martes, 20 de febrero de 2024

Carlos Marx, Javier Milei y el Justicialismo

 Aritz Recalde

Publicada en el Aviòn Negro 

 

En el artículo me voy a referir brevemente a algunos puntos de encuentro y de desencuentro conceptuales en temas de economía y cultura entre el liberal Javier Milei y el izquierdista Carlos Marx. Tomaré como base de mi planteo solamente el discurso del mandatario argentino realizado en Davos y el Manifiesto Comunista del pensador alemán.

A modo de cierre, voy a hacer un resumen de los planteos Justicialistas sobre los temas tratados.

 

El capitalista es un revolucionario

Para liberales y marxistas el egoísmo materialista es el principio que reúne a los hombres y que mueve la historia. Para los primeros, el egoísta perfecto es el individuo capitalista produciendo y comerciando en un mercado funcionando en base a un conjunto reducido de reglas de juego. Para los segundos, el sujeto materialista ideal es una clase obrera en constante lucha por apropiarse, inicialmente, del excedente productivo y finalmente de la propiedad burguesa.

 

La condición revolucionaria de los empresarios

En su discurso en Davos, Milei sostuvo que el capitalista es un benefactor social que, lejos de apropiarse de la riqueza ajena, contribuye al bienestar general. En definitiva, un empresario exitoso es un héroe”. En su punto de vista, el empresario es el gran motor de la historia, es un actor revolucionario cargado de heroicidad y sobre la capacidad de desenvolver su ambición benefactora recae la posibilidad de progreso de las naciones.  

A partir de esta ideología, Milei sostiene que la libertad de comercio y de acción del capitalista es la razón principal y prácticamente única del desarrollo. El libre comercio es el gran organizador humano, al punto de que el mandatario resume la historia económica, política y social de las naciones sosteniendo que “aquellos países que son más libres son 8 veces más ricos que los reprimidos”.

Remarcando el carácter benefactor del capitalismo, en su discurso en Davos presentó números de la economía mundial antes y después del año 1800 y concluyó que “el capitalismo generó una explosión de riqueza” y “sacó de la pobreza al 90 por ciento de la población mundial”.

Carlos Marx comparte con Milei el atributo transformador del capitalista. El pensador alemán sostuvo que “la burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario”.

Marx destacó el acelerado desenvolvimiento económico que trajo el capitalismo. En su punto de vista la burguesía “ha creado fuerzas productivas más abundantes y más grandiosas que todas las generaciones pasadas juntas”.  

Marx vio en el capitalista occidental un sujeto histórico liberador y profetizó que su programa  económico, político y cultural sería universal e inevitable para todos los pueblos del mundo. El pensador comunista destacó como un hecho positivo que “la burguesía arrastra a la corriente de la civilización a todas las naciones, hasta las más bárbaras, los más bajos precios de sus mercancías constituyen la artillería pesada que derrumba todas las murallas de China y hace capitular a los bárbaros más fanáticamente hostiles a los extranjeros”. La industrialización capitalista estaba terminando con las formas de vida de los “barbaros” y con lo que consideraba era el “idiotismo de la vida rural”.

De manera similar a los liberales, Marx pensó que el desenvolvimiento económico capitalista refundaría la cultura y la existencia humana y “todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia”. En Europa la industria capitalista despojó al proletariado de su cultura anterior, al punto de que “las leyes, la moral, la religión, son para él meros perjuicios burgueses, detrás de los cuales se ocultan otros tantos intereses de la burguesía”.

La nueva acumulación económica determinaría la mutación de las religiones y en su punto de vista “las ideas de libertad religiosa y de libertad de conciencia no hicieron más que reflejar el reinado de la libre concurrencia en el dominio del saber”.

El planteo economicista de Milei cuestiona la legitimidad de los principios fundamentales de la nacionalidad. Para él, el ser de los países y sus comunidades es lo que sus regulaciones económicas determinan y el mundo no se diferencia sobre las diversas formas de vida y culturas nacionales, sino meramente entre economías libres y colectivistas. En su visión extremadamente reduccionista del hombre y de la historia, meramente las externalidades propias de las desregulaciones económicas derivaron en que “los ciudadanos de los países libres viven un 25% más que los ciudadanos de los países reprimidos”. 

Marx, en sintonía con el economicismo propio del liberalismo, también creía que el sistema mundo en su totalidad se refundaría a partir del reordenamiento económico capitalista, de la racionalidad moderna y de las nuevas tecnologías. Los pueblos serían desculturizados y despojados de su identidad, su historia, su religión y de los valores nacionales. Es en este sentido, en que Marx remarcó que desde el surgimiento del industrialismo “los obreros no tienen patria”.

