miércoles, 26 de mayo de 2021

Sobre el Popularismo o Populismo

             


 ALBERTO BUELA

La politología, una escisión relativamente reciente de la filosofía, ha considerado históricamente  al populismo en forma peyorativa. Ya sea otorgándole una connotación negativa, caracterizándolo como una  patología política en opinión de Leo Straus o como el enfant perdu(1) de la ciencia política. Se lo ha venido estudiando en forma vergonzante por aquellos que lo han hecho. La más renombrada estudiosa del tema, la inglesa Margaret Canovan  sostiene que: “el término populismo se usa comúnmente a modo de diagnóstico de una enfermedad”(2)

El término populismo encierra una polisemia de difícil acceso para los politólogos que por formación y disciplina carecen de los medios suficientes para elucidarla (3). De modo tal que la mayoría de los tratadistas se ocupan de descripciones más o menos sutiles según su capacidad personal. Pero todo ello no va más allá de una sumatoria de características  que no llegan a la esencia del fenómeno. Cuenta mucho en cada uno de ellos su experiencia personal y su conformación ideológica. Así, por ejemplo, el diccionario de política más reciente editado en Brasil lo define: Designación que se da a la política puesta en práctica en sentido demagógico especialmente por presidentes y líderes políticos de Sudamérica, los cuales con un aura carismática se presentan como defensores del pueblo. Cumple destacar como ejemplo típico Perón en la Argentina, vinculando a los intereses populares reivindicaciones nacionalistas (4). Definir el populismo a través de la demagogia es, no sólo un error de método, sino una posición política vinculada al universo liberal-socialista clásico.

 

Los tratados de historia de la ciencia política, multiplicados al por mayor en las últimas décadas, anuncian  en este ítem, acríticamente, una y otra vez una seguidilla de regímenes al que adscriben el carácter de populistas, habiendo entre ellos, diferencias sustanciales. Así van juntos, los  movimientos del siglo XIX, tanto el  agrario radical de los Estados Unidos como el intelectual de los narodnichevsto de  Rusia. La democracia directa Suiza. Getulio Vargas (1895-1974) y su Estado Novo en Brasil. Perón (1895-1974) y su Comunidad Organizada para Argentina. Gamal Nasser en Egipto. El general Boulanger y luego el mouvement Poujade en Francia. Más próximamente George Wallace en USA y Solidarnosc en Polonia. Nos preguntamos:¿ Todo esto junto, involucrado en un solo concepto, sino es un aquelarre....no se parece bastante?.  

Pero, ¿Qué ha sucedido últimamente para que la gran mayoría de las revistas sobre ciencia política se ocupen asiduamente del populismo?. En nuestra opinión, éste dejó de ser un fenómeno propio de las naciones periféricas como lo fue en los años posteriores a la segunda guerra mundial para transformarse en un fenómeno europeo. Así la Lega Nord de Humberto Bossi en Italia; el Partido rural de Veikko Vennamo en Finlandia; el Font Nacionale de J.M.Le Pen en Francia; en Bélgica el movimiento flamenco de Vlaams Blok; el suceso de Haider en Austria; el Fremskrittsparti en Dinamarca, Suecia y en Noruega; la Deutsche Volksunion en Alemania; el movimiento socialista panhelénico en Grecia, la Unión Democrática en Suiza son algunos de los movimientos caracterizados como “populistas” por los analistas políticos, siguiendo a los académicos de turno.

La instalación política del populismo en Europa estos últimos años ha obligado a los teóricos a repensar la categoría de populismo con la intención de liberarla de la connotación peyorativa que le otorgaran ellos mismos otrora, cuando el fenómeno del populismo se manifestaba en los países periféricos o del tercer mundo, como fueron los casos de Perón, Vargas o Nasser.

Es muy difícil levantar la demonización de una categoría política luego de cincuenta años de ser utilizada en un sentido denigrante y peyorativo. Es por ello que proponemos utilizar un neologismo como popularismo  para caracterizar los fenómenos que producen los mismos pueblos cuando están en riesgo estar desnaturalizados en propio ser.  Pretendemos distinguir claramente entre gobiernos populares que recogen las necesidades que expresa el pueblo y gobiernos populistas, que usan al pueblo: el caso emblemático hoy es el de Cristina Kirchner en Argentina

 

RASGOS DEL POPULARISMO O GOBIERNOS POPULARES

 

Estos movimientos consideran al pueblo como: a) fuente principal de inspiración b) término constante de referencia y c) depositario exclusivo de valores positivos. El pueblo como fuerza regeneradora es el mito funcional para la lucha por el poder político. El pueblo es el sujeto principalísimo de la política.

