domingo, 27 de junio de 2010


Conferencia en la Escuela Municipal del Escritor. Caseros, Partido de 3 de Febrero. 26 de junio de 2010.


Homenaje a Leopoldo Marechal
por: Graciela Maturo

De todo laberinto se sale por arriba
L.M.

Un 26 de junio de 1970, cuatro décadas atrás, cerraba sus ojos en Buenos Aires, donde nació, uno de los grandes de la literatura argentina e hispanoamericana: Leopoldo Marechal. Personalidad fuerte y discutida, como lo han sido Lugones, Castellani y el propio Borges, por el año 40 era considerado en España el mayor escritor de la Argentina, y había obtenido en su patria las más altas distinciones que se daban en el campo de las letras, los premios Nacional y Municipal. Había publicado ya Los aguiluchos, Días como flechas, Odas para el hombre y la mujer, Laberinto de amor, Poemas australes, Descenso y ascenso del alma por la Belleza, Sonetos a Sophia y El centauro. Suficiente para entrar en el Parnaso literario por la puerta grande.
Poco después, su militancia política lo alejó de sus pares; su novela Adán Buenosayres, señera en la renovación del género en nuestra lengua, fue silenciada y ocultada. En el 55 su autor fue obligado al ostracismo, durante diez años, en su propia casa. Reivindicado por las nuevas generaciones, conoció un reconocimiento en los cinco años finales de su vida, signados por una intensa labor. La muerte le llegó el 26 de junio de 1970.
El joven Leopoldo, nacido en el Abasto en el 1900, y establecido a partir de 1910 en Villa Crespo - con su modesta familia descendiente de franceses y vascos españoles - siguió la carrera de maestro y ocupó un lugar en una biblioteca barrial. Allí leyó apasionadamente a los clásicos, y descubrió a su primer maestro: Homero, en versiones españolas (que tuve la fortuna de hojear, en la Biblioteca Alberdi, siguiendo sus pasos). Más tarde, Leopoldo leería esas obras en francés, la lengua de su padre.
A partir de 1922 la vida del joven maestro de escuela y bibliotecario de barrio tendría un cambio importante. Entró en la vida literaria por su encuentro con jóvenes escritores de otros grupos y ambientes: Jorge Luis Borges, Brandán Caraffa, Ilka Krupkin, Francisco Luis Bernárdez, Oliverio Girondo, Xul Solar, Carlos Mastronardi. Los alegres camaradas que fundaron Proa y Prisma, fueron invitados por Evar Méndez a la célebre revista Martín Fierro.
La primera presidencia de Yrigoyen y la de Alvear, que le siguió, dieron marco a la emergencia de una “vanguardia criolla”, que defendía el ultraísmo de Cansinos Assens y el creacionismo de Huidobro. Los jóvenes integrantes del grupo de “Florida” emprendían el viaje a Villa Crespo en busca de las prensas generosas de Glusberg, y del “color local” de los barrios orilleros. También había contactos con el grupo de “Boedo”, integrado por jóvenes socialistas como Raúl González Tuñón, Roberto Arlt, Elías Castelnuovo.
Lugones, que había practicado audazmente el verso libre y las demasías metafóricas en sus primeros libros, era en los años 20 la figura emblemática a ser destruida por la generación del 22. Eran los tiempos en que Borges escribió El tamaño de mi esperanza, libro que más tarde no reconocería en sus Obras. Recordando esos años diría Mastronardi: Fuimos los últimos hombres felices.
Al final de esa década, que vio surgir los tres primeros poemarios de Marechal, - Los aguiluchos, Días como Flechas y Odas para el hombre y la mujer - él y Borges se hermanaban en un Comité de Escritores que daba su apoyo a la segunda presidencia de Yrigoyen. Nadie podría haber sospechado entonces los inminentes cambios de la historia, ni las divergentes trayectorias de muchos de aquellos escritores.
Vinieron los viajes a Europa, la maduración filosófica de Marechal, formado en múltiples lecturas de autodidacta, su profesión de fe que convirtió el cristianismo naturalista de la juventud en un catolicismo profundo, aunque siempre tocado por la herencia órfica. El año 30, de grandes transformaciones para su país, lo pasó Leopoldo en Europa. Mientras con sus compañeros frecuentaba los cafés parisinos, donde alternaban con los surrealistas y divisaban al propio Joyce, - como lo ha recordado Paco Luis Bernárdez - Marechal, navegaba ya contra la corriente: leía a Gonzalo de Berceo, y había descubierto - a través de Menéndez y Pelayo - a San Isidoro de Sevilla, su introductor en la filosofía griega y la Patrística.
