sábado, 19 de marzo de 2022

Una guerra con tres vencedores anuncia una nueva contienda

Por Eduardo J Vior para AGENCIA TELAM


17-03-2022

 

Día más, día menos, Rusia va a vencer a Ucrania. Ésta va a quedar desmilitarizada, desnuclearizada, desprovista de armas bacteriológicas, desnazificada (aunque esta limpieza demore en llegar) y neutralizada. Su reconstrucción va a llevar años, pero, si sabe darse un gobierno democrático y realista, lo va a conseguir. La potencia vencedora, en tanto, va a necesitar mucho tiempo, para recuperar la credibilidad perdida en Occidente gracias a la masiva y exitosa campaña mediática de desinformación y a los propios errores. Aunque golpeada psicológica y financieramente, Moscú será una de las capitales del mundo nuevo cuyos perfiles ya se avizoran.

Estados Unidos, por su parte, ha obtenido su mayor victoria: al bloquear los suministros de hidrocarburos para Europa, derrotó a Alemania y Francia, aumentando los costos de sus industrias lo suficiente, como para que la transición energética quede relegada por décadas. Al mismo tiempo, al congelar gran parte de las reservas de oro y divisas del Banco Central de Rusia, ha propinado a su adversario una fuerte paliza financiera.

El gran ganador de la jornada, empero, es China. Con una economía robusta y en continuo crecimiento, las sanciones occidentales contra Rusia no sólo han intensificado los lazos entre ambas potencias sino que han asustado suficientemente a otros emergentes en el Sur Global, como para que aumenten el uso del yuan, para reducir el daño que eventuales sanciones y/o bloqueos pueda producir. Moviéndose con soltura en el área del yuan como en la del dólar la República Popular pisa cada vez más fuerte en el parquet económico y financiero mundial.

El sistema de las Naciones Unidas y TODAS las instituciones vinculadas a él han demostrado en los últimos veinte años una flagrante incapacidad para ordenar las relaciones internacionales. Sin normas consensuadas, reglas ni organizaciones con poder ordenador, es imposible sostener la paz. Si los vencedores de esta guerra no acuerdan reglas mínimas de convivencia, el próximo choque entre ellos está programado.

Los mercados del petróleo y el gas están actualmente en pánico total. Ningún agente occidental quiere comprar el fluido ruso, a pesar de que Gazprom lo sigue suministrando debidamente a los clientes que firmaron contratos con tarifas fijas entre 100 y 300 dólares (en el mercado al contado otros están pagando más de 3.000 dólares). Es que los bancos europeos temen conceder préstamos para la compra de hidrocarburos a Rusia por la histeria provocada por la ola de sanciones. Incluso el consorcio Wintershall-Dea, que debía operar el gasoducto Nord Stream 2 entre Rusia y Alemania, canceló su parte de la financiación, asumiendo de facto que el gasoducto nunca se pondrá en marcha.

Europa importa unos 400.000 millones de metros cúbicos de gas al año, de los cuales 200.000 millones corresponden a Rusia. No puede sustituir tal volumen ni desde Argelia, Catar ni Turkmenistán. Con seguridad competirá con Asia para ver quién paga más y ésta última ganará.

El ataque a las exportaciones rusas se dirige asimismo a los metales de paladio, vitales para la electrónica. Rusia controla el 50% del mercado mundial de estos metales. También están los gases nobles -neón, helio, argón, xenón-, esenciales para la producción de microchips. El titanio ha subido una cuarta parte y tanto Boeing (un tercio) como Airbus (dos tercios) dependen del titanio de Rusia.

Más que a Rusia, la reciente ola de sanciones castiga a la industria alemana y la economía europea. Tras cerrarles el intercambio con Rusia, EE.UU. buscará evitar que la UE aumente su comercio con la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por su nombre en inglés), el mayor acuerdo comercial del mundo que abarca a 15 países del Asia y el Pacífico incluida China.

Por lo pronto, el juego de sanciones y contrasanciones no parece detenerse. Si bien Moscú no ha anunciado todavía la totalidad de su réplica, un decreto oficial firmado el pasado sábado permite a las empresas rusas saldar sus deudas en rublos. Funciona así: para pagar los préstamos obtenidos de un país sancionador que superen los 10 millones de rublos al mes, la empresa rusa en cuestión no precisa hacer una transferencia en dólares o euros, sino abrir en un banco ruso una cuenta de corresponsalía en rublos a nombre del acreedor y transferir a esta cuenta el monto adeudado al tipo de cambio vigente. De este modo, la factura se considerará legalmente saldada.

Esto significa que la mayor parte de los aproximadamente 478.000 millones de dólares de la deuda externa rusa puede "desaparecer" de los balances de los bancos occidentales. El equivalente en rublos estará depositado en algún lugar, pero los bancos occidentales no podrán acceder a él, hasta que Occidente levante las actuales sanciones. Es improbable que esta sencilla estrategia haya sido propuesta por los directivos y técnicos del Banco Central de Rusia, de mentalidad tan neoliberal que depositaron dos tercios de las reservas del país (estimativamente, unos 463 mil millones de dólares) en bancos occidentales, por lo que a EE.UU. se le hizo muy sencillo bloquearlas. El distanciamiento de Rusia de la economía globalizada también deberá realizarse en la mentalidad de sus dirigentes.

Desde el otro extremo de Eurasia los analistas chinos miran con preocupación creciente el desacople ruso y el hundimiento de Europa. "Estados Unidos está pisoteando su propio ideal de libre mercado, al abusar del crédito del dólar. Si Rusia logra resistir las sanciones financieras de EE.UU., podría significar el fin de una era en la que el dólar estadounidense domina el sistema mundial de pagos y liquidación de operaciones", dijo Dong Dengxin, director del Instituto de Finanzas y Valores de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Wuhan, al Global Times.

Según Dong, las consecuencias de las medidas de sanción financiera de EE.UU. ya han aparecido, incluidas las recientes perturbaciones en los mercados bursátiles mundiales, pero eso no es nada comparado con la erosión a largo plazo del crédito estadounidense, ya que la gente se cuestionará sobre la seguridad de dejar fluir su capital hacia los mercados de EE.UU. "Los inversores globales deberían buscar un nuevo refugio seguro para almacenar sus activos", dijo. "Es probable que la tendencia a la salida de capitales [de EE.UU.] sea un fenómeno a largo plazo", afirmó.

China está jugando a crear el propio espacio económico, financiero y monetario, mientras sigue participando activamente en el área dólar. Tras una reunión virtual, la Unión Económica Euroasiática (EAEU, por su nombre en inglés) y la República Popular acordaron el viernes pasado poner en funcionamiento un sistema monetario y financiero internacional alternativo al vigente. La EAEU -formada por Rusia, Kazajistán, Kirguistán, Bielorrusia y Armenia- está estableciendo acuerdos de libre comercio con otras naciones euroasiáticas y se está interconectando progresivamente con la Iniciativa del Camino y la Franja (BRI, por su nombre en inglés).