La acción del pensamiento único y políticamente correcto expresado en estas últimas décadas por la socialdemocracia y sus variantes “progresistas” ha buscado la desaparición del pueblo para transformarlo en “público consumidor” y así manipularlo fácilmente. Este es el populismo postmoderno reivindicado en nuestro medio por Ernesto Laclau y su Razón populista (2005). Para éste el pueblo es siempre pueblo suelto mientras que para el peronismo o los gobiernos populares el pueblo es pueblo organizado. En una palabra, el pueblo está mediatizado a través de sus organizaciones, porque solo a través de ellas existe. Lo otro, el populismo postmoderno de los Chávez o los Kirchner es muchedumbre o público consumidor.

Además el popularismo o gobierno popular (el peronismo es un ejemplo clásico) excluye la lucha de clases y es fuertemente conciliador. Para él la división no se da entre burgueses contra proletarios sino entre pueblo vs. antipueblo.(ej. descamisados vs. oligarquía en Argentina). Existe solo una clase de hombres: los que trabajan. Su  figura emblemática es el trabajador o el subsidiado como en el populismo.

Su discurso es, entonces,  antielitista y canaliza la protesta en el seno de la opinión pública en forma de interpelación a los poderes públicos y al discurso dominante.

Su práctica política radica en la movilización de grandes masas que expresan más que un discurso reflexivo, un estado de ánimo. Las multitudinarias concentraciones son el locus del discurso popularista. Los muros y paredes de las ciudades aún no han sido reemplazados por los mass media como vehículo de expresión escrita del discurso interpelativo al poder de turno del popularismo.

Finalmente su vinculación emocional en torno a un líder carismático que en una especie de democracia directa interpreta el sentir de ese pueblo, que a su vez hace uso de una vieja institución como ha sido la acclamatio.

Conciliación de clases, discurso interpelativo,  movilización popular organizada y líder carismático  son los  rasgos esenciales del popularismo.

Por el contrario el motor del populismo es el resentimiento social que se expresa en un enfrentamiento de clases; su discurso es un relato del demagogo progresista; su movilización popular es desorganizada a fuerza de subsidios y canonjías.

Existe una diferencia sustancial entre los movimientos populares  periféricos y los de los países centrales. Estos últimos tienen una tendencia racista ostensible para expulsar de sí a todo aquello que no es verdadero pueblo en tanto que en los países subdesarrollados o dependientes existe en ellos una tendencia a la fusión étnica de los elementos marginales. Acá el pueblo es un modo de ser abierto en tanto que en los países centrales es cerrado. Hoy, el horror al inmigrante es el ejemplo más evidente.

Los popularismos tienen una exigencia fundamental de identidad, de arraigo o pertenencia a una nación o región determinada, ello hace que por su propia naturaleza se opongan siempre a todo internacionalismo, manifestado hoy bajo el nombre de globalización. Los popularismos son nacionalistas de fines, en tanto que los populismos lo son de medios.

El ejercicio político del plebiscito a través de esa especie de democracia directa que es la movilización popular convocada por un líder carismático con un discurso de protesta al discurso oficial elaborado a partir de lo políticamente correcto, mete en contradicción a los politólogos demócratas  que ante la crisis de representatividad política buscan nuevas fórmulas para la alicaída democracia liberal. Pues estos teóricos bien intencionados comprenden, a ojos vista, que son los movimientos populares quienes ejercen la verdadera democracia: aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y no tiene otro interés más que el del pueblo mismo. Reiteramos el pueblo manifestándose a través de sus organizaciones libres creadas por él y no suelto como muchedumbre o masa.

Esta contradicción no se puede zanjar con libros ni papers  eruditos, se soluciona legalizando lo que legítimamente los pueblos vienen haciendo en busca de su más genuina representación. Y esto supone una “revolución legal” que ningún gobierno occidental, hoy por hoy, está dispuesto a realizar.

 

 

 

 

                               REPENSAR POSITIVAMENTE EL POPULISMO

Al ganar Trump en los Estados Unidos todos aquellos movimientos populistas que se venían desarrollando desde hace algunos años en Europa se potenciaron: Le Pen en Francia,  Hofer en Austria, Grillo en Italia, Amanecer dorado en Grecia, el Partido de la Independencia en Gran Bretaña, Alternativa para Alemania, Jobbik en Hungría, el Partido Popular Danés, los Verdaderos Finlandeses, el Partido de la Libertad en Holanda, etc.

