martes, 27 de diciembre de 2016

LA MUERTE DE JOÃO GOULART



JOÃO VICENTE GOULART MANTIENE LA SOSPECHA DE QUE SU PADRE, JANGO, FUE ASESINADO POR EL PLAN CÓNDOR

“Es casi imposible hallar pruebas categóricas después de 37 años”
El hijo del ex presidente de Brasil habla sobre el exilio de Goulart y los entretelones de la amistad que lo unía con Perón. Cree que el peritaje del cadáver no es concluyente sobre las causas de su muerte.

“El general Perón recibió al presidente Goulart de pantuflas en Madrid, Hola Janguito, le dijo, ellos eran viejos amigos, hablaron de la recuperación de la democracia en Brasil, yo tenía 15 años, fue una charla que nunca olvidaré”. Joao Vicente Goulart cuenta que tomaba nota de las reuniones de su padre durante el exilio iniciado en 1964 tras ser derrocado por los militares, y tiene “muy fresco” el registro de aquella cita en Puerta de Hierro.

“Ese encuentro con Perón fue un momento importante para mi padre, que a partir de esa charla él terminó de decidir que dejaría Uruguay donde la situación era muy complicada para radicarse en Argentina”, cuenta Joao Vicente en un español rioplantense durante esta conversación de más de dos horas en su departamento de Brasilia, al cumplirse 40 años de la muerte del mandatario en su estancia de la provincia de Corrientes.

“Qué cosas que tiene la historia, quién se hubiera imaginado que en el año del aniversario del fallecimiento de Jango, del presidente, de esa muerte que nosotros seguimos sospechando que fue un asesinato ordenado por la dictadura brasileña con la complicidad de la de Argentina, íbamos a estar viviendo bajo un gobierno golpista como es éste de Michel Temer”.

–Le propongo volver al verano madrileño del 72.

–Mi padre y yo estábamos en un hotel, suena el teléfono, atiendo y del otro lado me dicen “Habla el general Perón”, me quedé helado, allí se marcó el encuentro, y nos fuimos para Puerta de Hierro donde el que salió a atendernos fue el brujo López Rega, muy atento, servía café, estaba al tanto de todo.

Perón y Jango se conocían desde los años 50, cuando mi padre era un hombre de treinta y pico de años, por eso Perón lo llamaba Janguito y mi padre lo trataba de presidente.

Papá quedó entusiasmado porque Perón le aseguró de que cuando volviera al gobierno argentino iban a estar dadas las condiciones para que viviera seguro en Buenos Aires, y desde allí poder preparar su retorno a Brasil para sacar a los militares. Perón era un tipo imponente, convincente y sus palabras fueron esperanzadoras. Mi padre vivía pensando en el retorno. Había planeado todo para regresar a Brasil para presionar a los militares por la transición y sabía que necesitaba un plafón internacional. Tenía buenos contactos con el senador norteamericano Ted Kennedy y estaba organizando una visita al Vaticano, como parte del respaldo internacional.

Con Perón estando en la presidencia, Argentina se iba a convertir en una especie de plataforma para los demócratas que habían sido expulsados por las dictaduras sudamericanas. Acordate que a Buenos fueron a vivir el presidente derrocado boliviano (Juan José) Torres, que también quería volver a su país, los uruguayos Zelmar Michellini (senador) y Gutiérrez Ruiz (diputado), que estaban reorganizando la resistencia democrática.

–Ustedes vivían en Uruguay desde 1964

–Sí, allá nos radicamos con mi padre, mi madre y mi hermana tras el golpe. Siempre nos vigilaron los servicios brasileños y uruguayos, desde que llegamos, por eso mi padre se movía con ciudado, y con el correr de los años las cosas empeoraron considerablemente. Uruguay era casi un apéndice de la dictadura brasileña, estaba infectados de agentes, de agregados militares, la coordinación que había era total, y con la supervisión de Estados Unidos, no te olvides que a Uruguay vino a coordinar la represión Dan Mitrione, el norteamericano que antes había estado haciendo lo mismo en Brasil, y que luego fue secuestrado por los Tupamaros.

–Historia contada en la película Estado de Sitio.