Luego de su año europeo, dedicado al vivir poético con amigos artistas, pero también a jornadas de estudio en que leyó a Plotino, Dionisio y la tradición a la que pertenecen, Marechal volvió dispuesto al acto de reconciliación que hace el centro de su novela Adán Buenosayres. Parejamente prosperaban, en sorprendente unidad, su bouquin autobiográfico, como él lo llamó, su poesía y su reflexión estética. Produjo una objetivación poética de su proceso espiritual en el dantesco Laberinto de amor, y un canto a los hombres de la tierra en sus Cinco Poemas australes.
Al terminar esa década, - en la cual se celebraba el Cuarto Centenario de la Primera Fundación de Buenos Aires por Pedro de Mendoza - dio a conocer su primera versión de Descenso y ascenso del alma por la Belleza, y poco después los Sonetos a Sophia y el poema El centauro, que le valió, además del premio, las admirativas palabras de su amigo Roberto Arlt: Sos lo más grande que tenemos en lengua castellana…
Pero había en Marechal la pasta de un militante, y así lo muestra su temprana simpatía por el anarquismo, su acercamiento al irigoyenismo en los años 20, su incorporación a las filas del nacionalismo católico en los 30, y a las del peronismo después, a riesgo de separarse - como de hecho ocurrió - de sus pares y amigos. La participación en el mundo, la acción política, contribuyeron sin duda a su elección del drama y la novela como géneros dilectos de su madurez.
A fines de la década del 40 dio fin a su abultada novela Adán Buenosayres que encierra, en su compleja estructuración, una autobiografía, un tratado del alma y una sátira de su propio medio social y literario. Poco después produjo Marechal su primer drama Antígona Vélez, versión cristiana y criolla del drama sofocleo. Acababa de traducir de su segunda lengua, el francés, la tragedia Electra, en versión lamentablemente inhallable.
En 1950, declarado “ Año Sanmartiniano”, produjo su Canto de San Martín, texto épico no exento de toques humorísticos que es parte de la Cantata Sanmartiniana creada conjuntamente con el maestro belga Julio Perceval, y estrenada en Mendoza , en memorable función, con la asistencia del presidente Perón y su esposa Eva Duarte. Eran tiempos de intensas coincidencias de la política, la filosofía y la creación literaria, como lo prueba el texto leído por Perón en el cierre del Primer Congreso de Filosofía, celebrado también en Mendoza en 1949. Nadie duda del compromiso de Marechal con el peronismo del cual fue funcionario y uno de sus mentores doctrinales, tocándole recibir relegamientos e injusticias - como suele ocurrir - dentro del régimen, antes de ser exonerado por pertenecer al mismo. Pero sería totalmente injusto considerar a Marechal solamente desde la óptica de la política.
En los años de su ostracismo creó dos nuevas e importantes novelas: El banquete de Severo Arcángelo (1965) y Megafón o la guerra (1970), y también nuevos dramas: La batalla de José Luna, sainete teológico, y Don Juan - obra que dimos a conocer en ediciones Castañeda. Fueron tiempos de nuevas creaciones poéticas como La patriótica, La Poética y La Alegropeya, cantos integrados luego en la unidad del Heptamerón (1966), y el Poema de Robot, breve acto simbólico que expuso la misión del poeta en los tiempos oscuros de la decadencia occidental. Acompañó a este crecimiento en el poema, la novela y el drama una notable secuencia de trabajo intelectual recogido en prólogos y ensayos, el libro Cuaderno de navegación (1966) que reúne importantes páginas sobre estética y política, y la segunda y definitiva edición de Descenso y ascenso del alma por la belleza (1965). En distintas revistas publicó Marechal sus últimos poemas, entre ellos Poema de la Física y Poema de Psiquis, que nos permitimos reunir en 1978 en ediciones Castañeda, con el título de Poemas de la creación, inspirado en el texto. Una decena de obras dramáticas, terminadas o no, quedaron inéditas y se hallan hoy en manos del académico Pedro Luis Barcia, uno de sus mejores exégetas.

lunes, 14 de junio de 2010

PROGRAMA DE APOYO AL DESARROLLO DE LA
INFRAESTRUCTURA UNIVERSITARIA

Aritz Recalde, junio 2010

En el año 2005 el Ministerio de Planificación Federal, Infraestructura y Servicios Públicos en conjunto con el Ministerio de Educación y las Universidades Nacionales, firmaron un Convenio Marco denominado PROGRAMA DE APOYO AL DESARROLLO DE LA INFRAESTRUCTURA UNIVERSITARIA.