Sobre el populismo todos han, y hemos escrito[1], el último del que tenemos noticias es el pensador francés Alain de Benoist [2].

La erudita más prestigiosa sobre el tema, la inglesa Margaret Canovan lo define: “el término populismo se usa comúnmente a modo de diagnóstico de una enfermedad”[3], lo que da la orientación principal a todos los estudios académicos sobre el tema.

A la visión peyorativa sobre el populismo es a la que queremos responder en esta pequeña meditación.

La experiencia histórica nos muestra que el populismo, en Rusia, Estados Unidos, Brasil, Francia o Argentina,  fue desde sus comienzos una reacción popular al orden constituido. Es en primer lugar el pueblo que se manifiesta para preservar en su ser.  Hoy ese tipo de populismo no existe más, pues muestra otro cariz diferente. En Suramérica, donde el populismo sentó sus reales más duraderos y significativos, con Getulio Vargas en Brasil, Perón en Argentina, Ibáñez del Campo en Chile, Velasco Ibarra en Ecuador, Paz Estensoro en Bolivia, Pérez Jiménez en Venezuela, hoy ha dejado de existir. Los populismos europeos actuales son diferentes, no hay líderes o caudillos que movilicen a las masas sino políticos del establishment disconformes con los que le tocó en parte. Ninguno de entre ellos plantea una verdadera revolución sino, en el mejor de los casos, un reacomodamiento de tareas y funciones. En Europa, como observa el agudo de Benoist, desapareció el pueblo. A fuer de ser sinceros, esto mismo lo observó un muy buen jurista argentino, Luis María Bandieri, hace ya varios años[4].

La democracia, que en su acepción primaria, es el gobierno del pueblo no se pudo plasmar en doscientos años de liberalismo político. La democracia se transformó en gobierno de una oligarquía partidaria. Hoy los partidos políticos además de adueñarse del monopolio de la representación, pues no se puede acceder al parlamento sino solo a través de ellos, pasaron así, de ser un producto de la sociedad civil, a ser un aparato más del Estado. Esto último lo viene denunciando desde hace años el jurista español Antonio García Trevijano[5].

Se hace muy difícil desarmar el andamiaje ideológico que la izquierda ha formado sobre el populismo pues ella tiene el monopolio de la cultura en Occidente, pero a pesar de ello, y desde ella, se vienen escuchando estos últimos años algunas voces, como la de Ernesto Laclau quien en su Razón populista[6] intenta un cierto rescate. (ad infra carta ad hoc).

Es que Laclau como nosotros tuvo la experiencia existencial del populismo en el poder y siendo chicos vivimos como el club deportivo, la parroquia, la escuela, el barrio y sus vecinos y la familia nos contenían formando una comunidad en donde nosotros nos fuimos formando y desarrollando. Así, esa relación de pertenencia y libertad entre individuo y comunidad la vimos realizada efectivamente.  En aquella época, circa 1950, eran muy fuertes aún las comunidades de inmigrantes que por millones habían llegado a Argentina, entre los cuales estaban los padres portugueses de Laclau. Inmigrantes que no son los 60 millones que invadieron Europa y que no se integran a su modo de vida y valores, sino que nosotros tuvimos, gracias al populismo: inmigración con integración.

La idea de comunidad tan común a los populismos, al menos a los suramericanos al estilo de Perón o de Velasco Ibarra, en donde no se puede concebir a un hombre libre en una comunidad que no lo sea, es un legado que ha quedado inscripto con letras de molde en nuestras sociedades, de ahí que aún hoy, el Ecuador puede respirar en sus excelentes planes de educación y Argentina en su medicina social, algo de aquel viejo ideal comunitarista enarbolado por nuestros populismos.

A contrario sensu, Europa no puede esperar nada de estos nuevos populismos, mal que le pese al brillante de Benoist, porque las comunidades nacionales se licuaron en un hibrido como la Unión Europea y los pueblos se replegaron hasta perder sus tradiciones: nadie da la vida hoy por Juana de Arco en Francia. Europa es hoy, en orden a sus pueblos, una naranja exprimida que no da jugo.

