lunes, 30 de agosto de 2021

SIN PLAN PARA MALVINAS

  Dr. César Augusto Lerena para "El Economista".

 25 de agosto de 2021.


Observo en los últimos tiempos que hay una mayor atención en la cuestión Malvinas; desde, la puesta en duda sobre su pertenencia hasta la reivindicación de derechos.  En medio de ello, nuestros funcionarios se limitan a invitar a dialogar por enésima vez a Gran Bretaña y a resaltar las fechas conmemorativas, sin lograr un solo avance, mientras que los ingleses, controlan cada día más nuestro territorio.

El próximo 40 aniversario de la recuperación de Malvinas nos encontrará peor que en 1982: el mar argentino más ocupado y con una secretaría de Malvinas inerte. 

En 1982 el Reino Unido tenía invadida 11.410 km2 (Malvinas) y hoy tiene ocupados y explota 1.650.000 km2 de territorio marítimo e insular. Más de 100 buques operando en Malvinas que extraen 250 mil toneladas anuales de recursos pesqueros por valor de mil millones de dólares anuales y, en todo el Atlántico Sur, más de 350 buques extranjeros se llevan anualmente un millón de toneladas por un valor de cuatro mil millones de dólares, el doble de las exportaciones argentinas. Si se hubiesen promovidos acuerdos entre empresas para la pesca de los recursos migratorios en alta mar otro hubiese el desarrollo empresario y social de la Patagonia.    

Ahora, el gobierno ilegal de Malvinas está en proceso de construir un puerto en Malvinas que se constituirá en la puerta de acceso a la Antártida y de logística de los buques que operan al sur del Mar argentino, remplazando a Ushuaia y a otros puertos del litoral nacional. Desde la firma de los Acuerdos de Madrid (1989/90) los británicos se llevaron recursos migratorios argentinos por valor de 32 mil millones de dólares.       

Sin embargo, los gobiernos no han tenido voluntad de desechar los Acuerdos de Madrid ni el Pacto de Foradori-Duncan (2016), puestos ejecución sin aprobación del Congreso, en los que se incluyeron por primera vez, las Islas Georgias del Sur y Sándwich del Sur. Les permitió a los británicos avanzar los millones de km2 referidos; regular el movimiento de las naves militares argentinas; facilitar la relación de Malvinas con Brasil y Chile y, con ello, el contacto comercial de las islas con el mundo e implementó la “fórmula del Paraguas” que permite que Gran Bretaña avance y Argentina esté congelada.

Par otra parte, el abogado Marcelo Kohen, que hoy asesora al presidente de la Nación en el Consejo Nacional de Malvinas, elaboró en 2018 un plan que les permitiría a los isleños establecer -entre otras cosas- quiénes podían o no radicarse en las Islas y, a los treinta años, tener un referéndum para determinar si adoptan la soberanía británica o argentina. Un Plan que pondría en manos británicas la soberanía de Malvinas, ya que es de esperar, que, si los isleños británicos son los únicos que votan, ocurriría lo mismo que ya ocurrió en el referéndum ilegal de 2013, donde el 99% opto por continuar siendo súbditos británicos.  

Por su parte, Uruguay abre sus puertos a la pesca ilegal en el Atlántico Sur y tiene previsto para 2022 la habilitación del puerto pesquero Capurro, para atender la operatoria y logística de los buques que pescan en el Atlántico Sur y en Malvinas y, licitar su operación que, si son “empresas chinas”, tanto Uruguay como la Argentina, perderán el control de la pesca, en una región donde los buques chinos son mayoritarios, aunque también pescan españoles, coreanos y taiwaneses. El atlántico sur está internacionalizado y ello dio lugar a la presencia de buques de las fuerzas armadas de Estados Unidos, bajo pretexto de controlar la pesca ilegal.

En medio de ello, debemos sumar la revitalización de algunas declaraciones que refieren a que las Malvinas no son argentinas, como es el caso de la candidata a diputada Sabrina Ajmecht y de la reiterada declaración en ese sentido de Beatriz Sarlo. Llama la atención, en ambos casos que se preocupen por supuestos derechos de tres mil ocupantes de Malvinas y no por los millones de argentinos que han perdido casi todos sus derechos básicos, como la educación, el trabajo, la vivienda, etc. Estas declaraciones se reflotan en coincidencia con el Brexit, donde el Reino Unido necesita fortalecer su pertenencia sobre los territorios de ultramar.

Debería agregar: que todas las empresas que pescan en el Atlántico Sur y Malvinas lo hacen  subsidiadas; las certificadoras internacionales de productos pesqueros avanzan para decirnos qué empresa podrá o no exportar a los mercados; nuestro Congreso promueve un área Marina Protegida  Agujero Azul que dará argumentos al Reino Unido para establecer nuevas restricciones a Argentina, impedirá la pesca argentina y encarecerá la gestión  en lugar de darle los medios al INIDEP para que cumpla con la tarea de asegurar una pesca sostenible y, también hay quienes promueven la creación de Organizaciones Regionales (OROP) que reafirmarán a las empresas extranjeras y al Reino Unido en la administración de aguas argentinas.

Hace casi sesenta años que los gobiernos argentinos promueven el diálogo y la cooperación unilateral, sin éxito. La Argentina tiene recursos diplomáticos, económicos, técnicos, biológicos y empresarios, para que, en forma pacífica, pueda cambiarse este modelo que impide el desarrollo regional, la generación de empleo y el fortalecimiento nacional, alcanzando mejores condiciones para estar más cerca de recuperar la integridad territorial con las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sándwich del Sur y los mares correspondientes y, la disputa sobre la Plataforma Continental y la Antártida.              

martes, 24 de agosto de 2021

El Nominalismo y derrota de Afganistán

 por William Lind 


Los republicanos están tratando de culpar al presidente Biden por la derrota en Afganistán, mientras que los demócratas apuntan al acuerdo de paz del presidente Trump con los talibanes como la causa. De hecho, una victoria del talibán se hizo inevitable cuando, al comienzo de la guerra, los Estados Unidos ampliaron sus objetivos de expulsar o matar a al Qaeda a convertir Afganistán en una democracia laica y moderna. Ese objetivo era inalcanzable, hiciéramos lo que hiciéramos. Si queremos culpar a los presidentes, los culpables son el idiota de George W. Bush y el cabeza hueca de Barack Obama. El primero permitió que la misión avanzara y el segundo presidió su continuación, contento con patear la lata por el camino. Es mérito tanto de Biden como de Trump que, después de diecinueve años de fracaso, tomaron y mantuvieron la decisión de desconectarse.