Se trata de un proyecto pensado por Sergei Glazyev, el economista independiente más importante de Rusia, antiguo asesor del presidente Vladimir Putin y actual ministro de Integración y Macroeconomía de la Comisión Económica de Eurasia, el organismo regulador de la EAEU. Ya desde que en 2014 EE.UU. decretó sanciones contra Rusia, Glazyev previó que Occidente usaría crecientemente este instrumento para dañar la economía de su país y argumentó (muchas veces infructuosamente) contra la credulidad globalista del Ministerio de Finanzas y del Banco Central de Rusia.

Este sistema financiero euroasiático se basará en "una nueva moneda internacional", muy probablemente con el yuan como referencia, calculada como un índice de las monedas nacionales de los países participantes así como de los precios de las materias primas. El primer borrador se discutirá ya a finales de mes. Este sistema está llamado a convertirse en una alternativa seria al dólar estadounidense, ya que la EAEU puede atraer no sólo a las naciones que se han unido a la BRI, sino también a los principales actores de la Organización de Cooperación de Shanghai (SCO, por su nombre en inglés), así como a la ASEAN (la Asociación de Naciones del Sureste Asiático, por su nombre en inglés). Con seguridad, también los principales actores de Asia Occidental (Irán, Irak, Siria y Líbano) estarán interesados en participar.

Mientras tanto, el banco ruso Sberbank confirmó que emitirá las tarjetas de débito/crédito Mir de Rusia con la marca UnionPay de China. Alfa-Bank -el mayor banco privado de Rusia- también emitirá tarjetas de crédito y débito UnionPay. Aunque sólo se introdujo hace cinco años, el 40% de los rusos ya tiene una tarjeta Mir para uso doméstico. Ahora también podrán utilizarla a nivel internacional a través de la enorme red de UnionPay. Y sin Visa ni Mastercard, las comisiones de todas las transacciones se quedarán en el ámbito ruso-chino. La desdolarización en la práctica.

Como lo formuló el analista geopolítico norteamericano residente en Bangkok, Brian Berletic, "aunque el dólar estadounidense sigue siendo una formidable moneda de reserva en todo el mundo con un tremendo poder coercitivo, el éxito de una moneda de reserva se basa, en primer lugar, en la estabilidad, la relativa equidad y la reticencia a utilizar el poder de una moneda de reserva para coaccionar o manipular a las naciones de forma abierta".

Si bien el dólar ofrece cierta estabilidad y seguridad, cada vez se asocia más con el riesgo de sanciones, que Washington ha ido aplicando generosamente a países de todo el mundo. Ante la nueva ola de sanciones contra Rusia, este proceso de desdolarización se acelerará, afirma el economista italiano Fabio M. Parenti en diálogo con Sputnik News, aunque, según Srikanth Kondapalli, profesor de estudios chinos de la Universidad Jawaharlal Nehru de Nueva Delhi, se trata de un proceso que todavía está en su "fase inicial". El profesor explica que, a pesar de su retórica, Pekín no muestra ninguna prisa por abandonar el billete verde.

Los expertos en China y los economistas difieren en sus estimaciones sobre el futuro del dólar y las perspectivas del yuan, pero la mayoría de ellos coincide en que el billete verde se usará cada vez menos. Fabio M. Parenti, por su parte, señala que la economía mundial ya está ampliamente regionalizada, con muchos países que utilizan monedas locales para sus intercambios intrarregionales. Según el experto, es posible que el mundo acabe dividido en dos sistemas financieros, como en los tiempos de la Guerra Fría, pero con una tendencia general a la sustitución del dólar por el yuan.

Rusia y China son más que aliados, pero no son lo mismo. Moscú es el centro del país más grande del mundo, entre Europa y Asia, y el cristianismo ortodoxo es una de sus grandes fuentes de identidad. Con seguridad, el Kremlin no querrá prescindir totalmente de sus lazos históricos con Alemania y Francia ni renunciar a la parte europea de su cultura. El “conservadurismo optimista” que propugna Vladimir Putin tiene sus raíces en la intersección entre ambos continentes y de ahí no querrá moverse.

A su vez, China siente nuevamente cómo el mundo gira crecientemente a su alrededor. La “comunidad de futuro para un destino común de la humanidad” es la propuesta para una nueva convivencia entre las culturas en beneficio de todos quienes se sumen. No se identifica con UNA cultura, sino con un modo armonioso de convivencia entre todas.

Ambas potencias están asociadas, pero son diferentes. Necesariamente tendrán diferencias, tiempos y caminos diversos, no importa cuán bien los conjuguen.

Estados Unidos, por su parte, festeja una victoria pírrica: ha sometido a Europa y dañado financiera y comunicacionalmente a Rusia, pero cada vez tiene menos aliados. Todos temen su deslealtad y egoísmo.

Es poco probable que la pequeña elite globalista neoconservadora que pergeñó la provocación ucraniana recapacite y acepte límites a su arbitrariedad. El próximo choque parece estar a la vuelta de la esquina. Si no se acuerdan reglas ni instituciones que arbitren, este mundo de tres puntas marcha inexorablemente hacia el colapso.

miércoles, 16 de marzo de 2022

¿Quién es el responsable de la guerra de Ucrania? Por Eduardo Arroyo

 

EDUARDO ARROYO 


El Correo de España - 11 MARZO 2022

La reciente guerra de Ucrania ha suscitado una opinión unánime en torno a la cual hay extraños compañeros de viaje: desde el PSOE hasta la derecha nacionalista de VOX y diversos “antisistema” ilustrados. Hay también opiniones extravangantes. Por ejemplo, la CNT, cual pintor de brocha gorda, echa la culpa a todos por “fascistas” y la pobre Ione Belarra -un personaje que sin la política posiblemente estaría en el paro- se manifiesta “contra la guerra”. Poca luz aportan estas ideas porque se basan, en realidad, en intereses personales: filias y fobias varias, amistades diversas e intereses de partido. Para algunos, la guerra tiene su raíz en el “imperialismo ruso”; otros creen que Rusia es la nueva Unión Soviética y esgrimen como argumento vivir en Rusia, hablar ruso o simplemente ser ruso, como si vivir en España o ser español garantizase algún fundamento para hablar con criterio sobre España.

Lugar destacado ocupan en la histeria actual los medios de comunicación, tripulados por periodistas, esos analfabetos locuaces que, según explica Alberto Buela, son los “creadores de sentido” de nuestra época, los auténticos filósofos que tienen respuesta para todo, siempre que ésta coincida con la del dueño del capital de la empresa que los contrata. De ahí que en el mundo anglosajón se hable de “presstitutes” para referirse al coro de necios que se ha puesto a chillar en todos los medios de comunicación al unísono, desde que Rusia dio la orden de avance a través de la frontera ucraniana, diciendo variantes de las mismas ideas, como si el arabesco retórico garantizase la razón de lo que se dice. Pura mierda, en suma.

