EDUARDO ARROYO
El Correo de España - 11 MARZO 2022
La reciente
guerra de Ucrania ha suscitado una opinión unánime en torno a la cual hay
extraños compañeros de viaje: desde el PSOE hasta la derecha nacionalista de
VOX y diversos “antisistema” ilustrados. Hay también opiniones extravangantes.
Por ejemplo, la CNT, cual pintor de brocha gorda, echa la culpa a todos por
“fascistas” y la pobre Ione Belarra -un personaje que sin la política
posiblemente estaría en el paro- se manifiesta “contra la guerra”. Poca luz
aportan estas ideas porque se basan, en realidad, en intereses personales:
filias y fobias varias, amistades diversas e intereses de partido. Para algunos, la guerra tiene su raíz en el
“imperialismo ruso”; otros creen que Rusia es la nueva Unión Soviética y
esgrimen como argumento vivir en Rusia, hablar ruso o simplemente ser ruso,
como si vivir en España o ser español garantizase algún fundamento para hablar
con criterio sobre España.
Lugar destacado
ocupan en la histeria actual los medios
de comunicación, tripulados por periodistas, esos analfabetos locuaces que,
según explica Alberto Buela, son los “creadores de sentido” de nuestra época,
los auténticos filósofos que tienen respuesta para todo, siempre que ésta
coincida con la del dueño del capital de la empresa que los contrata. De ahí
que en el mundo anglosajón se hable de “presstitutes” para referirse al coro de
necios que se ha puesto a chillar en todos los medios de comunicación al
unísono, desde que Rusia dio la orden de avance a través de la frontera
ucraniana, diciendo variantes de las mismas ideas, como si el arabesco retórico
garantizase la razón de lo que se dice. Pura mierda, en suma.
Pero vayamos al
núcleo de la cuestión. Hay una guerra en
Ucrania que ya no es civil: esta ya existía cuando, desde 2014, el ejército
Ucraniano bombardeaba a los civiles étnicamente rusos del Donbass, sin que
un solo medio de comunicación penase por ello. Ahora hay una guerra abierta entre una potencia nuclear y un país de
tamaño medio muy inferior en lo militar. Esa guerra es un auténtico desastre
para Occidente, primero, en vidas humanas y luego por dos razones: porque
sea cual sea el resultado va a crear una zona de inestabilidad en la misma
frontera de la Unión Europea (UE) y porque va
a echar a Rusia en los brazos de China, verdadera potencia emergente y competidora
de la UE y del Occidente en general. Nadie en su sano juicio debería querer
esta guerra. Ni siquiera los que miran con animadversión a Rusia, de manera
justificada o no: el Occidente democrático ha convivido medio siglo con la
Unión Soviética y el mundo comunista, ¿por qué no podría encontrar un modus
vivendi con Rusia? Se dice que Rusia intenta recrear la URSS pero este
argumento es invendible. En los años 80 estuve suscrito a la revista Soviética
“Tiempos Nuevos”. Se editaba en más de cincuenta idiomas, a la par que otra
veintena de publicaciones, tal y como corresponde a una formidable maquina
propagandística de nivel global. Al mismo tiempo la URSS tenía bases y
“asesores” militares y comerciales por todo el globo, animados por una
ideología que no admitía ningún “nacionalismo” inferior al globo terráqueo. A
pesar de eso tuvo conatos de sublevación que exigieron respuestas militares,
como Berlín en 1953, Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968 e innumerables
problemas con Polonia y también respuestas políticas y/o de inteligencia, como
es el caso de los propios partidos comunistas locales. No. La Rusia de hoy no es ni parecida a la URSS y aunque Putin en su
interior añore los tiempos soviéticos la verdad es que sabe de sobra que carece
de la capacidad -militar, económica, política- y del espíritu (marxista) para
dominar el imperio soviético de antaño. Como dato significativo diremos que
una búsqueda en herramientas de monitorización de internet, por ejemplo
“Boardreader”, demuestran que los términos “agresión rusa” e “imperialismo
ruso” han sido poco o nada comentados en medios de comunicación desde
principios de 2019 hasta los días previos al pasado 24 de febrero, cuando las
menciones de ambos términos se disparan. Otra cosa es que el mundo de hoy sea
consecuencia de la victoria militar de 1945, cuyos vencedores pensaban que las
personas adquieren la nacionalidad de manera voluntarista o por decisión
política; de ahí que esos mismos vencedores se sacaran naciones de la chistera
(como Yugoslavia o Checoslovaquia) o que, en el caso que nos ocupa, intentaran
diluir identidades locales levantiscas a golpe de inmigración de nuevos
“ciudadanos” soviéticos, étnicamente rusos. Ahora Rusia se encuentra con
multitud de rusos fuera de sus fronteras, que miran al Kremlin como solución a
sus problemas y que son rehenes a menudo de estados resentidos con la URSS y
por consecuencia con Rusia, a la que juzgan su heredera. Como decíamos, este es
el precio de la victoria de 1945.