Pero, ¿cómo pudo todo el sistema de defensa y de política exterior de Washington equivocarse tanto? Una respuesta es que, si quiere convertirse en miembro del establishment y seguir siéndolo, nunca se deben hacer olas. Dado que casi todas las personas en cuestión quieren ser algo, no hacer algo, siguen esa regla sin importar a dónde los lleve. Una derrota en la guerra no es más que un asunto menor si se compara con un riesgo para sus carreras.

Otra respuesta es que los miembros del establishment son casi todos nominalistas. Es decir, si le dan un nombre a algo, adquiere existencia real en sus mentes. El Ejército Nacional Afgano ofrece un ejemplo perfecto. Debido a que lo llamamos ejército, le dimos mucho dinero, equipo y entrenamiento estadounidense, y conocíamos su orden de batalla, era un ejército. Pero no fue así. Aparte de unas pocas unidades de comando, era una colección heterogénea de hombres que necesitaban trabajo y tenían poco o ningún interés en pelear. Esos hombres rara vez recibían su sueldo, porque se los robaron antes de que les llegara. Las raciones y las municiones, a menudo, corrían la misma suerte. Ese ejército se derrumbó de la noche a la mañana porque nunca existió, realmente, fuera de las mentes de los nominalistas del establishment.

Ese mismo nominalismo se aplicó a todo el gobierno afgano. Los nominalistas de Washington pensaron que era real; Los afganos sabían que no lo era. Un comandante de batallón de la Infantería de Marina que acaba de regresar de Afganistán lo expresó mejor. Dijo: “Hablar con un aldeano afgano del siglo XIV sobre el gobierno de Kabul es como hablar con tu gato sobre el lado oscuro de la Luna. No sabe cómo es y a él no le importa ".

Vemos el nominalismo a lo largo de toda la formulación de políticas estadounidenses. Los nominalistas de Washington pensaron que Irak era un Estado. No lo es, porque el poder real está en manos de milicias étnicas y religiosas. El Estado es simplemente una fachada, pero como tiene un parlamento, elecciones, ministros de gabinete, etc., es real para los nominalistas. No es sorprendente que nuestra política haya habido una serie de desastres desde el desastre inicial de invadir el lugar.

El nominalismo de la élite de Washington no se limita a la política exterior. Mira al ejército de los EE UU de la misma manera. Si llamas a algo ejército, debe ser capaz de luchar, aunque hayas llenado sus filas con mujeres, hayas hecho que la promoción dependa de la corrección política en lugar de la capacidad militar y le hayas dado burócratas militares en vez de generales. Cuando pierde una guerra, como acaba de pasar en Afganistán, debe ser una cuestión de mala suerte. No se reconoce el hecho de que dejó de ser un verdadero ejército hace décadas.

Los civiles del establishment de Washington se han empapado de nominalismo desde que comenzaron su "educación" en varias instituciones de élite. Ay de cualquiera que haya señalado que la ONU ha demostrado ser inútil en una crisis tras otra, que nuestros aliados "democráticos" son en realidad oligarquías o que los "derechos humanos" varían, enormemente, en su definición de una cultura y pueblo a otro. Llamar a una entidad Estado o ejército o democracia significa que, mágicamente, se convierte en uno. Y el pensamiento mágico que domina la imagen del mundo establecido por el establishment conduce a repetidas debacles de las que no aprende nada.

Un regreso a la realidad desde el nominalismo solo puede ocurrir cuando se reemplaza todo el establishment. Acabamos de ver lo que sucedió en Afganistán a una velocidad asombrosa. Sospecho que el colapso del establishment estadounidense será igualmente rápido una vez que comience.

 

De http://www.traditionalright.com/author/wslind/

Traducción: Carlos Pissolito tR   

 

lunes, 23 de agosto de 2021

El derrotado de Afganistán debe pagar sus cuentas

 Por Eduardo J. Vior para InfoBaires24


La ceguera ideológica, la arrogancia del alto mando, la ausencia de claridad estratégica y la carencia de conducción convirtieron la inevitable derrota de Estados Unidos en el Hindu Kush en una catástrofe. Desde que Donald Trump firmó en febrero de 2020 el acuerdo con los talibanes, para retirar a las tropas norteamericanas del país de Asia Central hasta mayo de 2021 (plazo que Joe Biden luego prorrogó hasta el 31 de agosto venidero) era previsible para cualquier observador sin anteojeras que los insurgentes se harían con el poder y que el Imperio estaba derrotado. Sin embargo, la combinación de soberbia, falta de realismo, acomodamiento y decrepitud (no sólo del presidente) que reinan en Washington transformó la previsible pérdida en un terremoto de alcance mundial.

Dicen que la inteligencia de EE.UU. predijo la rápida derrota del Ejército afgano, mientras que Biden minimizaba la amenaza. Solo después del evidente caos el mandatario estadounidense habría admitido que los talibanes habían conseguido hacerse con el control del país mucho más rápido de lo que esperaba su gobierno.

Funcionarios de inteligencia de EE.UU. afirman haber advertido tempranamente sobre el colapso de las fuerzas armadas de Afganistán y una rápida toma del poder por parte de los talibanes, reveló un informe publicado este martes por The New York Times. Las evaluaciones de inteligencia estadounidenses ya venían cuestionando si las fuerzas afganas estaban dispuestas a resistir el avance talibán y si el gobierno del país se encontraba en capacidad de mantener el control de la capital. En julio, los informes fueron incluso más pesimistas, sugiriendo que los combatientes afganos no estaban preparados para evitar una derrota, según los documentos clasificados. Las tropas estaban mal pagadas y muchas veces no les llegaban ni los sueldos ni las vituallas, que eran comercializadas por sus jefes en el mercado negro o vendidas a los propios talibanes.

Mientras Washington se preparaba para la retirada de sus tropas, el mes pasado Biden seguía desvalorizando las capacidades de los combatientes islámicos, afirmando que una invasión era muy poco probable y prometiendo que no habría una evacuación caótica de los estadounidenses como al término de la guerra de Vietnam en 1975.

En vez de disculparse por el desastre, el pasado lunes Biden dijo en su discurso que “la construcción de una nación nunca fue un objetivo de la ocupación norteamericana en Afganistán”.

 Sin embargo, el fin de semana pasado, el Ejército Nacional Afgano terminó rindiéndose sin luchar, a medida que los talibanes tomaban el control de la capital. El presidente Ashraf Ghani renunció a su cargo y abandonó el país en dirección a Uzbequistán, llevándose consigo cuatro coches cargados con 160 millones de dólares de las arcas del Estado, para recalar finalmente en Doha, en los Emiratos. El personal diplomático estadounidense también tuvo que ser evacuado rápidamente hacia el aeropuerto de Kabul, mientras dejaba atrás y sin preaviso a miles de colaboradores y traductores.

