24 de Enero de 2022
IDEOLOGÍA DEL RÉGIMEN
Contrario a lo que cierta prensa
occidental pregona, no existe una Rusia socialista, comunista o
de “izquierda”. La Rusia actual está sustentado en el regreso a la
milenaria tradición rusa, que es conservadora en sus valores, y hasta bien
conectada con los criterios conservadores y religiosos de Occidente.
Muchos pensadores conservadores rusos
(como Alexander Dugin y Eduard Limónov) están pensando que en realidad Putin no
está defendiendo los valores tradicionales rusos, sino que, siendo muy
pragmático, está llevando adelante una estrategia dual, con liberales y con
conservadores. Es decir que Putin no es un antiglobalista puro, sino que
conduce a Rusia sin demasiadas ideologías y atendiendo principalmente a los
intereses nacionales, sin entrar en la contradicción de dos campos ideológicos:
el patriótico-conservador y el liberal, que defienden el libre mercado y la
inserción en la comunidad internacional. Los primeros están
insertados en los sectores más populares, apoyados por la Iglesia Ortodoxa
Rusa, cuya máxima autoridad, Kirill, es la segunda persona más importante de
Rusia, después de Putin. Mientras los liberales están insertos en la prensa, en
los sectores más instruidos y en la oposición política. El régimen ruso es una
autocracia “democrática”, eufemismo para indicar que, si bien hay elecciones,
finalmente el régimen se maneja con criterios de libertad, bastante vigilados.
Además, Putin pareciera que va a estar presente durante mucho tiempo en la vida
política rusa, apoyado por la élite económica, que controla las principales
corporaciones, de estructuras semi-estatales, ya que Putin le garantiza
estabilidad al régimen. Una hábil mezcla de racionalidad neoliberal y
pensamiento conservador.
Un dato de interés es que la Rusia actual se manifiesta como continuadora de toda la historia rusa,
reivindicando simultáneamente al régimen zarista, y al período soviético,
indicando con claridad que la patria y el país es una unidad que está por
encima de cualquier sistema de gobierno o de ideología. Las estatuas de los zares Romanov y de Lenin
pueden convivir bajo el techo de la única Rusia, con sus tradiciones intactas.
Así como vuelven a instalarse monumentos
al Zar Nikolái II, asesinado por los comunistas, también se conmemora los 100
años de Revolución Rusa, pero presentándola con un sentido no revolucionario ni
comunista. Mantener intactos los 1.000 años de historia rusa son más
importantes que cualquier grieta interna.
El vasto territorio del Imperio Ruso,
repartido entre Europa y Asia Central, fue heredado casi en su totalidad por la
URSS. Desde la época zarista, iniciada por Pedro
el Grande (1682), en Rusia hubo tensiones pro-asática y pro-europeista, siendo
la primera más nacionalista, antioccidental y con cultura tradicionalista,
mientras la segunda (prooccidental) se emparentaba con la nobleza europea. El
Imperio abarcaba la misma Rusia (Siberia incluida), Finlandia, los Estados
bálticos (Letonia, Lituania y Estonia), Ucrania, Bielorrusia, Polonia,
Besarabia y Valaquia, el Caúcaso (las actuales Armenia, Georgia y Azerbaiyán),
partes de la Armenia turca, Asia Central (actuales repúblicas de Kazajistán,
Turkmenistán, Tayikistán, Kirguistán y Uzbekistán) y hasta Alaska, que
perteneció al Imperio ruso desde 1784 a 1867, cuando fue vendida a EEUU en 7
millones de dólares. La capital del imperio era San Petersburgo (pro-europea)
desde 1730 hasta 1918, pasando la capital nuevamente a ser Moscú después de la
Revolución de Octubre (1918). Dicho de
otro modo, la tradición imperial de gobernar un vasto territorio en la isla
euroasiática continúa hasta hoy, independiente del sistema político y de la
ideología de turno.
Hoy Rusia está vertebrada
económicamente por la Unión Euroasiática
(UEE), integrada por Rusia, Bielorrusia, Armenia, Kirguistán y Kazajistán y
en lo militar por la Organización
del Tratado de la Seguridad Colectiva (OTSC), alianza de países
desgajados de la extinta URSS integrada por Armenia, Bielorrusia, Kazajstán,
Kirguistán y Tajikistán y liderada por Rusia con el objetivo de “contrarrestar
las amenazas externas”, aplicadas a garantizar, entre otras cosas, que el
cosmódromo de Baikonur, la mayor base espacial del mundo, situada en Kazajstán,
quede bajo su control.
