martes, 31 de julio de 2012

Gente Querible

por Omar Gioiosa y Adriana Crespi


"El arte es un juego social. Y en tanto medio de comunicación entre los hombres, más allá del artista solitario, se transforma en una actividad de la sociedad misma. El arte es juego, pero en la medida en que el artista se dirige a un público, es juego socializado, pues permite la simpatía interhumana, entendiendo aquí por 'simpatía', al margen de toda valoración ética, la comunidad intersubjetiva entre el artista, la obra de arte y el público". Juan José Hernández Arregui, Prólogo a la primera edición de La política en el arte, de Ricardo Carpani

El cine que nos mira. Un cine para el pueblo y desde el pueblo. Leonardo Favio quiere a su gente. Sus personajes son entrañables, nos pertenecen, tanto por sus costados flacos como por sus zonas oscuras. Polín, Aniceto, Francisca, Charlie, Mario El Rulo, incluso el Sr. Fernández y la Srta. Plasini (de la película El Dependiente, que personifican roles más complejos desde el punto de vista de la querencia). En su destino trágico ("no tienen futuro sino destino") está la impronta de seres queribles en la más extrema de sus miserias. No son personajes que descollen por su ética, por su vida en función del bien (ni siquiera el bien propio). No podemos señalarlos como emblemáticos. Tienen otra característica que Favio sabe dibujar hasta el detalle: su humanidad.
La imperiosa búsqueda de libertad, de ser dueño de sus propias experiencias, en la mirada inquiriente de Polín que interpela nuestra complicidad para salirse de ese destino de niño encerrado, esquematizado, demonizado.
La tragedia de Aniceto que no puede dejar de sucumbir a la fantasía que le propone Lucía. Lucía es esa mujer que le representa aquella otra cosa, entre indomable e inalcanzable, que resquebraja su mundo primario. Aniceto sucumbe con todas las de la ley.
La miserabilidad del Sr. Fernández, personaje oscuro envuelto en una enfermiza trama que lo conduce sólo a una posible y única solución.
Mario El Rulo, cargado de una caradurez cándida con la que seduce a Charlie, en sus esperanzas frágiles de trascender el orden establecido de su pueblo natal.
En fin, personajes todos perdedores, "dueños", paradójicamente, de un destino que los convoca al fracaso más rotundo.
En otro plano y con películas de otra envergadura (con las que Favio pretendió y logró convocar a un público masivo), trabajó en base a protagonistas que trascendieron su propia historia y que hacen a la leyenda del pueblo, a la formación mítica de la Patria: Nazareno Cruz, Juan Moreira, el Mono Gatica. A pesar de sus destinos más ampulosos, la esencia es la misma. Sus contradicciones tensionan entre la búsqueda a ultranza de una felicidad mínima, frágil, propia, rebelde, y las fuerzas de un entorno controvertido, peliagudo, punzante, cohercitivo.
Favio crea personajes, ambientes y situaciones que participan de la realidad y de la magia, pertenecen al núcleo más querible de nuestra identidad y nuestra historia. Son relatos compaginados desde el lado más íntimo del país. Son historias de provincia, de barrio, de interior.
Ahora, ¿por qué este repaso y necesidad de repensar la obra inmensa de Leonardo Favio? Hoy, a 52 años de su primer cortometraje, Favio representa la voz poética del peronismo. Él mismo se asume como "un peronista que hace cine", un sentimiento que trasunta toda su obra. No es necesario que ponga como protagonista a un pueblo peronista (¿Pero de qué otro pueblo podríamos hablar si no fuera el peronista?) En una entrevista a Página/12 el mismo Favio explica: "El peronismo tiene la poesía incorporada en sí mismo. Si hablás de peronismo no te podés escapar de la poesía. Tiene una historia melodramática, es pura emoción. Si no, cómo podría alguien decir la vida por Perón."
En Perón, Sinfonía de un Sentimiento se cuenta la historia de amor entre un pueblo y un líder, a través de un montaje reflexivo, apasionado, nostálgico que mezcla discursos, masas, narración, imágenes, entrevistas, fragmentos documentales, la mirada de los artistas, dibujos, músicas, caos y orden a la vez, vida, tragedia, amor. Es la sinfonía por un país posible y truncado. Es la sinfonía por una patria siempre por hacer.
La obra de Favio ha surcado la historia argentina por más de medio siglo y al cumplirse los 200 años de la Patria su ofrenda es un cortometraje que intercala imágenes de todas sus películas con las voces de nuestros héroes, nuestros patriotas: Mariano Moreno, Manuel Belgrano, José de San Martín, Encarnación Ezcurra, Juan Manuel de Rosas, Arturo Jauretche, Eva Duarte, Juan Domingo Perón, en la voz única, temblorosa del propio Leonardo. Y este legado suyo lleva el título que sintetiza y encarna todo este homenaje: Gente querible. Su cine, su ideología, su vida misma es el reflejo o la correspondencia entre los elementos que juegan en el movimiento nacional y popular. Esta mística del peronismo es la que percibimos al atravesar la obra de Favio, Discépolo, Hugo del Carril, Ricardo Carpani, Scalabrini Ortiz, Leopoldo Marechal, Arturo Jauretche con una vigencia implacable. No es por casualidad que la gestión de gobierno selle su obra con el lema “Argentina: un País Con Buena Gente”. Y es allí donde se apunta. Ésa es la mística que se rescata, la que hay que militar, la que hay trasmitir, la que permitirá que nuevas voces puedan recrearla de aquí en más. Para que nuevas generaciones tomen la posta de estos artistas del campo popular que miraron para el adentro de la Patria y mostraron con crudeza -y con amor- tanto los personajes cotidianos como los históricos, esa mística que hace que hoy sigamos viendo a Moreira en el momento de morir, levantando su poncho y su facón dispuesto siempre a la lucha.

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