Fue sólo después de que el caos se hizo evidente que el mandatario norteamericano admitió que los rebeldes afganos habían conseguido hacerse con el control del país mucho más rápido de lo que esperaba su equipo.

Uno de los informes de inteligencia publicado por The New York Times suponía que el grupo rebelde primero cruzaría la frontera, después se trasladaría a las capitales de las provincias, antes de asegurar el territorio en el norte, para luego ingresar a Kabul, predicciones que –según el diario neoyorquino- en gran medida habrían sido precisas. Sin embargo, informaciones de Afganistán revelan, primero, que los talibanes todos los días cruzan la frontera con el norte y el oeste de Paquistán, simplemente, porque la mayoría de ellos pertenecen a la etnia pashtún, que representa el 42% de la población afgana y está asentada a ambos lados de la frontera convenida en 1922 entre el Imperio Británico y el Reino de Afganistán, después de que las tropas imperiales fueran derrotadas en su tercer intento de invadir el país de Asia Central.

En segundo lugar, aprendiendo de la experiencia de 2001, los talibanes ya no libran batallas frontales, sino que se infiltran silenciosamente en las ciudades, para que esas “células dormidas” actúen en el momento del combate. Así lo hicieron en Kandahar, Jalalabad y, finalmente, en Kabul. No necesitaron “tomar” las ciudades. Enfrentados a la ofensiva externa y al levantamiento interno, las defensas gubernamentales se desmoronaron. Con su parafernalia de big data la comunidad de inteligencia norteamericana no previó que la capilaridad de la sociedad afgana y el cansancio por la indecible corrupción y latrocinio del gobierno títere abrirían las puertas de las mayores ciudades a los seguidores del histórico Mulá Omar casi sin derramamiento de sangre.

«La mayoría de las evaluaciones de EE.UU. se habían centrado en cuán bien iría a las fuerzas de seguridad afganas en una lucha con los talibanes. En realidad, nunca pelearon realmente», comentó Seth Jones, un experto del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales en Washington.

Los talibanes tienen ahora el enorme problema de poner orden en sus propias filas, evitar desbordes que los aíslen internamente frente a otras etnias y grupos religiosos, mostrarse tolerantes con las mujeres y, sobre todo, con la minoría chiíta del oeste (Herat), protegida por Irán, administrar la cotidianeidad, formar un gobierno de coalición, controlar el tráfico del opio comercializado por norteamericanos y británicos a través de Turkmenistán hacia Azerbaiyán, Turquía y Europa, y obtener el reconocimiento de la Organización de Cooperación de Shanghai (SCO, por su nombre en inglés), llave maestra para tener relaciones pacíficas dentro de Asia y obtener asistencia financiera y económica.

Sin embargo, la batalla principal de la posguerra se libra en Washington. Durante dos décadas los elegantes generales de cuatro estrellas y almirantes norteamericanos llegaron a enterrar un billón de dólares en el pobre país del Hindu Kush. Caudillos políticos como el general David Petraeus mandonearon a los gobiernos civiles. Ahora, el informe publicado en el diario de los Sulzberger intenta echar la culpa al equipo presidencial de Joe Biden. Otros informes en los medios capitalinos están “descubriendo” la corrupción y el defaitismo del ejército afgano. La prestigiosa Foreign Affairs llegó a publicar el martes 17 que “la principal responsabilidad de este trágico final de 20 años de esfuerzos de construcción del Estado en Afganistán recae directamente en los dirigentes afganos”. Nadie habla de la colusión del Estado Mayor Conjunto de EE.UU. con las empresas que sobrefacturan miles de millones de dólares de material innecesario para alimentar guerras permanentes que sólo conducen a una derrota tras otra, miserablemente encubiertas por los medios asociados al mismo poder.

Es probable que el dinámico y asertivo Jarek Sullivan tenga los días contados al frente del Consejo de Seguridad Nacional. Puede seguirlo el “todo según lo establecido” secretario de Estado Antony Blinken. Ya es más difícil, en cambio, que la empresa Raytheon deje caer a su testaferro en el Pentágono, el secretario de Defensa Lloyd Austin.

La denegación del fracaso conlleva la tentación de repetir las mismas acciones que lo produjeron. Siempre el responsable está afuera. Probablemente, muchos entorchados piensen que, si ellos se hicieran cargo del gobierno, las cosas se harían “como se debe”. No obstante, que los generales y almirantes no se equivoquen: si ocupan el gabinete de Biden, se habrán quedado sin amortiguador. Todas las tensiones de un mundo en transición y de una nación norteamericana desengañada y desesperanzada caerán sobre las fuerzas armadas sin que nadie las proteja. Cuando hacia 1960 el Imperio Británico se derrumbó y decenas de sus colonias se independizaron, la Reina Isabel se puso la mochila al hombro y reaseguró a la aristocracia, el gran capital financiero y los militares la continuidad del poder británico por otros medios. Estados Unidos carece de ese paraguas tradicionalista. La lealtad de sus ciudadanos y la aceptación de sus aliados las ha obtenido y mantenido por una hábil combinación (a veces, prestidigitación) de consumismo y excepcionalismo. Si no hay una cosa ni la otra y no hay rey que los cobije, quedan desnudos y a la intemperie. El gran derrotado de la guerra de Afganistán debe pagar ahora sus cuentas.

jueves, 12 de agosto de 2021

Fuerzas Armadas: defensa nacional, dependencia y desarrollo

 Por Juan Godoy* 

Revista ALLAITE

 “Los pueblos disponen de su destino. Ellos labran su propia fortuna o su ruina. Es natural que ellos, en conjunto, defiendan lo que cada uno por igual ama y le interesa defender de la patria y su patrimonio”. (Juan Perón)

 

            Los grandes pensadores nacionales y de la Patria Grande realizaron un esfuerzo por la creación de un pensamiento original que parta desde las características particulares de nuestra realidad. Desde el mismo proceso de emancipación se observa ese esfuerzo por la conformación un modelo de interpretación e intervención sobre la realidad que nos sea propio. Nos enseñaron entonces la necesidad que las razonamientos teóricos se nutran del suelo que se pisa, sin negar aportes ajenos a nuestra realidad que puedan contribuir a los mismos desde ya, aparece la creación de un pensamiento situado. Este punto de partida se revela de sobremanera al momento de analizar la historia e ideas de nuestras Fuerzas Armadas, ya que la adopción de esquemas de pensamiento lejanos, su traslación mecánica nos lleva a la incomprensión del fenómeno. Por eso éste es el puntal que tomamos para estas reflexiones.