Actualmente existen dos diferencias
geopolíticas de Occidente con Rusia. La primera por la Península de Crimea, de origen tártaro, que fue parte del imperio
ruso desde 1774 y fue entregada a Ucrania (que significa frontera en idioma
ruso) en 1954 para resolver problemas de abastecimiento de agua, y para
“compensar” las atrocidades cometidas por el ucraniano Nikita Kruschev, en su tierra de origen. Crimea volvió al poder de la administración
de Federación Rusa en el 2014. La segunda es Ucrania, donde la OTAN pretende
instalar armamento misilístico, lo que es rechazado frontalmente por Rusia,
con el argumento que a EEUU no le gustaría que Rusia (o China) colocaran
armamento propio en sus fronteras con Canadá o México. Pese a esas diferencias,
tanto Rusia como EEUU quieren desmilitarizar el espacio exterior, que es donde
están todos los satélites de comunicación que sostienen a todas las plataformas
informáticas que mueven al mundo actual, así como prosiguen las negociaciones
del Acuerdo START (Strategic Arms Reduction Treaty) en relación a la reducción
del armamento nuclear.
Influye
también en el actual conflicto con EEUU el proyecto estratégico de Rusia de
aprovechar la retirada gradual del hielo del Ártico, (derivado del
calentamiento global), para iniciar la explotación de una nueva ruta comercial
y de transporte marítimo a través del Ártico. Para ello está construyendo un super-rompehielos nuclear, con capacidad de mantener abierta esa ruta
durante todo el año. También construirá rompehielos nucleares menores, como
petroleros y cargueros de gas. Por ahora Rusia es el único país del mundo que
tiene rompehielos nucleares, lo que le da esa ventaja en el Ártico. Esa nueva
ruta es mucho más corta que otras que unen Europa y Asia atravesando el canal
de Suez. Se prevé un gran ahorro de tiempo y de costos de navegación. Varios
países están especialmente interesados, ya que son importadores del gas licuado ruso del Ártico, como Corea del Sur, Japón
o China. Esta estrategia, de llegar a buen término, le daría a Rusia un
mayor peso geopolítico.
Sin embargo, hay una discusión más de
fondo y es el debate sobre los caminos hacia un mayor multipolarismo. El presidente Trump había impulsado que tanto
Europa como Japón se hicieran cargo de sus respectivos gastos de Defensa,
liberando a EEUU de la carga de soportar la mayoría de los gastos de la OTAN y
de la zona del Indopacífico. Esto implicaría mayores grados de libertad de
Europa y Japón, con respecto a EEUU. Francia
está muy molesta con Gran Bretaña y con EEUU porque por el acuerdo AUKUS
(incluye a Australia) le anularon un contrato multimillonario de provisión de
submarinos a Australia, los que serán provistos por Gran Bretaña con tecnología
norteamericana. A su vez Alemania quiere mantener su buena relación con
Rusia, su proveedor de energía
(gas) y al que a su vez es uno de sus mejores clientes en la venta de
tecnología.
La creación
artificial de un conflicto con Rusia por parte de la OTAN (iniciada por los
demócratas, de estrechos lazos con el sistema financiero global) sería parte de
una maniobra mayor de Gran Bretaña y EEUU para impedir mayores grados de
libertad de Europa y que ésta se vuelque a ser más colaborativa con Rusia. Siguiendo las teorías geopolíticas de Halford Mackinder, pretenden que Europa
siga bien atada a los compromisos de la cosmovisión marítima y que no estreche
relaciones con la cosmovisión terrestre, donde el “heartland” de la isla
euroasiática, sería Rusia y su anillo circundante (el “Rimland”) sería China y
Europa, que para Nicholas Spykman son los espacios más importantes en términos
geopolíticos.
En resumen, el conflicto ucraniano es
el iceberg que muestra una disputa mayor y lo que está en juego en realidad es
hacia donde se inclinará Europa; si hacia el multilateralismo geopolítico o
seguirá apoyando al mantenimiento del poder concentrado en pocas manos, de
ideología globalista.