La finalidad del Convenio fue planificar e implementar un plan obras públicas específico para las casas de altos estudios del país. En este marco y desde la firma del Convenio a la fecha, se produjo una importante recuperación de la inversión pública en las universidades que incluyó la construcción de sedes universitarias, de aulas, de laboratorios, de polos científicos y tecnológicos o de espacios culturales y de extensión, entre otras obras.

El Programa cuenta con más de 250 proyectos de infraestructura en Cartera, entre los cuales hay 107 ya terminados, 42 en ejecución y 27 en plena licitación. Las obras mencionadas están distribuidas en 35 universidades nacionales a lo largo y ancho del país.

A continuación se adjunta un resumen de las acciones del Programa de Infraestructura incluyendo solamente las obras ya culminadas, en ejecución y licitadas.-

RESUMEN

viernes, 11 de junio de 2010

ROCK NACIONAL Y POPULAR:


3RA POSICIÓN
Rock argentino, nacional y popular

Pepo Ares (bajo y voz)
Checho Platillo (batería)
Aritz (guitarra)

EN FOCO

Sábado 12 de junio a las 21 hs
Pasillo de las Artes (calle 6 N 1482 entre 62 y 63, La Plata)

martes, 1 de junio de 2010

NOVEDADES

¿Reformismo o peronismo en la ciencia y la tecnología argentina?
Aritz Recalde, junio 2009