 

¿Se puede controlar la fuerza del capitalismo?

Milei consideró al mercado mundial capitalista como una organización económica y civilizacional perfecta, como “un proceso de descubrimiento en el cual el capitalista encuentra sobre la marcha el rumbo correcto”. En esta perspectiva, si se “descubre” un nuevo nicho de rentabilidad, la injerencia estatal o la posibilidad de regularlo es una forma de anularlo y de perjudicarlo. Para Milei “El mercado es un mecanismo de cooperación social donde se intercambian voluntariamente. Por lo tanto, dada esa definición, el fallo del mercado es un oxímoron. No existe fallo de mercado”.

Tal cual adelantamos, Marx vio en la dinámica capitalista la organización de una nueva forma económica destinada a refundar las instituciones y la cultura occidental que pasaría a ser universal. El pensador socialista consideraba que el capitalismo derivaría en la cooperación social de mercado y en la abolición de todas las regulaciones estatales. La diferencia sustancial con los liberales, es que para alcanzar este modelo ideal de egoístas perfectos que fundan un paraíso en la tierra, era necesario eliminar previamente al capitalista. Marx proponía anular el antagonismo de clases a partir de una dictadura que elimine la clase burguesa y de esta violencia fundacional “surgirá una asociación en que el desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos”.  

Marx a diferencia de Milei, remarcó que el capitalismo arrastraba deficiencias de funcionamiento o como decía Milei, había “fallos de mercado”. El pensador alemán sostuvo que el capital no podía “dominar las potencias infernales que ha desencadenado”. Las crisis comerciales y la producción descontrolada de grandes excedentes conducían a los capitalistas a una despiadada competencia y a la búsqueda de nuevos mercados, sin por ello poder evitar nuevas y más profundas crisis. Tal cual ya comentamos, la solución a la incapacidad burguesa de regular los ciclos económicos, estaría dada por la intervención estatal violenta. Ésta última sería catalizadora  de una nueva revolución productiva, antecedente de la sociedad comunista de hombres libres sin Estado.  

En Davos Milei sostuvo que el capitalismo terminó con la pobreza extrema en el planeta y auspició un orden social y político de hombres libres asociados en base a un individualismo benefactor. En los países que tal situación no ocurrió fue a causa del colectivismo, que en el caso argentino habría sido iniciado ya desde la época de Hipólito Yrigoyen y de la UCR. El colectivismo se impuso como ideología de las elites y también de la masa que asimiló la negativa y perversa noción de la “justicia social”, que en sus palabras “es una idea intrínsecamente injusta, porque es violenta. Es injusta porque el Estado se financia a través de impuestos”.

Los principales defensores de la justicia social serían la casta política, los trabajadores a los que se les impuso esa ideología para controlarlos y el “feminismo radical” financiado con “mayor intervención del Estado para entorpecer el proceso económico, darle trabajo a burócratas que no le aportan nada a la sociedad, sea en formato de ministerios de la mujer u organismos internacionales”.

A los factores distorsivos del libre mercado ya mencionados, el mandatario le sumó a los ambientalistas a los que caracterizó de “socialistas” que postulan el conflicto “del hombre contra la naturaleza”. Milei destacó que en nombre de esa causa,  se proponen implementar mecanismos para frenar el crecimiento demográfico, promoviendo el  control poblacional” y “la agenda sangrienta del aborto”.

Queda claro por lo que venimos diciendo, que para Milei el capitalismo de libre mercado es una doctrina económica y también es una doctrina de salvación y nadie se libera si no es por intermedio de ella. Las “fuerzas del cielo” dividieron a la humanidad en una lucha entre la libertad y el colectivismo y el mandatario es una especie de profeta y de mensajero de salvación libertario.

Marx cuestionó la explotación que traía aparejado el capitalismo de libre mercado, que si bien aportaba civilización en las sociedades bárbaras, acarreaba el sacrificio exacerbado de los obreros occidentales que se tornaban “esclavos de la maquina” y del burgués. El pensador alemán sostuvo críticamente que el egoísmo desenfrenado del empresario convirtió en mercancía a los menores y a las mujeres. Paradójicamente para los principios liberales, Marx destacó que el capitalismo había abolido el derecho a la propiedad privada “para las nueve décimas partes de sus miembros”. En su óptica, la burguesía ya no era capaz de ser clase dominante, ya que no podía “asegurar a su esclavo la existencia dentro del marco de la esclavitud (…) la burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros”. A partir de ahora, la clase obrera tenía la misión histórica de reorganizar la economía y de conducir los destinos del planeta.