            En este sentido, partir de la noción de una Argentina inconclusa en el desarrollo de su soberanía, en tanto subordinada al imperialismo, con una estructura económica montada en función de los intereses de éste y no de los propios que hace no solo drenar nuestra/s riqueza/s al extranjero, sino que no permite por más buena voluntad que se tenga, diagramar un esquema diferente sin avanzar sobre la dependencia, desde la cual también se revelan como esenciales mecanismos vinculados a la cultura que hacen invisible ese orden, lo justificación y contribuyen a su perpetuación. Mecanismos que atraviesan nuestras vidas, la conformación de nuestras mentalidades e identidad, cooptando asimismo a las elites que solo terminan pensando (y discutiendo), en los márgenes de la dependencia, cuando no rindiendo pleitesía a nuestros verdugos.

            Resulta evidente que luego de la última dictadura cívico-militar genocida las Fuerzas Armadas han sufrido un desprestigio (muchas veces con razón, claro está), que va de la mano también a que no se haya delimitado un rol y objetivos determinados claramente. Si bien la lucha contra “el olvido y el perdón” constituye parte de las grandes luchas de nuestro pueblo, y uno de los pilares donde se asienta nuestra democracia, nos preguntamos aquí si esa mirada no obtura el reconocimiento, y la comprensión de otro/s rol/es que pueden cumplir (como lo han hecho), las Fuerzas Armadas tanto en nuestro historia como en el presente.

Colocar todo en la “misma bolsa”, nos puede llevar a estrechar nuestra mirada sobre el fenómeno, sin permitir dar cuenta de la denigración a que se sometieron los militares dejando de lado su rol trascendente en torno a la defensa nacional, convirtiéndose (y rebajándose), a una tarea de represión, una “banda criminal”, representante y garante de los intereses de la oligarquía argentina, al mismo tiempo que pilar en la profundización de la dependencia argentina. Esa mirada también suele olvidar la “pata civil”, lo que varios señalan como los artífices y reales beneficiados del modelo económico implantado a través de la tortura, la desaparición y el asesinato de compañeros. Obtura el avance no solo penal sobre esos sectores, sino también sobre ese modelo de “miseria planificada” que denunciara tempranamente Rodolfo Walsh. Ese modelo económico que destruyó el que en gran medida los sectores nacionales de nuestras Fuerzas Armadas habían contribuido a su proyección y realización, constituyendo uno de los pilares del mismo. Juan José Hernández Arregui manifestaba que “negar el papel reaccionario de los militares (en los casos actúan en ese sentido) es una inconsecuencia (…) Pero descartar el anti-colonialismo de los ejércitos en determinadas coyunturas es igualmente dogmático”. (Hernández Arregui, 1973: 129-130)

   En este mismo sentido profundiza ese anti-militarismo abstracto el proceso de desmalvinización, que también se vincula no sólo a la cuestión militar, sino que ha sido en gran medida y sobre todo a partir de los Acuerdos de Madrid que Julio González vincula a un proyecto de nación neoliberal, definiéndolos en forma certera como “desocupación y hambre para los argentinos” (González, 2011), parte del entramado que asigna un papel a las Fuerzas Armadas, o más bien dicho afirma la destrucción de las mismas, de la mano con el desarme del tejido industrial, de un modelo de nación soberano, y de la articulación con un esquema de defensa nacional profundo. Perón advertía ya en el año 44 que “los pueblos que han descuidado la preparación de sus fuerzas armadas, han pagado siempre caro su error, desapareciendo de la historia o cayendo en la más abyecta servidumbre”. (Perón, en AA. VV., 1945: 64)

            Coincidimos con Jorge Abelardo Ramos quien afirma que “explicar la naturaleza del Ejército en un país semi-colonial no puede hacerse sin historizar el tema en debate, en otras palabras, sin mostrar sus orígenes y su conflictivo desarrollo”. (Ramos, 1968: 10) Así, vale recordar el origen de nuestro ejército específicamente, ya que constituye un puntal donde se asienta la tradición nacional de nuestras Fuerzas Armadas. Ese origen heroico muestra el nacimiento de un ejército asumiendo una postura popular, anti-colonialista, anti-británica, con fuertes vínculos con las regiones de Nuestra América. Ese hecho histórico, ese pueblo en armas marca a fuego (o debiera marcarlas), a las generaciones posteriores que asumen la defensa de la Patria como una vocación. Más aún si pensamos que nuestra historia se construye como una larga lucha contra las potencias imperialistas que imposibilitan nuestro pleno desarrollo soberano.

Si esa lucha por las armas marca el origen heroico de nuestros militares patriotas contra el intento de colonialismo directo, cuando se transforme la forma de dominio hacia los mecanismos “invisibles” que obturan nuestro desarrollo y solo dejan lugar a una integración al mercado mundial en forma subordinada, esa lucha también se transforma hacia la disputa en el terreno económico (también en el político y cultural claro), y por el control de los resortes de nuestra estructura económica. La pelea por la emancipación se funde con la necesidad de romper ese orden dependiente, y el control extranjero indirecto sobre nuestro país.     

Tomando en cuenta este esquema, la revolución nacional aparece como una necesidad en tanto ruptura de los lazos que nos atan, y plena liberación de nuestras potencialidades. Si en el primer cuarto del siglo XIX logramos nuestra emancipación política, queda pendiente aún la total emancipación económica, que se vincula al desarrollo integral de la nación. Enrique Guglialmelli expresa justamente que “nuestras revoluciones nacionales son, en síntesis, una etapa del proceso histórico latinoamericano ubicada entre una sociedad semi-colonial, dependiente, y una comunidad nacional integrada, vertebrada, a través de formas superiores de convivencia social y política”. (Guglialmelli. Estrategia Nº 17. En Jaramillo (comp.). 2007: 115) Se trata del esfuerzo colectivo como comunidad en búsqueda de lograr la consolidación nacional. Esa emancipación integral también otorga un núcleo en torno a la defensa nacional, el arbitrio de los mecanismos para su defensa y consolidación.

