lunes, 1 de agosto de 2016

El peronismo después de las derrotas – El PJ



En la primera parte de esta exploración di por sentado la vigencia del peronismo, como la opción política que votan “los de abajo”. Además de lo que comenté ahí, y de los argumentos en los laaargos debates que este blog subió en 9 años, hay un dato práctico: para enfrentar a la coalición oficialista en las elecciones del año que viene, no parece posible que otras fuerzas, con otras identidades, sumen aunque sea cerca de los votos que reunirán las que en las distintas provincias -probablemente con diferentes siglas- reivindiquen una identidad peronista.

Nada es para siempre. No se puede descartar que otra expresión política alguna vez ocupe el lugar que el peronismo tuvo, para bien y para mal, estos 70 años. Pero en doce meses, más o menos… No lo creo.

Por supuesto, el peronismo, como todas las cosas vivas, cambia. También para bien y para mal. No fueron iguales, ni podían serlo porque el país y el mundo habían cambiado, el peronismo fundacional del ´45/55, el peronismo de base sindical que le dio continuidad después y perduró hasta los ´80, la dramática experiencia de Perón en los ´70, el de Menem, el de los Kirchner. No corresponde “meterlos en la misma bolsa” en su valoración. Sus consecuencias para el pueblo y para la Patria tampoco fueron las mismas.

Pero decir que una o dos de esas son las “auténticas”, y las otras falsificaciones, es a mi entender un gesto de soberbia ideológica bastante estúpido. Los votantes las eligieron, y ese era el criterio fundamental para su fundador. También para la Sra. Realidad.

Insistí en esa primera parte con algo que vengo planteando hace tiempo en el blog, y que resulta obvio si uno lo piensa: la nueva versión del peronismo, cuando (y si) vuelva a gobernar, será decidida por la puja interna. Con alguna participación externa, cómo no. El criterio decisivo será, nuevamente, lo que sus votantes acepten.

Hoy en el peronismo -siempre diverso y en evolución- aparecen dos realidades políticas fundamentales. Lo dicen los medios y esta vez tienen razón… en estos meses y en la superficie, al menos. Cristina Kirchner, la militancia y los (pocos) dirigentes que se referencian en ella, y el sector de la población que la identifica con una experiencia que valoran, por un lado. El Partido Justicialista, los gobernadores y los (muchos) dirigentes que se referencian en él, y la mayoría de los aparatos territoriales, por el otro.

Aclaro “en la superficie” porque si uno aparta el ruido mediático y algunas declaraciones de dirigentes, la cosa no es tan así. No es sólo que todos hablan con todos, tanteando candidaturas, alianzas… En las estructuras políticas provinciales del peronismo -que son las que protagonizarán las elecciones del año próximo- la separación entre quienes reivindican la conducción de CFK y los que no… es menos rotunda de lo que pueden imaginar los de afuera.

En las provincias que gobierna el peronismo, la referencia es el goberna. Y como faltan más de tres años para su previsto reemplazo o reelección, no hay oposición interna abierta. Aún el kirchnerismo cordobés, chúcaro si los hay, acepta en la práctica la hegemonía de De la Sota-Schiaretti. Donde no gobierna el PJ, lo más frecuente es que las distintas agrupaciones mantengan acuerdos y hagan actos y movilizaciones en común. Cuando hay divisiones en los bloques provinciales, como en la legislatura de Buenos Aires, más que la mayor o menor cercanía con Cristina pesan ambiciones y rivalidades.

Tal vez el ejemplo más sugestivo es el de la C.A.B.A. Porque por lo menos la mitad de los votantes porteños del Frente para la Victoria en las anteriores elecciones, si no más, estaban más identificados con la experiencia kirchnerista con el peronismo tradicional. Pero el P. J. Capital está manejado, sin enfrentamientos graves, por los aparatos de La Cámpora (“cristinistas”), UPCN-Lista Blanca, SUTERH (sindicalismo tradicional) y varias agrupaciones territoriales. Los militantes veteranos de la Capital pueden recordar peleas internas mucho más enconadas que las actuales.

No hay “unidad de concepción”, es cierto. Pero sí hay acuerdos en las oficinas y en la calle. Como dice el poeta, no los une el amor, sino el espanto. O sea, Macri.

Todo esto no significa que la distinción entre esas dos realidades políticas -Cristina y el Consejo Nacional del PJ, simplificando mucho- no sea real. Vaya si lo es. El de CFK es un liderazgo, como se describió en ese posteo anterior, basado en la adhesión popular y una militancia fervorosa. No tiene hoy estructuras sociales detrás, como los gremios que el peronismo conservó o recuperó después del ’55. Esto lleva a una estrategia de enfrentamiento frontal con el gobierno, porque no está obligada a defender (negociar por) bases de poder. Le conviene a ella, porque refuerza esa adhesión entre los perjudicados por el gobierno. Y le conviene a Macri, porque refuerza la adhesión del anti kirchnerismo cerril.

El Consejo Nacional no lidera nada. Su legitimidad es legal, y es aceptada por el conjunto (anche Cristina, tácitamente) por la necesidad de contar con una herramienta legal. Aunque cuenta con representación sindical en su seno, el gremialismo, aún el mayoritario peronista, no está más comprometido con él que con CFK. Expresa, sí, la suma de los respaldos que tienen en sus respectivos distritos (todos) los gobernadores y (la mayoría de) los intendentes peronistas (esto también es una simplificación, eh). Su estrategia, si se puede llamar así, está condicionada por la necesidad y el deseo de mantener en el PJ a los dirigentes locales que quieren una buena relación con Macri (como Menem la tuvo con Alfonsín) y a otros que sólo están interesados en conservar sus distritos. En realidad, el C. N. es visto por ellos, y se ve a sí mismo, como una transición a la futura conducción, que surgirá de los que ganen en esas elecciones del año que viene.

¿Es una situación estable? En mi opinión, no. El peronismo hoy no tiene un mensaje claro y coherente para la sociedad, aparte del que emite, espaciadamente, Cristina. Hay, es cierto, una cantidad importante (¿un 50 %?; en el sindicalismo bastante más) en la franja de militantes, activistas y dirigentes locales que no aceptan incondicionalmente -lo digan en público o no- una conducción de CFK y/o tienen reservas con La Cámpora o Nuevo Encuentro. ¿Y? Ya se sabe, o debería saberse, que la negación no es suficiente. Falta una propuesta, o el comienzo de una. (Algunas autoridades del PJ están conscientes de eso: de ahí la Declaración de Formosa. Pero es un vaso de agua en el Sahara).


¿Qué es lo que cambiará este mapa, creo, bastante antes de marzo del año que viene? El resto de la sociedad argentina. Si el peronismo es el partido de los de abajo, el “medio”, que en noviembre votó en buena parte para Macri, va a empezar a dar señales de hacia dónde se inclinará. Y el de “los de arriba”, ahora que tiene el gobierno ¿va a quedarse conforme? No está en la naturaleza humana. La dirigencia del sindicalismo peronista, que piensa -muchos de ellos- que la política no es hoy su problema inmediato, debe leer este editorial de La Nación de ayer y preocuparse

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