–Allí se ve cómo la guerrilla tiene información sobre el accionar norteamericano en Brasil y Uruguay, y de cómo se iba cerrando el cerco en Uruguay hasta que llegó la dictadura de 1973. Pero antes de la dictadura ya se vivía un sistema autoritario. No había más condiciones de vivir con un mínimo de seguridad en Uruguay.

Mi padre sabía que estaban sobre sus pasos. Antes de viajar a Madrid en 1972, pasamos por Ginebra donde se nos informó que mi padre estaba en la mira para ser asesinado. Incluso un grupo de Tupamaros se comunicó con mi padre para decirle que si alguien lo secuestraba no iban a ser ellos, que ellos lo respetaban mucho y nunca harían eso, pero que se cuidara de los militares. Con toda esa situación complicada en Uruguay en 1973, y con Perón de vuelta en Argentina, nos vamos a Buenos Aires donde alquilamos un departamento de dos cuartos en Barrio Norte, creo que era Juncal y Ugarteche.

Jango se radicó en Argentina con la cédula de identidad y los documentos en regla que le facilitó Perón, luego de que el Ministerio de Interior uruguayo le negó los papeles, porque en ese entonces Uruguay era un títere absoluto de Brasil.

En todo ese contexto estar en Argentina era todo lo que necesitaba para organizar el retorno a Brasil. Jango llegó con mucha esperanza, pero las cosas comenzaron a complicarse, empezaron las matanzas de la Triple A, y ya no era fácil que Perón lo recibiera.

–¿Hubo más reuniones con Perón?

– Jango lo vio de vuelta en la residencia de Olivos, en 1974, pero le costó mucho arreglar la reunión. López Rega obstruyó las relaciones con Perón. López Rega ahora era el hombre fuerte y sabía que papá se comunicaba con la izquierda del peronismo. Mi padre era un político de diálogo, tenía buena relación con Jorge Antonio, que nos había facilitado el encuentro en Madrid, y al mismo tiempo tenía algunos contactos con gente de Montoneros, no por afinidad ideológica, pero igual conversaba.

Esta charla con Perón en Olivos fue corta, no tuvo el clima de la charla en Madrid, Perón ya estaba medio enfermo. Yo no estuve, pero papá me contó que Perón ya no era el mismo, me dijo que estaba fuera de la realidad, lo vio muy cercado por gente de la derecha. Fue el último encuentro. Después papá estuvo en el velorio de Perón y fue una de las personas que se pudo acercar y puso la mano sobre el cajón. Eso lo vi por televisión, yo no fui al velorio. La muerte de Perón lo preocupó mucho, al año siguiente mi padre nos envió a mi hermana y a mí a estudiar a Inglaterra, él temía por nuestra seguridad.

La pista del veneno
El 6 de diciembre de 1976 Jango Goulart murió en su estancia de Mercedes, en el interior de Corrientes, de un paro cardíaco, según el laudo médico, “pese a que no se le hizo una autopsia ni en Argentina, ni en Brasil, donde fueron llevados sus restos, la dictadura prohibió terminantemente que la hicieran, todo lo que ocurrió fue muy sospechoso, para nosotros la posibilidad de un envenamiento sigue siendo una hipótesis importante” señala Joao Vicente, autor de “Jango y yo, memorias de un exilio sin vuelta”, lanzado precisamente el pasado 6 de diciembre.

–El cadáver fue exhumado en 2013 y no hubo pruebas de envenamiento.

–No hubo pruebas concluyentes. Esto quiere decir que no se puede asegurar que lo envenaron, pero tampoco hubo pruebas concluyentes de que fue una muerte natural. Es casi imposible encontrar evidencias categóricas de un crimen en un cuerpo después de 37 años, la exhumación fue en 2013. Pero para nuestra sorpresa los peritos que analizaron sus restos encontraron una substancia química extraña, que tendrá que ser estudiada en profundidad. Nos dijeron que esa sustancia puede confirmar la hipótesis del veneno, pero esto necesita de más exámenes.

–¿Qué le hace suponer que fue envenenado?