En el mismo sentido se había manifestado años antes Enrique Mosconi, quien también pensaba en la necesidad de estrechar lazos con los países de la gran nación inconclusa para avanzar en completar la obra del siglo XIX, sostiene el propulsor del nacionalismo petrolero como base para la industrialización y emancipación nacional que “la independencia del año 10 debe ser integrada con la independencia  de  nuestros  cañonea.  Nuestros  cañones  hoy  día no  son  independientes,  todos  sabemos por qué,  de manera que estamos  en  una situación que no puede  satisfacernos  absolutamente  y  que  sólo  podré  llegarnos  la  tranquilidad  al  espíritu el día que  digamos:  "La defensa de nuestro  país,  nuestro  derecho, nuestras  instituciones  políticas,  nuestra  riqueza  nacional.  todo está  garantizado  porque  la nación  tiene el  espíritu  firme y  cañones  que  pueden  tirar  hasta  que  sea  necesario". (Mosconi, 1938: 34)

Las revoluciones nacionales en los países con una cuestión nacional irresuelta o el enfrentamiento a esta última se ha realizado a lo largo de la historia mayormente a través de grandes frentes nacionales que levantan justamente reivindicaciones nacionalistas. Giancarlo Valori sostiene al respecto que “las naciones que quieren lograr su liberación económica (…) lo hacen siempre por obra de una gran alianza de clases y sectores: de militares y civiles, de burguesía y trabajadores, y de intelectualidad y de los sacerdotes. Es esta alianza revolucionaria, la que por el camino de la reconstrucción llega a la meta de la liberación”. (Valori, 1973: 143) De ahí que rescatar y fortalecer la línea nacional de nuestras fuerzas armadas se revela de una importancia sustancial.

No resulta casual que hayan sido desde el sector militar de nuestra sociedad de donde han salido mayormente los planes vinculados al desarrollo nacional, como asimismo el impulso en los mismos. Esto se vincula, al menos a tres cuestiones, una que desde en el proceso de modernización de nuestras Fuerzas Armadas con la sanción de la Ley Riccheri a principios del siglo XX, la misma implicó mayormente una formación ajena a los mecanismos de colonización pedagógica imperantes (una formación, también acompañada de una penetración y conocimiento del territorio nacional y la situación del pueblo profundo), de ahí que esa generación militar formada bajo este imperativo (y atravesando algunos acontecimientos que constituyen hitos como la primera y segunda guerra mundial, como asimismo la crisis de la Argentina dependiente en los 30, por mencionar algunos significativos), haya sido la que dio un conjunto de militares que abogaron por la profundización de la soberanía nacional en relación al desarrollo nacional y en los casos más profundos a la ruptura de la estructura económica subordinada al interés extranjero.

En segundo lugar, aparece como sustancial la cuestión de la defensa nacional, ya que es desde ahí sobre todo que se llega a la cuestión del desarrollo. En esa generación la profundización en los estudios vinculados a la defensa de la patria los lleva al encuentro de diversas vulnerabilidades que presenta el país para la misma, y éstas se encuentran en mayor medida vinculadas al primitivismo agropecuario, como a la dependencia del extranjero. Norberto Ceresole destaca que esa dependencia de la nación va de la mano con la dependencia (en el terreno militar), del material bélico y tecnológico. (Ceresole, 1968) Es entonces la reflexión sobre la defensa nacional la que lleva a pensar la problemática del desarrollo, de la penetración y control extranjero sobre nuestro país. Más específicamente, Perón manifiesta en el año 1955 que “preparar planes de operaciones para dotar al ejército sin tener los materiales o las fábricas necesarias para hacerlos es una mistificación pura. Por eso, es menester establecer el principio fundamental: hay que hacer fábricas. Hoy se combate contra el poder industrial de los pueblos; pero cuando ese poder industrial ha sucumbido, sucumben también los pueblos en la guerra moderna (…) Por eso hoy es más importante montar el poder industrial de un país que realizar ninguna otra concepción para la defensa nacional”. (Perón, 2001 -1955-: 86)

Por su parte, Florentino Díaz Loza pone de relevancia, desde su visión geopolítica donde las FF.AA. pueden cumplir un papel central en la elaboración de un posicionamiento en el mundo por parte de nuestro país, que el análisis y diseño de la defensa nacional debe partir de reconocer nuestra dependencia. Esta última se vincula con el sub-desarrollo, lo que trae dificultades en el diseño de la política de defensa. (Díaz Loza, 1987)

Por último, destacamos que estos militares nacionales que se vincularon al desarrollo y tuvieron una fuerte presencia, al tiempo que influencia en la política de nuestro país, al menos desde la década del 20 hasta el advenimiento de la última dictadura[1] (esta vertiente ya había sufrido un duro golpe con el derrocamiento del peronismo y el desplazamiento de los cuadros en esta línea conjuntamente con los cambios que comienzan a operarse sobre la doctrina de defensa[2]), piensan y desarrollan sus ideas a partir de los problemas de la realidad nacional. Si bien tienen una fuerte influencia de ideas y doctrinas extranjeras en la mayoría de los casos (muchos con un periodo de formación incluso en el extranjero), esas conceptualizaciones las incorporan mayormente en función de la realidad nacional y reflexionando en torno a la solución de las problemáticas nacionales.

El desarrollo de una política nacional resulta componente necesario para delimitar el rol de las FF.AA., al mismo tiempo que para la conformación de una política de defensa nacional. Como bien indica Jauretche no hay posibilidad de un ejército nacional sin una política nacional, de esta forma “es preciso, pues, determinar en qué consiste esa política: ¿somos una Nación o somos un apéndice? (…) Resulta lógico que para ser un apéndice no hacen falta instituciones armadas”. (Jauretche, 2008: 15) En este mismo sentido, podemos señalar que “nuestro carácter de naciones dependientes no ha permitido que se asentaran las bases de una clara propuesta de defensa nacional y continental”. (García, et. al., 1987: 58)

Más específicamente Perón refiere a la organización en torno a la posibilidad de establecer (tomando los principios desarrollados centralmente por el Mariscal Foch) el “arte de la conducción”, entendiendo que “no se puede manejar un ejército, una aeronáutica o una marina sin una doctrina que les de unidad de concepción y de acción en lo técnico y estratégico (…) la doctrina de guerra sale de la doctrina militar y la doctrina militar de la doctrina nacional” (Perón, 2001 -1955-: 85)

El diseño de un proyecto nacional que contenga una política nacional resulta entonces un elemento nodal en la definición del papel a cumplir por nuestras instituciones armadas, pero claramente no solo eso, sino que ese proyecto que contiene la política nacional expresa a su vez los lineamientos generales sobre el territorio, los recursos, la estructura económica, la población, y la política económica, vinculándose todos estos componentes a la delineación de la política en torno a la defensa nacional. Así, es necesario tener un profundo conocimiento sobre nuestra realidad (sobre el territorio, tradiciones culturales, historia, etc.). (Díaz Loza, 1987) Así, Edgar Argentino Martínez afirma que se debe “ubicar lo militar dentro de la problemática nacional”. (Martínez, 1974: 31)

