entre otros signos, en las divisiones y enfrentamientos internos a los que se ha dado en llamar “la grieta”. Un proceso decadente que se observa también en datos duros de la realidad económico y social en estos años tales como la magnitud de la pobreza, del crecimiento de la economía o de la tasa de inversión real en actividades productivas.
Debemos asumir que aproximadamente la mitad de esos más de 40 años de decadencia transcurrieron bajo gobiernos que se asumían como peronistas y eran reconocidos como tales por la mayoría de la ciudadanía, con lo que no podemos ignorar la cuota-parte de responsabilidad que todos los peronistas tenemos en ese proceso de pérdida de vitalidad de nuestra Patria y de nuestro Movimiento.
Situados ante esa realidad parecen abrirse para quienes seguimos asumiendo al peronismo como una de las notas de nuestra identidad personal, dos actitudes posibles. Una es seguir llorando sobre la leche derramada y buscando atribuir a unos o a otros las culpas por esa decadencia, lo que no parece que vaya a contribuir en nada a salir de ella. La otra es tratar de responder a esa realidad insatisfactoria con palabras y con hechos que contribuyan de manera efectiva y concreta a ir reconstituyendo el Movimiento Nacional Peronista y el amplio frente social y político que nos encamine hacia la reconstrucción nacional.
Al optar por la segunda de esas actitudes, me permito compartir con quienes tengan la generosidad de leerme algunos conceptos que tal vez puedan ser útiles para avanzar en la perspectiva que implica aquella actitud proactiva.

Movimiento y Partido o El Huevo y La Gallina
En las redes sociales y en diversos núcleos del peronismo que frecuento, sobre todo a partir de la intervención judicial del Partido Justicialista y la designación de Luis Barrionuevo al frente de la misma, percibo que no pocos compañeros contraponen al Movimiento Peronista con el Partido Justicialista, al que definen como una mera herramienta electoral y en los términos en los que suele presentarse, esa supuesta alternativa me recuerda aquella pregunta inútil acerca de que es primero, si el huevo o la gallina.
 Para tratar de aportar algo más de densidad a la cuestión me permito recordar que los años en los que estuvo vivo y vigente, el Movimiento Peronista no fue un mero concepto doctrinario y menos aún un ente abstracto sino la rica, variada y multiforme organización de hombres y mujeres de la Argentina, conforme la doctrina y el diseño concebidos, concretados y conducidos por el genio de Perón y asumidos por el pueblo peronista.
En el armado de ese dispositivo Perón escogió primero a los trabajadores - a cuyas organizaciones definió como la columna vertebral del peronismo - porque era posible organizarlos, era el sector marginado de la sociedad, eran el punto de apoyo para construir la comunidad organizada y también porque tenían el número que sería decisivo para lograr la mayoría electoral.
A partir de esa organización de los trabajadores se fueron desplegando otras organizaciones de distintos sectores de la comunidad nacional que iban desde los clubes deportivos que canalizaban la práctica de deportes por todos los sectores (al respecto son ilustrativas las obras publicadas por nuestro compañero y amigo Víctor F. Lupo), a las organizaciones que nucleaban a estudiantes secundarios (Unión de Estudiantes Secundarios o UES) y universitarios (Confederación General de Universitarios o CGU), a profesionales (Confederación General de Profesionales), a empresarios (Confederación General Económica) y también, en un plano destacado, fueron creados el Partido Peronista Masculino y el Partido Peronista Femenino, que organizaban a millones de hombres y mujeres en todo el país a través de sus respectivas Unidades Básicas, que eran sus núcleos promotores en el territorio.
Ese multiforme tramado de organizaciones que contenía intereses y actores diferentes e incluso contradictorios, era sinérgico en la medida que compartía una doctrina nacional y una conducción dotada de autoridad y representatividad que encarnaba en Perón y sus cuadros auxiliares.
En 1955 la valoración de la calidad que había alcanzado la organización popular y su adoctrinamiento fue lo que llevó a Perón a elegir el tiempo y no la sangre. Así lo explicaba en 1973, tras su regreso triunfal a la Patria tras 18 años de exilio: “Cuando debí tomar una resolución que guiase a la conducción general de nuestra lucha, yo contemplé precisamente esta situación. Sabía que disponíamos de una masa organizada en gran parte, pero en mayor medida adoctrinada sobre los principios que .el Justicialismo había puesto en marcha en el año 1945. Si no hubiésemos dispuesto de esa masa adoctrinada y de una organización, no habríamos tenido más remedio que recurrir a la lucha cruenta, que siempre desgasta enormemente a las propias organizaciones. En cambio, aprecié que teniendo esa organización y ese adoctrinamiento era posible consumir tiempo, ahorrando el derramamiento de sangre, que en ese caso hubiera resultado inútil. Por eso fue que resolvimos continuar una lucha a fuerza de voluntad y del mantenimiento de nuestros principios, pensando en que si teníamos razón habríamos de volver y, si no la teníamos, era mejor que no volviésemos. Es decir, compañeros, que nosotros podemos pensar que, si a la larga hemos triunfado, ha sido porque teníamos razón, y el que debía decidir si la teníamos o no, era el pueblo argentino. Los acontecimientos que se han producido durante la normalización institucional del país, nos han dado esa razón: gobernamos con el único derecho que es inmarcesible, el derecho del pueblo de darse su propio gobierno y sus propias instituciones”.