 

La visión Justicialista de la economía, de la sociedad y del Estado

El Justicialismo nació como una expresión histórica distante del liberalismo capitalista y del marxismo comunista. En este movimiento político el sujeto de la revolución no son el individuo egoísta, ni la voluntad del Estado de clase materialista, sino que lo es el conjunto de las organizaciones libres del pueblo mancomunadas a partir de un sistema de valores compartidos, de un principio de solidaridad social y de una unidad de destino.

A diferencia del planteo del materialismo liberal y marxista, el Justicialismo no consideró a la cultura como un reflejo determinado por la economía. El mercado no construye sociedad y tampoco nacionalidad, sino meramente distribuye bienes y el sistema liberal lo hace de manera sumamente desigual internamente y entre los distintos Estados. Asimismo, hay sobradas evidencias históricas de sociedades que pueden modernizar la producción apropiándose de los desarrollos científicos occidentales, sin por ello perder sus valores, sus tradiciones y sus formas de vida milenarias que son las que las mantienen unidas.

En realidad, lo que amalgama y une a los pueblos son cultura y los valores que son formulados y trasmitidos a las futuras elites dirigenciales en las organizaciones libres como la familia, la iglesia, los sindicatos, las asociaciones barriales, culturales y políticas, entre otras. El ideal justicialista es el de una comunidad organizada en la cual las personas actúan no meramente buscando ganancias, sino a partir del sentido moral del deber con el conjunto.

El Estado Nacional moderno reorganizó la cultura y centralizó la educación que anteriormente manejaba la iglesia. Lo realizó con el fin de formar a las nuevas elites y de dotar de una base cultural unificada a la masa popular. El estatismo educativo fue impulsado por los liberales y le permitió debilitar a la nobleza terrateniente y a la monarquía. Luego ese esquema fue propugnado por los comunistas con el fin de imponer la ideología oficial anti burguesa. El Justicialismo no es estatista en temas de producción y circulación de la cultura y en la Constitución de 1949 sostuvo que “La educación y la instrucción corresponden a la familia y a los establecimientos particulares y oficiales que colaboren con ella”.  La familia y el pueblo libre tenían la tarea de edificar la cultura rectora de la comunidad. Con la finalidad de apoyar este proceso, el Estado crearía establecimientos culturales gratuitos en todos los niveles que difundirían la ciencia moderna, los valores históricos, federales y nacionales del pueblo argentino, contribuyendo a la elevación de la cultura universal.

En Davos Milei destacó que “Occidente está en peligro” por causa del colectivismo que no permite el libre mercado y que impone la agenda de la justicia social, del cuidado del medio ambiente y de la reducción de la población. El Justicialismo también se inscribió en la cultura occidental y tampoco acompañó al comunismo al que Milei le atribuyó el asesinato de 100 millones de personas. A diferencia del liberalismo clásico, el Justicialismo se consideró parte de la tradición de la democracia social y cristiana occidental. Tomando distancia de la enorme simplificación economicista del planteo del mandatario de la Libertad Avanza, el peronismo conceptuó a Occidente como parte de una tradición cultural y no meramente económica. En el Congreso de Filosofía del año 1949, el líder justicialista reivindicó los valores occidentales encarnados en la virtud de vivir armónicamente en sociedad que promovió la filosofía antigua, en la igualdad de todos los hombres propugnada por el cristianismo en la Edad Media y en las instituciones y principios de las nacionalidades propia de la modernidad.

Considerándose parte de Occidente, el Justicialismo impulsó en las relaciones exteriores un esquema de Tercera Posición que respetó el derecho de cada nación a forjar su propio sistema de vida y bregó por la evolución de un universalismo asentado en las diferencias culturales y políticas de las comunidades.

Para el Justicialismo el Estado no es la representación política de una clase social, sino que es la voluntad histórica de realización de entidades de poder fundadas en sistemas de vida y de cultura. El Estado en tanto representación de la colectividad nacional no tiene que desaparecer. En la tradición justicialista el ente público se articula directamente con las organizaciones libres del pueblo y no es Estado gendarme (liberal), ni Estado totalitario (comunista). Los alcances del mismo lo definen los intereses de la comunidad y de la nación en cada momento histórico.  No se puede fundar un Estado meramente con una racionalidad de fines de lucro empresarial de corto plazo, sino que se requiere una perspectiva nacional y social estratégica de mediano y de largo alcance. 