Pero vayamos al núcleo de la cuestión. Hay una guerra en Ucrania que ya no es civil: esta ya existía cuando, desde 2014, el ejército Ucraniano bombardeaba a los civiles étnicamente rusos del Donbass, sin que un solo medio de comunicación penase por ello. Ahora hay una guerra abierta entre una potencia nuclear y un país de tamaño medio muy inferior en lo militar. Esa guerra es un auténtico desastre para Occidente, primero, en vidas humanas y luego por dos razones: porque sea cual sea el resultado va a crear una zona de inestabilidad en la misma frontera de la Unión Europea (UE) y porque va a echar a Rusia en los brazos de China, verdadera potencia emergente y competidora de la UE y del Occidente en general. Nadie en su sano juicio debería querer esta guerra. Ni siquiera los que miran con animadversión a Rusia, de manera justificada o no: el Occidente democrático ha convivido medio siglo con la Unión Soviética y el mundo comunista, ¿por qué no podría encontrar un modus vivendi con Rusia? Se dice que Rusia intenta recrear la URSS pero este argumento es invendible. En los años 80 estuve suscrito a la revista Soviética “Tiempos Nuevos”. Se editaba en más de cincuenta idiomas, a la par que otra veintena de publicaciones, tal y como corresponde a una formidable maquina propagandística de nivel global. Al mismo tiempo la URSS tenía bases y “asesores” militares y comerciales por todo el globo, animados por una ideología que no admitía ningún “nacionalismo” inferior al globo terráqueo. A pesar de eso tuvo conatos de sublevación que exigieron respuestas militares, como Berlín en 1953, Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968 e innumerables problemas con Polonia y también respuestas políticas y/o de inteligencia, como es el caso de los propios partidos comunistas locales. No. La Rusia de hoy no es ni parecida a la URSS y aunque Putin en su interior añore los tiempos soviéticos la verdad es que sabe de sobra que carece de la capacidad -militar, económica, política- y del espíritu (marxista) para dominar el imperio soviético de antaño. Como dato significativo diremos que una búsqueda en herramientas de monitorización de internet, por ejemplo “Boardreader”, demuestran que los términos “agresión rusa” e “imperialismo ruso” han sido poco o nada comentados en medios de comunicación desde principios de 2019 hasta los días previos al pasado 24 de febrero, cuando las menciones de ambos términos se disparan. Otra cosa es que el mundo de hoy sea consecuencia de la victoria militar de 1945, cuyos vencedores pensaban que las personas adquieren la nacionalidad de manera voluntarista o por decisión política; de ahí que esos mismos vencedores se sacaran naciones de la chistera (como Yugoslavia o Checoslovaquia) o que, en el caso que nos ocupa, intentaran diluir identidades locales levantiscas a golpe de inmigración de nuevos “ciudadanos” soviéticos, étnicamente rusos. Ahora Rusia se encuentra con multitud de rusos fuera de sus fronteras, que miran al Kremlin como solución a sus problemas y que son rehenes a menudo de estados resentidos con la URSS y por consecuencia con Rusia, a la que juzgan su heredera. Como decíamos, este es el precio de la victoria de 1945.

Dicho todo esto, ¿quién es el responsable de la guerra actual? Este dato es muy importante porque atribuye culpas. La tesis de este artículo es que la mayor responsabilidad corresponde a los Estados Unidos de América y, en un sentido general, a lo que se ha llamado Occidente. Los rusos solo están haciendo el trabajo sucio de una guerra que era innecesaria y completamente evitable.

¿Por qué decimos esto? Primero me gustaría que quedara claro que este no es un artículo pro-ruso. Lo que voy a decir aquí tiene una dimensión eminentemente práctica. No creo que la guerra que vivimos sea ni necesaria ni inevitable, se piense lo que se piense de Rusia o de Ucrania. En lo personal, lamento infinito las guerras entre europeos que es lo que ambos son. Pero incluso esto es secundario con respecto a lo que de inútil y terrible hay en el actual derramamiento de sangre.

Para entender el actual asunto que nos ocupa hace falta algo -solo algo- de historia. En abril de 2008, tuvo lugar una cumbre de a OTAN en Bucarest en el curso de la cual se planteó una tercera ampliación de la Alianza Atlántica con la posible incorporación de Georgia y Ucrania. Los rusos ya tragaron el engaño de las ampliaciones de la OTAN de 1994 y 2004, un engaño evidente en las negociaciones de Gorvachov con James Baker, tal y como demuestran las notas manuscritas de los norteamericanos, recientemente desclasificadas. Pero incluso en 2008 los rusos dejaron claro lo que pensaban: más expansiones serían inaceptables. Recientemente la revista “Newsweek” (Sergei Lavrov warns that what NATO promised at 2008 Bucharest summit would create a new crisis, 6.12.2021) informaba sobre la reunión del titular de exteriores ruso Sergei Lavrov con la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) el pasado 2 de diciembre. Lavrov se manifestó en los siguientes términos: “quiero ser muy claro: la transformación de nuestros vecinos en nuevos trampolines para la confrontación con Rusia y el despliegue de fuerzas de la OTAN en la vecindad inmediata de áreas de importancia estratégica para nuestra seguridad es definitivamente inaceptable”. El mensaje es clarísimo y los rusos han dejado muy establecida su credibilidad. La cosa venía de largo. No es un secreto para nadie que en febrero de 2014 los Estados Unidos emplearon 500 millones de dólares en fomentar un golpe de Estado en Ucrania, con la colaboración especial de Victoria Nuland, actual portavoz del Departamento de Estado. El “golpe” – retransmitido en Occidente como la “revolución naranja”- tuvo éxito y a partir de entonces los occidentales comenzaron a armar a Ucrania convirtiéndola en un miembro, no de derecho pero sí de hecho, de la OTAN. Rusia reaccionó apoyando a las regiones étnicamente rusas de Ucrania (el Donbass) y anexionándose Crimea que está habitada, en más del 90%, por rusos. En 2008 actuaron de manera similar con Georgia, también “candidato” a la OTAN, reconociendo la independencia de partes del territorio georgiano.

Pero las presiones occidentales no cesaron. Ya en el mismo 2014 la administración Obama aprobó la “Ukraine Freedom Support Act”, explícitamente concebida para “disuadir” (deter) a Rusia. En diciembre de 2017 la administración Trump aprobó la mayor venta de armas a Ucrania si bien Trump resistió las presiones para vender los misiles anti-taque “Javelin”. Pero la tendencia continuó en el mismo sentido y desde el verano de 2021 Ucrania fue dotada con drones occidentales, destructores británicos navegaron por el Mar Negro e incluso bombarderos estadounidenses sobrevolaron a 13 millas de las costas de Rusia. ¿Era todo esto necesario? Decididamente no. En los peores tiempos de la URSS Finlandia, país fronterizo con el imperio soviético, acordó un estatus de neutralidad que permitió la prosperidad del país hasta las cotas que hoy conocemos. Ucrania podía haber encontrado fácilmente un modus vivendi con su vecino ruso, declarándose neutral y constituyéndose en una especie de “Estado tampón”. De hecho, la guerra con las regiones separatistas del Donbass deriva directamente del golpe de Estado patrocinado por Victoria Nuland y sus amigos del Pentágono, pero entre 1991 y 2014 no existía esa guerra a la que nunca prestaron atención los Occidentales como hacen hoy con Ucrania.