El caso de Trump es distinto. Estados Unidos, además de ser la primera potencia mundial y tener el doble del poder militar y capacidad bélica que Rusia, China, Francia e Inglaterra juntos, solo tiene que salvarse primero él. No tiene ninguna atadura internacional que lo condicione.(salvo con Israel). El populismo de Trump no es el de crear una nueva sociedad, no es el de hacer una revolución, al estilo de las que hemos tenido en América del Sur, sino solo y simplemente el “salvarse ellos”. Y, probablemente, lo consiga, si es que no le pasa lo de JFK.

 

 



[1] Buela, Alberto: Populismo y popularismo, Buenos Aires, Ed. Cultura et Labor, 2003

[2] De Benoist, Alain: Le moment populista, Paris, Ed. Guillaume de Roux, 2017

[3] Canovan, Margaret: Populism, Hartcourt Jovanovich, Nueva York-Londres, 1981, p.300

[4] Bandieri, Luis María: Hacia donde va el pueblo, Buenos Aires, circa 2005

[5] García Trevijano, Antonio: Teoría pura de la república, Madrid, Ed. Buey mudo, 2010

[6] Laclau, Ernesto: La razón populista, Buenos Aires, FCE, 2005

miércoles, 19 de mayo de 2021

La Planificación Nacional o el Subdesarrollo

 Aritz Recalde


Revista Movimiento

Nación y Planificación

“El Modelo Argentino precisa la naturaleza de la democracia a la cual aspiramos, concibiendo a nuestra Argentina como una democracia plena de justicia social (…) Definida así la naturaleza de la democracia a la cual se aspira, hay un solo camino para alcanzarla: gobernar con planificación”. Juan D. Perón, 1974

 

El sistema político internacional se divide entre las naciones que ejercen plenamente su soberanía y las que meramente existen en el plano formal. Las primeras, afirman su personalidad y su autoridad a partir de la planificación de su desarrollo y con este fin proyectan y delinean el desenvolvimiento de su economía, de su cultura y de su sociedad.

Las Naciones formales, también denominadas subdesarrolladas, eligen autoridades de gobierno pero tienen reducido su accionar a un conjunto limitado de funciones. En las Naciones Formales los aspectos fundamentales de la política comercial, la administración financiera, la explotación de los recursos naturales y de los servicios públicos están controlados por fuera de su territorio y de su gobierno. Dichos Estados no planifican sus políticas educativas, ni de salud, ni de vivienda, ni de infraestructura en el mediano y largo plazo, y sus decisiones son esporádicas, cortoplacistas y contradictorias, desenvolviéndose al ritmo de las permanentes crisis.

 

No planificar es una forma de aplicar la voluntad política ajena

“Dejar librado el proceso económico a su espontaneidad no conduce sino a más dependencia y más atraso relativo”. Arturo Frondizi, 1975

Las Naciones Formales limitan su accionar gubernamental por mandato e imposición de las potencias y de las corporaciones extranjeras a ellas vinculadas. Estos últimos factores de poder esconden sus intereses detrás de ideologías difundidas por sus intelectuales ubicados en el aparato cultural mediático, en las ONG y en los Organismos Internacionales.

La ideología neoliberal hoy es la gran ordenadora de las políticas de Estado de los países subdesarrollados. En base a dicho planteo, las Naciones Formales delegan su soberanía política y económica a las decisiones de la denominada “mano libre del mercado”. En los hechos concretos, esa decisión permite que un grupo reducido de corporaciones foráneas y de Estados extranjeros controlen y se apropien de la riqueza y de la capacidad de decisión de buena parte de los países del mundo.

Las Naciones Soberanas que se diputan el control del sistema-mundo planifican su política interna a largo plazo. Por ejemplo, la República Popular China lleva trece Planes Quinquenales integrales de desarrollo, que fueron diagramados por el Partido Comunista, que es quien controla los principales resortes del Estado. Del otro lado, está el modelo de planificación de los EUA, propio de la corporocracia o de los gobiernos de CEOS. Los norteamericanos no tienen un partido único como China, sino dos (Republicano y Demócrata) que son la polea de transmisión política de un grupo reducido de factores de presión. En la corporocracia los planes gubernamentales son diagramados por CEOS que controlan la Reserva Federal, las principales industrias y que financian y ordenan el comportamiento de los partidos políticos y de sus principales dirigentes, así como también de los periodistas. Las corporaciones influyen en la formación de los gabinetes y en la designación de los miembros de los Organismos Internacionales que llevan sus intereses al Orden Mundial. Es por eso que los partidos políticos en los EUA son sumamente conservadores y mantienen los grandes trazos de la gestión pública a lo largo del tiempo. Los norteamericanos planifican la política económica, financiera y comercial internacional con el FMI, la OMC, el BM y con las calificadoras de riesgo y los fondos de inversión. Además, tienen importante injerencia en el plano militar y geopolítico con la OTAN y con la ONU, entre otros organismos.