Milei identificó como el sujeto de proceso político al empresario. No considera que los  trabajadores, las capas intelectuales y las organizaciones libres sean posibles motores del desarrollo. El Justicialismo no caracterizó al capitalista ni como héroe, ni como un villano por su condición originaria de clase, sino que lo juzgó por sus aportes realizados a la comunidad. Asimismo y a diferencia del liberalismo, promovió la democracia social que está caracterizada por la intervención activa y concertada de los sindicatos a los que definió como la columna vertebral del Movimiento. Además, fomentó la intervención en la formulación de las políticas públicas de las cámaras empresarias y las demás organizaciones sociales y culturales de la comunidad.

El liberalismo y el comunismo son ideologías sacrificiales. En nombre de la libertad, el liberalismo fomentó la ganancia sin límites de los capitalistas, exigiendo al trabajador sangre, sudor y lágrimas como paso previo al mundo feliz y perfecto. El comunismo propone como camino al paraíso terrenal, la despiadada lucha de clases y exige en esa marcha la entrega de la libertad individual a un Estado dictatorial. El Justicialismo enarbola la felicidad del pueblo y descree que se pueda edificar un país sobre la explotación ejercida por el capital o por el Estado de clase. Propone en su lugar, la unidad nacional y el método político de la concertación social que es un medio de distribuir ganancias, sacrificios y esfuerzos entre todas las clases y sectores del país.

Tomando distancia del marxismo, el Justicialismo no propugna la lucha de clases, ni la supresión del capitalismo de mercado. Fomenta la concertación social entre sindicatos y empresas y defiende el valor de la dignidad del hombre argentino, buscando una armonía que permita al mismo tiempo la ganancia empresaria y la ganancia social. En esta tradición política, la producción debe desenvolverse a partir de un orden moral superior de la comunidad.  

La teoría económica de Milei no distingue por roles, por capacidades de negociación, ni por tipo de actividades productivas y especulativas. No diferencia entre economías y mercados nacionales o extranjeros y no le da importancia alguna a la disputa de intereses internacionales con actores de escalas de producción diferentes. A partir de acá, la no intervención gubernamental puede ser una manera de favorecer la explotación obrera y el poder del capital financiero que le quita incentivos a la producción y que genera serios desequilibrios al capitalismo.

Que el mandatario liberal no se proponga proteger a las empresas nacionales en nombre de un utopismo economicista dogmático y utópico, no implica que otros grupos de poder estatal o corporativo trasnacional dejen de hacerlo. Históricamente, la lucha comercial internacional incluyó acciones de dumping, apoyos a áreas estratégicas como la ciencia, el transporte o incluso la regulación de la canasta básica de los trabajadores para lograr dignidad de vida y competitividad comercial. El Justicialismo que es ante todo realista y no dogmático, interviene en la economía para garantizar que los trabajadores y los empresarios tengan condiciones de posibilidad frente a los grandes grupos locales y trasnacionales. Asimismo, lo hace para favorecer el capitalismo productivo, quitar incentivos al capital especulativo y fomentar el desarrollo. 

domingo, 11 de febrero de 2024

Individualismo libertario en la geopolítica

Francisco Cafiero para DiarioAr 


11 de febrero de 2024

 

Luego de la participación del presidente Milei en el Foro de Davos, donde retó a jefes de Estado y empresarios acusándolos de socialistas y feministas que defienden el medio ambiente, Milei llegó en visita de Estado a Israel. Esta visita se enmarca en sus anuncios e intenciones de generar el alineamiento principal que mencionó innumerables veces durante su campaña electoral.

El diseño de la política exterior puede contribuir significativamente a mejorar las condiciones económicas, a través, por ejemplo, del comercio, las exportaciones y las inversiones. Por eso resulta antojadiza, improvisada y poco efectiva la política exterior que despliega el gobierno de Milei.

Por prejuicio ideológico, el gobierno libertario decidió descuidar las relaciones con dos de nuestros tres principales socios comerciales: Brasil y China. Es con esos gobiernos donde deberían estar los esfuerzos de recomposición y generación de confianza, y a esos países debería ir el mandatario argentino y reconstruir las relaciones por el distanciamiento que generó. El error estratégico de declinar la incorporación a la membresía de los BRICS nos lleva a un escenario de desventaja frente a inversiones, acceso de crédito y mejoramiento en el intercambio comercial. A su vez, continúa la ausencia de una política prioritaria hacia la región de América Latina. Recordemos que 8 de cada 10 dólares que ingresan al país por el comercio exterior provienen de países no occidentales.