Actualmente en el sistema científico y técnico argentino, coexisten dos grandes concepciones acerca de las diferentes maneras de organizar y de planificar sus actividades[1]. Estas dos corrientes políticas y culturales que definen los rasgos centrales de nuestro sistema científico son el reformismo y el peronismo. El MODELO REFORMISTA se relaciona al gobierno de Hipólito Yrogoyen y se centra en la promoción de la autonomía universitaria y en privilegiar el desenvolvimiento de las disciplinas humanas y sociales. Fue una concepción cultural de raíz vanguardista que se vinculó al contexto del país agroexportador y de servicios de principios del siglo xx. Dicha noción supone que la ciencia se desarrolla plenamente si se separa del Estado y de la democracia de masas privilegiando las decisiones internas del cogobierno universitario o de los ámbitos propios de la actividad de los científicos. Dicha definición y más allá de sus justificaciones filosóficas o sus modelos teóricos, implica que los recursos humanos y de investigación queden estrechamente ligados al interés individual de los profesionales y los académicos y que no se vinculen a la planificación de las políticas del Estado. La ciencia se torna en su comportamiento “anarquista” y favorece que cada investigador se desenvuelva en su acción de manera inorgánica e individualista. Los hombres de ciencia en la tradición reformista no inscriben su práctica en el desarrollo nacional, sino que elaboran sus acciones atendiendo solamente sus inquietudes personales o académicas propias de su pequeño espacio de acción: el docente, investigador o poseedor de beca se cree dueño de los recursos públicos. Las concepciones reformistas en la actualidad son un reflejo de nuestra dependencia social, económica y política. El subdesarrollo del país le imprime a la comunidad científica el síndrome anarquista, que no es no más ni menos, que una de las manifestaciones del sentimiento de inferioridad de nuestros intelectuales sumergidos en debates banales e intrascendentes sobre el devenir de cualquier lugar del mundo, menos de la Argentina. La dependencia económica política del país enajena al intelectual y le marca un horizonte sumamente estrecho que se expresa en tareas intrascendentes sin aplicación histórica. El MODELO PERONISTA de ciencia y técnica se vincula al nacimiento y al impulso en el país de la planificación científica estatal de carácter integral y a la promoción de la innovación tecnológica cuya finalidad es industrializar la argentina. Esta concepción establece que no hay posibilidad de desarrollo científico pleno e independiente en el país sin consolidar previamente la industrialización y la inserción de los sectores populares a la planificación de las políticas públicas. La ciencia y la innovación se organizan desde el Estado y el sector privado en función de los intereses nacionales y no viceversa como en la concepción reformista. El peronismo científico es la política que busca resolver el problema de la dependencia: planificar la ciencia con la finalidad de consolidar el desarrollo integral del país. El peronismo profundizó el desarrollo científico en áreas de importancia estratégica nacional como eran la producción de automotores, de aviones, de maquinaria agrícola, de energía atómica, petróleo, derecho, geopolítica, salud o comunicaciones. Dicha tarea implicó la formulación de Planes Nacionales de Desarrollo integral y sustentable (Quinquenales) y la organización y/o promoción de instrumentos institucionales como fueron el Consejo Nacional de Posguerra, el Ministerio de Educación, la Universidad Obrera, los consejos económicos sociales, las escuelas técnicas, las Academias Culturales, la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) o de Fabricaciones Militares. El modelo de desarrollo nacional implicó cambios radicales en la composición y en el funcionamiento de las instituciones educativas y científicas en relación a la tradición reformista: la educación y la ciencia en el modelo peronista fueron masivas y planificadas desde el Estado -dentro y fuera de las universidades-. La educación científica se tornó popular con la gratuidad universitaria (1949), con la construcción de obras de infraestructura, la multiplicación de institutos privados y públicos de innovación o con la aparición de los centros de investigaciones antecedentes del actual CONICET. El Estado promocionó carreras y líneas de investigación estratégicas del estilo de Ingeniería en Petróleo o en industrias o las ya mencionadas en energía atómica o salud. La aplicación de las dedicaciones exclusivas permitió que las universidades investiguen además de impartir docencia. No fue casualidad que el primer peronismo dispuso de las acciones de científicos e intelectuales prominentes como Ramón Carrillo (medicina), Manuel Savio (siderurgia, química y fabricaciones militares), Leopoldo Marechal (arte) Arturo Enrique Sampay (derecho), Raúl Mende (planificación), Arturo Jauretche (ensayista político) o Carlos Astrada (filosofía). Para estos intelectuales la conciencia nacional era el punto de partida para desarrollar la actividad científica y tecnológica.