Carlos Martínez afirma al respecto que “el primer y más importante paso a dar para la organización de una defensa integral es el de conocer el país, sus habitantes, recursos y posibilidades. (Martínez, 1965: 640) La mayor capacidad económica de un país profundiza (o facilita), desde ya, la capacidad de defensa. No obstante, cabe señalar que “las naciones que se confían orgullosamente en su haber material, por estupendas que sean sus riquezas, pero, sin un elevado espíritu nacional ni inquietudes que el estudio de su seguridad les sugiera, son comunidades políticas inconscientes de los peligros a que están expuestas y preparan su suicidio o elaboran con su negligencia”. (Cernadas, 1938: 20)

Vale decir, primero hay que saber qué es lo que se quiere defender, y cuáles son las condiciones para ello. En este marco, resultan claras dos cuestiones, que la política de defensa nacional no puede ser obra exclusiva de los militares, sino que debe comprometer a los todos los sectores de la comunidad, así como también la necesidad de la confianza del pueblo en las instituciones armadas. Manuel Savio manifiesta que “El potencial de guerra de una Nación está constituido por la totalidad de las fuerzas morales y materiales que puede poner integralmente en acción, y se caracteriza por el grado de capacidad para aplicar dichas fuerzas a la defensa nacional, así como por la rapidez con que puede hacerlo”. (Savio, 1973: 19)

Además es pertinente remarcar que el diseño de una política de defensa y la preparación para la guerra no es una posición en favor de la misma (Perón recordaba en este sentido el aforismo Si vis pacem, para bellum[3]), sino que incluso puede actuar como un factor disuasivo, en este sentido, una nación con escasa capacidad de defensa puede (sin dejar de lado que las circunstancias son diversas), estar más expuesta a un ataque que una que tiene fortaleza un sistema defensivo más preparado. En nuestro caso en particular basta preguntarnos por qué la intención de Gran Bretaña, sobre todo luego de la gesta por Malvinas en el 82, no solo en la desindustrialización general, sino en el desarme e imposibilidad de desarrollo de la capacidad militar.

Esa política nacional de defensa (como la del avance sobre la dependencia), en nuestro caso, debe estrechar lazos con la gran nación inconclusa. Es decir, debe pensarse también en el marco de la tradición política y cultural de la Patria Grande, y Díaz Loza remarca que también es necesario romper con los postulados liberales (Díaz Loza, 1975). En ésta aparecen dos concepciones territoriales enfrentadas: la que antepone la ideología al espacio geográfico, y la que en base a una política nacional apunta al sostenimiento de la integridad territorial, como asimismo se oponen “la que atiende al ser de la Nación en primer término, y la que posterga ésta, al cómo ser; la que pone el acento en la grandeza y la que lo pone en la institucionalidad, en las formas”. (Jauretche, 2008: 28) Recordemos que Alberto Methol Ferré remarcaba que “los pequeños Estados dependientes carecen de conciencia geopolítica, salvo condiciones excepcionales”. (Methol Ferré, 1973: 31)

            La actualidad e importancia de las Fuerzas Armadas incluso puede visualizarse en la situación desatada a partir del COVID-19, donde se puede observar el rol estratégico que cumplen, la vinculación de éste con su despliegue geográfico a lo largo y ancho de todo el territorio nacional, la velocidad y profundidad para desarrollar la Operación denominada General Manuel Belgrano[4], con la puesta en acción de sus 90 mil integrantes a través de 14 Comandos Operacionales de Emergencia, desarrollando diversas tareas que van desde la producción de artículos necesarios en sus laboratorios y talleres, vuelos de repatriación con los aviones Hércules, hasta la perforación de pozos de agua en el noroeste argentino, el montaje de hospitales o la entrega de comida en los barrios (donde han sido recibidos excepcionalmente por el pueblo), entre algunas de las tareas operativas desarrolladas (se trata de decenas de miles). Todo con un débil presupuesto, y con materiales muchas veces antiguos o sin estar en las mejores condiciones.

El espíritu solidario, de superación de las adversidades y de defensa del interés nacional se impuso (como tantas otras veces a lo largo de nuestra historia), ante estas falencias. Al mismo tiempo pensamos que estas fortalezas deben llamar a la reflexión en torno el rol central en la defensa nacional. Hay puntales desde donde recuperar el vínculo entre nuestras Fuerzas Armadas y el pueblo, a la vez que con la tradición nacional vinculada a la ruptura de dependencia, el desarrollo, la defensa de la Patria y la emancipación nacional. Vale mencionar en este aspecto que “las Fuerzas Armadas son la síntesis del pueblo (…) pertenecen a la Patria, que es el hogar común y a ella se deben por entero” (Perón, 1984 -1947-: 32), entendiendo entonces que “son parte del pueblo y, como tal, están integradas con el mismo” deben permanecer siempre “consustanciadas con nuestro pueblo en una estrecha e indestructible unidad espiritual”. (Perón, 2012 -1974-: 116 y 118)

            El Coronel Luis E. Vicat advertía en los años 20 que “durante una guerra, sin combustibles apropiados, nos encontraría del todo indefensos. No podrían navegar nuestros barcos, correr nuestros trenes, andar nuestros camiones y autos, volar nuestros aeroplanos, ni funcionar nuestras fábricas y usinas a fin de proveer al ejército y al país entero los numerosos artículos manufacturados, armas, equipos, municiones, pólvoras, hierros, aceros, tejidos, etcétera, etcétera… si es que algún día nos decidimos a industrializarnos en forma conveniente a la defensa nacional, obra que ya deberíamos haber iniciado”. (Vicat. RM Nº 270. Julio 1923: 348)

Quizás no resulte en vano pensar esa advertencia en relación a la actualidad, recordando y remarcando que las condiciones de nuestro país revelan el llamado a tener una política nacional de defensa de la patria, en tanto nuestro extenso territorio, con su larga plataforma marítima, enormes recursos tanto en nuestro Atlántico y ríos, como en nuestra tierra y subsuelo, con la afrenta y amenaza que constituye la poderosa base de la OTAN en nuestro “suelo más querido” ocupado colonial e ilegalmente, desde el cual encuentran un puntal desde donde saquear nuestros recursos, a lo que se suma las apetencias de las potencias (y sobre todo Gran Bretaña) sobre nuestro Sector Antártico, la escasa densidad poblacional en varias regiones de nuestro país, una enorme deuda externa que ocupa casi la totalidad de nuestro PBI, una economía dependiente y extranjerizada, una producción ligada sobre todo a los productos primarios y la valorización financiera, por mencionar algunos de los aspectos que indican esa urgencia que mencionamos.

