lunes, 5 de junio de 2017

Fútbol, narcotráfico y política: la violencia entre barras bravas resuelve conflictos territoriales

Miguel Ángel Barrios y Norberto Emmerich
 30/05/2017


Así como el narcotráfico brasileño está asociado a las cárceles, toda problemática del narcotráfico en Argentina suele tener un correlato futbolístico. La disputa rosarina por el control territorial de las zonas de narcomenudeo entre Los Monos y Los Garompas es en realidad una derivación de la disputa entre las barras bravas de Newell’s Old Boys y Rosario Central.
 Lo mismo sucede con la banda de Los Gardelitos y Boca Juniors, cuando Macri era presidente del club. Se trata de un cartel del narcotráfico afincado en el norte del GBA proveniente de Tucumán, donde fueron expulsados por los Alé (secuestradores de Marita Verón) y estaban afiliados a San Martín de Tucumán y al gobernador Alperovich.
 En varias transferencias de jugadores argentinos, verdaderas operaciones de lavado de dinero, estuvo involucrado el Cartel de Sinaloa. Patricio Gorosito, ex presidente del club Real Arroyo Seco y testaferro de Julio Grondona, fue condenado a 19 años de prisión en la causa Carbón Blanco (tráfico de una tonelada de cocaína a Europa).

¿Por qué el fútbol y el narcotráfico se vinculan tan estrechamente en Argentina? El fenómeno de los “barra brava” es típicamente argentino, el más violento y peligroso del mundo según Insight Crime. Conforma agrupaciones férreas, jerárquicas y cohesionadas tras la cultura del aguante, un ejército eficaz para el control del mercado de consumo de drogas, convirtiendo a los “barras brava” en unidades de negocios (entradas, trapitos, transferencias y droga). Este carácter organizacionalmente centralizado y territorialmente diseminado coincide con el perfil ideal de un cartel de consumo.
 ¿Por qué la política argentina se relaciona con los “barra brava”? Al igual que todo grupo de narcotráfico en el mundo, las hinchadas proveen servicios ilegales de seguridad, siempre necesarios para el disciplinamiento político del descontento, como bien supo Mariano Ferreyra, asesinado por miembros de la Unión Ferroviaria y “barras bravas” de distintos clubes de fútbol, en lo que se denominó “represión tercerizada”.
El libro de Juan Manuel Lugones, “Barrabravas para todos” abunda en detalles. Scioli, Macri, Massa, Aníbal Fernández, todos buscaron vincularse con los barras bravas. Las hinchadas de Boca y River negociaron con La Cámpora para poner banderas de “Clarín Miente” y “Néstor vive” en las canchas. Guillermo Moreno llenó el INDEC de barras bravas para impedir números negativos para el gobierno.
Sin embargo la vinculación de la política con el fútbol en el ejercicio ilegal de la política no explica una vinculación de la política con el fútbol en la búsqueda de realizar negocios de narcotráfico. ¿O sí?
El tráfico de efedrina, sustancia necesaria para la producción de metanfetaminas, era prácticamente libre durante los años 2003-2007, llegando a importar desde el mercado de origen (India y China) hasta 19.200 kilos de efedrina en el año 2007. Los narcos beneficiados por la apertura invirtieron en la campaña electoral de 2007, lo que significó un triunfo para el gobierno y para el narcotráfico argentino y mexicano (Cartel de Sinaloa). La matanza de General Rodríguez cambió el mercado mundial de precursores químicos y el gobierno actualizó su política. Como éste hay numerosos ejemplos de vinculación de los gobiernos con el narcotráfico, pero no muestran al fútbol como entidad intermediaria ni establecen circuitos perdurables.
 La posibilidad de que la política utilice la droga como moneda de pago por los servicios prestados por los “barra brava” es razonable, pero indemostrable todavía. Si así fuera, se conformaría un circuito de oferta y demanda que intercambiaría favores políticos por droga. Tal circuito constituiría el surgimiento de un hipotético sexto mercado del narcotráfico: la narcopolítica, el ejercicio narcotráficamente sustentado de la política. Así fue el caso de los 43 normalistas de Ayotzinapa en México, el narcotráfico al servicio del Estado.

La violencia en el fútbol es el resultado lógico de esta convivencia tripartita que dirime el control ilegal del territorio amparada en protecciones y coberturas políticas, que mediante las muertes dominicales redefine las líneas territoriales, los liderazgos y las reglas de juego, todo amparado por el Estado.


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