Ambas corrientes ideológicas y políticas están vigentes en la actualidad y sostenemos a modo de hipótesis, que el reformismo tradicional corre el peligro de tornarse una concepción regresiva para el desarrollo nacional. Dentro del REFORMISMO no se producen debates demasiado profundos sobre un modelo científico nacional. El reformismo izquierdista ve en la universidad y en la estructura científica un medio para extraer militantes y no un instrumento para desarrollar la nación. El argumento sería que “la ciencia se va a poner al servicio del país cuando estemos en revolución socialista, mientras tanto no se discute la desconexión del conocimiento con el medio social y productivo”. No existe en la historia argentina un programa científico y técnico de izquierda reformista tradicional[2] y por el contrario, se proclama un universalismo abstracto caracterizado por unos debates que no por acalorados, dejan de ser menos intrascendentes. Su denuncia al burgués imposibilita la articulación posible entre la producción y la ciencia. La radicalidad del discurso esconde su práctica que es claramente conservadora. El liberalismo reformista está abocado a ser una subsidiaria de las metrópolis y se preocupa por respetar el país agrario y de servicios al cual no le hace falta un sistema científico técnico desarrollado. El país es el “campo” y lo administran la oligarquía, las cerealeras trasnacionales, los abogados y los economistas: la innovación científica se importa desde las metrópolis. En la actualidad el PERONISMO sigue siendo el sector más dinámico para la organización científica y técnica, ya que propone industrializar el país e implementar a partir de aquí, una acción intelectual y de innovación tecnológica integral. En la política científica iniciada en el año 2003 coexisten ambas tradiciones y es innegable, que en varias universidades y en organismos como el CONICET, siguen predominando prácticas caracterizadas por su desconexión con el modelo nacional de desarrollo. El peronismo científico está siendo aplicado desde algunas casas de altos estudios pero y principalmente, lo hace desde posprogramas del Estado. Lo ejecuta y por ejemplo, a partir de la puesta en realización de los programas de infraestructura más importantes de las últimas décadas y que incluye 100 obras universitarias terminadas o la construcción de una nueva sede para el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva. El gobierno y retomando el modelo peronista de ciencia y técnica, está promoviendo carreras prioritarias (ingeniería, agronomía o informática) y un sistema de becas orientados a las carreras socialmente relevantes para el país. La acción estatal está promoviendo y financiando la innovación de nivel internacional de instituciones como la CNEA, el INVAP o Fabricaciones Militares. La creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, la ampliación de los proyectos científicos ejecutados y el financiamiento de las carreras a cientos de estudiantes de posgrado, es un dato importante para el futuro de la organización y la planificación estatal de la ciencia y la innovación tecnológica. La promoción de las escuelas técnicas, el aumento del financiamiento educativo o la entrega de miles de computadoras, complementan un programa cultural y científico estratégico que si se perfecciona y se mantiene en el tiempo, va a oficiar como un pilar fundamental de la nueva Argentina industrialista.
[1] Estas dos tendencias y tomando distancia de los estudios “académicos” en educación superior, no dividen al campo intelectual entre los supuestos promotores de los modelos “humboltianos o napoleonicos”. La forma en que se construye la historia de la ciencia y de la educación argentina es una de las manifestaciones de nuestra dependencia cultural: queremos encorsetar nuestras prácticas a los sucesos europeos desconociendo los procesos nacionales. Ni la ciencia, ni la política argentina son asimilables linealmente a los modelos de Alemania o a Francia. Es un absurdo frecuente el que aplican los intelectuales cuando quieren interpretar la autonomía universitaria citando a la universidad de Bolonia y no al contexto del gobierno de Hipólito Hirigoyen o a la historia de la legislación hispánica fundacional. Otro tipo de error frecuente es el hecho de mencionar a la UBA liberal y dependiente de 1821, como institución “napoleonica”: Napoleón era un emperador que puso la ciencia al servicio de un imperio y por el contrario, b. Rivadavia fue un dirigente liberal que dispuso del conocimiento al servio de los intereses coloniales. La ciencia del primero acompaño la construcción de un imperio y la producción de la UBA contribuyó a la balcanización del continente y a la implementación del programa aperturista y anti industrialista británico. El mismo inconveniente de interpretación se planteó con la Comisión Nacional de Energía Atómica o con el impulso de la producción de maquinaria agrícola o de aviones con Fabricaciones Militares durante Perón: algunos lo interpretaron como nazismo y otros como bonapartismo. Los modelos científicos y culturales reformista y peronista son en gran medida, originales de nuestro país y fueron exportados a America Latina. Esta condición no niega que estos retoman modelos del extranjero: pero los modifican y ajustan a la situación nacional creando modelos nuevos y originales.