Bien, ¿y todo esto por qué? Es difícil no ver aquí por razones ideológicas. Algo en Rusia no gusta a los poderosos del mundo. De otro modo es imposible explicar la acción concertada de países, organizaciones transnacionales, medios de comunicación opinando simultáneamente en el mismo sentido, empresas multinacionales y grandes bancos (Apple, Microsoft, etc). Las bravatas de las “Open Society Foundations” de George Soros contra Rusia también deben dar que pensar. Todo esto muestra bien a las claras el fraude que supone la utilización exclusiva de criterios geopolíticos para explicar los acontecimientos de nuestro tiempo; más bien, criterios ideológicos transnacionales utilizan la geopolítica como herramienta a la hora de imponer sus decisiones.

Y ahora, ¿qué va a pasar? El rechazo de los EEUU a imponer una zona de exclusión aérea y su negativa a suministrar los cazas polacos a Ucrania cuadra bastante bien con los desesperados llamamientos de Zerensky para que la OTAN se involucre, algo que significaría bien a las claras la III Guerra Mundial. Sin duda los EEUU van a combatir… hasta el último ucraniano. Es todo su interés. Rusia, por el contrario, ha activado su arsenal estratégico compuesto de armas convencionales y nucleares: es un mensaje bien claro de hasta que punto se toma en serio lo que está sucediendo. En la balanza la determinación e implicación de Rusia pesa más que las agresiones económicas de los Occidentales. Además, resulta muy peligroso -peligrosísimo- poner contra las cuerdas a una potencia nuclear, como ya se vio en la crisis de los misiles en Cuba de 1962. Así que para evitar un mal mayor que absolutamente nadie en su juicio desea, creo que vamos a asistir a la reducción de Ucrania a escombros. Es la consecuencia de un presidente estúpido que se ha dejado embaucar por los cantos de sirena de la OTAN, animada por los mismos neoconservadores que diseñaron la guerra de Iraq y que no se sabe por qué siguen pontificando (con éxito) en Washington. Allí la guerra ideológica prima sobre el realismo político.

Por todo ello, como queríamos demostrar, es bastante evidente que la responsabilidad de cuanto sucede es de los Estados Unidos de América. Rusia simplemente ha actuado tal y como lleva diciendo que iba a actuar desde 2008.

Una versión extendida de este artículo aparecerá en la revista “La Emboscadura”.

Pensadores del Nacionalismo Popular

 


sábado, 12 de marzo de 2022

La tradición nacional y el neutralismo

 Juan Godoy para Revista MOVIMIENTO              



 “Para decidir nuestra actitud no debemos levantar los ojos hacia el Norte, sino consultar nuestras propias posibilidades y conveniencias” (Manuel Ugarte).

“El mantenimiento de la neutralidad rigurosa y leal es, precisamente, la afirmación primaria de la libertad, porque establecerá el hecho de que una voluntad propia determina la conducta internacional de la República, y porque importará mantener la posibilidad de la contracción de las naciones americanas homogéneas, cuya reunión, exenta de la presencia de imperios dominantes, constituirá la fuerza que ampare a cada una, y nos ayude a cumplir los fines propios de esta Nación, que anunció al mundo una nueva forma de sociedad humana, sin opresores ni oprimidos y sin exclusivismos de sangre ni de raza” (Declaración FORJA).

“Nosotros no discutimos hegemonías ni supremacías. Queremos trabajar en paz para nosotros mismos y para nuestra posteridad. No ambicionamos sino lo justo: nuestra independencia y nuestra soberanía. Por ellas lucharemos si es preciso. Por otras causas, no” (Juan Perón).

 Existe una larga tradición nacional que sostiene el neutralismo en los conflictos ajenos, siempre con la mirada puesta en nuestros intereses nacionales y la dedicación de los esfuerzos a la resolución de las problemáticas de la Patria, entendiendo también que la unidad necesaria para esta tarea está sobre el conflicto. Así fue tanto en la primera como en la segunda guerra mundial, aunque en esta última es sabido que sobre el final, cuando la guerra ya estaba prácticamente terminada y con un claro triunfador, ante una situación sumamente compleja para nuestro país, se decide romper esa postura, lo que no deja de ser anecdótico, ya que durante el conflicto la postura fue la mencionada anteriormente, a pesar de las enormes presiones tanto de los bandos en pugna como de parte de la sociedad que seguía con el “pulso agitado” estos conflictos. En este breve artículo tomamos tres exponentes en diferentes momentos históricos que dan cuenta de esta tradición, a la vez que encontramos los fundamentos de esa posición.

El primer exponente que tomamos es el gran latinoamericano Manuel Ugarte que, casi en soledad, sostiene una consecuente postura neutral a lo largo de la Primera Guerra Mundial. Recordamos que en este conflicto el gobierno yrigoyenista también sostiene en forma altiva dicho posicionamiento. La prensa en su inmensa mayoría se define por uno u otro bando, con excepciones como el diario radical La Época, o bien el caso de La Unión, y el otro que nos interesa aquí particularmente: La Patria, dirigido justamente por Manuel Ugarte. Se puede trazar un paralelismo entre esta patriada del autor de Mi campaña hispanoamericana y la creación del periódico Reconquista por parte de Raúl Scalabrini Ortiz en la Segunda Guerra Mundial, que saca 41 números sosteniendo en alto la bandera de la neutralidad, afirmando que “no hemos tomado partido en el asunto europeo, porque queremos tenerlo únicamente en cosas del país”.

La Patria sale desde el 24 de noviembre de 1915 hasta el 15 de febrero de 1916. Son 70 números, en los cuales el neutralismo es una de las cuestiones principales, aunque también se escribe de otros temas. Las páginas del periódico terminan expresando la denuncia sobre las potencias imperialistas y una suerte de programática en torno a la resolución de la dependencia de nuestro país en base a la ruptura de la estructura semi-colonial –es en estos artículos donde Ugarte, que mayormente se ocupaba del imperialismo norteamericano, hace una profunda crítica al accionar del imperialismo británico en nuestro país–, la unificación de la Patria Grande y el avance en la industrialización. Acerca de este programa expresado en el ideario de Ugarte en las páginas de dicho periódico, Norberto Galasso argumenta que constituye en esos años “el programa más avanzado de esa Argentina agraria”.

La cuestión es abordada por Ugarte en ligazón a la cuestión por la soberanía nacional, fijando que ese es el camino correcto para nuestra Nación, pues nuestro país “se mantiene neutral y no quiere saber nada en los remolinos que provoca el conflicto europeo; la Argentina ansía el buen acuerdo y la fraternidad con todos los pueblos del mundo, pero la Argentina no tolera que la disminuyan o la depriman porque tiene una tradición ininterrumpida de altivez”. Incluso el apresamiento, en el marco de la guerra, por parte de Gran Bretaña del vapor argentino Presidente Mitre no lleva a La Patria a romper la defensa de la neutralidad, sosteniendo al respecto que “es intolerable que los pueblos que están en lucha en Europa transporten la guerra a nuestro país, interrumpan nuestras comunicaciones, molesten a nuestros nacionales, fiscalicen nuestra vida y lleguen hasta atribuirse el derecho de arriar nuestra bandera”.

