lunes, 4 de febrero de 2019

“La madre patria como caso práctico de subordinación pasiva"



Conferencia Magistral pronunciada por  Marcelo Gullo en la Universidad de Sevilla el 10 de octubre del 2018.

Estamos apenas, a algunas horas de festejar el día de la Hispanidad.
¿Cómo no referirnos, entonces, en nuestras primeras palabras, justamente en la ciudad de Sevilla -que fue informalmente la capital de Hispanoamérica aunque ella, hoy, lo ignore-, a tan importante fecha?
Sin embargo, por otra parte, la lógica nos indica que es preciso comenzar esta conferencia explicando el título elegido para la misma, que guarda, aunque las apariencias engañen, una relación íntima y estrecha con el hecho histórico que nos aprestamos a conmemorar.
De la mera observación objetiva del escenario internacional, se desprende que la igualdad jurídica de los Estados es una simple ficción, por la sencilla razón de que algunos  estados son más poderosos que otros, lo cual lleva a que el derecho internacional sea un obstáculo imposible de sortear por el más débil y sencillo de atravesar para el más fuerte.
Los Estados existen como sujetos activos del sistema internacional en tanto y en cuanto poseen poder. Poder militar, poder económico y, sobre todo, poder cultural.
Sólo los Estados que poseen poder, son capaces de dirigir su propio destino. Aquellos estados sin poder militar, económico y cultural suficientes para resistir la imposición de la voluntad de otro Estado, son objeto de la historia porque son incapaces de dirigir su propio destino.
Por la propia naturaleza del sistema internacional, los Estados con poder, tienden a constituirse en estados líderes o a transformarse, en Estados subordinantes y, por lógica consecuencia, los Estados desprovistos de los atributos del poder suficiente, en materia militar, económica y cultural,  para mantener su autonomía, tienden a devenir en Estados vasallos o Estados subordinados, es decir, a convertirse en colonias informales o semicolonias,  más allá de que logren conservar los aspectos formales de la soberanía.
En esos Estados, cuando son Estados democráticos, las grandes decisiones nacionales, no son tomadas por sus instituciones formales como los Parlamentos, sino que se toman de espaldas a la mayoría de su población y, casi siempre, allende sus fronteras.
Los Estados democráticos subordinados, poseen una democracia de baja intensidad.  Lógicamente, existen grados en la relación de subordinación, que es una relación dinámica y no estática.
La hipótesis sobre la que reposan las Relaciones Internacionales, como sostiene Raymond Aron, está dada por el hecho de que las unidades políticas se esfuerzan en imponer, unas a otras, su voluntad.[1]
La Política Internacional comporta, siempre, una pugna de voluntades: voluntad para imponer o voluntad para no dejarse imponer, la voluntad del otro.
Para imponer su voluntad, los Estados más poderosos tienden, en primera instancia, a tratar de imponer su dominación cultural.
Las más de las veces, esta dominación cultural la logran, los Estados poderosos, falsificando la historia del propio Estado que se proponen dominar.
El ejercicio de la dominación, de no encontrar una adecuada resistencia por parte del Estado receptor, provoca la subordinación ideológico-cultural que da, como resultado, que el Estado subordinado sufra de una especie de síndrome de inmunodeficiencia ideológica, debido al cual, el Estado receptor pierde incluso, la voluntad de defensa cultural y toma la historia construida por el otro, como propia. Cae entonces, dicha Nación, la Nación receptora,  en un estado de subordinación pasiva inevitable y muchas veces irreversible.
Podemos afirmar, siguiendo el pensamiento de Hans Morgenthau, que el objetivo ideal o teleológico de la dominación cultural, en términos de Morgenthau, “imperialismo cultural” consiste en la conquista de las mentalidades de todos los ciudadanos que hacen la política del Estado en particular y la cultura de los ciudadanos en general, al cual se quiere subordinar. Definiendo el concepto de “Imperialismo cultural”, Hans Morgenthau afirma:
“Si se pudiera imaginar la cultura y, más particularmente, la ideología política de un Estado A con todos sus objetivos imperialistas concretos en trance de conquistar las mentalidades de todos los ciudadanos que hacen la política de un Estado B, observaríamos que el primero de los Estados habría logrado una victoria más que completa y habría establecido su dominio sobre una base más sólida que la de cualquier conquistador militar o amo económico. El Estado A no necesitaría amenazar con la fuerza militar o usar presiones económicas para lograr sus fines. Para ello, la subordinación del Estado B a su voluntad se habría producido por la persuasión de una cultura superior y por el mayor atractivo de su filosofía política.” [2]



[1] Al respecto ver ARON, Raymond, Paix et guerre entre les nations (avec une presentation inédite de l’auteur), París, Ed. Calmann-Lévy, 1984.
[2] . MORGENTHAU, Hans, Política entre las naciones. La lucha por el poder y la paz, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1986, p. 86.


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