Después de 1955 Perón supo ir adaptando las formas de organización del Movimiento Peronista a las nuevas y diferentes condiciones que presentaba la realidad y en el proceso de 18 años transcurrido hasta 1972/73 supo conducirlo con inconmovible autoridad y representatividad hasta la victoria que se expresó, sobre todo, en su retorno a la Patria y su tercera consagración como Presidente de los argentinos con el respaldo del 62% de los votos. En esos 18 años el movimiento obrero confirmó su condición de columna vertebral dado que, en muy difíciles condiciones, supo mantener su nivel de organización y representatividad de los trabajadores y su adhesión a la doctrina peronista.
Ya en la etapa final de su vida terrenal Perón nos enseñó con hechos y palabras que la política es el arte de construir espacios pacíficos en los que se abordan las diferencias propias de la vida en comunidad, que son diferentes de la conspiración y la guerra.
Sabedor de que se acercaba el momento de su paso a la otra vida, nos instó a prepararnos para transitar de la etapa gregaria y personalista a la etapa orgánica y enunció que su único heredero era el pueblo.
Entre 1973 y 1976 la violencia que ensangrentaba la Patria de resultas de la batalla que aquí libraban los imperios contendientes en la Guerra Fría – conflicto que incidía en la realidad de todos los países del mundo, más allá y en contra de la voluntad de los pueblos- no permitió que los peronistas ejerciéramos la política como el arte que Perón nos enseñó que era mediante dichos y hechos, entre los cuales su abrazo con Ricardo Balbín no fue el menor.
Dado ese clima, después del 1 de julio de 1974 el pueblo no llegó a recibir en plenitud la herencia que le dejara Perón, dado que ello que requería que la voluntad de ese pueblo se pudiera expresar en la etapa orgánica y elegir una conducción que, al menos en parte, estuviera dotada de una autoridad y una representatividad semejante a la que tuvo Perón.
Las condiciones impuestas por noche oscura de la tiranía que entre 1976 y 1983 tuvo como blanco principal de su acción criminal y destructora al peronismo y a los peronistas, eran aún menos propicias para construir la política como espacio pacífico para resolver los conflictos y tampoco para que los peronistas nos diéramos una conducción que fuera representativa de la voluntad popular y estuviera dotada de autoridad.
El ciclo político establecido a partir de 1983 y la restauración de la vigencia del principio de la soberanía popular para elegir a los gobernantes como pilar de un sistema democrático, impulsó a que la gran mayoría de los dirigentes, cuadros y militantes del peronismo nos volcáramos a participar en la acción política electoral y la puja por ocupar espacios de poder institucional relegó todo lo demás, con lo que el Partido Justicialista sí se convirtió en una mera herramienta electoral y durante las presidencias peronistas de Carlos Menem, Eduardo Duhalde y sobre todo de Néstor y Cristina Kirchner devino en un partido del Estado, utilizado por quienes lo gobernaban para satisfacer sus intereses circunstanciales y cada vez más distante y ajeno para el pueblo peronista.
En 1988 hubo una luz de esperanza cuando el movimiento de la renovación peronista consiguió que la fórmula que el frente liderado por el PJ presentaría en las elecciones presidenciales surgiera del voto directo de millones de peronistas quienes, por mayoría, consagramos al binomio integrado por Menem y Duhalde por sobre el que componían Antonio Cafiero y José Manuel De la Sota. La lealtad de los vencidos que hicieron suyo el principio según el cual “el que gana conduce y el que pierde acompaña” y la autoridad que tuvo la fórmula por surgir de una compulsa democrática interna con millones de votantes, contribuyó no poco a que en 1989 derrotáramos a la fórmula radical que encabezaba Eduardo Angeloz.
Pero aquella saludable experiencia no volvió a vivirse en los 30 años subsiguientes, en los que las candidaturas del peronismo fueron el resultado de las roscas de cúpulas y a ello se suma que el procedimiento democrático de 1988 no se aplicó nunca para elegir a las autoridades partidarias.
Una deformación acentuada por quienes fueron desplazados de la dirigencia del PJ por la intervención judicial ya que dispusieron modificar el estatuto partidario y eliminar la elección directa como procedimiento para elegir autoridades.