Ugarte liga la cuestión de la neutralidad a una posición nacional soberana. Al fin y al cabo, continúa desde las páginas de La Patria la lucha que lo mantuvo en pie toda su vida: ver a la América Latina unida, libre de toda injerencia de los imperialismos. De esta forma plantea el mantenimiento de relaciones cada vez más amistosas y estrechas con los países latinoamericanos, en el sentido de una alianza defensiva y ofensiva de cooperación mutua en el avance del desarrollo de los países hermanos, y en la defensa del avance del imperialismo. Asimismo, al mismo tiempo, afirma la independencia de las potencias imperiales que puedan atentar contra la soberanía nacional de cualquiera de los países del continente latinoamericano.

Quien fuera uno de los embajadores del primer gobierno de Perón, también toma consecuentemente la misma postura durante la Segunda Guerra Mundial. En el marco de la primera contienda había aseverado: “cuando estalló la guerra, fui hispanoamericano ante todo, (…) no me dejé desviar por un drama dentro del cual nuestro continente sólo podía hacer el papel de subordinado o de víctima, y lejos de creer, como muchos, que con la victoria de uno de los dos bandos se acabaría la injusticia en el mundo, me enclaustré en la neutralidad, renunciando a fáciles popularidades, para pensar sólo en nuestra situación después del conflicto”. Este pensamiento que sostiene Ugarte marca su derrotero y la profundización de su ideario. Miguel Barrios comenta que “en el fragor de la defensa de su posición neutralista emergerá una dimensión que no había sido explorada o agotada en su concepción continentalista: su nacionalismo industrial, es decir, integra su neutralismo dentro de un modelo latinoamericano de desarrollo industrial”.

El segundo caso que tomamos aquí en relación a los fundamentos de la política neutralista es el de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA). Agrupación político-cultural que recordamos tuvo su accionar desde junio de 1935 hasta la emergencia del peronismo en 1945, cuando se desintegra. En este caso entonces nos referimos a la postura adoptada durante la Segunda Guerra Mundial por los forjistas, que son un caso emblemático en torno a la construcción de una posición nacional y a la adopción de un criterio nacional para el abordaje de la realidad. Una mirada que pone en primer lugar nuestros intereses. Recordamos que FORJA, como su sigla lo indica, provenía del yrigoyenismo y fue adoptando un nacionalismo popular que lo llevó a ser un importante influjo sobre el ideario peronista. El forjismo mantiene una postura neutral, consecuente con la visión de ese yrigoyenismo que había levantado la bandera del neutralismo, como ya mencionamos, y también se había propuesto un Congreso de neutrales y negado a integrar la Liga de Naciones, en tanto se pretendía dejar fuera a los vencidos –existe un libro de Alen Lascano al respecto: Yrigoyen, Sandino y el panamericanismo. Manifiestan: “la neutralidad es la única política auténticamente argentina y por eso solo FORJA puede sostenerla”.

La neutralidad aparece como una manifestación –la única posible– soberana. Se apunta a no embanderarse fuera para lograr hacerlo adentro, en virtud de nuestros intereses y en función de no dividirnos en el enfrentamiento de nuestros enemigos para la solución de las problemáticas nacionales. En ese sentido, más allá de los intereses individuales de los militantes forjistas por uno u otro bando, la adopción por uno u otro bando estaba vedada como agrupación. Al igual que en el caso de Ugarte, lo ligan a los intereses latinoamericanos: “esa empresa común de todas las naciones de América oprimida, como lo fue en la hora heroica de su surgimiento, que se realizará por la acción conjunta de los pueblos para el cumplimiento de su destino libertador”. Jauretche, fiel a su estilo, se pregunta: “¿qué puede interesarle a ellos, de uno y otro bando, la miseria de los santiagueños o riojanos, si su alma es extraña a nuestro drama y están absorbidos por el odio que desatan las brutalidades de los campos españoles? Porque para muchos argentinos vale más la vida de cualquier marinero del mundo que la del propio hermano”. En otra manifestación, los forjistas vuelven a interpelar con otra pregunta-reflexión: “¿los argentinos somos zonzos? Gandhi está con la libertad y la democracia, pero quiere que empiece por la India. Empecemos aquí con los frigoríficos, los ferrocarriles, el comercio de cereales, el servicio de luz y demás fuentes de nuestras riquezas nacionales, que son las prendas de nuestra libertad. Ni las plutocracias, ni el nazifascismo pelean por nosotros. Esta tarea es nuestra”. No hay pronunciamientos en relación a la guerra por uno u otro bando, las intervenciones son todas en la lógica y el esquema de la neutralidad.

El neutralismo de los forjistas aparece por un lado como la única postura genuinamente nacional, y por otro, como un pilar en el despertar de la conciencia nacional, que como vimos está ligada a los pueblos de Nuestra América. Se trata de no dejarse arrastrar, romper con el seguidismo de los conflictos extraños, ajenos a nuestro interés como pueblo oprimido. Por eso insisten en que FORJA “lo exhorta a usted a postergar sus preocupaciones personales y a dedicar íntegramente sus pensamientos y voliciones a la formación de una conciencia auténticamente argentina que pueda resistir a la presión de las diplomacias y de las empresas extranjeras”.

El último caso que tomamos en este recorrido es el de Juan Perón. En la referida posición neutral de la Argentina en el conflicto mundial, el mismo se encuentra entre los que sostienen una postura neutral –más allá del momento final al que también hicimos referencia. Perón mismo afirmó que en relación a la política internacional “se había seguido la política de neutralidad, completamente explicable, en este caso, porque nuestra política neutralista tenía una tradición de cincuenta años”. Este posicionamiento resulta estructural en el pensamiento del líder argentino, lo que se corrobora en sus diferentes intervenciones a lo largo de su vida, como en su accionar político.

Vale mencionar que, como indica Carlos Escudé, “hacia principios del año 1944, el derrocamiento del gobierno argentino era la política oficial del gobierno de los Estados Unidos. La necesidad de lograrlo era aceptada por los departamentos de Tesoro, Guerra y Estado”. Por su parte, Juan Archibaldo Lanús afirma que, no obstante las presiones de fuerte hostigamiento económico del gobierno norteamericano, el gobierno “mantuvo inalterable una posición independiente en la formación de su política externa, no negoció principios políticos por ventajas económicas ni renunció a sostener una posición crítica frente a las pretensiones continentales que al parecer inspiraban la política regional de los Estados Unidos”. Recordemos por el lado norteamericano el accionar de Braden, y por el británico el de Sir David Kelly, caracterizado como “el poder detrás del trono” –Jorge A. Ramos editó bajo el mismo título la parte de sus memorias correspondiente a su accionar en nuestro país entre 1942-1946– con fuerte influencia en el sector anglófilo de la sociedad argentina, ya sea mediante intrigas, “colectas”, “fundaciones”, o bien facilitando artículos para el diario La Nación o La Prensa. Se trata de esa “política invisible” que refiere Scalabrini Ortiz. El peronismo bien puede caracterizarse como nuestra revolución nacional contra esa dominación semicolonial británica –acompañado de la obstaculización de la penetración de otros imperios.