En las Naciones Formales, y en nombre de la no intervención del Estado, lo que se está favoreciendo es la injerencia de otros Estados y grupos de poder en la vida interna de su comunidad. En la actual división internacional del trabajo no se debate entre la posibilidad o no de planificar las políticas de Estado, sino simplemente se define quién es el actor que las impulsa y qué factor de poder las usufructúa. Las diversas Naciones Formales del mundo hoy se ven obligadas a optar entre aplicar un programa de desarrollo propio o de ser conducidas por China, por los EUA, Inglaterra u otra Nación Soberana.

La Planificación Nacional en la Argentina

“El concebir y proyectar un plan no representa sino un esfuerzo; la obra de arte está en realizarlo”. Juan D. Perón, 1946

A partir de la organización nacional, en el país hubo dos grandes Modelos de Desarrollo que fueron el liberalismo y el nacionalismo popular. Entre uno y otro se ubican el desarrollismo y el neoliberalismo. El liberalismo alcanzó su punto culmine de desenvolvimiento con Julio Argentino Roca y el nacionalismo popular se concretó durante las tres presidencias de Juan Domingo Perón. En democracia, el desarrollismo argentino tuvo auge con Arturo Frondizi y con Néstor Kirchner y el neoliberalismo lo aplicaron Carlos Menem y Fernando De la Rúa.

El liberalismo planificó aspectos fundamentales de la organización nacional. Julio Argentino Roca organizó la ocupación geográfica plena del suelo argentino con los Territorios Nacionales y expandió el Estado con la administración pública, los cuarteles y las escuelas. El liberalismo tuvo un ambicioso programa cultural y refundó el sistema educativo con la ley 1420/84 y con la ampliación de la infraestructura escolar. El Servicio Militar Obligatorio cumplió un rol nacionalizador muy importante sobre el inmigrante y uniformó la diversidad cultural propia de los extensos territorios. El liberalismo edificó una educación para la elite con los Colegios Nacionales y las universidades reglamentadas con la ley 1597/85. La organización económica y social quedó en manos del “mercado”, cuestión que permitió que los intereses británicos regulen el funcionamiento de los servicios públicos (transporte, puertos, etc.) y del sistema financiero. En nombre del dogma liberal, se implementó una política social caracterizada por la explotación del obrero y por la desprotección de su familia, tal cual lo documentó el informe redactado por Juan Bialet Massé.

El Justicialismo implementó la primera experiencia de planificación integral del desarrollo. En el año 1944, el gobierno militar creó el Consejo Nacional de Posguerra (Decreto 23.847)[1], y luego de las elecciones de 1946, la labor y las competencias del Consejo pasaron a la Secretaría Técnica de la Presidencia. 

El Consejo Nacional de Posguerra tenía funciones de relevamiento estadístico, de planeamiento económico y social, de asesoramiento y de fomento productivo, entre otras competencias. La tarea del organismo fue fundamental para idear y redactar los planes de nacionalización del Banco Central (Decreto 8503/46), de los depósitos bancarios (Decreto 11.554/46) y del Comercio exterior con el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI). 

Con estas tres reformas, el Justicialismo se garantizó los recursos para financiar el Primer Plan Quinquenal (1947-51), que fue diagramado por el Consejo Nacional de Posguerra. El Plan se presentó a la Legislatura en octubre del año 1946 y allí Perón destacó:

 “en 1810 fuimos libres políticamente. Ahora anhelamos ser económicamente independientes. Vasallaje por vasallaje no sé cuál sería peor (…) sin bases económicas no puede existir bienestar social; es necesario crear esas bases económicas (…) la finalidad que se ha perseguido es substancialmente de carácter social; situar la economía del país al servicio de todos los habitantes” (Plan de Gobierno, 1946: 84, 91 y 138).

El Plan se organizó en tres Títulos divididos en Capítulos. El primer título se refirió a la Gobernación del Estado e incluyó los apartados de Política, Salud Publica, Educación, Cultura, Justicia y Exterior. El segundo eje fue el de la Defensa Nacional. El tercer Título, Economía, contempló los capítulos Población, Obra Social, Energía, Trabajos Públicos y Transportes, Producción, Comercio Exterior y Finanzas. 