[2] Los planteos de Oscar Varsavsky, Amílcar Herrera o de Fernando Nadra a la hora de plantear un modelo científico para el país, lo hacen a partir de ajustar los aportes del reformismo de izquierda al proyecto nacional y no viceversa.
Ciencia y universidad durante el primer peronismo*
por: ahoraeducacion, 2 Noviembre, 2009

En el marco de la presentación de un nuevo número de su publicación La Ménsula, el Programa de Historia de la Facultad, organizó un encuentro para debatir un tema siempre polémico: ciencia y universidad durante el primer peronismo.
Con el aula de Seminario del Departamento de Física colmada, el Programa de Historia de la Facultad presentó el número 9 de La Ménsula con una charla sobre una cuestión que invariablemente provoca enconadas discusiones: ciencia y universidad durante el peronismo.
Una semana antes de la charla, la sola difusión de la temática propuesta por La Ménsula desató apasionadas controversias. “Uno de los autores más destacados de la literatura idish, Sholem Aleijem, tiene un personaje, Tevie, quien describe la vida en Anatevka, una pequeña aldea rusa de principios de siglo XX. Tevie, el lechero, va presentando personajes y costumbres hasta llegar al mercado del pueblo. Todo trascurre apaciblemente hasta que Tevie desliza en voz baja un comentario y de inmediato la calma se derrumba y todos empiezan a discutir con todos. La historia viene a cuento porque el Programa de Historia me recuerda a Tevie; dijimos por lo bajo ‘peronismo’ y estalló la polémica”, comentó Carlos Borches al abrir el encuentro.
Borches, quien junto a Eduardo Díaz de Guijarro son los responsables de La Ménsula, estaba acompañado por Beatriz Baña, del Programa de Historia, y por Diego Hurtado, físico y especialista en historia de la ciencia.
En la introducción, Borches contó cómo los temas desarrollados en La Ménsula eran discutidos y consensuados por los miembros del Programa, “los autores son los responsables finales de lo que escriben y por lo tanto tienen la última palabra sobre sus textos, pero previamente deben defender sus argumentos en los encuentros que realiza el Programa, donde les aseguro que las discusiones son intensas, pero muy constructivas”
Los participantes de la mesa coincidieron en el asombro que les despertó tomar contacto con documentos de la época peronista. “Yo ingresé a la Facultad de Ciencias Exactas en 1965 y siempre escuché que durante el peronismo todo había sido un desastre y que los profesores eran un conjunto de mediocres que estaban allí por apoyar al gobierno. Pero cuando comencé a estudiar las actas del Consejo Directivo de la Facultad descubrí otra cosa”, apuntó Baña.
Borches dejó en claro que “nadie pretende decir que durante el peronismo la universidad fue un paraíso. Ni mucho menos restarle valor a todo lo hecho durante la etapa 1955-1966, cuando la Facultad y la Universidad adquirieron muchos de los rasgos que hoy nos enorgullecen. La idea es mostrar una realidad más compleja que el relato con fuertes características míticas que habitualmente circuló en los ámbitos académicos”.
Baña se refirió a los profesores “Flor de Ceibo”, denominación utilizada por elantiperonismo para referirse a los profesores del período peronista. “Revisando las actas del Consejo, vi que había muchos profesores de renombre que incluso ocuparon cargos políticos en la Facultad, como los matemáticos Rey Pastor y Albert González Domínguez, el físico Ernesto Galloni o los químicos Alfredo Sordelli y Venancio Deulofeu. Muchas veces había escuchado que Deulofeu había sido echado por el peronismo, pero encontré que integró el Consejo e incluso llegó a ser vicedecano de la Facultad”.
Como señaló Baña, “hay manejos poco claros por los cuales se jubilan a algunos profesores de mérito y a otros no, pero el interrogante es en qué medida fueron producto de presiones del gobierno nacional y en qué medida fruto de las internas de la propia universidad”.
Al respecto, Diego Hurtado puntualiza “parece claro que sobre el grupo de Bernardo Houssay, Leloir, Braun Menéndez, hubo presiones probablemente generadas desde el mismo gobierno. Pero otros grupos, como el caso de los físicos atómicos, acompañaron críticamente las iniciativas del Ejecutivo. Esto permitió el surgimiento de la CNEA”.
Al mirar con cuidado el mapa de las universidades aparecen notables diferencias. Sobre la UBA reinaba un clima de malestar que acompañó las tensiones políticas y se agravó con el correr de la década del 50 hasta llegar a los momentos de mayor tensión en 1954, cuando fueron encarcelados un grupo de estudiantes opositores. Pero otras universidades, como Cuyo o Tucumán, contaron con un clima de mayor tranquilidad y apoyo financiero que permitió el establecimiento de grupos de investigación. Incluso aparecen migraciones internas, como la del grupo de matemáticos de la UBA que abandonan la Facultad de Ciencias Exactas cansados del clima político que vivían en la universidad porteña y son incorporados con cargos de dedicación exclusiva en la Universidad de Cuyo por el rector Irineo Cruz.
La existencia de cargos con dedicación exclusiva mereció un comentario de parte de Baña. “En las actas aparecen las discusiones sobre la creación de los primeros cargos full time, que ponen en evidencia que entre los profesores no había acuerdo sobre si la universidad debía hacer investigación o no. Recordemos que hasta 1952, las actuales Facultades de Ciencias Exactas y Naturales y de Ingeniería formaban parte de la misma facultad, llamada de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Es muy probable que esas discusiones estuvieran reflejando las tendencias profesionalistas y academicistas que convivían en la misma Facultad”.
