martes, 4 de abril de 2017

Retrato del régimen dominante

A propósito de una imagen, una lectura
Por Julio Cardoso / Observatorio Malvinas – Centro Ugarte UNLa – UNLa.

Es un espacio asimétrico. Pero se ven simetrías. No parece un acto público. Tampoco un acto político. No hay banderas ni signos que identifiquen a las partes. Podrían estar en una escribanía. Cumplen diligencias. Es un acto burocrático. Sin embargo, algún poder están ejerciendo.

La foto podría ilustrar la página 224 del Capítulo III de Economía y Sociedad, de Max Weber: “La administración burocrática es la forma más racional de ejercer una dominación”, dice el autor. La frase se vería muy bien como epígrafe de la foto. Describe un tipo de autoridad que es designado por Weber con el nombre de “dominio legal”, y lo caracteriza como “la forma organizacional que mejor favorece la expansión de la economía capitalista”. 
La imagen fue registrada en Londres, el 20 de diciembre de 2016, cuando funcionarios británicos firmaron con sus pares del actual gobierno argentino el primer acuerdo formal de esta gestión en torno al conflicto Malvinas. La escena es consecuencia directa del encuentro bilateral realizado en ocasión del Foro de Inversiones y Negocios conocido como “minidavos”, el 13 de septiembre en Buenos Aires.  
Los personajes de la imagen cumplen con la descripción de lo que Weber denomina “la baja burocracia”. Vemos funcionarios designados por autoridad superior, no elegidos por el voto popular, firmando “con obediencia” dos originales de un documento a intercambiar. La obediencia, según Weber, es lo que define la acción burocrática.
El hecho de que los cuatro funcionarios de la imagen participen sin ninguna distinción especial de esta “continuidad obediente de la organización administrativa” tiene altísima significación política: los cuatro parecen ser funcionarios de la misma corporación burocrática.   
El 18 de mayo, una de las partes dijo a Página 12: "La diplomacia debe ser un camino para que los factores económicos se maximicen. Hay que explorar el diálogo y la asociación. Nuestras relaciones son buenas en un 80 por ciento y malas en un 20 por ciento. Vamos a concentrarnos en ese 80 por ciento y no dejar que el otro 20 por ciento distraiga la atención de temas bilaterales más significativos, como el comercio y la inversión".
Clarín registró la declaración de la otra parte el 13 de septiembre: “Tenemos que avanzar. No quiero mirar atrás y analizar el pasado, sino mirar el futuro y sus posibilidades. Mi principal mensaje es poner foco en lo que acordamos y no mirar lo que desacordamos. Debemos respetar las diferencias, no dejar que este problema nos cierre las opciones. Debemos maximizar las áreas donde tenemos intereses en común, como lo hicimos por casi un siglo”.
Las dos declaraciones identifican la disputa de soberanía como un “desacuerdo” que “distrae” de lo importante. Se acepta que ambas partes tengan opiniones “diferentes” sobre el tema. Entonces eligen “respetar” esa diferencia, ignorándola. Después de todo, se trataría de un 20%...     
Podría ser un buen “acertijo” para descubrir si conocemos o no la diferencia entre una retórica colonial y otra imperial: el desafío es distinguir cuál de estas dos declaraciones corresponde a qué gobierno. Inténtenlo. Como se decía antes, “la solución al pie” (1).
Uno de los voceros se piensa a sí mismo como parte del sistema global. Desea ser su continuidad local. El otro se limita a señalar el camino que conduce a su dominio. Hay dos declaraciones, pero hay un solo autor. Una de las declaraciones es nada más que el reflejo de la otra.
Estamos en un espacio asimétrico, y sin embargo hay simetrías. La composición de la imagen repite los patrones de la política real.
Las manos de los firmantes se mueven a un tiempo y en la misma dirección. Sus rostros se duplican en la mesa del anfitrión. A izquierda y derecha hay otros dos pares de manos que se toman entre sí. No son idénticas. El par de la izquierda es más laxo que el de la derecha, que se muestra firme. Sus rostros completan estas diferencias. El de la izquierda se inclina con blanda satisfacción. Parece conforme con un deber cumplido. Su desaliño y postura física podrían evocar a un niño que ha sido llamado a dirección para recibir una comunicación dirigida a sus padres. El de la derecha, en cambio, está firmemente parado sobre sus pies. En equilibrio. Atento. Parece un especialista. Se diría que supervisa el cumplimiento de un propósito. Podría ser el que redactó el acuerdo.