Las perspectivas de la intervención del PJ
A nuestro modo de ver la intervención a cargo del compañero Luis Barrionuevo tiene la oportunidad de normalizar la vida del Partido Justicialista y situarlo en un umbral básico de normalidad democrática que no tiene desde hace al menos 44 años.
Creemos que hay tres condiciones necesarias para acceder a ese umbral básico de normalidad:
a)      Declarar caducas las afiliaciones actuales y convocar a la re-afiliación en todo el país, reconociendo la antigüedad a quienes ya estaban afiliados y vuelvan a hacerlo.
b)      Elaborar con esas afiliaciones padrones depurados y transparentes bajo el estricto control de la Justicia electoral.
c)       Convocar a la elección de todas las autoridades partidarias (congresales y consejeros nacionales y provinciales) a través del voto directo de todos los afiliados según lo disponía la carta orgánica del PJ nacional.

Es posible que el proceso de re-afiliación, que demanda una amplia e intensa vinculación directa con el pueblo a través de la movilización de cuadros y militantes que salgamos a afiliar, resulte en que quienes estén dispuestos a firmar la ficha de adhesión al Partido Justicialista sean muchos menos que los más de 3,6 millones de inscriptos que hay hoy en un padrón del todo inverosímil. Es también cierto que ese proceso de re-afiliación demanda varios meses de trabajo.  Pero si no se hace esa re-afiliación y la consecuente depuración de padrones, cualquier elección interna que se haga será fuente de justificadas suspicacias y su legitimidad será cuestionable.
Por lo demás, más allá de garantizar la realización en el Partido Justicialista de unas PASO como las de 1988 en las que puedan participar todos quienes quieran hacerlo y en las que el voto popular dirima cuál la fórmula presidencial con la que el frente que encabecemos los peronistas le gane a Cambiemos las elecciones del 2019, consideramos que la misión principal de la intervención que encabeza el compañero Barrionuevo es garantizar que los afiliados al PJ podamos elegir con nuestro voto directo a los dirigentes partidarios, como nunca pudimos hacerlo.
A priori consideramos inaceptable cualquier excusa que quiera darse para evadir o postergar sine die esa misión principal.

Conviene asumir que ninguna de las figuras que hoy aparecen en el escenario como eventuales presidenciables del peronismo, cuenta siquiera con el nivel de autoridad y representatividad que tenían Menem y Cafiero hace 30 años aún antes de la interna en la que compitieron, pese a que uno y otro estaban muy por debajo de la autoridad y representatividad que tuvo Perón en el ejercicio de la conducción del Movimiento.
Por tanto, parece razonable suponer que una re-afiliación y la elección de autoridades del PJ mediante el voto de esos afiliados en unos comicios hechos con padrones confiables, implicaría una movilización propicia a que la participación popular en unas PASO sea mayor que la que podrían convocar unos precandidatos que, fueran quienes fueren, nos parecen todos desangelados.
De tal modo, la elección por el voto popular de las autoridades del PJ nos parece un procedimiento para contribuir a soldar la brecha que hoy separa a dirigentes de dirigidos en el ámbito político, factor clave de la falta de confianza en la Argentina perceptible ad-intra y ad-extra, causa de muchas de nuestras dificultades económicas y sociales y factor que deteriora la convivencia y la gobernabilidad democráticas.
Por lo expuesto, tenemos la convicción de que la intervención al PJ tiene la posibilidad de hacer un verdadero servicio a la Patria y no sólo al peronismo si lleva adelante las tres condiciones necesarias para una normalización democrática de la vida partidaria que enunciamos más arriba.
Si no lo hace terminará yéndose con pena y sin gloria, cargando con la responsabilidad de no haber sabido o querido contribuir a que en las elecciones de 2019 se reabra un rumbo que nos haga avanzar en el camino de ser un pueblo feliz en una gran Nación y reconstruir al deteriorado hombre argentino, tarea a la que ya nos convocaba Perón hace 45 años y está aún pendiente.



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