En el año 1952 el presidente Juan Domingo Perón elaboró el Segundo Plan Quinquenal (1953- 1957). Al momento de presentarlo al Congreso destacó que el primero:

“no pudo tener ni la racionalización absoluta de su contenido, ni tampoco los estudios de base permitieron afirmarlo en realidades absolutas (…) ha culminado con la realización de más de 75 mil obras en el orden material y muchas más en el orden moral e institucional de la Republica (…) La elaboración del 2° Plan Quinquenal ha sido más propicia y ajustada. Hemos tenido cinco años para preparar los organismos necesarios (…) los consejos de planificación en el orden federal y en el orden general de la Republica nos han permitido trabajar con racionalidad en la planificación” (Segundo Plan, 1952: 8 y 9).


La propuesta de este Segundo Plan tenía cinco apartados. El primero consistía en Acción Social y contempló los aspectos Organización del Pueblo —Población, Trabajo, Previsión, Educación, Cultura, Investigaciones Científicas y Técnicas, Salud Pública, Vivienda y Turismo—. El segundo apartado se trataba de Comercio y Finanzas y se incluyeron los ejes de Comercio Exterior, Comercio Interno, Política Crediticia, Política Monetaria y Política Impositiva, mientras que el tercer aspecto del Plan era el de Servicios y Trabajos Públicos y contempló los temas de Transportes, Vialidad, Puertos, Comunicaciones y Obras y Servicios Sanitarios. El cuarto apartado se trató de Acción Económica e incluyó la Acción Agraria, Acción Forestal, Minería, Combustibles, Hidráulica, Energía Eléctrica, Régimen de Empresas e Industria. El quinto y último aspecto del Segundo Plan Quinquenal fue el de la Racionalización Administrativa y se organizó en los puntos de Legislación General, Inversiones del Estado y Planes Militares.

El Segundo Plan Quinquenal quedó inconcluso por el golpe militar del año 1955. En 1973 el Justicialismo volvió a conducir los destinos de la Argentina y en línea con las iniciativas de las primeras presidencias, Juan Domingo Perón formuló y presentó al parlamento el Plan Trienal para la Reconstrucción y la Liberación Nacional (1974-1977). Allí destacó que “treinta años de lucha política por el país, en el pensamiento, la acción y la reflexión, me han suscitado la convicción de que nuestra Argentina necesita definir y escribir un Proyecto Nacional. Este Proyecto tiene que ser verdaderamente “nacional”; vale decir, realizado por el país” (Perón, 2006: 19). La propuesta fue precedida por un amplio acuerdo político, económico y social de carácter nacional. Perón impulsó un pacto con los partidos opositores por intermedio de La Hora del Pueblo (Noviembre de 1970), y a partir de la formulación de las Coincidencias Programáticas del Plenario de Organizaciones Sociales y Partidos Políticos (Diciembre de  1972), que fueron retomadas para escribir el Plan Trienal. El mandatario implementó un pacto social entre la CGT y la CGE con el Acta de Compromiso Nacional (Mayo de 1973). El gobierno formuló un importante sistema de acuerdos políticos e institucionales por intermedio de las Actas de Compromiso del Estado, de Compromiso para la Regularización de la deuda de las Empresas del Estado, de Reparación Histórica de las Provincias de Catamarca, la Rioja y San Luis y de Compromiso del Estado y los Productores para una política concertada de expansión agropecuaria y forestal. 

El Plan Trienal, que también quedó inconcluso producto del golpe de Estado de 1976, estaba compuesto por diez capítulos: Objetivos; Requisitos y Control del Plan; Políticas e Instrumentos del Plan; Producción y uso de Bienes y Servicios; Distribución del Ingreso, Empleo y Población; el Papel del Estado; Relaciones Económicas Internacionales; Grandes Proyectos y Programas; Lineamientos Sectoriales; y Lineamientos Regionales.