Conozcamos a estos dos personajes:
El funcionario de la izquierda es el flamante embajador argentino en Londres. Renato Carlos Sersale di Cerisano. Se lo puede escuchar en un audio que publica Clarín el 28 de enero de este año. Es delicioso. Una cronista lo interpela cuando sale de la audiencia donde presentó sus credenciales a la reina Isabel II. Ella se interesa por saber si la monarca lo recibió rodeada de sus perros corgi. Él contesta risueño: “No, no estaban… Yo había llevado un poco de comida por las dudas, pero no estaban…”.  En la continuidad del aparato burocrático global, el embajador argentino eligió situarse ante la reina de Inglaterra como el que le da de comer a sus perros. No es una interpretación. Es lo que estaba dispuesto a hacer. Renato Carlos Sersale di Cerisano es argentino y diplomático argentino de carrera. Entre 2001 y 2003 fue director general de Derechos Humanos de Cancillería. De 2003 a 2005, fue responsable del seguimiento de los compromisos en el área de desarme, no proliferación nuclear, seguridad hemisférica y defensa, además de presidente del Régimen para el Control de Tecnologías Misilísticas. Entre 1989 y 1995 fue el delegado argentino de Cancillería en temas económicos y cooperación para el desarrollo, el medio ambiente y cuestiones humanitarias. Fue representante permanente ante la FAO. Fue cónsul en Hong Kong y en Roma. Fue embajador en Sudáfrica y otros países africanos. Figuró entre los candidatos a vice de Malcorra. Hay quienes lo definen como un “peronista clásico”, sin puntualizar cuál período del peronismo sería el de su clasicismo. Habla español, inglés, francés e italiano.
El funcionario de la derecha es Mark Kent, el flamante embajador británico en la Argentina. Asumió en abril de 2016. Antes estuvo en la Dirección de Cercano Oriente y África del Norte. Entre 1998 y 2000 fue portavoz del Foreign Office en asuntos del Medio Oriente y Kosovo. Sirvió en las embajadas de Brasil, México, Tailandia y Vietnam. Entre 2005 y 2007 fue el responsable británico dentro del Comando de Operaciones Aliadas (ACO) del Consejo Supremo de las Fuerzas Aliadas de Europa (SHAPE), una unidad de alta responsabilidad de la OTAN “encargada de planificar y conducir operaciones militares combinadas para el cumplimiento de los objetivos políticos de la Alianza”. Así está tipificada su misión en el sitio web de la OTAN. El funcionario que está parado a la derecha de la imagen ocupó la silla del Reino Unido en esa unidad. Habla inglés, español, portugués, francés, holandés, vietnamita y tailandés.
El contenido de las dos copias del acuerdo que se está firmando sobre la mesa es continuidad del “dominio legal” establecido por la declaración conjunta de octubre de 1989 y por los Tratados de Madrid de 1990 y 1999 firmados por la dupla Menem-Cavallo. No solo es su continuidad sino que es también su restauración, ya que en el marco de este acuerdo se está hablando también de reponer dos ítems sobre pesca y petróleo que habían sido dados de baja por el gobierno de Néstor Kirchner.
Prestemos ahora un poco de atención los personajes que están sentados. Al canoso se lo ve centrado, suelto. La línea de su brazo derecho se prolonga naturalmente hacia su mano, dando lugar a lo que parece una escritura sin esfuerzo. Tiene un aire a Piñera, el ex presidente de Chile, pero no es. El firmante de la derecha, en cambio, se muestra incómodo, tenso. Está sentado fuera de su centro. Esta impostura parece provocarle una escritura trabajosa. O quizá sea al revés: su impostura es fruto de la falta de fluidez de su escritura. Si no tuviera esa nariz aguda y prominente, se podría ver en él un eco a Oliver Hardy (El Gordo).