– En primer lugar las circunstancias políticas, en 1976 el Plan Cóndor mató a Michellini, Gutiérrez Ruiz y Torres en Buenos Aires, tres amigos de mi padre que también estaban organizándose para restablecer las democracias sudamericanas. Ese año también fueron muertos, o murieron en Brasil, en situaciones poco claras, el expresidente Juscelino Kubitschek y Carlos Lacerda, dos políticos de centro que habían formado con mi padre un Frente Amplio para oponerse a la dictadura brasileña. Y después están las sospechas de que le introdujeron sustancias tóxicas en la medicina que tomaba habitualmente. No estamos partiendo de una mera especulación sino que nos basamos en varios indicios.

–¿Cuál es la pista del veneno?

– Son varias informaciones que confluyen en la misma idea. Una nos fue dada por el exagente uruguayo Mario Neira quien nos contó cómo se planeó el envenamiento con muchos detalles, con informaciones que yo pude confirmar en algunos casos. Ese testimonio incluye un encuentro entre uno de los jefes de la represión en Brasil, Sergio Fleury, con el jefe de la estación de la CIA en Uruguay, Frederick Latrash, que es un personaje de peso en los servicios norteamericanos y había estado antes en Bolivia y Chile, donde hubo otros golpes. En esa reunión de Fleury y Latrash en 1976, en Uruguay, se habría pactado la muerte de papá. Esa posibilidad se hace más importante cuando vemos que en Chile, donde estuvo Latrash, se habían desarrollado armas químicas para eliminar a enemigos de Pinochet. El químico a cargo de ese proyecto era Eugenio Berríos, un personaje asesinado en Uruguay en los años 90, en un caso que parece haber sido una quema de archivo.

Y con el correr de los años se descubre que esas armas químicas habrían matado al expresidente Eduardo Frei. Estuve en Chile y hablé con el juez Alejandro Madrid, a cargo de ese caso, y volví con más elementos para decir que la muerte del presidente Jango no fue natural. Por eso hemos pedido que se interrogue a Latrash, al ex agente de la CIA Michael Townley, que tiene varios atentados del Cóndor en su prontuario y trabajó con el químico Berríos y por supuesto a Henry Kissinger.

Es prácticamente imposible que Kissinger ignorara que mi padre estaba en la mira del Cóndor. Hay un documento de 1972 en el que se ordena a los agentes de la CIA y otras agencias que se informe al gobierno norteamericano antes de la eliminación de un presidente o un ex presidente. Quiere decir que si se tomó la decisión de matar al presidente Jango esto tenía que ser avisado a Washington para recibir la luz verde.

– ¿Cree que Kissinger será interrogado?

–Nosotros requerimos que Brasil solicite a las autoridades norteamericanas que se haga la audiencia, pero sinceramente no creo que el gobierno de Temer, por su condición de golpista y subordinado a Estados Unidos, haga algo para ayudar a este pedido. Lo que nos da alguna esperanza es que la procuradora federal Suzete Bragagnolo haya anunciado el pedido del interrogatorio a Kissinger hace dos semanas.

Una gambeta de Pelé
En Uruguay Goulart se hizo hincha de Peñarol y su hijo de Nacional, mientras en Brasil el dictador Emilio Garrastazú Médici recibía a la selección campeona del mundo y alzaba la Copa Jules Rimet junto a Pelé, artífice de la victoria en el Mundial de 1970 jugado en México. “Brasil, ámelo o déjelo” fue el lema a través del cual el régimen se promovía a sí mismo enancado en la euforia popular por el logro deportivo. Aquel 1970 fue uno de los años más duros de la represión interna, mientras en el exterior los agentes brasileños espiaban y secuestraban opositores, así ocurrió en Uruguay y en Argentina, a través de operativos en los que ya se ponían en acción la cooperación represiva que se formalizó años más tarde con el surgimiento del Cóndor.

–¿Pelé estuvo en Uruguay con Goulart?

–Fue una anécdota interesante, yo tenía unos 12 o 13 años, me acuerdo porque era todo un acontecimiento ver a los jugadores de la selección brasileña que había ido a jugar un amistoso en Uruguay.


La gente, o alguien de la selección se comunicó para decir que querían ver al presidente Goulart, y finalmente vinieron, con el capitán del equipo que en esa época era Wilson Piazza. Mi padre los recibió, se saludaron y Piazza le dijo “lamentablemente nuestro rey Pelé tuvo una gripe política inesperada y no pudo venir” y papá le respondió “no se preocupe muchos tienen miedo de aparecer al lado mío, esto es normal”.

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