“Por distintas razones, en aquel momento la investigación, por lo menos en Buenos Aires, se concentró fuera de la Universidad. Los cargos de investigación, la estructura edilicia, los quipos de laboratorios en Buenos Aires tuvieron lugar en el ámbito de organismos dependientes directamente del Estado nacional”, comentó Hurtado. En la misma dirección, Baña añadió “la UBA y Exactas en particular, no superaron problemas presupuestarios que trabaron cualquier iniciativa. La política de ingreso irrestricto produjo una explosión en la matrícula que incluso llegó a provocar la suspensión de clases porque no había dónde ubicar a los alumnos”.
En Exactas de la UBA, los cargos de dedicación exclusiva se masificaron con la política llevada a cabo por Rolando García, decano de la Facultad desde 1958 hasta la Noche de los Bastones Largos en 1966, quien también inició la construcción de Ciudad Universitaria, cuyos pabellones fueron inaugurados en 1960 (Pabellón I) y 1971 (Pabellón II). En tiempos del peronismo, se construyó el actual edificio de la Facultad de Derecho y se planificó un edificio para Exactas que no llegó a construirse.
La organización de la ciencia
“Suele decirse que el CONICET fue creado en 1958 por Arturo Frondizi, pero esta afirmación encierra una doble trampa: el acta fundacional del CONICET está firmada nada menos que por el General Pedro Aramburu y el Almirante Rojas, pero además se oculta que hubouna estructura previa al CONICET creada en tiempos del peronismo que fue borrada de la historia. Algo similar ocurre con el INTI y el INTA, instituciones herederas de creaciones peronistas que después del golpe de Estado les cambiaron de nombre”.
Para Hurtado, no hay dudas de que el peronismo tenía una clara política científica moderna que fue borrada después del golpe de estado de 1955 donde se impuso otro modelo que el historiador explica, “son dos modelos donde la gran diferencia radica en la relación entre la comunidad científica y el Estado, y lo que cada una de las partes espera de la otra”.
“Durante la década de 1930, Bernardo Houssay organizó la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias, una entidad conocida por fomentar el desarrollo de la ciencia mediante becas para formar graduados en el exterior y reinsertarlos en nuestro medio, pero también era una usina de ideas. Entre sus objetivos estaba la necesidad de que la clase política, las fuerzas productivas y el público en general valoraran y apoyaran el desarrollo de la ciencia”, señala Hurtado. Y agrega, “fue un plan acabado e impulsado por Houssay. En esta etapa ya podemos decir que estamos frente a una comunidad científica, entendida como conjunto de personas que comparten una actividad y elaboran un proyecto común”.
La labor de la Asociación no tuvo detractores pero tampoco contó con un gran apoyo estatal. El modelo económico imperante seguía siendo el agroexportador, más allá del agotamiento evidenciado por la crisis del 30. Los efectos de la Segunda Guerra Mundial cambiaron radicalmente el panorama y el peronismo sería el interprete de los nuevos tiempos donde la ciencia y a tecnología pasaron a ocupar un lugar central en el desarrollo económico y una herramienta estratégica en las cuestiones de defensa nacional.
“El peronismo tuvo un encontronazo inicial con Houssay y su grupo, a quienes les aplicó la ley de jubilaciones y torpemente los separó de la universidad. Y volvió a actuar en forma poco inteligente al restarle mérito al científico cuando recibió el Premio Nobel, aduciendo que el premio tenía intencionalidades políticas”, explica Hurtado. Pero estos episodios ocultan aspectos más profundos en la relación entre el gobierno peronista y el grupo Houssay. Así lo señala Hurtado, “Houssay expresó un modelo de política científica que en términos muy simplificados puede resumirse diciendo que reclamaban de parte del Estado financiamiento y libertad absoluta en la elección de las líneas de investigación. Pero el peronismo había formulado en los planes quinquenales políticas para todas las áreas de la vida nacional, incluso para la ciencia”.
Hurtado explica la política científica delineada por el peronismo, donde la ciencia y la tecnología se transformaban en una herramienta estratégica del modelo de desarrollo económico y los problemas planteados por la guerra fría. Esto planteaba una confrontación con Houssay, puesto que en la política científica peronista, el Estado financiaba la ciencia pero también se reservaba el papel de orientar las líneas de investigación.
Ambas posiciones fueron reflejadas en dos publicaciones: Ciencia e Investigación y Mundo Atómico. Ciencia e Investigación fue la revista creada por la Asociación para el Progreso de las Ciencias y sus editoriales expresaban la política del grupo. Ciencia e Investigación continúa editándose, pero Mundo Atómico pasó al olvido. “Mundo Atómico es otro ejemplo de aquellas expresiones vinculadas con la ciencia que fueron injustamente olvidadas. Sin perder el culto a la personalidad tan difundido en la época, la revista divulgaba los desarrollos de la ciencia local e intentaba explicar, de la mano de científicos del ámbito académico, los principales conceptos de la ciencia”, destaca Hurtado.
Luego de la extensa y detallada exposición de Hurtado, que cautivó al público, comenzó el debate donde la búsqueda de argumentos superó a las pasiones que todavía despierta la sola mención de la palabra peronismo.

*El Cable (Facultad de Ciencias Exactas y Naturales)

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