A pesar de todas estas diferencias, los dos personajes son diestros. Firman. Y en concreto, firman tres decisiones -ellos lo han dicho públicamente- orientadas a “remover los obstáculos que limitan el crecimiento económico y el desarrollo sustentable de las Islas Malvinas”. Estas decisiones son:
  1. Autorizar un servicio aéreo adicional a las Malvinas, desde Brasil o Chile.
  2. Compartir datos de seguimiento de los cardúmenes de peces en el Atlántico Sur, en especial los del calamar Illex.
  3. Iniciar, a través de la Cruz Roja, “la identificación de los soldados argentinos” enterrados en el Cementerio Argentino de Darwin, en Malvinas.
A primera vista ninguno de los puntos reviste gran importancia. Sin embargo, el acto burocrático que se ve en la foto es el paso inaugural de un proceso de “remociones”, destinado a desmontar e impedir a la Argentina la consolidación de un espacio de gobernabilidad propio sobre los territorios ocupados. Controles de pesca; presión jurídica sobre las empresas que participen de la explotación petrolera en la zona; condicionamiento a la logística de esas operaciones, negando el abastecimiento en el continente a los buques que tuvieran ese destino; homenajear la memoria de los caídos argentinos, levantando un monumento dedicado a todos ellos en el Cementerio de Darwin, considerar ese sitio como intangible y convertirlo en lugar de peregrinación y símbolo de resistencia a la ocupación; invitar a los países de América Latina a que hagan suyas estas políticas... Con sus más y sus menos, todas estas acciones materiales y simbólicas se encaminaban a forjar, poco a poco, un “dominio legal” de dimensión suramericana en el Atlántico Sur. Una plataforma que fuera compensando el desequilibrio de poder que existe entre el Reino Unido y la Argentina, con el fin de lograr mejores condiciones de negociación en el futuro.
El acuerdo que acaba de firmarse se dirige a la “remoción” de esta estrategia y a la aceptación del “dominio legal” británico. 
En este sentido, los puntos 1 y 2 son claros en cuanto a lo que se “remueve”: derogan restricciones que tendían a aumentar el costo de la ocupación británica (no permitir un mayor número de vuelos, no compartir información de pesca). Para comprender lo que se intenta “remover” con el punto 3 tal vez haga falta alguna data adicional.
El texto del acuerdo presenta este punto como “una acción humanitaria”. Si lo es en un sentido, podría no serlo en otro.
La llamada “identificación de los soldados argentinos” enterrados en Darwin es una iniciativa propuesta por el Reino Unido a la Argentina hace ya muchos años. Durante el gobierno de Néstor Kirchner y el primero de Cristina Kirchner avanzó zigzagueante. Fue en su segundo gobierno cuando se lo anunció con firmeza y oficialmente se lo puso en marcha. Ahora el gobierno de Macri lo ha retomado sin cambios. Es su continuidad.
La historia es esta: el Cementerio Argentino de Darwin y sus 123 tumbas sin nombre nació cuando los británicos, en 1982, violaron la intangibilidad de las tumbas de guerra argentinas –una protección establecida por los Convenios de Ginebra para los sepultados en los campos de batalla- y trasladaron sus restos desde el lugar donde los habían enterrado sus compañeros a donde se encuentran ahora, perdiendo en esa operación la identificación de casi la mitad de ellos (si no se cuentan las pérdidas que ya había ocasionado la violencia misma de la guerra).
Llamarlos NN es inexacto. Se sabe con total certeza la identidad de todos los muertos en la guerra, la mitad de los cuales cayó en el suelo de las Islas. Tampoco es correcto decir que hay soldados “no identificados”. Son las tumbas las que no están identificadas, no los soldados. El problema se reduce a la posición de los restos dentro del cementerio. Es un problema de localización, no un problema de identidad. Y su origen está, como se dijo, en la operación de exhumación y traslado ilegal que realizó la Comisión de Tumbas de Guerra del Commonwealth (CWGC) del Foreign Office, un organismo creado en 1917, que actualmente se ocupa de los casi 2.500 cementerios y 23.000 sitios de enterramiento que el Reino Unido mantiene en 153 países para dar visibilidad, honrar y guardar la memoria de su más de 1.700.000 muertos en combate.