En este marco, para finalizar retomamos las palabras de Perón quien advertía en el año 1947 que “la defensa de los Estados no puede improvisarse, so pena de sucumbir, bajo los golpes demoledores de otros más fuertes que, apartándose de las normas de convivencia, lanzan sorpresivamente el poderío de sus fuerzas para apropiarse de las riquezas y de los bienes ajenos, ya sea para satisfacer las necesidades primordiales de su pueblo o bien para hacerla servir a sus intereses imperialistas (…) Es, pues, uno de los deberes ineludibles del gobernarte velar por una adecuada preparación de las Fuerzas Armadas, que han de ser custodia de la soberanía, de la libertad, de la riqueza y de la dignidad nacionales”. (Perón, 1984 -1947b-: 28)

 

* Sociólogo (UBA). Doctor en Comunicación Social (UNLP). Magister y Especialista en Metodología de la Investigación (UNLa). Profesor de Sociología (UBA). Docente de grado y posgrado en universidades nacionales como UNLA, UNAJ, IUNMA, UTN. Autor de “La FORJA del nacionalismo popular. La construcción de una posición nacional en la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina”, “Volver a las fuentes. Apuntes para una historia y sociología en perspectiva nacional”, “La brasa ardiente contra la cuádruple infamia. Los levantamientos de los pueblos de las provincias interiores contra la Guerra del Paraguay”, y de más de doscientos artículos acerca de Pensamiento Nacional-Latinoamericano e Historia Argentina. Ha dictado decenas de cursos en todo el país vinculados a las mismas temáticas. 

Bibliografía

 

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Entrevista a Juan Martín Paleo por Patricia Fernández Mainardi. “Juan Martín Paleo, Jefe del Estado Mayor Conjunto: “La sociedad pudo observar que el instrumento militar es una herramienta idónea”. 30 de diciembre de 2020. Buenos Aires. Infobae. Enlace al artículo: https://www.infobae.com/politica/2020/12/30/juan-martin-paleo-jefe-del-estado-mayor-conjunto-la-sociedad-pudo-observar-que-el-instrumento-militar-es-una-herramienta-idonea/

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Perón, Juan Domingo. (1984 -1947-). En la ceremonia de bendición y entrega de sables a los nuevos oficiales de las Fuerzas de Aire, Mar y Tierra, que se realizó el 20 de diciembre de 1947 en el Teatro Colón. En Discursos del General Perón a los militares argentinos. Buenos Aires: Realidad Política.

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Vicat, Luis. Combustibles y defensa nacional. Continuación. Revista Militar N° 270. Buenos Aires. Julio de 1923.



[1] Para el abordaje de los diferentes proyectos, vinculaciones, y vertientes se puede consultar el profundo y extenso trabajo de Guillermo Caviasca que si bien trata específicamente de otro periodo y de unas vinculaciones concretas en torno a la figura de Jorge Carcagno, realiza una detallada descripción y análisis del periodo previo al ascenso del mismo como Comandante General del Ejército en vinculación a la temática indicada. Nos referimos al libro “La hipótesis Carcagno. Militares y guerrilleros en los setenta”.

[2] Jauretche había anticipado en su libro “Ejército y Política”, cómo el plan de coloniaje diseñado con el golpe del 55 tenía una política para cada una de las actividades colectivas, así se monta un plan económico, cultural, institucional, etc., y dentro de ese plan general también aparecen uno para las FF.AA., donde se busca su restructuración “por razones de política mundial, y no de política nacional (…) Su plan inmediato es romper todas las resistencias que  dentro de esas instituciones se oponen a la política de sometimiento; el mediato, completar en su ámbito la condición apendicular del país, ya lograda en economía quitándoles, por un lado toda posibilidad de intervenir contrala misma, y debilitándola, por el otro, en su finalidad objetiva de defensa de las fronteras”. (Jauretche, 2008: 19)

[3] “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”.

[4] Para una descripción y análisis de la Operación General Manuel Belgrano puede observarse la entrevista a Juan Martín Paleo por parte de Patricia Fernández Mainardi publicada en el portal Infobae el 30 de diciembre de 2020, bajo el título: “Juan Martín Paleo, Jefe del Estado Mayor Conjunto: La sociedad pudo observar que el instrumento militar es una herramienta idónea”.

domingo, 8 de agosto de 2021

Un importante paso adelante en Defensa Nacional

 Por: Eduardo J. Vior para EL PAIS 


El pasado viernes 6 de agosto el jefe de asesores del Consejo Nacional de Seguridad de Estados Unidos, Jake Sullivan, y una significativa delegación del Consejo de Seguridad Nacional y del Departamento de Estado de Estados Unidos se reunieron con el presidente Alberto Fernández, el canciller Felipe Solá y el Secretario de Asuntos Estratégicos Gustavo Béliz. Aunque no trascendieron detalles de lo conversado, tanto el perfil técnico de la delegación norteamericana como declaraciones previas del jefe de la misma indican los objetivos de la visita: emblocar a los países del Cono Sur en la estrategia norteamericana impidiendo al mismo tiempo su cooperación regional, advertir sobre la influencia rusa y china y cerrar el cerco cibernético, para evitar la incorporación por nuestro país de la tecnología del 5G.

Previamente, Jake Sullivan había ofrecido al gobierno de Jair Bolsonaro el apoyo para que Brasil se convierta en socio global de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), como moneda de cambio por vetar el 5G de China. El tema fue discutido por Sullivan con el gobierno brasileño el jueves 5 durante su estadía en Brasilia. El emisario de Joe Biden se reunió con el presidente, con el ministro de Defensa, el general Braga Netto, y con los jefes de las tres fuerzas armadas.

Por parte de la Casa Blanca participaron también los directores del Consejo de Seguridad Nacional para el Hemisferio Occidental, Juan González; para Tecnología y Seguridad Nacional, Tarun Chhabra, y para Seguridad Cibernética, Amit Mital.

Para nuestro país la decisión que adopte el Alto Mando brasileño reviste una importancia máxima, porque, si decide asociarse a la OTAN, estará levantando nuevamente un muro en la frontera con Argentina, como el que frenó durante mucho tiempo nuestra integración y recién fue derribado en 1979 por el Tratado Itaipú-Corpus. EE.UU. está acordonando el hemisferio con una combinación de señuelos y advertencias. A Argentina, por ejemplo, ofrecen participar en las negociaciones sobre Venezuela que se celebrarán en México, a cambio de que cerremos la puerta a Huawei y cancelemos importantes proyectos constructivos.

Estas maniobras norteamericanas son sumamente preocupantes, ya que retrotraen a la región a una competencia ya superada por la hegemonía regional y arrasan con una experiencia de cooperación interestatal en materia de Defensa que permitió la construcción del Mercosur y, más tarde, de la Unasur, con su correlato militar: el Consejo de Defensa Suramericano.

