martes, 26 de marzo de 2019

Cárdenas, el petróleo y el fin del neoliberalismo en México


Andrés Mora Ramírez 

El 18 de marzo de 1938, el presidente mexicano Lázaro Cárdenas promulgó el decreto de expropiación de la industria petrolera que, en cumplimiento de las leyes y disposiciones constitucionales del país, dio paso a la nacionalización de los cuantiosos recursos energéticos hasta entonces controlados y explotados por los capitales estadounidenses, ingleses y holandeses, mediante prácticas monopolísticas que atentaban contra el interés de las mayorías y la soberanía nacional. Para Sergio Guerra Vilaboy, aquella fue “sin duda la más radical medida antiimperialista adoptada hasta entonces en la atribulada historia de América Latina”[1]; en tanto que Héctor Pérez-Brignoli lo ubica como figura clave de la llamada utopía nacional populista latinoamericana de la primera mitad del siglo XX, y considera que “la expropiación y las presiones externas provocaron una inmensa oleada nacionalista que favoreció definitivamente la consolidación del liderazgo de Cárdenas y la adhesión masiva a la ruta mexicana”[2].
Como se puede apreciar, no es un asunto menor hablar del legado de Cárdenas en México y más allá de sus fronteras. El intelectual cubano Roberto Fernández Rematar ha dicho que el gobierno del ex general representó “el último momento grandemente creador” de la Revolución Mexicana, porque, además de la nacionalización del petróleo, “prestó auxilio a la agredida República Española y acogió a millares de exiliados suyos, se atrevió a dar albergue al rebelde y proscripto León Trotski, y favoreció la enseñanza y la cultura de su país”; además, recuerda que “fue impresionante (…) cuando el 26 de julio de 1959, en la Plaza de la Revolución de La Habana, vi subir a la presidencia a Lázaro Cárdenas acompañado de Fidel y el Che, pues era clarísima la continuidad de una realidad histórica”[3].
Se trata, fuera de toda duda, de un personaje central en la historia de América Latina del siglo XX, al punto que las reverberaciones de su liderazgo y sus acciones a favor de los sectores campesinos y populares, y por la recuperación de la soberanía energética de México, llegan hasta nuestros días. Tanto así que el pasado 18 de marzo, al celebrarse el 81 aniversario de la expropiación del petróleo, en un acto que rindió homenaje a Cárdenas, el actual presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) anunció el relanzamiento de la estatal Petróleos Mexicanos como “palanca del desarrollo” que quiere impulsar bajo su gobierno, después de 36 años de una “política de pillaje” y destrucción. “Fue como un milagro –dijo el mandatario en su discurso-, porque cuando ya estaban a punto de consumar la destrucción de la industria petrolera y acabar con la economía nacional, tocó la campana. Sonó la alarma el primero de julio", en alusión a la fecha de su victoria electoral del 2018. Un día antes, AMLO decretaba también la abolición del “modelo neoliberal y su política de pillaje antipopular y entreguista”, y afirmó que “ahora tenemos la responsabilidad de construir una nueva política posneoliberal y convertirla en un modelo viable de desarrollo económico, ordenamiento político y convivencia entre sectores sociales”.
Algunos meses antes de la expropiación y nacionalización del petróleo mexicano, en agosto de 1937, la revista costarricense Repertorio Americano reprodujo en sus páginas una talla policromada del artista nicaragüense Roberto de la Selva, que recreaba la entrega de tierras del gobierno a los campesinos en cumplimiento del plan sexenal. En la imagen, Cárdenas aparecía en un ejido, en diálogo franco con un grupo de campesinos indígenas que escuchaban atentamente al mandatario, quien tendía su mano en señal de apertura y reconocimiento, de búsqueda y encuentro con los de abajo. Al fondo, continuaban las faenas de la siembra y la cosecha en el entramado de la comunidad, que se fundía en un solo movimiento con el paisaje rural. Toda una alegoría de la era cardenista. Por eso, cuando recordamos que una de las más simbólicas consignas pronunciadas por AMLO en su toma de protesta del cargo de presidente fue: “Por el bien de todos, primero los pobres”, resulta inevitable tender un puente referencial entre dos líderes y dos épocas que demandaron lo mejor de la audacia y la creatividad política, para enfrentar los grandes problemas y desafíos de la nación mexicana.
Sabemos bien que no soplan vientos favorables en el continente, y tampoco en el resto del mundo, para los proyectos progresistas que aspiran a generar transformaciones económicas, políticas y sociales con un horizonte de justicia, igualdad, solidaridad y soberanía. Pero en eso está México, y hacia allá va empujando su presidente, en medio de una coyuntura regional que exige el mayor de los cuidados en cada paso que se dé, porque las condiciones en las que tendrán que impulsarse los cambios y los caminos a seguir para alcanzar los objetivos son totalmente distintos a los ensayados en la primera década del siglo XXI.  Las sombras del imperio embravecido y de las derechas vasallas de la región acecharán al gobierno de AMLO durante todo su sexenio, pero su éxito es hoy, más que nunca, una necesidad para el pueblo mexicano y para la reinvención del futuro cercano de nuestra América.
  
[1] Guerra Vilaboy, S. (2006). Breve historia de América Latina. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, p. 226.
[2] Pérez-Brignoli, H. (2017). Historia global de América Latina. Del siglo XXI a la independencia. Madrid: Alianza Editorial, 2018.  p. 172.
[3] Fernández Retamar, R. (2006). Pensamiento de nuestra América. Autorreflexiones y propuestas. Buenos Aires: CLACSO, pp. 48-49.

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