¿Por qué un organismo con más de medio siglo de experiencia y que ha hecho una doctrina del entierro de sus muertos en el campo de batalla se embarcaría por iniciativa propia en esta operación de traslado masivo de restos, asumiendo riesgos en términos de pérdida de información, clasificación y registro? ¿Cuál era la necesidad?
Antes de la creación del cementerio de Darwin, los caídos argentinos en combate estaban enterrados por todas partes. En los alrededores y dentro de Puerto Argentino, en otras localidades, junto a los caminos, en los cerros del interior de las Islas, en las alturas que defendían las playas... Tenían una visibilidad cotidiana que los británicos y en particular los isleños prefirieron “remover”. Si en esto hay una intensión humanitaria, solo puede estar dirigida a ellos mismos: colocaron todos los cuerpos en un descampado, a casi 90 km de la capital, sobre una depresión del terreno que lo hace prácticamente invisible desde todas direcciones. Aun así, los reiterados vandalismos que el cementerio sufre cada tanto son confirmaciones de que ni siquiera esta mudanza les resulta suficiente.  
Y es que este puñado de tumbas adquirió, ya desde el fin de la guerra, un valor ejemplar que con el tiempo se ha ido acrecentando. En especial desde que las familias consiguieron levantar ahí un monumento en homenaje a los 649 caídos. El lugar se convirtió en un centro simbólico. Es destino de todos los visitantes que viajan desde el continente. Fue declarado Lugar Histórico Nacional por el Parlamento Argentino. Es un punto de atracción para los itinerarios turísticos. Su imagen circula por todas partes y está directamente asociada al reclamo de soberanía argentino. Se ha convertido en un problema. Para los británicos, claro.
Las tareas de “identificación de los soldados argentinos” que se acuerdan en el punto 3 son parte de un proyecto impuesto desde arriba que avanza por un muy poco claro interés de los Estados. Se dice que tiene objetivos humanitarios, pero nadie recuerda en los 35 años de posguerra un solo documento en el cual los familiares de los caídos lo hayan demandado. Solo han aparecido algunas declaraciones aisladas –hay quienes dicen que inducidas- luego de que la iniciativa se puso en marcha.
La razón de todo esto podría encontrarse, tal vez, en la manera que los familiares debieron procesar su duelo. Cuando después de casi 10 años de reclamarlo, en 1991, unos 400 de ellos fueron autorizados por primera vez a visitar el Cementerio de Darwin para dejar una ofrenda y conocer el lugar donde descansaban sus hijos. Al llegar, se encontraron con la sorpresa de que muchísimas tumbas no tenían nombre. Advertirles hubiera sido un acto humanitario. Ninguno de los dos Estados ni la Cruz Roja se ocuparon de eso. El grupo vivió un momento de crisis tremendo. Solos en la inmensidad del paisaje, una de las mamás que caminaba sin rumbo entre las tumbas dijo en voz alta lo que a todas se les agolpaba en sus gargantas: “¡Qué hacemos ahora! La tumba de mi hijo no tiene nombre, no sé dónde dejar mis flores!”. Casi 10 años de lucha por concretar el viaje parecía en vano. Se le acercó entonces la hermana de un caído que atinó a decir: “Elijamos una tumba. Cada una elegimos una cruz. Cualquiera. Todos son nuestros hijos”. La intervención tuvo la virtud de reorientar los sentimientos de todos. Allí podría estar la explicación de por qué nunca ha prosperado entre la mayoría de ellos la acción que impulsa ahora el punto 3 del acuerdo. Luego de 35 años de duelo, el dolor y la memoria personal se han ido cerrando alrededor del grupo. Todo el cementerio es sentido como una sola tumba. De ahí que su intangibilidad se haya convertido en un valor. La maquinaria estatal que ha puesto en marcha el proyecto de reapertura de las tumbas desconoce esto. Un acto humanitario debería poder lidiar con esta realidad. El proyecto tendría que poder contenerla. Es su obligación.       
Pero no. Es un hecho comprobable que esta iniciativa  ha seguido su curso por un impulso ajeno a las familias, que está plagado de vicios de procedimiento y manipulación informativa, y que su diseño fue cobrando forma en ámbitos reservados, donde no se permitió nunca la participación amplia de los afectados directos.