En relación al posicionamiento internacional mencionado por Perón, más tarde hace referencia a que “cuando se dice ‘la lucha de Oriente contra Occidente’, ‘el choque de dos ideologías’, ‘el conflicto de la democracia y el totalitarismo’, y aun ‘la guerra de dos imperialismos’, se busca involucrar a todos los países en los bandos, para evitar que, al final, ésta sea una guerra como todas, en que dos naciones dirimen entre sí y por la fuerza el choque de dos intereses”.

Muchos han querido ver en Perón a un militar pro-nazi, fascista, o bien pro-británico, entre otros rótulos premoldeados en que se lo ha querido encasillar, sin dar cuenta que resulta –fruto de su profunda y diversa formación que lograr rearticular virtuosamente, sin rechazar las ideas ajenas, pero no incorporándolas como absolutas, y con los pies y la cabeza en función de la realidad nacional– un elemento original y creativo, lo que va a sintetizar tanto en la doctrina que crea como en diversas categorías –parte de la misma– como la tercera posición, o bien la Comunidad Organizada, por ejemplo. Quizás en el análisis de los “pensadores coloniales” la búsqueda del espejo ajeno se deba a no concebir que una idea pueda emerger al margen de los centros que detentan el poder mundial. Mientras la sociedad se divide mayormente en sectores aliadófilos o germanófilos, el periodo que se abre con la revolución juniana bien puede caracterizarse en parte como las diversas batallas –triunfantes– que el entonces coronel Perón debe dar, tanto contra los sectores pronazis, como contra los sectores aliadófilos. Él levanta una posición nacional –con la flexibilidad necesaria– en defensa de los intereses de la Patria.

A esta defensa Perón la piensa tempranamente a través del establecimiento de la unión sudamericana, partiendo de la alianza, como núcleo básico de aglutinación, entre Argentina, Brasil y Chile (ABC). “El signo de la Cruz del Sur puede ser la insignia de triunfo de los penates de la América del hemisferio Austral. Ni Argentina ni Brasil ni Chile aisladas pueden soñar con la unidad económica indispensable para enfrentar un destino de grandeza. Unidos forman, sin embargo, la más formidable unidad a caballo sobre los dos océanos de la civilización moderna. (…) Unidos seremos inconquistables; separados, indefendibles”. Claro también que este posicionamiento no significa no tener una política de defensa nacional, como lo expresa en forma rotunda Perón en la inauguración de la cátedra de Defensa Nacional en la Universidad Nacional de La Plata, en junio del 44, y la conformación de una doctrina de guerra de “carácter defensivo”.

Se puede establecer un vínculo entre este posicionamiento internacional de “no intervención” y la emergencia de la noción de tercera posición, aunque, claro, ésta rebasa por mucho a aquélla, ya que está pensada en un sentido integral –queremos significar que no se reduce a la política internacional. El mismo Perón se ocupó de aclarar este punto, en tanto la Tercera Posición no implica una posición neutral frente a los problemas. Es más bien la solución o alternativa propuesta por el peronismo que encuentra sus primeros esbozos en una “tercera concepción” que Perón menciona en el famoso discurso en la bolsa de agosto del 44 –incluso poco después a través del doctor Arce se plantea la “no intervención” en la cuestión española– y luego se va conformando en forma profunda y clara hacia 1947. Se trata de una concepción filosófico-política.

Desde ya no significa que esté en el medio del individualismo y el colectivismo, en una posición neutral o estática, sino más bien es dinámica, y la denomina tercera por venir luego de la segunda. Decíamos que esta noción en parte deriva y rebasa el posicionamiento en materia internacional, pues, como bien sostiene Fermín Chávez, “la idea de que el hombre está sobre los sistemas constituye el núcleo antropológico y filosófico de la Tercera Posición. Se trata del hombre integral, rescatado de las filosofías naturalistas, sociobiologistas, economicistas y materialistas dialécticas que reconocen como raíz el pensamiento de la ilustración, por el cual la persona humana quedó parcialmente vaciada, por exclusión de componentes sustanciales: las creencias, la fe, las potencias no racionales, el sentido de lo sagrado. El justicialismo reconoce su centro de irradiación en un hombre recuperado en la totalidad de su ser. Y se proyecta de lo interno a lo externo como Tercera Posición humanista y cristiana”.

Neutralidad y Pensamiento Nacional: una breve reflexión histórica en atención al conflicto en Ucrania

 Damián Descalzo para  RevistaMOVIMIENTO


 

Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), la Argentina adoptó la política de neutralidad, tanto durante el gobierno conservador como en la etapa radical. Bajo el liderazgo de don Hipólito Yrigoyen –acusado de germanófilo por liberales y socialistas que adherían a la causa de Inglaterra, Francia y los Estados Unidos, y atacado por la prensa oligárquica afín al mismo bando– el país sostuvo una posición firme (Ramos, 1961: 42; Spilimbergo, 1974: 110) que contó con gran respaldo popular (Puiggrós, 1974: 65). El líder radical no era aliadófilo, ni simpatizaba con la causa alemana. Era un patriota que defendía el interés del pueblo argentino.

 

SEGUNDA GUERRA MUNDIAL: EL PUEBLO Y EL PENSAMIENTO NACIONAL APOYAN LA NEUTRALIDAD

La irrupción de una nueva conflagración mundial a finales de los años 30 reactivó los postulados de no beligerancia. El neutralismo –así como había sucedido dos décadas atrás– era entendido como sinónimo de defensa de la soberanía nacional. La posición de neutralidad era popular,[1] pero los partidos políticos –cada vez más alejados del sentimiento del pueblo– tomaban posturas de acuerdo a sus preferencias ideológicas, comprometiéndose en temas ajenos al interés nacional. Norberto Galasso (1985c: 450) retrató en una de sus obras el clima que se vivía en nuestra ciudad por aquellos tiempos: “Los imperialismos se enfrentan en el Viejo Mundo y los respectivos amigos de uno y otro bando reproducen colonialmente la lucha en la Buenos Aires colonial”.

 

UGARTE A FAVOR DE LA NEUTRALIDAD

Manuel Ugarte proclamaba (Barrios, 2007: 180; Galasso, 1985: 197) en 1939 la necesidad de afianzar una postura que beneficie a los intereses propios de nuestra región, sin comprometerse en asuntos ajenos: “En esta guerra no estoy con Francia, ni con Alemania. Estoy con la América Latina… En esta guerra, como en la de 1914, no he de enrolar bajo la bandera del cable A o el cable B. No soy vagón atado a una locomotora, ni tengo mentalidad de tropa colonial… Nos conviene una neutralidad estricta que no ha de ser interpretada en favor de ninguno de los bandos. No hay que opinar colonialmente, sino nacionalmente. Iberoamérica para los iberoamericanos” (Ercilla, 11-3-1939).