Esta presión sobre nuestras decisiones soberanas es posible, porque nuestro país necesita el voto estadounidense, para refinanciar el oneroso crédito del FMI contraído por Mauricio Macri en 2018. Al mismo tiempo, Washington nos chantajea impidiéndonos cumplir con los compromisos contraídos con la República Popular de China en el marco del Acuerdo de Cooperación Estratégica Especial de 2013, sobre todo en el refinanciamiento de las represas Jorge Cepernic y Néstor Kirchner en Santa Cruz. Al incumplir nosotros nuestras obligaciones, Pekín ha paralizado las demás inversiones comprometidas, especialmente la reconstrucción y expansión del Belgrano Cargas. El embrollo estratégico, diplomático y económico en que nos encontramos subraya la importancia de dar continuidad a y sacar las adecuadas conclusiones de la Directiva de Defensa Nacional publicada el pasado 19 de julio en el Boletín Oficial.

La Directiva se aprobó a través del Decreto N° 457/2021 y contiene relevantes modificaciones a las directivas (DPDN) de 2009 y 2014. Los lineamientos fueron elaborados después de que en 2020 se decidiera revocar la DPDN dictada por el gobierno de Cambiemos y volver a la de 2014.

El nuevo texto, publicado al cabo de seis meses de discusión entre los ministerios de Defensa y Relaciones Exteriores, comienza con un “diagnóstico y apreciación del escenario global y regional”, dentro del cual se establecen los tableros “estratégicos – militares”, el “económico-comercial” y el “transnacional”, de modo de hacer posible definir los cursos de acción de esta norma. Por concluir los fundamentos del documento, ésta es la parte que más interesa aquí.

En primer lugar la DPDN señala, en el marco del Diagnóstico y Apreciación del escenario de Defensa Global y Regional, que “La política de defensa nacional se desarrolla de manera articulada y complementaria con la política exterior, buscando contribuir de este modo a la protección de los intereses vitales y estratégicos de la Nación, a la consolidación de la paz regional y a la vigencia del derecho internacional”. En este punto la interrelación entre los ministerios de Defensa y Exteriores es vital a la hora de prever los futuros escenarios de la Defensa Nacional.

En este contexto se destaca en el Diagnóstico que en estos últimos 30 años el sistema internacional sufrió grandes transformaciones, al pasar de una estructura bipolar a una unipolar y de ésta en la actualidad a una más difusa y compleja. En el campo internacional existe una alta competitividad entre los Estados, preponderando un escenario de amenazas interestatales en el que los actores no estatales han quedado relegados como fuente de amenaza, a lo que se suman la creciente brecha en el uso y empleo de las tecnologías en el campo de batalla y la carrera armamentística.

En el campo regional, en tanto, la DPDN registra lo siguiente: “El Cono Sur se encuentra inserto en una dinámica compleja de redefinición de sus mecanismos de cooperación e integración regional. Es difícil prever el impacto que estas transformaciones pueden tener en el mediano y largo plazo, ya que esto dependerá de los nuevos modelos de coordinación que se definan para el entorno regional más inmediato del país. Sin embargo, incluso en un contexto político relativamente fragmentado y menos favorable al de décadas pasadas en materia de soluciones regionales para los problemas comunes, el fortalecimiento del diálogo constructivo y la coordinación con nuestros vecinos continuarán siendo prioridades estratégicas de la República Argentina”.

Con respecto a la Cuestión de Malvinas se enfatiza que “Las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes que, siendo parte integrante del territorio argentino se encuentran ilegítimamente ocupados por una de las principales potencias militares mundiales, el Reino Unido”. En este punto se considera que el despliegue militar en estos territorios impone a la Argentina una obstrucción para el ejercicio pleno y efectivo de la soberanía del Estado. Por otro lado, se da mayor importancia al posicionamiento estratégico de las islas “en cuanto representa no solo un polo de recursos naturales sino un centro de operaciones con la Antártida y las conexiones marítimas de los océanos.”

“La recuperación de dichos territorios y el ejercicio pleno de la soberanía, respetando el modo de vida de sus habitantes y conforme a los principios del Derecho Internacional, constituye un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino” ratifica la DPDN.

Ya a fines del año pasado la Directiva de Política de Defensa Nacional se encontraba lista para ser tratada por otras dependencias del Estado Nacional. Sin embargo, su publicación se demoró más de seis meses por las diferencias y discusiones dentro del poder ejecutivo. Según cita Zona Militar, tanto el contenido, como las menciones sobre la Cuestión de Malvinas que se hacían en la versión original fueron sustancialmente limadas para la publicación. No obstante, a diferencia de las directivas anteriores, la nueva estrategia de Defensa da absoluta prioridad a la dinámica en el Atlántico Sur y a la amenaza representada por la presencia de un importante contingente militar británico en las Islas Malvinas.

Sin embargo, teniendo en cuenta las políticas norteamericana, británica e israelí para el Cono Sur, se echa de menos que la Directiva desconsidere las amenazas implicadas por la presencia de fuerzas extrarregionales en el área de las Tres Fronteras con Brasil y Paraguay y el aprovechamiento de la localización de nuestro país en los cursos medio y bajo de los ríos Paraná y Uruguay para dañar nuestra economía mediante medidas hidrológicas, medioambientales, tráfico, trata y comercio ilegal.  Sin confundir las políticas de Defensa y de Seguridad, es empero imprescindible no perder de vista aquellas medidas tomadas por estados extranjeros para perjudicar intencionalmente nuestra economía y las condiciones de vida de nuestra población. Del mismo modo, hay que tener en cuenta el control de nuestras redes informáticas y comunicacionales por empresas extranjeras que, junto a sus intereses comerciales (muchas veces ilegítimos), se han convertido en brazos ejecutores de la política de predominio de sus países de origen. Este amplio espectro de amenazas requiere una respuesta no sólo, pero también militar, para salvaguardar la soberanía política y la independencia económica de Argentina.

Finalmente, cabe referir la mayor carencia no atribuible a la Directiva de Defensa Nacional: la falta de un plan general de reconstrucción y liberación nacional que le dé marco. Muchas de las falencias recién señaladas y muchas otras que no se han mencionado para no abundar, pero también para no desmerecer un documento valioso, se deben a la falta de una estrategia general consensuada y conocida por todo el pueblo que sirva de guía ordenadora a todas las políticas sectoriales. Sin esta estrategia (un verdadero proyecto nacional) la mejor Directiva de Defensa tantea en la oscuridad.

La Directiva de Defensa Nacional representa un significativo paso adelante hacia el desarrollo del instrumento militar de la soberanía nacional, pero debe ser complementada por un plan general de reconstrucción y liberación nacional que le dé el encuadre político que hoy le falta y dentro de la misma Directiva deben completarse los huecos que han quedado abiertos. Para que el paso se convierta en marcha precisa un plan de ruta y muchos pasos más.

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