Dicho todo esto, ¿quién es el responsable
de la guerra actual? Este dato es muy importante porque atribuye culpas. La
tesis de este artículo es que la mayor responsabilidad corresponde a los
Estados Unidos de América y, en un sentido general, a lo que se ha llamado
Occidente. Los rusos solo están haciendo el trabajo sucio de una guerra que era
innecesaria y completamente evitable.
¿Por qué decimos
esto? Primero me gustaría que quedara claro que este no es un artículo
pro-ruso. Lo que voy a decir aquí tiene una dimensión eminentemente práctica.
No creo que la guerra que vivimos sea ni necesaria ni inevitable, se piense lo
que se piense de Rusia o de Ucrania. En lo personal, lamento infinito las
guerras entre europeos que es lo que ambos son. Pero incluso esto es secundario
con respecto a lo que de inútil y terrible hay en el actual derramamiento de
sangre.
Para entender el
actual asunto que nos ocupa hace falta algo -solo algo- de historia. En abril de 2008, tuvo lugar una cumbre de
a OTAN en Bucarest en el curso de la cual se planteó una tercera ampliación de
la Alianza Atlántica con la posible incorporación de Georgia y Ucrania. Los
rusos ya tragaron el engaño de las ampliaciones de la OTAN de 1994 y 2004, un
engaño evidente en las negociaciones de Gorvachov con James Baker, tal y como
demuestran las notas manuscritas de los norteamericanos, recientemente
desclasificadas. Pero incluso en 2008 los rusos dejaron claro lo que
pensaban: más expansiones serían inaceptables. Recientemente la revista
“Newsweek” (Sergei Lavrov warns that what NATO promised at 2008 Bucharest
summit would create a new crisis, 6.12.2021) informaba sobre la reunión del
titular de exteriores ruso Sergei Lavrov con la Organización para la Seguridad
y Cooperación en Europa (OSCE) el pasado 2 de diciembre. Lavrov se manifestó en
los siguientes términos: “quiero ser muy claro: la transformación de nuestros
vecinos en nuevos trampolines para la confrontación con Rusia y el despliegue
de fuerzas de la OTAN en la vecindad inmediata de áreas de importancia
estratégica para nuestra seguridad es definitivamente inaceptable”. El mensaje
es clarísimo y los rusos han dejado muy establecida su credibilidad. La cosa
venía de largo. No es un secreto para
nadie que en febrero de 2014 los Estados Unidos emplearon 500 millones de
dólares en fomentar un golpe de Estado en Ucrania, con la colaboración especial
de Victoria Nuland, actual portavoz del Departamento de Estado. El “golpe” –
retransmitido en Occidente como la “revolución naranja”- tuvo éxito y a partir
de entonces los occidentales comenzaron a armar a Ucrania convirtiéndola en un
miembro, no de derecho pero sí de hecho, de la OTAN. Rusia reaccionó
apoyando a las regiones étnicamente rusas de Ucrania (el Donbass) y
anexionándose Crimea que está habitada, en más del 90%, por rusos. En 2008 actuaron
de manera similar con Georgia, también “candidato” a la OTAN, reconociendo la
independencia de partes del territorio georgiano.