Conciliar este modo de proceder con un “acto humanitario” es sumamente difícil. Aun así, también es un hecho que ningún familiar se opone a que todas las tumbas tengan el nombre de los restos que hay en ellas. ¿Entonces?
Sucede que el acuerdo que están firmando en la foto propone una remoción masiva de restos con altísima incertidumbre sobre la posibilidad técnica de cumplir el objetivo que se dice perseguir. Levantar la intangibilidad propuesta por los familiares es una decisión muy delicada. Y embarcarse en esa remoción masiva sin poder garantizar los resultados pone todo el operativo bajo un cono de sombra. ¿Para qué seguir adelante? Muchos familiares –incluso muchos que no tienen identificada la tumba de sus hijos en Darwin- viven esta iniciativa como una amenaza a la continuidad de ese espacio que consideran sagrado. Los asiste en la sospecha no solo la falta de transparencia del proceso. También los numerosos antecedentes de iniciativas británicas que desde 1983 han buscado erradicar el Cementerio Argentino.
El punto 3 del acuerdo podría desembocar, entonces, en la “remoción” de un símbolo de soberanía argentina que, al parecer, es considerado por británicos e isleños una fuente de “obstáculos que limita el crecimiento de las Falkland”.
Ahí están, pues, los dos firmantes de la foto, concediéndole tres deseos a los británicos y ninguno a la Argentina.
El personaje que está sentado a la izquierda es Sir Alan Duncan, hijo de un oficial de la Real Fuerza Aérea (RAF). Después de trabajar para la Shell le otorgaron una beca en Harvard. Entre 1984 y 1989 vivió en Singapur y viajó por el mundo como encargado de ventas de una petrolera independiente. En 1992 se consagró parlamentario del Partido Conservador por los distritos de Rutland y Melton. Lo reeligieron en cuatro oportunidades. Fue ministro para el Desarrollo Internacional del Foreign Office y nombrado caballero de la Orden de San Miguel y San Jorge en 2014, distinción que solo se otorga a quienes han rendido importantes servicios a la corona. Desde 2016 es el segundo del canciller británico, con competencia en “Europa, América, Asia Central, la OTAN, las regiones polares” y por supuesto, Islas Malvinas. Sir Alan Duncan es el primer político conservador del Parlamento Británico que públicamente se ha reconocido gay.
A su derecha está el flamante viceministro Pedro Villagra Delgado, número dos de la Cancillería argentina. Es miembro del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI), donde coordina grupos de análisis en temas vinculados con América del Norte y seguridad internacional. Entre 1992 y 1996 (tiempos de la firma de los Tratados de Madrid) fue Cónsul General en Londres. Entre 1999 y 2001 fue jefe de gabinete del canciller de De la Rua, Aldalberto Rodríguez Giavarini. En 2005 lo nombraron embajador en Australia. Es director ejecutivo de la Fundación Diálogo Argentino-Americana, una asociación de lobistas dedicada, según puede leerse en su rudimentaria página web, “a la detección de oportunidades de inversión y comercio entre la Argentina y los Estados Unidos”. Creada en 2004, en su acto inaugural hablaron, entre otros: su presidente, Luis Ruvira, empresario argentino, miembro honorario de la Corte Federal de los Estados Unidos y presidente del Club Americano de Buenos Aires; Oscar Camilión, canciller de la dictadura entre 1976 y 1981; y Vicente Massot -tío del diputado del PRO Nicolás Massot-, acusado en 2014 de delitos de lesa humanidad. Habla inglés, francés y portugués.
Cuatro palabras clave se repiten en los currículums de los cuatro funcionarios fotografiados: “Seguridad hemisférica”, “cooperación para el desarrollo”, “petróleo” y “OTAN”.
Hay otros dos funcionarios que no están en la foto pero que son parte de la escena. Ambos participaron activamente de las reuniones previas a la firma del acuerdo. Seguramente esperan tras la puerta que se ve a la derecha.
Ellos son Mike Summers y Phyl Rendell, miembros del órgano de gobierno legislativo de los isleños. Ambos representan a la parte no reconocida por Naciones Unidas en el conflicto por Malvinas, que es reintroducida en la negociación por presión británica y consentimiento argentino.