En 1940 reafirmó esta posición y observó que una crisis entre las grandes potencias se presentaba como una oportunidad para América Latina: “Todos los imperialismos representan un peligro para América. No me regocijo cuando hunden un barco inglés ni aplaudo cuando intentan matar al jefe de Estado alemán. Creo que debemos ser neutrales con el único ideal de preservar lo nuestro. Tenemos que crear una conciencia propia” (Barrios, 2007: 180). En 1941 realizó nuevas reflexiones y reiteró que el neutralismo coincidía con el interés nacional: “A los que nos mantuvimos durante la otra guerra neutrales, es decir, como hoy, básicamente nacionalistas, no podía sorprender la nerviosidad que se difundió de nuevo. Ya habíamos conocido el terror. Se repetían los fenómenos. En 1940 como en 1941 no fue posible ser persona decente si no se gritaba en favor de Inglaterra y de Estados Unidos. Dentro del conflicto, un bando representaba la libertad, la cultura, la civilización, y el otro sintetizaba la tiranía, la crueldad, la barbarie… Yo no tengo razones para defender a Alemania. Pero tampoco tengo razones para defender a Inglaterra y Estados Unidos. Lo que ha determinado mi opinión es el interés por Hispanoamérica”.

 

FORJA APOYA LA NEUTRALIDAD

La Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA) mantenía posiciones sincrónicas –en general– con la línea asentada por Ugarte en lo que respecta a las posibilidades que ofrecía una contienda internacional: crear una conciencia propia y aumentar los márgenes de autonomía en nuestros países. Sobre el primero de los asuntos, un documento de la organización, fechado en septiembre de 1939, sentenciaba que “Ante la crisis de Europa, conflicto de imperialismos organizados… la Argentina… debe activar la formación de su conciencia emancipadora y la organización de las fuerzas que la libertarán de toda dominación o penetración extranjera” (Galasso, 1985: 450). Del mismo modo, en otro documento de la organización, en febrero de 1941, se promovía “la formación de una conciencia auténticamente argentina que pueda resistir a la presión de las diplomacias y de las empresas extranjeras que, con la connivencia de un periodismo encadenado, nos empujen inexorablemente a la catástrofe de la guerra” (Godoy, 2015: 193).

En lo que respecta a las posibilidades de mayor autonomía que se suelen dar en momentos de conflicto internacional, Raúl Scalabrini Ortiz escribió en Reconquista, el 15 de noviembre de 1939, que “La historia nos demuestra que son precisamente estos los momentos en que los pueblos débiles aprovechan para zafarse de los poderosos” (Galasso, 1985: 454). Sin perjuicio de lo señalado, el mismo Scalabrini y Ugarte, entre tantos otros, conocían muy bien que, si se tomaban caminos equivocados, se podía salir de una dominación para caer en otra.

Asimismo, también se verificaba afinidad en lo concerniente a una postura claramente contraria a la intervención en el conflicto bélico. Fiel al ideario yrigoyenista, FORJA defendió una postura contundente a favor de la neutralidad argentina. La organización comprendía que se estaba desarrollando una nueva contienda “por el dominio material del mundo” y era totalmente ajena al interés nacional: “La neutralidad es la única política auténticamente argentina y por eso sólo FORJA puede sostenerla”, señaló un volante redactado por Scalabrini Ortiz en 1939 (Galasso, 1985b: 51).

La política internacional siempre debe ser seguida y observada con ojos argentinos. Lo fundamental es la defensa del interés nacional. La disputa entre potencias que sucede en otras latitudes puede tener consecuencias que influyan en estas tierras, pero es ajena a nuestro interés nacional. Lo esencial, en esos casos, es determinar qué es lo conveniente para el país y actuar en consecuencia. Siempre sin subordinarse ni tomar partido por ninguna de las facciones en pugna. En 1939, Raúl Scalabrini Ortiz planteaba (Galasso, 1985b: 56) la posición con suma claridad: “La cuestión interna es del todo ajena a la contienda lejana. Ni somos germanófilos mirando hacia Europa, ni podemos dejar de ser antiingleses mirando hacia nuestra patria… La guerra europea ha despertado en muchas personas los sentimientos de hace veinte años… Están con alguno de los combatientes, mucho más que consigo mismo. Olvidan su propia patria para simpatizar casi exclusivamente con algunas de las patrias extranjeras… No hemos tomado partido en el asunto europeo, porque queremos tenerlo únicamente en cosas del país. Lo que ocurre fuera y es ajeno a los intereses nacionales, es secundario para nosotros… se puede tener un sentimiento exclusivamente argentino, ajeno a los que crea la contienda entre extraños”.

En la misma sintonía, Jauretche (Galasso, 1985: 461) recordaba con pesadumbre –años después– que algunos dirigentes se habían olvidado de las cuestiones nacionales durante el conflicto bélico y se perdieron en cuestiones ajenas: “Es difícil comprender de qué modo los problemas exteriores lo dominaban todo. No se podía hablar en la Argentina de los problemas argentinos. La cuestión era entre nazis y democráticos… la prédica política de los partidos de orientación ideológica y la totalidad del periodismo habían ido dejando en segundo lugar las preocupaciones por los problemas nacionales para otorgarle mayor importancia a los hechos internacionales”.

 

No colocar el interés nacional en el centro de las preocupaciones llevaba a diferentes sectores políticos a tomar patéticas posiciones. Por ejemplo, el diputado socialista Alfredo Palacios se desentendió del interés nacional para inmiscuirse en conflictos ajenos y renunció a la Comisión pro defensa de las Malvinas “porque ahora no es momento de crearle problemas a Inglaterra” (Galasso, 1985: 462).

La política de no beligerancia fue atacada por elementos colonizados que vivían ajenos a la realidad nacional y compenetrados en lo que estaba sucediendo en Europa. Por ejemplo, el órgano oficial del Partido Socialista de Argentina, La Vanguardia, acusó a FORJA de “fascista” en 1939. “Neutralidad es fascismo”, declamaba la publicación socialista. “Llamar fascistas a los que defendemos la neutralidad es ruindad que tiende a hacer creer a los lectores que los neutralistas somos agentes del extranjero o somos reaccionarios enemigos del pueblo”, le contestó Scalabrini Ortiz (Galasso, 1985b: 52). Por su parte, John William Cooke (1973: 76) escribió que en 1939 “los socialistas se transformaron en vírgenes locas, ardientes de furor guerrerista”.

Pero ninguna postura fue más bochornosa que la del Partido Comunista local, que modificó su apreciación de los hechos bélicos de acuerdo a los virajes de la política exterior de la Unión Soviética (URSS). Orientación, órgano de prensa del Partido Comunista argentino, también acusó en 1939 a FORJA de favorecer al fascismo con la defensa de la neutralidad. Pero bastó que se firmase el pacto de no agresión entre la URSS y el Tercer Reich para que adoptara el neutralismo, repentinamente. El Partido Comunista de nuestro país –de filiación estalinista– había mantenido durante años una acendrada política contraria al fascismo y de cierta simpatía hacia las llamadas potencias “democráticas”: Estados Unidos, Francia y el Reino Unido. Pero su dependencia y sumisión absoluta a los dictados de Moscú lo hizo modificar abruptamente sus posiciones cuando la Unión Soviética celebró un pacto de no agresión con la Alemania nazi, en agosto de 1939. “El pacto con Hitler obligó a Stalin a señalar a los partidos comunistas que era preciso redescubrir el lenguaje perdido: la guerra mundial fue definida como un conflicto imperialista”. Cuando en 1941 las tropas nazis invadieron territorio ruso, el estalinismo vernáculo volvió a reemplazar impúdicamente su postura y las caracterizaciones acerca de las clases, los imperios y los intereses a ellos ligados (Ramos, 1990: 61).