La tradición de la planificación Justicialista a la vuelta de la democracia

El Gobernador Antonio Cafiero (1987-1991) retomó la doctrina de la planificación Justicialista[2], y emulando el Consejo Nacional de Posguerra, fundó el Centro de Estudios para la Renovación Justicialista (CEPARJ), que diagramó un Programa de Desarrollo Bonaerense. La experiencia derivó en el Plan Trienal (1988-1991) que fue puesto en desenvolvimiento por intermedio de una amplia concertación social y política. Con este último fin, el Gobernador creó un sistema de Consejos y apoyó activamente el protagonismo popular y la autonomía municipal. Cafiero elevó el Plan a la Asamblea Legislativa en el año 1989 destacando que se propuso:

“reconstruir una voluntad comunitaria que recreara la noción de pertenencia, de integración al conjunto y de destino individual ligado al destino colectivo. Así, la programación se convirtió en una dinámica mediante la cual el Gobierno Bonaerense recogió las aspiraciones de la comunidad, tomó medidas e indujo comportamientos para hacer efectivo su compromiso en la formulación de políticas dirigidas a la satisfacción de las necesidades sociales” (Recalde, 2020: 126).

El Plan Trienal incluyó los ejes Calidad de vida y Distribución del Ingreso (salud, educación y cultura, vivienda, menor y familia, aguas y cloacas, seguridad, sistema previsional, deportes y turismo y cultura); Grandes emprendimientos (inundaciones, conurbano y Río Salado); Transformaciones del Estado (Reforma de la Administración, Estatuto del empleado público, Administración y programación presupuestaria, Control, Responsabilidad de funcionarios y Reformas del Poder Judicial); Relaciones con los municipios (obras, Carta Orgánica Municipal, coparticipación y asistencia crediticia); Infraestructura económica (caminos, energía, transporte y puertos); Actividad económica (parques industriales, apoyo a las PYMES y créditos del Banco Provincia); Comercio (comercialización y Mercado Central); Sector Primario (agricultura, ganadería y pesca); y Organismos de apoyo (Banco de la Provincia y Comisión de Investigaciones Científicas).

Los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández recuperaron la voluntad nacional planificadora. Si bien no se diagramó un Plan Integral de desarrollo nacional como en los años 1947 o 1974, sí se crearon iniciativas parciales en áreas estratégicas.

Con este fin, Kirchner creó el Ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios (Decreto 1142/03), organismo que tuvo en su órbita las carteras de Energía, Comunicaciones, Obras Públicas, Recursos Hídricos, Desarrollo Urbano y Vivienda, Sector Minero y Transporte. El MINLAN promovió el Plan Estratégico Territorial, el Plan Nuclear Argentino y el Plan Satelital Geoestacionario Argentino. Desde otros Ministerios se formularon el Plan Estratégico Agroalimentario y Agroindustrial 2010-2016, el Plan Estratégico Industrial 2020 y el Plan Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva Argentina Innovadora 2020. La mayoría de estas iniciativas fueron interrumpidas en 2015.

 

En el mes de diciembre del año 2019 asumió un nuevo proyecto político de orientación Justicialista. Al igual que los gobiernos anteriores, se encuentra frente a la decisión de optar entre la Planificación Nacional o el Subdesarrollo.

Bibliografía

Cafiero, Antonio (1974), De la Economía social Justicialista al régimen Liberal Capitalista, EUDEBA, Buenos Aires.

Falivene G. y Dalbosco H. (2019) El Estado peronista, los Planes quinquenales del peronismo, EDUNPAZ, Buenos Aires.

Frondizi, Arturo (1983) El movimiento nacional: fundamentos de su estrategia, Paidos, Buenos Aires.

Godoy, Juan (2020) Juan Ignacio San Martín: lealtad y lucha por la ruptura de la dependencia, Cuaderno de Trabajo N° 26 del CEHA, Buenos Aires.

Perón, Juan Domingo (2006) El Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, INJDP, CABA.

Plan de Gobierno 1947-1951 (1946) Presidencia de la Nación, Secretaría Técnica, Buenos Aires.

Plan Trienal para la Reconstrucción y la Liberación Nacional 1974 – 1977 (1973), Poder Ejecutivo Nacional, Buenos Aires.

Recalde, Aritz (2020) Antonio Cafiero, el estadista bonaerense, Fabro, CABA. 

Segundo Plan Quinquenal (1952) Presidencia de la Nación, Subsecretaría de Informaciones, Buenos Aires.

Vega, Gustavo (2017) Planificar la Argentina justa, libre y soberana: el consejo Nacional de Posguerra 1944-1946, UNQ, Buenos Aires.



[1] Perón condensó una larga historia de planificadores militares de siglo XX entre los cuales se destacaron Enrique Mosconi (petróleo), Manuel Savio (siderurgia), Juan Ignacio San Martín (aeronáutica) y Enrique Gugliarmelli (desarrollo), entre otros.  