Mike estudió en Londres. Fue funcionario de empresas internacionales de ingeniería y construcción. Dirigió la Corporación para el Desarrollo, un área del gobierno que se dan los británicos de las Islas. En 1989 negoció con LAN la conexión aérea entre el continente y las Islas. Es descendiente por lado materno y paterno de gauchos rioplatenses que entre 1820 y 1850 construyeron los corrales de Puerto Mitre, un establecimiento de la Gran Malvinas cercano a la entrada norte del estrecho de San Carlos.
Phyl es hija de un agricultor de Pradera del Ganso, en el itsmo de la Isla Soledad. Se casó en los ´70 con un miembro del destacamento de infantería de la Royal Marine apostado en las Islas. En los ´90 fue la representante de los isleños para los temas de explotación petrolera que se negociaron en Buenos Aires y en Londres, durante la elaboración del Tratado de Madrid II.  
En las historias de los dos isleños también se repiten palabras clave semejantes a las que caracterizan a los que posan en la foto: “explotación petrolera”, “desarrollo”, “Royal Marine”, “empresa internacional”.
Los cuatro personajes y los dos que esperan fuera de cuadro cumplen funciones específicas dentro de ese aparato burocrático que Max Weber definió como una forma de “organización fundada en la continuidad racional de una dominación legal”. Los funcionarios no son sus dueños. Son “la clase dominante en el poder” pero no son la clase misma. Apenas son sus avatares.
¿Se puede distinguir en esta foto la fuente real de autoridad que orienta las conductas de los protagonistas de la escena? “Sí, se puede”. La autoridad que infunde convicción, propósito y anhelos a todos los están en esta escena podría estar evocada en ese cuadro que ha estado ahí colgado todo el tiempo, incluso desde antes de que los funcionarios y el fotógrafo llegaran.
Muestra un paisaje de la campiña inglesa del siglo XVIII que rememora la época victoriana, aquel glorioso tiempo de la expansión del Imperio y de su arrolladora revolución industrial. Al fondo, una noble mansión, tal vez amurallada. En primer plano, un típico jardín inglés, donde sus privilegiados habitantes se pasean en un mundo que dice ser bueno, pujante y seguro. Fuera de eso, solo habría naturaleza a dominar y barbarie por civilizar.
Desde el fondo de la habitación, el cuadro recuerda a todos los presentes el origen del dominio. Sus míticos blasones. Convertido hoy en un régimen de financistas transnacionalizados, de tecnócratas obsesionados por la acumulación sin límite, vigilantes de su seguridad personal y corporativa, cultores del desapego y del vacío en la cultura, ese cuadro señorial todavía funciona como una ventana que les hace sentir a todos los 400 años de existencia material y simbólica que respaldan su voraz modo de ser, de hacer y de pensar.
Dos de los funcionarios de la foto han nacido en esa cultura. Los otros dos se han convertido a ella. Ahí están juntos, “sin amor ni entusiasmo”, cumpliendo “con discreción y uniformidad” las órdenes que les han dictado, tal como describe Weber los modales del burócrata ideal.
Resulta natural, entonces, que aquellos que han adquirido membresía para jugar en la continuidad de esos jardines no los inquiete saber que “es impensable que Gran Bretaña tenga la discusión sobre la soberanía entre las prioridades de su agenda con Argentina” (2). Al contrario, para ellos tiene sentido común, porque comparten objetivos con el régimen de dominación. Son su continuidad local. Por eso no los incomoda aceptar que aquello que es impensable para Gran Bretaña lo sea también para la Argentina. “Hablan castellano, pero piensan en inglés”. Ya lo había dicho Scalabrini Ortiz, el primero de los nuestros que cartografió sus procedimientos y descubrió sus palabras clave.

(1)   Solución acertijo: Página 12 del 18 de mayo: Canciller argentina Susana Malcorra. Clarín del 13 de septiembre: Vicecanciller británico Sir Alan Duncan.  Aquí podríamos proponer un segundo juego. Duncan, refieriéndose a la recomendación de acordar,  finaliza su testimonio diciendo: (acordar) “como lo hicimos durante casi un siglo”. El acertijo es: ¿en qué momento de los últimos cien años  estaba pensando Duncan cuando dijo “casi”?
Declaración realizada por la canciller argentina el 21 de septiembre de 2016 a Radio Continental.

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