lunes, 20 de febrero de 2017

Darcy Ribeiro


Daniel Brión, Presidente del Instituto por la Memoria del Pueblo

Darcy Ribeiro nació el 26 de octubre de 1922, en Montes Claros, Minas Gerais y falleció un 17 de febrero de 1997, en Basilia, DF, Brasil. Tenia 75 años en su paso al Comando Celestial, un tiempo demasiado corto para tanta vida.

          Fue antropólogo (decía que sus mejores tiempos fueron los pasados entre indígenas en la Amazonia), profesor, autor de ensayos polémicos, novelista, militante, vicegobernador de Río de Janeiro, donde creó un sistema de educación pública en régimen de tiempo completo. Antes del golpe militar de 1964 que instauró la dictadura que lo detuvo y luego lo exilió, fue jefe de Gabinete, creó –junto a un equipo especialmente brillante de su generación– la Universidad de Brasilia y fue su rector. Durante su largo exilio peregrinó por Uruguay, Chile, Venezuela, Perú, Costa Rica, México. Asesoró a Salvador Allende en Santiago y a Velasco Alvarado en Lima, fue consultor distinguido de la ONU. Murió siendo senador de la República.

          Decía que era, en primer lugar, educador. Trató de entender el Brasil y revelarlo. Parte de ese esfuerzo descomunal quedó registrado en su último libro, "El pueblo brasileño", que originó una espléndida serie de diez documentales exhibidos por la televisión brasileña, Los brasileños, dirigidos por Isa Grinspum. Es, quizás, el más completo resumen de ese intento de entender los mecanismos que por siglos impidieron a mi país de ser lo que podría ser.

          También trató de entender América latina. Era un preguntón insaciable, que disparaba dudas a sus contemporáneos, a la historia, a sí mismo. Su obra sobre el continente –Las Américas y la civilización y El dilema de América Latina son referencias desde hace décadas– ayudó a formar generaciones en nuestros países.

           Fue el más latinoamericano de los intelectuales brasileños, su libro "América Latina: la Patria Grande" son textos escritos entre mediados de los años ’70 y principios de los ’80 del siglo pasado. Tiempos de torbellino, cuando la inmensa mayoría de nuestros países se sofocaba bajo dictaduras de mayor o menor ferocidad, otros padecían el tormento de guerras civiles genocidas y unos pocos, como islas aisladas, vivían tiempos de presionada democracia. Lo más impresionante de ese pequeño volumen es que, después de décadas y a pesar del natural desfase de algunos datos, sigue siendo el testimonio visionario de ese ardoroso defensor de la inexistencia de lo imposible, perseguir respuestas, anticipase en sus preguntas lo que ocurriría en nuestras comarcas y al mismo tiempo exigir los cambios que no alcanzó a ver. La esencia de su contenido permanece como inalterada por la urgencia de sus reclamos.

          Defendió con tenacidad juvenil que el futuro de nuestras gentes está inevitablemente vinculado con asumir nuestra identidad a la vez una y diversa. Que hacemos parte de una determinada realidad, y que son mucho más nuestros puntos de convergencia que de divergencia. Que, separados, no seremos nada, en sus tiempos eran palabras peregrinas de quien no creía en lo imposible.

          Insistió, hasta el final, en creer en la necesidad urgente y perenne de cambios profundos en la región, para que alguna vez nos sea posible ser lo que podemos ser, y no lo que quieren que seamos. Algo parecido a los procesos que algunos de nuestros países viven, atendiendo a sus demandas iracundas.
          Fue un hombre de pasiones incendiadas, y el sueño de la Patria Grande fue pasión permanente, alguna vez dijo: “En América latina seremos todos resignados o indignados. Y no me resignaré nunca”.

          Cumplió. Hay que merecer esa indignación, esa memoria.
  20 años de su partida sus palabras permanecen más vigentes cada día, lamentablemente...
  
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