jueves, 16 de marzo de 2017

Repensar positivamente el populismo


                                                                                                      Alberto Buela - marzo 2017

Al ganar Trump en los Estados Unidos todos aquellos movimientos populistas que se venían desarrollando desde hace algunos años en Europa se potenciaron: Le Pen en Francia, Hofer en Austria, Grillo en Italia, Amanecer dorado en Grecia, el Partido de la Independencia en Gran Bretaña, Alternativa para Alemania, Jobbik en Hungría, el Partido Popular Danés, los Verdaderos Finlandeses, el Partido de la Libertad en Holanda, etc.
Sobre el populismo todos han, y hemos escrito[1], el último del que tenemos noticias es el pensador francés Alain de Benoist [2].
La erudita más prestigiosa sobre el tema, la inglesa Margaret Canovan lo define: “el término populismo se usa comúnmente a modo de diagnóstico de una enfermedad”[3], lo que da la orientación principal a todos los estudios académicos sobre el tema.
A la visión peyorativa sobre el populismo es a la que queremos responder en esta pequeña meditación.
La experiencia histórica nos muestra que el populismo, en Rusia, Estados Unidos, Brasil, Francia o Argentina, fue desde sus comienzos una reacción popular al orden constituido. Hoy ese tipo de populismo no existe más, pues muestra otro cariz diferente. En Suramérica, donde el populismo sentó sus reales más duraderos y significativos, con Getulio Vargas en Brasil, Perón en Argentina, Ibáñez del Campo en Chile, Velasco Ibarra en Ecuador, Paz Estensoro en Bolivia, Pérez Jiménez en Venezuela, hoy ha dejado de existir. Los populismos europeos actuales son diferentes, no hay líderes o caudillos que movilicen a las masas sino políticos del establishment disconformes con los que le tocó en parte. Ninguno de entre ellos plantea una verdadera revolución sino, en el mejor de los casos, un reacomodamiento de tareas y funciones. En Europa, como observa el agudo de Benoist, desapareció el pueblo. A fuer de ser sinceros, esto mismo lo observó un muy buen jurista argentino, Luis María Bandieri, hace ya varios años[4].
La democracia, que en su acepción primaria, es el gobierno del pueblo no se pudo plasmar en doscientos años de liberalismo político. La democracia se transformó en gobierno de una oligarquía partidaria. Hoy los partidos políticos además de adueñarse del monopolio de la representación, pues no se puede acceder al parlamento sino solo a través de ellos, pasaron así, de ser un producto de la sociedad civil, a ser un aparato más del Estado. Esto último lo viene denunciando desde hace años el jurista español Antonio García Trevijano[5].
Se hace muy difícil desarmar el andamiaje ideológico que la izquierda ha formado sobre el populismo pues ella tiene el monopolio de la cultura en Occidente, pero a pesar de ello, y desde ella, se vienen escuchando estos últimos años algunas voces, como la de Ernesto Laclau quien en su Razón populista[6] intenta un cierto rescate. (ad infra carta ad hoc).
Es que Laclau como nosotros tuvo la experiencia existencial del populismo en el poder y siendo chicos vivimos como el club deportivo, la parroquia, la escuela, el barrio y sus vecinos y la familia nos contenían formando una comunidad en donde nosotros nos fuimos formando y desarrollando. Así, esa relación de pertenencia y libertad entre individuo y comunidad la vimos realizada efectivamente.  En aquella época, cerca 1950, eran muy fuertes aún las comunidades de inmigrantes que por millones habían llegado a Argentina, entre los cuales estaban los padres portugueses de Laclau. Inmigrantes que no son los 70 millones que invadieron Europa y que no se integran a su modo de vida y valores, sino que nosotros tuvimos, gracias al populismo: inmigración con integración.
La idea de comunidad tan común a los populismos, al menos a los suramericanos al estilo de Perón o de Velasco Ibarra, en donde no se puede concebir a un hombre libre en una comunidad que no lo sea, es un legado que ha quedado inscripto con letras de molde en nuestras sociedades, de ahí que aún hoy, el Ecuador puede respirar en sus excelentes planes de educación y Argentina en su medicina social, algo de aquel viejo ideal comunitarista enarbolado por nuestros populismos.
A contrario sensu, Europa no puede esperar nada de estos nuevos populismos, mal que le pese al brillante de Benoist, porque las comunidades nacionales se licuaron en un hibrido como la Unión Europea y los pueblos se replegaron hasta perder sus tradiciones: nadie da la vida hoy por Juana de Arco en Francia. Europa es hoy, en orden a sus pueblos, una naranja exprimida que no da jugo.
El caso de Trump es distinto. Estados Unidos, además de ser la primera potencia mundial y tener el doble de poder militar y capacidad bélica que Rusia, China, Francia e Inglaterra juntos, solo tiene que salvarse primero él. No tiene ninguna atadura internacional que lo condicione. El populismo de Trump no es el de crear una nueva sociedad, no es el de hacer una revolución, al estilo de las que hemos tenido en América del Sur, sino solo y simplemente el “salvarse ellos”. Y, probablemente, lo consiga, si es que no le pasa lo de JFK.



[1] Buela, Alberto: Populismo y popularismo, Buenos Aires, Ed. Cultura et Labor, 2003
[2] De Benoist, Alain: Le moment populista, Paris, Ed. Guillaume de Roux, 2017
[3] Canovan, Margaret: Populism, Hartcourt Jovanovich, Nueva York-Londres, 1981, p.300
[4] Bandieri, Luis María: Hacia donde va el pueblo, Buenos Aires, circa 2005
[5] García Trevijano, Antonio: Teoría pura de la república, Madrid, Ed. Buey mudo, 2010
[6] Laclau, Ernesto: La razón populista, Buenos Aires, FCE, 2005

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