[2]Con anterioridad a Cafiero, la Provincia de Buenos Aires había sido gestionada en base a planes integrales de desarrollo con los gobernadores Domingo Mercante (1946-1952) y Manuel Fresco (1936-1940).

En la vida espiritual el que no avanza, retrocede

                                                               Alberto Buela (*)


                                              Al Chino Fernández, in memoriam

Cuando de la realidad borramos o ignoramos su dimensión sobrenatural (la que no podemos explicar a través de la razón calculadora), no la logramos entender, pues la realidad no se convierte de suyo en natural sino en una realidad antinatural.

Este es un principio fundamental en la vida del espíritu que ha sido dejado de lado tanto en el conocer como en el ser. Tanto en el ámbito del conocimiento como en el dominio de la falsa espiritualidad moderna en sus múltiples variantes. Un ejemplo vale por mil palabras, así cuando la reforma luterana negó la idea católica de matrimonio como sacramento indisoluble, sosteniendo que el matrimonio es un asunto humano contractual permitiendo el divorcio, ello terminó en el matrimonio civil de Napoleón, que hoy se extendió a los matrimonios antinaturales de gays y lesbianas.

Cuando afirmamos con total certeza que en la vida espiritual el que no avanza retrocede nos estamos apoyando en este principio superior: si negamos lo sobrenatural terminamos afirmando lo antinatural.

La idea de progreso, tan antigua como el mundo, pero modernamente desde Kant para acá, nos dice que el mundo y el hombre progresan ineluctablemente a través de la historia. Esta idea encierra en sí contradicciones insalvables. Así, en pleno siglo XX, época de esplendor de la ciencia y la tecnología, el progreso exponencial de éstas produjo la bomba atómica con miles y miles de muertos inocentes. Sabemos que el mal en el inocente es inexplicable. Es una perversión de la causa que lo comete, sea un sujeto sea una disciplina.

El capitalismo liberal entendió el progreso como un proceso de acumulación y así llegamos en el siglo XXI a una sociedad de consumo cada vez más desigual e injusta.

El socialismo marxista lo entendió como la construcción de “la sociedad comunistas de los productores asociados” y terminó después de setenta años con un costo de 100 millones de muertos.

Los antiguos filósofos lo entendieron como el paso de lo peor a lo mejor.

Desde el punto de vista del espíritu, esto es, del conocer profundo, el progreso se desarrolla en intensidad o en profundidad. Nunca lineal ni horizontalmente. La profundidad del progreso nos indica el grado de interiorización existencial del sujeto.

Y este es el sentido profundo del progreso, la interiorización cada vez más intensa de las verdades que conocemos, o mejor, que barruntamos. El proceso de interiorización tiene grados sucesivos que contienen unos a otros en una jerarquía similar a la celeste.

La teología, un ámbito que estamos orillando, se maneja con dogmas que son fórmulas que nos dicen qué hacer y qué pensar, mientras que la filosofía es un saber profano que no puede vivir de fórmulas sino que tiene que correr el riesgo del pensamiento. Nadie dispensa al filósofo de pensar por sí y hacer avanzar su ciencia.

Pero es cierto también que la filosofía tiene fórmulas o principios a priori como los de no contradicción (una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto) o el de identidad (todo lo que es, es idéntico a sí mismo), pero esas fórmulas al igual que las de la teología hay que interiorizarlas, hacerlas propias. Que penetren en la consciencia profunda del yo personal.

Pero esto no basta, una vez que uno asume estas verdades y valores de mayor jerarquía, no se puede, hablando en criollo, dormir en los laureles sino que tiene que actualizarlos, y esa actualización supone un trabajo constante, porque el progreso en la interiorización conlleva el riesgo de la regresión, sino avanzamos en forma permanente.

El carácter de regresible del proceso de interiorización de verdades espirituales nos puede llevar a un retroceso que nos haga perder lo ganado. Ello nos obliga a estar siempre atentos, siempre prestos, siempre despiertos no solo para defender nuestras conquistas existenciales sino para lograr cada vez una visión más clara, profunda e intensa de éstas.

Llegados a esta dimensión del ser y del obrar el sujeto muestra que la virtud no se agota en el control de las pasiones sino que se muestra en las preferencias. No solo es libre sino que puede ser “más libre”, no aspira solo a querer algo sino a quererlo mejor, nos enseña el filósofo español Leonardo Polo.

Llegamos así a la fórmula de nuestro título: en la vida espiritual el que no avanza, retrocede.

 

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