La urgencia de la Argentina hoy no está en Medio Oriente, está en su economía que atraviesa una crisis que impacta de manera directa en su pueblo y que se empeora con las medidas que toma del gobierno.

Esto no quita la realidad de que la República Argentina mantiene relaciones diplomáticas con el Estado de Israel desde 1949, cuando el entonces gobierno del presidente Juan Perón lo reconoció como Estado soberano mediante el decreto 3668. Forman parte del pueblo argentino la comunidad judía más grande de América Latina y el Caribe y, a su vez, en Israel vive un número importante de argentinos y descendientes de connacionales. Este antecedente poblacional y migratorio, junto a valores culturales, solidarios, democráticos y de respeto mutuo, forman los pilares de una relación bilateral sólida. Además, es de destacar que el Estado de Israel apoya el reclamo argentino por el ejercicio de la soberanía de las Islas Malvinas.

Las relaciones comerciales con Israel son importantes visto la condición superavitaria a favor de la Argentina, donde se destaca la exportación de carnes, pero no es un socio principal ya que representa menos del 0,5% de lo que nuestro país exporta al mundo. Vale destacar que hay un potencial para mayores intercambios en tecnología aplicada a sistemas de riego y recursos hídricos, telecomunicaciones, biotecnología, seguridad y ciberseguridad. Incluso se firmó un tratado de libre comercio entre Israel y el MERCOSUR. Una mención aparte merece la actual cooperación en la industria de la defensa, donde por ejemplo nuestro país moderniza con tecnología isrealí el Tanque Argentino Mediano (TAM 2C), y también importa de Israel gran parte de la aviónica que se utiliza en el avión de entrenamiento ligero de combate “IA-63 Pampa” producido en la Fábrica Argentina de Aviones (FADeA).

Para un país como la Argentina el alineamiento irrestricto con otra nación como lo expresa el presidente Milei es una señal de debilidad y genera una condición de dependencia, con el potencial de poner en riesgo la soberanía nacional, la seguridad y el bienestar de nuestro pueblo. La política exterior debe ser del Estado y resulta vanidoso que por la conversión del presidente Milei al judaísmo -con todo el respeto a ello y a su fe- interfiera en la política exterior del país. Las intenciones del presidente Milei de mudar la embajada argentina en Israel a la Ciudad de Jerusalén es una provocación innecesaria visto las reivindicaciones territoriales que poseen Palestina (Estado que la Argentina reconoce) e Israel, y además es una copia de la iniciativa hecha por el expresidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, con las advertidas consecuencias que hacen colapsar el alcance de una solución negociada del conflicto.

Sobreactuar un alineamiento irrestricto con Israel, como pretende hacer el presidente, puede debilitar la credibilidad generada a partir de la cooperación y los esfuerzos que promueve la República Argentina para el mantenimiento de la paz en una región donde se registran conflictos armados y múltiples tensiones. Es de destacar que en la actualidad, bajo mandato de las Naciones Unidas, nuestro país despliega observadores militares y oficiales en los Estados Mayores en las Misiones de Mantenimiento de Paz de Medio Oriente (UNTSO); Altos del Golán (UNDOF) y en el Líbano (UNIFIL).

La paz debe ser siempre un bien a preservar. Por eso el gobierno del presidente Alberto Fernández condenó los ataques terroristas de Hamas a Israel ocurridos el 7 de octubre de 2023, y ordenó la evacuación humanitaria de argentinos en Israel mediante el operativo “Regreso Seguro”, basado en un puente aéreo entre las ciudades Tel Aviv- Roma- Buenos Aires, que permitió el retorno al país de más de mil compatriotas. El operativo fue coordinado entre la Cancillería, el Ministerio de Defensa, Aerolíneas Argentinas y ejecutado por el Comando Operacional de las Fuerzas Armadas. Asimismo, de igual manera, se condenó la ofensiva militar de Israel que violó el derecho internacional humanitario en Gaza donde miles de civiles, especialmente niños, niñas y ancianos, perdieron la vida.

Milei, en el diseño de su política exterior y su errática lectura geopolítica, busca protagonismo para constituirse en un referente mundial de la extrema derecha. Es un problema cuando la aspiración individual y personal de un dirigente se posiciona por encima de una política de Estado que incluye la historia, el presente y el futuro de una nación y de su seguridad.

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