jueves, 12 de febrero de 2015

La “Colonia pirática” del Atlántico Sur

 José Luis Muñoz Azpiri 

“Hay que revolcar a la Argentina en el barro de la humillación, hay que desalojarla de la tierra antártica que le corresponde a Gran Bretaña con extensión de sus derechos y dependencias sobre las Falklands y sus dependencias Georgia y Sándwich”. Winston Churchill (nieto)
Con un lenguaje y una argumentación que en estos días nos suena habitual y con la grosera altanería que lo caracterizaba, el 6 de diciembre de 1831 el presidente Andrew Jackson justificaba ante el Congreso de su país lo que sería una práctica cotidiana de la política exterior norteamericana: el envío de una fragata: “Hubiera colocado a Buenos Aires en la lista de los Estados Sud-americanos con respecto de los cuales nada de importancia había de comunicarse que nos afectara a nosotros, si no fuera por las ocurrencias que han tenido lugar últimamente en las Islas Malvinas, en que el nombre de esa República ha sido empleado para encubrir con apariencia de autoridad, actos perjudiciales a nuestro comercio y a los intereses y libertad de nuestros conciudadanos”.
Se refería al episodio acaecido en el archipiélago de las Islas Malvinas que terminó siendo un pésimo negocio para los Estados Unidos, dado que, tal como destaca el historiador Ernesto J. Fitte, “El derecho que le negó a la Argentina de poder prohibir en las cercanías de sus costas la matanza indiscriminada de lobos y focas, hubo de tolerarlo más tarde a Inglaterra cuando este país se incautó también de dos balleneros americanos que merodeaban por la zona” (1).
El 19 de julio de 1829 el Gobernador delegado de Buenos Aires, Martín Rodríguez, creó la Comandancia Política y Militar para “las Islas Malvinas y las adyacentes al cabo de Hornos en el mar Atlántico”, con residencia en la “Isla de la Soledad y sobre ella se establecerá una batería bajo el pabellón de la República”. El decreto expresaba: “Cuando por la gloriosa revolución del 25 de mayo de 1810, se separaron estas provincias de la dominación de la metrópoli, España tenía una posesión material de las Islas Malvinas y de todas las demás que rodean al Cabo de Hornos, incluso la que se conoce bajo la denominación de la Tierra del Fuego, hallándose justificada aquella posesión por el derecho del primer ocupante, por el consentimiento de las principales potencias marítimas de Europa y por la adyacencia de estas islas al continente que formaba el Virreinato del Río de la Plata, de cuyo gobierno dependían”.
El cargo fue confiado a Luis Vernet, quien en 1819 había casado con la dama oriental María Sáenz y adoptó a Soledad para residencia de su familia, llevando asimismo algunos colonos ingleses y alemanes, así como un contingente de criollos dedicados a las tareas campestres, entre los cuales se encontraba el entrerriano Antonio Rivero, quién habría de protagonizar históricas jornadas en 1833.
En 1830 el “Adventure” y el “Beagle” navíos de la expedición del capitán Fitz Roy que llevaron a bordo al naturalista Carlos Darwin, estuvieron en las costas patagónicas, visitando Puerto Soledad, y asistieron a una velada en casa de Vernet, donde su esposa tocó piezas musicales al piano.
Mientras gobernaba Vernet se celebró el primer matrimonio civil argentino en Malvinas, entre el santiagueño Gregorio Sánchez y la porteña Victoria Enriques el 29 de mayo de 1830.

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