 

 EL CONFLICTO EN UCRANIA: LA POSICIÓN DEL GOBIERNO ARGENTINO

El 24 de febrero de 2022 se inició la invasión de Rusia a Ucrania. El conflicto no comenzó hace pocas semanas, y tampoco puede circunscribirse al de los dos Estados mencionados. Es evidente que es parte de una disputa geopolítica entre Rusia y los Estados Unidos. En consecuencia, estamos en presencia de una nueva lucha entre potencias que pugnan por acrecentar sus zonas de influencia. Pero también sería un simplismo suponer que solo eso está en juego. Hay muchos más actores y con intereses propios. Estados Unidos, a través de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), busca seguir avanzado sobre los antiguos dominios rusos: remarcamos lo de rusos, porque son territorios que fueron ocupados por la política expansionista del imperio ruso, incluso con anterioridad al régimen soviético, y para señalar que son asuntos que exceden a una mera repetición de la Guerra Fría del siglo pasado. Pero también es un litigio en el que se entrecruzan intereses geopolíticos, económicos, culturales e incluso religiosos, que se vienen disputando desde hace varios siglos en esa zona de Europa.

El territorio de la actual Ucrania ha sido ocupado por diversas organizaciones políticas a lo largo de más de mil años. No es cierto que siempre haya sido parte de la Nación rusa, a pesar de que Kiev haya sido su centro de nacimiento y de su fe cristiana. Durante casi cinco siglos –a partir del siglo XIV– esa zona perteneció a diferentes Estados polacos y lituanos. Moscú recién logró llegar a la actual Ucrania a finales del siglo XVIII. De esa época data el proceso de radicación de población rusa en ese espacio geográfico.

A su vez, no es erróneo entender el presente conflicto como una cierta continuidad del enfrentamiento varias veces secular entre rusos y polacos. En la guerra polaco-soviética de 1919-1921 se disputaron muchos de los territorios que actualmente pertenecen al Estado ucraniano. Mientras en el sur y en el este el predominio ruso es muy fuerte, algo similar sucede en el oeste con respecto a Polonia.

A inicios de la década del 90 del siglo pasado empezó a desmoronarse la URSS. Al poco tiempo la OTAN empezó a avanzar sobre el territorio de antiguos Estados miembros del Pacto de Varsovia –la alianza militar contraria a la OTAN durante la Guerra Fría– y sobre antiguas repúblicas soviéticas. Rusia ha decidido ponerle un freno al avance de la OTAN y recuperar zonas que fueron de su dominio, no sólo durante el siglo XX, sino también en centurias anteriores. Repetimos el concepto: esta es una disputa que enfrenta a dos bloques de poder con aspiraciones de expansión y control geopolítico. El conflicto es ajeno a los intereses nacionales y se debe actuar en consonancia con eso, manteniendo una sana neutralidad.

 

Desde que se agudizó el conflicto en Ucrania ha existido una fuerte presión para que el gobierno argentino se declarara enfáticamente contra Rusia. Los principales líderes de la oposición –entre ellos, Horacio Rodríguez Larreta, quien se perfila como el principal candidato opositor para ser candidato a presidente en 2023– participaron de la marcha que se desarrolló por las calles de Buenos Aires “en repudio a la invasión de la Federación Rusa”. Incluso han llegado a pedir que se abandone la neutralidad argentina. “Frente a la guerra no se puede ser neutral”, aseveró el jefe de gobierno porteño en su cuenta de Twitter. No debe sorprendernos. La neutralidad siempre estuvo cuestionada por los partidos políticos ligados a los intereses de las grandes potencias. Incluso hay voces –en este caso, sin una representación política atrás– que piden que se cese la neutralidad, pero en la decisión contraria. Es entendible que haya tentaciones de plantear eso toda vez que el Reino Unido –enemigo principal de la Argentina y ocupante ilegítimo de nuestras islas Malvinas, demás islas del Atlántico Sur y espacios marítimos circundantes– es uno de los principales elementos de la OTAN… pero la política internacional requiere de una sabiduría y una prudencia que escapan al simplismo del proverbio que señala que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”.

Así las cosas, consideramos correcto preservar al país del lejano y ajeno conflicto que está produciéndose en Europa Oriental. El día 2 de marzo el gobierno argentino ha votado en la Asamblea General de la ONU a favor de una resolución de rechazo a la invasión rusa del territorio ucraniano. Entendemos que más prudente habría sido abstenerse, pero igualmente tal postura no implica un abandono de la neutralidad ante el conflicto. Argentina no le ha declarado la guerra a Rusia, y ni siquiera se ha sumado a las sanciones comerciales y financieras.

Lejos de las circunstancias de 1939, la fascinación por las grandes potencias sigue encandilando a quienes no albergan un patriotismo sólido en su alma. Con similar espíritu colonial y olvidando que la prioridad es la defensa del interés nacional argentino, se comprometen en asuntos extraños. Las voces que piden tomar decisivo partido por uno de los bandos en pugna son, tristemente, nuevas manifestaciones de un pensamiento colonizado.

 

 Referencias

Barrios MA (2007): El latinoamericanismo en el pensamiento político de Manuel Ugarte. Buenos Aires, Biblos.

 

Cooke JW (1973): Apuntes para la militancia. Buenos Aires, Schapire.

Galasso N (1985): Jauretche y su época: de Yrigoyen a Perón, 1985:450, Buenos Aires: Peña Lillo

Galasso N (1985b): Raúl Scalabrini Ortiz y la lucha contra la dominación inglesa. Buenos Aires, Pensamiento Nacional.

Galasso N (1985c): Imperialismo y pensamiento colonial en la Argentina. Buenos Aires, Roberto Vera.

Godoy (2015): La FORJA del nacionalismo popular. Buenos Aires, Punto de Encuentro.

Luna F (1984): El 45. Madrid, Hyspamérica.

Puiggrós R (1974): El Yrigoyenismo. Buenos Aires, Corregidor.

Ramos JA (1961): Manuel Ugarte y la revolución latinoamericana. Buenos Aires, Coyoacán.

Ramos JA (1990): Breve historia de las izquierdas en la Argentina, tomo I. Buenos Aires, Claridad.

Rosa JM (1980): Historia Argentina. Tomo 12: Década infame, 1932-1943. Buenos Aires, Oriente.

Spilimbergo JE (1974): El socialismo en la Argentina. Tomo I: Juan B. Justo y el socialismo cipayo. Buenos Aires, Octubre.

 

[1] “El neutralismo ganó la calle y mostró una vez más que había en el país una fuerte conciencia nacional” (Rosa, 1980: 298). “En nuestro país, la neutralidad enardecía a la gente joven y a los sectores apolíticos, a quienes enorgullecía esta muestra de independencia” (Luna, 1984: 29).

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