Martín Granovsky
Abril 2018
Decía el hashtag que circulaba
anoche en Twitter, mientras la Corte Suprema de Brasil se aprestaba a dar luz
verde para la prisión de Luiz Inácio Lula da Silva: #LulaValeALuta.
Literalmente, Lula, vale la lucha. Era un ejercicio de la voluntad que buscaba
sintonizar con el de Lula. A los 72 años, el ex presidente se mueve con la
energía de un chico. Incluso hace fierros para soportar caravanas, actos y,
como mínimo, un discurso de 45 minutos por día. Lula tiene la determinación de
Espartaco, el esclavo que en el 73 antes de Cristo lideró en Roma una rebelión
de los esclavos.
Sin voluntad ninguna política
es posible. Tampoco sin esperanza. Pero ni la decisión ni el sentimiento pueden
omitir el análisis realista de los hechos: la
simple chance de que Lula pueda ir a prisión es en sí misma una catástrofe para
Brasil y para toda América Latina. Hay diez motivos para pensar así:
1) La sentencia de la Corte por seis a cinco convalida la
verosimilitud del fallo sin pruebas del juez Sergio Moro, confirmado en
segunda instancia por un tribunal de Porto Alegre.
2) La Corte bendijo la Justicia utilizada como arma persecutoria
contra el líder popular más grande del continente. Carmem Lúcia, la presidenta de la Corte, la que desempató el cinco
a cinco, es una figura mimada por el establishment. Si alguien quisiera
comprobar la trama del golpe bastaría con examinar sus interlocutores
frecuentes: directivos del la Red Globo (monopolio en la tevé abierta), el
banco Itaú, Gol, constructora MRV, Electrobras, Mittal Aceros. Es decir los
grandes medios, las grandes empresas y los grandes bancos, que dirigieron el
golpe parlamentario de 2016 contra Dilma Rousseff utilizando como herramientas
a funcionarios de la Procuración, de la Policía Federal y del Poder Judicial.
3) Lula no es cualquier líder.
Es el que condujo a 36 millones de
pobres hacia el consumo, la educación y la autoestima en solo ocho años,
desde el primer día de 2003 hasta el último día de 2010. Son 36 millones dentro
de los 230 millones que viven en uno de los mayores países del mundo.
4) Lula no es solo una
leyenda. Todas las encuestas lo dan como
ganador en primera y segunda vuelta para las presidenciales del 7 de
octubre.
5) Lula no tiene relevo. Ningún dirigente del Partido de los Trabajadores
pinta con fuerza como candidato. Si la Justicia Electoral le cierra
definitivamente el camino, cosa que puede ocurrir el 15 de agosto, el PT debe
confiar en que el dedo de Lula bendiga a un postulante y lo levante. Pero nunca
será Lula.
6) El PT es un organismo
colectivo pero con la prisión de Lula perdería la fórmula mágica para octubre:
este Luther King que en 2002 contó su sueño de tres comidas por día para todos
los brasileños y ahora narra, todos los días, el sueño de recuperar los derechos
sociales que se están perdiendo con el gobierno de facto de Michel Temer.
7) Lula es el símbolo del gatillo fácil de la Justicia. Cualquiera
puede ir preso sin motivos. Hasta el tipo más popular de una nación.
8) Para extirpar lo que
significa Lula -los sindicatos, los
movimientos sociales, el Estado fuerte, la banca pública, Petrobrás- las élites están recurriendo a la violencia
directa. Los nueve tiros del killer que mató a la concejal de Río Marielle Franco no quisieron
representar un accidente. Buscaron dejar en claro que era un asesinato
profesional.
9) Sería un error poner al Ejército como la vanguardia de las élites. La
vanguardia es esa constelación de bancos, grandes medios y funcionarios
judiciales. Pero los militares avanzan como factor de poder interno,
cumpliendo el encargo de transformar en escenarios de guerra los conflictos
sociales. Clima de época: la policía bonaerense de Lanús, que practica razzias
en comedores y colectivos, es pariente directa de las policías asesinas de Río
y San Pablo.
10) Con el fallo de la Corte
terminó la primera etapa del golpe, iniciada con el derrocamiento de Dilma.
Esta segunda etapa busca estabilizar un modelo de injusticia persistente en el
tiempo. Y para eso es necesario extirpar lo que un senador brasileño llamó “la
raza maldita”, o sea el PT y sus obreros con ínfulas de gobierno.
En Brasil los esclavócratas reciclaron una ideología de
dominación basada en la esclavitud, que el país pudo dejar recién en 1888.
Tarde, muy tarde. Tal vez porque esa inercia pueda ser vencida solo en décadas,
y no en años, es que los brasileños de hoy simpatizan con Lula pero no se
comprometen en la calle por él ni por ellos. Por si algún día llegaran a
hacerlo es que los esclavistas brasileños ya no dan más vueltas. Vieron que su
único camino era jaquear a Espartaco y neutralizarlo.
En los últimos años, desde que
dejó la presidencia, Lula lee biografías. Es el género que más le gusta. ¿Habrá
leído el “Espartaco” del norteamericano Howard Fast? El novelista terminó su
libro en 1951 pero lo había empezado a diseñar mentalmente mientras estaba en
la cárcel. Lo apresaron porque no había querido delatar a los miembros de la
solidaridad con los republicanos españoles. No consiguió editor y la publicó
por su cuenta, con dinero prestado, hasta que vendió millones de ejemplares. Es
interesante la obra. En un momento el escritor se detiene a contar cómo son las
fuerzas de Espartaco. Las describe así: “Un ejército que debe alcanzar la
victoria, ya que no hay puentes por los que pueda retroceder ni tierra en que
pueda encontrar refugio o descanso”. Una fuerza sin vuelta atrás. Lula parece
consciente de que ése es su destino y, como no es un mesiánico, ahora quiere
persuadir al pueblo brasileño de que, si vuelve atrás, le costará una enormidad
recuperar una vida digna. Otros 500 años, tal vez.
El desafío de Brasil es tan
inmenso como su tragedia.