Pero las
presiones occidentales no cesaron. Ya en el mismo 2014 la administración Obama aprobó la “Ukraine Freedom Support Act”,
explícitamente concebida para “disuadir” (deter) a Rusia. En diciembre de 2017
la administración Trump aprobó la mayor venta de armas a Ucrania si bien Trump
resistió las presiones para vender los misiles anti-taque “Javelin”. Pero
la tendencia continuó en el mismo sentido y desde el verano de 2021 Ucrania fue dotada con drones
occidentales, destructores británicos navegaron por el Mar Negro e incluso
bombarderos estadounidenses sobrevolaron a 13 millas de las costas de Rusia.
¿Era todo esto necesario? Decididamente no. En los peores tiempos de la URSS
Finlandia, país fronterizo con el imperio soviético, acordó un estatus de
neutralidad que permitió la prosperidad del país hasta las cotas que hoy
conocemos. Ucrania podía haber encontrado fácilmente un modus vivendi con su
vecino ruso, declarándose neutral y constituyéndose en una especie de “Estado
tampón”. De hecho, la guerra con las regiones separatistas del Donbass deriva
directamente del golpe de Estado patrocinado por Victoria Nuland y sus amigos
del Pentágono, pero entre 1991 y 2014 no existía esa guerra a la que nunca
prestaron atención los Occidentales como hacen hoy con Ucrania.
Bien, ¿y todo
esto por qué? Es difícil no ver aquí por razones ideológicas. Algo en Rusia no
gusta a los poderosos del mundo. De otro modo es imposible explicar la acción
concertada de países, organizaciones transnacionales, medios de comunicación
opinando simultáneamente en el mismo sentido, empresas multinacionales y
grandes bancos (Apple, Microsoft, etc).
Las bravatas de las “Open Society Foundations” de George Soros contra Rusia
también deben dar que pensar. Todo esto muestra bien a las claras el fraude que
supone la utilización exclusiva de criterios geopolíticos para explicar los
acontecimientos de nuestro tiempo; más bien, criterios ideológicos
transnacionales utilizan la geopolítica como herramienta a la hora de imponer
sus decisiones.
Y ahora, ¿qué va
a pasar? El rechazo de los EEUU a
imponer una zona de exclusión aérea y su negativa a suministrar los cazas polacos
a Ucrania cuadra bastante bien con los desesperados llamamientos de Zerensky
para que la OTAN se involucre, algo que significaría bien a las claras la III
Guerra Mundial. Sin duda los EEUU van a combatir… hasta el último
ucraniano. Es todo su interés. Rusia, por el contrario, ha activado su arsenal
estratégico compuesto de armas convencionales y nucleares: es un mensaje bien
claro de hasta que punto se toma en serio lo que está sucediendo. En la balanza
la determinación e implicación de Rusia pesa más que las agresiones económicas
de los Occidentales. Además, resulta muy peligroso -peligrosísimo- poner contra
las cuerdas a una potencia nuclear, como ya se vio en la crisis de los misiles
en Cuba de 1962. Así que para evitar un
mal mayor que absolutamente nadie en su juicio desea, creo que vamos a asistir
a la reducción de Ucrania a escombros. Es la consecuencia de un presidente
estúpido que se ha dejado embaucar por los cantos de sirena de la OTAN, animada
por los mismos neoconservadores que diseñaron la guerra de Iraq y que no se
sabe por qué siguen pontificando (con éxito) en Washington. Allí la guerra
ideológica prima sobre el realismo político.
Por todo ello,
como queríamos demostrar, es bastante evidente que la responsabilidad de cuanto
sucede es de los Estados Unidos de América. Rusia simplemente ha actuado tal y
como lleva diciendo que iba a actuar desde 2008.
Una versión
extendida de este artículo aparecerá en la revista “La Emboscadura”.